Mostrando entradas con la etiqueta Alpha Decay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alpha Decay. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de febrero de 2021

ALGO TEMPORAL

 

Algo temporal

Hilary Leichter

Traducción de Inga Pellisa

Alpha Decay

Barcelona, 2021

234 páginas

 


Ya se sabe con qué castigo tuvo que cargar la humanidad por desafiar a su creador: morder una manzana tuvo como consecuencia trabajar a lo bestia con el sudor de la frente eternamente perlado y duramente incómodo. Sobre este resultado se ha escrito mucho y en todos los tonos, y este libro, Algo temporal, de Hilary Leichter, retorna al punto de denuncia en el que las derivas del trabajo se han ido pudriendo y no por la intervención divina ni por el pecado original. Aquí el absurdo está en función de delatar que nosotros mismos nos hemos encargado de transformar las consecuencias de morder la manzana en una esclavitud, pues no se trata de sudar para ganar el pan, sino de la angustia que supone carecer de certezas sobre el pan, pensar que tal vez en algún momento no podrás pagarlo y verse humillado durante los momentos en que uno tiene trabajo.

“Encuentro trabajo friendo patatas, y en eso consiste todo. No dejo de esperar que el puesto se revele en toda su plenitud, pero no todos los trabajos son icebergs, con kilómetros ocultos de tareas. Algunos trabajos son solo trabajos. Me recojo el pelo con una redecilla y llevo a cabo mis operaciones cotidianas con grasa y fuego. Capto mi reflejo en la mampara higiénica, y lo que veo es una desconocida.”

Pero no estamos frente a una obra de puro realismo social, pues Leichter se refugia en un sarcasmo que hace más creíble al ser desnortado, ese que podríamos ser cualquiera, que protagoniza el libro que, a mayores, es una mujer. La imaginación de Leichter lleva al personaje a trabajos entre los piratas, sin que se sepa muy bien cuál es su función, o como ayudante en una asociación de asesinos, en la que existe el ascenso por méritos, o de repartidor de folletos, con una categorización por ejercer con éxito la labor, y hasta de percebe, un trabajo en el que existe cierta obsesión por el tamaño del pene. Este absurdo nos lleva a preguntarnos cómo es posible intentar dar coherencia a algo tan impuesto. La vida a la que asistimos es automática en el mismo sentido en que era automática la escritura de los surrealistas: va sucediendo sin que parezca existir un plan previo. De ahí la dificultad para encontrar su lugar en el mundo que padece la protagonista, porque tal vez este mundo no sea un sitio poblado de lugares. Así se va desplegando el matiz de locura que recorre la novela, mientras nos preguntamos cómo de serio es esto de trabajar para vivir, cómo de serio es vivir, en qué grado de seriedad debemos tomarnos la exigencia de vivir.

La protagonista hereda la precariedad de su madre, en una denuncia de clases sociales, y como su madre se cuestiona el sistema de lealtades que se establece a través del trabajo. Su existencia se expone de forma itinerante, como la narración del Barón de Münchhausen o, por qué no, las novelas picarescas o los viajes de Gulliver. Todo se desarrolla en planos sucesivos, incluidas las secuencias de novios, en un texto que elude cualquier corrección política, aunque la distancia que da el absurdo le permitirá nadar en cualquier océano, incluido el de la corrección política. Este sarcasmo, el conflicto que surge entre los hechos y la textura del disparate, nos enfrenta a la realidad como quien trata de resolver una aporía. Aunque el libro gana en intensidad cuando se acerca al realismo, como, por ejemplo, cada vez que se utiliza la palabra eventual, soltándola desde las tripas, con rabia, esa rabia sin misericordia que tantas veces esconde el humor.


Fuente: Revista de letras

viernes, 14 de junio de 2019

EL OTRO KIOTO


El otro Kioto
Alex Kerr y Kathy Arlyn Sokol
Traducción de Núria Molines
Alpha Decay
Barcelona, 2019
331 páginas

Cuando se quiere mucho algo, ningún enunciado es gratuito. Una selección es ya una valoración, porque sigue un criterio y el criterio tiene relación efectiva con el encanto que siente el que escribe. Es una de las formas como se delata la sinceridad, al igual que lo es el orden de las secuencias, que no conviene que desfallezca, pues de lo contrario parecía que la pérdida de potencia cuestionaría la veracidad del elogio. Bajo estas premisas Alex Kerr habla con Kathy Arlyn Sokol sobre lo que les va saliendo al paso en sus paseos por Kioto.
A las descripciones, eruditas y cultas en el sentido que pueden serlo las de alguien que las ha conocido desde fuera y las ha elegido para configurar su vida, les añade la doble valoración simbólica: por un lado la que se atribuye a un análisis filológico de la historia y el concepto visual, y por otro el significado que el autor deduce que tienen para él, lo que le provoca amor, de cada uno de los elementos tratados, que son una mera escusa para atender a aquello que, por regla general se escapa de nuestros sentidos. Las puertas, los suelos o la caligrafía son lo que son, con su utilidad y los códigos de acuerdos sociales, pero también son lo que parecen. De ahí la idiosincrasia de una cultura que nos presenta en contraste con otras asiáticas, que se han ido desarrollando a la par y de las que se distinguen, con frecuencia, por una exquisitez al alcance de todos.
El pensamiento de Kerr es contraintuitivo, no dejándose llevar por los lugares comunes, y atendiendo a las grandes y pequeñas cosas que afectan a la construcción de la personalidad. Porque todo el paisaje creado por la cultura japonesa está en relación con los japoneses, entre los que eligió vivir el propio Kerr hace más de cuarenta años. El paisaje construido podría ser un formato, pero para Kerr es mucho más, es un sentimiento a flor de piel y es una carga de profundidad. La relación que se va haciendo tiene cierta resonancia a enciclopedia, por lo cual tal vez sea aconsejable no intentar leer el libro de una sentada. De hecho, su elaboración llevó a los autores mucho tiempo, demasiado, tanto como toda una vida aprendiendo, emocionándose, y con ese respeto deberíamos afrontarlo. La sintaxis, como reconocen los autores, es oral, pero la construcción es una auténtica labor de ingeniería aeronáutica: no sobran piezas y son incontables las que se exponen. Estamos frente a un texto que explica por qué son inagotables las razones que nos llevan a enamorarnos de una cultura.

