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jueves, 9 de febrero de 2023

CINCUENTA PALABRAS PARA DECIR NIEVE

 

Cincuenta palabras para decir nieve

Nancy Campbell

Traducción de Claudia Casanova

Ático de los libros

Barcelona, 2023

237 páginas

 



«El lenguaje nos permite, como a Marcovaldo, deshacer nuestras ciudades y soñarlas diferentes».

Marcovaldo, el personaje creado por Italo Calvino, quería ver en la ciudad algo muy diferente a lo que la ciudad es en su inmensa mayoría. Marcovaldo veía los retazos de naturaleza y con ellos componía su propio paraje, su lugar habitable. En estas Cincuenta palabras para decir nieve, Nancy Campbell (Exeter, 1978) se intenta construir un mundo, algo que abarque toda la geografía, habitable a través de rescatar lo mejor de nosotros mismos, lo mejor que hemos creado cerca del lenguaje. Campbell elige cincuenta palabras de distintos idiomas que tienen relación con la nieve, que describen los copos o los muñecos, pero también las formas de la geografía física o los fenómenos de la naturaleza. Lo que permanecerá será la naturaleza y los misterios que siempre acompañan a la naturaleza, mientras recorremos Japón, Dinamarca, Irlanda, Siberia o Noruega, pero también Nueva Guinea o las regiones maoríes.

El volumen que resulta es delicioso. Se trata de un artefacto que nos reconcilia con las lecturas de corto aliento, unos párrafos que contienen mucha poesía, porque la poesía sirve para hacernos sentir mejor. Es un libro que nos reconcilia con la lectura y con la respiración. Campbell hace todo un alarde de libertad creativa, de libertad expresiva, de libertad de asociaciones rompiendo los cercos de lo que entendemos que debería ser más académico, y nos orienta a través de un mundo en el que habitan los renos, las nubes con todas sus formas y vaticinios, la belleza, los pastores, las amenazas, las leyendas y los viajeros. Atenderemos a la música de los lugares y las personas que los habitan, a las creaciones artificiales del hombre, a los árboles, a la espiritualidad de cielo y tierra, al leopardo de las nieves, a James Joyce, a las flores y los esquíes. Conoceremos al fotógrafo Vittorio Sella, el batido de chocolate, el algodón que tanto se asemeja a la nieve, la inmigración galesa en la Patagonia. Volveremos a Andersen y su reina de las nieves, al loto blanco, a la luz de Grecia e incluso a la intrusión de las tropas napoleónicas en Lituania. Todo redactado con un gusto exquisito por el trabajo que está haciendo. Eso es lo que se conoce como literatura, acercarnos al frío y con él a las demás sensaciones, a los colores, a las costumbres y las historias narradas, a lo que sería esa parte de la estética que nos ayuda a estar en el mundo, que nos sostiene. A eso se dedica Nancy Campbell en esta obra, que nos mantendrá en guardia y con ganas de recibir la próxima sorpresa durante su lectura. Un libro precioso.

jueves, 24 de febrero de 2022

PEQUEÑOS CUERPOS DE AGUA

 

Pequeños cuerpos de agua

Nina Mingya Powles

Traducción de Ana Herrera

Ático de los libros

Barcelona, 2022

252 páginas

 



La primera acción de cada día es la de elegir si uno abre los ojos. Si me quedo en la cama, significará que prefiero otro mundo, el de los sueños y que, en consecuencia, padezco una depresión. Si abro los ojos, puede que sufra igualmente depresión, pero estoy dispuesto a nacer para ese día y eso implica que soy mucho más que la depresión. Es decir, estoy en camino de sanar. Lo primero que haré será lavarme, que es una forma de apartar las legañas, pero también es un bautismo: nos bautizamos con agua para purificarnos y como símbolo de nacimiento a una nueva vida. Cada día que transcurre, será una nueva vida y la suma una sucesión de vidas que a veces se nos antojará una secuencia de fragmentos. Cada fragmento obedece a un impulso:

“La mayor parte del tiempo estoy en la zona de seguridad. Sin embargo, mis pensamientos a menudo son como una red de fallas conectadas, y cada pequeña ruptura causa otra de mayor tamaño. No controlo su extensión. Noto una presión intensa en el centro del pecho y mi respiración se convierte en jadeos”.

