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sábado, 29 de junio de 2019

HÉRCULES Y EL MIEDO



HÉRCULES Y EL MIEDO

Cuando Bob Kane creó a Batman, jamás pudo imaginarse que su detective tendría que enfrentarse a otra clase de misterio, mucho más teológico que las pruebas tipo inocente relato negro que imaginaba, como es la esencia del miedo. Si prestamos atención a Borges, la teología es la rama más excelsa de la ciencia ficción y aparentemente tendría vínculos con el miedo abstracto, al igual que los tiene con la felicidad, otra abstracción, que solo se vuelve concreta cuando un niño pedalea en dirección a las dunas y al olor del mar. Pero el miedo es el sentimiento más real, el menos ficticio y el menos científico, de todos los que existen: puede que no sepamos definirlo, pero es imposible negarlo cuando aparece y aparece con frecuencia. Por encima del amor, el miedo es la emoción que mueve al mundo. Todos hemos recibido en carne propia la maldad que se sigue a un acto de cobardía, esa que nos dejó la carne viva al aire, una llaga que todavía supura, y, deberíamos confesarlo, todos hemos evitado ser mejores, en algún momento, por no mostrar un arrojo mayor, por no exponernos, como sí se expondría Batman, para limpiarnos el sudor, por temor a las secuelas en el propio cuerpo. No existe diferencia entre el malvado y el cobarde, pues el resultado de sus actos es igual de pernicioso, aunque se supone que uno debe hacernos temer y el otro se limite a reflejar ese temor. Y se nos conoce no solo por nuestros actos, también los malvados y sobre todo los cobardes, sino sobre todo por sus consecuencias.
Batman vino al mundo para igualar un poco la balanza en términos de justicia: ya que no podríamos aspirar a un mundo con más armonía, al menos tendríamos uno, ficticio, pero en el que podríamos habitar algunos ratos, en el que el bien saldría ganando para los que siempre pierden, al menos mientras durase la lectura del cómic. Y, sin embargo, esa armonía se va perdiendo en favor de la venganza. El mito moderno del superhéroe es la derivación del más clásico y más universal de los mitos, el de Hércules. El sueño de que un hombre imbatible vaya por el planeta repartiendo el bien, equilibrando la balanza y haciéndonos sentir que todos y cada uno de nosotros somos personas y no rebaño humano, está en todas las culturas, en todas las teologías. El tipo es justo y fuerte, y además tiene siempre la palabra y el gesto oportuno, el cariño oportuno, para afianzar nuestra autoestima en el momento en que más la necesitamos y ponernos a flotar sobre un mar de nubes, o en bicicleta, en dirección al mar. En un territorio, el del planeta, en el que las expresiones más repetidas son que hay que ponerse las pilas o cambiar de chip, que te has pasado tres pueblos o que a tu madre le salía el gazpacho muy rico, la presencia de Hércules rompe en pedazos los lugares comunes.
Pero antes de comentar el mito moderno, debemos aclarar que estamos leyendo el de Hércules obviando su primera función, la creación de un superhéroe que estaba vinculado a proyectos de corte imperial, justificando, con sus trabajos y milagros un puesto en el Olimpo, donde rige el orden de los seres superiores, una proyección de clases reaccionaria; el Olimpo, y con él los semidioses, justifica estructuras de poder de los que se beneficia la aristocracia. Se nos figura, así, que la faceta importante de él es la que le asemeja a Superman, el Hércules moderno por excelencia, pero no, no es del todo exacto; la zona de su temperamento que nos reconforta es la más humana, la de Batman sin riquezas o, si se quiere ver de esta manera, la de Robin Hood. Con cualquiera de ellos como compañero de piso, nadie viviría con miedo y sin miedo, como sin psicopatía, todos somos buenas personas. Pero es a la segunda vida de Hércules a la que queremos referirnos. Recordemos: el Hércules Superman es el hijo de Zeus, el semidiós al que se le encargan las doce pruebas y se muestra astuto y con una fuerza capaz de mover continentes. Es invulnerable y se sabe invulnerable, hasta el punto de que no tiene por qué sentir miedo cuando se enfrente a la Hidra. Ningún dragón le hará sangrar. Sería un héroe aburridísimo de no haberse ideado un margen humano en el que naufragará.
Después de las doce pruebas y el reconocimiento de los dioses, felizmente casado, vivirá como un campesino con su mujer y sus dos hijos. Hasta que la diosa Hera le hace enloquecer y, durante una pesadilla, asesina a su familia. Cuando despierta y comprueba lo que ha hecho, Hércules enloquece. El resultado de su locura lo comprobaremos en una serie de televisión que corrige al Hércules de la aristocracia y de los estoicos, esa corriente filosófica determinista para la cual la libertad consiste, a grandes rasgos, en aceptar el destino. Y el destino lo deciden los poderosos, en el Olimpo, y los malos, en la Tierra. Será la bendición para el resto de los humanos, siendo la humanidad aquella gente que le sale al camino. Hércules echa a andar y vaga, por el resto de sus días, entre gente humilde a la que ayuda con sus poderes y su agudísimo sentido del equilibrio, de la armonía, de la justicia. Al fin y al cabo, la justicia no consiste tanto en la compensación, ese reflejo que vemos en forma de venganza en tantas películas violentas, como en la construcción de la armonía: la armonía entra en el territorio de la música, es personal; la venganza en el del ruido y no puede ser un sentimiento porque atañe al dolor de los demás.
Este tema de Hércules está reflejado a través del actor Kevin Sorbo, en una producción de una factura un tanto infantil, pero que nos muestra bien a las claras qué es lo que salvará a Hércules, y con él al resto de la gente: su mejor amigo, darse cuenta de que sigue queriendo y sigue mereciéndose ser querido. Hércules intentará, en primera instancia, dar la espalda al mundo, hasta que sabe que su amigo, y con él un amor sin condiciones, está en riesgo de muerte. Y entonces regresa de la locura propia para participar de una locura aún mayor, la de enderezar, aunque solo sea para unos pocos y hasta el final del capítulo, el torcidísimo rumbo del destino. Al final de cada capítulo los humildes salen del aprieto. Pero todos sabemos que la realidad no se fragmenta en capítulos cerrados, que al oprimido le llegará más opresión y que difícilmente saldrán las cosas bien, porque si Hércules es héroe, el resto de los personajes son antihéroes y, por tanto, su vida en el planeta de las injusticias divinas, semidivinas y humanas con justificación divina, requiere mucho más coraje.
Las capacidades atléticas del Hércules que interpreta Sorbo le permiten tener una inusitada fe en sí mismo, pero será la compasión lo que le impide caer en la arrogancia. Será la empatía, el amor al desconocido, y no la musculatura, la cualidad que defina a Hércules, la misma que comparte con Batman, y que es la que distingue su trastorno obsesivo, la psicopatía de Batman, del que empaña al Joker, al archienemigo. Pero el superhéroe moderno, Batman, supera al clásico Hércules en una valentía física. Porque Hércules, como Superman, no la necesita. Desconocen lo que es sentir miedo a sufrir daño, no pueden padecer miedo al dolor en el cuerpo, miedo a la muerte instantánea, imprevista, violenta. Saben que una bomba no les hará papilla y que las balas y los puñales rebotarán en el pecho. Nadie es capaz de escribir la crónica de su muerte anunciada. Temen perder a los seres queridos, claro, como todos, pero hubo que inventar una kriptonita para humanizarlos. Batman, sin embargo, nace con la kriptonita incorporada: si un asesino le apunta con una pistola, tiene que ser valiente, porque sabe que puede morir y con él morirá el sueño de la justicia. Batman es el superhéroe que mejor representa el miedo, la esencia del miedo, porque no le queda más remedio que sobreponerse a él con las herramientas que tenemos cualquiera de nosotros: carne y sangre. También está el tema del dinero, pero un superhéroe de posterior creación, Daredevil, corregirá esa anomalía: se trata de un abogado pobre, ciego y católico en un mundo sin Dios, sin otra teología que no sea la de las drogas y las navajas. A Batman, sospechamos, todo le sale bien porque es millonario y esa condición le otorga otro carácter semidivino, aristocrático, estoico. Daredevil no hará otra cosa que no sea padecer pérdidas, pelear bajo la lluvia, luchar contra el mal esquina a esquina, sabiendo que el mal se extiende continente a continente.
