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martes, 30 de septiembre de 2025

AMIGOS DE PASO

 

Amigos de paso

Christopher Isherwood

Traducción de María Belmonte

Acantilado

Barcelona, 2025

383 páginas

 



Hemos venido al mundo a observar, pero hemos venido al mundo a actuar. Ambas cosas, la vida contemplativa y la vida de acción, no son incompatibles y lo mejor es no plantearse que aquella que no practicas te aportaría los beneficios que no obtienes con tu vida actual. Lo que es seguro es que hemos venido al mundo a dar testimonio, a construirnos en un relato. Somos en la medida que nos relacionamos, lo cual quiere decir que somos en la medida en que conseguimos que nuestro relato sea creíble y sea atractivo. Podemos armar nuestra narración en la barra del bar, frente a colegas, paseando con algún amigo o escribiendo un buen libro. En los dos primeros casos no hace falta poseer un talento exquisito, pero para el último sí. No existen los buenos libros sin los buenos narradores, pues esa distinción que nos enseñaron en la escuela, la que separaba forma y fondo, es un invento académico que a la hora de la verdad no existe: somos como narramos, somos forma y fondo al mismo tiempo.

Christopher Isherwood (Disley, Cheshire, 1904 – Santa Mónica, California, 1984) poseía el talento para construir y el oído para armar frases, además de una capacidad de observación en la que separaba lo que realmente resultaba atractivo de todo aquello que percibía, y en lo que él también se veía inmerso como actor. Esta obra, este Amigos de paso, es una demostración más de que estamos frente a uno de los grandes. Serán cuatro personas, con las que se relaciona en cuatro lugares diferentes a lo largo de un par de décadas, los centros de interés a partir de los cuales nos hable de una vida en la que el impulso energético parece estar siempre al filo de lo fugaz, y por tanto necesitar de constante renovación. Para Isherwood descubrir el mundo será lo mismo que descubrir gente, y esta gente precisará de estímulos constantes para sentirse vivos, muchos de los cuales tienen que ver con el alcohol y la fiesta. Leyendo la obra, uno se plantea si en realidad llegará el momento en que conozca del todo a las personas. Volveremos a encontrarnos con esta gente que le rodea, por la que Isherwood siente una atracción en ocasiones andrógina, sensual, pero en la que siempre sabrá distinguir la amistad y el deseo de amistad.

«En cierto sentido es mi padre, y en otro, mi hijo», dice Isherwood cuando comienza a poner en marcha los mecanismos de la memoria para construir esta narración. Confiesa que no intentará pedir disculpas en nombre del Isherwood que fue, que intentará una reconstrucción y que con frecuencia siente la tentación de tomarse a broma, pero que intentará evitarlo. Al devolver a la vida lo que sucedió y las personas que conoció, Isherwood vuelve, por otra parte, a recordarse que para estar en un mundo que merezca la pena, debemos confiar en que estamos ampliándolo, haciéndolo más enigmático y más encantador. De eso trata esta obra, con la que volvemos a reconciliarnos con la lectura, pues estamos frente a uno narrador puro que sabe que su vida no tiene porque haber sido un faro para nadie, pero tal vez pueda ayudarnos a comprender a los demás.

jueves, 10 de abril de 2025

EL DIABLO

 

El diablo

Marina Tsvietáieva

Traducción de Selma Ancira

Acantilado

Barcelona, 2025

68 páginas

 



Hay escritores que han hecho de su obra, y de su vida, un vivir a la contra. La verdad es que este mundo de leguleyos y sacamuelas que se prodigan en tertulias, de farsa social y burocracia hasta en los menús del desayuno, da motivos para protestar. Lo que importa es hacerlo conservando la compostura, con estilo, de manera que la respuesta tenga un magnetismo al que se puede contestar racionalmente, pero no deja de haber creado su atracción. Este es el caso de Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yelábuga, Tartaristán, 1941), de quien se recupera esta obra breve, El diablo, en la que habitar contra los lugares comunes viene representado por la atracción hacia la figura clásica del mal.

La historia nos presenta una familia bien acomodada, en la que toma la voz una de las hijas, que está rodeada mayormente por otras mujeres. Desde niña, la narradora confiesa su fascinación por el diablo y contra el dios que le han vendido, es decir, contra el hábito de la fe que ha pretendido imponerla. «Dios era para mí – el miedo», nos confía en algún momento. Y es que las religiones cristianas se han pretendido imponer, con demasiada frecuencia, anunciando lluvias de fuego sobre Sodoma y Gomorra. Pero nuestra niña, nuestra joven, ha elaborado, contra esa fórmula castrante, una idea propia del supuesto enemigo, el diablo. La palabra fundamental, aquí, es la de idea. Si el diablo es una idea, entonces será posible idealizar, reelaborarla, hasta transformarla en un ideal. Para ello hasta debe darse cuenta de que el arrepentimiento es una estupidez, un baremo impuesto para conducirnos por un camino. Porque las únicas tinieblas que realmente nos rodean, las que nos condicionan, son las que ella llama mis tinieblas congénitas.

Como cabe imaginar, para darle forma a esta postura, el relato se desenvuelve en lo que podríamos calificar como la ironía que combate los tópicos. La narradora, y seguramente Tsvietáieva a través de ella, expresa que las instituciones tradicionales y la enseñanza tradicional deben ser cuestionadas, y para ello sirve acercarse sin prejuicios a otras figuras, a ser posible las que están en el otro lado de la balanza. En realidad, la narradora está construyendo una religión propia. El problema es que los mimbres que se le han facilitado para poder hacerlo son heredados. Así pues, sólo cabe seguir cuestionándose la propia educación sentimental con estilo, con respeto, y a contracorriente. Esta es una pequeña muestra más de cómo cabe afrontar esta tarea con sensibilidad e inteligencia.

lunes, 24 de febrero de 2025

LAS BARRERAS DE ARENA

 

Las barreras de arena

Jean-Yves Jouannais

Traducción de José Ramón Monreal

Acantilado

Barcelona, 2025

171 páginas

 