El párrafo figura al principio de este hermosísimo libro, Pequeños cuerpos de agua, que Nina Mingya Powles (Wellington, Nueva Zelanda, 1993) ha escrito a partir de una serie de emociones, todas ellas positivas, todas ellas para ayudar a crecer. No encontraremos grandes frases para subrayar, ni razonamientos que nos sorprendan por el ingenio, ni explosiones sorprendentes del lenguaje tipo aforismo. No. Estamos frente a un libro escrito con eso que uno llamaría, con mucha prudencia, sabiduría. Estamos frente a la sensibilidad a la belleza. Mingya Powles mantiene el pulso serenamente, para hablarnos de una manera de estar en el mundo, de relacionarse, en la que convivir significa convivir con poesía y con la poesía. En realidad, el contenido es eterno y será más complicado de rebatir que cualquier tratado sobre la condición humana. Mingya Powles es consciente de que somos naturaleza y que la naturaleza es agua. Y el agua es la sustancia menos rígida que existe. La rigidez, lo comentó Lao Tsé, tiene que ver con la muerte. El agua, con la vida. De ahí que nadar sea lo mismo que un acto de meditación, de ahí esa costumbre de relacionarse con el agua, para bautizarse continuamente, para renacer una y otra vez, pues a cada minuto elegimos seguir vivos, reinventarnos, volver a intentar todo.

Mingya Powles es una mestiza cuya condición le supone un debate sin fin. No se trata, en definitiva, de encontrar respuesta, sino de aprender a vivir en el debate. Uno de los grandes males de la humanidad es el de empeñarse en resolver conflictos, una situación que ocasiona angustia y ansiedad. El conflicto sirve, antes que nada, para desarrollar al hombre ético, para hacernos mejores personas. Deberíamos aprender a cohabitar con él, como la autora aprende a ser mestiza y a congraciarse con cada una de las partes que la conforman, desde una memoria en la que a veces se siente ajena a sí misma. La pregunta constante es si está acertando con el lugar en el mundo por el que va pasando, dada la dificultad que tenemos para encontrar nuestro sitio, y la conciliación con esa duda siempre viene por la certeza de que entre las materias de las que estamos hechos, se encuentra el agua. Si topamos con agua, nos bañamos. Frente a los terremotos, sentimos miedo con el que congraciarnos. Las ballenas son seres que nos empujan al aprendizaje. Las flores nos hablan de lo efímero y la necesidad de lo efímero. Ante el dolor, esgrimimos los colores. Las películas de Miyazaki son serenos discursos ecologistas. La fruta y el tofu nos demuestran que existe una versión sana del hedonismo. Y los idiomas son tan fundamentales como el ADN. Estás son algunas de las conclusiones que uno extrae de la lectura de un libro precioso, que guardaremos con mucho mimo en la estantería para releer más adelante.

 

miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA CHICA SALVAJE


La chica salvaje
Delia Owens
Traducción de Lorenzo F. Díaz
Ático de los libros
Barcelona, 2019
380 páginas

