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lunes, 31 de marzo de 2025

ÁFRICA REDONDA

 

África redonda

Xavier Aldekoa

Península

Barcelona, 2025

261 páginas



 

Fue Rafael Azcona quien dijo que vivir es desayunar. Para mucha gente, ese desayuno solo supone una vida completa si mientras tanto puede charlar sobre fútbol. Habría que revisar los afanes, incluidos también los propios del mundo intelectual, que con frecuencia apartan estas charlas de sus prioridades por banales, por intrascendentes, por insignificantes. Ningún gol de chilena va a salvar el mundo ni mejorar los razonamientos. Sin embargo, vivir no es únicamente desayunar, por mucho que se empeñe el bueno de Azcona. En realidad, no se vive si no se comparte, y compartir supone que esa charla, sobre lo que sea, suceda con gente con la que merece la pena pasar el rato, y no necesariamente con quien nos va a llenar la cabeza de contundente erudición. Ahí radica la importancia de la cháchara sobre fútbol. Ahí y también en concebir que esta pertenece a la gente, a las personas que pueblan sobre la piel de la tierra cubriéndola de lucha y de amor. Lo supo entender muy bien Eduardo Galeano, cuyo espíritu recoge ahora un cronista como Xavier Aldekoa (Barcelona, 1981).

Tanto Galeano como Aldekoa nos demuestran, a través del fútbol, de qué lado están: de los que sufren la historia, por seguir la expresión que utilizó Camus. África redonda recopila artículos escritos por el periodista barcelonés, autor de algunas de las mejores páginas que nos han transportado por este continente en los últimos años: Quijote en el Congo, Hijos del Nilo, Océano África, Indestructibles. Enamorado de ese continente, Aldekoa nos demuestra que viajar no es conocer lugares, sino conocer a través de encuentros. Y el fútbol, incluido su entusiasmo por el F.C. Barcelona, le sirve para romper barreras, abrir voluntades, intimar y dar pie a lo que supone vivir, que es, lo hemos explicado antes, la convivencia. Como cabe suponer, los lugares a los que nos lleva Aldekoa, en los que habitan estas personas de vida tan intensa, no son cómodos, pero poseen todos los enigmas, todas las pasiones, todas las luchas. Vivir también es luchar, y vivir sin sentir pasión es amortiguar la vida.

Este libro no se debe leer pensando en términos literarios. En realidad, es una de esas obras que se han ido construyendo a lo largo de muchos años y que nos llevan a cuestionarnos nuestra propia existencia, el camino que hemos diseñado. Dan ganas de volver a empezar y escoger una ruta más semejante a la del autor, poder compartir todo esto, hacer que estas vidas no sean solo palabras escritas. La mayor virtud de África redonda es que una vez hemos cerrado el libro, nos quedamos preguntado si nuestra vida no será un artefacto de juguete, algo que es casi más una imitación que una realidad, ese tipo de sueños que comulgan mucho con la mentira. Por suerte, podemos volver a leer las crónicas de Aldekoa, para compartir, aunque sea meramente en lectura, esos trozos de pura vida.

jueves, 14 de diciembre de 2023

LOS HEREDEROS

 

Los herederos

Eve Fairbanks

Traducción de Juanjo Estrella

Península

Barcelona, 2023

478 páginas

 

 


Eve Fairbanks ha escrito uno de los mejores textos de periodismo que se pueden haber construido jamás, por su serenidad, por su elaboración, por su impacto, y el que tal vez sea el libro del año en nuestro país. A lo largo de más de una década, nuestra periodista vive en Sudáfrica y se interesa por los cambios que sucedieron en el país desde hace cincuenta años. Se trata de uno de los grandes asuntos que incumben a la humanidad: cómo ir desde un régimen de segregación, desde la desigualdad, hasta lo que sea que se pueda construir a continuación. Pero su interés no atañe a la política, a la enunciación en abstracto, a las cifras, sino al territorio de los que pisan la calle. La historia que estamos acostumbrados a leer no es la historia de la gente, y contra ese mal hábito está construido Los herederos. Fairbanks elige tres personas para elaborar la narración de estos cambios que, como dice uno de ellos, «se sucedían sin nosotros», para confeccionar un exhaustivo análisis sobre por qué es imposible que lleguen a mezclarse el agua y el aceite, o si en lugar de imposible no deberíamos calificarlo como improbable, porque nuestra voluntad también cuenta. A lo largo de las páginas flota la maldición de las castas, de los pisos con techos de cristal, de los estratos de poder —incluidos los pequeños poderes que otorgan las costumbres—, para dejarnos, como debe hacer todo buen trabajo de periodismo, con muchas preguntas. Nos quedaremos dudando si esta imposición de sedimentos, que se mantendrá a pesar de las decisiones y elaboraciones políticas, es una cuestión de fondo o una cuestión, como nos gustaría suponer, de carcasa.

Las personas cuyas vidas elige seguir son una madre y una hija nacidas en Soweto, en el núcleo de la marginación, que se rebelarán a plena potencia, y un muchacho blanco que presenta la mayor parte de las características del antagonismo frente a estas mujeres, y que también es beligerante en su causa. Fairbanks se expresa con una empatía que sólo puede ser fruto de la amistad, pues a todos les concede el privilegio de considerar que son gente de principios, y que estos les dictan que sus razones son de justicia. Y, mientras tanto, despliega todo un relato de historia contemporánea a través de episodios secundarios, que no pierden el pulso y nos resultan clarificadores: la vida no sólo es lo que elaboran nuestros personajes, también es lo que sucede a su alrededor y va tallando cada paso, la evolución del apartheid hacia algo que no conseguiremos definir y que nos deja, eso sí, con el malestar.

Los herederos es una obra escrita contra el reduccionismo, contra la costumbre de considerar que problemas complejos, tanto como cualquier conflicto que atañe a la conciencia individual y a la social, afectados por esos antónimos que son la cultura y la economía, requiere explicaciones simples. De hecho, Fairbanks no expone ninguna hipótesis y dejará que sea el lector el que se pronuncie. Ella, eso sí, ha facilitado todos los datos precisos para poder elaborarla y, lo que es más serio, la inquietud necesaria para que nos resulte casi imposible negarnos la necesidad de encontrar algún tipo de explicación. En el centro del análisis consecuente estaré el verbo desnortar: los cambios son tan graves e impactantes que nos lleva a preguntarnos a qué intereses se deben, porque de ellos sólo hemos ido conociendo un relato, el superficial, el que exponen los titulares de prensa. La verdad de lo que ha sucedido, de lo que está sucediendo, exige otro tipo de entrega que afecta a la psicología individual y a la psicología de grupo, al margen de todas las demás ciencias humanas, desde la sociología hasta la historia. Y también la literatura, porque la experiencia de lectura de Los herederos es comparable a la de cualquier obra de otro género, por sus recursos constructivos y su expresividad, que es deductiva y no formal. Siempre sin perder el centro de interés, el gran tema sobre el que Fairbanks elabora este libro, que atañe a la conveniencia de preguntarnos, como personas y como especie, en qué estamos equivocados y qué es lo que debemos seguir aprendiendo.