sábado, 8 de diciembre de 2018

CULTURAMAS 2018

Estos son los mejores libros de viajes, crónicas y aventuras reseñados en la sección de Culturamas 'viajes y libros' durante el 2018:

Estos son nuestros libros favoritos de 2018:

El complot de las damas muertas

Jessa Crispin

Traducción de Elvira Herrero Fontalba
Alpha Decay
Barcelona, 2018
280 páginas
Divergente, inteligente, con una capacidad insólita para reírse de sí misma, este autorretrato es la obra de alguien con la salud mental lo bastante bien amueblada como para saber que tiene que salir distinta de la experiencia. Un libro magnífico sobre la neurosis.

Carreteras azules

William Least Heat-Moon

Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
Madrid, 2018
615 páginas
El relato es narración pura. Y las dudas siguen y seguirán quedando en el aire. Porque este viaje, que leemos casi de una sentada a pesar de las seiscientas páginas, pretende responder a la pregunta de si tiene sentido intentar darle sentido a lo que sencillamente es. Así pues, se puede ser existencialista y a la vez formar parte de la gente normal, no escribir para tratar de transformar el mundo. Ese es el gran mérito de esta obra. Y es mucho.

El ladrón de recuerdos

Michael Jacobs

Traducción de Martín Schifino
La línea del horizonte
Madrid, 2018
273 páginas
Al final, todo es memoria o, como dice Jacobs, el miedo a perder los recuerdos. Ese miedo le lleva a escribir un libro de viajes que nos hace sentir doble envidia durante la lectura: por la experiencia que vive y por su logro literario.

Campo visual

Kathleen Jamie

Traducción de Pilar Vázquez
Volcano
Madrid, 2018
232 páginas
Aunque sea paseando por islas remotas, a veces abandonadas, por lugares viejos donde hasta el romanticismo caducó hace tiempo. Pero si nos hablara del tiempo, nos estaría hablando del destino. Jamie tiene la cortesía de no molestarnos con esos temas. Aquí no está el cáncer ni las infecciones. Están los buenos sentimientos.

Hasta la frontera de mi sueño

Ricardo Martínez Llorca

El Desvelo
Santander, 2018
170 páginas
Martínez Llorca es un escritor que no se atiene a corrientes, que no cree en los géneros, que va por libre, como iba por libre Henri Rousseau en pintura, al margen de las corrientes impresionistas, expresionistas o fauvistas. Es un escritor que convoca todo lo que es en cada frase y nos regala obras de peso, capaz de llevarnos casi hasta las lágrimas, como en Luz en las grietas o en Tan alto el silencio, y de engañarnos con una imaginación de una madurez sólida y versátil en Hijos de Caín o Después de la nieve. Es, posiblemente, uno de los cuatro o cinco mejores escritores de su generación. Y aquí vuelve a demostrarlo.

Secuestrado

Robert Louis Stevenson

Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2018
285 páginas
Todos hemos lamentado los tiempos duros, cuando la pureza campaba a sus anchas porque no había escollos vulgares que salvar. Pero lo hemos hecho de la manera en que lo representa Stevenson en boca de Balfour: a través de un relato que se parece tanto como somos capaces de reconstruir con la memoria. Lo que hace de Stevenson un autor tan grande es esa empatía a través de la imaginación. De nuevo nos llega otro libro para nuestra biblioteca particular de ineludibles. Una de las mejores novelas de la historia.

La casa de los lamentos

Helen Garner

Traducción de Alba Ballesta
Libros del K.O.
Madrid, 2018
300 páginas
Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su juicio, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.

lunes, 4 de junio de 2018

EL COMPLOT DE LAS DAMAS MUERTAS


El complot de las damas muertas
Jessa Crispin
Traducción de Elvira Herrero Fontalba
Alpha Decay
Barcelona, 2018
280 páginas

