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miércoles, 15 de abril de 2026

¿ESTÁN VIVOS LOS RÍOS?

 

¿Están vivos los ríos?

Robert MacFarlane

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Random House

Barcelona, 2026

433 páginas


 


Está claro que Robert MacFarlane (Halam, Inglaterra, 1976) sabe a quién llorar. Su proyecto literario está vinculado a la naturaleza, que es donde uno encuentra vida en estado más puro. Nuestras vidas son los ríos, el río como metáfora de la vida. En obras anteriores lo fueron las montañas, los retazos de naturaleza virgen y hasta el subsuelo. Ahora vuelve al río, al lugar donde podríamos bautizarnos. La pregunta que da título a la obra, ¿Están vivos los ríos?, es significativa: si acabamos con ellos, acabamos con algo más que un curso de agua. Los ríos son todo lo que llevan dentro y todo lo que sobrevive a su alrededor. No son solo cauces llenos de líquido. Conviene preguntarse, antes de entrar a responder, qué es esto a lo que llamamos río. Para ello MacFarlane programa tres viajes: el primero a la selva nubosa de Ecuador, el segundo a los alrededores de Chennai, en la India, y el tercero a un lugar alejado de Canadá. Cada viaje con diferentes compañeros y con diferente espíritu.

A la hora de trasladar su experiencia, de reflejarla en negro sobre blanco, MacFarlane elige una estrategia más próxima al libro de viajes que en sus obras anteriores. Aquí las reflexiones las pondrá el lector, mientras el autor va desvelando sus pasos, que son pasos que nos van encaminando hacia el conocimiento, hacia el respeto. Lo que uno tiene la impresión todo el rato es de estar participando, junto a él y a sus amigos, de una lucha contra una larga derrota. Que estemos perdiendo esta lucha se ve, sobre todo, en el segundo de los viajes, donde los ríos que entran en la ciudad de Chennai y en las de sus alrededores, han muerto: demasiada polución, demasiada manipulación. Cabe, eso sí, alejarse un poco y dirigirse hacia zonas costeras próximas a las desembocaduras, donde desovan tortugas oliváceas, que se convierten, un poco, en el animal fetiche de este relato. Acompañado por un joven biólogo que padeció maltrato infantil, conoce este trozo de mundo que padece ecocidio y el reto de salvar algo, lo que se pueda, aunque sea durante unos pocos segundos. Y va aprendiendo algo así como una teología de la naturaleza.

Antes hemos paseado junto a él y a unos compañeros muy peculiares, por la selva de Ecuador, donde el ser fetiche no es un animal, sino una seta. El riesgo en que está esta región no es por desarrollo urbanístico, sino por extracciones mineras. Pero Ecuador ha sido el primer país en recoger en una constitución los derechos de la naturaleza, algo sobre lo que se habla de vez en cuando: si los ríos están vivos, deberían estar protegidos jurídicamente. El camino que emprende en esta región boscosa estará lleno de naturaleza, de un tipo de naturaleza que es tan sugestiva y rica como poco amable. Más amable resultará la que conoce en Canadá, donde las amenazas son las presas. Allí acude acompañado de un buen amigo, un genio excéntrico, y junto a un extraño grupo emprenderá un aventurado viaje en kayak por ríos y lagos. Antes, ha podido conocer algo de la magia indígena, de las atribuciones de significado que una cultura moribunda proyecta en los ríos.

El viaje a pie, el viaje vertical y el viaje deportivo, tres modalidades de desplazamiento que MacFarlane pone en marcha, compatibles con una espiritualidad bastante corriente, sin alardes, humana, habitual. MacFarlane jamás habla sobre la hipótesis de Gaia, pero en algún punto de la obra se ve que tanto él como sus compañeros dan por supuesto que es cierta. A lo que se dedican es, por encima de todo, a rescatar lo que merece la pena, que es vida natural, los regalos de la naturaleza. Hay que enamorarse del mundo para poder cuidarlo en condiciones. Hay que ser consciente de que por mucho que sepamos, nos queda mucho por conocer, y desear que ese conocimiento siga llegando. Ese es el punto fuerte de este extraordinario libro de viajes.


Fuente: Zenda

viernes, 8 de agosto de 2025

APUNTES PARA JOHN

 

Apuntes para John

Joan Didion

Traducción de Gabriela Ellena Castellotti

Random House

Barcelona, 2025

254 páginas

 

 


Un oficio no se puede ejercer sin experiencia, que es lo que nos dará el beneficio de la intuición. Un oficio es algo que se aprende y en lo que uno debe ir perfeccionándose día a día, noche a noche. No se puede ejercer un oficio por inercia, como no se puede vivir por inercia. Si uno se queda parado, la vida le arrolla. Si uno no aprende a vivir, todo lo que vaya surgiendo le parecerán escollos que, si uno carece del humor apropiado, pueden terminar por arrastrarnos a la obsesión, a lo compulsivo e incluso a la paranoia. De ahí la importancia que tienen los maestros. De ahí la importancia que tiene la auténtica humildad, esa que nos indica que precisamos de la maestría de quienes nos rodean, o nos lleva a buscar esa suerte de apoyos cuando todo viene demasiado torcido.

Esto es lo que hace Joan Didion (Sacramento, 1934 – Nueva York, 2011) en el año 2000, cuando su hija de treinta y cuatro años está con serios problemas para superar el alcoholismo y ella se ve desbordada para encontrar cómo garantizar su ayuda. Didion está convencida de que hemos venido a este mundo a bailar, y el problema que tenemos es el de encontrar la mejor música. Este libro no parece estar diseñado para ser publicado como tal, pero su lectura nos entrega la humanidad de una autora, que ni siquiera en El año del pensamiento mágico pudimos resolver. Apuntes para John es el libro más humano de Didion, posiblemente el que más merezca la pena leer de toda una obra en la que no sobra una sola línea. Didion acude a un veterano psiquiatra y va recogiendo retazos de las conversaciones, que redacta como si se tratara de una carta, pues las dirige a una segunda persona, a un tú, que sabemos que es su pareja, el padre de la hija. Y a lo que asistimos es a un intercambio de aprendizaje en el oficio de vivir. Por regla general, Didion reserva la reproducción del diálogo directo a la voz del maestro, guardándose para ella las intervenciones como si fueran reflexivas. En ningún momento pone en duda el punto de vista que su contertulio le ofrece, que nos va garantizando, eso sí, otras formas de enfocar los valores. Vamos descubriendo así que el buen juicio no es una línea única, y que para aprender, necesitamos una constante revisión de nosotros mismos. Las contraintuiciones que salen al paso durante el diálogo sirven para romper bucles y obligan, tanto a Didion como al lector, que inevitablemente se va a sentir identificado en algún grado con la situación, a romper bucles, a reestructurar lo aprendido.