Fuente: Zenda

martes, 21 de marzo de 2023

QUIJOTE EN EL CONGO

 

Quijote en el Congo

Xavier Aldekoa

Península

Barcelona, 2023

350 páginas



 

Están las materias que uno ama o ha amado, y están las sensaciones que se extienden sobre estas materias y que al construirnos nos transforman en seres sentimentales. Dejamos de ser bestias porque reconocemos que amamos y en la memoria reconocemos que hemos amado. Ahí guardamos la inocencia perdida, las magdalenas y el placer de la primera piel de la persona de la que nos enamoramos. Ahí están los viajes y la esencia de los viajes, lo que nos hizo sentir viajeros, lo que nos llevó a separarnos de los demás. Porque el viajero pretende, o lo logra sin pretenderlo, separarse de la gente de su país de origen, al tiempo que no puede evitar quedar separado de la gente del lugar al que acude.

En esta ocasión Xavier Aldekoa (Barcelona, 1981) marcha al Congo con intención de recorrer el gran río desde sus fuentes hasta su desembocadura. Y quiere hacerlo de la manera más semejante a como lo hacen los habitantes de las regiones que atraviesa, a las bravas, tratando de sufrir en los huesos los mismos dolores que sufren ellos. Serán semanas de una travesía accidentada, por momentos peligrosa, que se nos relatará con el punto exacto de riesgo como para que podamos dudar de los motivos por los que a nosotros no se nos ha ocurrido emprender una empresa semejante. A todos nos gustaría que nuestro amor además de en la arena de la playa o bajo los robles del bosque, estuviera también en África, en la esencia de África.

Aldekoa nos relata el viaje con reverencia hacia el lugar elegido, mientras lo que realmente descubre es a las personas con las que coincide, tanto a los generosos como a los que sólo pueden vivir presos de la codicia. Se demora en detalles, marcando el ritmo de los acontecimientos sin que sobre una frase y sin que resulte un discurso digresivo. Al contrario que la mayoría de los libros de viajes que circulan por ahí, en este no nos entretendremos más de la cuenta con la documentación y las historias vicarias; hay, sí, algún entrometimiento, detalles de historias, actuaciones que vienen desde vidas prestadas, pero no se abusará de ellas. En realidad, lo que pretende Aldekoa, que es transmitir las sugerencias emocionales del viaje a partir de los hechos y las descripciones, se consigue de manera sobresaliente.

A lo largo de esas semanas, le acompañará una edición de El Quijote que, a juzgar por la redacción de la aventura, apenas encontró tiempo para leer. Ha viajado parapetado tras la mirada, al tiempo que compartía sus horas. Ha viajado actuando y observando, intentando compatibilizar ese imposible de ser testigo y no ser intruso. A nosotros nos llega la impresión de que ojalá hubiéramos estado allí, y eso es mucho. Él está enamorado del lugar y de la gente, y a nosotros nos gustaría disponer del valor para enamorarnos tanto como él.

miércoles, 11 de enero de 2023

EL VALOR DE LA ATENCIÓN

 

El valor de la atención

Johann Hari

Traducción de Juanjo Estrella

Península

Barcelona, 2023

442 páginas

 



La atención supone afecto. El afecto es la cualidad más humana, posiblemente la que necesitemos para existir una vez resueltas las necesidades de comer, beber agua, tener techo y dormir. El antónimo de la atención es la ansiedad. La ansiedad liquida el deseo de aprender, la curiosidad, cualquier forma de placer; provoca anhedonia e impide relacionarse con los demás. En realidad, aunque Johann Hari (Glasgow, 1979) trabaje en la divulgación a partir de entrevistas y lecturas científicas, mantiene un concepto de la atención muy oriental: no es imposible trazar una idea que una su concepto con el del Chi, pues el Chi nos remite a la energía que une la existencia de la vida con el equilibrio interior. La vida se ha llenado de furia, nos recuerda en varias ocasiones Johann Hari, y lo que necesitamos es compasión.

El valor de la atención es un libro magnífico, por su solidez, por sus pretensiones, por su redacción, por su composición. Tal vez no por su intrepidez, pero no se trataba de ser intrépido: Hari pretende dar forma a lo que de alguna manera todos intuimos, o al menos todos los que se han detenido a meditar un momento sobre qué está sucediendo. Sobrevivimos a una mayor velocidad; recibimos estímulos fragmentados; nos importa más tener razón que escuchar; estamos muy fatigados y dormimos poco; nos aturden con soluciones para no abandonar los teléfonos móviles ni las redes sociales; nos alimentamos mal; las ciudades no están pensadas para los atributos humanos, ni siquiera para hacer ejercicio; confinamos a los niños y les sometemos a instrucción en lugar de educar. Estos son algunos de los males que Hari va denunciando a lo largo de una larga temporada de investigación. Los demás hemos podido intuirlos, pero él se sumerge en el problema, porque es capaz de encontrar un nexo en todos ellos y lo califica como crisis de atención, y resuelve recorrer medio planeta encontrándose con científicos que los han analizado. No sólo topa con neurólogos, sociólogos o psiquiatras, también con emprendedores arrepentidos o madres escarmentadas, gente que tras un batacazo biográfico ha respondido llevando a cabo iniciativas positivas, que resuelven parte de esa crisis de atención. Entre ellas están los proyectos pedagógicos y las limitaciones a los algoritmos.