Lo único que puede existir más efímero que una modificación en la arena es una modificación en el viento. El aire existirá siempre, como existirá siempre la arena. Así pues, en algo parecen asemejarse, al menos mientras no intervenga el hombre, pues al viento lo más que le podemos sacar es un poco de su arrebato para mover unas palas, mientras que la arena nos sirve, y mucho, en la construcción. Para que la construcción sea útil precisaremos de otros materiales a los que añadiremos la arena, porque de lo contrario, una construcción de arena será efímera, en ocasiones por culpa del viento, pero las más representativas a causa del agua, a causa del mar. En la infancia nada hay tan entretenido como construir castillos en la playa, en la zona donde sabemos que los devorará una ola en cuanto suba la marea. Construirlos significa reconocer que parte de la diversión es el derribo. Pero este sucede lenitivamente, no con explosiones. Así suele actuar la erosión, esa es una buena costumbre de la naturaleza. A partir de esa conciencia, Jean-Yves Jouannais (Montluçon, 1964) nos regala otro delicioso ensayo, unos años más tarde, en el que nos devuelve el enamoramiento que sentimos con El uso de las ruinas.

Volveremos a reconocer la influencia de Borges, que es una categoría taxonómica en literatura. Pero ahora añadiremos alguna más, como las de los historiadores clásicos griegos y latinos, desde Heródoto a Tácito. E incluso en algún momento puede aparecer Proust, añadiendo su carga de profundidad a la sensación de lo efímero que transmiten los textos de Jouannais. Esta afirmación, esta contradicción de términos, carga de profundidad y efímero, es la gasolina que va cargando el motor con el que avanzamos en la lectura. El autor emprende una investigación acerca de la historia de las construcciones bélicas, y ese interés, que va sustituyendo en su biblioteca a las anteriores pasiones, sirve para implicarse en una exploración de algo tan esencial como es el reconocimiento del fin tras la necesidad del combate y de la defensa. Cabe una lectura metafórica, aunque lo que se impone es el ensayo que explica su propia construcción, el metaensayo, algo así como el relato que sustituye al ensayo sin abandonar sus intenciones académicas ni divulgativas. Hay mucho de conciencia literaria en un autor que no abandona su intención de aprender e invitarnos a acompañarle en lo que va aprendiendo.

Jouannais nos advierte, en algún momento, que la historia de la guerra no debe ser el relato de aventuras al que nos acostumbraron. Detrás de cada saco de arena con el que se construyó una barrera hay sudor humano. Aunque la lectura de este ensayo a lo que más se va asemejando es a esa mezcla de ensayo y ficción que practicó Borges, solo que en el caso del autor argentino la balanza se inclinaba hacia la sorpresa de su propia imaginación, y en este caso lo que nos sorprende es el descubrimiento, también imaginativo, de la realidad, si es que la historia la podemos considerar realidad. Volvemos a estar frente a un libro delicioso, a una de esas pequeñas joyas que nos llegan a cuentagotas cada año. Una lectura muy recomendable.

miércoles, 30 de octubre de 2024

EL ARCHIVO DE LOS SENTIMIENTOS

 

El archivo de los sentimientos

Peter Stamm

Traducción de José Aníbal Campos

Acantilado

Barcelona, 2024

145 páginas

 



Cuando la realidad no funciona, uno debe inventarse otra. Se suele llamar fantasía a este tipo de ficción, pero si no alcanza el grado de esquizofrenia, a lo que está ayudando, en última instancia, es a sobrenadar en el guirigay que llamamos realidad. No es obligatorio vivir fastidiado porque la realidad nos acose. Pero lo que tampoco es aconsejable es que nuestra reacción a las agresiones del exterior consista en encerrarse tras la puerta de la casa, lo cual constituye una agresión contra uno mismo. O, como comienza haciendo el protagonista de El archivo de los sentimientos, optar por la seguridad de los papeles inanes que uno tiene que resolver en la oficina llena de probos burócratas. Este hombre representa la abulia generalizada en la que nos refugiamos, como si se tratara de líquido amniótico, para sobrevivir. Esa vida gris, ya lo sabemos, responde a las inquietudes que se han venido representando en las obras que nos hablan desde el existencialismo urbano. Una de las características principales de este tipo de obras es que no hay síntomas de felicidad. Nuestro protagonista es un solitario que se explica muy bien a sí mismo: «me muevo, pero parece que no avanzo». En su juventud tuvo un amor en París, algo que va apareciendo en su memoria, ocupando más espacio a medida que avanzamos en la lectura, hasta que nos damos cuenta de que revive para torturarse un poco, porque sabe que el tiempo pasado no se recupera. Y lo afronta como lo hacen los clásicos del existencialismo: «—Primero, me sorprendió. Luego, me sorprendió lo poco que aquello me importaba.»

Pero la crisis de la mediana edad es parte de la realidad, del exterior, y se impone: «Sólo tenía cuarenta y cinco años, pero en el fondo me había resignado a la idea de que mi vida no me depararía nada nuevo». ¿Recuperar un viejo amor dormido es algo nuevo o es algo viejo? No importa. De lo que se trata es de darse cuenta de que aún tiene oportunidades para reengancharse a la vida, aunque no deje de contener un fondo de tristeza: «Hoy, junto al río, me vi pensando que en los momentos más felices de mi vida siempre estuve solo.»

Peter Stamm (Weinfelden, 1963) construye un personaje sereno, pero que ha arrojado la pasión de su vida. El objetivo es comentarnos, con sosiego, que la vida sin pasión es menos vida. Y lo hace con mucho oficio, con conocimientos de la condición humana y creando un ambiente de clase media en el que casi cualquiera de nosotros podría verse identificado. Una lectura muy recomendable.

miércoles, 22 de mayo de 2024

LAS REINAS DEL MAR

 

Las reinas del mar

Mauricio Wiesenthal

Acantilado

Barcelona, 2024

444 páginas



 

Mientras nos empeñamos en llegar a la cima de la nada, olvidamos que el viaje es meta, porque es compañía, música, baile y amor. En realidad, nos convencemos de que debemos sumar alguna medalla para compensar las desgracias, para sentir que nada nos impide superarnos, ni siquiera las amputaciones. Pero esto es una forma muy poco refinada de tortura. Impide salir a la calle con ánimo de aprovechar lo que pase de largo dejando que pase de largo. ¿Es preferible ser espectador del mundo o protagonista de una vida? Nos convencemos de que debemos ser ambas cosas y nos esforzamos por ello, cuando lo ideal sería no proponerse ni la actividad ni la contemplación: para conocerse a uno mismo, nada mejor que centrarse en los demás. Incluso en la etapa de la vejez, cuando creemos que ya no hay que rendir cuentas, cuando sabemos que nadie nos está esperando en ninguna parte. De lo contrario, caeríamos en el riesgo del exceso de narcisismo mitificando nuestros días y nuestras noches.