Aunque se nos entregue en un formato que se podría calificar como libro de viajes, El complot de las damas muertas es un autorretrato. Jessa Crispin elige un periodo de su vida en el que se desplaza por varias ciudades de Europa, y una serie de escritores a los que leer y sobre los que pensar. Pero sus intenciones son el estudio de, arrojémonos al agua sin coger aire, sus neurosis. Jessa Crispin ejecuta un ejercicio literario que veremos en pocos libros a lo largo de este año, para saber si su estado psicoemocional supera el listón de lo patológico o se mantiene bajo control. Sin duda, la lectura no puede concluir en otra idea que no sea la de que lo mantiene bajo control, o al menos bajo salud mental. Pues nos regala el que tal vez sea el mejor libro de viajes del año y uno de los mejores autorretratos, partiendo de una lucidez como lectora en la que escribe sobre un auténtico folio en blanco. De cada uno de los autores en los que se basa su ensayo, por catalogarlo de alguna manera, escribe como si nadie antes hubiera trazado ningún análisis. El complot de las damas muertas es una obra genial que, por otra parte, nos entrega en fragmentos de manera que el lector puede acudir al libro en cualquier momento y leerlo a la velocidad que él mismo precise. Es un libro pensado en nosotros, porque en su autorretrato estamos todos, pues no escribe para sí misma, sino para nosotros. Y descubrimos que ha merecido la pena, y mucho, el conocerla de esta manera.
De las formas que existen de renacer o de reinventarse, el viaje tal vez sea la más grata. Independientemente del presupuesto con que uno cuente. De hecho, si éste es escaso, facilita crearte como un personaje distinto, incluso como otra persona. A esa llamada acude Crispin, que tiene un hogar que se llama maleta y un no hogar que se llama ciudad. Es una viajera lenta, que se detiene durante semanas o meses en cada sitio. Y así le da tiempo a estudiar cómo se adapta ella a la vez que descubre cómo se adaptaron otros: Jean Rhys a Londres, Somerset Maugham a San Petarsburgo, Rebecca West a Eslovenia, o las mujeres de James Joyce y Richard Francis Burton a Trieste. Crispin que el azar está escrito en algún lugar y consulta el tarot, al que parece no prestar después demasiada atención, pues a cada cosa que ve la atiende como si acabara de descubrir que existe. Es una de esas personas que saben que viajan porque les falta algo, y esperan encontrarlo fuera para integrarlo. Pero que ignoran qué es eso de lo que carecen. Y les preocupa. Tal vez por ese mismo motivo no tenga reparos en hablar de sus amores y desamores, y de reconocer que no puede evitar ciertos prejuicios de un americano viajero, como la consciencia constante de su origen.
Crispin derriba mitos con un estilo elegante y una contundencia intelectual, en la que demuestra que mente y sensibilidad son la misma cosa. El caso de Rebecca West y su celebradísimo Cordero negro, halcón gris, que desarma como se desmonta un mecano, nos lleva a cuestionarnos todo lo que habíamos dado por supuesto en la literatura. A juicio de Crispin, West se comporta como turista en los Balcanes, algo inaudito. Pero es que se trata de una ciudadana británica que viaja a gastos pagados y que sabe qué es lo que quieren oír quienes lean sus crónicas. Denuncia también la autocompasión de Margaret Anderson en el sur de Francia, así como la propia, dado que reconoce aburrimiento. Y entra en escena, constantemente, las relaciones de pareja, las propias y las de los personajes que ficticiamente la acompañan en sus recorridos. Las parejas como cárcel, como traición, como tortura, como forma de aislarse… culpando por igual a hombres y mujeres, con una mirada y una soltura a la forma de expresar, que nos da envidia no disponer nosotros de tanta libertad.
Divergente, inteligente, con una capacidad insólita para reírse de sí misma, este autorretrato es la obra de alguien con la salud mental lo bastante bien amueblada como para saber que tiene que salir distinta de la experiencia. Un libro magnífico sobre la neurosis.

martes, 13 de febrero de 2018

MI VIDA EN LA CARRETERA


Mi vida en la carretera
Gloria Steinem
Traducción de Regina López Muñoz
Alpha Decay
Barcelona, 2016
348 páginas

