Mostrando entradas con la etiqueta Galaxia Gutenberg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Galaxia Gutenberg. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de diciembre de 2025

LOS ÁRABES DEL MAR

 

Los árabes del mar

Jordi Esteva

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2025

547 páginas


 


En ocasiones la literatura de viajes puede construir mucha nostalgia, tanta que haría empalidecer al tipo que se comía una magdalena que le llevaba a recordar toda la infancia. Porque aquí hay un lamento por los mundos perdidos, un espíritu melancólico que el autor comparte con el lector: es posible que el viaje parezca aventura, pero la esencia es que lo que hemos visto será el agua del río que va a parar al mar que, dijo el poeta, es el morir. En algún momento de este maravilloso libro de viajes, Los árabes del mar, Jordi Esteva (Barcelona, 1951) lo enuncia, lamentando que cada día resulte más difícil la experiencia del viaje como conocimiento, porque antes «cada paisaje, cada rostro, cada personaje nuevo suponía un hallazgo», mientras que el mundo se vuelve cada vez más homogéneo: «Desaparecieron aquellos periodos en los que uno se hallaba maravillosamente incomunicado». Ya no resulta tan fácil regresar enriquecido, cambiado. Esta confesión nostálgica es, a la vez, una confesión de su anhelo, un porqué de la razón para sus viajes. La necesidad de aprendizaje late en cada párrafo de la obra, que nos recompensa, una y otra vez, con la amistad, que tal vez sea la mejor razón para seguir viviendo.

Los árabes del mar se publicó por primera vez hace casi veinte años y el rescate se estaba haciendo imprescindible para los amantes de la literatura de viajes. Esteva entra de lleno a recordarnos que todavía existen costas ignoradas y que descubrirnos que no todo el territorio de los viajes es terreno millones de veces pisado. Su inquietud le llevó a un Egipto nada turístico a finales de los años ochenta y a retomar esa misma esencia veinticinco años más tarde, acercándose a Omán y Zanzíbar. Estábamos convencidos de que el territorio de los árabes tenía más que ver con desiertos, cuando llega Esteva a hablarnos de su labor como pioneros de la navegación. Y para ello emprende este viaje a lugares que no habíamos sospechado que pudieran ser tan dignos de conocerse, aunque siga existiendo magia en el nombre de Zanzíbar. El plan del autor es de conocimiento y no encuentra otro sentido para el viaje que no sea el de vivir cada momento con los sentidos abiertos, dispuesto a reconocer qué puede aportarnos, qué es eso que no era nuestro y que estamos llevando a nuestro interior, la que será en el futuro una nueva magdalena de Proust.

Sorprende, gratamente, reconocer que hay alguien capaz de viajar sin arrastrar ningún prejuicio con él, si bolas de preso que le impidan compartir la vida que le va saliendo al paso. De ahí que el grueso del libro sea la descripción del viaje, que es diletante con lo que está sucediendo. De hecho, las digresiones las integra en el texto apuntándolas dentro de diálogos, de manera que los momentos estáticos también se convierten en aprendizaje. Esteva camina llevado por la curiosidad, pero consigue transmitir, con su buen hacer escribiendo, la impresión de que no aparenta ser curioso, de que los encuentros, con personas o paisajes, se imponen como una necesidad, la misma que lleva a destacar su debilidad por la literatura oral, por los relatos que en otro tiempo compartíamos junto al fuego y heredábamos con calma y entusiasmo. Una energía juvenil late en cada página, pero no nos desborda, sino que nos provoca cierta nostalgia, la que da pensar que si fuéramos hasta allí ya no podríamos encontrar la vida tan natural que él reconoce. Esa memoria que implica a lo que no hemos conocido, y que consigue que echemos de menos a medida que compartimos lo que él va viviendo, es uno de los mejores elogios que se pueden hacer a un libro de viajes. Este es una joya escrita por un tipo que ha sabido encontrar el equilibrio perfecto entre ser poeta y pirata, en el sentido legendario y romántico que podemos darle a ambos términos.


Fuente: Zenda

domingo, 2 de febrero de 2025

ANTOLOGÍA DE SPOON RIVER

 

Antología de Spoon River

Edgar Lee Masters

Traducción de Eduardo Moga

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2025

693 páginas

 



Cuando Luis Mateo Díez matiza en la presentación el sentido de la obra, acierta como acierta no ya un lector, sino un creador: «Su cósmica verbalización de voces, ensueños, amargura, injurias, deseos abortados, reformas traicionadas y, en fin, vidas sin sentido que se yerguen majestuosas contra el miedo y las contrariedades que las despedazaron, es fruto de una imaginación que pertenece a la literatura universal». La enumeración descriptiva se completa más adelante cuando menciona «esa fina hebra de pasiones, éxtasis y locura que componen los trabajos y los días del común de los mortales». Edgar Lee Masters (Garnett, Kansas, 1868 – Melrose Park, Pensilvania, 1950) hace en esta Antología de Spoon River, una de las obras más magníficas que ha dado la poesía estadounidense, una recreación emocional de toda una civilización encerrada en su microcosmos. Para ello elabora los epitafios de sus habitantes, es decir, imagina que está paseando por un lugar colmado de fantasmas.

Estos versos, que atribuye a lo que dicta uno de los personajes, podrían muy bien representar el sentido de la obra: «y vosotros, que deambuláis por entre las tumbas, / creéis saber de la vida. / Creéis que vuestros ojos abarcan un ancho horizonte, quizá; / en realidad, solo veis el interior de vuestro tonel / (…) /Estáis sumergidos en el tonel que sois. / Los tabús, las normas y las apariencias / son las duelas de vuestro tonel». Resulta abrumador pensar en lo universal que es esa advertencia. Lo común a cada uno de estos habitantes es la dificultad de vivir, el estúpido sentido que da el pensar para qué ha vivido uno. No se trata del sentido de la vida, de por qué vivir, sino de para qué. Están al otro lado de la tumba, donde se supone que ya no tienen cuentas que rendir, y ahí desatan todo tipo de miserias humanas, en toda suerte de volúmenes, explicando que sí existe el bien y el mal, sobre todo el mal, tan ligado a la estupidez, a las debilidades, el que genera el malestar de las deudas pendientes.

No se cuentan las historias, y sin embargo se apuntan con tal fuerza que uno da por supuesto que tras cada vida hay una gran novela. Una descomunal novela si tiene en cuenta que las vidas se entrelazan, de manera que Spoon River es un lugar que haría parecer el tránsito por Macondo o por Yoktapanawpha algo así como un paseo por el parque una mañana de domingo. La construcción, y la medida de la construcción del relato coral, queda a la imaginación del lector. Y espolear la creatividad de quien recibe la poesía es uno de los grandes logros literarios que se pueden alcanzar. Ya solo por eso, sabemos que Antología de Spoon River es una obra maestra. Marcharemos con cuidado sobre las tumbas y entre los espíritus, que construyen un lugar en que no se desea vivir, un lugar donde haber nacido nos habla de la maldición del destino, que es la primera de las injusticias a la que nos enfrentamos. Y esta obra no deja de ser una denuncia constante de injusticias.