Si uno pretende hoy cumplir con todos los ritos de la modernidad, carece de tiempo y se condena al estrés. Esa modernidad es una construcción social, es decir, algo que se ha ido pactando entre la gente. Pero no parece que se trate de pactos entre individuos, pues da la sensación de que hay una manipulación muy interesada en este proyecto. Esa manipulación obedece, como no podía ser de otra manera, a los intereses de los más poderosos, al interés financiero de algunas personas. Hari terminará por maldecir el crecimiento económico, al igual que lo maldicen quienes combaten el cambio climático. A lo largo del libro, Hari expone soluciones individuales, sugiere formas de equilibrio para contrarrestar el acoso. Pero nos advierte de que estas apenas ayudan a la supervivencia de la atención, del Chi. En realidad, el problema es esa modernidad, ese mundo construido que puede resultar cómodo, pero es tan ingrato y nos provoca angustia, dolor. Reclama los momentos de plenitud, explicando que jamás han tenido su origen en lo que caracteriza este modo de vida, pasivo y con estímulos alternos. Lo que nos merecemos, y que nos es tan esquivo, concluye el lector, es el descanso. Descansar supone disponer del tiempo propio para sentir que se respira y uno no respira hacia afuera, hacia el ordenador o el teléfono móvil: uno respira hacia el interior, consiguiendo que el tiempo deje de existir. Es por ello que el libro comienza con una experiencia personal, retirándose varios meses a un lugar donde abandona toda conexión superficial con la realidad, para centrarse en la calma, en ver el mar y dar largos paseos sin tentaciones de interrupción.

Ya no está de moda ser neurótico. Y, sin embargo, no somos otra cosa, y eso nos hace presa de las peores influencias, y cómplices de la furia. Esa es la pretensión principal de este libro, que debería leer todo el mundo para darse cuenta de lo importante que es ponernos de acuerdo a la hora de programar y proyectar una vida.

miércoles, 5 de mayo de 2021

COMERSE A BUDA

 

Comerse a Buda

Barbara Demick

Traducción de Pablo Sauras

Península

Barcelona, 2021

431 páginas

 


Comerse a Buda es una obra tan colosal como humana. La periodista Barbara Demick se desplaza a diferentes regiones de China y de la India para entrevistarse con seis personas que han vivido la situación y la evolución del Tíbet desde la invasión china. Se trata de una selección de gente de diferente ralea, desde la heredera de un trono a la campesina más humilde, que han atravesado situaciones dificilísimas, al límite de la condición humana, frente a las cuales es necesario mucho coraje y, por supuesto, una dignidad fuera de lo común. Pero el libro no está compuesto por entrevistas. Demick recrea las biografías con el conocimiento de alguien que habla de primera mano, como si se tratara de un novelista inventando un personaje, con una credibilidad que asusta. Da fe de la entereza en cada párrafo, pues no existe un solo párrafo compuesto por calderilla. Y nos ofrece los relatos en secuencia cronológica, pero en una estrategia de narraciones en paralelo.

Se nos remite a los años cincuenta, para luego comenzar a desplazarnos por unas vidas que, en rigor, cuesta imaginar como reales: la pobreza y la lucha por la supervivencia se imponen, sin entrar a valoraciones, simplemente describiendo cómo debió ser cada infancia, cada adolescencia, cada juventud y esas etapas que deberían suceder a la juventud y que van reflejando una madurez frustrada en la posibilidad de resolver con garantías los días y las noches. Los tibetanos han sufrido mucho, por la pérdida de territorio, por la presión para privarles de identidad, pero no se trata de un libro beligerante en ese sentido. No estamos frente a una obra militante, en el sentido de la militancia institucional. Estamos ante un viaje geográfico y ante un viaje por la historia, pero, sobre todo, acompañamos a los protagonistas, que no a Demick, por distintas etapas vitales y por todas las regiones de China y el Tíbet, aunque sea Ngawa el enclave que más presencia tiene en el libro. Vemos cómo se cede a una suerte de deformación humana, impuesta con unos principios que se nos antojan una caricatura de principios, pero que Demick jamás castiga con impresiones éticas. Aquí se trata de aterrizar en la verdadera historia, y no es la que figura en los libros de texto, que Demick domina entre líneas, sino la del individuo. No hay mapas, hay reacciones. No hay batallas, hay quien recoge fruta, quien vende zapatillas y quien intenta robar en un mercado. Hay pérdida de idiomas y exilio. Y la presencia etérea y sanadora de las leyendas de los lamas, de una religión sin apenas enemigos, tal vez por tratarse de una religión en la que no hay dios, pero sí compasión. Arremetiendo contra la bondad, está el imperio de la doctrina, de la rigidez y de las armas de fuego. Están unas autoridades que sí son criticadas en las conclusiones finales, donde se toma partido, porque no puede dejar de tomarse partido a favor de los perdedores cuando los perdedores no han tenido ocasión de defenderse. Pero lo que ha importado es comprobar cómo se separan las familias, cómo las viudas crían a los hijos, cómo los profesores se transforman en unos seres que casi mendigan y cómo todos ellos, los humillados y, más que nunca, ofendidos, luchan por mantener las virtudes mejores del ser humano: la lealtad y la dignidad.

lunes, 8 de marzo de 2021

LOS HEREDEROS DEL OPIO

 

Los herederos del opio

Josep Prat

Península

Barcelona, 2021

286 páginas

 


Viajar puede estar convirtiéndose en una maldición: se ha sacralizado al acto de desplazar el cuerpo y colgar una foto sonriendo, siempre sonriendo, aunque el telón de fondo sea el campo de exterminio de Auschwitz. Uno viaja para descubrir o descubrirse, para sentir o para sentirse, para dejarse sorprender, para enamorarse en el sentido en que entendía el enamoramiento Aristóteles, quien sostenía que al enamorado se le incrementaba la sensibilidad, sentía todo con mayor ardor. Encontrar que los demás no comparten esa alma, es una auténtica declaración de decadencia: si uno no viaja para sentir cómo le afecta el viaje, lo hará para presumir, lo hará por una versión moderna de la avaricia. Y el viaje por codicia afecta más al lugar y a las personas a las que uno viaja, que al viajero. Él se encontrará en un territorio sentimental inmóvil. Pero ellos, se verán en la tesitura de dejarse vencer para seguir existiendo, o permanecer como eran para seguir siendo. Y uno no puede ser si no existe. Ese anhelo, esa impresión de que o se llega demasiado o uno tiene que buscar lo más remoto, está presente en este libro, Los herederos del opio, escrito por un periodista joven con una sorprendente solvencia para la literatura de viajes.

Josep Prat (Sabadell, 1993) sabe encontrar el afán del destino, sus particularidades, sabe mantener el pulso del interés, eliminando lo que no afectará al lector; sabe invocar a la tristeza como telón de fondo y a la aventura -el tipo de aventura que podríamos tener nosotros, que no alcanzaremos jamás la cumbre de una montaña de ocho mil metros ni nos sumergiremos en la fosa de las Marianas- representarla en primer plano; sabe encontrarse con gente cuya crónica merece la pena y mantenerse detrás de la persona para no figurar como sujeto demasiado valiente. El libro es consistente y nos habla de la dualidad. Prat ha recorrido el sudeste asiático, como corresponsal y como mochilero, y nos habla de los días en que se aleja de rutas convencionales para adentrarse en aldeas más remotas. Viaja por Laos, baja unos días a Camboya y luego se marcha al norte de Vietnam. Y de todos los lugares nos habla intentando reflejar la dualidad que afecta a la vida de la calle y a la educación sentimental: es complicadísimo, sino imposible, conciliar tradición y ciertas formas de gobierno, y también las costumbres cotidianas en un mundo que te ofrece cantos de sirena con forma de nueva tecnología.