Hay que tener en cuenta, y así lo hace el psiquiatra, que enfrente no solo tiene a una persona inteligente, sino también a una persona con alta sensibilidad. Aunque podemos deducir que así es como ha aprendido él a tratar a todo paciente. En el momento que vive Didion, la maternidad a lo que más se asemeja es a una patología. Las relaciones de familia, lo que nos ha ido construyendo y lo que hemos ido construyendo, están sobre el tapete: todos estamos aquí dentro, haciendo algo de terapia, mientras leemos esta obra, en la que nos cuestionamos constantemente qué es lo que importa, que es lo significativo de lo que hemos vivido: «aprender puede ser muy doloroso, debe revisar cosas que preferiría olvidar», advierte el psiquiatra en una de las primeras sesiones. De ahí el valor que tiene este libro, valor en el doble sentido, por lo que aprendemos en él y por el coraje que le echa la autora. Este libro es un compendio de humanidad, una obra que remueve y que nos da la oportunidad de hacernos mejores. Una lección inmensa que nos regala Joan Didion.


Fuente: Zenda

miércoles, 19 de marzo de 2025

LOS SEDUCTORES

 

Los seductores

James Ellroy

Traducción de Carlos Milla

Random House

Barcelona, 2025

535 páginas


 


Cerca de ochenta personajes. Al final de la novela se incluye un índice Dramatis Personae, subtitulado ¿Quiénes son los seductores? Las docenas de personajes, enunciadas en dos o tres renglones, están organizados por el peso de su importancia en la obra, comenzando por el protagonista, Freddy Otash, y la persona alrededor de la cual pivotan todas las tormentas que iremos leyendo: Marilyn Monroe. Pero Los seductores no es sólo una secuencia de nombres, una cascada que resulta compleja de seguir incluso con la ayuda de este índice: la textura de Los seductores está llena de cifras, muchas de ellas fechas, direcciones, datos, cartografía… Y entre secuencia y secuencia, la voz del narrador se expresa con frases cortas, como si al tipo le costara sumar más de cuatro palabras con sentido antes de colocar un punto. Lo que sucede es que el narrador es el tal Freddy Otash, un drogadicto, un borracho, un desastre, un canalla, alguien que fue policía corrupto y tan nefasto para la profesión de detective que tuvieron que expulsarle de la misma. Es un personaje muy violento, una farsa simulando al tipo duro, un ser afásico, arrítmico, sincopado, que posee una imagen de sí mismo muy distorsionada. Y a este individuo Jame Ellroy (Los Ángeles, 1948) le califica de héroe en el índice de personajes. A lo largo de las páginas, no demuestra ninguna condición moral que sostenga este adjetivo, a no ser que consideremos la tozudez como una virtud ética.

Tal vez ahí esté el asunto principal de esta novela: ¿es posible crear una novela moral a partir de un mundo que comulga no ya con lo inmoral, sino con la caricatura de lo inmoral? Estamos en los años sesenta, en pleno rodaje de la película Cleopatra, a la que el narrador se refiere constantemente como el futuro gran fracaso comercial de la Fox. Todo lo que se muestra es peor que decadente. De hecho, el pecado más suave que comenten los personajes será mentir. Pero mienten para salvar la vida, que es algo que podría entenderse como un valor humano en un mundo sin escrúpulos. No hay personaje que no entre de lleno en las actitudes de lo que consideraríamos baja estofa, mafiosas, ni los políticos, como los Kennedy, ni los actores, ni los policías, ni los sindicalistas. Todos metidos en un nido de tramas y subtramas en las que hay quien asesina, quien extorsiona, quien contrabandea drogas, quien fotografía cadáveres, quien muerde. Y hay mucho sexo metido de por medio. Y lo que sucede, sucede a toda pastilla. La novela, con esa textura de nombres y cifras, es todo movimiento. De hecho, en buena medida parece ser el cuaderno de apuntes de los casos, que guarda a modo de diario, del narrador, que galopa sobre Los Ángeles documentando todo lo que se le atraviesa en una investigación que lleva a cabo con métodos horribles.

Ese Hollywood dorado se transforma en una alcantarilla con sus ratas, sus cucarachas, sus lagartos. Nadie parece estar bien de la cabeza y sólo nos queda confiar en que esta impresión tiene que deberse a que conocemos lo que sucede a través de la mirada de Freddy Otash. En cualquier caso, lo que sí consigue Ellroy es convencernos de que la maldad, el criterio que guía cada secuencia de acontecimientos, es una patología. Lo que ocurre es que se trata de una patología muy grave, que requiere algo más que terapias individuales y medicación personalizada para curarse. Es una patología social. De eso trata, en definitiva, esta novela. Tal vez a eso se deba esa afirmación de Joyce Carol Oates que preside esta edición de Los seductores: «James Ellroy es el Dostoievsky americano».

miércoles, 2 de octubre de 2024

TIRANA MEMORIA

 

Tirana memoria

Horacio Castellanos Moya

Random House

Barcelona, 2024

315 páginas

 



Acostumbrados a que nos inciten a creer en que la historia es el movimiento de los que empujan, no está mal recordar que la que nos afecta es la parte que no se acostumbra a relatar, que es el movimiento de los que son empujados. La recuperación de Tirana memoria supone, en este sentido, recuperar también una de las partes más esenciales del espíritu de la narrativa, que es la de hablar de quienes padecen la historia. Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) nos sitúa en un país centroamericano y en el año 1944. Esta elección no es baladí: si hablamos de esas fechas, parece que sólo podemos mencionar el gran acontecimiento mundial, que era una guerra salvaje que abarcaba medio planeta. El caso es que en el otro medio también sucedían vidas y hacia allí, a esa especie de reverso de la historia, es hacia donde se apunta en esta obra. Por otra parte, mientras se han explorado en grandes novelas los ciclos de los dictadores latinoamericanos —El señor presidente, El recurso del método, Yo el supremo, El otoño del patriarca, Oficio de difuntos, etc.— enfocándose en ellos y su entorno, no está nada mal darse cuenta de que este mismo ciclo tiene también un reverso, como la historia. Este es el gran acierto de Castellanos Moya, que nos expone cómo afecta, directamente, una tiranía a unas personas que se implican en la vida política por propia voluntad o por voluntad arrojada.