Las pérdidas, el desgaste de haber vivido, los sucesos que se imponen sobre las voluntades, los culpables y los diferentes grados de crueldad, atraviesan todos los versos de unos personajes que enuncian parte de los secretos, pero tal vez no el contenido completo de cada secreto. Al fin y al cabo, la voz es algo subjetivo. Hay, eso sí, un trasfondo de querer honrar a la comunidad, un concepto que indica que este pudo haber sido un gran sitio si tal vez las circunstancias hubieran cambiado. Pero los pequeños gestos, los que definen la personalidad de cada individuo, los que nos empujan a querer saber más de ellos, no pueden nada contra una vida que les ha arrollado.

Galaxia Gutenberg ha fiado la edición a Eduardo Moga, que ya hiciera un excelente trabajo en la traducción de Hojas de hierba. Ofrecer una edición bilingüe es todo un acierto y permite disfrutar y entretenerse más tiempo en estas páginas que, repetimos, son una de las más grandes obras de la literatura universal. Bienvenidos a Spoon River, un lugar que visitaremos miles de veces y en cada ocasión entendiendo que estamos yendo un paso más allá en las virtudes de la obra, que son infinitas.

martes, 30 de mayo de 2023

EL AMOR EL MAR

 

El amor el mar

Pascal Quignard

Traducción de Ignacio Vidal-Folch

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2023

271 páginas

 



Tal vez el proyecto literario de Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948), reciente premio Formentor 2023, se pueda resumir en una expresión que encontramos al inicio de esta novela: «A la melancolía lo único que le gusta es el paisaje en el que se calma, porque puede derramarse en él. Así se hace tan grande como la vista alcanza». Su intencionado lirismo y su deseo de recuperar el pasado durante unos instantes, y traerlo a colación con intenciones de mostrar que podemos volver a la pureza si sabemos utilizar la imaginación, quedan patentes a lo largo de cada una de las frases que van componiendo la obra. Estas frases van formando un follaje que nos oculta el árbol, y a su vez los árboles, como en la famosa sentencia, no nos dejarán ver el bosque. La solución pasaría, lo sabe todo buen jardinero, por una poda. La intención de llevar las frases a un ideal de sentencia sanadora o salvífica no cesan, y Quignard va cayendo sin rubor en sentencias que nos aclaran que el enamoramiento es una duda, valga la paradoja, o que «Haga uno lo que haga, espere lo que espere de la deriva de su propia vida, no sabe cuál es su norte. Ni siquiera lo descubre al final, cuando su luz se apaga», para reincidir, a continuación, en que «Cada alma es una desconocida para sí misma».

Las intenciones de Quignard parecen ser las de mostrar que en escritura también se puede ser impresionista. Se preocupa constantemente por la textura del texto, por el aspecto, tal vez por agradar todo lo posible al lector, y esta textura cobra el sabor del lamento. De los sentidos que se utilizan durante la escritura, el que se impone es el oído. Vuelve a ser imposible obviar la tristeza de cierta música barroca, que no parece tener una intención reconocida de ser triste. En los madrigales de Monteverdi, por ejemplo, uno reconoce ciertas ganas de vivir y disfrutar de la vida, mientras se nos va expresando que existen muchas trabas a la hora de desarrollar la vida.

No se pude ser sublime sin interrupción, y este recorrido por las ideas de belleza que Quignard expone, muchas veces recurriendo al adjetivo bello, nos presenta una sucesión de momentos congelados en la que desfilan personajes del siglo XVII, la mayoría de ellos vinculados a las artes, al mundo de lo delicado y amable, que refleja cómo le gustaría a Quignard que fuera nuestra relación con el paisaje y entre las personas. Vuelve, una y otra vez, a ese camino de quien pretende llegar a entender y cree que entiende o va entendiendo, intentando reducir lo asequible a cuatro colores: amor, mar, música, muerte —la enumeración es suya—, en un ambiente donde a los personajes nadie los ha acariciado antes, y así les cuesta explicarse a sí mismos la dulzura y la pena de no haber conocido el cariño, la ternura. En este afán, los párrafos más conseguidos son aquellos en los que Quignard cambia de estrato y baja al barro, a unos lugares donde se sucede la crueldad, donde conviven las clases bajas con los animales y las enfermedades. Es entonces cuando las formas de pretensión lírica y hermosa se redimensionan y nos sorprenden, porque el lenguaje se desajusta de la historia que nos está contando, que es una historia de enamoramientos: entre humanos y con la música, con el propio amor y con el mar.

Vamos perdiendo, a medida que leemos, constantemente el eje de la novela, debido a que a Quignard no le interesa vertebrar, porque la vida, tampoco en los tiempos que refleja él, no está estructurada. Eso es algo que queda en manos de los guionistas de cine y de los novelistas, de quienes, en cierta medida, parece estar renegando. Tal vez su virtud sea su punto débil. Sólo hay una manera de cerciorarse, que es leyendo la obra.


Fuente: Zenda

martes, 25 de abril de 2023

LA TRIBU DE LOS ÁRBOLES

 

La tribu de los árboles

Stefano Mancuso

Traducción de David Paradela López

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2023

195 páginas

 



En lugar de un Estado, los árboles crean bosques. La mayor diferencia entre un bosque y un Estado está en una de esas ideas que constituyen la esencia del anarquismo: uno no cree en gobiernos o administraciones, uno no tiene fe en la polis —ni siquiera en las ciudades-estado griegas— ni en las grandes organizaciones colectivas, sean religiosas o ideológicas, porque uno sólo cree en la felicidad. Si existe una forma de organizarse natural, si existiera porque los árboles cobraran movilidad y habla, sería, más bien, la propia de la tribu: una complicidad colectiva en la que el individuo no pierde su identidad mientras forma parte de una identidad de grupo. Con cierta cortesía y ambigüedad, podríamos hablar de que la tribu es una forma de amar.