Así Prat se va preguntando qué es la revolución, o qué fue de ella, si es que la hubo o la hay. Y para ello se acerca a perdedores, como todo buen periodista, y busca la dignidad de la derrota. En las regiones por las que pasea, no faltará nada de ello, como consecuencia, mayormente, de las guerras del siglo XX. Buscará la pista de guerrilleros ocultos, de naciones sin Estado, de conflictos, de tipos que son especiales a su pesar o con devoción por serlo y, por supuesto, nos hablará de la gente normal, de la gente. Todo con ciertas dosis de maldición hacia un occidente que no deja de afectar de una manera más o menos sibilina -en ocasiones con gritos que aturden- a la transición de esos países, de esas aldeas, hacia lo que no conseguiremos definir hasta que no sea pasado. Y aun así, tal vez sigamos ignorando en qué lo transformamos, porque se impondrá el anhelo de haber conocido lo que pudo haber sido.

lunes, 14 de diciembre de 2020

LAS GRIETAS DE AMÉRICA

 

Las grietas de América

Mikel Reparaz

Península

Barcelona, 2020

374 páginas

 


Cuando en 1944 se estrena la película de Disney Los tres caballeros, la factoría Disney aclaró que cada pájaro estaba basado en un arquetipo, una idea general y tópica, que representaba a la población de Brasil, México y Estados Unidos. El representante de Estados Unidos es, a la sazón, el pato Donald. Los personajes, no hace falta decirlo, se transforman en caricaturas. El problema es que una parte de estas caricaturas se convierte en una premonición cuando alguien con mucho dinero termina por tomársela en serio. Para llegar ahí, hace falta una mentalidad muy enferma, como la de otro Donald, el actual presidente de Estados Unidos, que es también un arquetipo y que sería una caricatura de no ser por las consecuencias funestas de cada sílaba que pronuncia, de cada movimiento de uno de sus dedos. A partir de ese sentido del ridículo que deberían tener quienes confunden la realidad con la violencia, Mikel Reparaz (Arbizu, Navarra, 1975) construye esta estupenda crónica que versa sobre la estupidez humana.

“Es un libro, quizá, sobre la cara oculta de la primera democracia moderna; o sobre su cara más evidente. Sobre las desigualdades que construyeron el país desde la Revolución, sobre el poder de la supremacía blanca y la Resistencia que la combate desde el principio. Y, sí, también es un libro sobre la América de Trump. Sobre la crispación que crepita bajo la piel de un país dividido y distorsionado.”

Uno de los méritos de Reparaz es conseguir equilibrar la narración de la historia con la narración de las historias: los grandes movimientos sociales con las afectaciones a las personas. Y lo hace de modo que cada frase contenga información y pegada, pues va descubriéndonos, o redescubriéndonos, todo lo que atañe a una deriva social y psicológica peligrosa. Nos muestra a Estados Unidos como al país más dividido del mundo, o al menos en el mismo grado en que pueden estar divididas sociedades del sur del continente, donde no cesa la lucha entre dos visiones del planeta. Pero, eso sí, tomando partido, pues por un lado está la sensatez, o lo que se nos antoja sensatez porque, por el otro lado, se enfrenta al disparate. De no ser porque causa muertos, heridos, miseria, hambre y enfermedades, ese disparate, el que promueve Trump y el supremacismo blanco, el que conlleva discriminaciones de género, de raza, xenófobas o de religión, sería una caricatura del estilo a las que vemos en las sociedades que aparecen en las películas de zombis. Pero esa violencia existe y mientras a unos les hace hervir la sangre, a las víctimas les empuja a derramarla.

Reparaz se centra, sobre todo, en la historia contemporánea, aunque recurre a la fundación de Estados Unidos y a otros tiempos más alejados, cuando precisa explicar cuál es la justificación en que se amparan quienes protegen y promueven esta sociedad. Consigue explicarnos en qué consiste en fenómeno Trump y el sustrato en que pisa Trump, y que a la vez nos resulte incomprensible que esas malas hierbas hayan conseguido arraigar. Sólo cabe una explicación y esta es la estupidez. La codicia es estupidez, pero ambas cosas facilitan la construcción que nos sostiene: si alguien te dice que siendo bueno irás al cielo, tendrás que someterte a un examen continuo; sin embargo, si alguien te dice que yendo a misa los domingos irás al cielo, la ley será sencillísima de acatar y la buena ventura fácil de conseguir. Un creyente de esta ralea es capaz de matar con la sonrisa en los labios. Esta maldad es en la que beben los policías agresivos, los jueces malvados y un sistema electoral antidemocrático, tres de los pilares en los que se sustenta una sociedad que pisotea los derechos civiles con una frecuencia tan regular como los tuits de Trump. Por otra parte, Reparaz nos habla de la canción protesta o la lucha que continua la estela de Martin Luther King o Malcolm X, como alternativas bondadosas o enérgicas. El ejemplo, que es el hilo del que tirará y que hilvanará la tercera parte de la obra, es el atentado con coche -en Charlottesville, 2017- en que un loco nacionalista arremete contra los manifestantes antifascistas matando a una mujer y enviando a un montón de gente al hospital. Seguir al demente y seguir a la mujer fallecida, en una muestra de una distancia no ya mundial, sino sideral, nos explicará a la perfección en qué consiste la patología que divide a la sociedad americana. A nosotros apenas nos quedará otro consuelo que entonar un réquiem y hacer cuanto esté en nuestra mano para que la epidemia no sea contagiosa.

martes, 3 de noviembre de 2020

LAS CIUDADES EVANESCENTES

 

Las ciudades evanescentes

Ramón Lobo

Península

Barcelona, 2020

188 páginas

 


Las posibilidades de engañarse a uno mismo son infinitas y, además, son bastante baratas. No existe diferencia entre estar enamorado y creerse enamorado -como nos demostró la locura de Alonso Quijano-, es cierto, pero también caemos con frecuencia en eso que los psicólogos llaman disonancia congnitiva, una alteración del pensamiento, de la razón, que nos permite la supervivencia y la mejor consideración de uno mismo. La oferta social, que es tanto como decir la oferta del mercado, nos guía hacia la acumulación de bienes que no necesitamos. Pero no solo bienes, pues las apps de los teléfonos móviles no se pueden considerar parte de un ajuar o de un tesoro. Y mientras acumulamos lo que no necesitamos ni usaremos jamás, o usaremos tan sólo para perder minutos creyendo que entretenerse es darle chispa a la vida, entregarse a la pasión, dejamos de disfrutar de lo que nos rodea.