Batman, o al menos el Batman que aparece en las películas de Christopher Nolan, y su corrección, Daredevil, del que existe una serie en Netflix con momentos en que se muestra la oscuridad que nos acompañará desde el momento en que elegimos respirar, son los superhéroes más teológicos, en el sentido en que la ficción, y sobre todo el cine, ha creado una nueva teología, una ciencia que versa sobre un dios colectivo, policéfalo y cotidiano, un dios con el que podemos compartir algo más que las plegarias y el deseo de una vida eterna entre algodones. Un dios, en definitiva, que nos consuele aquí y ahora, un dios de los hombres y no de los espacios siderales, de los cielos; el dios que va a comprar el pan y no el que resucita a los muertos. Aunque a Batman, incluso en sus versiones más románticas, el pan lo sigue comprando su mayordomo, que es el personaje que hace creíble a Bruce Wayne, el millonario obsesivo que se viste de superhéroe.
Ha sido Christopher Nolan quien mejor supo entender que era hora de pegar al superhéroe al suelo, a la ley de la gravedad y a las leyes del envejecimiento. El tema que ronda la película Batman Begins, tal vez la mejor película del género rodada hasta la fecha, es la definición del miedo. El miedo es un concepto confuso, entre otros motivos porque permite la angustia frente a peligros que no son reales. Pero es un sentimiento claro. Uno puede desconocer la consistencia de su miedo, pero reconoce la intensidad. Batman Begins relata el origen de Batman, afectado por la razón del miedo en diferentes módulos, representando a un personaje que, de hecho, intenta compartimentarlo para tratar cada faceta del miedo como si fuera fácil disociarla del resto de nuestra entereza o nuestra debilidad. En la película comprobamos que está presente la angustia del miedo propio, apenas consolado por las figuras paternas, y también están los maestros que le enseñan en qué consiste, en qué consisten los miedos, pues serán plurales, como lo serán los enemigos, que, a su vez, le intentan mostrar los caminos para dominarlos. Antes de comenzar el aprendizaje, un mafioso le dice a Bruce Wayne que se tiene miedo a lo que no se comprende. Ese mismo personaje soltará, frente a otro protagonista, más adelante, la idea de que es mejor no intentar entender a la gente que tememos.
Ambas ideas formarían una aporía de no ser porque se refieren a los dos lados de la piel. Intento explicarlo: se nos intenta inculcar la consigna de que no deberíamos temer a nadie, a no ser que uno crea en un dios vengativo y violento, porque hay otro dios, más semejante a Batman o a Robin Hood -que, como Daredevil, no es millonario- al que llamamos la vida y que, afirman los lugares comunes, nos pone a todos en nuestro sitio. La vida no pone a nadie en su lugar y, si lo hace, lo hace con escasa potencia. En la vida uno recibe lo que recibe, no lo que se merece.
De ahí la importancia de los mitos, especialmente del Hércules de Kevin Sorbo, que corrige al griego, o de Daredevil, que acierta donde se equivocó Bob Kane al crear a Batman. Se trata de mitos donde todo cobra el sentido del que carece la fatalidad. Que el relato tenga sentido nos alivia. Porque, de otra manera, lo que nos pasa es que nacemos, suspiramos y morimos, así, sin ningún tipo de trama ni de permiso para alterar el curso del río de la vida. Este podría ser el miedo esencial, el verdadero rostro del pecado original, y no el temor a Satanás y a los demonios que caminan por la calle o se desplazan en limusinas. De hecho, el problema de intentar entender a la gente que tememos no es nuestra incapacidad para dar con sus claves, sino el disparate que suponen sus códigos. A nuestra disposición están las guías de diagnóstico psiquiátrico para explicarnos quiénes son esos tipos, cuáles son las ilaciones de su incoherencia. Si se les intenta entender, a poco compasivo que uno sea, se tendrá la tentación de curarlos. Y al mafioso solo le interesaba su codicia y no la suerte de Bruce Wayne; no era, precisamente, un consejo de maestro zen el que le estaba regalando cuando le advierte en qué consiste el miedo, era una amenaza.
Lo único que en la película se nos muestra que aleja a Batman de los malvados, es precisamente la compasión: a pesar de una dura educación sentimental, es capaz de sufrir cuando el otro sufre y de reír cuando el otro ríe. Por eso es tan importante conservar la compasión, porque es lo que diferencia al Hércules de Kevin Sorbo de cualquier dios de la guerra, a Batman de Joker, a Superman de Lex Luthor, a Daredevil de Kingplin, a Robin Hood del sheriff de Nottingham.
Sin embargo, nos quedaría dilucidar a qué se refiere el mafioso cuando le espeta a Bruce Wayne que tenemos miedo a lo que no comprendemos, una máxima que él llevará hasta sus últimas consecuencias en su cruzada, con esa caracterización negra y demoníaca que le aproxima a las figuras góticas de terror, y que nos devuelve a los pánicos propios de la Edad Media. La intención es, exactamente, que la figura cree pánico. Recordemos que se definía como pánico a ese terror que sufrían los pastores griegos cuando escuchaban ruidos de origen incierto, encontrándose solos en el monte, y que atribuían al dios Pan; en definitiva, a un miedo a lo desconocido, a la incertidumbre, a lo que nos ataca por la espalda.
El origen de la idea se retrata en las dos inmersiones al miedo que el niño Bruce Wayne padece hasta llevarle a un estado de shock: la primera es una caída en una cueva llena de murciélagos, unos animales propios de las brujas y los terrores nocturnos; la segunda será el asesinato de sus padres. De la primera se repone gracias al cuidado, las caricias y los abrazos de, precisamente, los padres. La segunda termina por derivar en un gravísimo trastorno de estrés postraumático (TEPT). La intuición que señala que el crío al que no se le ha abrazado bastante, besado bastante, querido bastante, atendido con suficiente ternura, tendrá más posibilidades de desarrollar una enfermedad neurótica como el TEPT, la desarrollan los guionistas de forma bastante expresiva, gracias también a unos secundarios de lujo (Michael Caine, Morgan Freeman, Gary Oldman, Rutger Hauer), incluso para tratarse de una película en la que sabemos que la ficción superará las líneas rojas de lo verosímil, de la representación que se atañe a la realidad y a las razones de la realidad.
El personaje se disociará y mostrará dos rostros: Batman será el auténtico, el genuino, el sincero, y también el vengador, el guerrero brutal; mientras que Bruce Wayne será la némesis del superhéroe: millonario, excéntrico, borracho, mujeriego, superficial y, por tanto, aunque de otro modo, también un bruto. Sabemos que no es un trastorno bipolar porque, practique la personalidad que practique, en ninguna de ellas el personaje siente miedo o, para ser exactos, en ambas ha aprendido a convivir con él y, sin serle indiferente, lo encara. Pero ¿de qué consistencia es el miedo? ¿Cuál es su fundamento?
No parece que nos estemos refiriendo a un miedo concreto, como sería, sin ir más lejos, el miedo a la muerte, que es definitivo y el que gana la partida a las demás carreras del terror. El miedo, el de Batman y en gran medida el nuestro, como en los ataques de pánico, es al propio miedo. Y los ataques de pánico los sufren quienes padecen TEPT, los niños que no recibieron suficiente cariño, o suficientes muestras de cariño, como para compensar el accidente vital que les llevó al TEPT, a un registro de locura que aparece a capricho y con una intensidad de final olímpica: el recuerdo de la muerte de los padres de Bruce Wayne y el del padre de Matt Murdock, el abogado que esconde a Daredevil, o el de la cueva de los murciélagos, que es igual al miedo a la oscuridad, a la noche, a la ceguera, o el asesinato de la mujer y los hijos que sufre Hércules. Para quien le cueste imaginar cómo es lo que impulsa a Bruce Wayne a crear al Batman que vemos en la película, les sugerimos que suponga cómo sería despertar encerrado en un ataúd, boca abajo, con un pañuelo en la boca, sin luz y con las piernas rotas, y con una temperatura interior de cincuenta grados. Antes de que el equipo de rescate pudiera salvarte con un kilo de alprazolam bajo la lengua, uno se provocaría un infarto.