El profesor y neurobiólogo Stefano Mancuso (Catanzaro, 1965) nos ha venido recordando que la vida vegetal la trama sobre la que generamos todo lo demás, que la Tierra debería ser considerada el mundo de las plantas, que su existencia puede leerse como una aventura, que la fitosociología es algo más que una ciencia en la que colgar su tiempo algunas personas a las que les gusta el aire libre, que los árboles se comunican y cooperan. Las plantas viajan, memorizan y resuelven problemas cotidianos, nos muestran otro modelo de organización social, sin pirámides. Hasta aquí, podríamos hablar de un Mancuso sabio y muy efectivo en su relato, porque un ensayo, que es el género que en el que se ha venido expresando, también es un relato: parte de su éxito consiste en que nos creamos lo que dice. Pero en La tribu de los árboles intenta generar una novela, pura ficción, a partir de sus pasiones y conclusiones. La reivindicación sigue siendo mucho más que digna, sin embargo, la impresión es que la obra no termina de cuajar dentro del género al que se entrega.

Entramos a través de un mapa de una tierra ficticia, conocemos a unos protagonistas, que son árboles, divididos en clanes, nos movemos en un territorio que se podría parecer a nuestro planeta, aunque si se tratara de él nos ubicaría en una época fuera del tiempo conocido. Y desde el inicio uno identifica los principios ecológicos que rigen las intenciones del autor. A lo largo de la lectura, podemos pensar en ciertas obras de Ursula K. Leguin, y hasta en la película La princesa Mononoke, por ejemplo, para aclarar cuál es el ambiente en el que se mueven nuestros árboles, los aventureros que necesitan encontrar algo de sabiduría para reiniciar una convivencia que combata el cambio climático. A través de la memoria del protagonista, lo cual nos lleva de nuevo a la añoranza, asistimos a un movimiento algo lento, como el de los Ents que ideó Tolkien, de gente que intenta reestablecer el equilibrio. El narrador nos habla de sus años de juventud, cuando a uno no le queda más remedio que crecer, y mientras se va haciendo mayor cuestionarse quién es. El eje, eso sí, será el universo: somos parte del cosmos, somos parte del flujo de la naturaleza.

El pero que le podemos poner a tantas buenas intenciones, a tantos buenos mimbres, es que la inocencia que transmite la obra resulta un tanto infantil. La inocencia puede ser un valor literario, de hecho, tal vez sea el valor literario más grande y menos valorado, pero la narración se queda en un apunte, en una sencilla fábula. Nos falta un poco de potencia para que funcione del todo la ingenuidad, en el sentido más etimológico del término: en latín ingenuus quería decir nacido libre. Con todo, sólo cabe leer con respeto esta novela, que imita a las leyendas antiguas para reclamar la prioridad más moderna, que es la necesidad de cambiar tantos y tantos paradigmas.


Fuente: Zenda

viernes, 5 de noviembre de 2021

EL IMPULSO NÓMADA

 

El impulso nómada

Jordi Esteva

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2021

495 páginas

 


Se imponía un pequeño mundo feísimo, el de los años cincuenta y sesenta, en nuestro país, en el que el franquismo había instalado la costumbre de cercenar y pintar de gris.

Todo debía ser uniforme. Todos debían estar cortados por un patrón cuya esencia se definía, sobre todo, por un corte militar en el que se imponían los gustos, y los gustos eran horribles: tardes de toros y emblemas patrióticas para sustituir a un país atrasadísimo, en el que apenas se permitían grietas para que entrara la música de algún grupo de Liverpool, y aun así esta era condenada entre las muelas de los mayores, a quienes se debía un respeto que se asemejaba demasiado al miedo. Nos decían que la cultura es un jardín cerrado cuyo cultivo requiere una especial sensibilidad, y esa especial sensibilidad estaba en los libros de texto, donde se elogiaban las corridas de toros, a Churruca agonizando en la batalla de Trafalgar, a El Gran Capitán degollando malvados en Italia o a San Jorge matando moros. Se suponía que había gustos exquisitos que marcaban el contenido de lo que debería enorgullecernos, y este contenido podía reducirse a la música de Manolo Escobar y a la predicción meteorológica de Mariano Medina.

Mientras tanto, en las aulas de centros diseñados en estudios de arquitectura cuyos principios culturales eran la cantidad y la geometría, sobrevivían alumnos practicando el acoso y luchando contra los sabañones. En los momentos más clandestinos, cualquier cosa podía ocurrir en los lavabos, y esa cualquier cosa nunca se asemejaba a la amapola que nace en el estercolero. En el estercolero lo que mejor se da es el estiércol. Allí un Jordi Esteva, hijo de esta época impregnada de fealdad, iba construyéndose con más dudas que aciertos. Y en ese ambiente, que también implicaba a una familia integrada, el efecto rebote le empujó al viaje, a salir y a no querer volver jamás. ¿Qué es un viajero? En realidad, se trata de un alma donde conviven con más o menos armonía dos términos contradictorios: el héroe y el antihéroe. Uno aspira a ser el protagonista de su propia vida, lo cual es una heroicidad, pero si quisiera que se le señalara como el más fornido y el más valiente, no saldría de viaje en modo incógnito. Uno parte sintiendo que le gustaría ser un mestizo entre Eneas y Don Quijote, aunque su objetivo sea tan personal, que desde fuera podría llamársele valiente a la par que egoísta. En realidad, no es ni una cosa ni otra. Porque se siente arrojado, apuesto, honesto o equilibrado. De hecho, si sale de casa es para encontrar ese equilibrio en algún lugar e integrarlo en cuanto sea posible. Uno quiere ser Ulises, pero conoce el existencialismo, y sabe que si intenta parecerlo se asemejará al Lazarillo de Tormes. En definitiva, Esteva parte por la misma razón por la que un manzano da manzanas: porque es Jordi Esteva.

Ahora rinde cuentas de su biografía en este El impulso nómada, una obra que recoge infancia, adolescencia y juventud, sin esconder nada: ni el bullying, ni el descubrimiento de la homosexualidad, ni el flirteo con drogas, ni el ansia de emular los viajes a Asia, ni cierta impresión de orientalismo que le sedujo. Pero en el que se ensalza, y mucho, a los amigos. Viajar es conocer paisajes, pero es, mayormente, encontrar a personas. Esteva nos había regalado el mágico libro sobre Socotra, la isla remota donde se supone que vive el ave Roc. Ahora se expone a sí mismo, reedita sus vivencias, sus viajes, sus años en Egipto, el deseo de la India, la seducción del desierto. Todo bajo una memoria que trabaja a destajo: tal vez haya un criterio riguroso para seleccionar episodios, los justos, los que al autor le han parecido más concluyentes, los que mejor le definen, pero, sin duda, lo que existe es una labor de documentación exhaustiva en los pozos de los recuerdos, de los que se rescatan múltiples detalles. Cabe decir que la redacción de este texto autobiográfico no es extenuante. Esteva recurre a frases sencillas, preconcebidas en muchas ocasiones. Sabemos que su capacidad expresiva, cuando se lo propone, podría encuadrarse en ese jardín cerrado cuyo cultivo requiere una especial sensibilidad. Así pues, debemos pensar que aquí el autor ha preferido abrir las puertas del jardín para ser uno más de nosotros, para que la cultura, los viajes, pertenezcan a todos. No existe otra forma de compartir que no sea la de sintiendo que, previamente, algo le pertenece a uno. El viaje fue de Jordi Esteva, ahora también es del lector.