El primer caso, el de la propia voluntad, es el de la gente que huye, escondiéndose, tras un intento de toma de poder. El segundo, al voluntad arrojada, es el de la mujer de alguien que ha sido encarcelado y que es, también, madre de uno de los que bregan en la fuga. El planteamiento literario es de contraste, dado que en el caso de la mujer se elige el diario y en el de los fugados se impone el diálogo. La mujer que escribe el diario tiene cuarenta y tres años, tres hijos y tres nietos, y confiesa haberse puesto a escribir como sucedáneo a las conversaciones con su marido, preso por ser crítico con el régimen. Resulta sorprendente, en nuestros parámetros actuales, que a esa edad haya sido abuela tres veces, un detalle que se menciona sin atribuirle una potencia específica, lo cual nos ayuda a imaginar que debe ser frecuente en el trozo de mundo al que se nos hace viajar. El diario es íntimo, pero es también una forma de no quedarse con demasiadas cosas para uno mismo, de expresar lo que nos provocaría un trauma. Pone en orden las necesidades y, en este caso, ayuda a suavizar las angustias. Porque esta novela trata mayormente de angustias. Y éstas cobran una forma más dinámica en los episodios que se alternan con el diario, que son una narración de párrafos cortos, con intervenciones constantes de los personajes en diálogos de frases breves. Se produce, así, una alternancia entre dos formas de relacionarse, una con un estilo más directo y que cabalga gracias a las voces de los protagonistas, y otra en la que parece buscar cómo entender lo que está sucediendo mientras reproduce lo más importante para sí misma.

El libro se encuadra dentro de la saga Aragón, una familia salvadoreña cuyo destino está ligado a la otra historia, a la que imponen los movimientos gubernamentales y los que manejan las armas. Es una novela de factura intensa, muy bien planificada y construida, que nos recuerda que no somos dueños de nuestro destino y, lo que es más grave, que la parte que condiciona nuestro destino está ubicada en algún lugar más bien negro.


Fuente: Zenda

miércoles, 15 de mayo de 2024

CUATRO CUENTOS CUÁNTICOS

 

Cuatro cuentos cuánticos

Javier Argüello

Random House

Barcelona, 2024

202 páginas


 


Todos lo hacemos, porque en ello nos va la salud mental: hay que idear un relato sobre la vida propia que nos permita reconciliarnos con lo que no podemos dominar. Eso que llamamos destino, la parte de la existencia de la que es imposible adueñarse, no debería ser escollo para pasar con solvencia por este mundo, al menos mientras tengamos a mano una herramienta ideal con la que contrarrestar sus males, esa experiencia ciega que conocemos como realidad, y esta herramienta es la imaginación. Bajo esta premisa, Javier Argüello (Santiago de Chile, 1972) crea estos cuatro relatos que nos vuelven a amistar con las artes de narrar. Si en su anterior libro, Ser rojo, lo prioritario era dar cuenta de una educación sentimental a través de un texto autobiográfico, en estos Cuatro cuentos cuánticos se nos devuelve al camino de la ficción, de los motivos por los que la ficción es necesaria, por los que no deberíamos ceder su autonomía ni a la tecnología ni a la ideología. Si defendemos la autonomía de la ficción, estamos defendiendo también la de la realidad, pues esta es más creíble cuando comparte el espacio y el tiempo con otras formas de vida.

Argüello reconoce en el tercero de los relatos, Un cuento inglés, las referencias literarias que ya habíamos intuido previamente: Borges y Bioy Casares. Esto implica, por otra parte, el concepto de fantasía que ambos autores argentinos manejaban, no permitiendo que terminara de levantar los pies del suelo, soldando algunos puntos con los de la realidad. Así al narrador de estos cuentos, y lo decimos en singular, pues por el trabajo que Argüello hace con la voz da la sensación de tratarse siempre de la misma persona, le cuesta separar la realidad de la ficción. Pero sabe, eso sí, que lo que importa es narrar. En el último cuento, Quantum Beijing, encontramos algún párrafo que nos puede servir como guía acerca de este proyecto literario: «Lin quiso saber más acerca de la conferencia y le expliqué que había empezado hablando de una teoría de la física que dice que es la conciencia la que crea la realidad, y que eso se parecía mucho a lo que decían los griegos acerca de que eran las historias las que daban forma al mundo». Los dos universos posibles por los que deambula nuestro narrador interfieren entre ellos, pero no lo bastante como para no poder configurar un relato de aspecto coherente. La realidad también está formada por sensaciones, y las sensaciones no son menos intensas en la ficción. De hecho, será en la región ficcional donde ocurran cosas que realmente importan, aunque sólo sea por deseo, dado que la experiencia del mundo puede ser una cárcel. La ficción nos permite recorrer las calles de los alrededores sin riesgo a sufrir daño. Nos ayuda, pues, a salir de nosotros mismos, mientras que la realidad nos obliga a salir de nosotros mismos, pero nos muerde los tobillos y nos empuja a querer encerrarnos.

Entramos así en universos posibles, no en universos probables, dado que el único universo probable será, casi seguro, este tangible. Argüello sabe que esos universos posibles nos emocionan, y que las emociones son las sustancias que debemos defender. Las emociones, con las que resulta tan complicado construir un relato literario, pero que Argüello consigue destilar en forma de narración, son tan verdaderas como el hambre y el pan. «¿Para qué vas a escribir un libro si no es para contar historias?», le pregunta un personaje a nuestro narrador, que apenas tarda unos renglones en encontrar la respuesta: «para ella la realidad y las historias eran la misma cosa». Javier Argüello es, sin duda, uno de los escritores actuales más interesantes en nuestra lengua.


Fuente: Zenda

jueves, 21 de septiembre de 2023

LA CLASE DE GRIEGO

 

La clase de griego

Han Kang

Traducción de Sunme Yoon

Random House

Barcelona, 2023

175 páginas

 



Todo empieza con Borges, pero Borges sólo es el principio. Luego, desaparece. Lo que ha conseguido es abrir una puerta por la que podemos escapar de esta caverna de Platón, pero no eludir su efecto, sino para inventarnos un nuevo lugar en el que poder ver los efectos de las sombras. Ese lugar será nuestro y estará hecho con nuestra conciencia, atendiendo a nuestros deseos y gustos. Para ello, como sugiere el profesor de griego en algún momento al principio de esta novela, podemos recurrir a los clásicos, como a la tercera voz de esta lengua, que no se limita a tener una activa y una pasiva. Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970) es una autora que hace todo lo posible por inventar esa tercera versión de la experiencia literaria, pero que resulte sencilla de entender. Está en la lucha creativa por reeducar a la literatura, consciente de que hasta una lengua muerta sirve para comunicarse.

