Mostrando entradas con la etiqueta Sexto Piso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sexto Piso. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de noviembre de 2025

MISTICISMO

 

Misticismo

Simon Cricthley

Traducción de Julio Hermoso

Sexto Piso

Madrid, 2025

315 páginas

 



Una disciplina que podríamos no comprender bien es la del estudio de la poesía. Uno puede enfrascarse todo lo que quiera en hallar palabras para definir recursos, en tratar de revelar cómo consigue afectarnos, que ese empeño no terminará de cuajar, porque lo más secreto es un territorio que conviene conservar en el misterio. Lo que nos puede llevar a un trance próximo al desmayo por sufrir el síndrome de Stendhal no conviene que sea revelado. Magia es, nos dicen, todo aquello que la ciencia no consigue explicar. ¿Y para qué empeñarse uno en explicar lo que nos emociona?: «No hay, de todos modos, necesidad ninguna de comprender esto», es una coda a los pensamientos que el maestro Eckhart escribe al final de uno de sus discursos. Así nos lo dicta Simon Critchley (Hertfordshire, 1960) en algún momento de este estudio, Misticismo, en el que intenta resolver, precisamente, lo que es complejo de entender, lo que se conoce con otras células del cuerpo que no están en la materia gris.

El texto revelador, a juicio de Critchley, será el poema El Cantar de los Cantares. A él regresaremos constantemente durante la lectura de este ensayo que apunta a cómo intentar congraciar lo que él llama, en algún momento, como júbilo idiota con lo que también es característico del misticismo, que es el amor persistente. La intención es la de comprender la tradición religiosa contemplativa, a veces visionaria, con un espíritu expansivo al que no es ajena la razón. «En esos momentos, nos vemos liberados del dolor, de repente. Estos momentos se pueden y se deben repetir de forma continua, renovarse y reinterpretarse en el escenario de nuestra vida. Así es como experimentamos el éxtasis, esa libertad de la melancolía, de nosotros mismos, una experiencia de desprendimiento, de desapego, disfrute, paz y descanso». De este calado es el misticismo y de ahí el imperativo de estudiarlo. Una serie de místicos cristianos, la mayoría de ellos medievales, servirá de eje vertebrador de la obra. Todos ellos dejaron obra escrita, algo fundamental, dado que, a juicio del autor, la escritura crea mundo, crea verdad, genera experiencia.

La teología y la filosofía serán las ciencias de las que se valga Critchley, y esas herramientas nos irán dictando una serie de muy atractivas paradojas y aporías que han ido saliendo al camino de los místicos y de quienes estudiaron el misticismo. El afán es encontrar, a través de ejemplos vitales, cómo es posible que se apodere de uno un amor que supera al yo, que elimina los males que pueden acompañar al ego. Y aquí es donde podemos volver a decir que de nuevo aparece el ego, maldita sea, peleándose con o contra el amor, y debemos resolver el problema sin recurrir a la psicología, consiguiendo, como hacen estos autores, que el yo desaparezca en el arte de la escritura: «yo también, lo único que deseo es desaparecer por completo, aniquilarme, hallar el descanso, pero el yo continúa interponiéndose, como la sombra de la tierra que oculta la luna».

Estamos ante un libro elaborado a conciencia, sin fallos, casi nos atreveríamos a decir que incontestable. El estudio de un ateo sobre el misticismo, la espiritualidad, contra la obsesión que tenemos por nosotros mismos. Todos andamos solos y perdidos, y necesitamos alivios contra la melancolía y la desesperación. El magma del misticismo es esa abstracción a la que llamamos amor, que podemos conocer a través de la vida de los místicos. Este es el planteamiento de Critchley, y en tiempos en que la violencia no se transforma en fuerza, resulta imprescindible entregarse a él. Bienvenido sea este magnífico ensayo.

miércoles, 23 de abril de 2025

VE Y DILO EN LA MONTAÑA

 

Ve y dilo en la montaña

James Baldwin

Traducción de Ismael Attrache

Sexto Piso

Madrid, 2025

254 páginas


 


A principios de la década de los cincuenta, un muchacho de menos de treinta años se cuestionaba todo lo que había vivido y, lo que es más significativo, era capaz de llevarlo por escrito a un editor para que lo hiciera público. Esto no tendría nada de valiente de no ser porque lo que había vivido era, daba por supuesto la sociedad, los beneficios de la vida condicionada por la religión. Pero esa religión que atravesó la infancia y adolescencia de James Baldwin (Nueva York, 1924 – Saint-Paul-de-Vence, 1987) estaba hecha de la misma materia que el miedo. Lo que sucede es que el reino que promulga la religión puede no ser de este mundo, pero la religión sí lo es, y el miedo se ha ido convirtiendo en la emoción que lo mueve. Las glorias de la eternidad, nos dirá en algún momento el narrador, son inimaginables, pero la ciudad es real.

La novela que tenemos entre manos, Ve y dilo en la montaña, se sustenta sobre la voz de un narrador que nos habla de lo que rodea a la adolescencia del protagonista asfixiando. Nuestro adolescente es un mar de dudas que habita en unas calles marginales de Harlem, en una Nueva York racista. Se supone que el ambiente religioso podría servirle de sostén, podría poner suelo bajo los pies, pero forma parte del fracaso de la atmósfera, en la que se reproducen, de manera congestiva, una y otra vez las ideas de perdón, pecado, justicia de Dios y expiación más propias de una creencia castrante que de una religión que fomente el amor. Y quienes habitan en ese ambiente se comportan más como forofos de esa religión, de un Dios incontestable, que como devotos que al mismo tiempo atienden a lo que se supone que nos da la vida: bañarse en el mar, acariciar al perro, comer uvas o pasear de la mano de la persona amada. La única salvación posible vendrá a través del acto más inequívocamente religioso que existe, que es rezar. «Creían que el látigo los salvaría», escribe Baldwin en algún momento. De este modo, con lo que se enfrentan es con la locura, con la paranoia, con la densidad de la opresión.