El espacio fronterizo lo marca la ausencia de líneas de frontera. Se trata de un territorio en el que los habitantes pueden construir sus propias leyes o, lo que viene a ser más exacto, la carencia de quien mantenga las que existen permite la existencia de lo inverosímil. En un territorio como el contemporáneo, mapeado en Google y al acceso de cualquiera que tenga un Smartphone en el bolsillo, el territorio fronterizo es casi inexistente. Incluso los espeleólogos tiran del sistema cuando se encuentran a varios metros de profundidad. De ahí que Delia Owens (Georgia,1949) haya necesitado echar la narración varios años atrás para que resulte creíble. O al menos creíble dentro del marco más general de los Estados Unidos. Es así como revisita el mito del niño salvaje, que es, en este caso, el mito del niño abandonado. Tiene que ver con Robinson, por el plan de supervivencia en la naturaleza, pero tiene mucho más que ver con la imposición de una soledad contra, precisamente, la naturaleza.
La protagonista de esta novela se ve obligada a descubrir las herramientas que la mantendrán viva tanto en las marismas y los bosques, en los límites entre el agua y la tierra, como en el contacto humano. Éste último resulta medidísimo y extraño, algo así como un bombardeo en el corazón de la inocencia, pues la protagonista estará sometida a la escasa educación sentimental que puede generarse en un entorno sin otras personas. De ahí que sus impulsos se controlen sin mando a distancia, sin los mismos límites que a los demás nos enseñaron a levantar frente a situaciones delicadas. Kya, que es como se llama, pese a todo ello consigue mantener cierta entereza, aunque confunda el amor verdadero y la pasión auténtica, porque entrará en una edad, la adolescencia, en la que el empuje de las emociones arrasa con cualquier iniciativa que se geste en la cabeza.
La novela navega entre el realismo social impuesto por la figura de una niña abandonada, -un padre maltratador, una madre ausente- y la cierta intriga que resulta de un asesinato irresoluble. Owens utiliza el tiempo con elasticidad, llevándonos de los años cincuenta a los sesenta, y a los setenta, en unos viajes de ida y vuelta, de manera que no resulta complicado reconstruir el hilo lineal de tiempo. La novela está redactada con cortesía para el lector, sin complicaciones sintácticas, para ayudar a centrarse en la trama. Aunque lo que de verdad importe sean los temas referidos a la condición humana: cómo alguien se ve obligado a forjarse un presente siendo manejable, estando sujeto a la voluntad de quien se le acerca, teniendo que confiar en que no exista maldad en las personas. Pero la maldad existe, y no cualquier compañía es mejor que la atronadora soledad. Los prejuicios sociales y la vinculación de doble sentido -sana y enfermiza- con la naturaleza, también están presentes en esta obra que nos advierte sobre la facilidad con que se puede derribar la inocencia.

jueves, 3 de enero de 2019

PHILIP HOARE


lunes, 29 de enero de 2018

HORIZONTE MÓVIL

Horizonte móvil
Una expedición literaria a la Antártida
Daniele Del Giudice
Traducción de Elena Rodríguez
Ático de los libros
Barcelona, 2016
168 páginas

De aquel mapa que contemplaba el Joseph Conrad adolescente, ese con tantos espacios en blanco, con tanto territorio por descubrir, apenas queda nada. Algunos valles del Himalaya, un rincón del Tíbet, el barrio más peligroso de Baltimore… Pero, por encima de ellos, siempre estará el verdadero territorio blanco, la Antártida. Apenas habitada por unos pingüinos y una docena de científicos, preparados para soportar el invierno con el mismo rigor con que se preparan los astronautas, siempre será un territorio virgen. En cuanto alguien acabe de dejar su huella, esta desaparecerá barrida por una tormenta. Ir al territorio helado es ir a sufrir. Y el reconocimiento no recompensa tanto esfuerzo. La cuestión, entonces, es ¿por qué viajar a la Antártida?
Daniele Del Giudice (Roma, 1949) se embarca en esa dirección con el propósito de responder a una pregunta sin respuesta. Su viaje obedece a un homenaje al valor. Aparenta ser una travesía en solitario por el sur de la Patagonia y por algunos recodos del continente helado, pues en solitario será como reconozca el alma de quienes exploraron esos territorios, jugándose el pescuezo por tierra, mar y aire, a finales del siglo XIX. De hecho, cuando cambia el relato, para dejar de dar testimonio de su ruta y reflejar la biografía de los aventureros de hace más de cien años, mantiene la narración en primera persona. Si uno no se pone en el pellejo del otro, jamás podrá comprenderle. Y aquí entramos en una confusión en la que audacia y violencia se trasladan de lado a lado de los personajes, como si se tratara de aire volando de un pulmón al otro. En cualquier caso, todos son muy temperamentales. Las reacciones parecen ser extremas.
El factor común, concluye Daniele Del Giudice, es la indiferencia por el resto del mundo, así como la indiferencia del resto del mundo por ellos. Solo existe la dureza del viaje, en distintas versiones: por las aguas del estrecho, contra la gente inhóspita, alcohólicos luchando a brazo partido con las muestras de brutalidad de la naturaleza. Los relatos se suceden en forma de diario de a bordo, de pura narración o de estudio antropológico. Si bien este último se caracteriza por el prejuicio de tratar a los indios fueguinos como inferiores al hombre, por no vivir bajo la sombra de la cruz. Así pues, hay algo de exilio en esta forma de aventura. Hasta el punto de que parece que les importa bien poco sus propias vidas. Lo que prevalece es vivir al límite. O a los límites, pues en cada episodio, en cada capítulo, Del Giudice maneja un centro de interés diferente.