«Yo no soportaba leer literatura. No quería depositar mi confianza en ese mundo tambaleante en el que las sensaciones y las imágenes, los sentimientos y los pensamientos, iban siempre entrelazados de la mano». El comentario lo suelta uno de los protagonistas, al hombre, al que conocemos por su propia voz, mientras que el otro, a la mujer, se nos presentará a través de un narrador omnisciente. El hombre estará perdiendo la vista; la mujer habrá perdido la voz y el oído. Esta prevención que Kang pone en boca de uno de ellos, bien podría resumir su idea de literatura como una caverna de Platón, que nos despierta prevenciones, pero nos ofrece garantías de una buena representación. ¿En qué deberíamos confiar, si no confiamos en la literatura?

En Borges, en el budismo, en el cristianismo, en la antigua Grecia o en nada. Al fin y al cabo, los referentes occidentales y los orientales se confunden, y así no sabemos a qué carta quedarnos. Kang lucha por elaborar un libro mestizo, pero también un libro que nos muestre la tormenta de la discapacidad. Nuestros protagonistas acaban de vivir una separación tras una relación en la que hubo hasta violencia, en la que la comunicación terminó por resultar tan imposible que recurrieron a la agresividad. Porque el mundo en el que les está tocando vivir, con sus discapacidades comunicativas, es un mundo hostil, sobre todo para una sordomuda que decide terminar sus estudios de una lengua muerta. La novela, digresiva, fragmentada, nerviosa, nos habla sobre el dolor y el odio, y nos va desplegando una serie de recursos narrativos, desde la alternancia de voces a lo epistolar, pasando por pequeños flujos de conciencia, que nos transmiten el mensaje de que ni el dolor ni el odio sirven para nada. La clase de griego nos recuerda que la angustia de vivir no es existencial, que es física, incluso para gente cuya vida no es excepcional.

lunes, 19 de junio de 2023

PONDRÉ MI OÍDO EN LA PIEDRA HASTA QUE HABLE

 

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

William Ospina

Literatura Random House

Barcelona, 2023

360 páginas

 

 


Faltaban un par de siglos para que se formulara la hipótesis de Gaia cuando Alexander von Humboldt nació destinado a recorrer el planeta portando, sin saberlo, esa inquietud. La Tierra es un sistema que funciona de forma holística, donde todo depende de todo para regular una calidad de vida en la que debería imponerse la armonía. Para imaginar y ser consciente de esta teoría hace falta ser muy sensible. La sensibilidad, qué otra cosa, recorre esta novela que ha ideado William Ospina (Herveo, Colombia, 1954) en la que todo el talento del autor está puesto en función de recorrer esa cualidad del alma del protagonista. Estamos frente al retrato de una de las personalidades que mejor ha sabido observar en la historia de la humanidad, escrito por uno de los autores que mejor sabe describir, cuando la descripción es emocional, en la literatura contemporánea. El punto fuerte de Ospina sigue siendo esa prosa lírica, densa, poética y acogedora, propia de alguien que, a su vez, es otro observador inquieto. Humboldt sentía con espíritu científico y pensaba que toda rama de la ciencia era un saber humanista; y Ospina observa con espíritu épico, pues no puede haber sino épica en los viajes de Humboldt: están diseñados para cambiar al hombre, pero el hombre que cambia en los viajes es el que está dispuesto a cambiar, el que sabe el significado de aprender, que no podemos aprender sin alterarnos.

La sensualidad está a la orden del día en esta obra en la que acompañamos, como un cámara acompaña al viajero en un documental, a Humboldt sobre todo por su gran viaje atravesando América Latina, siendo un joven sabio que ronda los treinta años. No hay diálogos que interrumpan este discurso aventurero, porque toda la redacción está diseñada desde la voz de un narrador que es muy consciente de intentar revivir, revitalizar, empatizar y compadecer uno de los episodios más dignos de la historia, cuando la civilización estaba a punto de empezar a liquidar a la naturaleza. Nuestro narrador sabe que hoy, esta fecha desde la que se embarca en la reproducción del viaje, hemos dado al traste con mucha belleza y considera que la percepción de paisajes, el contacto con las plantas y las flores o la visión de las aves forman partes de una moral mucho más sincera de la que podemos programar desde las ciudades. Hay, por tanto, una nostalgia por un ideal que está presente en cada frase. Y, mientras tanto, vamos conviviendo, pues ese es el verbo que facilita esta lectura, convivir, con un personaje que nos regala el concepto de entusiasmo tal y como lo entendían los antiguos griegos, que consideraba que era una inspiración que equivalía a tener a un dios dentro, como les sucede a los enamorados y a los poetas. Así pues, Humboldt no se cansará de descubrir belleza. Y nosotros con él, a través de las palabras que enlaza Ospina. La belleza será inacabable, porque es inacabable la sorpresa, la capacidad de sorprenderse que tenía Humboldt y que descubre el lector a través de la prosa de Ospina.

A medida que avancemos, iremos descubriendo que la geografía no es esa ciencia técnica y árida que supone enumerar ríos y montañas, que la cartografía no es un afán de mediciones de territorios, que lo que aprendimos en la escuela debería conllevar otros apellidos, menos académicos, que se identificaran con la sensación que nos transmite esta novela, que a la postre trata sobre la felicidad de vivir. Y nos recuerda que no debemos renunciar a nuestro mapa personal, que nuestro proyecto vital debería desarrollarse de manera natural, que no hace falta pedir explicaciones a un manzano preguntándole por qué da manzanas.


Fuente: Zenda

miércoles, 23 de noviembre de 2022

EL PASAJERO / STELLA MARIS

 

El pasajero / Stella Maris

Cormac McCarthy

Traducción de Luis Murillo Fort

Literatura Random House

Barcelona, 2022

620 páginas

 



«Lo que el escudero no ha comprendido todavía es que el perdón tiene un marco temporal. Por el contrario, nunca es demasiado tarde para la venganza.»

 

La cita resume buena parte de la literatura de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933), obsesionado por la crueldad y las consecuencias de la crueldad. Obsesionado por la culpa y la angustia de vivir con la culpa. La forma de resolver esa angustia será con la muerte o con el perdón. Pero este segundo es mucho más difícil de conseguir que la primera opción, la muerte. La presencia de la muerte, claro está, no alivia, sino que es oxígeno que se arroja al fuego. Así es como viven estos dos hermanos, los protagonistas de las dos novelas que se presentan en un único volumen. La primera de ellas El pasajero, nos introduce a Bobby, un buzo que se ve atrapado en una trama oscura, en la que McCarthy no entrará, porque no es ese el asunto que le preocupa. Le preocupa la huida. Y esta huida viene motivada físicamente por la presión de la trama oscura, sí, pero previamente existe en el personaje un malestar con el que no puede vivir, y que parece tener vínculos con la existencia y suicidio de su hermana menor. Hubo un enamoramiento incestuoso y sigue presente el sentido de culpa por ser hijo de uno de los creadores de la bomba atómica. Hay, pues, un Apocalipsis personal, de pequeño ámbito, que parece más insuperable que el gran Apocalipsis, ese trabajo en el proyecto Manhattan que culminó con el primer gran hongo atómico y la premonición de cientos de miles de vidas truncadas.