La novela es una denuncia, en la que está muy presente la institución que tan unida ha ido, a lo largo de la historia, con las religiones que acotan, que es la familia. En un barrio habitado por perdedores, por humillados y ofendidos, el padre está convencido de que la única forma de sacar adelante una familia religiosa es convirtiéndose en un energúmeno. Así, todo lo que vendrá tendrá que ser interpretado bajo premisas estrictas, consignas, y se van estableciendo unas relaciones familiares en las que el caos que provoca el miedo se impone, en las que el peso del matrimonio se condensa. De ahí que Baldwin elija que buena parte de la novela deba suceder dentro de la cabeza de sus personajes. Conviene atender a las evoluciones de sus pensamientos, a las intensidades de sus emociones. Los acontecimientos que relata no son tantos, pero sí merece la pena detenerse en los retratos de los interiores de los protagonistas. Es fácil sospechar que Baldwin se plantea esta obra con intención de saldar deudas. Pero la literatura no es tan cauterizante como damos por supuesto. Baldwin comienza aquí su obra, que no cesará de tener la intención de colocar todo en su sitio a partir de las denuncias, siempre consciente de que los humillados y ofendidos son las personas por las que merece la pena apostar, son quienes merecen vivir una vida diferente a la que él retrata, en la que está tan presente la represión como el deseo.


Fuente: Zenda

martes, 1 de octubre de 2024

LOS NUEVOS LEVIATANES

 

Los nuevos Leviatanes

John Gray

Traducción de Albino Santos Mosquera

Sexto Piso

Madrid, 2024

194 páginas

 



«El verdadero Leviatán es el animal humano». John Gray (South Shields, 1948) no dice el hombre o el ser humano, dice el animal humano, en una expresión que contiene menos oxímoron de lo que parece. Al fin y al cabo, compartimos la mayoría de los genes con la mosca de la fruta. Incluso el mismísimo Thoma Hobbes participa de esta característica, en la que, nos aclara Gray, la pasión primordial, la que se impone, la más nuestra, es el miedo. «Los valores no tenían su origen en Dios ni en ningún ámbito espiritual, sino en el animal humano», aclara, mientras explica el materialismo del filósofo británico. Y es que la primera parte de estas Reflexiones para después del liberalismo, según reza el subtítulo, es un estudio sobre el sentido que tenía la razón en la filosofía de Hobbes, aunque se nos advierte desde el principio que va a buscar, a través de esas ideas, por qué los Estados se están convirtiendo en los nuevos Leviatanes.

Gray entiende al animal humano como un ser psico y sociopolítico, un constructor de morales a la par que los responsables de edificar sociedades. Pero en este proceso no se debe perder de vista eso que llamamos poder, pues ningún sistema social, todos inventados, carece del objetivo de organizar y garantizar la distribución del mismo. Para aclarárnoslo, se detiene en los regímenes chinos y, sobre todo, en el fenómeno de la Unión Soviética y la Rusia posterior. Seguramente estemos hablando del mayor proyecto de reinvención de la humanidad que ha existido. Pero pocas cosas han sido limpias en este proceso, como nos va demostrando deteniéndose en las biografías de distintos intelectuales, por ejemplo. A la hora de hablar de la represión, la pregunta que no cesa de flotar es ¿quién valora, define, escoge o elimina las libertades? «La genialidad del totalitarismo, por así llamarla, es que convierte a sus víctimas en cómplices de sus crímenes», asegura. Y así progresa este estudio, analizando cómo a los regímenes totalitarios, como podría ser el bolchevismo, le ha sucedido un liberalismo que también sigue pautas un tanto fanáticas, consignas con las que es complejo debatir. Comte, John Stuart Mill o el mismísimo Beckett son figuras de referencia en un análisis del que va concluyendo que «el liberalismo basado en derechos está tan lejos de las realidades del siglo XXI como lo pueda estar la teoría política medieval, si no más».

«En el capitalismo contemporáneo», aclara, «la clase marginada y sectores cada vez más amplios de la antigua clase media no solo se sienten abocados al abismo de la indigencia, sino que se ven privados de toda esperanza. El capitalismo venía autolegitimándose a través del mito de un crecimiento económico sin fin. Ahora, en tiempos de pandemias y de aceleración del cambio climático, ese mito ya no resulta sostenible. Y desaparece. Y los perdedores de la sociedad se quedan entonces sin nada». Gray se muestra como un intelectual tendente al estudio en este nuevo ensayo, en el que no está ausente la geopolítica, en el que demuestra que «los Estados neototalitarios actuales aspiran a liberar a sus súbditos de las cargas de la libertad», ofreciendo progreso material, seguridad derivada de la ilusión de pertenencia a comunidades y placeres asociados a la persecución.

«Los revolucionarios rusos de finales del siglo XIX y los hiperliberales occidentales de principios del XXI tienen mucho en común. En ambos casos, una lumpenintelligentsia inflada ha devenido en una poderosa fuerza política. Ambos movimientos son también profundamente devotos de la idea de que los seres humanos poseen poderes que antes se atribuían a la divinidad. Y ambos —los radicales rusos, a sabiendas, y los hiperliberales del siglo XXI, sin saberlo— están embarcados en un proyecto de construcción de Dios». Y más adelante continúa: «Pero los liberales del siglo XXXI están tan incapacitados para abjurar de su fe como lo estaban los comunistas de entreguerras: la necesitan para su supervivencia mental. Si algún futuro le queda al liberalismo, es como terapia contra el miedo a la oscuridad». Pues eso: el animal humano. Como siempre, gracias, Gray, por explicarnos tanto.

sábado, 20 de abril de 2024

DINERO EN EL BOLSILLO

 

