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miércoles, 8 de julio de 2026

OLA

 

Ola

Sonali Deraniyagala

Traducción de Tania Gaviño

Capitán Swing

Madrid, 2026

183 páginas


 


Tras una tragedia personal, tras una muerte en la familia o la muerte de tu mejor amigo, uno tiene que comenzar por perdonarle al mundo que no se detenga, que apenas nada cambie de un día para otro. ¿Cómo es posible que los desconocidos no sepan de la injusticia que acaba de caer sobre ti? ¿Cómo es posible que el mundo no se congele cuando lo que sientes es superior a cualquier moral y al impulso de los planetas? Hay que hacerse a la idea de que para seguir viviendo, uno debe comenzar por perdonar que la vida de los demás, sobre todo la de los desconocidos, no cambie. Es a la vez fácil y complicado imaginar en qué medida se exacerba esto en el caso de Sonali Deraniyagala (Colombo, Sri Lanka, 1964), que sobrevive al gran tsunami de 2004, pero pierde a su familia, a su marido, a sus dos hijos y a sus padres. El libro que tenemos entre manos es estremecedor, y aquí debemos aclarar que este adjetivo es un elogio, porque mientras leemos y tratamos de sentir lo que Deraniyagala siente nos damos cuenta de que somos humanos. Es un libro que infunde valor, que transmite ganas de vivir, aunque nos esté hablando literalmente de la muerte y el duelo.

El impulso que lleva a Deraniyagala a escribir es el sentido de culpa. En algún momento, alcanzada la mitad de la lectura de Ola, ella lo confiesa: «Y quizá renuncia a ser su madre porque a veces me siento irremediablemente responsable de su muerte (…) no consigo quitarme de encima la sensación de que los conduje al peligro cuando confiaban en mí (…). No soporto recordar cuánto dependían de mí». Si la culpa es la chispa que enciende el motor, el combustible será, como se puede deducir de la cita anterior, el miedo. La culpa, el miedo, ¿qué otra cosa vamos a encontrar si miramos dentro de nosotros mismos? Estamos ante una autopsia en vida, ante una biopsia en la que hay algo más que vísceras y músculos. Es un libro que nos habla de dolor, de despedida y hasta de violencia. Es un texto emocional en el que durante la primera mitad todo lo que sucede tiene lugar dentro de la narradora, en su confesión. Asistimos a sus intentos casi imposibles de enterrar, a su incapacidad de reinventarse y a su mayor anhelo, que es recordar para que ellos sigan acompañándola. Y, mientras tanto, desea su propia muerte.

El libro nos lleva de una etapa a otra con grandes saltos cronológicos. Y así vamos comprobando como el dolor se transforma en nostalgia, no sabemos si a pesar de la propia Deraniyagala: «Durante meses y meses después de la ola, apenas podía soportar oír los nombres de los amigos de mis hijos. Y cuando empecé a verlos de nuevo, me daba miedo que me recordaran cómo serían ahora mis hijos, miedo a saber todo lo que se estaban perdiendo. Ahora veo a los amigos de mis hijos con frecuencia. Cuando nos encontramos, rebosan entusiasmo y me encanta su vitalidad. Y hacen que mis hijos sean reales de nuevo». De lo que sí estamos seguros es de que este es un caso de resiliencia que hace empalidecer a los que nos ponen como ejemplos habituales: «¿Cómo es posible que gran parte de mi vida ni siquiera parezca mía?». Que vaya aprendiendo a integrar esa gran tragedia lo demuestra que a medida que avanzamos en la lectura descubrimos que Deraniyagala va siendo menos reflexiva, si entendemos reflexionar por una introspección, y más narradora. Va hablando de sus recuerdos, de su juventud, del cabeza loca de su marido, y reconciliándose con los lugares que compartieron y que llegó a odiar, en algunos casos incluso por ser demasiado hermosos. Y es que nada es lo bastante extenso como para contener el dolor. De eso trata este libro, de mostrarnos cómo reconciliarnos con el mundo cuando se hace más pequeño que el dolor que sentimos. Y que alguien sepa hacer eso sin caer en falsos sentimentalismos es una maravilla.


Fuente: Zenda

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL MENSAJE

 

El mensaje

Ta-Nehisi Coates

Traducción de Paula Zumalacárregui

Capitán Swing

Madrid, 2026

159 páginas

 

 


Siguiendo la estela de autores como James Baldwin o Angela Davis, Ta-Nehisi Coates (Baltimore, 1975) elabora su proyecto literario con una clara intención política: «Pero soy escritor y abanderado. Soy escritor y representante». Preocupado por lo que le atormenta y por qué le atormenta, así como por el sonido y el ritmo de las palabras, sabe que el trabajo de un escritor que pretende dar voz a quien no la tiene, herederos de quienes no la han tenido, es el de esclarecer. No pretende deslumbrar, sino encontrar y transmitir las explicaciones, y oponerse a los embusteros. El mensaje nace bajo el auspicio de unos encuentros con alumnos de periodismo a los que habla en términos literarios, planteando que todos los recursos narrativos y estilísticos están en función de la necesidad, de la historia tormentosa, de afectar al lector con la importancia de lo que nos estamos jugando. Coates es un activista, como lo eran Baldwin y Davis, y, además, nos demuestra en la transcripción de estos tres viajes, un autor de garantías, con potencia, con sobriedad, con recursos. Procede, confiesa él, de una estirpe de escritores autodidactas que sintieron que alguna verdad se les imponía y creyeron su deber atestiguarla.

El primero de los viajes le lleva a Dakar, el puerto desde el que salieron tantísimos barcos cargados de esclavos, de los que desciende él. Es una estancia breve, pero en la que va tomando conciencia de dónde procede y desde donde llegaron los que sufrieron la injusticia de la esclavitud. Hay un trasfondo de inseguridad en su relato, que proviene del hecho de mostrarse como un ser sensible, como alguien que ha ido allí para sentir el lugar y para sentir a la gente. Y después de visitar los lugares principales y encontrarse con el tipo de gente con el que se encuentra el viajero, terminar por hallar al tipo de gente que le enamora, activistas que luchan contra la corrupción del Estado o ahondan en la homofobia.

El segundo viaje le lleva a Carolina del Sur, donde defenderá su posición antirracista en un lugar donde se dieron las leyes más terribles contra ciertas razas. Mientras tanto, nos habla de su educación, formal o no, defendiendo que esta debe de producirse mediante el asombro y no utilizando la fuerza. Y enuncia los principios sobre los que se centra su proyecto como escritor, que tienen que ver con utilizar la palabra contra cualquier movimiento opresor, defender valores éticos que considera absolutos, como los defendía bell hooks, que es otro de sus referentes.