Así, con mucha soltura, va desgranando eso que llamaremos tribulaciones, por usar un eufemismo, hasta que él llega a la Antártida y la conoce de primera mano. En los últimos párrafos quita el suelo de debajo de los pies del lector: la Antártida no es esa estampa blanca con el cielo azul; el paso de los humanos por allí no es nada romántico. Nos limitamos a negar lo que uno espera o desea, pero si alguien quiere conocer las reflexiones finales ante el único paraje blanco que queda en el mapa del mundo, deberá llegar al final de este libro. No será difícil, pues Daniele Del Giudice conoce los recursos para captar la atención del lector.

Fuente: Culturamas

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El mar también existe

Fuente: Sal&Roca

Todos los males, nos dejó escrito Karen Blixen, se curan con agua salada: con el sudor, con las lágrimas… con el mar. Con un mar con el que teníamos una deuda pendiente, por lo complejo que resulta encontrar la actual literatura del mar que merezca la pena. Están, sí, los libros de Patrick O’Brien, que ha creado una escuela que se acerca más a Emilio Salgari que a Herman Melville. Con todos los respetos para el escritor italiano. Y están casos aislados, deslumbrantes, como el libro de memorias de William Finnegan, Años salvajes, que a todos nos enamoró. Y está, también, esas frases fabulosas que de vez en cuando surgen en las líneas de Manuel Vicent, para quien el Mediterráneo sigue siendo una mirada, el alma, las lágrimas y el sudor. Ahora bien, ¿qué ha sido de esos marineros de Conrad? ¿Dónde se esconde el Lord Jim del siglo XXI? ¿Y qué fue de los viajes a los mares del sur, acompañando a Stevenson que, durante la lectura, se convierte en nuestro mejor amigo? ¿Qué ha sido de la representación del miedo encarnada en un cachalote blanco, cuando todos sabemos que el miedo solo se proyecta sobre aquello que no es desconocido? Y si algo desconocemos es el mar. Si la huella ecológica sigue su curso, el hombre habrá destrozado el mar antes de terminar de conocer su fondo y sus especies. Pero estamos a tiempo de seguir viviendo el mar de diferentes maneras. Y buscando entre las estanterías, hemos seleccionado cuatro muy diferentes que no podemos dejar de sugerir.

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El mar es tu espejo
Catalina GayáMorlá
Libros del K.O.
164 páginas




Una crónica sobre la decadencia de los marineros varados en los puertos del Mediterráneo. Si la literatura del mar alcanzará una nueva madurez, será por la denuncia de la decadencia de quienes viven de él o a través de él. Aquella imagen romántica se ha ido al garete. Las naves mercantes están llenas de marineros explotados hasta el punto de que ya no pueden ser nada pendencieros, porque se les agotó la energía.
En 2009, la periodista Catalina GayàMorlà conoció a Faisal, un marinero paquistaní que llevaba más de un año viviendo a bordo de un carguero abandonado en el puerto de Barcelona. A raíz de aquel encuentro, Catalina emprendió un viaje para contar la existencia desesperada de aquellas tripulaciones que, en plena crisis, fueron abandonadas por sus empresas en los puertos, sin recursos para volver a sus países ni para alimentarse. 
En los puertos de Barcelona, Estambul, Ceuta, Gibraltar, Civitavecchia y Suez, la periodista convivió con estos hombres derrotados, cuya vida fue devastada por el capitalismo más salvaje, y visitó sus barcos, siempre impregnados con la herrumbrosa pátina del abandono. Catalina ha escogido un verso de Baudelaire para nombrar su viaje al abismo: "El mar es tu espejo".

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El mar interior
Philip Hoare
Traducción de Joan Eloi Roca
Ático de los libros
350 páginas