La vida de Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) se ha consagrado al sacramento del viaje. En buena medida, ha contribuido a la sacralización del viaje ideal, que en nada se asemeja al del turista, donde todo está diseñado para garantizar seguridad. En este libro, Las reinas del mar, el propósito es biográfico, partiendo de los grandes barcos en los que ha vivido, partiendo de la realidad y el simbolismo del mar y la navegación. Hay lamento y hay oda a lo que él ha sido, a lo que le ha formado, lo cual nos lleva a un cierto tono elegíaco, pero vital. Wiesenthal nos habla mucho más de enamoramientos que de lugares, de sensaciones que de actos. Se muestra como un hombre de otra época, bastante renacentista, y nos devuelve esa anglofilia que ya habíamos descubierto en anteriores obras. La otra filia que se destaca tiene que ver con un cierto espíritu aristocrático, con una clase social en la que se impone, o se debería imponer, la exquisitez, las buenas maneras, el buen gusto. Aunque pueda ser un oxímoron, asistimos a la esencia de la vida de un bohemio con dinero. Hay un nivel de lectura reaccionario, pero sin asustar, pues nos referimos a ese pensamiento que todos tenemos con frecuencia, cuando estamos convencidos de que la vida era mucho mejor antes. En realidad, antes éramos más jóvenes y más capaces de actividad, de hedonismo, de movimiento.

No se puede ser sublime sin interrupción, por muy esteta que uno sea. Ese propósito nos llevaría a darle más importancia al parecer que al ser, cuestionando nuestro ego: «un espíritu de libertad intelectual y de elegancia ilustrada que marcó mi formación», dice Wiesenthal cuando descubre la cultura francesa. Más adelante se justifica, anunciándonos el porqué de ese estilo de escritura que es poco frecuente en la literatura actual: «Si cuento estos pormenores es porque creo que así mis lectores comprenderán mejor mi estilo antiguo de romanceador, mi personalidad y mi forma de narrar alla maniera modernista, cuando consigo surfear las ondas, complaciéndome en la bajamar de mi vida y en la pleamar de mis últimas memorias». Esa sinceridad nos da las claves, las razones por las que puede interesarnos esta obra.

lunes, 25 de marzo de 2024

EL MURMULLO DEL AGUA

 

El murmullo del agua

María Belmonte

Acantilado

Barcelona,

 196 páginas

 



«Y es que sumergirte en el agua es, como en el sexo, cruzar una frontera y penetrar en un nuevo territorio, en una atmósfera distinta donde rigen otros valores más elementales que refractan el tiempo y los sentidos; es una experiencia total, entras en otro elemento, te sumerges en otra dimensión. Y mientras nos esforzamos por mantenernos a flote, en el agua recuperamos nuestra olvidada condición de animales».

El delicado proyecto literario de María Belmonte (Bilbao, 1953) vuelve a pasar por lo más clásico, y tal vez lo mejor, de la cultura del sur de Europa. Hablamos de alta cultura, pero no de cultura de élite, de cultura noble, de belleza, en el sentido en que la belleza es una creación artística. Que, en este caso, contiene una buena parte de inspiración natural, pues será el agua y la incursión del agua en las artes la que ejerza de eje creativo. El libro lleva por subtítulo Fuentes, jardines y divinidades acuáticas, lo cual nos vuelve a llevar hasta los mitos griegos o los artistas del Renacimiento. Será inevitable encontrarse con Ovidio y con Bernini, pero también con la construcción de los grandes acueductos romanos.

El Mediterráneo quedará como el lugar al que va el agua que nutre el espíritu del libro. Y, como en las anteriores obras de Belmonte, la forma la irán dando los estudios sobre los clásicos. En ese sentido, el libro es un regalo para amantes de las interpretaciones mitológicas o la historia de los siglos XVI y XVI, además de para quienes estén interesados en proyectos de ingeniería urbana. De vez en cuando, se permite alguna incursión en anécdotas de viaje, en sucesos personales, pero donde mejor se desenvuelve es cuando toca aquello que, aparentemente, más ama, que es la cultura que busca belleza. Las formas de arte, que es a lo que nos referimos, que han ido construyendo unas piezas del entorno urbano que nos remiten al agua. El trabajo de erudición es magnífico, como siempre, porque consigue dar orden a algo que no pareció ir creciendo para ordenarse bajo el centro de interés que ella construye. Las fuentes y los jardines han sido privilegios de clases altas durante siglos, que es algo que condiciona el tipo de cultura a la que atañe el texto. Pero sí existen apuntes a esa parte de la historia y a dónde encontrarla. Lo que ocurre es que aquí nos sumergimos en delicadeza, y para ello conviene evitar el barro, que también se forma con agua. Estamos, en definitiva, ante un ensayo sobre lo sublime en el que interfiere, eso sí, la condición humana, sobre todo la de los que intentan organizar desde arriba. Esa parte de la historia gesta interés en los momentos en que lo descriptivo no es suficiente. Y se agradece.

martes, 30 de enero de 2024

VALENTINO

 

Valentino

Natalia Ginzburg

Traducción de Andrés Barba

Acantilado

Barcelona, 2024

74 páginas

 



Ni el hedonismo es bien querido ni se considera de recibo sostener, por encima de todo, que hemos venido a sufrir a este valle de lágrimas. Es cierto que el placer nos salva, pero el placer no es tumbarse todo lo largo que uno es para no hacer nada, creyendo que los segundos son sorbos de licor. Si uno no actúa, la vida te depara momentos, sí, pero muy pocos y de esos que apenas sirven de nada. Por otra parte, uno debe marcar perfil y no limitarse a ser lo que los demás han esperado de él. Dicho de otro modo, el personaje central de esta novela corta, Valentino, es un adolescente que se enroca en la adolescencia creyendo que así es como mejor le va a tratar la vida.