Dinero en el bolsillo

Asta Olivia Nordenhof

Traducción de María Rosich Andreu

Sexto Piso

Madrid, 2024

159 páginas


 


Los técnicos de explosivos se acercan siempre con cautela al coche bomba para desactivar la trampa: manipulan con cuidado los cables, los estudian, y terminan por seccionar, con miedo, el de color rojo. Esa cautela es la que se ha ido imponiendo en el estilo con que se trata, con frecuencia, temas sociales, temas delicados, asuntos de miseria, de pobreza, de agresividad y de pérdida. La frase en la que se elimina todo lo que no sea hueso, el recurso al término directo, la construcción seca, el estilo breve hasta en la prolongación del párrafo. Lejos, muy lejos, quedan los niños huérfanos de Dickens, un autor que, a pesar de todo, nos mostraba cariño por sus personajes cuando se adentraba en lo más oscuro. Aquí el cariño es una aportación que debe hacer el lector si le apetece, y la historia, y el lenguaje con el que se narra la historia, no invita a que a uno le apetezca. Dinero en el bolsillo nos habla de la infelicidad que le viene impuesta a quien nació en el barrio siniestro del mundo.

Lo que Asta Olivia Nordenhof (Copenhage, 1988) nos transmite es que el mundo es feo. Si una parte de él es fea, no podemos enamorarnos del mundo, y una parte, esta que ella recoge aquí, no se caracteriza por la belleza, por el deleite, por la poesía. Estamos con los que viven a merced de poder robar, con los que no saben entender el sexo de otra manera que no sea pornográficamente, con los pobres, con una pareja que establece una relación demasiado asimétrica, de hecho, tan asimétrica que cae en la agresividad. Nuestros protagonistas establecen unos principios que se adhieren al sadomasoquismo. Ella, que de vez en cuando toma el relevo del narrador para expresarse con idéntica voz a la de éste, ha sufrido el pasado propio de los perdedores y termina por sufrir, también, el final propio de los perdedores, como es el de una enfermedad terminal amarga. La autora nos libera, eso sí, de la maldición cronológica y nos lleva de un momento a otro de la historia atendiendo más a necesidades emocionales, a impulsos que le van indicando qué es lo más importante de relatar en cada momento. Eso que es tan importante consiste, casi siempre, en la necesidad de salir adelante, en motivos prácticos, que no permiten a los protagonistas respirar otro aire que no sea un aire humillado.

Estamos hablando de vidas insignificantes, de gente para la que morir sería un descanso. Estamos hablando de desdicha. El estilo con el que se narra apenas da lugar a adorno, a pesar de lo cual, Asta Olivia Nordenhof encuentra algún hallazgo expresivo: «Eres salvaje, totalmente salvaje, repetía él. Si hubiera habido un lugar, un pequeño recoveco en el interior de Maggie que entendiera que la estaba convirtiendo en un mito y que nunca podría estar a la altura, ella no le habría prestado atención por nada del mundo», así define el enamoramiento. O «Freud. Un poco pompose. ¿Sabes qué pensé? Si se supone que el tal Freud es tan genial… Pensé lo genial que habría sido yo si hubiera tenido tiempo de serlo», dice, para resumir la maldición de haber nacido en la familia equivocada, en el callejón de los destinos, donde se dan los abusos, las presiones, la mala ventura. Sin duda Nordenhof recurre a la rabia para protestar por un mundo tan feo. Y la rabia es, no lo olvidemos, el último recurso que sirve para mantenernos en pie, nuestra última herramienta para no perder el orgullo.

 

 Fuente: Zenda

domingo, 24 de diciembre de 2023

PERROS DE PAJA

 

Perros de paja

John Gray

Traducción de Albino Santos Mosquera

Sexto Piso

Madrid, 2023

223 páginas

 



A la humanidad conviene pasarle el plumero de vez en cuando. Y para ello hace falta un talento como el de John Gray (South Shields, Inglaterra, 1948), invertido en una forma de saber que se identifica con la sensatez: «La idea de progreso no es más que el ansia de inmortalidad con un toque tecnofuturista. No es aquí donde se puede encontrar la cordura, ni tampoco en las eternidades apolilladas de los místicos», nos dice, para concluir con una pregunta: «¿Tan inconcebible nos resulta que el objetivo de la vida sea sencillamente ver?».

Perros de paja es una recopilación de reflexiones en las que uno se asoma a todos los abismos: la ciencia, la filosofía, la sociedad, la economía, la religión… Es un libro que nos coloca frente a todos los espejos cuestionando los valores que se han ido convirtiendo en lugares comunes a lo largo de tantos siglos de pensamiento acumulado. Aunque su especialidad, donde Gray se muestra más hábil, especialmente sensato, es en los temas filosóficos, en los conceptos de verdad derivada de las ramas de la ciencia o la ética. En realidad, Gray critica constantemente el solipsismo con el que hemos ido creciendo, y que nos hace sentir un cierto orgullo por pertenecer a la especie elegida: «El avance científico nos hace creer que somos diferentes del resto de animales; ahora bien, nuestra historia nos enseña que no lo somos». Para Gray deberíamos tener en cuenta, a la hora de pensar, que no dejamos de ser una especie más, que estamos condicionados por las fórmulas de pensamiento religioso, que ahora vemos expresadas en el humanismo, y que la vida de acción no es más satisfactoria que la vida de contemplación. Los ejes sobre los que gira su pensamiento son sencillos, y la forma que tiene de expresarlos es divulgativa, pero, utilizando un término que él odiaría, científica.