Batman decide adoptar la pose de eso desconocido que le sugirió el mafioso, para impresionar a los criminales, la imagen de demonio que repetirá Daredevil. La intención es la de disparar con ventaja, sacar el revólver antes de que los rivales estén situados en posición de duelo. Se viste al estilo de la representación del mal que vemos en las gárgolas de las catedrales, por ejemplo. El truco podría no tener mucho más efecto que el un disfraz de Halloween, de no ser por su formación en artes marciales y la que recibe en un monasterio perdido de Asia, donde le enseñan a manejar los propios miedos, a tragárselos, a combatirlos con fuerza física y aprendiendo a leer el entorno, porque en las películas de Batman de Christopher Nola, el entorno siempre es hostil.
Esos, los miedos autónomos, los intratables, los fantasmas, es el tema de la película. Si uno presta atención a cada personaje, desde el mafioso al policía, desde el villano R’as-Al-Ghul hasta el mayordomo, las versiones del miedo pueden variar, pero todas están relacionadas no con lo que sucederá, sino con qué será de ellos en caso de que suceda. El miedo que sienten es a no ser capaces de dominar la tristeza, el odio, la justicia o su cuenta corriente. Ante el descalabro de una gran tragedia, lo peor es no saber cómo reaccionaremos. A la hora de la verdad, el único miedo auténtico es a la parte que desconocemos de nosotros mismos. De ahí el éxito de Batman: al inventarse dos personajes, en uno, Bruce Wayne, puede colgar el miedo social y en el otro, Batman, el propio. Se trata de una terapia de exorcismo, pero que viene a través del autoconocimiento, lo cual nos vuelve a remitir a las regiones perdidas de Asia, a las religiones de las montañas del Himalaya, a los monjes de las túnicas rojas y naranjas, y también, aunque de manera más burguesa y prosaica, a Freud.
El triunfo de Batman, lo que le hace, con frecuencia, el superhéroe más querido, es su vulnerabilidad. Superman, el Hércules moderno, es un personaje aburridísimo. Fue necesario inventarse la estupidez de la kriptonita para humanizarlo, para que fuera, escasamente y sin rigor, uno de los nuestros. En realidad, lo que más le acerca a los humanos es su enamoramiento y las debilidades que con él se muestran: una mayor sensibilidad, una mayor intensidad de sentimientos, un incremento del deseo de hacer el bien, una preocupación por el otro, una entrega sin concesiones a los principios de la lealtad.
El superhéroe que vemos brotar en Batman Begins precisa de toda esa humanidad, la del enamoramiento, para trazar un camino fuera de la ruta que el destino, o lo que creemos que será el destino y que es tanto como decir el miedo, ha trazado para él: de seguir su instinto, se convertiría en un psicópata. Se trata de algo así una debilidad elevada a la máxima potencia, porque todos tememos volvernos locos; lo que nos remite, de nuevo, a la parte que ignoramos de las piezas y los equilibrios de piezas que nos constituyen, de nuestras posibilidades y probabilidades de conocerlas en condiciones. Los traumas de Bruce Wayne son de tamaño sideral, pero los sanatorios psiquiátricos no están llenos de gente que ha perdido a su madre, sino de gente que se vino abajo porque un día descubrió que había olvidado cómo atarse los zapatos. Bruce Wayne / Batman lleva tal control de su vida, día y noche, que nos preguntamos si ese TEPT no habrá derivado en un trastorno obsesivo. Como si nuestro superhéroe pensara que al miedo se le pudiera tener bajo control no permitiendo ver un cuadro torcido.
El tema es de tal enjundia que a Christopher Nolan le permitió seguir disparando escenas de acción hasta cerrar una trilogía potente. Pero en las dos siguientes películas, al carecer de este punto fuerte, de esta referencia, la reflexión sobre el miedo, le costará resolver el paso de los minutos y fiará el final a una épica de efectos especiales que resuena demasiado a lugar común: una bomba cada vez más grande, las batallas sumando más y más gladiadores. La desgracia quiso que el personaje terminara en manos de Zack Snyder, que es algo así como el hermano gemelo de Tim Burton, pero con los recursos de CGI a su alcance: infantil, cruel, torpe y manierista. Hay cineastas que olvidaron que el suyo es un oficio de alto octanaje artesanal y se creyeron autores de leyendas, creadores de estilos, y se limitan a ser creadores de sí mismos, y lo que muestran de uno mismo no termina de merecer la pena.
Antes hemos mencionado el miedo a lo concreto: el miedo a caerse, el vértigo, el miedo a probar algo arriesgado, el miedo a lo que no podemos controlar, que es el suceso inmediato, el miedo al dolor físico, el miedo al más fuerte, el miedo a perder el trabajo, el miedo a la pobreza o las fobias. De entre todos ellos, hay uno que destaca con suficiencia: el miedo a la muerte. ¿Puede haber un miedo más aterrador que el que sentimos al pensar en el fin de nuestros días?
Sí, es posible.
Existe un miedo que termina por derribar el miedo a la muerte, y éste es el miedo a la vida. Llega un momento en que la vida exige demasiado y demasiadas veces, un momento en el que uno se fatiga, en que ha acumulado un exceso de vida, y jamás se recupera, porque ya ha perdido el beneficio del descanso, porque carece de energía para reinventarse por millonésima vez. Solo una gran ilusión podría empujarnos, entonces, a un último acto heroico, y esa gran ilusión siempre viene en forma no de amor, porque el amor es una abstracción, sino de algo tan concreto como la muerte y el miedo a la muerte: lo que se conoce como amar y ser amado.
El tema está en otra de las pocas películas de superhéroes que merece la pena ver: Logan. James Manglod crea una película, es posible que por casualidad, que certifica el crepúsculo de los superhéroes. En esta ocasión, la exégesis más interesante consiste en azotarnos con la idea de que Hércules también muere, pero al contrario que en el semidios griego, no hay Olimpo, no hay nada que nos reconforte: muere y, sencillamente, desaparece. Es algo que nos cuesta aceptar mucho más que la muerte de un ser querido y que la propia muerte: Hércules, estábamos seguros, era inmortal. Pero tal vez convenga poner un poco al tanto al lector acerca del personaje de Logan, Wolverine, Lobezno.
En el cómic es un tipo bajito y siempre enfadado, un asesino profesional, un solitario que no puede morir, debido a la capacidad de regeneración que posee su biología, y que no puede romperse al tener los huesos forrados del metal más duro del planeta; es arrogante y sangriento. Es un arma imperialista, a quien su creador, para disimular un poco el idealismo de la autocracia cuya rebeldía se limita a maldecir, le otorgó nacionalidad canadiense. Es el más violento de los superhéroes de Marvel, el pretendido verso suelto que necesitaba para justificar hazañas sangrientas. Sus armas defensivas son los sentidos afilados de un lobo y sus armas ofensivas unas garras retráctiles también irrompibles. Su figura y su ingenio pueden disimular su función, pero se nos antoja que es un personaje creado para justificar estructuras de poder canalizando el contrapoder a través de una mala sangre que está en función de la misma ideología que la bondad de Superman.
Cuando se llevó por primera vez a la gran pantalla, en lugar de a un canijo corpulento se eligió para interpretarlo a Hugh Jackman, uno de los actores más sexis de los últimos cuarenta años, que en esta entrega, en Logan, conserva del Lobezno original la violencia sin reparos, sin remordimientos, sin cortapisas, sin censura. Sabemos que el personaje ha vivido mucho tiempo, demasiado, más de doscientos años, gracias a las entregas anteriores, y que viviría al menos otro tanto de no ser porque el mismo metal que le hace casi invulnerable le está envenenando. La intoxicación por metales pesados no tiene tratamiento y su único analgésico pasa por las botellas de bourbon que se pegan a la palma de su mano como las paredes a los dedos de las lagartijas.
La enfermedad que vaga por sus venas duele tanto como la del recuerdo: sus compañeros han fallecido, y su muerte la causó la degeneración del mentor de todos ellos, un mutante con poderes mentales: en un ataque senil, fulminó todos los cerebros a su alcance. Logan está cuidando a este personaje, del que apenas queda nada que no sea un anciano con algo parecido al alzhéimer, con sus destellos de brillo y lucidez y sus caprichos nonagenarios, y Logan se ofrece a ser su tabla de náufrago. Y está aguardando a que ese último amigo fallezca para poner él, a su vez, fin a sus días: su miedo a seguir viviendo es muy superior al miedo a la muerte. Al final, uno no hace sino preguntarse que debe haber otra forma de vivir, que debería haber otra forma de haber vivido. Y somos tan estúpidos como para someternos a la tortura de convencernos de que esa ruta alternativa llegará demasiado tarde para nosotros. Caemos en la autocompasión y nos decimos que ya no tiene remedio. Uno anhela, sin saberlo, ese suspiro, ese beso, ese abrazo que justifique toda una vida, de noventa años, como la del mentor de Logan, el profesor X, o de trescientos años, como la de nuestro personaje.