“En realidad, no sabemos qué decisiones del presente condicionarán el futuro. Pero tenemos que actuar como si todo lo que hacemos importara”. Y, sin embargo, el gran valor de este libro no está en la influencia que hayan podido tener las decisiones que Gloria Steinem (Ohio, 1934) ha tomado a lo largo de su vida, en cómo trasformó el ideal de aquel jovencito o de las trabajadoras de la limpieza de no sé cuál estado. En realidad, el gran valor de este libro es el gran valor de la carretera como metáfora: la ruta en la que uno se topa con los grandes aprendizajes, con los lugares donde se sucede eso que compone la educación sentimental, la buena educación sentimental. Muy lejos de la soberbia, Mi vida en la carretera es una suerte de feedback con toda la gente que ha participado en la vida de Steinem, incluyendo aquellas personas que no conoció en forma y figura. Porque no todo se puede aprender por experiencia directa, para conocer lo que llamamos vida, que son los acontecimientos sobre este peñasco azul en los que hacen su teatro alegórico los seres vivos, conviene tener los oídos abiertos a los relatos de la gente. Los taxistas, las auxiliares de vuelo, los periodistas en campaña electoral, o quienes sobrevivan con cualquier otra profesión que sucede en la carretera, en el movimiento, serán maestros. Eso sí, si uno no está dispuesto a colaborar con ellos manteniéndose a la escucha, jamás se tropezará con las sorpresas que derriban los prejuicios, no escuchará la música del azar, que es la que enseña.
En este examen de su biografía, Steinem muestra una inusual habilidad para vivir. El centro de esta habilidad es el amor a la incertidumbre. De todas las metáforas de la vida -la lucha, el río, el valle de lágrimas, etc.- Steinem elige el viaje porque ahí es donde se encuentran los descubrimientos. Y ella los adopta como quien adoptara nuevos glóbulos rojos. El elogio que hace de la risa en algunos momentos, unido a esa proyección hacia el futuro que es la revisión del pasado, hace de este libro una celebración del optimismo. Será ese optimismo el hilo que engarza esta conciencia de haber sido en el mundo un ser digno de amar y ser amado. De hecho, el libro comienza saldando cuentas con su padre, que falleció siendo ella joven. Si seguimos el dictado de Freud, Steinem mata al padre, pues quiso contradecirle. Pero finalmente se da cuenta de que de él es de quien hereda la carretera. Luego vendrá el gran aprendizaje que supone dos años de vida en la India, cuando la India todavía era una utopía orientalista. Darse cuenta de que la marginación de castas y de la mujer existe en distintos grados también en su país, harán de Steinem el personaje que ya conocemos: la gran activista que defendió los derechos de la mujer. Pero siempre permeable, y hasta poniendo por delante con frecuencia, a cualquier forma que tome la desigualdad: los minusválidos, la segregación racial, las fobias generacionales, la libertad de expresión, la violencia doméstica, los fracasos del sistema escolar, la pena de muerte. El organismo de Steinem no deja de producir la hormona que no consiente la injusticia.
El relato que uno espera es el de la mujer que organiza convenciones, que interviene en los campus universitarios, que publica artículos polémicos, que se planta frente a los juzgados exigiendo la libertad reproductiva o que fabrica parte de la campaña electoral de alguna senadora sin fondos. Y es cierto que todo eso está contenido en el libro. También la crítica a cierto tipo de periodismo, la denuncia política de altísimo voltaje con manipulaciones del voto de por medio, hasta el punto de tener la impresión de que una de cada tres personas con derecho al voto no ha podido ejercerlo o la han obligado a equivocarse. El caso flagrante de la primera victoria de George W. Bush es para arrancarse los pelos de la cabeza según ella lo describe. Pero aun siendo ya una mujer madura, sigue confiándose a la carretera como vía para modificar la sociopolítica del país. Caben dos opciones, parece decir el optimismo de este libro: o salirle al paso a la vida y nunca dejar de aprender para conocer dónde debemos sumar algo positivo, o darse al alcohol. El último capítulo de este libro, que será uno de los mejores que se publiquen este año, habla sobre lo bueno que todavía queda del buen salvaje. El tópico del indio gorrón y borracho de las reservas, viviendo a costa de las ayudas estatales, cae por los suelos. Y Steinem lo hace con maestría y, como en las demás ocasiones, con una buena compañera. Steinem encuentra el equilibrio que necesitamos en ese último gesto activista. Y sin rendirse al desaliento pues ya, a una edad avanzada, sabe que el equilibrio está a mitad de camino entre estar compensado y estar descompensado. “Incluso en los acantilados más distantes aparecen grutas de rescate”, señala al principio del volumen, antes de recordarnos que la carretera, el viaje verdadero, nos saca de nuestras mentes y nos arroja a nuestros corazones.


Fuente: Culturamas

miércoles, 31 de enero de 2018

LA CIUDAD DE LAS DESAPARICIONES

La ciudad de las desapariciones
Iain Sinclair
Taducción de Javier Calvo
Alpha Decay
Barcelona, 2015
284 páginas



En castellano, nada viene del latín nulla res nata, es decir, “ninguna cosa nacida”. Iain Sinclair (Londres, 1943) posee un proyecto literario en el que detalla todas las cosas de apariencia nacida pero no son nada. Lo cual significa que a lo que más se pueden parecer es a la basura. Y no es por culpa de que sus gafas estén sucias o, como  aparenta en momentos, porque tenga pus en los ojos. La falta está en la furia de poderes económicos que destrozan un lugar habitable, un lugar donde la gente podría conocerse, que es lo que le dota de humanidad, en un caos faraónico exterior e interior. Un caos programado, valga el oxímoron, para borrar la memoria, no sólo la histórica, y proyectar fortalezas faraónicas. Esta recopilación de textos se une en un nexo de denuncia, a partir de los recorridos del autor como paseante por Londres. Ese nexo es el que le otorga un cierto aire de novela de situación al tiempo que de novela itinerante. La labor de editor de Javier Calvo es encomiable, pero mucho más lo es su traducción. Sinclair es uno de esos escritores que no se permiten un descanso, un desfallecimiento en su prosa; cada frase debe superar en potencia a la anterior. De esta manera su lenguaje está en función del más difícil todavía: Sinclair es existencialista, pero también participa del realismo sucio, mostrándose no como un poeta o un narrador, sino como un intelectual empeñado en desentrañar la paradoja del azúcar que pudre los colmillos y las dentaduras blancas y perfectas.
La ciudad es sus detalles, en los que se detiene y que le llevan a asociaciones de una erudición extraída desde el principio de los tiempos. Se comporta como un psicogeógrafo que identifica el mal ancestral que unifica el mundo. Cada referencia simbólica es más terrible que la anterior. Sus obsesiones por los perros como entes maléficos o por la inutilidad esculpida en el planeta de las grandes obras, trasladan a los habitantes, que ya no son personas, de Londres cualquier tipo de monomanía neurótica. Especialmente a quienes gestionan la ciudad, psicópatas que no vigilan las consecuencias. Viajar con él por Londres es viajar con la claustrofobia más luciferina a cuestas: es imposible despegarse de lo posmoderno vacuo, de la rareza presuntuosa, de los sucesos atroces, de la decrepitud donde no ha crecido nada que mereciera la pena y ya ha caído en la más absoluta decadencia, en el deterioro: “me muero de ganas de que la maleza lo invada todo”, llega a confesar, deseando el postapocalipsis.
Esta revisión patética de las calles, violenta, dándose de bruces con lo antipoético bien pudiera ser no sólo una denuncia; sino también un miedo. Como si Sinclair no escribiera partiendo de sus deseos, sino de su pánico. Su memoria vaga libremente sorprendiéndose a sí misma con las asociaciones transformadas en un lenguaje forzado y potente, estrangulado, pero de una calidad que casi ningún autor contemporáneo iguala. Fiado a esa forma de mirar, Sinclair se transforma en un visionario al margen del mundo literario, uno de esos que ayudan a ser infeliz, pues llegando a esta punto de no retorno considera que debemos adaptarnos a esa injerencia de la infelicidad, dueña ya de una ciudad psicótica y ridícula por voluntad propia. Nos vemos abocados a interactuar con las mentiras, con el odio, con el desdén, pero también con el afán de ser mejores, para lo cual, sugiere, es lícita la mentira. En este paseo de un hombre confuso entre la confusión, la clave para descifrar el mensaje es la mierda mercantil incrustada en la antropología urbana. Pero William Blake o Thomas de Quincey nos ayudan, con su mordacidad, a hacer de este paso por Londres una experiencia literaria, una literatura de altísimo nivel que convive con la Mitología del Mal.