Finalmente, Coates llega a Israel cargado de unos principios intensos acerca del sufrimiento del pueblo judío y una necesidad que hay que reparar, pues con la redención no basta. Todo esto está muy bien, pero se da de bruces con la perpetración salvaje de otra injusticia, esta vez sobre el pueblo palestino: «se me ocurrió que seguía habiendo un sitio en el planeta —bajo patrocinio estadounidense— que se parecía al mundo en el que habían nacido mis padres». Su alegato será contra el colonialismo, su conversación con todos los que le salen al paso, en la que destacan los arrepentidos; su investigación se centrará, al margen de en lo vivido, en el relato que ha ido amparando al sionismo, y sobre éste lanza palabras enérgicas, pero el punto justo de cordialidad como para pensar que no le faltan razones: «Quiero deciros que vuestra opresión no va a salvaros, que ser víctima no os iluminará, que pude engañaros igual de fácilmente (…). Así pues, esta es otra historia sobre la escritura, el poder, los ajustes de cuentas; una historia no de redención, sino de reparación». Coates da una lección de periodismo y literatura a un grupo de alumnos, y una lección de defensa del que padece la injusticia a cualquier lector que se acerque, que ojalá sean muchos.


Fuente: Zenda

miércoles, 19 de noviembre de 2025

AMO A RUSIA

 

Amo a Rusia

Elena Kostyuchenko

Traducción de Mildred Nicoltera

Capitán Swing

Madrid, 2025

397 páginas

 



A la hora de la verdad, una crónica no es una revolución. La palabra es imprescindible, pero no detiene guerras, no salva a un país, como confiesa al final de este libro Elena Kostyuchenko (Yaroslavl, Rusia, 1987). Pero querer cambiar la realidad es síntoma de cordura, algo que este libro destila, y en grandes cantidades, tantas como para impactar. Estamos frente a una de las obras que más van a aturdir este año, una demostración magistral de periodismo, en la que las palabras se relacionan con la resistencia mostrándonos un camino de salida: hay injusticia, a raudales, pero también deseo de cambio. Y será ese deseo, esa contribución al cambio que surge de la palabra, de la expresión, de la divulgación, lo que nos salve, lo que salve al individuo. Sin gente como Kostyuchenko, ¿a qué nos veríamos reducidos los demás? Robot es una palabra checa que significa esclavo o servidumbre, y que creó Karel Čapek para una obra de teatro que se estrenó en 1920. Tal vez no seríamos mucho más que eso, un robot, si no viniera alguien a removernos por dentro.

Amo a Rusia es un compendio de crónicas sobre un país que parece ser una distopía a la vez que una ucronía, en el sentido de que el pasado del país no ha terminado de ser, no ha terminado de construirse. El mosaico no puede ser más demoledor, y Kostyuchenko consigue que funcione de una manera que el lector no puede si no agradecer: la tensión literaria es de tal calado que nos empuja a estar con ella, a vivir con ella aquello de lo que es testigo. El libro desborda más intensidad que muchos documentales que se apoyan, además, en la imagen y el sonido. No hay un solo instante de descanso, un solo párrafo barato. Estamos frente a una autora que no despliega recursos, que no adjetiva, pero no es necesario: el registro directo es un estilo literario y ella lo sabe y lo domina. Lo que necesita para llevar a cabo su cometido es valor. Y lo tiene. Como tiene una energía que es la que nos ayuda a mantenernos concentrados en la lectura: esa energía significa ganas de vivir, de no ser un mero zombi poseído por la voluntad de otro y, al fin y al cabo, ese es nuestro mayor deseo en esta vida, sabernos autónomos, sabernos personas.

La empatía debe funcionar para identificarnos con los perdedores, con quienes no tienen destino porque se les acabó el futuro, pero también alguien se encargó de liquidarles el pasado. Gente que habita entre las ruinas, pobladores de centros de internamiento psiquiátrico, los habitantes de territorios en los que suceden las guerras, derrotados, vencidos, aquellos a los que uno debe saber interrogar con la mirada para encontrar que no todas las células se han rendido y todavía les asoma la dignidad en la respiración. A este mundo hemos venido a ser inconformistas, nos grita Kostyuchenko en cada línea, porque el mundo puede ser mejor. Y la demostración de ello es toda la humanidad que es capaz de rescatar de cada episodio, de cada ilustración del naufragio. Hay violencia, pero hay sentimientos, en este retrato de un país que es, a la vez, el retrato de su autora, de una persona que ha vivido para afuera, para los demás. La guerra atraviesa su biografía como atraviesa la del país, Rusia, al que no puede dejar de amar. Porque está saturada de seres que se merecen esa mano que rescata al que se está ahogando. Y este libro es una demostración, tan feroz como precisa, tan bien hilada como emocionante, de que alguien tiene que utilizar la palabra para que comencemos con esa salvación. Una obra maestra.


Fuente: Zenda

viernes, 13 de junio de 2025

ADIÓS A UN RÍO

 

Adiós a un río

John Graves

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Capitán Swing

Madrid, 2025

296 páginas



 

No es tan complicado darse cuenta de que nuestras vidas son los ríos, al menos para la gente que no nació y vivió su infancia en la costa. Pero esta afirmación no se trata de una metáfora: los de la costa tuvieron como madre a la mar, mientras que el agua que riega de vida las montañas, la meseta, el secano, las praderas, son grietas en los mapas indicando por dónde surcan los ríos. Aunque es fácil que lo olvidemos con demasiada frecuencia, porque nos entregamos a formar parte de cualquier corro de cotorras de asfalto gruñendo o chillando un gol de nuestro equipo, asistiendo a un desfile de modelos o formando parte de la marea humana que acude a los centros comerciales. Hay obras que de vez en cuando nos remiten a los ríos, como Las aventuras de Huckeberry Finn, recordándonos cuánta felicidad acude a sus orillas, junto con tantísimos recuerdos. John Graves (Fort Worth, 1920 – Glen Rose, 2013) decidió que no necesitaba de la ficción para recuperar el sabor de la infancia y adolescencia, junto al río, cuando supo que el de su vida iba a transformarse por culpa de las represas. Así pues, se embarcó en un viaje que registrara lo que fueron aquellos lugares para que, al menos, sobreviviera entre las páginas de esta maravillosa obra de amor que es Adiós a un río.

No es posible evitar cierta referencia de formato al libro de John Steinbeck Viajes con Charlie: un desplazamiento en solitario en un medio de transporte, en este caso una canoa, acompañado únicamente por un perrito. Pero ahí se terminan las similitudes. Lo que en Steinbeck era social, aquí es convivencia con la naturaleza. Debemos aclarar que es un modo de convivencia que hoy se completaría en otros términos, pues Graves va cazando y cocinando ardillas para salir adelante, algo que en los años 50 del pasado siglo no significaba lo que puede significar ahora para nuestras sensibilidades. Hay, por otra parte, un cierto impulso reaccionario, pero sano: no todas las innovaciones son mejoras, porque antes había una forma de vida más natural, como lo demuestran las oportunidades de convivencia con la naturaleza que ya se han perdido: «Es más, que mientras todos los ríos deben seguir fluyendo hacia el mar, aquellos que nos representan ralentizarán al menos el proceso transformándose de ríos en cadenas de abalorios de tranquilos embalses tras diques de hormigón».