Narrada desde la perspectiva de su hermana pequeña, Valentino nos cuenta algo más que la historia de un muchacho que no cumple las expectativas que tenían puestas en él sus padres y se traba en un matrimonio a contracorriente: una mujer poco agraciada, mayor que él, pero con dinero, será lo que le sirva para justificar su abulia. En realidad, Valentino es un retrato de familia en el que se refleja que esta es a la vez esencia vital y farsa. La vida que surge en el seno de esta familia es incómoda, pero nuestra narradora va recogiendo los cambios contantes de percepciones, los vaivenes, los movimientos de péndulo. El personaje central, su hermano, es narcisista y egocéntrico, y parece más un lastre en la existencia de los demás que un motor, pero no deja de ser el hermano, el mediano entre dos muchachas, y dado que los padres ya no están, y él no va a cuidarlas, como hubiera deseado el padre que aspiraba a que su hijo fuera médico, deberán hacer girar sus vidas alrededor de él.

Con un buen hacer sobrio, demostrando que estamos acostumbrados a llamar estilo al exceso de estilo, Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) nos demuestra que lo universal se destila en las pequeñas historias. Valentino es una minúscula obra maestra, si se nos permite la expresión.


lunes, 4 de diciembre de 2023

LA INVENCIÓN DEL NORTE

 

La invención del norte

Bernd Brunner

Traducción de José Aníbal Campos

Acantilado

Barcelona, 2023

265 páginas



 

Si uno quiere mantenerse vivo en los tiempos en que llueven ladrillos de canto, el mejor consejo es huir de la basura a través los sueños. Los sueños no son un refugio, pero sí una ruta, un sendero, un lugar por el que trazar camino, un lugar lleno de huellas. Caminante no hay camino. No hace falta ser poeta ni tener privilegios de aristócrata para decidir que la vida puede regirse por los trazos de los sueños. Basta con ser un poco sensato para saber que los ríos incontaminados, las mejores canciones y los bailes de verbena, las conversaciones con amigos que te han hecho sonreír, el pan candeal y las películas de Chaplin nos fortalecen. También la soledad de los paseos por la naturaleza. No seremos derrotados mientras existan estas sendas. También los viajes al sur. Y si seguimos el espíritu de las bellísimas páginas que nos ha regalado Brend Brunner (Berlín, 1964), habría que añadir la invención del norte.

Este ensayo recopila la idea de cómo construir el norte a partir de mitos, leyendas, relatos, de modo que sólo cabe homenajear a una lucha estética, la que él lee a través de los siglos, y convencernos de que ese punto cardinal ha justificado la creación de vidas poéticas. Brunner transforma en poesía los contenidos geográficos, históricos, sociales, las inquietudes de la exploración y de la épica, las verdades y las mentiras, la ciencia y los deseos. Nos habla de la realidad o de las realidades que se han ido descubriendo a lo largo de cientos de años, desarrollando lentamente los episodios, entrando en ellos con ganas de descubrir lo hermoso, y nos enamora. Creíamos que el sur era el lugar al que se acudía para despertar en nosotros un espíritu romántico, pero descubrimos que el norte también tiene su magnetismo, desde los vikingos a los inuit, desde el anillo de los Nibelungos hasta el cambio climático.

Brunner trata de explicar lo que ha significado el norte a lo largo de nuestra historia, que es mayormente la historia occidental. Y entabla diálogos entre enciclopedias y narraciones, entre exploradores y creadores de lo fantástico, creando un libro que transmite erudición con encanto, por mucho que esto pueda parecer una paradoja. Estamos frente a uno de los mejores ensayos que podremos leer este año, un libro que nos invita a conocer más de dónde venimos y qué nos ha construido. Y del que quisiéramos leer versiones referidas a los demás puntos cardinales. Brunner ha conseguido transformar el norte en un anhelo para los sentidos.

lunes, 19 de diciembre de 2022

HOMBRES FATALES

 

Hombres fatales

Elisenda Julibert

Acantilado

Barcelona, 2022

165 páginas

 



La historia de las relaciones entre hombres y mujeres está llena de dientes. Asoman cuando uno sonríe y son protagonistas de los mordiscos. Desde los dientes, a ser posible afilados, se escupen los principales tópicos, incluidos el de la mujer fatal, que tan útiles son para maldecir sin razones, por la mera necesidad animal de encontrar un culpable. A partir de ese tópico y algunas de sus principales construcciones narrativas, Elisenda Julibert (Barcelona, 1974) crea este ensayo cuyo título ya nos revela la intención de dar, por fin, la vuelta a la tortilla: Hombres fatales. Metamorfosis del deseo masculino en la literatura y el cine. De hecho, las obras que elige han sido compuestas por hombres, y la intención es descubrir, más con sociología que con psicología, qué efecto rebote pudo provocarlas, como reacción a qué surgieron.

La relación participa tanto de los espacios que hemos conocido en ese tema como de apuestas sorprendentes: Carmen, Luis Buñuel y su Ese oscuro objeto del deseo, la Albertina de Proust, las mujeres de Hitchcock encarnadas en el enigma de Vértigo, Lolita y los dos personajes extravagantes que protagonizan la inconclusa Bouvard y Pécuchet. Estamos en lugares donde los hombres perdieron la cabeza por algo que se acerca más al deseo que al amor, y también en lugares donde los hombres sublimaron el deseo para sustituirlo por otros afanes. Entramos en territorios de interpretación de la mente del autor, que siempre será enigmática, pues aunque contáramos con confesiones completas, desconocemos todos los mecanismos del inconsciente. Julibert, eso sí, trata de facilitarnos claves a través de interpretaciones posibles que pasarían por teorías del psicoanálisis, por ejemplo, sin dejar de advertir que estas mismas teorías han sido, a su vez, elaboradas por hombres.