Fuente: Quimera

martes, 30 de enero de 2018

JAPÓN PERDIDO

Japón perdido
Alex Kerr
Traducción de Núria Molinés
Alpha Decay
Barcelona, 2017
290 páginas

Si los amantes de Japón son sensoriales, como afirma Alex Kerr en contraposición de los amantes de China, que son intelectuales, el problema es cómo construir un libro sensorial con la herramienta intelectual del lenguaje. ¿Cómo consigue que nos lleguen las sensaciones? La solución es tan sencilla que da envidia: este no es un libro de viajes ni una secuencia de ensayos, Japón perdido es un libro narrativo, esencialmente autobiográfico, una confesión de las filias de Kerr. Su admiración por Japón es sobre todo sublime. Existe un Japón sublime, que es cada vez más escaso. De ahí que este libro tenga también su punto de elegía. Ese Japón exquisito, delicado, que vemos representado con más frecuencia en las imágenes del pasado, es en el que Kerr desea vivir. Hasta el punto de aconsejar a sus amigos visitar Japón con tapones para los oídos, que se utilizarán durante la estancia en los templos del silencio. Todos conservamos la idea espiritual de las pagodas y los ambientes de meditación, pero la realidad es que no son impermeables al ruido del tráfico.
Kerr, que sabe que no se puede ser sublime sin interrupción, hasta el punto de confesar haber trabajado diez años para un promotor inmobiliario americano, comienza lamentando la pérdida de la naturaleza. Japón fue el primer país que tuvo leyes de protección de los bosques. Sin embargo, es un país en el que ocurren anécdotas como la que confiesa Kurosawa cuando le preguntaron por qué había elegido cierto plano en la película Ran: “Si abro el campo hacia la derecha”, contestó, “sale un aeropuerto. Si lo hubiera abierto hacia la izquierda, una autopista”.  De ahí que considerando que se ha perdido la gran guerra, quiera encontrar con la armonía del buen Japón en detalles, en instantes que todavía difieren de las convenciones occidentales: un suelo de madera, una pared de pergamino, un pescador lanzando la caña, un actor de teatro clásico… a la par que lamenta los atavismos de esa civilización, mayormente los sociales, como la imposibilidad de hacer amigos en la edad adulta o la educación sin emociones que se practica. Kerr lamenta la falta de interés por la herencia cultural y viene a sugerir que el país se está estrangulando a sí mismo. La sociedad laboral es piramidal y por tanto enferma.

Pero el libro no es un desgarro. Kerr hace toda una demostración de amor sano, amor por la sofisticación y la delicadeza, por los pequeños momentos en que las pequeñas plenitudes sirven para justificar haber vivido hasta entonces. De hecho, intuye cierto fracaso neoliberal porque las teorías de los Chicago Boys chocan contra fundamentos japoneses. Entre otras razones, porque en Japón se vigila hasta el extremo el impacto de cualquier cosa que venga del exterior. Todo esto lo expresa con el orgullo de haberlo aprendido desde niño, y así nos va explicando cuál ha sido su larguísima relación con Japón y con otros países de Asia. Asia, todos los sabemos, es la región simbólica del misticismo, de la espiritualidad, pero esa sensación debe vivirse. Y a Kerr, coleccionista de arte, le importa lo que ve en el camino, no llegar hasta el final. En este Japón perdido, Kerr consigue que el cariño por un pasado que todavía se puede rescatar, sea una ceremonia.