«Ahora la gente está menos “casada”, en el sentido que le daba Yeats, con las peñas, hondonadas y praderas que los rodean y piensan menos en ellas, de modo que los viejos nombres se pierden», sigue comentando, mientras recorre su tramo de río. Y el posesivo tiene bastante sentido, porque ese tramo de río es el mismo que le acompañó durante años, porque la memoria sí que nos pertenece, configura nuestra patria, nuestro amor. Y parte de esa memoria la va compartiendo, a la par que describe la naturaleza que visita, como muestra de la entrega que tiene hacia este viaje. Al mismo tiempo, resurge una suerte de memoria colectiva en la que expresa la admiración y la comprensión hacia los antiguos pobladores de la región, comprensión y admiración que se liquidan en cuanto aparecen quienes exterminaron a los indios. No dejamos de ver ciertos apuntes de decadencia de la América oculta cuando sale de la canoa para ir a buscar un teléfono en algún registro de civilización casi perdido. Con todos estos elementos, Graves construye su microcosmos, ese tan personal que sirve para llenar hasta la soledad, que es la emoción que uno no deja de sentir cuando está ejecutando una liturgia que implica una despedida. Que esta liturgia sea un viaje es la mejor enseñanza que podemos extraer de Adiós a un río.

miércoles, 21 de mayo de 2025

CEREMONIA

Ceremonia

Leslie Marmon Silko

Traducción de Noelia González Barrancos

Capitán Swing

Madrid, 2025

280 páginas

 

 


En realidad, solo cabe escribir sobre lo que significa estar viviendo. Para ello, Leslie Marmon Silko (Albukerke, 1948) recurre a lo más extremo: un soldado vuelve a casa tras la Segunda Guerra Mundial, pero resulta que al ser un nativo americano, la casa ya no existe. ¿Qué condena será, pues, la que suceda? Esa condena es seguir viviendo. No hay lugar de reposo, pero sabe que sí lo hubo. Y emprenderá una búsqueda casi sin darse cuenta, en la que los únicos consuelos son historias que van surgiendo aquí y allá, contrapuntos de la cultura de la que se supone que es heredero, en los que intentamos reconocer algo de sabiduría. Escrita a mediados de los años setenta, cuando ya se sabía que en literatura valían las formas experimentales tanto como las tradicionales, Ceremonia llega a nuestros oídos como el relato oral de un anciano que habla a la familia, en las que se permite incluso algún roce con mundos oníricos: «Los sueños ya no esperaba a que llegara la noche, se presentaban en cualquier momento». La estructura de la obra es sencilla y nos remite a la picaresca o a la aventura clásica: a medida que va desplazándose al protagonista le van sucediendo una serie de encuentros.

Pero el punto fuerte de la novela es la capacidad de mantener a lo largo de todas las páginas la sensación de que el relato está ahí desde el principio y será lo único que nos quede cuando todo se haya derrumbado: «porque ninguna palabra existe por sí sola, y la razón para escoger cada una debía ser explicada con una historia sobre el porqué de decirla de esa forma concreta». La etimología vital como recurso contra los miedos de quien padece un trastorno de estrés postraumático: «Era él, Tayo, quien había muerto, pero, no se sabe cómo, se habían equivocado con los cuerpos y, por alguna razón, él seguía sin enterrar». A la hora de la verdad, cuando uno se echa al camino para intentar encontrar su lugar en el mundo, los recuerdos pueden ser una molestia, un impedimento, pues difícilmente algo será tan grato, al instante, como lo mejor de lo vivido. Las condiciones que van saliendo al paso a nuestro protagonista permiten hasta volver a creer en la brujería que, según dicta entre su gente, creó a la gente blanca.

Frente a toda la tentación de derrumbe que transmite la evolución de la novela, incluida esa versión del mal extremo que es la colonización, se extienden unos paisajes que nos van construyendo. De hecho, contribuyeron a construir toda una cultura, la nativa de América del norte, que en la obra está arrojada a vivir en entornos diferentes, en los que tratan de reconocer los mismos lugares y detalles que ayudaron a ser quienes son. El problema es que ese contraste entre lo que uno busca y lo que uno encuentra, puede conducir a la neurosis. No se puede vivir igual cuando el lugar es diferente. Lo único que cabe es intentar guardar la compostura, que en las formas narrativas es la forma más fácil de identificar nuestra figura con la de alguien que conserva la dignidad. Estamos frente a un antihéroe que podría llegar a ser uno de los grandes clásicos de este tipo de personajes, alguien a quien la vida le domina. De ahí ese punto romántico, a la par que existencialista, que tiene esta novela, en la que las circunstancias sociales y políticas son extremas, tanto como para asfixiar. Y, a pesar de ello, hay que empeñarse en seguir respirando, confiando en que en algún momento vendrán tiempos mejores.


Fuente: Zenda


martes, 15 de abril de 2025

CON EL AGUA AL CUELLO

 

Con el agua al cuello

Hibai Arbide Aza

Capitán Swing

Madrid, 2025

318 páginas


 


Lo que aturde es el sadismo. Hibai Arbide Aza (Leioa, 1979) escribe este libro, Con el agua al cuello, para denunciar la violencia, pero lo que nos va dejando sin aliento es que solo cabe atribuir al sadismo que exista en tal grado. Arbide Aza nos traslada al mar que queda entre Turquía y Grecia, y sobre todo a la isla de Lesbos, y al fenómeno migratorio que ha tenido lugar allí durante la última década. Miles de personas se han embarcado en condiciones miserables buscando una vida que si no puede ser digna, al menos que sea decente. La experiencia que supone leer esta obra, digámoslo antes que nada, es durísima. En buena medida, uno se va dando cuenta de lo violento que puede resultar denunciar la violencia. A no ser que uno se permita llorar y luego muestre respeto, mucho respeto, por quienes se lo merecen. Porque el sadismo con que ciertas personas tratan a los humillados, a los desfavorecidos, no se merece ningún respeto. Tal vez sí diplomacia, pero no respeto.