John Gray se apoya en todo tipo de textos, populares, míticos o literarios, para centrar sus ideas, añadiendo al ensayo un tono que no nos permite descanso y nos arroja satisfacción. Se pregunta sobre lo irracional, mientras también duda acerca de la veracidad de las conclusiones humanas que extraemos de las ramas más racionales de nuestros saberes, que son las científicas. Considera un error separarnos del resto de los animales o atribuir a la hipótesis de Gaia una tendencia poética. Revisa el pensamiento antropocéntrico, marcado por el cristianismo, de la línea filosófica que atraviesa desde Hume a Wittgenstein, pasando por Kant, Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger. Se centrará en el yo y la ilusión del yo, en la ilusión de identidad individual a partir de Lord Jim, del budismo y de la tendencia religiosa que él parece entender que nos respeta mejor, que es el taoísmo: «Para los taoístas, la vida buena no era más que la vida natural hábilmente vivida. Se trata de una vida que no tiene ningún propósito particular. No tiene nada que ver con la voluntad y no consiste en la realización de ningún ideal concreto».

Nos va a hablar acerca de la moral como obediencia y como ficción, de la tragedia y el sentido de justicia, de la libertad de elección, a la que califica de fetiche, y de la espontaneidad. Tratará acerca de la idea de salvación, de las necesidades que sentimos y que creemos satisfacer gracias a las drogas o la tecnología. Irá repasando los hitos de la historia que nos llevaron hasta este «supermercado cultural» en el que vivimos, caracterizado por el capitalismo de la distracción, por unos medios de comunicación a los que lo único que les importa es la sugestión, y por una globalización que «es un amontonamiento caótico de nuevas tecnologías. Si algún efecto general tiene, no es el de difundir “los valores modernos”, sino el de consumirlos». Han transcurrido algo más de veinte años desde la publicación en inglés de este libro. Pero, hoy en día, sigue siendo un texto que uno no para de subrayar, porque encuentra en él una sobredosis de cordura. Y eso resulta de lo más satisfactorio.


Fuente: Zenda

miércoles, 28 de junio de 2023

DONANTES DE SUEÑO

 

Donantes de sueño

Karen Russell

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Sexto Piso

Madrid, 2023

172 páginas

 



«—Mira, si te quedas dormida tienes que intentar mantenerte despierta dentro del sueño.»

La idea es terrible, porque supone esforzarse por controlar lo incontrolable. No sólo eso, sino que supone intentar controlar lo que al no estar bajo las guías de nuestra voluntad nos facilita el descanso. El único órgano de nuestro cuerpo que necesita dormir es el cerebro y para evitar tener la pesadilla, que en esta novela se propaga como un contagio provocado, hay que mantenerlo con la misma actividad que mantiene durante la vigilia. Y es la vigilia lo que causa la enfermedad, no la pesadilla. Es decir, la cura puede matar.

Estamos en un país, o más bien un territorio en expansión, pues el mal va atañendo a más y más planeta, reo de nocturnidad. La gente está dejando de dormir. La obra comienza con un plano general de la situación, para luego hablarnos a través de una de las protagonistas, una mujer que capta a donantes de sueño, a personas que todavía poseen ese don, y que pueden compartirlo. Se dona el sueño como se puede donar la sangre. El hecho de que alguien acepte donarlo no es baladí: supone un precio, supone perder parte del don. Así pues, nuestra narradora recurre al chantaje afectivo, que es una estrategia terrible, pues atañe a provocar sentido de culpa. Su hermana tuvo una muerte horrible a causa del mal y a ella no le duelen prendas a la hora de divulgarlo casa a casa, dormitorio a dormitorio. Este chantaje no es ético, pero ella no puede percibir el valor moral del mismo, pues el fantasma es demasiado potente, pesa mucho sobre su ánimo, lo bastante como para considerar que al invocarlo está, a su vez, haciendo lo mejor para los demás.

«Me da miedo que hasta mi deseo de actuar con buena fe se me desmande y se convierta en mal», comentará.

Es consciente de que trabaja para intentar reparar una enfermedad que afecta a las personas una a una, aunque se extienda como una epidemia, y que lo hace en el momento en que somos más vulnerables. Lo que ella propone, lo que propone la organización para la que trabaja, va resultando tan acogedor como el opio. De hecho, hay varias referencias a las flores y uno sospecha que se trata mayormente de amapolas. Cualquier droga es mejor que lo que causa no dormir. Lo que sucederá es que irán surgiendo los mismos problemas que pueden brotar en cualquier caso de tráfico, como por ejemplo en el tráfico de órganos, situaciones en las que los que carecen de valores éticos encuentran cómo aprovechar para enriquecerse. Y eso dará pie a las dudas éticas y emocionales con las que nos quedaremos al cerrar el libro.

Esta obra funciona como un cuento largo, es redonda, distópica, incómoda. Al bordear el sueño apunta al surrealismo, pero se mueve en el filo de la realidad, no la abandona, pues no deja de tratar con la condición humana y los registros que, en otra medida, nos encontramos a diario: los que nos hacen sentir mal, los que apelan a la culpa, los que denuncian la inhumanidad. Está narrada con pulso firme y una estructura depurada, siguiendo las fórmulas que se aprenden en los talleres de creación literaria. Pero el talento está en el acierto con que elige el tema, el balance de la ética de los protagonistas, ligado a uno de esos terrores que nos resulta más fácil sentir, que es el de perder el sueño. Hay dos figuras que representan el bien y el mal, casi sin querer, como el donante que transmite la pesadilla y la bebé que facilita el sueño. Los demás están moviendo la balanza.


Fuente: Zenda

martes, 14 de septiembre de 2021

FILOSOFÍA FELINA

 

Filosofía felina

John Gray

Traducción de Albino Santos Mosquera

Sexto Piso

Madrid, 2021

184 páginas

 


“La eternidad no es un orden distinto de las cosas, sino el mundo visto sin ansiedad”.