jueves, 15 de abril de 2021

JACK

 

Jack

Marylinne Robinson

Traducción de Vicente Campos

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2021

331 páginas

 


Con Jack, Marilynne Robinson (Idaho, 1943) continúa su ciclo de novelas sobre Gilead, uno de los territorios imaginarios que mejor literatura ha producido en las últimas décadas. Robinson hereda la tradición literaria del siglo XIX, por la estructura limpiamente lineal y la forma de resolver el relato, pero también la del siglo XX, en cuanto a la capacidad para entregarnos las almas, expresándose a través de la voz del narrador. Reúne la capacidad de observación de Stendhal, por ejemplo, con la intensidad expresiva de Proust. Así expresado da la sensación de que nos encontramos o con un monstruo literario o con un proyecto ambicioso que puede verse abocado al fracaso. Nada hay de fracaso en Robinson. Pues ni se propone que sus invenciones sean tan extensas como las de Stendhal ni tan personales como las de Proust. Digamos, para utilizar algún lugar común, que uno escribe con el cuerpo y el otro escribe con el alma, pero que, finalmente, han aparecido los autores que nos descubren que no existe tal distinción entre cuerpo y alma, como no existe la que diferencia forma y fondo, excepto en la comodidad académica de los libros de texto. De hecho, es inevitable la referencia a Faulkner, quien terminó de romper con esa farsa, por la intensidad y por el ambiente. En este caso, contada por un narrador omnisciente, la historia nos saca de Gilead para llevarnos a un Sant Louis fronterizo, un lugar al que está exiliado Jack, el protagonista, un joven que se define a sí mismo como un ladrón con talento, un mentiroso compulsivo, un borracho habitual, alguien sin cualidades para la amistad, sin capacidad para hacer buen uso de sus talentos, sensible a las fragilidades pero convencido de deber quebrarlas, y que para evitar los daños que puede causar conviene que se aísle.

Su tiempo para aislarse es la noche y uno de sus lugares predilectos será un cementerio. Será allí donde este joven, de raza blanca, conozca a Della, una mujer de raza negra de la que se enamorará, ahora sí, sinceramente. Comenzará entonces un cortejo que será sencillo, aunque largo, en lo personal, y será imposible en lo social. No cuenta con el beneplácito del gueto ni de la iglesia, hermética y cabezota, a la que pertenece Della. Nos vemos paseando, junto al protagonista, por unos barrios en los que la humanidad ha demostrado esa fea tradición de sancionar cada error para convertirlos en ley y en costumbre.

Jack y Della comienzan teniendo una conversación sobre el determinismo que nos resultará extraña, a no ser que tengamos en cuenta que el personaje de Jack ya había aparecido anteriormente y es hijo de un reverendo. Sus referentes, que serán los que fluyan a través de todo el texto, son grandes poetas como W.H. Auden o Robert Frost, pero, sobre todo, Shakespeare, a quien recurre Robinson con frecuencia: Hamlet aparecerá constantemente citado por los personajes, al margen de ser una de sus obras, Romeo y Julieta, la que está detrás del detonante de la situación. No sólo la diferencia racial será una opresión, también oprimirá la religión las otras diferencias, como la pérdida de referentes familiares de él, frente al anclaje sin cuestionar al que está sometida Della. La muchacha no padece la soledad que enferma, como sí la sufre Jack, que se verá obligado a reinventarse para salir de ese mal. En realidad, el tema de la novela, como consecuencia de los empujes a los que se ven sometidos los cuerpos y las almas de los protagonistas, será el amor propio. Bajo la premisa de intentar respetarlo, el cortejo de Jack resultará sano en cuanto a lo que atañe al amor, a la relación con la muchacha, y una neurosis dentro de la que nos golpeamos una y otra vez la cabeza contra las paredes de una habitación cerrada, en lo que se refiere a la sociedad. Cortejar a la sociedad para enamorarla es imposible.

Robinson idea una representación concreta de la autoestima, que es el sombrero. Pocas cosas se han ideado más ridículas, entendiendo el ridículo como la posibilidad de un chiste, que un hombre corriendo detrás de su sombrero. Da la sensación de que Jack viera en el sombrero reflejado su verdadero hogar, su espíritu, su dignidad. Sin el sombrero, está expuesto a avergonzarse. Sin el sombrero, siente emociones como la culpa o la tentación, maldiciones que se relajan por la noche y en el cementerio, donde se siente en paz. Esta brega, tanto la exterior, al del cuerpo, como la interior, la del alma, basta para construir una novela en la que Robinson nos mantiene dentro con idéntico ardor al que había construido en anteriores obras, luchando con y contra un protagonista que no es simpático, pero al que no podemos si no desear la mejor de las suertes, pues nadie se merece que el destino se le tuerza cuando las intenciones son consecuencias de un enamoramiento. Al parecer, la hermética ceguera de la sociedad puede imponerse, esa ceguera que acude a la palabra tradición para no arrancarse la venda de los ojos.


sábado, 11 de julio de 2020

LO VIRAL


Lo viral
Jorge Carrión
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2020
176 páginas