Leer Con el agua al cuello nos devuelve la pregunta acerca de qué sería de nosotros sin estos reporteros que se atreven a llegar a los lugares donde nuestro miedo no nos permite acudir. Arbide Aza ha acudido con frecuencia a la llamada de los desfavorecidos en esas aguas, a los campos de refugiados instalados en las islas, al encuentro con activistas y voluntarios, a recoger testimonios, todo un trabajo de años que aquí va unificando sin dejar de atender a algunos de los motivos por los que a estas personas, que padecen el resultado de la guerra, se ven maltratados. Hemos utilizado la palabra guerra y no de forma gratuita: lo que nos va exponiendo no cabe dentro del concepto crisis, ni siquiera el de opresión, solo cabe calificarlo como guerra: impulsos que brotan de dentro de hombres y que arrojan en masa a otras personas a sufrimientos inimaginables. Esta situación, cuyo detonante sitúa en el año 2015, no ha cesado de ir a peor. La legislación europea, las iniciativas de las administraciones, el juego sucio que vuelve a catalogarse como fascista, la criminalización social (que llega a extenderse a los voluntarios), son todas formas de maltrato, por utilizar un eufemismo. La impresión que va dando es que a medida que pasa el tiempo, solo resisten los enemigos. ¿Pero son enemigos de quién? Porque el libro nos habla de todo lo contrario a los privilegiados. ¿Cuál es el antónimo de privilegiado? ¿Desafortunados? Demasiado suave.

La pregunta que va generándose en el ánimo del lector es qué ven los criminales cuando miran a las personas que llegan en embarcaciones al borde de la muerte. Para poder ejercer esa violencia, que siguiendo al autor de nuevo calificaremos de fascista, uno debe comenzar por ignorar muy profundamente que se trata de seres humanos. A lo mejor la respuesta vuelve a estar en las leyendas clásicas: si no son elfos, son orcos. Algo que a su vez convierte en orco a quien se orienta por este principio y decide tomar la justicia por su mano. A medida que avanzamos en la lectura del libro, la violencia se vuelve más intensa y más complicada de explicar. Uno no llega a comprender cómo es posible que esto esté sucediendo aquí, en la frontera de Europa. Aunque el propio autor nos va aclarando que frontera implica violencia y que violencia implica militarización, e incluso paramilitarización. Lo que pretende y consigue Arbide Aza es completar la información que con frecuencia nos llega a través de agencias, en titulares y atendiendo a términos más propios de la política institucional. Porque nos lleva a lo humano, nos coloca junto a las personas, nos induce a la empatía, e incluso a la compasión. Es la carga de humanidad con la que se elabora esta crónica lo que la convierte en un libro necesario.


Fuente: Zenda

miércoles, 15 de enero de 2025

UN HÉROE OLVIDADO

 

Un héroe olvidado

Michael Smith

Traducción de Tomás Fernández Aúz

Capitán Swing

Madrid, 2024

520 páginas


 


Para quien esté familiarizado con la época en que las expediciones suponían descubrimiento, los apellidos Amundsen y Scott, Shackleton o Nansen no le resultarán extraños. Pero también será familiares otros, como el del propio Tom Crean, el irlandés que participó en varias expediciones a la Antártida y de todas ellas regresó ileso. Era un secundario de lujo, una de esas personas que garantizaban suelo firme, un pilar que sostenía todo el edificio. En este libro, el especialista en exploraciones antárticas Michael Smith (Londres, 1946) reivindica su figura y nos convence de que Crean se merece una leyenda, su propia Eneida, su propio canto epopéyico. Este proyecto lo inicia Smith intentando construir una biografía, pero lo que termina por escribir es un nuevo relato de las expediciones británicas más populares al gran continente helado, las lideradas por Robert Scott y por Ernest Shackleton. El gran problema al que se enfrenta el autor es a la escasa documentación que se puede hallar sobre la vida de Tom Crean. Tal vez fuera suficiente como para escribir una biografía novelada, pero la intención de Smith no es esa, la intención de Smith es reflejar la dureza de la vida en las expediciones extremas a principios del siglo XX, y el mérito que tiene no ya la propia supervivencia, sino ser un partícipe activo en la supervivencia de los compañeros de viaje.

Crean, no quepa duda, es uno de esos personajes que portan la antorcha cuando todos nos adentramos en una cueva oscura. Porque es un titán, pero también un tipo muy humilde. Vive en la época en que los viajes no tenían fecha de regreso, y estas grandes expediciones podrían demorarse hasta quién sabe cuántos años, si es que conseguían regresar los que participaban de ellas. Una buena parte del libro está concentrada en representar la dureza del territorio, y en consecuencia el esfuerzo que suponía su exploración para los que viajaban hasta allí, tal vez rayando la locura, pero sin duda mostrándonos la mejor faceta humana, esa que solo aparece en situaciones extremas. La filosofía de la exploración que expone Smith a lo largo de más de quinientas páginas es la filosofía del aprendizaje, de quienes desean participar del mismo en un diálogo permanente con la geografía y los encuentros.

Es fácil deducir, por lo que estamos comentando, que la figura de Tom Crean, que no deja de ser elogiada una y otra vez por el autor, es el centro de interés del libro, sirve para organizar la exposición principal, que son los relatos de las expediciones en que participó. Volvemos a acompañar a Robert Scott en su coronación de plata, y volvemos a conocer a los que navegaron en el Endurance y resistieron en la que es la mayor batalla épica de supervivencia que de la que se tiene noticia en el mundo de la exploración. Ante la dificultad que supone construir al personaje con lo poco que se puede hallar sobre él, Smith opta por construir su entorno y nos entromete en él de modo que volvemos a darnos cuenta de lo que supuso cada paso que él dio. El lamento por todo lo que no podemos saber sobre él es constante. Incluso en los capítulos finales, donde se nos habla de un Crean familiar, empeñado en llevar una vida hogareña en una aldea de su viejo condado de Kerry.

Smith se propuso llevar a cabo un proyecto muy ambicioso, tanto como escribir una obra voluminosa sobre alguien que se merece mucho más que esto. Esa ambición le lleva a entregar lo mejor de sí mismo a la hora de mostrarnos la erudición que posee sobre estas expediciones, y a la hora de analizar los aciertos y errores de las mismas. El libre está lleno de detalles precisos que lo enriquecen. Pero lo que más lo enriquece, sin duda, es la emoción de compartir otra vez estas aventuras con los personajes que tanto queremos, porque son los que van a encender la luz en épocas oscuras.