Es otra intuición que uno se siente tentado a repetir: todo lo que merece la pena es pequeño, muy pequeño, tanto como para que sea imposible que se nos escape durante todos los segundos de toda la vida. En algún momento nos hemos cruzado con ello y tal vez no se nos ha escapado, lo hemos visto, lo hemos sentido y lo hemos disfrutado. Pero optamos por el lamento, por quién sabe qué fragilidad de la condición humana que nos lleva a un desahogo autocompasivo. Eso, ese momento dorado, es lo que terminará por vivir un Logan al que la vida no parece haberle regalado nada de luz. Tras una existencia mercenaria, irritante, con cuerpo y alma siempre al límite, rompiéndose y reconstruyéndose. En ese sentido, es el superhéroe que mejor representa la resiliencia del universo paralelo, el de los mitos modernos, el de los nuevos Hércules, que se ha creado en los cómics y en el cine.
La película está lejos de ser una obra maestra, y no tiene muchas pretensiones fuera de la ficción tradicional futurista, esa en la que se nos revela que estamos perdiendo la guerra por ser más humanos, por ser mejores personas, la misma guerra que libramos contra los mercaderes y los racistas. Merece la pena verla, aunque solo sea por la crítica a los transgénicos que los guionistas colocaron a modo de subtrama: gracias a empresas como Monsanto sabemos que lo contrario del maíz también se llama maíz. Y en la cinta no solo se censura la tendencia a la extensión de los cultivos Frankenstein, sino que se advierte contra la propensión a expandir la manipulación genética hasta afectar directamente a la humanidad, tanto a la humanidad como conjunto como a las buenas cualidades que nos harían hombres buenos: la empresa maldita llega a crear un Logan transgénico, sin afectaciones humanas, y así a partir del material biológico, crean la mejor arma de guerra. Da la sensación de que el antónimo de poesía es transgénico, al igual que el de utopía es préstamo hipotecario o fondos de inversión.
Si se están imponiendo los transgénicos y los préstamos hipotecarios, es por algo que, a falta de una palabra mejor, llamaremos supervivencia. Cada especie ha desarrollado su mejor herramienta para facilitar la supervivencia: las garras, las piernas, las espinas, la vista, la astucia, el veneno, el camuflaje, el tamaño, los colmillos, el olfato y, en definitiva, el terror. En el caso del homo sapiens, la herramienta es el cerebro y las insólitas conexiones neuronales. Estábamos convencidos de que el cerebro está programado para la creatividad, para la imaginación, para la aritmética, para el ajedrez, para las matemáticas, para la sintaxis, para la filología, para la erudición o para la generosidad. Y, sin embargo, el cerebro se ha desarrollado con una única finalidad, que es la de conseguir que sobreviva el cuerpo. Lo demás son minúsculos satélites que orbitan en torno al afán por sobrevivir de cada individuo, por encima de todo y, lo peor del caso, por encima de todos, si fuera necesario. Aun así, nos permite los dos o tres buenos momentos que justifican una vida entera y que siempre están relacionados con los demás. Aquí y ahora queremos definir la vida como esa llamita en la punta de una vela, en un lugar donde sopla un vendaval, pues así se refería a ella el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Y frente al vendaval oponemos la inteligencia.
Entonces, ¿qué puede llevar a un héroe, a un superhéroe, a elegir, contra los instintos y contra el cerebro, morirse? Si con la inteligencia intentamos modelar nuestro entorno para facilitarnos la supervivencia, será con la inteligencia con lo que nuestro Hércules opte por apagarse. Están lloviendo demasiados ladrillos de canto y solo nos queda la opción de abandonarse al vendaval. El personaje está rengo, y cultiva canas, y unas ojeras como para albergar un invernadero de gérmenes. Ha elegido un canto del cisne, que consiste en llevar a su último amigo, al nonagenario moribundo, mar adentro para descansar hasta que respiren el último aliento. Y da la sensación de que tiene previsto que ese último aliento lo exhalen ambos a la vez. No sabemos cómo, pero allí, en el paraje del mar escondido, donde se perdían los vikingos camino del Valhala, ha programado la desaparición, la despedida de un mundo que le ha resultado, finalmente, ingrato, tan hostil, la despedida de un mundo que nos agota demasiado y demasiadas veces. Nada más empezar la película se ve a Logan bebiendo bajo la lluvia, en un cementerio, junto a las lápidas de los mutantes, los seres que fueron lo más parecido a una familia que pudo encontrar. De nada les sirvieron sus poderes acorazados o adaptativos cuando el ataque les fundió el cerebro, la herramienta propia del hombre para la supervivencia.
Logan está muy afectado por el tema de la inmortalidad. Vivir para siempre es una estupidez: ¿quién puede disfrutar de cada momento, con el desgaste que eso supone, sabiendo que va a sumar muchos más momentos de los que puede contar? El miedo que sentimos con más frecuencia viene de la despedida. En el caso de Logan, al darse cuenta de que si toda la gente que ha querido ha muerto, no tiene sentido seguir viviendo: no existe una extensión de desierto más grande que la de no sentir afecto.
Y es que el modo en que nos invade el miedo cubre las vísceras con una sensación que se asemeja mucho a la tristeza. Cuando Logan no puede manejar tanta tristeza, se ve superado por el miedo a seguir viviendo y olvida el miedo a la muerte. No importa que estemos programados para la supervivencia: el miedo es más fuerte que el instinto, cuando ambos se contradicen. Aunque la película nos da un atisbo de ilusión, un canto del cisne, cuando nos recuerda que en este viaje la gente se baja en marcha, sí, pero también sube de vez en cuando algún individuo decente al mismo tren en el que viajamos nosotros. Solo las personas sustituyen a las ilusiones, solo la gente mantiene encendida la llamita en la punta de la vela. Aparecerá una niña y Logan recordará que solo hay una cosa por la que merece la pena seguir adelante, que es querer y ser querido. Y sí, sabemos que la partícula “y” señala una yuxtaposición, como si se tratara de dos elementos, pero eso nos lo dice el cerebro, ese órgano preparado para la supervivencia. Hay un montón de cosas que saben las células del cuerpo y que ignoran las de la materia gris, y que el efecto de querer y ser querido sea un aura, un solo sentimiento, y no dos direcciones, es una de ellas. El mito del Hércules de Kevin Sorbo, el del individuo que ayudaba a la gente con necesidades, da fe de ello. Verter cariño sin parar, por babor y estribor, supone recibirlo en oleadas.
Nadie se escapa a la maldición de las necesidades. Una vez resueltos los asuntos de comer y dormir, la siguiente necesidad en nuestra pirámide es el afecto. Se sabe que, al contrario de lo que parece dictar la inteligencia, a la que llevamos un rato maldiciendo, las personas con carencias afectivas durante la infancia serán a las que se quiera con más intensidad, porque el cariño proyectado hacia ellos responderá al que ellos dirigen hacia los demás. Privados de abrazos, tenemos más posibilidades de desarrollar trastornos neuróticos como el de estrés postraumático. La prevención pasa por abrazar mucho a los niños. Pero si en tu infancia no fuiste tan querido como para crecer compensado, emocionalmente compensado, buscarás, como buscaba Logan, con mucho ardor y, eso sí, poca pericia, querer y ser querido. El personaje se nos presenta como un individuo que, en el pasado y en escasas ocasiones, amó hasta el extremo y su canto del cisne consiste en comprobar que esa capacidad sigue intacta. Esa es la vacuna contra el miedo, contra un miedo tan insuperable como lo es el miedo a seguir viviendo, el que ha llegado a cubrir con su malestar hasta al más esencial y más concreto: el miedo a la muerte.