Lo llama falso diario, o incluso diario fake, el propio Jorge Carrión en algún momento en que precisa explicarse. Y, sin embargo, la parte más interesante de este Lo viral se corresponde a algo que, con atrevimiento, nos atreveríamos a calificar como metadiario. La división tipo diario, o dietario, permite a Carrión reproducir breves reflexiones sobre distintas versiones de ámbito cultural, social, actual. Las más interesantes, a juicio del que escribe, se corresponden a las que hacen referencia a la esencia de los propios diarios: su valor terapéutico, su sentido de liberación, su improvisación y, por tanto, sinceridad literaria. Claro que para ello se vale de ejemplos tan obstinados como consistentes: Cesare Paveses, Susan Sontang, Kafka y, sobre todo, Julio Ramón Ribeyro. Los apuntes y el sentido que busca Carrión en ellos dan pie a pensar en un posible ensayo, en un diario de diarios.
Pero, por ahora, este libro no pretende buscar otra profundidad que no sea la de la textura, pues las cargas más contundentes vendrán en el futuro. Carrión ha demostrado mucha solvencia para el ensayo largo, tanta como para el pensamiento condensado, divergente, ese tipo de ideas que son a la par pregunta y respuesta, que durante unas largas temporadas nos regaló en redes sociales. Carrión es fiel a esta época, manteniéndose, a la par, fiel a los grandes clásicos: “El tiempo de whastapp, correos electrónicos, textos de redes sociales, documentos de trabajo, respuestas de entrevistas, artículos, proyectos y libros no deja tiempo para la escritura de la intimidad”. Seguramente porque el tiempo del cronómetro no deja tiempo para el tiempo de la emoción, que no se rige por relojes ni calendarios.
El doble entrenamiento, el ensayo y el post, le permite afrontar esta urgencia, impuesta por el encierro, en la que se habla de la enfermedad, de la lectura, del márquetin, de la inteligencia y los sentimientos, o se cuestiona si esto que estamos viviendo en el siglo XXI se puede seguir llamando cultura. Una pequeña relación de términos que aparecen en el libro clarificarán a qué nos referimos en esta última línea de la enumeración: meme, viral, Big Data, Telebasura, influencer, App, algoritmo. Sobre ese humus nos hemos visto obligados a encontrar maneras de sobrevivir a un confinamiento, a una agresión global, que encuentra paralelismos en documentos, ensayos que ha ido leyendo Carrión en esta temporada, o en las descripciones de pandemias que relató Tucídides. Aunque si uno se viera obligado a decantar cuál es la intención de Carrión, se siente tentado a mencionar la adaptación del lenguaje; para narrar una nueva situación en un contexto que se ha modificado tan deprisa en los últimos años, sería necesario volver a definir cada palabra. En buena medida, ese trabajo que va desarrollando el autor contribuyen a la sensación de metadiario.
En escasas ocasiones menciona términos bélicos, pues ese lenguaje ha sido un error que han podido denunciar quienes mejor conocen el sentido de las palabras. Sin embargo, hay un término que aparece en una única ocasión y que mantiene su vigencia, por su polisemia, que ahora se ensanchado: derrota. Este episodio, este paisaje que ha dejado en nuestras vidas un sentimiento de tierra quemada, nos recuerda la frecuencia con que somos derrotados, la necesidad de aceptar la derrota y, a la vez, la necesidad de la rebeldía, de revolverse contra los intentos de domesticarnos, contra los intentos de doma. Jorge Carrión lo hace con las herramientas que mejor sabe manejar, denunciando este zumbido de enjambre que nos ha quedado en los oídos y que perdurará demasiado tiempo, tanto del que se mide por el reloj como del que se mide por las emociones.

martes, 17 de septiembre de 2019

CONTRA AMAZON


Contra Amazon
Jorge Carrión
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2019
172 páginas

Pensamos que la inteligencia está diseñada para la creatividad, la aritmética, la memoria, las relaciones o la resolución de la lista de la compra, pero su función es, por encima de cualquier otra, la supervivencia. Las tortugas tienen su caparazón y los leones las garras, las ballenas el tamaño y las gacelas la velocidad. Por su parte, el ser humano dispone de un cerebro capaz de abordar problemas de muy diversa gradación, cuyo primer objetivo es la adaptación al medio. El pensamiento sería demasiado darwinista de no ser porque el medio lo está creando, a su vez, una parte de la estirpe de los humanos, con la connivencia de una buena mayoría, y no la deriva natural. Frente al medio artificial, de cemento y cristales, de algoritmos y Netflix, el cerebro humano se enfrenta a la paradoja de apañarse frente a un destino que, por fin, ha elegido él. Y el resultado es Amazon, es Tinder, el Ali Baba, es Facebook, es Google, es WhastApp y todas las aplicaciones del móvil, incluidas las de casas de apuestas; el resultado es la destrucción del entorno natural, al que debería adaptarse el cerebro, al que se ha ido adaptando a lo largo de siglos, gracias a invenciones como el arte, que en lo que nos atañe se refleja en la literatura, y su consecuencia, ese objeto llamado libro.
El sustrato sobre el que Jorge Carrión (Tarragona, 1976) construye las crónicas, entrevistas y ensayos que componen este volumen, Contra Amazon, puede antojarse hasta cierto punto reaccionario: el mundo ha sido mejor en algún momento anterior; la idea, sin embargo, dista de ser políticamente conservadora, como lo es la conservación ecológica o la preservación de culturas indígenas. Se trata de un concepto situado en un bando que Borges no dudaría en catalogar como anarquista: Carrión tiene fe en las personas, pero no en los estados; en cada uno de los textos, sobrevuela un empuje que pide que se impongan los sentimientos a los mercados. Carrión se apunta al pensamiento contraintuitivo atacando algo que, con mucha manga ancha y muy poco cariño, calificaremos como cultura oficial. Lo de oficial no tiene pérdida, pero sobre el concepto de cultura pueden correr ríos de tinta. A cambio, reclama la pervivencia del libro en papel, del librero y el bibliotecario como amigo, del autor en la proximidad y no en los pedestales, del amor al libro como objeto y a la literatura como sujeto. Aunque no todo el panorama sobre el que construye este ideario, que leemos entre líneas, es negativo y es conservador. Carrión se detiene en nuevas experiencias, mayormente asiáticas, que muestran cómo se puede actualizar nuestra relación con los libros y los textos, al tiempo que lamenta la desaparición de los lugares donde nos encontrábamos con ellos en un territorio más próximo.
El problema, seguramente, es que estos cambios, que han creado cerebros humanos con la única intención de ser ellos los que sobrevivan, en un purísimo ejercicio de darwinismo social, surgen con demasiada rapidez. Con poco más de cuarenta años, Carrión ya vive su pasado con una nostalgia que lleva a considerar, cada vez que se refiere a la infancia, a una época medieval. No hemos podido adaptarnos a la lectura digital y ya tenemos encima la siguiente etapa: la no lectura. ¿Leer post en redes sociales es lectura? ¿Es lectura abrir los libros de los youtubers que se venden en Carrefour? Lo que sí sabemos, seguro, es que leer Contra Amazon es literatura. Tal vez la más interesante que haya escrito Jorge Carrión, autor de novelas y libros de viajes, que como pensador va ganando con los años: siempre perceptivo, y ahora con un bagaje de erudición en el que sorprende la capacidad que tiene para asociar ideas. Un detalle de inteligencia, que no sabemos si es adaptativa, pero sí que se engloba en el planeta de la creatividad.