Fuente: Zenda

miércoles, 27 de noviembre de 2024

EL JARDÍN CONTRA EL TIEMPO

 

El jardín contra el tiempo

Olivia Laing

Traducción de Lucía Barahona

Capitán Swing

Madrid, 2024

271 páginas

 

 


Pasamos la vida soñando con que llegaremos al paraíso y resulta que este está a nuestro alcance sin apenas alejarnos. El paraíso nos lo hacemos. En este caso, Olivia Laing (Chalfont St. Peter, 1977) nos expone que podemos construirlo formalmente, y que al irlo desarrollando es posible irse reconociendo uno mismo. El jardín contra el tiempo comienza hablando acerca de las dudas que uno tiene sobre sí mismo, sobre qué es lo que le construye, sobre qué es lo que uno construye, y termina convenciéndonos de lo importante que sigue siendo guiarse por utopías. Lo que cuenta es el grado de humanidad que uno pone en las actuaciones, tanto en la jardinería como en la escritura. Laing escribe con amor sobre lo que la enamora, y ese espíritu sobrenada constantemente el texto, que transmite una pasión que raramente se encuentra en la literatura.

Hay un proverbio chino que dicta algo así como que si quieres ser feliz un día puedes emborracharte, si quieres ser feliz un año puedes casarte, pero si quieres ser feliz toda la vida, debes hacerte jardinero. En la jardinería, y en su hermano mellizo, la horticultura, Laing descubre el equilibrio en la soledad. La soledad, ya nos había advertido, es personal y es también política. Este ensayo afectará, por tanto, tanto a lo psicológico como al ser social que somos. Nos ayuda a caminar por la persecución del bienestar individual sin olvidarnos de la relación con los demás, donde se demuestra la bondad, donde se demuestra la solidaridad. El paraíso, al que intentan emular los jardines, es «un lugar perdido donde todas las necesidades estaban satisfechas y el dolor aún no se había inventado». Ese rasgo es el definitivo: uno sabe que está en el paraíso porque no siente dolor. Esa necesidad es personal y es universal, lo cual nos indica lo necesario que es este libro que nos anima a crear la relación apropiada entre seres de especies distintas.

Por el camino, Laing se adentra tanto en la historia de creadores de jardines y huertos, como en las lecturas. Es cierto que la elaboración de estos paraísos obedece a necesidades, pero también a criterios estéticos. En realidad, lo que busca Laing es el sentido poético, la faceta ética y moral del arte. Se trata de entregarse a una actividad que nos ayuda a ser mejores. Esta actividad afecta al paisaje, y es en ese sentido en el que ella entiende el arte que, como en cualquier otra de sus expresiones, representa una terapia contra la fragilidad de lo real. Lo que será necesario es resolver esa dualidad que supone el cuidado de la naturaleza con su domesticación, que merecerá la pena, porque esa domesticación supone traer a la naturaleza hasta el hogar. Pero las inquietudes de Laing, como en toda su obra anterior, atañen también a la evolución del orden social. La evolución de las explotaciones agrícolas en los cinturones urbanos servirá para hablar sobre la formación de la clase obrera, por ejemplo. Hemos utilizado la palabra evolución, que es una de las claves de este hermosísimo ensayo. El jardín es un hogar, un encuentro de especies, y por lo tanto está vivo, están en constante cambio, está en gestión e impone el concepto de adaptación. Será la sensibilidad el termómetro que ella vaya aplicando a medida que penetra en el estudio de esta utopía: la creación o reelaboración del paraíso. Este libro nos demuestra que es posible la intromisión poética en el género del ensayo y, lo que resulta más inusitado todavía, que en los libros que se supone se han construido sobre todo con el pensamiento cabe la bondad.


Fuente: Zenda

lunes, 22 de julio de 2024

A TODA MÁQUINA

 

A toda máquina

Dervla Murphy

Traducción de Lucía Barahona

Capitán Swing

Madrid, 2024

295 páginas


 


Soñamos con el paraíso, con ese lugar donde seremos a la vez libres y felices durante todos los segundos, sin interrupción. No sabemos bien qué relación existe entre la libertad y la felicidad, pero nos resulta casi imposible sentir una y no sentir la otra al mismo tiempo. Que no haya cadenas significa que no hay motivos para la desdicha, porque es posible modificar, o intentar modificar, todo lo que uno va a encontrar por delante, incluida la forma que tenemos de entender los problemas y la tristeza. Lo que parece casi seguro, o al menos así podemos deducir de la lectura de esta obra de Devrla Murphy (Lismore, Irlanda, 1931 – 2022) es que la actividad que ayude a incrementar los afectos, las emociones, las sensaciones, la pasión, la vitalidad, supone, como consecuencia, incrementar también el respeto que nos merecen los demás y el respeto que se merece la naturaleza. En realidad, A toda máquina no parece escrita con palabras, sino con afectos.

Murphy sale de su Irlanda natal en bicicleta y se propone llegar así a la India. No parece un proyecto nuevo, a estas alturas, por lo que debemos añadir que estamos en 1963, cuando el mundo no tenía la misma forma que tiene ahora. De hecho, si atendemos a lo que ella nos cuenta, el mundo era un embrión sano, un proyecto lleno de bondad. Entonces se podía viajar sin hacer turismo, por ejemplo, sin dejar huellas infames, sin contribuir al deterioro, y cada experiencia era un aprendizaje que no solo nos implicaba de piel para dentro, porque nosotros también ayudábamos a mejorar el mundo. ¿Acaso no supone mejorar el mundo impulsar la bonhomía de los demás? Lo que nos resulta doloroso es pensar que estos territorios humanos en formación, por los que atraviesa, poseen cierta tendencia a intentar asemejarse a los países que más han progresado, donde hay menos calidad humana. Leído a fecha de hoy, nos sorprende que el paraíso sea Afganistán, pero lo que nuestra cicloturista encuentra allí es la humanidad ideal. Hay que decir, eso sí, que Murphy es una viajera especial, alguien con la sensibilidad cargadísima, como demuestra el trato que da a su bicicleta, pensando en ella como si se tratara de una mascota, un ser sensible.

El libro es maravilloso. Murphy iba escribiendo un diario que luego enviaba a sus amigos en Irlanda, que será la base sobre la que redacte la obra que tenemos entre manos. No hay adornos intelectuales, ni crónicas al margen ni nada que pueda tener su origen en la documentación posterior: se limita a expresar lo más significativo de lo que le sale al camino y lo que siente acerca de lo que le sale al encuentro. Sobre todo, la hospitalidad. Es un viaje desnudo en el que el principal valor que se transmite es la conciencia de nuestra limitación, que será una impresión imprescindible para darnos cuenta de todo lo que nos falta por aprender. El mundo puede ser duro, y a veces no cesan de aparecer escollos, pero jamás es hostil, y lo agradable se debe, sin duda, a su mirada: el exterior nos devuelve en buena medida lo que le entregamos. Lo que debemos valorar es lo que yace bajo la apariencia, aunque nos metamos en una cama llena de pulgas. Se impone el tono amable y afectivo, este que descubre que a mayor lujo, peor será nuestro humor. Lo que importa es la tolerancia, es la solidaridad, es la generosidad: «Considero que este tipo de vida en la que estamos Roz (así se llama la bicicleta) y yo, el cielo y la tierra, es pura dicha», sostiene. Y nosotros le agradecemos que la comparta en forma de libro, porque no son tantas las ocasiones en las que podemos sentirnos también dichosos.