lunes, 24 de junio de 2019

LA EXCELENCIA DE LAS MUJERES


La excelencia de las mujeres
Plutarco
Traducción de Marta González González
Mármara
82 páginas

En el sistema del patriarcado, el coraje se atribuye al hombre. Nos referimos al patriarcado clásico, al que define la academia como una organización social primitiva en el que la autoridad la ejerce un varón. Y nos referimos al coraje activo, el que actúa. Porque existe otro coraje, el de la resistencia, el de la no resignación, el de quien no se puede mover porque le muerden demasiadas presiones los tobillos y las muñecas. Esa otra forma de valentía puede compartirla la mujer con el hombre. Pero Plutarco no nos lleva a esa resistencia, sino a la rebeldía. Las mujeres sobre las que elige hablar tienen más que ver con Espartaco que con las anónimas hijas de su tiempo. Aunque el libro, al ser un retrato plural, es una historia de historias, uno de esos escasos ejemplos en los que descubrimos que el protagonista de lo que ha sucedido en el mundo ha sido la gente, no los militares ni las circunstancias sociopolíticas.
Plutarco consigue que veamos a las mujeres como un subgrupo, casi como una tribu. Y hace de ellas unos seres deslumbrantes. Es cierto que el texto rezuma la consistencia de la época en la que se escribió, cuando las mujeres estaban siempre a la espalda de los hombres, cuando no tenían derecho a votar en las jóvenes democracias y en las primeras repúblicas. Pero el respeto con el que habla de ellas nos refiere admiración, con prudencia, pero admiración. Se trata de mujeres que intervienen contra villanos, contra guerras, contra tiranías. Su actuación es puro coraje, pero sus motivaciones entran en el ámbito que se atribuía, casi exclusivamente, a las mujeres y a los poetas: el afecto, la franqueza, la fidelidad. Y también un sentido equilibradísimo de justicia, un impulso que no las permitiría respirar sin pasar a la acción.
El libro es de una erudición recomendable, con las características del más puro estilo clásico: una sintaxis perfecta, gracias también a la excelente traducción de Marta González, y una estrategia de predicar con el ejemplo, un ensayo en el que la opinión se deduce de la acción, en el que el pensamiento se expresa con el relato.

jueves, 20 de junio de 2019

INCIERTA HISTORIA DE LA VERDAD


Incierta historia de la verdad
Xuan Bello
Rata Books
Barcelona, 2019
285 páginas

Tan extraño como amable es este dietario que Xuan Bello (Asturias, 1965) nos entrega con la misma pasión de tono otoñal con que ha escrito buena parte de su obra. Los textos, cogidos con la misma disciplina con la que funciona la memoria, es decir, agarrados al vuelo, se van encadenando como se encadenan los sueños. Se trata de una especie de conversaciones que Bello mantiene con la poesía, pues es la poesía lo que más influye en esta obra: el verso, el tiempo, la naturaleza, paisajes, la belleza, el lirismo y la serena aventura de estar vivo.
No hay sentencias tipo aforismos, pero los textos sí están repletos de buenas frases, más propias de compañeros de camino que de maestros, más propias de quien esclarece que de quien deslumbra. La sensación que da es que Xuan Bello sabe, con certeza, que lo que va aprendiendo no son datos concretos, no son verdades absolutas, no son resoluciones matemáticas: de lo que le va saliendo al camino extrae intuiciones, ideas que se aproximan pero que no dictan, no genera otra corriente que no sea la de una alegría de vivir propia de la contemplación. Y desde la ventana a la que se asoma al mundo, se asoma, a su vez, a la memoria. Hay algo de melancolía cuando recuerda, pero sabe tratar con ella en términos sin neurosis, sin caer en la depresión ni en la nostalgia. Sabe que allí están los parajes de lo que ha ido aprendiendo y sabe que ir aprendiendo es la esencia de ir viviendo. Lo contrario, nos condenaría a ser zombis o vampiros, los dos tipos de monstruos no muertos más populares.
En algún momento menciona la bondad que le supone abrir libros amados y se empeña en participar de ese espíritu también en la faceta creativa. No se le puede atribuir falta de sinceridad a Xuan Bello. Tal vez nuestra música interior no se acompase a la suya, pero como lectores nos debemos a seguir esa misma ruta que sigue él, la del aprendizaje, la apertura al mundo, aunque se nos antoje un mundo pequeño, romántico en un estilo que echamos de menos, de manera que el resultado es la obra de una suerte de poeta corsario. Su tabla de abordaje, ya lo hemos mencionado, tiene la madera de la memoria, con la que mantiene una relación no servil, más semejante a la del mejor violinista con su instrumento, del que puede sacar música algo triste, pero jamás desafinada. Aunque no llamamos a confusión: no hay tristeza, hay cierto orgullo, el de las confesiones de las cosas buenas, de las cosas que a uno le ha provocado ser mejor persona, algo para lo que deberíamos estar dispuestos a todas horas, tanto en la vigilia como en los sueños. Porque de la materia de los sueños también están hechos estos párrafos. En una época demasiado civilizatoria, demasiado urbana, son aire fresco.
Para ello, Xuan Bello deja al margen la creación de cualquier narrador para dar paso al autor. Asistimos a las confesiones que van trazando la cartografía personal y temperamental del autor, un viaje vertical hacia lo más profundo de la bendición de ser humano. Y esa bendición es un relato que nos deberían contar a diario, antes de desayunar, para que nos olvidemos de lamentar que no todo lo que sucede viene por la buena suerte, para que recordemos que podemos elegir el punto de vista desde el que asistimos a los actos que el destino nos va deparando, de manera que podemos hacerlos más nuestros, integrarlos en la música interior.

martes, 18 de junio de 2019

CAZADORES EN LA NOCHE


Cazadores en la noche
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Barcelona, 2019
343 páginas