viernes, 21 de septiembre de 2018

MARINA

Sobre Marina Tsvetaieva




Al cabo de unos pocos años de la Revolución Bolchevique de febrero de 2017, Marina Tsvietáieva (1892 - 1941), con el corazón hecho un asco y el estómago vacío de pura hambre, se ve en la tesitura de tener que dejar a sus dos hijas en un hospicio para intentar que sobrevivan. Ella no les puede garantizar un poco de pan y unas gotas de leche. En sus cartas y en sus cuadernos, donde la escritura de Marina es libérrima y sus anhelos expresados sin medida, confiesa adorar con locura a su hija mayor. Pero dice, sin ambages, que a su segunda hija, Irina, por razones que la razón no entiende, no la ama. Esa indiferencia la lleva hasta un episodio extremo: durante una visita al hospicio, al comprobar la suerte de sus hijas, opta por agarrar a la mayor de la mano, enferma de malaria, y arrastrarla fuera del infierno. Pero abandona a Irina y, lo que nos resulta más sorprendente, la abandona sin culpa.
La descripción que hace del lugar es más propia de Poe que de una poeta hipersensible. A Irina la retrata como si la niña, de cuatro años, se refugiara en una especie de autismo para no ver la realidad, el maltrato, que llega a extremos tales como el que se refleja cuando las niñas del hospicio coman las pocas lentejas una a una para así disfrutar de ellas durante más rato. Irina viste harapos sucios como el culo del diablo y no pronuncia sino una sola sílaba, irreproducible en cualquier lenguaje que no fuera animal. Un tiempo más tarde le llegará la noticia de que Irina ha fallecido. Pero ella, privada de cualquier energía, no se mueve de la habitación donde vive. No acude al entierro ni, más tarde, a poner flores sobre la lápida. Y es ahí, ahora sí, cuando muestra cierto respeto por Irina, reconociendo que ni siquiera ha tenido la decencia de despedirse de ella: “No para consuelo suyo, sino mío – y como una verdad sencilla lo diré: Irina era una criatura extraña, quizás incluso desahuciada, - todo el tiempo se mecía, casi no hablaba, - quizá fuera raquitismo, quizá degeneración, no sé. Por supuesto, de no haber habido la Revolución –“. Más tarde, en el exilio, nacerá Mur, un chico vital sobre el que depositará todos los cimientos que la permiten vivir durante diecisiete años más. Al final, cuando considera que Mur puede valerse por sí mismo, cuando su marido está encarcelado, acusado de espionaje y a punto de morir a fusilado, y su hija mayor está desterrada en un gulag, Marina se suicida.
Se ha ahorcado y deja una nota para su hijo. No es ninguna sorpresa. Era uno de los temas recurrentes en sus escritos. Su hijo, al ver la cáscara de lo que fue Marina, dice algo así como “lo entiendo”. Y después se marcha a vivir a otro lugar. El cuerpo de Marina será arrojado, envuelto en una sábana remendada, en una esquina del cementerio de Yelábuga, en Tartaristán, el lugar al que la evacuaron cuando comenzó la guerra contra el ejército nazi. Nadie sabe dónde yacen los restos de quien, posiblemente, sea una de las grandes poetas del siglo XX, y de la historia: “Los ángeles me entregan al verdugo”, reza un verso de juventud. Sus poemas son parte de ella. Jamás entendió que, como le pidiera en algún momento la autoridad cultural bolchevique, pudiera existir un poema al caucho o a materiales por el estilo, que reflejaran el triunfo del trabajador: “Declaro que soy inocente (…) / ¿Dónde está mi plata?, ¿mi oro? / En mi mano solo hay ceniza”. Existe el pesimismo vital, algo más fuerte que el existencialismo. De hecho, ella ya ha resuelto el problema fundamental de esa corriente filosófica: la vida no merece la pena: “No me salvarán los versos ni los astros”. La sensación de una soledad patológica la ha desbordado:
“Lo sé, lo sé,
la bella tierra
que está labrada
(…)
ya no es nuestra.
Ni el aire,
ni las estrellas
ni los nidos
que cuelgan de la luz”.
La gente ha desaparecido, solo quedan cuerpos sin alma: “Se ha ido – todo es tiza”, y también: “Aquí no hay encuentros, / Aquí sólo hay despedidas…”. Si hubiera que resumir en una palabra el paso por la Tierra de Marina, esta sería tristeza. No solo el dolor la ha elegido a ella, sino que además se deja llevar por él hasta el sufrimiento. Confiesa que nunca ha querido ser feliz.
Marina se ha roto varias veces a cuenta de las despedidas. La Revolución parte su familia, luego vendrá el hambre y el exilio en Praga, en París, el regreso a la URSS, la farsa de las acusaciones y la confesión bajo tortura de su hija mayor, que delata a su propio padre. Otro exilio, dentro de la propia Unión Soviética, lejos de Moscú. Y así le resulta imposible reintegrar vida y arte, el absoluto, que es como ella lo llama. Se ve a sí misma, no sin razón, como Sísifo subiendo la piedra eternamente. Marina ama mucho, sí, y siente demasiado cualquier clase de angustia: “Estoy escandalosamente sola, por eso tengo derecho a todo, incluso a cometer un crimen”. Podríamos llegar a entender que su falta de cariño, por una vez en su vida, hacia una persona, su hija, es el crimen al que tenía derecho. Pero esto sería justificarse, algo que no necesita. Se declara autocompasiva, no coloca engaños en sus días y en sus escritos, para que los demás la vean de otra manera, y como es norma, el miedo de las personas autocompasivas provocan lo que temen.
Sus cartas son toda una revelación. Es ahí donde muestra sus pasiones. En alguna ocasión de carácter homosexual, como es homosexual el Cantar de los cantares, donde se ama sin tener en cuenta el sexo de la otra persona, en otras platónico, como las que escribe a Boris Pasternak. Pero también de una pureza emocional cuando se enamora. Las cartas que escribe en Praga a su amante, Konstantín Rodzévich, son unas muestras de amor depuradísimo, una colección de expresiones que daría en las narices a los sentimientos delicados, a intención, de Madame Bovary. Rodzévich, por su parte, solo pretende entretenerse. “Usted es mi primer y último escudo contra las multitudes. Si se aleja, se precipitarán”: ella está enamorada hasta la médula. El desajuste no se compensa sino con otra despedida. El marido de Marina, que conoce la relación, la pone en la tesitura de elegir. Y Marina se queda con el hombre bueno, el enfermo de tuberculosis con quien se casó siendo adolescente.
El amor es la piedra de toque de Marina. Se ha pasado toda la vida intentando explicar en qué consiste. El amor es una abstracción, pero lo que sí existe es el hecho de amar. Ante la disyuntiva de amar o ser amado, ella regresa a la abstracción del amor: “Me interesa no que me quieran a mí, sino lo mío. El “yo” queda incluido en lo mío. Así siento mayor seguridad, mayor espacio, mayor eternidad”. La eternidad tampoco existe, al menos en este mundo. La eternidad no es la suma de los segundos o de las horas o de los días, hasta alcanzar el infinito; la eternidad es la ausencia del tiempo. Marina, que repite que sabe amar pero no vivir, lo cual es la versión más triste del romanticismo. Necesita a un ser que le dé la impresión de necesitarla, busca un punto de fijación para su propio deseo de amar, que en su caso sirve para poner en marcha el proceso de creación. Su poesía debe contener humanidad, alejarse de los estetas, a los que iguala a los filisteos: “Todas esas flores, y cartas, e intermedios líricos no valen una camisa remendada a tiempo”, afirma cuando se encuentra una sociedad sucia y mísera al retornar a la URSS tras diecisiete años de exilio. Trabaja lavando platos hasta despellejarse los dedos, mientras los hombres se enfrascan, o aparentan estar ocupados, debatiendo sobre problemas sociales. Incluso ella, acepta el papel secular de la mujer: cuidar a los otros.
“Mi cabeza está cansada de: guerras, juegos, afectos, olas”. Siempre agotada de vivir, o subiendo con la piedra de Sísifo o corriendo cuesta abajo para recuperarla. “De la mañana a la mañana siguiente estoy sola con mis pensamientos (lúcidos, sin ilusiones)”. La Revolución de 1917 ha dado lugar a una situación social que denuncia en sus cuadernos de bitácora, los que la salvan del naufragio: “Lo que al quitármelo me dio el bolchevismo: confirmación definitiva de que el cielo vale más que el pan (…); confirmación definitiva de que no son las convicciones políticas las que unen y separan a la gente (…); aniquilación de las barreras de clase por la desgracia común de Moscú en 1919, por el hambre, el frío, las enfermedades, el odio al bolchevismo, etc.”. Consigue algo de dinero traduciendo, gracias a ser una auténtica políglota. Esta mujer a quien no le gusta nada Chéjov, domina el alemán, el inglés, el francés, el búlgaro, el polaco, el checo, el ucraniano, el georgiano y hasta el yiddish. Su perfeccionismo la impiden trabajar a un ritmo suficiente como para ganar dinero con el que sobrevivir. Con frecuencia se ve otra vez en la calle, mendigando favores para obtener una habitación donde refugiarse. Entonces piensa en el pasado como un lugar donde la pobreza era acogedora. Su poesía es más auditiva que nunca: “Las salamandras bailan, / y Marina piensa: / ¡Qué maravilla vivir en el fuego!”, dice quien piensa, con obsesión, que por sus venas corre alma en lugar de sangre, alguien para quien ese fuego significa amar a todos a la vez, acumular sentimiento.