 Fuente: Zenda

domingo, 14 de abril de 2024

CUANDO LO INTENTÉ POR CUARTA VEZ NOS AHOGAMOS

 

Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos

Sally Hayden

Traducción de Lidia Pelayo Alonso

Capitán Swing

Madrid, 2024

520 páginas

 



Deberíamos sentir un orgullo digno de la mosca del vinagre, si no más bajo, cuando comprobamos el nivel de miseria que sufren otros seres humanos en este mundo que hemos construido. No debería haber excusas: donde no llega la política institucional, debería llegar la sociedad civil organizada, la que puede presionar, a su vez, a los responsables de la política institucional. Este libro, Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos, pertenece al ciclo de denuncias que forman parte de esa presión. No es extraño que en el año 2022 se hiciera con el Premio Orwell de literatura política, pues no cesa de hablarnos de las consecuencias de decisiones de Estado o de política común europea, sobre todo de una gran decisión: la de detener la migración por el Mediterráneo a toda costa, sufragando cuerpos armados de un Estado fallido, como es Libia. Sally Hayden (Irlanda, 1989) se pregunta si los responsables de esta decisión son conscientes del poder otorgado a las milicias y del infierno al que condenan a los migrantes. «Es hipócrita apoyar las iniciativas de Black Lives Mater en Estados Unidos mientras estás involucrado en una persecución racial propia del esclavismo en las fronteras exteriores de Europa», comenta la abogada de crímenes de guerra Alexandra Lily Kather en algún momento.

Este libro es una crónica del horror que persigue al sufriente desde su lugar de origen hasta sus últimos días, bien como refugiado en Europa o como fracasado en su país de origen al que retorna. Es un texto militante, pero la causa que defiende sólo puede ser apoyada; tal vez quepa debatir cómo afrontarla, pero no la necesidad de hacerlo. Hayden contactó a través del móvil y de redes sociales con distintas personas atrapadas en los campos de concentración libios, en los que se encierran a los migrantes que llegan desde otros países y pretenden alcanzar Europa por mar. Decimos campos de concentración, porque no cabe llamar de otra manera a un lugar donde los guardias mean en la comida de los presos, delante de ellos, antes de entregársela. A los presos sólo les cabe comerla o morir de hambre. A partir de estos mensajes, Hayden se pone en marcha y viaja a todos los lugares posibles que pueden verse afectados por este fenómeno: a Libia, a Etiopía o a Suecia, por ejemplo. Es imprescindible conocer que alguien ha salido huyendo de un lugar donde los paramilitares son capaces de sellar la boca de un aldeano cerrándole los labios con un candado.

Hayden elige la estrategia de poner rostro. No se encuentra con grupos de personas, no conoce a gente en abstracto. Ella se relaciona con alguien, uno tras otro, que merece ser querido, que merece ser respetado, que merece ser considerado. Hayden va a donde no nos atrevemos a ir los demás, demostrándonos que sin personas con ese valor los demás somos monos desnudos, o responsables de organizaciones institucionales, como ACNUR, cuya labor es más de márquetin que de ayuda real. La sensación que debería transmitir el libro es de angustia, de una angustia mayor, la más grande posible. Pero Hayden utiliza un lenguaje bastante objetivo, neutro, que es un refugio: de implicarse emocionalmente con él, sería irresistible el efecto. Lo doloroso sale por sí solo, es lo que nos está relatando. Por otra parte, elige contar todo como si ya hubiera sucedido. Nos cabe la escapatoria de pensar que si esta investigación está cerrada, es porque están cerrados los hechos. Pero no nos equivoquemos: estamos frente a una obra que supone un trabajo de conclusiones, pero estas conclusiones se refieren a una realidad. Y las vidas reales, como las de estas personas, como las nuestras, al contrario que las novelas o las películas, no son relatos cerrados. Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos es otro libro que debería leer todo el mundo.


Fuente: Zenda

jueves, 11 de enero de 2024

UN MANICOMIO EN EL FIN DEL MUNDO

 

Un manicomio en el fin del mundo

Julian Sancton

Traducción de David Muñoz Mateos

Capitán Swing

Madrid, 2023

375 páginas

 

 


El problema es que mientras toda la tripulación está preocupadísima por la supervivencia, el tipo que comanda la expedición tiene la cabeza colgada el gancho para pensar qué va a ser de él si regresa a su país sin haber llegado a la meta. Da igual si la meta es casi un imposible, si llevan todo un invierno polar atrapados con la carne cruda de pingüino como mejor alimento. El asunto es que el comandante de este barco, el Bélgica, considera que en 1989 no se puede pisar el territorio de sus vecinos, también belgas, sin haber puesto la bandera del país en las balizas que marcan la ruta más al sur de la Antártida: «—Soy belga, y debía llevar un barco de vapor como el Bélgica más al sur de lo que (el capitán James) Cook había llegado en su velero —le confesó De Gerlache al primer oficial, incapaz de reprimirse—. Lamento que el resultado sea vernos atrapados, que Danco haya muerto y que todos hayan enfermado, pero no tenía otra opción». Esta obsesión será el impulso sobre el que se centra la aventura reflejada en Un manicomio en el fin del mundo, donde Julian Sancton (Nueva york, 1981) reproduce la empresa, tal vez hazaña, de una expedición que se ve atrapada entre los hielos.

La referencia al Endurance y a Ernest Shackleton es inevitable y convierte a los protagonistas de esta historia en sus predecesores. Aquí, en este relato, que es estupendo, no hay una figura tan relevante como el aventurero inglés, pero al igual que este estaba acompañado por personas de la capacidad de Tom Crean, nuestro comandante, De Gerlache, que puede ser un poco peripatético, a juicio del narrador, está perfectamente acompañado por quien entonces era la gran promesa de las expediciones polares, Roald Amundsen, y un veterano que llegó a disputar ser el pionero en alcanzar el polo norte, el doctor Frederick Cook. Ambos serán el complemento y el contraste del hombre obsesionado, aislado, que vive en sus ensoñaciones; ambos ofrecen el músculo y el ingenio, la eficacia y la bravura. Sobre estos tres pilares Sancton crea un relato que sucede en un mundo muy extraño, por su monotonía, y que supone una entrada en las debilidades humanas, a través de la descripción del deterioro. Este manicomio, que sucederá mayormente de noche, dará lugar a miserias, conflictos, agotamientos. Se nos irán exponiendo los límites de lo humano, pero sin perder la ruta que marca la necesidad animal de seguir respirando. La empresa en la que se embarcan será romántica, pero sin evitar el mayor peligro que puede tener el romanticismo, que es la ambición.