Todavía maravillados por su inmenso ensayo sobre las ballenas, Leviatán, Philip Hoare amplía las miras hacia todo lo que viva de la superficie del mar hacia abajo. Un homenaje sincero, tierno y delicado sobre lo que deberíamos amar. Un libro que solo se puede escribir desde el entusiasmo. Un libro lleno de historias sensacionales que explica nuestra atracción atávica hacia los océanos. Un texto en el que se recupera el poco romanticismo que puede quedar de un mar cada vez más contaminado: el cariño por la vida que contiene y por el pasado de la convivencia natural del hombre por él.
El mar nos rodea. Nos da vida, nos proporciona el aire que respiramos y la comida que ingerimos. Es cambio incesante y presencia constante. Ocupa dos terceras partes de nuestro planeta. Y a pesar de estar presente en nuestras vidas diarias, apenas le damos importancia.En El mar interior, Philip Hoare nos propone redescubrir el mar, sus islas, aves y bestias. Navegando entre la historia humana y la natural, Hoare emprende un viaje en el que conoceremos a personajes espectaculares, desde científicos hasta guerreros tatuados, pasando por cuervos, ballenas y extrañas criaturas que podrían, o no, haberse extinguido. En parte biográfico y en parte guía de viajes fantástica, El mar interior propone al lector un asombroso viaje de descubrimiento.

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Agua salada
Charles Simmons
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae
165 páginas




Errata Naturae, una de nuestras editoriales favoritas, ya recuperó un libro fundamental en la literatura del mar: Un crucero de verano por las Antillas, de LafcadioHeran. Pero mientras aquél era un libro de viajes, esta historia es ficción. O no. Porque la ficción se alimenta de la realidad y la realidad se alimenta de la ficción. Y en este caso el libro es una realidad universal: ¿quién no ha deseado enamorarse a la orilla del mar y, a ser posible, en una isla perdida, donde siempre es primavera? La novela comienza con todo lo que puede suponer la vida: “En el verano de 1963 yo me enamoré y mi padre se ahogó”. Imposible resistirse a seguir leyendo.
Así arranca esta extraordinaria novela sobre el paso de un adolescente por los oscuros recovecos de la pasión adulta. Agua salada es una revisión contemporánea de la novela corta de Turguénev Primer amor, pero ambientada en un paisaje estival de agua, cielo y arena bellísimos. En ella, con momentos tan poderosos como los de cierto Nabokov o el Salinger más celebrado, se relata de manera apasionante los trascendentales «sucesos amorosos» que cambiaron a una familia para siempre.En una remota isla de la costa atlántica, en un lugar idílico que siempre ha sido fundamental en las vidas de todos ellos, el quinceañero Michael y sus padres inician sus habituales y apacibles vacaciones… Hasta que la aparición del amor y las pasiones, tanto las juveniles como adultas, quiebra esa calma intocada hasta entonces.
Hay en estas páginas distintas formas de amor: el sensual, el paternal o filial, el romántico… Magistralmente, Charles Simmons explora el corazón mismo de la necesidad de sentirnos deseados, la complejidad de los vínculos padres-hijos y la adolescencia de un chico con todos sus anhelos, confusiones y desengaños. Y lo hace con una prosa tan luminosa como los paisajes de esta fascinante novela.

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Trilogía del surf
Willy Uribe
Lince ediciones
300 páginas




No podíamos dejar atrás el amor a esa parte del mar que es la costa, es decir, a las olas. Willy Uribe ya es casi un veterano en el mundo de los libros: escribe, fotografía y vive lo bastante cerca del mar como para que el surf sea otra de sus vehemencias. Hasta tal punto que resulta imposible reflejarla con el testimonio. De ahí que donde no llegan los dietarios, tenga uno que recurrir a la imaginación. El libro se compone de tres historias con alma de novela negra. Y ya se sabe que para construir una novela negra uno deba manejar muy bien el oficio literario: construir personajes, crear tramas, sorprender al lector.
Trilogía del Surf es un volumen reúne tres novelas que suman las dos pasiones convergentes de Willy Uribe: el surf y la literatura. Estas tres historias perturbadoras están hechas de mar, incertidumbre y escalofrío.
Más allá de Al Ganzug remite a un encuentro improbable en una playa mauritana entre dos desertores. La cólera ciega de un policía les unirá frente a la violencia.
Doce poemas de amor en Zicatela reconstruye la desaparición de dos jóvenes australianas en una playa del Pacífico mexicano, un suceso marcado por una imparable corriente de enigmas y deseos.
En Nanga un vasco que se hace llamar Tim vive oculto en una isla de Indonesia; pero su refugio dejará de serlo cuando el pasado regrese para acosarlo.
Tres atmósferas y tres intrigas construidas mediante una prosa exacta. Como ha dicho Ramiro Pinilla, «leyendo estas historias tenemos la feliz sensación de que lo que cuenta Uribe no podía contarse de otro modo».