Marina había nacido en una familia de clase acomodada, pero en febrero de 1917 se le escapa eso que ella llama alma, como la arena entre los dedos. Triunfa la Revolución: “Moscú está sin vallas (están quemadas), todo son sacos y botas”, escribe a su hermana. Cruza la revuelta contra el zar regalándonos un diario que sorprende por su entereza poética. Tsvietáieva escribe temerariamente, sobre el caos de un presente, más atroz aún porque no puede ser comprendido. Los fragmentos de sus diarios presagian no sólo la tragedia personal, sino también la de un pueblo. Son un testimonio de la vulnerabilidad humana, al tiempo que mantiene ese pulso con la literatura, como si presintiera que ella está hecha del sonido de las palabras, y que éstas son el cielo, el alma. Se dispone a hablar de un país fracturado, de un tiempo fracturado hasta la extenuación, y le saldrán, a la fuerza, escritos en los que la fractura se convierte en un estilo lírico. Tsvietáieva siempre estaba componiendo un poema, en el que la desgracia, la conciencia de formar parte de los humillados y ofendidos, estaba siempre presente. Sobrevivió al tiempo de la guerra, escribiendo retazos que forman algo que definiremos como diario, por ser la fórmula más cómoda de encajar este libro en algún género. Aunque si existiera en los libros de texto, en los manuales de literatura, el género al que pertenece bien podría ser catalogado como estupor.
Hay frescura en la escritura, una de esas formas de madures que da la sensación de obedecer a un impulso, de ser espontánea, pero que se ha elaborado desde el sótano del sentimiento. Y al mismo tiempo, hay violencia. Una violencia idéntica a la del hombre que lleva años tratando de completar un puzle de miles de piezas al que le faltan cientos de ellas. Un enfado y un desgarro. El que se corresponde a la época que le toca vivir, ese tiempo de bisagra mal engrasada que chirría cargándonos de acidez la cabeza. Hay saltos temporales y desencadenamientos, porque existe la necesidad y la obligación del movimiento en lo retratado. Y lo retratado es algo así como canjear el mal por el mal, o la impresión de que se le está escurriendo el agua de entre las manos. Como si pretendiera apresar el conjunto, mientras que habita en la periferia, que es el peor sitio para estar en tiempo de lucha. De ahí el puntillismo en el detalle, la dificultad de encontrar su sitio en el cual cabe lo excéntrico, pero también la sinrazón voluntaria, lo miserable y hasta lo ultrajante, y lo más caprichoso de la gente que se rige por un olfato que solo atiende a las veleidades.
El hambre obliga a ese estilo escueto, casi telegráfico, fugaz y en ocasiones aforístico. Meras presentaciones que, gracias a la poesía que destilan, transmiten una intimidad quebrada, un temperamento que brega por mantener la consistencia. Porque ese espíritu es una denuncia del terror, de la indefensión, algo que está a su alcance por la buena educación que pudo recibir durante la infancia, antes de pasar al mundo de los desahuciados. Bastan los hechos, aunque obligue al lector a poner en su lectura lo mejor de sí mismo, porque no se recrea en estampas. Sus palabras no forman imágenes, forman música. En ese sentido son un golpe directo a la sien del lector, al que le cuesta componer la idea de que exista alguien con tanta capacidad de observación y tan consciente de la lucidez que supone conocer la materia a partir de la cual está trabajando, pues su diario es un esfuerzo.
Hablamos de un viaje sin Dios, pero con espíritu. En el que la gente sabe rezar cuando hay que rezar, sin importar a quién o a qué se reza. Otra cosa es que sea preciso inventarse las oraciones. O incluso una religión propia, para luego esconderla. Aunque, en realidad, lo que estén deseando sea tener una pistola y disparar. Uno llega a ignorar si debe conmoverse o no durante la lectura de su diario de la Revolución. Lo cual es un fenómeno que conmueve hasta el asombro. Demasiado peso de la historia, la revolución rusa, la necesidad de unirse a la Armada Blanca, porque la verdadera revolución estaba en ella, en Marina. Todavía bajo una educación en la que su madre pretendió que ella fuera su doble, reflejándose en la intransigente lección de piano, que ella traduce al aliento, o al compás del aliento, como ella expresa: “¿Qué es el aliento sino el ritmo del alma?”.
La escritura inmediata del diario, como el fuego que arde lentamente sin miedo al incendio: “En mí la feminidad no viene del sexo sino de la creación. Sí, mujer, puesto que soy maga, puesto que soy poeta. Y sí, poeta, porque como escribes sabes todo lo que fue, lo que será, conoces el misterio sordomudo del idioma mentiroso y oscuro de los humanos al que llamamos vida”. En 1917 Tsvietáieva tenía 25 años, dos hijas (Alia e Irina), tres libros de poemas publicados (Álbum de la tarde, Linterna mágica, De dos libros) y un matrimonio en marcha con un cadete militar del Ejército Blanco, Sergei Efron. En octubre de 1917 dejó atrás una vida compleja para adentrarse en algo más terrible. Los bolcheviques confiscaban todas las herencias y nace el concepto de necesidad, que no separa la escritura del oficio de vivir. Sus diarios de la Revolución carecen de afectación política; sencillamente, escribió con el aliento lo que supuso para ella la transformación. Cuando estalla la Revolución, Marina Tsvietáieva está en Crimea con su hermana Anastasia. Regresa a Moscú en un viaje penoso. Y escribe: "Dos días y medio ni un bocado, ni un trago. (La garganta cerrada.) Los soldados traen los periódicos -en papel rosado. El Kremlin y todos los monumentos han sido volados. (...) 16.000 muertos. En la siguiente estación ya eran 25.000. Callo. Fumo. Mis compañeros de viaje toman los trenes que van de regreso". La vida por delante se vaticina como penosa, pero, lo quiera o no, tendrá que vivirla hasta ese último aliento, que será el epílogo de su alma; no es casual que se quite la vida cortándose la respiración. Observa la epidemia de sarna y se viene abajo en todos los sentidos, excepto a la hora de escribir con idéntica pasión, siempre con pasión: "Moscú. Negrura. A la ciudad se puede entrar con un salvoconducto. Yo tengo uno, del todo distinto, pero es igual. (...) Las calles desiertas, desertadas. No reconozco el camino, no lo conozco. Algo atravesamos y por algo huele a heno. Suenan disparos en los puestos de guardia: alguien no se rinde".
Así es como se libra otra guerra, la de conseguir algo de comida, que refleja con estruendo en el diario: "Las patatas están en el suelo: ocupan tres corredores. Las del final, las más protegidas, están menos podridas. Pero no hay otro camino para llegar que caminar por encima de ellas. Y entonces caminas: con los pies descalzos o con botas. Es como andar sobre una montaña de medusas. Congeladas se pegan unas a otras en racimos monstruosos. No tengo cuchillo y, desesperada (no siento las manos), tomo las que sean: aplastadas, congeladas, blandas...". Un tiempo más tarde, intentaría publicar estos diarios, pero el editor soviético le expresó con rotundidad el motivo de la negativa, en una época en la que hasta las volutas de los adornos en piedra debían expresar el beneficio político del triunfo de la Revolución, del trabajador, le comentó que sus diarios eran apolíticos. Pero ella se revela: "¿No es política la muerte por hambre de una hija en un orfanato?". En un análisis psicológico y literario de estas páginas, se podría bucear en el romanticismo y en la neurosis. Jamás abandonará, en cualquier caso, la ingenuidad: un bien elegido, una trinchera desde la que no bajar, todavía, los brazos y seguir en la batalla, seguir, como expresó Claudio Rodríguez, en derrota, pero nunca en doma.
Los diarios recogen los cuatro años vividos entre 1917 y 1921, separada a la fuerza de su marido, sin cambiarse de vestido y durmiendo en el suelo. La revolución había aniquilado las barreras de clase no por la vía violenta de las ideas, sino por el hambre, el frío, etc., por llevar al mundo al borde del abismo, allí donde solo la intimidad te salva del entorno, de los desconocidos con quienes se ve obligada a convivir. No hay trabajo digno para comprar el pan y carece de derecho a una cartilla de racionamiento. El único lugar donde puede mecerse es en la poesía, en los restos de belleza, en el agradecimiento a una mano amiga que aparece de vez en cuando entre los escombros: “No he anotado lo más importante: la alegría, la agudeza de pensamiento, las explosiones de contento ante el menor éxito, la tensión apasionada de todo mi ser – todas las paredes están garrapateadas de versos”.