Los efectos de la colonización no solo atañen, y atañen negativamente, al colonizado, también al colonizador. No es necesario recurrir a los grandes clásicos en África, Asia y América, que incluyen genocidios y, por tanto, asesinos, con toda la carga moral que nos mellará hasta el fin de los días, basta con mirar al entorno más próximo y lamentar el efecto del turismo. No nos atrevemos a mencionar el efecto pernicioso del viaje, dado el respeto al término que tenemos, y en el plural se incluye al mismísimo Lawrence Osborne. Sería inevitable empezar por el impacto medioambiental, pero la deducción que extraemos de esta novela no se refiere tanto a la naturaleza como a la ética, se atañe mucho a lo humano, al individuo, a errar en el doble sentido de la palabra: vagas y cometer errores.
Osborne nos guía al loadísimo mundo de los Backpackers: jóvenes que se resisten a aceptar que forman parte de la masa turista, que viajan durante unas temporadas más o menos largas, con bajo presupuesto y creyendo que la mochila es su casa, cuando su casa no deja de ser el dinero. Lo que para un europeo es un bolsillo casi vacío, en el sudeste asiático es riqueza. Estos vagabundos voluntarios tienen, a su vez, diversos estratos. La mayor parte de ellos elegirían quedarse en Camboya, en Laos, en Tailandia, en Vietnam, en Indonesia. La mayor parte de ellos no se atreven, a no ser que surjan otros lazos. Se limitan a sentirse vagabundos voluntarios y protagonizan unos viajes que empalidecen frente a su opuesto: el de los refugiados que recorren miles de kilómetros desde Asia para darse de bruces con la mala fortuna que les espera en el trastero del mundo desarrollado.
Osborne llena la novela del ambiente que tan bien conoce, al que añade esa sección de los Backpackers que, creyéndose vividores, entran en el mundo de las drogas, la tentación de la villanía y da lugar a algo que, por utilizar un eufemismo, llamaremos malentendidos. Cazadores en la noche esconde fatalismo, como los protagonistas esconden su pasado: es casi imposible que los personajes se estén labrando una buena suerte.
“En la implacable búsqueda de la felicidad no hay culpabilidad que valga, tan sólo búsqueda”, reza el narrador, ofreciendo la ruta a sus criaturas, sobre todo al antihéroe sobre el que ronda la acción, un tipo de veinticinco años, sin ambición y demasiado tranquilo. Alguien que no sabe si ha vivido, pero que con los kilómetros, las drogas, el dinero y el sexo, cree que sabe qué debe hacer para protagonizar su propia vida. Así se nos presenta esta novela que participa de una nueva forma de costumbrismo, todavía no demasiado explotada, en la que el sudeste asiático es ya el destino de nuestro descanso, como antes lo era el fin de semana en la sierra o los diez días en la playa. Hay una trama bien construida y unos seres bien atormentados que, como los viejos colonos, ignoran su tormento. Y luego está el tema del destino, tantas preguntas sin respuesta. El origen, tal vez, de la literatura.

lunes, 17 de junio de 2019

MI MADRE ERA DE MARIÚPOL


Mi madre era de Mariúpol
Natascha Wodin
Traducción de Richard Gross
Libros del Asteroide
Barcelona, 2019
307 páginas

Lo peor de todo no es que no sintamos que la escritura del destino, del futuro, no esté en nuestras manos; lo peor de todo es darnos cuenta de que el destino también se escribe en dirección al pasado y que éste nos sobrepasa, nos aturde, nos condiciona. Ahí si que somos incapaces de modificar nada y solo cabe la aceptación, que viene en forma de relato: el éxito de las psicoterapias es la reconciliación con el relato del pasado, ya que nos resulta imposible reescribirlo y mucho más revivirlo, que es lo que en realidad deseamos. Pero conocer nos ayudará a estar en el presente, a comprender lo que nos sale al paso, todas las veces que demasiadas cosas nos muerden los tobillos. Las psicoterapias son personales, sí, pero también sociales. Toda sanación afecta a más personas que a uno mismo.
A ese género pertenece este Mi madre era de Mariúpol, una indagación propia de un detective moderno, que se propone revisar la historia personal, familiar y de tribu, desde hace más de cien años hasta la fecha presente. La trama, que es la investigación, es exhaustiva. Natascha Wodin (Baviera, 1945) nos habla de una época en la que la existencia era demasiado difícil, al menos para los que nacieron en Europa del este, o para casi todos ellos. Las historias en las que nos sumerge, las de los abuelos, los padres, los tíos, los hermanos, el árbol familiar al completo, son de una tristeza demoledora. Nos enfrentamos a personas que no tenían permiso ni siquiera para deprimirse, porque estaban enfrascados en la pura supervivencia. Hablamos de la gente, en una época en la que no existía ni siquiera clase media, de los humildes, de los que se aferran a cualquier forma de dignidad, con tal de que puedan sentir que lo único que les es propio, la dignidad, sigue intacta y se la llevarán a la tumba.
Wodin busca explicar todo. Describe mucho, describe las situaciones a las que se vieron sometidas, la imposición del destino sobre la voluntad. Y lo hace con un estilo que parece, por momentos, demasiado objetivo. Hay que comprender que una implicación más emotiva, más sentimental, en la narración, empujaría al lector a un exceso de tristeza que no dejaría ver la consistencia de la narración. Una obra que busca saldar cuentas, por el sencillo método de lograr que aquellos desaparecidos permanezcan con nosotros, y con nuestra memoria, al menos una pequeña temporada. La historia debería ser la historia de los humillados y ofendidos, y se encuentra en libros como éste, y no en las aulas, en las academias. Pero esta forma de conjurar el dolor suele estar abocada al fracaso: es un consuelo, y los consuelos están subvaluados, sí, pero no conseguiremos espantar fantasmas, librarnos de la soledad de la madre, que es el eje sobre el que gira el texto, alejar la melancolía. Aprenderemos a convivir con ella, pero será una parte de nosotros como lo es la miopía o el dolor de cabeza que nos acompaña al despertar.
Mi madre era de Mariúpol es una suerte de psicoanálisis de tribu, de una gente que vivió en su carne y en su alma, de forma muy dolorosa, ese tema tan esencial que es la dificultad de encontrar nuestro sitio en el mundo. Se trata de una obra que versa sobre los miedos, así, en plural, y los miedos siempre los sentimos hacia aquello que desconocemos de nosotros mismos, por eso es tan conveniente conocer, por mucho que la gente diga que prefiere mirar para otra parte cuando acosa la tristeza, la depresión, la melancolía. Siempre es mejor enfrentarse al miedo, como hace Wodin, para encarar el destino, ese que eligen los demás por nosotros, sabiendo que podemos hacer nuestra propia suerte: conocer quiénes somos, conocer cómo reaccionamos, conocer la condición humana, esa que levanta la espuma de los días.


domingo, 16 de junio de 2019

LAS ESTRELLAS, LA NIEVE, EL FUEGO



Las estrellas, la nieve, el fuego
John Haines
Traducción de Clara Ministral
Volcano
Madrid, 2019
250 páginas


El mito de la última frontera es una realidad. Lo que sucede es que esta frontera no siempre está en la geografía, donde los lugares legendarios, los menos explorados, ya son tan inhóspitos como para preferir contemplarlos con distancia. Ahora están en el humo de la memoria, nuestro continente preferido para vislumbrar de nuevo lo que más hemos amado, los mejores tiempos, las fuentes de las que emana la poesía. Hacia allí viaja John Haines (Norfolk, 1924 – Fairbanks, 2011) en un libro en el que Alaska se nos revela como la última frontera de los mejores tiempos. El paso de los años ha transformado el lugar para convertirlo en un ambiente casi romántico tras superar los escollos casi extremos de la supervivencia. Fueron veinticinco los años que Haines vivió allí, en los bosques, en una cabaña, entre las estrellas, la nieve y el fuego, tal y como reza el título de la obra.
De esa experiencia destila retazos, fragmentos cuyo hilo conductor es el paso del tiempo regido por los ciclos naturales. No existe el reloj, pero sí la primavera. Al eludir la tiranía de la invención de las horas y los meses, Haines contribuye a salvar al mundo. Renegar de la materia deleznable de la que está hecho el tiempo ayuda a reservar la naturaleza. Vivimos, durante la lectura, en unos paisajes que nos recuerdan, de forma inevitable, a los cuentos de Jack London que suceden en el gran norte. Pero a diferencia de London, la forma que tiene Haines de vivirlo es amable, tal vez porque es real. Nos estamos refiriendo a un modo de vida elegido y por tanto una herida permanente en los recuerdos, una contribución al lado bueno de la melancolía, porque la tristeza es un sentimiento sano, como queda demostrado en este libro: hay admiración y hay belleza.
Haines medita mientras habla, para reproducir las sensaciones que tuvo meditando mientras vivía. Aunque no cesa de contribuir a la acción con reflejos de caza, paseos al límite y estampas de pureza, su espíritu le lleva una y otra vez a la contemplación y a celebrar lo que contempla: Haines da la bienvenida a las moscas cuando despiertan en primavera y comienzan a volar a su alrededor. Y su entorno carece vallas, de muros, de cercas y de otras fronteras que no sean los límites naturales: las montañas, el hielo, los osos, las tormentas. El libro nos habla de vivir todo como una forma de experiencia. No se puede vivir por inercia, pues lo que sucede nos exige actuar, poner motores en marcha, ser. La experiencia exige una entrega, un esfuerzo, que Haines lamenta sea tan poco atractivo para la mayoría de la gente. Es posible que de ahí surja esa nostalgia universal por la naturaleza perdida, una depresión que muchos sentimos pero que pocos reconocen. Si fuéramos más valientes, saldríamos más a buscar las últimas fronteras, nuestra Alaska, la geográfica y la ideal, las que conservamos en ese aspecto de la inteligencia que se llama ilusión y al que acudimos con demasiadas reservas. Y eso que acudimos muy poco.
“En el sentido con el que escribo, no existe el progreso, no existe un destino, pues la esencia de las cosas ya se ha conocido, al lugar verdadero se llegó hace mucho tiempo”, dice Haines. Pues eso, un lugar, este libro, que nos recuerda que debemos frecuentar más la ilusión que alguna vez hemos tenido.