McCarthy soluciona la obra generando largos diálogos entre el protagonista y los personajes que le salen al camino. El autor parece más interesado en resolver la narración a través de técnicas teatrales, pero los diálogos no provocan avances en una acción que se estanca. En realidad, se trata de solucionar una crisis, que es la del protagonista y que supone, damos por entendido, resolver muchas de las inquietudes del propio McCarthy. Los seres con los que topamos salen con mucho fuera de la norma y permiten disquisiciones sobre ciencia y filosofía, mientras damos por supuesto que el personaje sigue sin resolver su crisis existencial, que lo es en el doble término: su existencia peligra y peligra también su alma, como peligran la de tantos personajes de Herman Melville. Con esa prosa potente del autor, que ha ido reduciendo hasta dejarla en los huesos, se nos lleva por un texto digresivo, en el que la reflexión se impone sobre lo puramente narrativo, como ya sucedía en la obra de teatro The Sunset Limited. Nuestro autor ha dejado definitivamente de lado ese mundo tan físico, en el que se implicaban siempre los cinco sentidos, que nos hizo vivir en territorios fronterizos, sobre todo en Hijo de hombre, La trilogía de la frontera o Meridiano de sangre. Ahora estamos en terreno de la metafísica y ahí se va anunciando el final de una vida enamorada de la literatura.

De hecho, la segunda novela del volumen, Stella Maris, en la que el protagonismo lo lleva la hermana, estas intenciones llegan a la efervescencia: no hay relato, a no ser que consideremos relato la descripción, reconstrucción del pasado en pequeños apuntes incluida, de una esquizofrenia paranoide. Alice, la protagonista, posee una inteligencia superior y unos conocimientos para los que se suele requerir unas docenas de años de aprendizaje por encima de la edad que ella tiene. Es una adolescente superdotada que se interna en un psiquiátrico y a la que conocemos a través de las conversaciones con el psiquiatra. No hay acotaciones ni descripciones. Sólo los diálogos, que no cesan de divagar entre la ciencia y la filosofía, aunque de vez en cuando se nos recuerda el peso de ser hija de un científico que participó en la creación de la mayor arma de destrucción masiva jamás inventada.

La obra es difícilmente creíble, pero parece que la apuesta por ese adverbio es su punto fuerte. Esa dificultad será la que nos mantenga atentos, pues nos hace estar temiendo, cada dos por tres, que nosotros también podamos caer en el viaje a la locura que emprendió la protagonista. Dicho de otro modo, lo que nos atrae es la incertidumbre, ese principio sobre el que se cimentan nuestros días y nuestras noches y con el que tanto nos cuesta reconciliarnos. El lenguaje y la percepción no son singularidades sujetas a certidumbre, sino a interpretaciones. Y eso, que también da lugar a la poesía, nos deja con los pies en el aire constantemente. Refugiarse en la certeza de las matemáticas no es la solución. La solución pasa, parece decirnos McCarthy, por aceptar que somos diálogo.

lunes, 8 de noviembre de 2021

LO QUE QUIERO DECIR

 

Lo que quiero decir

Joan Didion

Traducción de Javier Calvo

Random House

Barcelona, 2021

125 páginas

 


“En muchos sentidos, escribir es el acto de decir yo, de imponerse a otra gente, de decir 
«Escúchame, ve las cosas como yo, cambia de opinión»”.

Asegura Joan Didion (Sacramento, 1934), en un artículo publicado en 1976 cuyo tema era por qué escribo. A la pregunta, se ha respondido con demasiada frecuencia con una premisa tramposa: para qué escribo. Para que me quieran más mis amigos, dictó Gabriel García Márquez, por ejemplo. Para que las opiniones propias se escuchen con tanta fuerza que así sean irrebatibles, nos indica Didion. Como si al reflejarlas por escrito, y conseguir publicarlas, se les diera un marchamo de veracidad del que carecerían en una conversación. Escribir convierte a uno en un intelectual y, por tanto, su parecer merece otro respeto. Didion puede tener muchos defectos, pero no el de la falta de autocrítica ni el de la visión sesgada. Así, más adelante, en el mismo artículo, comenta:

“Ya no me acuerdo de si Milton puso el sol o la tierra en el centro de su universo en El paraíso perdido, una cuestión que fue centra durante por lo menos un siglo, y un tema sobre el que aquel verano escribí diez mil palabras, pero todavía me acuerdo del grado exacto de ranciedad de la mantequilla del vagón comedor del City of San Francisco, y de cómo las ventanas tintadas del autobús de la Greyhound proyectaban una luz grisácea y extrañamente siniestra sobre las refinerías de petróleo de las inmediaciones del estrecho de Carquinez”.

Nada de arrogancia, nada de presunción. Lo que aprendemos, lo que se queda con nosotros, está en el ámbito de las sensaciones, que son experiencias en la que no existen privilegios, que es un mundo que nos iguala.

Este espíritu, que es personal y trasciende a cualquiera, recorre los artículos recogidos en Lo que quiero decir, escritos entre los años 1968 y 2000. Se reúnen algunos textos de carácter personal, como este que se refiere a la tentación de escribir y a la forma que va tomando la creatividad durante el acto de escribir, que se transforma en una suerte de conjuro. Y también algunos perfiles, como el que brota tras una somera visita a Nancy Reagan siendo la mujer del gobernador de California, o la elogiosa entrega a la literatura de Hemingway, maestro de Didion en el uso del lenguaje y el respeto por la expresividad. Didion nos habla de un periodismo de manos sucias, inocentes, sí, pero sucias, de adiciones al juego o la lectura, o de la manierista mansión de William Randolph Hearst. Nos recuerda el punto de inflexión que es el paso a la universidad… o cualquiera que haya sido su equivalente, en esos instantes en los que toca reconocer que nos hacemos mayores y asumir alguna responsabilidad hacia la madurez. Habla sobre su formación en revistas como Vogue, donde se vio obligada a eliminar lo accesorio y encontrar los centros de interés, y encuentra puentes entre cualquier proceso creativo a partir de las fotografías de Mapplethorpe. Cuando se refiere a Hemingway deja traslucir un debate acerca del honor, y cuando lo hace sobre Martha Stewart nos habla de excentricidad y empoderamiento. Pero siempre, y este tal vez sea el asunto que enhebra el libro se convierte en sinónimo admiración y la facultad de querer. El equilibrio entre amar y sentirse cautivado es una de las grandes lecciones que nos transmiten los artículos de Joan Didion. Y eso es mucho.

martes, 19 de octubre de 2021

SOBRE LA NOCHE EL CIELO Y AL FINAL EL MAR

 

Sobre la noche el cielo y al final el mar

Raúl Zurita

Random House

Barcelona, 2021

229 páginas

 


Hay “un lugar donde la mente y la vida son espacios a corregir”.