Buena parte del espíritu de este ensayo, esclarecedor, como todo lo que escribe John Gray (South Shields, Inglaterra, 1948), se encuentra resumido en esa frase. Preocuparse por la eternidad es tanto como preocuparse por la muerte. Y ahí se genera la ansiedad que nos impide disfrutar del momento. En realidad, la eternidad no es la suma de segundos hasta llegar al infinito, sino la ausencia de tiempo. Esto supone que eternidad se iguala a presente, al ahora, un principio que parece regir el ánimo con el que los gatos transitan por el mundo. La preocupación por la eternidad, y por la muerte, y las formas de combatir esa preocupación, centran buena parte de este ensayo. Entrar en combate contra la preocupación supone, a su vez, preocuparse. La contradicción consecuente navega por los análisis que Gray hace de la filosofía de tantos pensadores y tantas corrientes religiosas, provocando que cada propuesta nos resulte incompleta. Atendemos a los afanes de Marco Aurelio, de Séneca, Pascal, Montaigne, Spinoza, Samuel Johnson, Buda, los epicúreos o las propuestas de religiones mayoritarias. Pero también nos habla de algunos filósofos menos conocidos, cuyo pensamiento relaciona con la actitud de los gatos pues, en ocasiones, han sido los gatos la compañía de las personas.

Gray no se queda únicamente en la filosofía. Relatos literarios y apuntes biográficos cruzan para dar al texto un contrapunto que pisa la calle, para divagar menos con abstracciones y convertir el libro en un ejemplo de humanidad.

Que la filosofía atienda a la presencia de la muerte y a su peso emocional, delata en qué consiste la esencia de los hombres, preocupados por el sentido de la vida. El ego y la mismidad nos impiden arribar a lo que Gray llama “ausencia mental”, que sería un estado de pacificación sereno: “Pasamos por nuestra vidas fragmentados e inconexos, apareciendo y reapareciendo cual fantasmas, mientras que los gatos, que no tienen yo, son siempre ellos mismos”. La entrega al pensamiento sobre el ego se vinculará a la soledad, el otro mal que nos impide habitar en el presente, pues parece ser el factor que más impide la felicidad, sea lo que sea la felicidad. Así resultamos ser, en esencia, seres angustiados, nos pasamos buena parte de la vida huyendo de nuestra propia sombra: “Hodges (nombre del gato) era para Johnson una ocasión para darse un respiro entre tanto pensamiento, o lo que es lo mismo, un alivio a su condición de ser humano.” Ni siquiera la abstracción del amor nos libra de esa angustia, pues Gray lo califica como un refugio frente a la infelicidad. Y un refugio no es un lugar donde uno quiera habitar para siempre.

El ensayo desmitifica la filosofía y atiende, sin utilizar jamás la expresión, a la estupidez humana: “Podemos mirar algo sin tocarlo, pero la vida buena no es así. Solo la conoceremos viviéndola. Si pensamos demasiado sobre ella y la transformamos en una teoría, posiblemente se disolverá y desaparecerá. Contrariamente a lo que creía Sócrates, es la vida examinada la que no merece ser vivida”. Estamos, a fin de cuentas, frente a un texto que exalta la vida sin euforia ni indiferencia, ni huidas en falso, como parecen entenderla los gatos: “somos incapaces de controlar cómo vivimos ni las emociones que sentimos. Nuestras vidas están influidas por el azar, y nuestras emociones, por el cuerpo. Gran parte de la vida humana -y de la filosofía- es un intento de distraernos de esa realidad”.

lunes, 8 de febrero de 2021

LOS AÑOS DE LA ESPIRAL

 

Los años de la espiral

Jon Lee Anderson

Traducción de Daniel Saldaña París

Sexto Piso

Madrid, 2021

707 páginas

 


Jon Lee Anderson (California, 1957) escribe como una forma de lealtad: lealtad a un oficio que adora, el de corresponsal, lealtad a una práctica en la que nada con facilidad, la de la escritura, lealtad a una tierra con la que se compromete hasta las cachas, América Latina. Esa lealtad tiene mucho que ver con el enamoramiento por la literatura, que bebe de la primera fuente literaria, que es la de observar qué sucede a nuestro alrededor y mostrarse tan limitado a la hora de entenderlo, que uno debe trazar en el aire miles de palabras, miles de conceptos, tratando de poner orden. El universo es caos, como sucede con cualquier organismo vivo. El universo está en perpetua construcción, es la ruta y no el destino, es La Odisea y no Ítaca. Esta recopilación de crónicas, perfiles e instantes, Los años de la espiral, que nos trae Sexto Piso, recoge una visión del universo de América Latina entre los años 2010 y 2020, dejándonos una sorprendente impresión de estar asistiendo a la lectura de la historia reciente, sí, pero como si estuviera caduca y al tiempo nos afectara como nos afectan las memorias emocionales. La escritura es impecable, atractiva y limpia, y la exposición consigue sugerir y no imponer, como se corresponde a un observador que hace todo lo posible por ocultar sus prejuicios o, para ser más exactos, por no tenerlos. Si bien, sobrevuela a lo largo de los textos una impresión de estar asistiendo a un periodo de la historia en el que podemos leer entre líneas nuevas formas de colonialismo, las que no se exponen, las que no pertenecen a naturalezas abiertas, las que son más virus que ley de la selva.

La década por la que viajamos está impregnada del chavismo y sus consecuencias, de la revuelta en Cuba a cuenta de la desaparición de Fidel Castro y de la nueva política de Obama, del proceso de paz en Colombia o las consecuencias de las catástrofes en Haití. Pero Anderson sabe que no se puede analizar una década como si fuera un paréntesis: todo remite a un pasado que afecta al sustrato de los países, como el peronismo en Argentina o el PRI en México, a un carácter en el que han convivido siempre los poderosos y las tomas de poder con las revoluciones y la canción protesta. La documentación que maneja Anderson está bien digerida, hasta el punto de no exponerla, pues intenta ser más un testigo directo y empaparse de los protagonistas. ¿Quiénes son los protagonistas? Políticos, militares, escritores, gente que ocupa líneas en los titulares de prensa, gente con la que conversa en extenso, personas sobre las que va escribiendo perfiles que afectan a los demás, a los actores secundarios, al pueblo, al que se acerca de vez en cuando en los que quizá sean sus párrafos más humanos, donde la humanidad se desborda. Conocemos a los poderosos, a los malos, sin renunciar a la posibilidad de que hayan producido algún bien, sí, a pesar de que uno sea loco y otro sanguinario. Hay menciones geopolíticas y de políticas sociales, y de tendencias o tiranías económicas, pero hay, por encima de todo, intención de acercarse a los fracasos humanos, a los humanos que conviven con el fracaso, en diferentes grados.