Sancton elige un orden lineal y cronológico para desarrollar su relato, que es una recreación muy minuciosa, un documental en el que la imaginación sirve para rellenar la realidad. Es imposible pensar que lo que sucedió, sucedió de otra manera. Todo encaja, todo se explica, tanto lo épico como lo afectivo. Sobre el tapete blanco, una tripulación cosmopolita nos lleva hasta el final del aliento. Sobrevivir depende de la suerte, porque los esfuerzos de los hombres son pequeños arañazos en la piel del destino. Este tema, esta disposición será la que esté presente en el desarrollo, por otro lado aparentemente objetivo y a un ritmo tan elegante como de persecución, de la obra, que es una novelización de los diarios que se pudieron rescatar, escritos por varios miembros de la expedición. Estamos ante uno de los libros más magnéticos que hemos leído este año, un libro que deleitará a los apasionados de la epopeya y conseguirá que se adhieran a ella los lectores que hasta hoy preferían las baladas.

lunes, 4 de septiembre de 2023

ARENAS DE ARABIA

 

Arenas de Arabia

Wilfred Thesiger

Traducción de Gracia Rodríguez

Capitán Swing

Madrid, 2023

381 páginas

 

 


Lo comentó Séneca: no desear es lo mismo que tener. Lo expresa Wilfred Thesiger (Adis Abeba, 1910 – Londres, 2003) en la cita que en esta nueva edición de Arenas de Arabia se utiliza como colofón: «En el desierto había encontrado una libertad inalcanzable en la civilización; una vida libre de posesiones, ya que todo lo que no era una necesidad era un estorbo». Este espíritu libre, porque la libertad supone desprenderse, reducirse, porque la libertad a lo que más se asemeja es a la respiración, sigue haciendo de esta obra uno de los mejores libros de viajes de la historia. De hecho, al terminar de relatar su periplo de cinco años por el territorio vacío, Thesiger confiesa sentir que va al exilio, y nosotros con él. El libro es una historia de amor en la que no existe ni una sola frase cursi, ni una sola confesión de enamorado. El libro narra, porque es todo relato, es todo experiencia, es todo observación y sucesos, es, también, todo memoria, la memoria de un narrador de raza que apenas cuenta con unos apuntes para reproducir aquello que vivió. Pero cuenta con la potencia de la necesidad, esa madre que impone a la obra un marchamo de sinceridad que, en este caso, se ajusta a lo que encontró Thesiger en el desierto de Arabia: «Me he sentido solo en colegios y ciudades europeas donde no conocía a nadie, pero nunca entre los árabes».

Sus compañeros de viaje son el desarrollo humano de la lealtad, que era, a juicio de Conrad, la mayor de las virtudes humanas. Y los desconocidos buscarán ser, a su vez, compañeros, es decir, hacer compañía, pues no entienden que del encuentro entre dos personas sólo salga un reconocimiento de paisanaje. Si bien la supervivencia en el desierto implica, a su vez, estar atento a los bandidos, que no dudan en disparar contra la víctima. Estamos en un territorio de aspecto cruel, porque es duro vivir allí, o es duro para nuestros cánones, pero estamos en un territorio que sin duda hechiza. Es un lugar donde se encuentra la paz de la soledad y la camaradería en un mundo hostil, es un lugar de contradicciones. Allí va a dar con sus huesos este aristócrata que nos entregará un documento etnográfico, cartográfico y ético. Estamos explorando los límites de todo: de la posibilidad de mantenerse vivo, de las tensiones que podría uno sentir dentro de su cabeza, del clima y de la aspereza. Y es en los límites donde es más fácil reconocer el dolor y el dolor, ya lo sabemos, está muy vinculado al crecimiento, al cambio, a la mejora ética.

La importancia de camuflarse y de permitir que los amigos te camuflen, es fundamental en el espíritu de este explorador, pues explorador es, para nosotros, aquel que sale adelante en las condiciones que nos son inhóspitas, pero donde habita otra gente que merece mucho respeto. En este caso, la reivindicación de su alma, a través del ejemplo que dan al explorador constantemente, es el equivalente a la llegada a las grandes cumbres de los alpinistas. Solo que en esta ocasión ese momento supremo no sucede de golpe o al final, porque está sucediendo poco a poco a lo largo de toda la obra, a lo largo de los cinco años de viaje. Uno se pregunta si no estaremos frente a uno de los relatos más épicos que se han creado, porque será el amor el combustible que sirva para mantener en marcha la acción, porque pocas cosas hay más gratificantes que darse cuenta de lo poco que uno precisa para vivir, que el mejor hogar no parte de poder disponer de un terreno, sino de poder caminar por todo el territorio. Y al cerrar el libro, uno siente que, efectivamente, su propia casa es su propio exilio.


Fuente: Zenda

jueves, 27 de julio de 2023

ASILVESTRADOS

 

Asilvestrados

Isabella Tree

Traducción de David Muñoz Mateos

Capitán Swing

Madrid, 2023

399 páginas

 



Pudieron echarnos del jardín del Edén por querer parecernos a Dios, pero ningún ángel guardián con una espada de fuego puede impedir que regresemos a él. La evolución nos dotó con un dedo pulgar gracias al cual aprendimos a manejar herramientas, y este sería uno de los pilares para el desarrollo de la inteligencia. Entre la furia de Dios y el desarrollo de la inteligencia podemos elegir la segunda, y así retomar el camino de regreso al paraíso. Isabella Tree (Dorset, 1964) nos relata en esta experiencia, Asilvestrados, que basta con saber compaginar la mentalidad del agricultor con la del conservacionista, que es la propia de la corriente naturalista en el pensamiento ecológico, y tener un buen propósito, un proyecto noble. El resto es tenacidad. Somos los causantes de la destrucción ecológica a gran escala, pero la suma de creaciones a pequeña escala puede compensar esta maldición, y leer cómo se consigue llevar a cabo nos ayuda a convencernos de que puede estar haciéndose cada vez más tarde, pero la batalla merece la pena.

El fundamento que hace de este libro una lección maravillosa es darnos cuenta de que el ecologismo no consiste en denunciar, porque desde los principios de defensa de Gaia podemos ser creativos y sumar, construir, mejorar, aportar protección y sanear el entorno. El concepto que se va manejando a lo largo de la obra, que describe dos décadas de mejora de una región con varias hectáreas de tierra al sur de Inglaterra, es el de resilvestración. El deseo que se impone es el de un mundo salvaje, en el sentido que da a la palabra salvaje George Monbiot, que aboga por la creación de ecosistemas pertinaces, gobernados por sus propios procesos en vez de por la gestión humana. Basta de tratar lo supuestamente natural como si fuera un jardín, que es lo que sucede en buena parte del Reino Unido. A partir de ahora recurriremos a lo que es propio de los humanos a la hora de relacionarnos con el planeta, a la amistad, la justicia, la memoria o la ilusión. Y también esa cualidad sagrada que conocemos como respeto. Este neosalvajismo permite que la naturaleza se imponga, para lo cual la intervención humana debe ser de lo más sensata, meditada y estudiada, respetuosa, científica y esperanzadora.