Fuente: Culturamas

jueves, 25 de enero de 2018

FALSA CALMA

Falsa calma
Un recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia
María Sonia Cristoff
Alpha Decay
Barcelona, 2016
249 páginas

Bajo la capa de la superficie de la Patagonia, la tierra negra está formada por tiempos podridos, pero, como todo el mundo sabe, para que se forme el humus es necesario que la materia se pudra. Y en la Patagonia el tiempo es materia, es sólido, es un rival contra el que se lucha como se lucha contra los fantasmas. Esa es la impresión que María Sonia Cristoff (Trelew, Patagonia, 1965) transmite a través de este recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia. En su recorrido, por encima de ese manto que cubre la tierra negra, no cesa de buscar la mejor palabra. Y esas palabras las va encontrando en la voz de la gente. Porque este Falsa calma está escrito con el mejor estilo oral, o falsamente oral, con un lenguaje de reportero no literario, con la sintaxis y el vocabulario que nos permite identificar a las personas. Pero para conseguir eso, ella ha debido respirar por el cero que se le ha ido formando en el diafragma. No cabía la opción de sentarse a esperar que reposara lo que iba conociendo: había que seguir viajando, porque solo es válido el viaje si existe algo de valentía en él.
Patagonia es un nombre legendario entre los viajeros. Pero para María Sonia Cristoff Patagonia es una sucesión de personas. No cabe conocer a una nueva hasta que no ha exprimido el alma de la primera y luego de esa decantación extrae el material para una crónica en la que, por encima de todo, sobrevuela el respeto. Pues no otra cosa merecen esos supervivientes que recurren a toda suerte de recursos para sobrevivir a la hostilidad de la Patagonia: la escritura, el pilotaje de aviones, la religión y las ofrendas, las cenas compartidas, la lectura de todos los volúmenes protagonizados por Hannibal Lecter, el psicópata de El silencio de los corderos; ver la tele, rumiar en los paseos esa impresión de que si existe Dios se olvidó de ellos, saber que uno es un desubicado y reconocerlo; la resignación y, como no, el suicidio. El último de los capítulos nos resulta conocido, pues Leila Guerriero ya dedicó un libro al pueblo de las Heras: Los suicidas del fin del mundo.

La diferencia es que el proyecto de María Sonia Cristoff es de otra índole. No se trata de un reportaje periodístico, se trata de saber, de intentar conocer qué es lo que caracteriza a la soledad de esta gente, qué es lo que la convierte en una soledad tan especial. Y en lugar de repetir la pregunta para hallar una respuesta, se dedica a narrar. Relata los encuentros con la gente y también las calles solitarias y la abulia de los perros. Nos descubre que solo en un lugar como la Patagonia se atrevería nadie a llevar a cabo un programa piloto de reinserción de esquizofrénicos. Que este territorio sin ley, o que ha construido unas leyes que nadie osará poner en negro sobre blanco, es un lugar donde una recua de presos puede desaparecer como azúcar en un vaso de agua. Que todo lo que es propio de la frontera y de la periferia de la vida, es propio de Patagonia. Y de ello no se escapa el miedo, el aburrimiento y esa prevención constante de cada una de las personas que reconoce: ese temor a volverse locos. Pues en buena medida tanto territorio vacío es también un cautiverio para ellos. En definitiva, con una forma de relatar que gana su mejor tono a medida que pasan las páginas, María Sonia Cristoff nos devuelve a la Patagonia donde lo inverosímil es real. Falsa calma es un libro como para no perdérselo: desmitifica a la Patagonia de los viajeros, pero aumenta con ello su leyenda.

Fuente: Culturamas

viernes, 15 de diciembre de 2017

MEMORIAS DE ABAJO

Memorias de abajo

Leonora Carrington

Traducción de Francisco Torres Oliver
Alpha Decay
Barcelona, 2017
83 páginas
Con el potencial de sensibilidad, que es tanto como decir de inteligencia, de alguien como Leonora Carrington (1917-2011), basta un momento de lucidez. Estas Memorias de abajo son un libro sobre la descomposición del alma, que se resuelve en el momento en que Leonora Carrington se ve reflejada. Es un instante, un gesto de otra persona que hace de espejo, lo que devuelve la sensatez a una psique desplazada. Es cierto que la crudeza del trato que recibe durante su internamiento en un hospital psiquiátrico de Santander, en época franquista, solo sirve para trastornar más. También lo es que ella tiene la buena disposición de cerrar un capítulo doloroso en la memoria, y para ello no se sirve del lenguaje como instrumento de degüello contra una gente que tal vez se lo merecía. Leonora Carrington presta atención a la falta de dominio de sí, a la mente disociada del yo o, como ella comenta, “a los personajes que habitan en mí”. Huyendo de la Guerra Mundial, España debería haber servido de puente. Pero en Madrid es atropellada y secuestrada en un episodio confuso o que se rememora con confusión. Son instantes en los que Leonora está convencida de que el estómago es el recipiente del alma, de la psique. De hecho, a lo largo del texto hay una inercia a identificar el mal exterior con las disfunciones del organismo.
Pero previamente había conocido, y escondido en la memoria, la sanación por la naturaleza. Sucedió durante su estancia en Andorra, y será una tabla de náufrago que resurgirá en el instante en que es necesario aferrarse a algo para sostenerse frente a la violencia del tratamiento de inmovilidad en una cama llena de excrementos, aterida con cardiazol, maltratada hasta el punto de incrementar sus obsesiones, las mismas que la llevarán a elegir el surrealismo como opción artística: visiones apocalípticas o paradisíacas, confusiones de personas, paranoias de toda calaña, deformaciones fisiológicas, presencias que se sienten pero no se ven. Esa locura la sirve para sobrevivir, en contra de lo esperado, a la tortura, al sufrimiento, que además manipulan sus captores atizándola con el sentido de la culpa. Hay pánico en Leonora, pero no lo hay en este breve escrito. Sí unos extraños episodios en los que recuerda las ceremonias que ella inventa para salvar al mundo, tan inocentes como monstruosas, dos adjetivos que día a día se nos van haciendo más indisociables. Agradecemos el tono que ella elige, prestando atención a sí misma, porque es ella la que sufre y se salva. Podría haber optado por poner las cosas en su sitio y maldecir. Es cierto que ni sus médicos y asistentes, ni el régimen franquista, quedan bien parados. Pero son un escollo, no el centro de interés, que sigue consistiendo en el misterio del alma, o de la psique o de como sea que se llame eso que uno tiene dentro y que es tan frágil.