Ateniéndonos al contenido histórico político, el libro empieza donde triunfan, a la par, el chavismo y las proximidades del chavismo desde la izquierda -Evo Morales, Lula da Silva, Bachelet, Mújica- y el neoliberalismo que viene desde los Chicago Boys y su intervención en Chile, y recorre esa etapa de regímenes de izquierda que ha dado su fin, en un afán de péndulo, con personajes que en la literatura de Anderson no reciben adjetivos, aunque son casi una burla, pero que se toma muy en serio: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Jeanine Añez… Si bien todo está mirado a través de un filtro de decadencia. Apenas cabe la ilusión de vivir cuando se arrima a algún escritor como Leonardo Padura o a algún viejo miembro de las FARC ahora dispuesto a integrarse en una rebelión más jacobina.

Todos estos son los años de la espiral, en la metáfora que maneja Anderson, una curva que se interrumpe con Trump y sus acólitos, con una nueva política que segrega naciones y pueblos, es racista y fomenta el patriotismo de bandera en la frente. Mientras tanto, de aquellos tiempos queda Maduro y Daniel Ortega, que representa mejor que nadie la afectación de la egolatría y la tentación del despotismo. De todo esto -y mucho más, mucho más humano- nos habla, paso a paso, eso sí, este periodista comprometido y leal, maestro de la crónica y del reportaje.

lunes, 14 de diciembre de 2020

EL VALOR DESCONOCIDO

 

El valor desconocido

Hermann Broch

Traducción de Isabel García Adánez

Sexto Piso

Madrid, 2020

162 páginas

 


El talento de Hermann Broch (Viena, 1886 – New Haven, 1951) para explorar la condición humana se expone a lo largo de esta novela, El valor desconocido. Siendo consciente de su extensísimo dominio de cualquier herramienta literaria, como se disfruta de la lectura de La muerte de Virgilio, falta saber si él mismo era también capaz de leer, con idéntica intensidad, el alma de los hombres. Desde el principio, en esta obra deja patente cuáles son sus intenciones y hasta dónde pretende llegar: estamos junto a tres hermanos, uno de los cuales es un amante de la ciencia matemática, la más pura, otro, el menor, está en plena formación artística y sus anhelos de bohemio salen por cada poro de la piel, y la tercera, la mediana, se consagra espiritualmente, con todo el cuerpo, a su afán por entrar en un convento religioso. Entre cada uno de ellos media cinco años de diferencia de edad, lo cual permite pensar que no son reflejo de tres generaciones diferentes, pero sí que existe la suficiente variación en los ambientes en que se criaron como para irse cada uno de ellos a un vértice distinto del triángulo. Pero, en realidad, cada uno de ellos trata de resolver, a su manera, la misma pregunta: cuál es el sentido de la vida o, para ser más precisos, cuál es el sentido de la vida, otra vez, porque si no ha aparecido por su cuenta, tendremos que ser nosotros quienes lo proyectemos.

La tendencia intelectual, filosófica o humanista de cada uno de los hermanos pretende llegar al consuelo. Dado que las consecuencias que tiene el mero hecho animal de respirar, la costumbre de vivir, son abrumadoras, precisamos hallar consuelo, seguridad, un regazo o unas paredes y un techo. Las matemáticas son limpias, como veremos a través de los ojos del primogénito; pero también es muy limpia la intención de la hermana y no deja de ser pura la del Benjamín, que pretende sumergirse en los días con intensidad. La huida puede ser hacia adelante, hacia atrás o hacia arriba. Entre los tres, eso sí, se establecen unas relaciones y una suerte de secuencias que obedecen a la teoría de los conjuntos: cada uno de los centros desde los que se traza el círculo se encuentra en un vértice del triángulo, y así tienen su área propia y sus áreas comunes, más comprometidas, más predispuestas al conflicto:

“En el exterior, en alguna parte, la vida bullía, grande y ruidosa, y cada uno de ellos ansiaba atrapar un pedacito de ellas, pero no sabía qué pedacito, y sin duda era uno distinto en cada caso.”

El miedo a la casualidad, a lo que nos domina, les hace buscar tener la realidad en las manos. Broch vuelve al conflicto entre la realidad y el deseo, aunque no a través de la definición del amor, sino escrutando esa trama interior en la que se entreveran, al menos en el caso de este relato tan bien hilvanado, y dejan de ser agua y aceite. Nuestros personajes van exponiendo, a través de sus acciones y sus palabras, una variación de sentidos morales que, por otra parte, reflejan su forma de mirar, de justificar, eso que en psicología se conoce como disonancia cognitiva. De ahí surge otro tema de la obra, que es la forma de relacionarnos con algo que, a falta de otra palabra mejor, llamaremos realidad. Aunque tal vez nos estemos refiriendo a lo cotidiano, sencillamente a lo cotidiano. De ahí que entremos y salgamos en la cabeza de los personajes y nos vayamos dando cuenta de cuándo se permiten no fingir, que es el verbo que describe la forma de vincularse de los adultos y entre los adultos.

La utopía, lo ideal, queda en entredicho, porque sigue, como siempre, el acoso de la sustancia de la que está hecho lo real. La existencia, para malestar de los protagonistas, no es “unívoca”:

“De repente, Richard Hieck lo vio todo claro: lo pecaminoso del mundo es lo impredecible. Lo que escapa del conjunto de causas y leyes, aunque no sea más que una nota que vibra solitaria en el espacio, eso es pecaminoso. Lo aislado es absurdo a la vez que pecaminoso.”