Se trata de reivindicar la figura femenina como una entidad que es mucho más que gasolina. Ni siquiera la Lolita de Nabokov se debería ver a modo de pequeña víctima, pues la narración no deja de estar contada por Humbert, el cuarentón obsesionado, pedante y con un más que probable complejo de inferioridad. El destrozo, en cualquier caso, ha sido inevitable para la estampa de la mujer. Sin embargo, a lo que realmente asistimos, lo que es cierto, es que detrás de la obra podemos leer la mente, o la pasión o eso que solemos llamar alma, de un autor. Y no dejamos de ser un nido de fracasos, frustraciones, pulsiones sin resolver, deseos sesgados. También de alegrías y memorias fabulosas, sí, que posiblemente sean las que empujan a la creación, intentando que ellas se repitan aunque sólo sea a través de la imaginación, pero interrumpiendo los sueños porque no conseguimos ver, la mayoría de las veces, finales felices.

miércoles, 9 de marzo de 2022

PANFLETO DE KRONBORG

 

Panfleto de Kronborg

Jesús del Campo

Acantilado

Barcelona, 2022

186 páginas

 



No todo es carne o pescado. Tampoco todo tiene que ser talento o estupidez, así, a bocajarro, pero establecer la división, o la discusión, nos ayuda a organizar el mundo. O al menos a organizarlo en lo que atañe a nuestras prioridades y a nuestras inquietudes, si es que estas existen. En la estupidez absoluta, está claro que las inquietudes abundan tanto como el champán en el desierto. El talento, por su parte, se caracteriza porque esas inquietudes buscan la belleza, que es una forma de ayudarnos a ser mejores personas. Es fácil saber cuándo alguien es buena persona: cuando consigue que la vida de los demás sea más hermosa y, por tanto, más ética. La música, sin ir más lejos, demuestra que ese tipo de inquietud y esas formas de mejora suceden. La música es catalizadora de belleza y de moral. Uno puede debatir, eso sí, qué es música, en función de sus gustos, pero todos deberíamos preguntarnos, cuando algo nos gusta, por qué sucede esa emoción. En la respuesta encontraremos, muchas veces, lo peor de uno mismo.

Aunque, eso sí, con Bob Dylan o los Beatles no hay apenas discusión que valga. Como no la hay con Montaigne, que es el gran referente de Jesús del Campo (Gijón, 1956) a la hora de escribir este ensayo. Acostumbrados al exquisito estilo de sus obras anteriores, sorprende encontrarse con un prosista vehemente. Pero es que el tema que se trae entre manos, y la urgencia de pensarlo y enderezarlo, no permiten entretenimientos. Estamos frente a un texto que reivindica el talento frente a la estupidez, es decir, a Shakespeare frente a Donald Trump. A pesar de saber que no todo es carne o pescado, no todo es talento o estupidez, conviene aleccionar, poner a la gente en guardia. De ahí ese tono de la obra, agarrándonos por las solapas para agitar el entendimiento. De ahí que presente la buena cultura buena como vacuna frente a tiempos que, a falta de otro adjetivo más preciso y menos efectivo, diríamos que son muy feos. Jesús del Campo habla sobre el deseo de ser Europa o de ser la mejor parte de la cultura occidental que proviene de Estados Unidos, refiriéndose siempre a un pasado más armónico. De hecho, la toma de partido por un pasado más sincero será uno de los ejes sobre los que vayan girando las reflexiones que componen este ensayo. El problema reside en que frente a ese pasado deberíamos saber reconciliarnos, pero la reconciliación, cuando existe nostalgia, es de una ejecución muy compleja, es digna de diván vienés:

«España se resistió a salir del tiempo en que fue grande, se sintió resquemada en el dolor de su repliegue. Altiva y reticente a la Razón, prefirió no cambiar de alma. Se quiso quedar barroca, amante de la exageración y desdeñosa de las luces que traían los extranjeros que la miraban con suficiencia. Se quedó taurina, respetuosa con la nobleza del toro vencido y tenaz en la contemplación de ese espectáculo que la satisface. Se quedó enfadada y pendenciera y amante de la palabrería. Y por eso no sabe hacer una revolución, porque con la palabrería de debates embarullados como los que salen en la tele se da por contenta. Y también por eso está muy alta la música en las cafeterías y en los bares de España, porque se da por hecho que no tienes de qué hablar.»

Como para mandar todo esto a que lo sane un discípulo de Freud.

Estamos frente a un texto que parece funcionar como la piedra en el estanque, que genera ondas que van abarcando más y más espacio, más y más temas. Pero la estrategia es de bola de nieve: a medida que se avanza, se acumulan las ideas sin abandonar las anteriores. Todas ellas, eso sí, contra lo hortera y contra el borreguismo, contra el ser humano en tanto que rebaño: «El fútbol circense de las cifras desorbitadas ese hermano de la mala música, avanza donde la cultura retrocede».

Jesús del Campo recorre espacios y memoria para trazar la geografía de una sociedad que precisa de poesía, de bondad. Frente a esta marea de estupidez, cabe exponer el talento. Pero el talento está hasta en reconocer ese milagro de sorprenderse vivo cada mañana, ante un café y una tostada, mientras el sol trepa al cielo.

 

viernes, 26 de noviembre de 2021

INVENTARIO DE ALGUNAS COSAS PERDIDAS

 

Inventario de algunas cosas perdidas

Judith Schalansky

Traducción de Roberto Bravo de la Varga

Acantilado

Barcelona, 2021

303 páginas

 


La nostalgia es el estado natural del hombre. 

¡Qué lástima comprobar cómo se va alejando aquello tan bueno que una vez estuvo a nuestro alcance! A veces sólo sabemos que hemos querido porque sólo sentimos la pérdida. Y, sin embargo, hay un trasfondo sanísimo en esa reflexión: si hemos querido es porque fuimos seres sintientes y esa cualidad, la de ser sensible, no se pierde tan fácilmente. Podemos disfrazarnos de roca, pero a la larga cualquier agua terminará por erosionarnos. Así pues, lo mejor, lo terapéutico, es reconocer esa nostalgia y considerar que la tristeza melancólica no tiene por qué ser leída como una enfermedad. A todos nos gusta estar alegres, pero la euforia no deja de ser fuegos artificiales frente a la constante sensación de echar de menos, porque la memoria es casi todo para nosotros.