miércoles, 14 de marzo de 2018

SAL&ROCA MARZO

SOBRE HÉROES Y TUMBAS

Esta vez nos hemos decantado de nuevo por la montaña propia de la épica y de la lírica. Pero también por ese otro viaje, el aguerrido, el de los héroes y las tumbas, el de quien da fe del horror de la guerra.

Robamos el título de las más famosa de las novelas de nuestro querido Ernesto Sábato, porque coincide por igual con nuestra selección del mes. Esta vez nos hemos decantado de nuevo por la montaña propia de la épica y de la lírica. Pero también por ese otro viaje, el aguerrido, el de los héroes y las tumbas, el de quien da fe del horror de la guerra. En los tiempos que corren, sorteando a unos pocos corresponsales honestos y a los emigrantes, cualquier otra forma de desplazarse es un estilo más o menos sofisticado de turismo. Por eso nuestros dos montañeros viven allí, no viajan a las cumbres. Nuestros dos corresponsales, ellos sí, nos demuestran el valor de viajar.

Durante el asedio de Sarajevo, en 1996, fueron numerosos los corresponsales de guerra que nos mostraron la supuesta cara de la incapacidad de reacción del hombre frente al francotirador. La lucha era muy desigual. Pero la mayoría de ellos no abandonaban el hotel, constituido en fortaleza. Sin embargo, dos de los enviados especiales destacaron por su honestidad: Alfonso Armada y Ramón Lobo. Si sus crónicas eran las que más nos llegaban al alma, se debía a la calidad de su prosa, sí, pero esta brotaba como una necesidad. Ambos siguieron dando testimonios de diferentes guerras. Ambos siempre con intención no ya de describirnos lo que sucedía en la línea del frente, sino de las consecuencias que tenía sobre aquellos que habían sobrevivido a las balas. Si algo importa, son las personas. Cada vida es el mundo. El universo cambia cuando alguien nace o alguien muere. Eso es lo que nos pretende acercar Ramón Lobo, en este caso desde Kabul, una ciudad a la que ningún occidental se atreve a pisar las calles si no es acompañado de un ejército y dentro de un tanque. Pero Lobo encuentra a los marginales, a los débiles, y a ellos les dedica unas crónicas que en otras manos solo podrían haber sido rezos.