Sobre este tipo de humus nos hemos construido o destruido, todavía ignoramos bien qué y cómo, durante una etapa de confinamiento, durante una etapa en la que hemos reconocido que descubrir es descubrir el horror. De eso trata estas ciudades evanescentes, que Ramón Lobo (Lagunillas, Venezuela, 1955) nos entrega a modo de carta de consuelo, a modo de explicación. Es fácil irse reconociendo en las reflexiones que va desarrollando, sobre todo en la soledad -la de la casa, la de la calle, la del anciano-, mientras asistimos a un ejercicio de socioperiodismo cuyo objetivo es alcanzar cierto grado de serenidad, mirar con calma. Al fin y al cabo, Lobo pretende, como la inmensa mayoría de nosotros la inmensa mayoría del tiempo, alcanzar el descanso. Con ese horizonte en el objetivo va desarrollando un dietario sobre el periodo de confinamiento que es, a la vez, una denuncia de la ciudad líquida, una denuncia de la sociedad entregada a los mercaderes. El capitalismo financiero ha destrozado los atisbos de humanidad y ahora nos encontramos con que debemos flotar en un líquido que no es armónico. Y nos vemos con el agua al cuello. De ahí que el malestar vaya alcanzando cimas incontrolables. Ojalá fuera uno de esos malestares que imprime la naturaleza, de esos que se asemejan a lo triste, pero no, con lo que Ramón Lobo lidia se podría conocer como desconexión humana.

Es cierto que se desenvuelve en un tipo de pensamiento acorde a la gente, como pensado en la divulgación, pero también que esa facilidad nos lleva de la mano a la empatía. Si nos reconocemos en el mundo low-cost que describe es porque guardamos unos gramos de espíritu crítico, aunque sólo sea el mismo espíritu que llevó a Jesucristo a arrojar a los mercaderes fuera del templo en un acto violento que seguimos considerando justo. Pero el low-cost que vamos encontrando afecta también al alma. Hemos desarrollado un espíritu barato, en el que se confunde popularidad con aceptación. Con tanta falsedad por delante, el esfuerzo para reconocer la dignidad en cada uno de nuestros pechos ha resultado algo así como trazar surcos en el agua. No somos seres éticos y si nos dejamos llevar por textos como éste, podremos tener todavía esperanza. Tal vez sí nos quepa la ocasión de volver a serlo, siempre y cuando abandonemos, de entrada, el lenguaje bélico propio de una sociedad capitalista, ese que tanto daño ha ocasionado en tiempos de crisis, y comencemos a considerar que debería existir una bolsa de valores éticos por encima del IBEX 35.

jueves, 9 de mayo de 2019

RESPIRANDO FUEGO


Respirando fuego
David Meseguer y Karlos Zurutuza
Península
Barcelona, 2019
355 páginas

Ni las estrategias de fragmentación, ni las de aniquilación, han conseguido exterminar el espíritu kurdo. Se trata de un sentimiento de unificación, de tribu, bajo el fuego y las iras de una horda de demonios sin memoria ni respeto. Los kurdos conforman el mayor país del mundo sin estado. Hablamos de más de cuarenta millones de personas, todas ellas en lucha contra el acoso o contra el hambre, divididas por las estúpidas fronteras que separan Turquía, Irán, Irak y Siria. Esta división, esta negación de su derecho a constituirse en un pueblo reconocido políticamente y respetado bélicamente, hace que el paso por las líneas divisorias sea algo clandestino, una de esas aventuras que ninguno desearíamos tener, pues el riesgo de caer herido es real, tangible, se respira y madura hasta atorarnos con miedo o hacer un callo que provoca, por un extraño reflejo, que quienes allí habitan, quienes acompañan a los dos periodistas que nos van narrando Kurdistán, lo entiendan como algo cotidiano. Son demasiados años levantándose de demasiados derribos, que comenzaron antes de que muchos de ellos tuvieran memoria.
Las escenas, las secuencias que se retratan nos llevan a distintas etapas del tiempo: el presente, el pasado inmediato, la última mitad del siglo XX, la historia desde sus orígenes, cuando se fundaron las religiones. Aunque la actualidad se impone, a cuenta del buen oficio de David Meseguer (Benicarló, 1983) y Karlos Zurutuza (Donostia, 1971). Mientras nos relatan en qué consiste el conflicto y nos describen a sus principales actores, viajan por los cuatro países que contienen al quinto, Kurdistán, un territorio con lengua, cultura y personalidad propia, una lucha que deberíamos considerar absurda, pues a estas alturas nadie niega la personalidad de este pueblo ni su derecho a la independencia. Que sea atacado desde los gobiernos es ya un reconocimiento. Al que se suma, actualmente, la guerra religiosa que mantienen con otros caracteres de la guerra, como el Estado Islámico. De ahí que el interés, que es una constante a lo largo del libro, se incremente cuando los autores se introducen en Siria, en la guerra sin fin de un país que se parece demasiado a los Balcanes de los años noventa. Las dificultades y el riesgo añaden una capa de tensión mientras nos explican en qué consiste la labor de Meseguer y Zurutuza: centrarse en las vidas de las pequeñas personas y referirse a las de las grandes como ideales.
Sus compañeros de viaje son contrabandistas, mujeres, panaderos y, por supuesto, guerrilleros. En sus cabezas ha encajado previamente, y nos lo explican con facilidad, el puzle de la geografía humana y de la historia, también humana y por tanto descabellada. Mientras sumamos invitados al libro, vamos comprobando que la esperanza de vida entre los kurdos no es muy alta, que va descendiendo, pues de muchas de las personas que conocen se tendrán que despedir antes de terminar de redactar la obra que tenemos entre las manos. La mayor virtud de Meseguer y Zurutuza es, sin embargo, la humildad. Sería fácil convertirse en protagonista del relato, caer en la tentación del ego, alabarse a uno mismo enarbolando la bandera de una causa de justicia, pero ellos saben colocarse como meros testigos y dejan que los héroes sean anónimos. Saben que su trabajo, al fin y al cabo, es de una inutilidad preciosa, pues escribir y denunciar no va a cambiar las vidas de quienes han ido conociendo a lo largo de los viajes. Pero se resisten, y hacen bien, a soltar esa piedra preciosa que es haber compartido un sufrimiento que no tiene sentido y es demasiado extenso. Ese es el valor, con toda la polisemia que contiene esta palabra, de este libro.


