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lunes, 29 de enero de 2018

UN FINAL PARA BENJAMIN WALTER

Un final para Benjamin Walter

Álex Chico

Candaya
Barcelona, 2017
250 páginas

Desde la publicación de Los emigrados, Sebald se ha ido constituyendo como un referente, e incluso como un autor de culto. Su obra ha dejado un rastro de agua triste del que han ido bebiendo muchos autores con desigual fortuna. Los emigrados es, sin duda, la obra maestra de Sebald. Y en buena medida la más convencional. A partir de aquí, Sebald se ha ido convirtiendo en un autor que se lee a sí mismo, hasta el punto de repetirse. Por momentos geniales, que en ocasiones no justifican todo un libro, es por lo que sigue manteniéndose vigente. El trato con la memoria, melancólico y peripatético, es un ejercicio de equilibrio sin una estructura previa, que es como funciona la memoria. Podríamos hablar de la piedra arrojada al estanque y las ondas que van creciendo, pero las asociaciones de Sebald no son ondas circulares, no siguen direcciones concretas. Sus párrafos van y vienen concediéndose una libertad absoluta en la que, eso sí, se mantiene él en el centro, en el lugar donde cayó la piedra al agua. Pensar que la memoria es agua ayuda a leer a Sebald con gratitud. De otra forma, su estilo nos llevaría a la nostalgia, por muy enteros que estemos. Leer dos libros de Sebald seguidos es algo que uno no se atreve a aconsejar a nadie.
En la literatura de Sebald, en su centro, en el lugar donde cayó la piedra, está él. La manera que tiene de tratarse a sí mismo, en tanto que personaje, es la de alguien que se considera un especial observador de la vida. El adjetivo especial es el que marca la diferencia, y el sentido en que se considera especial es en el de la tristeza. Confesar la tristeza constante es algo que uno no suele hace públicamente, y menos dejar constancia de ello por escrito con intenciones de ser publicado. Pero Sebald no deja de ser un rumiante de esa idea, que supone correr un grave riesgo: si uno se cree especial, no lo es por sentirse inferior a los demás, sino por ser capaz de ver el lado del poliedro que los demás no alcanzan a imaginar. Considerarse especial es considerarse un soñador, fuera de la sociedad, un Juan Salvador Gaviota, que descubrió el placer de volar al margen de su utilidad.
Esta larga entrada a la reseña de Un final para Benjamin Walter es, en realidad, parte de la reseña de la propia obra. Reconocemos el magisterio de Sebald por encima del de Walter Benjamin, que figura como la excusa para dar pie al libro. Durante su visita a Portbou, donde falleció Benjamin, Álex Chico (Plasencia, 1980) vive el viaje como si se trasladara a una postguerra sin que en la guerra hubiera habido violencia. Su gusto por los cementerios, por mirar al mar, por las estaciones de tren medio vacías, por frescos desconchados, por hoteles de otra época, por la playa como lugar donde otros son los que disfrutan, marca la pauta de la melancolía. Y mientras tanto, habla del proceso de creación de la obra, lo sumerge dentro de la obra, al estilo de Sebald, no al de Emmanuel Carrére. El paraje es la trama, a la que quiere llegar desprendido de prejuicios, pero no es capaz de renegar de ser quien es, de haber aprendido lo que ha aprendido. Esto da pie a una nueva forma de lamento y de libertad, pero priva al lector de saber qué pretende Álex Chico, al margen de reflexionar sobre lo que pudo haber sido tiempos mejores, mejores lugares, mejores amigos.
Traducido a literatura, la memoria es una voluntad obsesiva por evitar que se evapore el pasado. La memoria es, por tanto, intencionada, no incluida dentro del paquete de ser humano, monomaníaca y en consecuencia con riesgo de enfermar, y cuya utilidad es evitar la evaporación, algo muy significativo, pues las cosas y los recuerdos pueden desaparecer de mil maneras, pero él elige la evaporación, la integración en el aire, ser parte de lo que se respira. Para evitarlo, Chico ve, lo cual significa que actúa, y escribe. La mitomanía del narrador de este libro corre cierto riesgo, como el de intentar parecer culto. Tal vez sea necesario mencionar, de entre todos los directores de cine, a Eric Rohmer para significarse. Aun así, a la obra no le hubiera venido mal un último repaso, ciertos recortes. En ocasiones, por afán de mostrarse, el narrador cae en lugares que es mejor evitar: “una sociedad que no desea renunciar a su comodidad y nos inocula el veneno de la amnesia” es una frase que cualquiera tenemos en la punta de la lengua. El libro hubiera ganado en personalidad si la hubiera desterrado.

Fuente: Culturamas