Esto sostiene Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950) en un libro que es memoria y la memoria se comporta como un líquido: busca su camino y lo va encontrando, drenándose por el suelo que nos impide ver bajo nuestros pies, atravesando los muros que deformaron el mundo. La voz de Zurita, tierna y lírica, libre, nos recuerda, una y otra vez, que necesitamos amor. O, para ser más concretos, que necesitamos amar y ser amados. Serán estos sentimientos los que corrijan la mente y la vida y, tal vez, sea la memoria el lugar donde intentaremos corregirlas.

Zurita gestiona su prosa a través de los años de juventud, que en Chile fueron años de terror, y consigue sacar belleza allí donde se impuso la oscuridad y el plomo. Va componiendo una serie de cuadros sentimentales que perfilan al narrador, o al poeta, pero que poco a poco construyen un paisaje colmado de seres humanos, de compañeros, de amigos. Su pretensión es atrapar sensaciones a partir de unos recuerdos que se han mostrado huidizos: el poeta tiene que convocarlos para trazar sus perfiles, y es la búsqueda a lo que asistimos. Las preguntas, bien lo sabemos, contienen más sabiduría que las respuestas. Envejecer significa despegarse del afán de certezas, pero también aprender a separar el grano de la paja y dejar que las pequeñas cosas se las lleve el viento.

Zurita se obliga a recordar, pero no se obliga con violencia, sino con el ímpetu que da la nostalgia. Sentimos nostalgia de la energía perdida, de la posibilidad de salir corriendo, de unos encuentros amorosos menos apagados, de sentirnos con capacidad de una lucha físicamente más activa. Aunque seguimos en la brecha, con las herramientas que aprendimos, gracias a las preguntas, a esgrimir para modelar el mundo, entre ellas la poesía. Tenemos la impresión de que Zurita está cancelando deudas políticas de un tono más o menos agresivo, o más bien agresivas. Y nos preguntamos si ésta es una de las funciones de la literatura. Zurita también parece cuestionárselo. Y la respuesta será más individual que social. La mejor conclusión que uno puede sacar de este libro de memorias de un gran poeta, es que ahora, en la vejez, somos más recuerdo que actividad, pero debemos ser conscientes de que no se puede vivir sólo de esa bondad. De ahí que tengamos que seguir encontrando amapolas que nacen en los estercoleros.

lunes, 13 de septiembre de 2021

ÑAMÉRICA

 

Ñamérica

Martín Caparrós

Literatura Random House

Barcelona, 2021

675 páginas

 


¿De qué tamaño es el mundo?

El mundo es del tamaño de un rasgo que a alguien se le ocurrió escribir, un día, sobre la letra ‘n’ para sumar al alfabeto un sonido extraño. Todas las emociones caben en una punta de alfiler y cada emoción, sin embargo, llega a poseer la extensión de una galaxia. El mundo es del tamaño del factor común, pero también de cada suma de almas, que ha alcanzado proporciones siderales al añadirse siglos a los siglos. Eso sí, para intentar descifrar el tamaño del mundo nos valemos de un idioma, cuya idiosincrasia puede resumirse en la letra ‘ñ’. Por lo tanto, si queremos expresar el tamaño del mundo, lo mejor será acomodarnos a aquella parte del planeta con la que nos podemos entender sin trabas, sin segundos idiomas ni apreturas de traducción. Apenas hay nada en el resto del mundo que no se contenga en América Latina, por lo que recorrerla es atravesar todas las caras del poliedro. Y hacerlo compartiendo un idioma es evitar escollos, algún posible engaño, ir desnudo, afrontar la piel del mundo para conocer su alma.

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) vuelve a escribir una crónica extensa, en la que prefiere repetir ideas antes de que continuar con la selección, porque caminar sobre el mundo nos supone repetir siempre los mismos gestos, ver los mismos soles, encontrarnos con los mismos sentimientos, reiterar las mismas ideas mientras nos abrimos a ideas nuevas. Hemos dicho crónica y no sabemos si se corresponde al género, aunque pudiera tratarse de la palabra más cercana al espíritu de un libro poliédrico, como el mundo, y vehemente, como los que habitan el mundo. No hay solución de continuidad, esos artificios que igualan cualquier género a la novela, sino una fragmentación que se corresponde a la de la misma realidad que nos impacta con sensaciones. Ni siquiera el estilo está depurado según los cánones académicos, porque la reiteración y las cacofonías caracterizan mejor la percepción que nos sale al paso que la farsa de una prosa blanquísima o el exceso de estilo. Es posible que no nos hallemos frente a un libro tan compacto como El hambre, la obra maestra de Caparrós, pero sin duda nos enfrentamos a un texto en el que no nos faltarán hallazgos a los que enganchar la atención.

El libro alterna la experiencia personal, que fragua los pasajes más sugerentes y más potentes, con el ensayo. De los viajes surgen encuentros que hilan el tapiz de la América que habla castellano. Oímos a los protagonistas, que han sido altos cargos o han ejercido de taxista, muchos de ellos de avanzada edad, relatando cuál es el tamaño del mundo, que se ha visto, a la fuerza, reducido a la geografía más inmediata. En ocasiones, organiza estos encuentros a partir de las grandes ciudades -México, El Alto, Bogotá, Caracas, La Habana, Buenos Aires, Miami, Managua-, y en otras surgen como anécdotas que nos llevan a lo concreto cuando el centro de interés es otro: la violencia, la pobreza, las consecuencias de la colonización, etc. Es aquí cuando Caparrós nos azota con reflexiones, que por lo general están más dedicadas a generar dudas que a llevarnos a conclusiones. Caparrós no parece soportar bien las ideas con que ahora se construye el pensamiento, que se limitan a consignas de corto recorrido y se olvidan de atender al mundo de forma holística. Reniega de lugares comunes cuando habla sobre colonización, neocolonización y anticolonización, incluida la contemporánea, por ejemplo. Intentar averiguar si detrás de la denuncia existe una propuesta, nos lleva a acostarnos en la cama de un faquir. Lo que se pretende, en realidad, es fomentar la costumbre de cultivar un pensamiento propio. La revolución, como sostiene muchas de las religiones orientales, será personal o no será. No es poco, en un planeta que se está construyendo a base de idiomas reducidos a 280 caracteres, que pueden dar para sorprender con un ingenio, pero no para la reflexión sensata, profunda y de elaboración emocional. Se alejan, mucho, de algo que a falta de una palabra mejor llamaremos sabiduría.