Ninguno de los personajes, que actúan como si pretendieran ser mejores, es decir, como si no se conocieran lo bastante, parece capacitado para alcanzar su sueño. Porque los sueños sólo son perfectos como tales:

“Ahora bien, de no tener esa consciencia de los años luz, imposibles de imaginar, pero tan llenos de significado para el alma humana, cabría decir que la astronomía en general es simplemente aburrida, y a menudo en verdad lo era.”


Fuente: Revista de letras 

martes, 29 de septiembre de 2020

PAPELES FALSOS

 

Papeles falsos

Valeria Luiselli

Sexto Piso

Madrid, 2020

107 páginas

 


¿Es posible amar la literatura? Lo cierto es que el amor es una abstracción y como tal no existe. Existe, eso sí, amar y ser amado. La literatura permite amarla, seguramente, pero que ella nos ame será una proyección, un deseo, un hallazgo, un sentimiento que se corresponde a un encuentro y la principal característica de este encuentro es la felicidad. Se trata de una felicidad bastante completa, pues añade sosiego, añade entereza, añade aquello que nos falta, sea esto lo que sea. Como compañía, la literatura tiene la ventaja de permitirnos cerrar el libro que no nos hace felices. Existe, por tanto, una categoría de libros que será la imprescindible, la de alto calado, y ésta es la de los libros felices.

Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) tiene claro que los libros de Joseph Brodsky deben hallarse entre los que nos harán felices. Al menos aquellos que, como Marca de agua, hacen referencia a Venecia, esa ciudad donde los mitos habitan hasta en las miasmas. Las constantes referencias que circulan por éste Papeles falsos, tanto a Brodsky como a otros autores, hacen de este libro, que es viaje y es sentimiento, cobre un tono metaliterario. El equilibrio a que se somete Luiselli, y del que sale triunfante, es el de conseguir que una falsa metaliteratura no impida que se imponga la poesía de la vida. Los textos son poéticos, están elaborados con el mimo de quien adora las palabras. De hecho, parte de ellos están dedicados a los idiomas, a la lengua, al sonido de las palabras.

La sensación que da es la de asistir a viajes en la que el autor nos regala una mirada de poemas en prosa. La sensibilidad se impone, por encima de una cierta tentación de ensayo, como muestra esa tendencia a resistirse a las definiciones precisas. Luiselli visita cementerios, habla de mapas, retrata a los ciclistas como los nuevos flaneurs, se entrega la saudade y a la emigración, considera a los escritores como el corazón vacío de la ciudad, coloca a las mudanzas como una connotación inequívoca de urbes y da por supuesto que existe un vínculo estrecho, con dos sentidos, entre las ventanas y la privacidad. Hemos mencionado a Brodsky, pero tampoco debemos olvidarnos de Pessoa, un escritor que ha marcado toda la literatura posterior a su presencia. Papeles falsos tiene bastantes puntos en común con el Libro del desasosiego, principalmente en el tono lúcido y sereno.

martes, 17 de diciembre de 2019

DESIERTO SONORO


Desierto sonoro
Valeria Luiselli
Traducción de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli
Sexto Piso
Madrid, 2019
450 páginas

En el año 1212 miles de niños se embarcan en Niza en dirección a Tierra Santa, con intención de protagonizar una quinta cruzada y recuperar, a sangre y fuego, el territorio para la cristiandad. Entre las leyendas de las apariciones de Jesucristo y el exilio de campesinos pobres, los motivos de este hecho quedan vagando en hipótesis sin resolver, pero el viaje ha quedado grabado como uno de los episodios más siniestros de la historia. Sobre los lomos de este mal, el de la tortura infantil de los niños desheredados de sus raíces, Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) construye la parte más interesante de esta novela, de este Desierto sonoro, que ha sido tan celebrada y cuyo éxito confiamos en que siga batiendo las librerías.
El verdadero espíritu del libro se puede identificar en una de las confesiones de la narradora al principio de la obra: “Esa noche fue nuestra fundación: fue la noche en que nuestro caos se convirtió en cosmos”. Para organizar el caos y el cosmos (que ya en sí es un sistema caótico, pues no hay equilibrio sideral que no surja tras el capricho de los accidentes) de la familia protagonista, Luiselli idea un viaje, es decir, una huida. Los protagonistas conforman una familia sin lazos de sangre cerrados: un padre y un hijo que conviven con una madre y una hija. Se trata de un matrimonio en una suerte de crisis bastante natural, sin dramas, y unos niños en los que destaca la curiosidad y la intriga, como subidos al coche sin fuerza y sin explicaciones convenientes. En teoría, durante el viaje se grabará un documental a basa de sonidos. Este dato resulta chocante, una paradoja social, en un mundo en que lo visual se impone también e incluso entre lo audiovisual.
El viaje se divide en etapas, pero sobre todo en impresiones. La narradora va desgranando cada paso con una extraña combinación de parsimonia y premura, como si supiera que tiene que llegar al destino, pero desconoce la esencia de ese sitio en el que terminará dando con sus huesos. Y mientras tanto, mientras se vive el viaje en el que la comunicación entre los miembros de la familia no es nada compacta, en el que la familia va improvisando el falso orden cósmico de su caos, se insertan referencias a los viajes más humillantes, más desgarradores: los exiliados, los inmigrantes, los refugiados y los indios americanos en el momento de su exterminio. Cobran protagonismo El tren de la bestia, sobre el que niños se suben para cruzar el territorio mexicano con intención de llegar, muertos de hambre y cubiertos de polvo, a la frontera con Estados Unidos. Y cobra protagonismo algún libro como El señor de las moscas, cuya intención es la denuncia y se vale de almas infantiles para resultar más contundente.
Como hemos comentado, tal vez sea esta la parte más intensa de la novela, un texto escrito a partir de lecturas excepto cuando hace referencia a esa parte de la realidad social: el cosmos de la sociedad civilizada aparenta orden al generarse un equilibrio, funcional y de puro espejismo, compensando la desolación de los peores viajes que tienen lugar en el mundo contemporáneo. Podríamos estar hablando de una novela de carretera y en buena medida como tal se ha leído. De ser así, su espíritu no es tan potente como pensamos que podría haber sido, pues la imaginación no alcanza a sacudirnos y se nota que pertenece al nuevo género del siglo XXI, ese en el que la literatura se cimenta sobre la literatura, en lugar de sobre las experiencias, propias y ajenas, que nos aturden en la vida. Pero la región de denuncia que va conviviendo con el texto, nos mantiene a salvo durante la lectura, nos recuerda que estamos leyendo una novela cuyo fin va más allá de una distracción. De ahí que esta voz, casi neutral como registro y casi lírica para impactar, se sostenga con éxito a lo largo de tantas páginas.