viernes, 1 de febrero de 2019

TRAS LOS PASOS DE LIVINGSTONE


Tras los pasos de Livingstone
Xavier Moret
Península
Barcelona, 2019
357 páginas

Xavier Moret (Barcelona, 1952) lo reconoce y dicta al principio de su periplo africano: el libro será una paradoja, pues para escribir un relato uno utiliza necesariamente una buena dosis de razón, pero el viaje por África nos mostrará un territorio donde la razón se abandona, dando paso a la pura intuición. Este principio es un prejuicio que intenta dejar de ser tal. Que uno se vea en la tesitura de improvisar constantemente, supone que las trabas se afrontarán con buen humor, pero da por supuesto que saldrán al paso trabas. El espíritu con que Moret afronta el viaje navega entre varias aguas: no reniega de la cara del turismo, pues es complicado, por no decir imposible, que en Uganda, por ejemplo, te reconozcan como uno de ellos. Siempre serás un muzungu, un turista blanco, sin camuflaje y con una cierta atribución de poseer dinero que incomoda hasta al más sereno y espartano de los viajeros. Moret sabe que viaje en una época de turistas, tal vez unas décadas más tarde de lo que le hubiera gustado. De hecho, confiesa, en alguna ocasión, el lamento que produce ver la evolución hacia la farsa de la civilización de ciudades, playas o montes que conoció anteriormente.
Así y todo, no existe un rencor nostálgico en la narración del viaje, que le lleva de Zanzíbar a Uganda, de Kenia al Congo. A lo largo de la aventura va descubriendo lo que se nos escapa con más facilidad desde aquí, lo que afecta al individuo, al africano. Se impone el carácter del viajero que pretende seguir aprendiendo. Ahí está la hora de saldar deudas con el lago Victoria, que destacará por su inmensidad y belleza, sí, pero también como trastienda de la globalización neoliberal, que lo ha convertido en un cubo de basura tal y como refleja el documental La pesadilla de Darwin, que Moret ve con doce años de retraso. Mientras tanto, nos habla, con un estilo semejante al de Javier Reverte en El sueño de África, de la historia de la exploración, de la historia de la colonización, también la religiosa, y de los que vivieron todo tipo de aventuras en tiempos en que la palabra turismo estaba reservada para los aristócratas que visitaban algún balneario. El libro gana en facilidad narrativa cuando se refiere al presente, a sí mismo como protagonista de un viaje que ejecuta siendo un mero peón y no el rey. Historias como la de Burton y Speke ya son muy reconocidas, a pesar de lo cual Moret sabe encontrar algún dato, algún detalle que no habíamos frecuentado. Otras sigue siendo imprescindible divulgarlas, como la matanza y la tortura durante la colonización del Congo.
En buena medida, un libro como este nos devuelve la cuestión de los límites entre lo mitológico y lo legendario. África es el gran continente para los viajeros de lo diferente, desde el punto de vista occidental: una fauna casi prehistórica y un territorio sin carreteras siguen perpetuándola como la gran desconocida. África es un mito. Pero como mito pertenece a los europeos y norteamericanos, por ejemplo. Para el africano, su tierra es una leyenda, como lo son para nosotros los exploradores, muchos de ellos británicos, como Livingstone, que la recorrieron. Mito y leyenda se refieren más a lo desconocido que a la ciencia, son, por tanto, necesarios. Esa África es la que quiere recorrer Moret, un lugar que soporta todas las interpretaciones, erigido entres sueños y la dura realidad, un lugar donde, como le dice un español a punto de abandonar su negocio en una hermosa playa de Zanzíbar, “aunque sea duro admitirlo, los paraísos destiñen”. En resumen, un continente que Moret resume, para el viajero, en una frase de Paul Theroux, que puede ser sospechoso de muchas cosas, pero no de soberbia: “A veces da la impresión de que África es un lugar al que se va a esperar”.

miércoles, 23 de mayo de 2018

KABUL

La historia de los humildes

Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Aun así, Ramón Lobo sigue practicando ese periodismo que consiste en mancharse de polvo los zapatos.

En una mala película de acción, el mafioso, dispuesto a ayudar al policía acorralado por una manada de gente armada, al verle recurrir a pastillas para combatir la ansiedad le dice: “Hay dos formas de morir: sintiendo lástima de uno mismo o sin sentirla. Ya veo cuál has elegido”. Vivir, no es una idea nueva, es ir muriendo poco a poco. Es la obligación de renacer con cada mañana o cada momento. Es soportar aquello que pensamos que no podríamos cargar sobre nuestros hombros. Vivir es ser Atlas, el gigante que sostiene el universo. Como Atlas, todos nos romperemos por el eje. A no ser que la situación en que vivamos nos invite a rompernos antes, a hacernos migas, a atomizarnos, a desvanecernos, a licuarnos o cualquier otra forma de perder la consistencia que nos hace humanos. La argamasa con la que se adhieren los pedazos de carne, sangre y espíritu que somos, la que nos da consistencia, humanidad, sensibilidad y el orgullo necesario como para no doblar el espinazo al menor contratiempo, se llama dignidad. Cualquier buen relato versa, necesariamente, sobre la dignidad. El mafioso le increpaba al policía para que se mantuviera digno y sí, el final de la batalla no fue injusto con ellos.
Kabul
Peretz Paternsky, Flickr.
Estos Cuadernos de Kabul nos llevan a la trastienda de la guerra, donde la dignidad no es privativa de los soldados. Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Un recinto próximo al aeropuerto es todo lo que queda de la intervención de países que mandaron batallones guerreros y, tras ellos, al otro ejército, el humanitario, junto con las empresas que se enriquecieron extrayendo todo lo que pudieron en el menor tiempo posible, como si Afganistán fuera una mina efímera. Pero allí siguen viviendo estos personajes que nos revela Ramón Lobo (Venezuela, 1955), uno de los corresponsales de guerra más honestos que ha habido. Sus visitas a Afganistán se ubican en el tiempo en que la intervención trataba de mantener la farsa de la creación de un estado democrático. Mientras los demás periodistas informaban sobre maniobras políticas o atentados militares –porque de atentados calificaban los ataques bélicos contra las tropas occidentales–, él quiere conocer Kabul y a los habitantes de Kabul. Quiere saber cómo hacen para mantenerse dignos y, para ello, trata de ejecutar algo tan imposible como es no sentirse intruso. En Kabul se identifica a un extranjero, aunque se trate de una mujer cubierta con el burka.
Mientras nos habla de los niños y los barberos, los que cuecen el pan o venden zumos, los escribanos, las patatas o la voz del político minoritario que ha instalado su despacho en una carpa abierta junto al parlamento, da cuenta de cómo ejerce su profesión de corresponsal. Cuando otros se limitan a informar desde las celdas de los grandes hoteles, a través de los comunicados de prensa que reciben, él quiere conocer a las personas, porque está convencido de que el oficio del cronista es mejorar la sensibilidad del lector, ponerla al día, ampliarla. Por eso maldice los tópicos que se han vertido sobre el conflicto en Afganistán y sobre el oficio que ejerce. “El periodismo es mancharse de polvo los zapatos”, dice. Y para ello hace falta mucha humildad. Este es un libro sobre las personas a las que la injusticia y la opresión les niega el derecho a protagonizar su propia vida, y a pesar de ello sostienen con dignidad un universo sobre sus hombros.