A lo largo del libro leeremos sobre vacas y castores, lombrices y tórtolas, sobre paisajes y especies vegetales que crean paisajes, todo adaptado al lugar, todo asimilado en una labor que se remonta cientos de años atrás y tiene en cuenta los pareceres de científicos históricos, incluyendo aquellos cuya única herramienta para aprender sobre la naturaleza era la observación. La autora se cuestiona si conocemos bien el entorno y defiende la duda necesaria para progresar en dirección adecuada. Tener por principios que sustentan el proyecto a la duda y a la observación nos llevan a pensar en las trazas espirituales que hay detrás de su ánimo. Pero no se dejará llevar por ellas, pues el texto no tiene ninguna pretensión beata. Estamos ante un libro exhaustivo en lo científico, detallado en lo práctico, de memoria propia en lo académico. Estamos ante la confirmación de que el aprendizaje se ejecuta intentando sacar adelante nuestros sueños. Seguiremos siendo bosque, a pesar de empeñarnos en tratar de inventarnos como cemento y asfalto. La incomprensión que puede generar a nuestro alrededor el espíritu de estos proyectos tiene que ver con la desinformación y con ese artificio que hemos creado y leemos como algo necesario al que llamamos tradición. Esa misma tradición es la que liquidó a los castores, explotó a las vacas, mató a las lombrices y alejó para siempre a las tórtolas.

 

 Fuente: Zenda

sábado, 26 de noviembre de 2022

ISLAS DEL ABANDONO

Islas del abandono 

Cal Flyn

Traducción de Lucía Barahona

Capitán Swing

Madrid, 2022

311 páginas

 

 


Si nos echamos a llorar, fulminamos el asombro de sentirnos vivos. Esa puede ser la principal lección que aprenderemos tras la lectura de Islas del abandono. Cal Flyn (Inverness, 1986) visita varios lugares donde ya sucedió el colapso y encuentra que la vida, entendiendo por vida lo que brota en la naturaleza, triunfa. En lugar de quedarse en el exterminio, si uno es paciente verá cómo se impone un nuevo ecosistema, un ecosistema adaptado que, ya sabemos, estará sometido a la evolución. Después de que todo se vaya al garete, queda el optimismo. No se trata de consolarnos para permitirnos descuidarnos con la conciencia tranquila. Se trata, más bien, de mantener una sonrisa mientras atravesamos el ojo del huracán. Si uno ha leído Colapso, el magnífico ensayo de Jared Diamond, sabrá, por ejemplo, cómo el éxito de la civilización maya provocó su decadencia, casi su extinción. Pero si uno lee a Cal Flyn, se dará cuenta de que la civilización no es tan importante, pues regresarán los bosques. Ninguna cultura es mejor que sus bosques, dijo Auden. La reivindicación será, entonces, sentirnos parte del bosque.

En los lugares que Flyn visita uno tendría la tentación de sentirse el último hombre sobre la tierra. Montañas de escombros que se cubren de vegetación, tierra de nadie entre dos países en conflicto, parajes tras el desastre nuclear, una ciudad destinada a ser ruina, aguas contaminadas, bosques sobre las cicatrices de la guerra, territorios comidos por especies invasoras, paisajes comidos por un volcán o islas abandonadas en las que reinan las vacas, son algunos de los destinos que se eligen en este libro de viajes, que es un ensayo sobre los valores de la superficie del planeta. Flyn recorre cada rincón con el ánimo propio del gran observador, registrando todo, como demuestran las descripciones valiéndose de largas enumeraciones. Pero uno no enumera sin sesgo, uno enumera seleccionando aquello que encuentra más significativo, y en este caso son los asomos de naturaleza, los colores, los pequeños movimientos.

Y mientras va enumerando, asocia cada lugar con lugares equivalentes de los que ha tenido noticia a lo largo de su investigación. Así nos da cuenta, llevando el caso al extremo, hasta de la vida que ha nacido en las aguas del Pacífico donde estalló la bomba atómica. Todo forma parte de una divulgación científica que versa sobre el desastre, también el del cambio climático, pero se atiene a la potencia de las bacterias, los hongos y, más allá, los pequeños seres y los seres medianos. La solución definitiva, para evitar que todo esto suceda a una escala mayor, sería la desaparición de la humanidad, o al menos una extinción parcial, hasta que dejemos de ser plaga. Pero uno, y menos la propia Flyn, no puede aceptar esta conclusión. Si ella es capaz de encontrar vida nueva brotando entre los escombros de lo viejo, aunque sea vida extraña, a uno le nace la resistencia frente a lo apocalíptico. Uno comienza a sentir que rebelarse frente al tópico que califica el fin como inevitable tiene sentido. Es posible que los lugares por los que camina Flyn no sean los más hermosos, pero en lugar de pensar que no hay rosa sin espinas, podemos considerar que por mucho daño que nos hagamos, al otro lado hay una rosa.

Islas del abandono es un libro perfectamente trazado. Es reflexivo, pero contiene una información bien destilada. Cuando algo ha dejado de ser útil, se abandona a la vida silvestre. La recuperación es estimulante, es una lección con la que debemos quedarnos y que nos gustaría si no protagonizar, al menos contemplar como testigos. Flyn nos muestra cómo la ausencia de personas es más beneficiosa para los parajes que lo perjudiciales que pudieron ser la sobreexplotación o la contaminación. Sin embargo, no deja de considerarnos parte del planeta, parte de la Tierra. Somos su presente y hemos sido su pasado. Mientras protagonizamos nuestras pequeñas vidas intentando ser lo menos destructivos posible, o así deberíamos mostrarnos, las plantas ruderales colonizan hasta el hormigón, el musgo arraiga y sobre el musgo caminará algún insecto. Este libro es una maravilla, porque no pretende fustigarnos con un rayo divino por maltratar el planeta ni nos regala una esperanza innecesaria. Nos enseña que somo poca cosa, que el día que desaparezcamos, el planeta seguirá dando vueltas sin nosotros y será capaz de recuperarse. Pero que nuestros hijos todavía podrán disfrutar de rincones de naturaleza, como disfrutaron nuestros abuelos. Bastará con que tengan intenciones de aprender a mirar y hayan sido capaces de educar la emoción, los buenos sentimientos. Es una obra que nos ayudará a ser mejores personas.


Fuente: Revista de letras