Fuente: La línea del horizonte

viernes, 14 de junio de 2019

EL OTRO KIOTO


El otro Kioto
Alex Kerr y Kathy Arlyn Sokol
Traducción de Núria Molines
Alpha Decay
Barcelona, 2019
331 páginas

Cuando se quiere mucho algo, ningún enunciado es gratuito. Una selección es ya una valoración, porque sigue un criterio y el criterio tiene relación efectiva con el encanto que siente el que escribe. Es una de las formas como se delata la sinceridad, al igual que lo es el orden de las secuencias, que no conviene que desfallezca, pues de lo contrario parecía que la pérdida de potencia cuestionaría la veracidad del elogio. Bajo estas premisas Alex Kerr habla con Kathy Arlyn Sokol sobre lo que les va saliendo al paso en sus paseos por Kioto.
A las descripciones, eruditas y cultas en el sentido que pueden serlo las de alguien que las ha conocido desde fuera y las ha elegido para configurar su vida, les añade la doble valoración simbólica: por un lado la que se atribuye a un análisis filológico de la historia y el concepto visual, y por otro el significado que el autor deduce que tienen para él, lo que le provoca amor, de cada uno de los elementos tratados, que son una mera escusa para atender a aquello que, por regla general se escapa de nuestros sentidos. Las puertas, los suelos o la caligrafía son lo que son, con su utilidad y los códigos de acuerdos sociales, pero también son lo que parecen. De ahí la idiosincrasia de una cultura que nos presenta en contraste con otras asiáticas, que se han ido desarrollando a la par y de las que se distinguen, con frecuencia, por una exquisitez al alcance de todos.
El pensamiento de Kerr es contraintuitivo, no dejándose llevar por los lugares comunes, y atendiendo a las grandes y pequeñas cosas que afectan a la construcción de la personalidad. Porque todo el paisaje creado por la cultura japonesa está en relación con los japoneses, entre los que eligió vivir el propio Kerr hace más de cuarenta años. El paisaje construido podría ser un formato, pero para Kerr es mucho más, es un sentimiento a flor de piel y es una carga de profundidad. La relación que se va haciendo tiene cierta resonancia a enciclopedia, por lo cual tal vez sea aconsejable no intentar leer el libro de una sentada. De hecho, su elaboración llevó a los autores mucho tiempo, demasiado, tanto como toda una vida aprendiendo, emocionándose, y con ese respeto deberíamos afrontarlo. La sintaxis, como reconocen los autores, es oral, pero la construcción es una auténtica labor de ingeniería aeronáutica: no sobran piezas y son incontables las que se exponen. Estamos frente a un texto que explica por qué son inagotables las razones que nos llevan a enamorarnos de una cultura.

miércoles, 12 de junio de 2019

ELLAS TAMBIÉN MATAN


Ellas también matan
VV.AA.
Delito
Barcelona, 2019
203 páginas

Si hay un factor común al género negro, ese es la facilidad con la que la vida nos supera. No es posible dejarse llevar por la inercia, porque todos los asuntos, los grandes y los pequeños, nos arrollan. Vivir supone, en buena medida, vivir a la contra, nadar aunque sea para evitar que la resaca nos lleve mar adentro a una velocidad mucho mayor de la que deseáramos. En gran medida, el tema del cine y la novela negra es la mala suerte. Apenas Philip Marlowe pudo dominarla en las primeras novelas de Chandler, hasta que se supo arrojado a los vientos del destino en El largo adiós, la obra maestra del clásico americano.
Ese contenido está presente en los trece relatos que Anna María Villalonga recopila para la editorial Delito en este volumen, Ellas también matan. Los formatos varían mucho, desde el diálogo, algo muy tradicional en el relato negro, hasta un flujo que no es de conciencia, porque tenemos que atarnos a los sucesos, que son lo inexplicable, lo que se desenreda, pero que contiene una dosis de maldad que ignoramos a qué atribuir. De la misma manera, se manipulan los tiempos, tanto los narrativos como los que detallan la cronología de la acción. De forma que se nos permita asistir a los rodeos que se producen en torno a un cadáver manteniendo fija la atención, sin que se repitan fórmulas. Ni siquiera puntos de vista.
Aunque, eso sí, el volumen va tomando consistencia en la medida que asistimos a los juegos de la inteligencia, del ingenio o de la locura, todo igualmente metido dentro de la mollera de algún personaje. Y, sobre todo, al comprobar cómo se cumple una de las funciones que se le atribuye al género: el realismo urbano. Se habla de relato urbano cuando se reúnen una serie de personajes, propios de la ciudad, alrededor de un muerto. En cierta medida, da la sensación de que la trama sustituye al conflicto y lo que antes era un lugar que ocupaba la novela costumbrista, para dibujar una época, ahora lo ocupa la novela negra. En un volumen como éste, la impresión se incrementa, dado que pululan por sus páginas seres de muy diversa ralea: ciegos, inmigrantes, taxistas, médicos, espías, policías, ancianos, divorciados, exhibicionistas, periodistas y, como no, solitarios. Hay muchos solitarios, trece, uno por cada relato. Eso nos da la medida en la que este género está retratando la sociedad, si prestamos atención a lo que no sea la resolución del crimen: nada describe mejor las urbes contemporáneas que la presencia inmisericorde de la sociedad. En la ciudad moderna, la gente no se conoce. Y de ello dan buena cuenta las trece escritoras aquí convocadas, todas con su firme pulso narrativo para crear y resolver un misterio en unas pocas páginas.

jueves, 6 de junio de 2019

DIARIOS DEL AGUA


Diarios del agua
Roger Deakin
Traducción de Miguel Ros González
Impedimenta
Madrid, 2019
406 páginas