Fuente: La línea del horizonte

sábado, 5 de mayo de 2018

RECOMENDACIONES DE MAYO EN SAL&ROCA


Las mejores crónicas para el mes del libro

Es el mes de las ferias del libro. Es un mes para pensar en grandes obras por su escritura, en lugar de las aventuras insólitas. Traemos una selección de libros que os encantarán, porque leer es posible que no sea una aventura, pero cuando nos sumergimos en un libro y lo vivimos como propio, que es un derecho que tiene el lector, pocas experiencias nos resultan más gratas. Estos cinco libros son un lujo, diamantes que vienen de las minas de todo el planeta.


Imagen de la India
Julián Marías
La línea del horizonte
104 páginas

Otra de esas recuperaciones a las que no nos terminaremos de acostumbrar, y que tienen a la misma editorial por protagonista. ¿Cómo hace La línea del horizonte para encontrar estos libros? El texto es breve y conciso, con todos los prejuicios razonables y razonados de un pensador cuya mejor cualidad fue la divulgativa. Un hombre joven se interna en las ciudades más representativas con la intención de aprender. Antes hemos hablado de prejuicios, sí, los que podía tener alguien en 1959, que nos resultan tan extraños como la propia India. Con un estilo finísimo y delicado, con mucha ternura por lo que está haciendo, que es, en definitiva, conocer gente, el que más tarde fuera gran filósofo nos lleva a una India original, uno de esos lugares que se están echando a perder. En buena medida, es más auténtico el viaje a través de esta lectura, que el del turista o el mochilero que viajan a Rajasthan el año 2018.
Contaba el filósofo Julián Marías que a sus diez años ya fantaseaba con el universo variopinto de la India. Cumplió con ese viejo sueño a los cuarenta y cinco, cuando en el verano de 1959 recorrió Mumbai, Bangalore, Mysore, Chennai, Calcuta, Delhi y Agra con ocasión de un congreso de Filosofía. India llevaba en ese momento poco más de una década de independencia, pero era ya el joven y anciano país sobre el que muy pronto planearía una enorme masa de viajeros occidentales en busca de algunas de las preguntas y respuestas que ya anticipaba Marías.
De su maestro Ortega y Gasset extrae la pasión por el mirar haciendo nuevo lo consabido, que es la esencia de las imágenes que configuran una idea de India: de su prodigioso cine, a sus ubicuas vacas; de sus muchedumbres urbanas al gentío de sus carreteras; la religión, la muerte y la vida y siempre la alteridad como circunstancia y confluencia de nuevos saberes. Entre los escasos testimonios españoles de la experiencia india, el de Marías, que recuperamos tras décadas de olvido, es de obligada lectura.


China Fast Forward
Sergi Vicente
Península
420 páginas


"En un momento me pregunté si valía la pena que mis hijos vivieran en un país con tanta contaminación o donde lo que comes te puede provocar tres piedras en el riñón como a mí". Esa es una de las preocupaciones de un periodista que ha tardado años y años en destilar este libro. La India y China son los dos observatorios favoritos de los viajeros. Pero Sergi Vicente añade al relato todas sus preocupaciones, no ya solo una crónica de carácter social o el relato de las fantasías. De hecho, el miedo a perder la curiosidad y la pasión le llevó a plantearse escribir este libro. En él, la política, es decir, la presencia del ciudadano en la formación de la Polis griega, la corriente que exige democracia, la ineficacia de la disidencia, carecen de presencia de una forma enigmática. Si quieres formar parte de ella, has de estar prevenido, porque un funcionario te invitará a tomar té antes de ser detenido. El Partido Comunista Chino sigue teniendo la sartén por el mango y eso condiciona hasta el punto de estar integrado en la vida cotidiana, tanto como el arroz. "Todas las muestras de libertad en China no dejan de ser voladuras controladas", confiesa Sergi Vicente, que se ha casado con una mujer de un país en el que apenas se tiene derecho a sacar el tema de los derechos humanos en las negociaciones con otros países, no sea que el gobierno chino deje de comprar aviones a las empresas europeas.

Seguramente tan poco como cuando Sergi Vicente aterrizó allí en 2002 con algunas nociones de mandarín y la idea de dar clases de inglés durante tres semanas. No llegó a utilizar el billete de vuelta. A lo largo de los más de doce años que siguieron amplió sus conocimientos del país, del idioma y de sus habitantes y, convertido ya en corresponsal de televisión, recorrió todas las provincias chinas en busca de la noticia.
Su periplo coincidió con una época de profundos cambios en el país asiático que han catapultado a China a la primera línea informativa. En muy pocos años, la población china, más del doble de la europea, ha pasado de las estrecheces a una confortable existencia de clase media. Como contrapunto, están ahora en primer término el replanteamiento de prioridades político-económicas y las urgencias medioambientales y de seguridad alimentaria de un país demográficamente al límite. Es el precio de estar pasando a cámara rápida del comunismo maoísta al capitalismo de Estado.
China Fast Forward es un relato trepidante, hecho desde el conocimiento del territorio y la cultura chinas. Es una historia de amor y desamor a un país. Pero sobre todo es un libro imprescindible para entender cómo es la China de hoy y cuáles son sus retos inmediatos de futuro.