A partir de este principio, Judith Schalansky (Greifswald, 1980) construye un libro en el que se enuncian casi todas las versiones posibles de la nostalgia. Desde que leímos el sorprendente Atlas de islas remotas, esperábamos con ansia una nueva obra, y ésta nos llega para hablar de lo que hemos perdido: “días pasados, imperios caídos, amores perdidos y oraciones no escuchadas”, dictará en uno de los episodios, en una enumeración que se podría prolongar tanto como se prolongaría la suma de las vidas de miles de personas. La fabulación será otro de los puntos fuertes de la creación de Schalansky, una fabulación imprescindible para interpretar el pasado, para hablar sobre la destrucción y la descomposición, y las versiones de las mismas, que pueden dejar un surco eterno en la memoria colectiva o apenas ser humo de alguna memoria particular. La intención, claramente, es la de conseguir que algo perviva. ¿Podemos recuperar el pasado? No está tan claro, pero si esta recuperación nos hace bien, ¿por qué no intentarlo? Schalansky da “la palabra a lo que está sumido en el silencio” y llora por lo perdido. “Esta obra habla por igual de búsquedas y de hallazgos, de pérdidas y de conquistas, guiada por la intuición de que la diferencia entre presencia y ausencia es puramente marginal, siempre que exista la memoria”.

Y para ello Schalansky pone en marcha todos los recursos literarios conocidos, acertando a la hora de adecuarlos a la consistencia de cada capítulo. Comenzará por referirnos una improbable crónica sobre la isla paradisíaca, un lugar perfecto, en el Pacífico, donde no existe la maldad, y nos contagiará de la necesidad de seguir creyendo en los mitos. Reseñará la brutalidad medieval que acabó con bestias legendarias, advirtiendo sobre qué parte de esos seres brutales seguimos heredando. Nos llevará al territorio próximo al relato de terror para acompañarla en su experiencia personal a la búsqueda del esqueleto de un unicornio. Recreará el espíritu de la decadencia y de la decadencia de la aristocracia, visitando ruinas, que son símbolo del destino de la arrogancia. Coqueteará con el flujo de conciencia de alguien a punto de verse liquidado como lo que fue, y lo fue todo porque fue Greta Garbo. Expresará admiración natural por el amor y por la poesía, inseparables, cuando nos hable de Safo. Reflejará el peso emocional de la infancia recordando el palacio vinculado a la familia, y también el peso emocional del pasado de la familia, esa gente que se reúne alrededor de los relatos de la infancia. Tratará sobre la pérdida del paraíso real, el que estaba entre los ríos Tigris y Éufrates, cuando indague en cómo se arrasó con la religión de Mani, la que dio origen al concepto de maniqueísmo. Pintará un cuadro romántico sobre una idea de un puerto. Se proyectará en el yo creativo de un anacoreta que quiso crear el imposible mapa de la erudición. Llevará la historia de la extinta RDA a un cuento que comulga con el realismo social. Y junto a ella nos convertiremos en observadores, en el tipo solitario que encuentra en la luna un motivo para seguir viviendo, y lo hace con poesía.

Con todos estos mimbres, Schalansky construye un libro delicioso.

sábado, 20 de febrero de 2021

MI PADRE Y SU MUSEO

Mi padre y su museo

Marina Tsvietáieva

Traducción de Selma Ancira

Acantilado

Barcelona, 2021

81 páginas

 


No siempre las piezas breves son cuentos, relatos. La extensión y la redacción en prosa marcan bastante el género, pero lo hace esencialmente para su catalogación. Una pieza breve puede rondar la poesía, como sucede siempre con todo lo escrito por Marina Tsvietáieva (Moscú, 1982 – Yelábuga, Tartaristán, 1941) incluso cuando escribe sus diarios respondiendo a los días de la revolución.

Ahora llega este pequeño libro en el que la autora se sumerge en la figura del padre, un hombre que se empeñó en abrir un museo de escultura, del que apenas pudo disfrutar un año y tres meses. Fallecería entonces, dejando a Marina del todo huérfana, condenada a la tristeza enferma que atraviesa su obra, curada, eso sí, por su talento para la poesía, por su extrema sensibilidad, por su capacidad de lucha y descripción. En estas piezas breves, que no terminan de ser redondas como deberían serlo si respondieran a las técnicas del relato, Marina crea un mito: un padre. Será ese padre el que nos explique, con su actitud, las constantes bondades de la condición humana. Se podrá achacar al efecto de la memoria, que tiende a desechar lo malo, este anhelo, pero en el caso de Marina esa memoria funciona con una libertad inaudita, con una libertad semejante a la que pone en marcha el mecanismo de los sueños.

Lo que sucede es que a la memoria-sueño Marina añade la intención. Tiene muy claro hacia dónde quiere encaminarse, qué mensaje transmitir: entre la raza de los hombres se esconde la bonhomía, y ella tuvo la suerte de conocerla. Las piezas fluyen así con naturalidad, como un reflejo de la realidad, y con pesimismo: “Todos han muerto ya, y yo debo contarlo”. Como siempre, Marina Tsvietáieva mantendrá su pulso conciso, en palabras de su traductora, Selma Ancira: evoca, sugiere, apunta.

viernes, 17 de julio de 2020

SOMBRAS CHINESCAS


Sombras chinescas
Simon Leys
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado
Barcelona, 2020
337 páginas