Roger Deakin (Watford, Inglaterra, 1943) nos recuerda el adagio de W.H. Auden que reza que “una cultura no es mejor que sus bosques”, una idea que flota a lo largo de toda esta obra y que nos va resultado de un enunciado desconcertante a medida que nos adentramos en ella. Resulta extraño el uso del posesivo, como si diéramos por supuesto que los bosques, y con ello queremos decir toda la naturaleza, perteneciera a una cultura; como si partiéramos del principio antropocéntrico que supone que la Tierra está al servicio del hombre, que es el hombre quien crea la cultura. Es cierto que crea los nombres, no solo con los que se designa cada objeto natural, cada trozo de existencia con un espíritu latente, de los que Deakin va dando buena y bonita cuenta a lo largo de este libro, sino que incluso crea la propia palabra cultura tras gestar su concepto. Pero los bosques son anteriores al hombre y uno se siente tentado a asegurar que de pertenecer algo a alguien sería, más bien, la cultura a los bosques.
La sensación que da la lectura de estos Diarios del agua es que Deakin también sostiene esa impresión y nos transmite la sensación sin descanso. Su anhelo es el de convertirse en agua, ser parte del agua, habitar en el agua con idéntica naturalidad a la que proyectamos habitando en las ciudades, guardianes de una cultura bastante desnaturalizada, por otra parte. Para Deakin nadar es una meditación, en el mismo sentido en que puede serlo atender a las inhalaciones de aire. Nada en pozas, en ríos, en el mar, en lagos y en spas naturales, y en todos ellos destaca la presencia de la naturaleza, que va enunciando dato a dato, objeto a objeto, planta a planta, animal a animal, consiguiendo el efecto de convivencia con Gaia, el espíritu del planeta Tierra, que conocemos como armonía. Su objetivo es ser consciente de que somos naturaleza, nosotros también, y recuperarse de la mala nostalgia que su ausencia nos está provocando. Confiesa, en cierto momento, que le molesta sentirse un intruso cuando se acerca a las formas del agua y que pretende derribar esa sensación incómoda.
Y consigue derribar, también, la distancia que separa al lector del autor. No se trata de un viaje por Gran Bretaña de baño en baño, de rincón de naturaleza en rincón de naturaleza, en el que acompañamos al protagonista, al narrador; se trata de una inversión de los términos de comunicación narrativa, como si fuera él quien nos acompañara a nosotros, de tanta amabilidad con la que se expresa, de tanto cariño con el que actúa. Nos da paso a su mundo y nos reencontramos con un espíritu hippy a finales del siglo pasado, con un último reducto de resistencia frente a la civilización: “Nadar sin estar bajo techo se considera hoy día una actividad ligeramente subversiva, como tener un huerto o reivindicar el derecho a caminar por cualquier sendero o montar en bicicleta”. Es una rebeldía inocente, como lo era la del pintor Constable, que es la mayor influencia que se respira en estos diarios que reflejan hechos, pero también sueños. Porque las emociones de los sueños son tan intensas como las de la realidad o, para ser más exactos, son tan reales como las que nos sacuden de los contactos con entornos. Deakin elige, como deberíamos hacer todos, un ambiente nada hostil, excepto, como le recuerda alguna autoridad en algún momento, por los contaminantes que transporta el agua, fruto de una cultura que no solo es peor que los bosques, es que los ataca.
Por eso lo que pretende es aprender las mismas cosas que saben los delfines o las nutrias, las que no agreden. El agua significa volver a nacer. Venimos del agua y nacemos desde ella, pero es con agua con lo que se acostumbra a significar los segundos nacimientos, los bautismos. Es el elemento primario, el original, el cimiento, al que regresa para leer la naturaleza cuya pérdida vivimos con una neurosis excesiva, y somos tan absurdos como para no terminar de aceptar esta enfermedad, como para creer que ese es nuestro estado larvario. De ahí que Deakin vaya reflejando, a su paso por cada paisaje, un modo de vida que ya no conocemos, épocas pasadas, sin rencor, sin melancolía, hablándonos de las posibilidades que todavía tenemos de una vida más humana, de volver a las dimensiones, incluida la del tiempo, adecuadas a nuestro tamaño, a lo que somos. Como hacía Constable. Como hacen los documentalistas que se dedican al mundo animal, sobre todo al microcosmos. Como hace cualquier persona con una curiosidad sana, y la curiosidad o es sana o es una maldición. Y nos recuerda que todo nosotros podríamos hacer lo mismo que él: pasear, nadar, escribir. Eso sí, Deakin nos sorprende con una sencillez destiladísima en las cocinas de la sensibilidad: “Me sumerjo como el zorro que quiere deshacerse de sus pulgas. Dejo mis demonios en las olas”.

sábado, 1 de junio de 2019

ÉRAMOS INMORTALES


Éramos inmortales
Maurizio Zanolla
Traducción de Rosa Fernández-Arroyo
Desnivel
Madrid, 2019
271 páginas


No siendo uno un literato de altura, lo importante es no equivocarse al construir y al redactar. Maurizio Zanolla (Feltre, Italia, 1958), conocido como Manolo en los ambientes de escalada, es consciente de ello y se esmera en la sencillez: una sintaxis sin bucles y una serie de capítulos cortos, cada uno de ellos dedicado a narrar una anécdota, un hecho, un ladrillo en su construcción sentimental. Zanolla ha conocido el Manaslu, pero de esa expedición regresó decidido a redescubrir la belleza de las paredes alpinas, los lugares donde llegó a ser un especialista en solo integral. De ese regreso trata este libro. Y a ese regreso se refiere incluso antes de describir su viaje al Himalaya. Porque nos habla de la infancia, de la adolescencia, de la juventud, de la educación de las sensaciones, de sentirse vivo, de la música interior y la necesidad de vibrar a su ritmo, de escucharse a uno mismo y escuchar la inteligencia de las células del cuerpo que no forman la materia gris. Se trata de un libro en el que se nos relata cómo alguien va recomponiéndose, una y otra vez, porque la vida nos muerde en la nuca. Se trata de un texto sobre el equilibrio, que es eso de lo que nos olvidamos cuando la vida va bien, como nos olvidamos de que el equilibrio está a mitad de camino entre saberse compensado y saberse descompensado. Porque es imprescindible aceptar la locura propia y dejarla correr por el campo de nuestro cuerpo. Al fin y al cabo, es un órgano más de lo que somos, como el páncreas.
El tiempo que rige el relato de Zanolla es la melancolía. Pero sin estrépito, sin rencor, con esa única materia que es importante para mantenernos enteros y mantener enteros a nuestros seres queridos, eso que se conoce como dignidad. Durante la infancia, se representa en el afecto admirativo hacia los padres, por ejemplo, y durante la adolescencia en el imperio de la rebelión. De ello nos va hablando Zanolla, con unas anécdotas que van incrementando no ya la intensidad, sino el vértigo. El roce con la muerte va tomando una mayor presencia a medida que avanzamos en la lectura y, como si estuviéramos en medio de un bombardeo, vemos las explosiones caer a nuestro lado. Los límites de la vida no solo los expresa en la escalada, en la actividad de montaña, también en los riesgos en la carretera, pues aunque el consuelo pueda ser distinto, la muerte es igual de terrible venga como venga.
La aventura de explorar que emprende nuestro escalador tiene que ver con la ética, esa de la que tanto hablan los que trepan por muros de roca: la solvencia anímica y el terror del solo integral, la presencia de material en la pared condicionando la naturaleza, la competición frente a la experiencia de ser cada día mejor y mejor persona, es decir, el aprendizaje y, finalmente, la voluntad de volver. Eso es lo que concierne al hombre. El resto pertenece al terreno de lo efímero, al territorio ingrato del cambio, a la tiranía de lo imprevisible. Pero aceptar la falta de control sobre nuestro destino nos libera. La vida siempre te libera, pues lo que nos ata tiene que ver con la muerte. De ahí el espíritu de obras como estas, de autobiografías de hombres de montaña que confrontan la vida inconquistable con los deseos de conquistarla. El resultado puede ser la desdicha o el autoconocimiento. A esa conclusión le lleva su viaje a Nepal, donde descubre que la pregunta acerca de quién es uno mismo carece de respuesta, al menos de respuesta razonable.
La vida se representa con muchas metáforas: el río, la lucha, el mar, el viaje. Este testimonio contribuye a añadir una más, quizá la única sensata, la única que puede aportar alguien que ha conocido el equilibrio: la búsqueda. Es ese espíritu el que aporta este libro. Para leer a grandes literatos, siempre puede uno volver a Proust.