Pirenaica
Ander Izagirre
Geoplaneta
290 páginas

No vamos a llamar a engaño: Ander Izagirre se ha convertido en el mejor cronista vivo de este país. O al menos, tan bueno como el mejor. Hasta ahora su presencia ha sido algo marginal: sus libros se han publicado en pequeñas editoriales, esas que hacen labor de zapa, que apuestan por gente como Ander, que ya demostró su talento con poco más de veinte años, y que ha viajado por medio mundo antes de cumplir los cuarenta. Pero tiene una debilidad: la bicicleta. Para él es algo más que un vehículo. Es la materia que necesita para internarse en más hermoso campo de juego que posee ningún deporte. Algo que comparte con cualquier otra experiencia de montaña, a la que solo el mar le disputa el trono. En este caso, Ander recorre los Pirineos. Estamos cerca, estamos en casa, estamos frente a algo que también nosotros podemos hacer. De ahí ese formato tan peculiar, pues las crónicas literarias se visten de guía de viajes. Pero da igual el vestido. Ander no quiere ocultar la ilusión, y de esa materia es de la que se nutre la literatura.

Montañas medio mágicas y hombres medio osos, un pueblo de pescadores chiflados y un Tour sin un solo cuerdo, una aldea cubista y un viento surrealista, osos eslovenos y peregrinos coreanos, una guerra que empezó por una señal de Stop y otra que acabó por tres vacas, monstruos tímidos y camareros gruñones, un país enano entre montañas gigantes, emperadores enamorados y condesas pelirrojas, héroes de mentira y esclavos de verdad. Y un zorro.

Pura vida
Patrick Deville
Traducción de José Manuel Fajardo
Anagrama
280 páginas

Hasta que llegó Patrick Deville, leer biografías era un esfuerzo. Se trataba de un género árido, en el que la precisión por el detalle a tiempo se imponía a cualquier trazo literario. La composición era cronológica, la voz templada, la figura central única. Pero Deville ha hecho de las biografías de viajeros una narración espléndida, en la que no le importa confundirnos con la intromisión de personajes improbables, pero no imposibles. En este caso, Williiam Walker es quien da pie a una novela protagonizada por uno de esos tipos que no saben vivir si no es huyendo. Reúne a figuras legendarias de las guerras de Centroamérica, y no le importa intercalar acciones y situaciones ridículas con mitologías que manipula con la misma inventiva que Borges. En las obras de Deville no aconsejamos la lectura crítica y erudita. Se trata de un narrador nato que nos propone entrar en un río a través, siempre, de un personaje magnético, uno de esos tipos de los que uno se pregunta por qué diablos no ha oído hablar antes. Deville está construyendo, poco a poco, un nuevo panteón de leyendas de viaje.

En el centro de este libro está la figura de William Walker, personaje desmesurado, casi inverosímil, pero real. Un aventurero y filibustero nacido en Nashville, marcado por la muerte de su amada y fascinado por los poemas de Byron, que en el siglo XIX partió a la conquista de Sonora –y llegó a fundar una República de Sonora que acabó en fracaso– y después llegó a Nicaragua con un grupo de hombres armados y consiguió presidir el país durante un breve periodo para más tarde, con sólo treinta y seis años, enfrentarse a un pelotón de fusilamiento en Honduras.
Sobre este personaje «entre ridículo y sublime», al que el New York Tribune llamó en su día «el Don Quijote de América Latina», escribe el narrador de la novela desde un hotel de Managua. Y a través de sus evocaciones, pesquisas, recorridos y encuentros emergen conquistadores, libertadores, dictadores y revolucionarios, figuras como Gonzalo Fernández Oviedo, Bolívar, Francisco Morazán, Narciso López, Antonio de la Guardia, el Che y su sombra –el agente doble Che .50, una figura digna de una película de James Bond–, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez...
He aquí una novela total, abierta, poliédrica, laberíntica, que se ramifica en mil historias y dibuja, a partir de la indagación en un personaje histórico disparatado, un collage de imágenes, un puzle de situaciones que dan como resultado una estimulante y panorámica mirada sobre la convulsa historia de América Latina, forjada sobre utopías y violencia. Pura vida es una narración envolvente, erudita y ágil con la que Patrick Deville inició un ambicioso ciclo novelístico que recrea la historia a partir de personajes reales arrastrados por la aventura y el ideal, y del que forman parte las también deslumbrantes Ecuatoria, Peste & Cólera y Viva.


Tierra madre
Paul Theroux
Traducción de Mariano Peyrou
Alfaguara
643 páginas

Este no es un libro de viajes ni de aventuras. No es un libro de olas y cumbres. Esto es una novela sobre una familia que habita en uno de los lugares emblemáticos de Estados Unidos, Cape Cod. Ni siquiera la familia se desplaza, como ya hicieran los protagonistas de La costa de los mosquitos, para permitirle escribir sobre el mismo tema. ¿Qué hace, pues, Tierra madre en esta selección? Sencillamente, rendir un homenaje a quien más se lo merece. Alfaguara publica a la par que esta novela El gran bazar del ferrocarril, el libro de viajes que lanzó al Olimpo de los viajeros a Paul Theroux. Desde entonces, no ha hecho sino deleitarnos. Hasta que en El último tren a la zona verde decide poner fin a sus periplos, explicándonos por qué en unas ochenta páginas que son la mejor reflexión sobre el viaje que se puede encontrar en las bibliotecas.
Cuando alguien suelta la pregunta tipo ¿quién es el mejor escritor de libros de viajes?, las respuestas varían. El primer lugar lo puede ocupar Bruce Chatwin, Jan Morris, Colim Thubron, Patrick Leigh Fermor, Rebecca West o Robert Byron. En eso es complicado ponerse de acuerdo. Pero en lo que todos coinciden es en que el segundo mejor escritor de libros de viajes es Paul Theroux. Por eso siempre estará aquí, con nosotros, incluso en este tipo de novelas en las que no podemos escrutar para distinguir cómo ha afectado una vida de viajes a la literatura que destila.

Para los habitantes de Cape Cod, madre es un ejemplo de piedad, austeridad y trabajo duro. Para su marido y sus siete hijos, es egoísta, a veces mezquina, siempre tirana y disfruta enfrentándolos entre sí. Angela, su favorita que murió en el parto, es la única capaz de entenderla, según dice a los demás. Entre estos se incluyen Fred, un abogado de oficio; Floyd, un divertido profesor; un par de inseparables hermanas cuya devoción por la figura materna ha consumido sus vidas, y JP, el narrador, un escritor de éxito cuyo trabajo menosprecia.
Tierra madre es un punzante retrato del impacto que el narcisismo materno puede tener en una familia, un cautivador, doloroso y a menudo divertido relato sobre una gran familia que discute, conspira, se confabula y finalmente vence los dolorosos lazos que la unen.