Ya sabemos que la codicia movería a la condición humana de no existir una fuerza superior, como es el miedo. Sin embargo, en tanto seres sociales, el miedo pasa a un segundo plano, excepto en los estudios psicoanalíticos de Jung, porque ahí sí, se impone el imperio de la codicia. Se trata de la gasolina que mueve el vehículo superpoblado en el que viajamos, ese que se dirige directo a un acantilado. La palabra codicia no aparece en ningún momento en este volumen, Sombras chinescas, aunque se trata del espíritu que moverá aquello que ve y denuncia Simon Leys (Bruselas, 1935 – Canberra, 2014). Frente a un cierto romanticismo que todavía podría respirarse, un romanticismo rebelde y resistente, más sujeto al deseo que a la realidad, en los años setenta viaja a la China de la revolución o la postrevolución. Su misión como agregado cultural de la embajada belga le permite acceder a diversos lugares del país, para darse cuenta de que todo lo que nos permiten conocer del mismo está condicionado por anteojeras. Y detrás, más allá de los parajes permitidos, parajes humanos, económicos, culturales, laborales, sociales, debe existir una China real, repleta de sufrientes.
El resultado, nos indica, es un país enorme construido a lomos de la población, a costa de su sudor y su carne, en el que se ha explotado una nueva forma de codicia. Entendíamos, en aquellos años, que la codicia venía siempre con un formato capitalista, envuelta en tesis de desarrollo económico individual y competitivo, en acumulación de capital y en lucha de clases. Sin embargo, Leys nos va descubriendo un país en el que se anulan estas reglas para darles un nuevo formato. El imperio de la publicidad está basado en unas consignas repetidas hasta la saciedad, en lugares comunes, en ideas recibidas, como expresa él, siguiendo la pauta de Flaubert. A nuestros oídos suenan absurdas, pero en boca de los guías uno sólo puede pensar que tienen fe en lo que defienden. Pues es la fe lo que se impone, no la razón ni los sentimientos, para sostener espiritualmente, o en un sucedáneo de espiritualidad, las razones de este país. Presumen de haber fulminado la lucha de clases sin pasar por el materialismo dialéctico, por ejemplo, pero lo que han logrado, observa Leys, es establecer la jerarquía por decreto, con lo cual en lugar de clases existen las categorías.
Resulta muy significativo, sobre todo para un espectador activo e inquieto como Leys, ese afán por intentar que la historia comience a partir del levantamiento liderado por Mao. Ahí está la desaparición de los libros, registro de los años anteriores. O la desaparición de la ópera clásica, refugio de las clases populares. O el abandono, cuando no derribo, de monumentos y estatuas. Toda esta figuración, esta tramoya, esta puesta en escena para mayor gloria de unos líderes que pretenden ser identificados, por completo, con un país, se nos narra con algo que uno llamaría humor de no tratarse de un compendio tan serio. La impresión que da la lectura es la de estar asistiendo a una caricatura: esto no puede ser serio. Ni siquiera el mentadísimo George Orwell fue capaz de imaginar un estado así, tal vez porque la imaginación no termina de sustituir a los encuentros con diplomáticos, con extranjeros integrados y autocomplacientes, con profesores, con libreros, con políticos y, sobre todo, a la observación de una vida que transcurre más allá del cristal blindado tras el que pretenden que observe a una China que se dirige, a pesar de los cambios, también hacia el acantilado.
Nos hubiera encantado saber qué opinaba Simon Leys del rumbo actual del país, que hubiera regresado para dar testimonio de nuevo. Se trata de uno de los grandes autores -uno siente tentación de decir “pensadores”- de las últimas décadas, como demuestra su Breviario de saberes inútiles. En esta ocasión la obra es mucho más fresca, más directa, más impactante por lo que indaga que por lo que reflexiona. En cualquier caso, como libro de viajes es de lo mejor que uno puede encontrar en librerías. Y también como ensayo político, pues gran parte de sus denuncias, el imperio de los lugares comunes, coexisten con nosotros, sea cual sea el régimen que nos gobierne.

jueves, 18 de junio de 2020

PERDIDO EN EL PARAÍSO


Perdido en el paraíso
Umberto Pasti
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado
Barcelona, 2020
280 páginas

Ser progresista consiste, hoy, en ponerse de parte del planeta, en una guerra que se libra entre una naturaleza empeñada en seguir existiendo y una humanidad, que se muestra como un ente de extrema derecha. La guerra es a destrucción definitiva y la victoria está cayendo del lado de los canallas. Pero todavía queda algún rincón en el que alguien se muestra como lo que todos deberíamos ser, amantes y defensores de Gaia, y este individuo se transforma en un maestro. Este es el caso de Umberto Pasti (Milán, 1957), que haya un refugio en la costa de Marruecos, en un diminuto pueblo, y nos descubre que la belleza todavía es posible; y que no existe ninguna diferencia entre ética y estética. Su proyecto, la creación de un jardín con los elementos básicos del entorno, nos habla de bonhomía, de generosidad, de comprensión y hasta de una forma de piedad que no tiene nada que ver con la limosna. Perdido en el paraíso es un libro hermoso, que se desarrolla lentamente, como lo hace la creación de un jardín.
Nuestro jardinero demuestra una humanidad que tiene que ver con algunas palabras que comparten idéntica raíz: humanismo, humanitarismo. Su tiempo es lento, porque la felicidad que busca no es un azote de euforia. Y su relación con el jardín, con una naturaleza que no termina de estar domesticada, pasa a través de una serie de personas que le acompañan en el viaje. ¿Hemos dicho viaje? El jardín representa, con ternura, todo lo contrario al viaje: la quietud frente al desplazamiento. Sin embargo, ambos comparte alma, pues ambos se arman de contemplación, aunque se trata, eso sí, de una contemplación activa: ni el jardín crece sin cuidados, ni el viaje progresa sin movimiento. Y en ambos, bien llevados, se puede transmitir armonía. Esa es la base del estil de Pasti, la armonía. Y la estructura del libro, lineal, cronológica, no olvida que se enfrenta a un proyecto de construcción, en el sentido más entusiasta del término: uno viaja o es jardinero sintiendo algo semejante a que un dios le posea.
Pasti reproduce, eso sí, el mito del buen salvaje, aunque acertando a la hora de actualizarlo: en Marruecos todavía se haya pureza, sinceridad, humildad, al mismo tiempo que se irá encontrando con la inevitable versión cruel del hombre contra el hombre. Pero en su proyecto resulta perdonable, posible de resolver siempre y cuando se recurra a la sensibilidad y a la inteligencia, si es que se trata de dos cosas diferentes. El viaje, vertical, es hacia lo real y hacia lo exquisito. La lucha, una lucha de bajísima intensidad, es por conservar lo exquisito, que es belleza, sí, pero, repetimos, es también bondad. Si es que belleza y bondad pueden separarse, cosa que se nos antoja imposible y más aún tras la lectura de Perdido en el paraíso.