viernes, 7 de mayo de 2021

FÁRMACO

 

Fármaco

Almudena Sánchez

Random House

Barcelona, 2021

183 páginas

 


La depresión ha venido para instalarse como una tradición social, al menos esa es la impresión que da al encontrarnos con varios títulos que la tratan: ahí está Hombres que caminan solos, de José Ignacio Carnero, que la afronta desde la narración autorreferencial, o Un perro rabioso, de Mauricio Montiel, que se refiere a ella en primera persona con una secuencia de lugares comunes, no por ello menos impactantes. Ahora se suma a esa nueva tradición, valga el oxímoron, Almudena Sánchez (Mallorca, 1985) con este Fármaco, que es obra de una escritora, sí, pero también de una lectora. De hecho, si nos atenemos a un punto de vista muy literario, advertiremos que nos encontramos frente a una obra en la que se impone la lectura, la de los libros, que son consuelo, y la de los instantes, que son, al final, los mimbres con los que se hace literatura. Debemos decir, antes de no estar a tiempo, que la expresión con que iniciamos la reseña, la de apuntar a la depresión como una tradición social, es una visión muy sesgada. La depresión es un mal único para quien la sufre y para quienes se encuentran en el entorno de quienes la sufren. Ahí es donde Almudena Sánchez impone su registro. De hecho, se pierde constantemente en la búsqueda de una definición, por el sencillo motivo de que está desesperada por encontrar una solución. Necesita un diagnóstico para ajustar un tratamiento. Mientras tanto, la sostienen los fármacos.

La obra está escrita sobre la marcha, pero con un grado de meditación que se ajusta a las intenciones de la misma: dar fe del mal y compartirlo como quien practica un exorcismo que puede ayudar a otros. Es, posiblemente, la parte terapéutica de la sanación, como lo son siempre las confesiones: “La ciencia informa: son carencias emocionales no verbalizadas”. Se impone, pues, la verbalización para recuperar terreno. El libro es una demostración de amor a la literatura, porque nos presenta su función de rescate. De ahí, también, la serie de referencias que acuden a apoyar a los fármacos, como el libro de William Styron, por ejemplo, Esa visible oscuridad. Y para certificar que el tema de la depresión debería ser el de la vida, Almudena Sánchez la arrima al suicidio y al intento de suicidio, a las ganas de dejar de vivir. Tal vez uno eche de menos otras lecturas, como Levantar la mano contra uno mismo, de Jean Améry, pero esto pertenece al orgullo lector. Fármaco es una obra con vida propia, una pregunta acerca de qué hay más allá de la desolación, si es que es desolación lo que escribe, pues por momentos uno intuye destellos de humor. Y el humor bien aplicado pertenece a las medicinas que cauterizan.

Como no puede ser menos Almudena Sánchez afronta el pasado y, sobre todo, la infancia. Lo terrible, en este ámbito, suele ser el peso de la presión de tener que considerar que nuestra infancia fue feliz: “Que no habrá psicotrópico que me devuelva la explosión de la niñez”, suplica la autora. Y esa es una de las obsesiones que giran en remolinos dentro de la cabeza, una de las que nos construyen como seres disconformes y expuestos a la depresión, que es un mal que se instala en el cerebro, pero, no hay que olvidarlo, nosotros somos cuerpo. De ahí esos trastornos somatomorfos de los que habla Almudena Sánchez, pues uno se suicida con todo el cuerpo. De ahí la precisión de esta obra que trata sobre la alteración, pero que bajo presión consigue sacar lo más reflexivo de uno y confiar, compartiendo la confianza, en que cuando uno supera lo insuperable sin duda se vuelve mejor persona.

lunes, 12 de abril de 2021

ESTA TIERRA ES NUESTRA TIERRA

 

Esta tierra es nuestra tierra

Suketu Mehta

Traducción de Aurora Echevarría

Literatura Random House

Barcelona, 2021

349 páginas



El concepto clave, el final y definitivo, es el que ya expresó el sociólogo Richard Sennet en alguno de sus ensayos: el respeto. A lo largo de este texto de Suketu Mehta (Calcuta, 1963), Esta tierra es nuestra tierra, manifiesto del inmigrante, la palabra respeto apenas aparece, pero la idea es el sustrato y es el horizonte. El sustrato por pertenecer al aprendizaje sentimental del individuo, del autor, y el horizonte al tratarse de la petición social que reclama una y otra vez. El respeto saldrá del pecho del individuo, pero se manifestará en los vínculos con las personas. Será lo más humano.

En realidad, Mehta lo que hace es organizar una suerte de ideas que se extienden por medios de comunicación y por redes sociales, por conversaciones y entre la vida comunitaria, y organizarlas para facilitar nuestra impresión sobre el fenómeno inmigratorio y la convivencia. Nos habla de casos particulares y de datos globales, y el libro va cargándose como se carga una bola de nieve: no hay expresiones veleidosas, pues la emoción que transmite, que se aproxima mucho al enfado, tiene que ver con la acumulación de razones. Sobre todo cuando aterriza y expone vivencias de primera mano, que a veces suceden en su lugar de residencia, Nueva York, y en otras ocasiones cuando ha partido para buscar la historia o las historias le surgen al encuentro, en episodios que podrían formar uno de los mejores libros de viajes que leeremos en mucho tiempo. Mehta nos recuerda, nos expone y da sentido a cada una de las facetas con que se malvive la inmigración, recomponiéndolas de tal modo que nos vayamos dando cuenta de que por nuestra parte carecemos de respeto y nos sobran prejuicios. Lamentablemente, estos prejuicios, que son violencia, se propagan en una epidemia de histeria a través de redes sociales.