Fuente: Culturamas

sábado, 2 de diciembre de 2017

AMERICAN SMOKE

American Smoke. Viajes al final de la luz
Iain Sinclair
Traducción de Javier Calvo
Alpha Decay
Barcelona, 2016
381 páginas

Eso que llamamos el Sistema, con mayúsculas, es un castillo inexpugnable. Allí habita lo más conservador, lo de toda la vida, la tradición que se nos ha vendido como lo nuestro y que, con frecuencia, con demasiada frecuencia, es una bazofia de cuidado. Los cocodrilos que rodean la muralla visten togas o se sientan en sillones presidenciales, pero también los hay más pequeños, los que presiden una cofradía de semana santa dispuesta a dirigir una recua siniestra una noche de marzo. La enumeración más evidente del sistema incluye al Pentágono y la guerra de misiles, al Papa y a Bin Laden, a los lobos de Wall Street y sus monaguillos en las bolsas de Japón y de Europa, a la lectura de la historia como una sucesión de batallas dignas de El Guerrero del Antifaz y a las leyes que salen de unos parlamentos que desconocen el alma de la calle. Y, por supuesto, a la patria como concepto geográfico, con lo que ello implica: la policía y los ejércitos, los notarios, las cárceles, los pasteles de boda, la recalificación de suelos y cualquier negocio redondo.
Pero que el castillo sea inexpugnable no quiere decir que no debamos intentar tomarlo al asalto. Quienes se atreven a intentarlo deben tener en cuenta varias ideas que tienen que ver con la derrota. La primera, que siempre existe más dignidad en el sudor que en la victoria. La segunda, que no hay ningún mal en aceptarla, siempre y cuando uno no abandone su recinto y la batalla dentro de su aura. La tercera, que la derrota no es nada grave si uno sabe cómo coquetear con ella. Ahí está, para invitarla al baile. Eso es lo que hace Iain Sinclair (1943) en este tan extraño como extraordinario libro de viajes. Extraño porque el viaje apenas ocupa unas páginas, sobre todo las finales del libro. Extraordinario por la forma en que va enlazando ideas tomando como punto de partida la generación beat, aunque Sinclair concluye que la generación beat no es una generación, pues en la historia tiene un recorrido transversal. Puede que comience en Burroughs, pero termina, o no, en Roberto Bolaño. Con una erudición prodigiosa, Sinclair nos ofrece asociaciones sin descanso. En este denso libro de viajes es el territorio el que le habla. Y no tiene ningún problema en asociar la piscomagia a los donuts, la saga Crepúsculo a las obras de Kerouac, el fútbol a los poetas malditos. Porque en realidad el libro, trazado sobre el mapa de Estados Unidos, tiene como centro de interés la contracultura, a esa gente que intentó asaltar el castillo del Sistema, tanto como la situación actual de los Estados Unidos como paradigma de la cultura de masas.
El efecto de acumulación nos habla de un autor que es coleccionista, en este caso, coleccionista de perfiles. Son varios los viajes que le han llevado a diferentes partes de Estados Unidos, de los que extrae lo mejor de Kerouac, sin duda, ese atleta del exceso de la bebida, como Malcolm Lowry, quien halló una patria más real en México. Pero también siente la compañía de autores no tan conocidos aunque igualmente importantes: Charles Olson, Alexander Baron, Pavel Cohen, Gregory Corso. Con menor presencia, pero también de forma significativa, está Tom Wolfe o Thomas Pynchon. Aunque el autor, el vividor que da más sentido a la obra, posiblemente sea Gary Snyder. Pero previamente a la aparición de Snyder y lo que él significa, hemos asistido a doscientas páginas de un caos muy bien elaborado. Porque no cabe otra estructura para hablar del magnetismo de la estirpe de los malditos. Que no incluye solo a escritores, también a cineastas y a mecenas. Sinclair ha escuchado el pasado de los objetos y del territorio, pero sobre todo ha leído mucho, con el espíritu de quien cree en los libros como objeto de culto. Una forma de evaporar las murallas del castillo del Sistema. Como lo es santificar la austeridad e incluso la pobreza, algo en lo que no repara elogios o, para ser más exactos, una buena forma de hablar de las cosas buenas. Pues en el estilo de Sinclair no caben elogios directos, al igual que no caben menosprecios y, sin embargo, si consigue que se respire cierta crítica hacia los representantes de un modo de vida que se propuso humanizar el mundo. Y esa humanización incluye lo alternativo y también lo kitch.
Sinclair se plantea este American Smoke como una ruta que permite inventar recuerdos, como si revisitara lugares y personas. Los pasajes oníricos, los supuestos de la imaginación, nos acompañan a lo largo del libro. Aunque los hachazos que recibimos una vez comenzamos a creer en ellos son del calibre de una visión de Lovecraft o la equiparación de la excentricidad a la estupidez humana. La gente inteligente sobre la que indaga, puede ser a la vez tan tonta como ingeniosa, pues siempre consigue abrir el cofre de lo confidencial de cada uno de ellos. Y de nuevo hay que mencionar otros nombres, como Dylan Thomas, Alan Ginsberg, gente hecha a sí misma a imagen y semejanza de su oposición al Sistema. De hecho, llega un momento en que uno tiene la impresión de que son ellos quienes han elaborado el libro para Sinclair. Le han dado todos los ingredientes que él solo tiene que cocinar.