miércoles, 27 de mayo de 2020

CONSUELO DE LA FILOSOFÍA


Consuelo de la filosofía
Boecio
Traducción de Eduardo Gil Bera
Acantilado
Barcelona, 2020
194 páginas

Recuperar la obra de Boecio (Roma, 480 – Pavía, 524) se antoja de un atrevimiento cabal. Cabal por la sensatez con la que se expresa, en una demostración de que la distinción entre forma y fondo, entre continente y contenido, es una mera especulación de los libros de texto de educación secundaria. Un atrevimiento porque durante su lectura abandonamos la burda realidad para enfrentarnos a la esencia de lo real: Boecio nos obliga a saltar desde las tribunas de falsos oradores a la petición de felicidad de nuestro interior.
Consuelo de la filosofía aparenta ser un diálogo, aunque en realidad es un monólogo con interrupciones. Se aproxima a Sócrates y refleja el espíritu de Séneca. Boecio pone en boca de un interlocutor, Filosofía, las razones de existir. Abandonando cualquier surco inútil que tracemos en la vida, cree que la filosofía es, en esencia, una herramienta de búsqueda. Pero, ¿qué es lo que anhelamos? Se trata de definir la felicidad, que es tan esquiva, para lo cual se esmera en desgranar qué es lo que jamás nos proporcionará la felicidad. La avaricia, por ejemplo, es una de las dianas en las que Boecio pone su atención. Nos anima a cultivar las virtudes más sencillas, las más humanas, las que no requieren de otra esencia que no sea lo mejor de la condición humana, y a mirar por encima del hombro, y hasta con lástima, la compañía de hombres codiciosos.
De hecho, ni siquiera pretende que codiciemos la felicidad. Por eso la filosofía se convierte en algo necesario, porque ayuda a estar en paz con nosotros mismos mientras consideramos que la felicidad es el mayor de los bienes. Para nuestra sorpresa, el libro destila descanso. Sí, porque al final, lo que todos buscamos es el reposo. Esa búsqueda no es un empeño de osados, no se trata de saltar al mundo como un Indiana Jones intentando conseguir el Santo Grial. Se trata de charlar con los amigos, entre los que se encuentra la sabiduría interior que en algún rincón de nuestra alma, de nuestro pensamiento, todos tenemos. ¿Cuál es la función de la sabiduría? Será el debate, el consuelo de no saber, de ir aprendiendo. Y para hacerlo nada mejor que el estilo depurado, didáctico, moral, como en el que se expresa Boecio y que tan bien ha sabido interpretar Eduardo Gil Bera.
En definitiva, se trata de una lectura que nos lleva al sosiego.

lunes, 4 de mayo de 2020

AÑOS DE HOTEL


Años de hotel
Joseph Roth
Traducción de Miguel Sáenz
Acantilado
Barcelona, 2020
311 páginas

A pesar de tratarse de textos escritos por una condición menos inserta en su alma de lo que es costumbre en Joseph Roth (Brody, 1894 – París, 1939), los artículos siguen poseyendo su presencia y su músculo. El conjunto se trata de un caleidoscopio de la Europa de entreguerras, durante la cual Roth viaja por Rusia, Albania o Austria y, sobre todo, la propia Alemania. El conjunto nos muestra un mundo que sería triste de no saber, como sabemos, que estaba impregnado de un miedo justificadísimo. Roth lo sabe ver y lo sabe expresar en cada cuadro, de manera que los párrafos pueden llegar a ser poliédricos: muestran a la gente y muestran a la sociedad, al individuo y a la polis, al temor único de la persona y al temor conflictivo del enfrentamiento. Y este enfrentamiento es, a su vez, múltiple, porque hay una amenaza latente -y en ocasiones presente-, pero también se ensarta en la necesidad de sobrevivir.
De hecho, Roth se supera en los momentos en que se enfrente a la pobreza. El costumbrismo no hogareño, valga aquí el oxímoron, que frecuenta en los viajes, se expande ante la injusticia más universal, que es la de quien pasa hambre sin justificación. De ahí que el autor que podría ser cínico, pero se contiene para dar paso a la literatura, sea capaz de cargar la pluma con más potencia cuando está junto a los emigrantes, los desahuciados. Porque se conmueve. No nos lleva a las lágrimas, pero apunta a la conveniencia de soltarlas para poder relajarnos frente a las situaciones. Lo común le parece vulgar, pero lo marginal tiene algo que uno siente la tentación de llamar encanto, pero se contiene frente a la frivolidad.
“Tal vez lo casual, extraído de esa confusión, sea lo que más contribuya a establecer cierto orden”.
La cita expresa la ubicación moral desde la que escribe Roth: en contradicción, con un imperativo de hallar un sentido que, sabe, va a ser casi imposible relatar. En buena medida, Roth ha perdido cualquier atisbo de ilusión:
“El mar, mientras tanto, sigue como siempre, limpio e indiferente a los violentos juegos infantiles de los hombres. Basta contemplar la infinitud del cielo y el agua para olvidar. El viento que agita la bandera con la esvástica nada sabe de ella. Las olas en que se refleja no son responsables de tal profanación. Pero los seres humanos son tan estúpidos que ni siquiera contemplar la eternidad los estremece”.
Sin atisbo de esperanza para la clase media, y con la única esperanza depositada, para los humildes, en que encuentren un catre y un plato de sopa, Roth encuentra motivos para fundamentar aún más esos prejuicios que intoxican la condición humana y que le son tan propios:
“La bajeza es más grande aún que la curiosidad, y de que no es difícil quitar a un moribundo la almohada y malvender las plumas en la primera esquina”, comenta. Y añade un poco más adelante: “Como puede verse, hay dos tipos de personas: malvadas o estúpidas”.