El libro comienza con el fenómeno que define la inmigración, que es la frontera. Nos acerca a la de Estados Unidos con México y nos enfrenta a las paradojas de la gente que separa, marca territorio, crea barreras. Nos habla de la estafa que es el relato de la tierra prometida, por un lado, y de las contradicciones de una supuesta ideología de raza frente a las intenciones de humanitarismo. También viajamos hasta los Emiratos Árabes, para conocer el esclavismo al que se somete al inmigrante y hasta a la franja de mar que separa África de Europa, y a una costa donde conocerá a quienes sufragaron un viaje salvaje con su propio cuerpo. A continuación, Mehta habla sobre la colonización y ala descolonización, presentando el expolio de la primera y la chapuza con que se ejecutó la segunda. Tanto una como otra son responsabilidad del occidente rico y cree que como tal debería asumir cierta responsabilidad, como la de permitir el acceso a quienes sufren las consecuencias de la depredación. Ahora las grandes corporaciones han sustituido a los ejércitos, pero el fenómeno colonial persiste, apoyado por el selvático sistema financiero, que rige los pasos del mundo: “Los países en desarrollo pierden en paraísos fiscales tres veces más que los 125 mil millones que obtienen de ayuda”. También es responsabilidad de los países ricos este último fenómeno de refugiados, que son los que huyen de las consecuencias del cambio climático, y que se suman a los inmigrantes económicos y los refugiados políticos. Hay que temer, y mucho, las consecuencias de las guerras del agua, de las inundaciones, de las sequías.

“El refugiado, según el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, trae consigo el espectro del caos y la anarquía que lo ha obligado a abandonar su tierra”, explica. Porque, por respeto, también intenta entender los miedos de quienes secundan los populismos de ultraderecha, una expresión que se nos antoja eufemística a estas alturas y una vez comprobadas las consecuencias. Las decisiones gubernamentales y las políticas contra la inmigración que se implantan en países como Hungría o Dinamarca (sí, Dinamarca también), comulgan con la tendencia que impuso Donald Trump, que se presenta como una persona desnortada, una expresión que también es un eufemismo, cuando coteja sus razones con la razón humana. Mehta, escritor con fundamento, arremete contra el odio que generan los relatos, contra la literatura histérica y la hipocresía que nos llega en conceptos de civilizaciones basados en ideas primarias, maniqueas. En ellos ve el germen de la xenofobia y la incitación a la limpieza étnica, un concepto que se divulgó durante las guerras de los Balcanes y que Mehta recupera. En realidad, tras los gobiernos plutocráticos, como el de Estados Unidos, y su navegación en esa corriente, denuncia, está la aporafobia, el odio al pobre, y el afán de mantener las jerarquías, el poder, el mal.

Pero Mehta no se limitará al estudio y la denuncia, pues irá aportando dosis de motivos, inteligentes y sensibles, para la aceptación de un planeta cosmopolita en el que en lugar de guetos se deberían crear senderos por los que circular todos. Desmonta uno a uno todas las leyendas xenófobas reclamando que se humanice a quienes aportan riqueza económica, social y cultural. Cuando Jesucristo lanza la parábola del buen samaritano, responde a la pregunta: “Maestro, ¿quién es el prójimo?”. En Judea, los habitantes de Samaria eran considerados inmigrantes con menos derechos, por ser algo así como extranjeros bárbaros. Ahora viene un escritor con mucho talento a recordarnos quién es el prójimo a través de un ensayo que deberían leer aquellos que todavía no han conseguido responder a esa pregunta, quien pone las banderas por delante de lo humano.


Fuente: Revista de letras

sábado, 23 de enero de 2021

HOMBRES QUE CAMINAN SOLOS

 

Hombres que caminan solos

José Ignacio Carnero

Literatura Random House

 Barcelona, 2021

185 páginas

 


Volviendo a la voz que narraba en su debut, Ama, José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) comienza este Hombres que caminan solos con un viaje a las costas de Senegal y lo termina con un itinerario por la península, dos desplazamientos que ofrecen las antípodas del espíritu del viaje: mientras que el primero pretende ser un reportaje sobre el exilio de quienes fracasaron en el exilio, el segundo es una aproximación a la reconciliación familiar, en este caso con su padre. Y será este espíritu, el de la reconciliación, el que nos salve, el que nos indica una ruta que estaría bien seguir para salvarnos de la neurosis. El narrador, que se dirige a nosotros con una limpieza que no podemos dejar de agradecer, confiesa padecer depresiones. Conviene aclarar este término con una expresión ya clásica: una depresión no sería la música de un violín interpretando una composición triste, sino la música de un violín desafinado. Dicha depresión camina por la ruta del miedo: “Por la noche, antes de acostarme, me visitaban temores de toda clase: a la soledad, a la ruina económica, a la enfermedad”. Y se transforma, así, en un hombre más que camina solo, por la costa de Dakar o por los hospitales, o entre las calles. Es uno de nosotros cuando sentimos que hemos perdido el norte.

Pero no se rinde. Sabe que en algún lugar puede encontrar la salida a su mal y a su alcance pone la sociedad contemporánea recursos que pueden resultar de lo más extravagantes, como Tinder, pero cabe aprovecharse de ellos. Eso le empujará, por ejemplo, a una estancia en Buenos Aires que le llevará a descubrir que no todo lo que viene del exterior es daño, que los otros nos aportan otro tipo de estímulos y abre la puerta a considerar que la mejor manera de superar un mal año es con el afecto. Los otros no son el infierno. Ni siquiera la pareja con la que no termina de aclararse qué tipo de relación le conviene, qué tipo de relación será la más balsámica. Carnero nos describe el mundo de hoy -al menos el mundo para un abogado de treinta años-, lo que el padre del narrador califica como “lo que todos sabemos” y nos enfrenta a la manera que tenemos de contactar con el resto del planeta, que no siempre es vida: “Pero realmente estaba hecho una mierda. Mi ordenador me lo recordaba. Cada vez que lo abría y entraba en una página web, o en YouTube, me aparecían en la pantalla anuncios de infusiones que combatían el mal ánimo, aplicaciones que pretendían reducir la ansiedad reproduciendo sonidos de naturaleza y pastillas que potenciaban la excitación sexual. Mi ordenador sabía más de mí que mis propios amigos”. Y la solución con que va solventando toda esta ansiedad es el ansiolítico más popular en estos momentos.

Pero el Orfidal apenas sirve de tabla de náufrago. De nada sirve si no buscamos el norte perdido. El narrador, que se nos presenta como el propio Carnero, como una expresión de su yo, resulta ser un tanto diletante, culto y con problemas de autoestima que se expresan en ignorar la distancia a la que debe estar para entregarse, o no, a los demás, a su padre, a su pareja, y que es más fácil de resolver con los recién conocidos. El narrador recoge ese extraño estímulo del deseo de ser nihilista. Y lo que importa, en realidad, es la sensibilidad de la materia con la que estamos hechos. De ahí que necesite compartir, y compadecer en el sentido más literal de la palabra, padecer con su propio padre, su mayor vínculo emocional, para descubrir que existe la redención posible a las neurosis, a sentirse deprimido y a la autoficción.