Hasta que llegamos a las últimas cien páginas, donde detalla su ruta en automóvil por la costa oeste y su encuentro con Gary Snyder. Snyder es un genio conservacionista, un purista del ecologismo, de lo salvaje. Alguien a quien cabe achacarle no estar en posesión de la verdad, si es que la verdad es pertenecer al Sistema, como cree la mayoría de la gente. Porque la verdad es lo que construyen los medios de comunicación. Sin embargo, antes de que nadie le haga ningún reproche, Snyder confiesa su certeza: sabe que ha perdido la guerra. Y luego sigue batallando: “Snyder no se engañaba (…). No se le puede vender a la gente simplicidad voluntaria”. Tal vez esta frase sea la que mejor resume el espíritu, en todos los sentidos de la palabra, de este genial American Smoke.

Fuente: Culturamas

miércoles, 22 de noviembre de 2017

VIDA DE ZARIGÜEYAS

Vida de zarigüeyas
Dolly Freed
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Alpha Decay
Barcelona, 2012
219 páginas

El Robinson urbano



En un epílogo mimoso y conciliador, Dolly Freed (Florida, 1960) se excusa un poco por los pasajes más vehementes de su libro, pero sigue sosteniendo que es posible implantarse, en mitad de la civilización moderna, dentro del barril de Diógenes. No sólo defiende esta posibilidad, sino que incluso la promociona. A su juicio, es una insensatez no guiarse por ella, dado que el tiempo que ha transcurrido desde que escribiera el libro, en 1978, hasta hoy, ha incrementado la necesidad de reconocer que podemos llegar a necesitar sobrevivir en un mundo que ha colapsado. Dicho de otra forma, si el futuro que se avecina se asemeja a Mad Max, y eso es algo que no cabe descartar, aprender a vivir con el mínimo necesario, pescando en los ríos de los alrededores, plantando un huerto urbano, criando gallinas y conejos dentro de casa, puede ser nuestra salvación. Y, además, se trata de un recurso que muestra una vía de libertad. Porque ese es el planteamiento de este libro, defender una hipótesis de libertad que pasa por controlar la propia vida.
Con Diógenes como modelo, el filósofo que no sentía apego por los objetos ni por la memoria, y con un padre tan expeditivo como ingenioso, del que a medida que uno va leyendo sospecha que padece problemas con el alcohol, a modo de mentor, Dolly Freed elabora una guía de supervivencia. Pero, al mismo tiempo, este libro es también un recetario de cocina y una guía de salud, un libro de autoayuda y una crítica social, la narración de una iniciación y un libro de humor. De hecho, es un libro de humor tan socarrón como los de Bill Bryson o Gerald Durrell. Vida de zarigüeyas es un libro sin género, pero atípico entre los libros sin género, o un tratado que mezcla diversos géneros que no siempre son literarios. Entre otras cosas, porque se defiende al instinto por encima del aprendizaje; porque se aboga por la necesidad de decrecimiento económico sin teorías económicas de por medio; porque topa con la vida de la gente que construye su presente fuera de la sociedad mientras mantiene cierto cinismo acerca de lo espiritual. Y hasta hay algo de la picaresca entre las páginas, dado que si hay una cualidad de la inteligencia que se defiende, esta será la astucia. A la que cabe unir un carácter que desconoce el sentido del ridículo y un temperamento que carece de escrúpulos a la hora de afrontar lo práctico, siempre y cuando no se dañe a los demás, como por ejemplo a la hora de elegir el menú. En resumen, es un tratado que versa sobre “hacer de la necesidad virtud”.
Careciendo de ideología o, aparentemente, de delirios ideológicos (si bien cabe cuestionarse las certezas de su elección, pues puso el alma en ello), Freed se refleja como la buena adolescente que es, denotando un tono subversivo. Porque la rebeldía es parte de la vida de las zarigüeyas. “Durante algún tiempo nos ha resultado difícil tomar decisiones, así que no hemos tomado ninguna… Y, sinceramente, no tener que tomar decisiones es uno de los mayores lujos de la vida (sólo comparable a no tener que trabajar)”. Aislada de la civilización por un muro de revuelta juvenil, y de las utopías por un egoísmo poco dañino, Freed considera que la felicidad es una sensación y que, por tanto, donde hay que trabajar es en el interior del individuo: “Uno de los elementos básico de nuestro bienestar consiste en ser capaces de escuchar las noticias sobre las finanzas sin figurarnos que el fin del mundo está al caer”. “Ni te imaginas la diferencia entre la presión arterial de uno que paga impuestos y la de otro que no lo hace mientras leen el periódico”, afirma en las primeras páginas del libro, tal vez las más brillantes, antes de pasar a combinar las anécdotas con las explicaciones, a veces de gusto dudoso, sobre cómo preparar una tortuga o una paloma para cocinarla.
En resumen, alguien que sostiene que es más fácil prescindir de cosas que se pueden pagar con dinero que ganar el dinero necesario para comprarlas, sigue mereciendo un pequeño altar en el rincón de nuestras casas.


Fuente: Quimera