viernes, 5 de octubre de 2018

LA CANCIÓN DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS


La canción de los vivos y los muertos
Jesmyn Ward
Traducción de Francisco González López
Sexto Piso
Madrid, 2018
256 páginas

El mundo de la literatura no es el mismo desde que uno leyó a William Faulkner. Tal vez el otro, el mundo fuera de los libros, no hubiera sido mejor de no haber existido Faulkner, como no hubiera sido mejor de no haber existido Shakespeare. De hecho, poco hubiera cambiado y el mismo Faulkner no parecía interesado en escribir para cambiarlo. Y, sin embargo, a unos cuantos, a los lectores, sí les ha afectado la literatura del premio Nobel y, sobre todo, ese libro enorme, su gran obra, que es Mientras agonizo. La literatura no es la ONU, ni siquiera la Cruz Roja. La literatura nos hace mejores porque hay valores que uno solo encuentra en la literatura. No estarán todos, pero sí aquellos que necesitamos cuando el mundo a nuestro alrededor es hostil. Y eso es algo que sucede con demasiada frecuencia. Esta novela, esta La canción de los vivos y los muertos, nos regresa a Faulkner y nos recuerda todo lo que nos queda por aprender de los maestros. Además de Faulkner, reconocemos a Flannery O’Connor, algo de Raymond Carver, de Herny James y de la tradición del realismo sucio. Es el sur de los Estados Unidos, con la maldición del racismo a cuestas y esa denuncia de la marginación carcelaria. Es un lugar donde uno no entiende que alguien pueda vivir si sabe que por las calles hay gente ha pasado por la cárcel, y los ve como malditos. En un país donde la gente cambia de residencia con tanta facilidad, largándose a otro estado a miles de kilómetros, en el sur sólo quedan los que no pueden vivir en otro lugar.
Esta familia que protagoniza la novela está anclada a unos fantasmas que en algunos casos, en el de los dos narradores principales, la madre y el hijo de trece años, llegan a hacerse corpóreos. Aunque se marcharan a vivir a la Antártida, los muertos les perseguirían. A pesar de ello, se empeñan en tener una vida digna. El primer paso será recoger al padre de la familia, que sale de la cárcel. Durante el viaje, en el que se alternan las voces, potentes, duras, por momentos de una intensidad sobrecogedora, comprobamos lo complicado que les va a resultar reinventarse. Las adiciones siguen vivas y no parecen tener intención de revocarlas. Al niño de trece años, y también al bebé, les ha estado educando los abuelos. Pero ya es hora de intentar formar una familia al uso, esa farsa que se vende en las películas americanas. Estamos en una época sin año. Durante las primeras páginas, tenemos la sensación de asistir a una novela que sucede no en el tiempo de Faulkner, pero sí en una época en la que las poblaciones y los habitantes de las poblaciones parecen estar aislados. Los medios de comunicación como el teléfono móvil o internet no existen. Las leyes son el policía que puede hacer lo que se le antoja cuando detiene a alguien, o las que el cabeza de familia imponga dentro de las paredes de la casa, pues parece que el abogado, e incluso conocer la presencia de abogados, queda lejos. Sin embargo, en un momento se nos habla del huracán Katrina y nos sorprendemos situando la acción en la actualidad. Existen, pues, lugares donde se mantienen las leyes del Yoktapanawpha. Es un realismo rural, donde hasta las carreteras, que es el escenario de buena parte de la obra, son también lugares rurales. Estamos en un sitio fronterizo, en los mismos parajes en que viven los habitantes de las novelas de Cormac MacCarthy, otro autor cuya influencia está latiendo en la obra.
El tiempo es elástico, caprichos y no sigue los rigores de la cronología. A pesar de que la novela transcurra, en gran medida, durante un trayecto sucísimo de ida y vuelta por una carretera. No es exactamente una novela de carretera, porque lo que sucede, sucede dentro de las cabezas de los personajes o dentro del automóvil: la memoria se mezcla con los vómitos del bebé, por resumirlo de alguna manera. En la cita de Margaret Atwood para la promoción del libro, aparece la expresión “el corazón insepulto de la pesadilla americana”. Ese corazón sigue estando en el sur, como los tiempos de Faulkner, y parece que está destinado, efectivamente, a no ser enterrado jamás. Como si uno pudiera transformar ese fracaso en victoria a través de la denuncia que son las grandes novelas. Aunque solo sea por eso, merece la pena leerla.

jueves, 31 de mayo de 2018

RECOMENDACIONES DE JUNIO EN SAL&ROCA


Sal&Roca junio 2018
  
El día en que nos quedemos sin mar y sin montaña

La esencia de esta sección es, precisamente, ofrecer una alternativa a nuestras salidas a escalar o a hacer surf. Y esta es la lectura. Por norma general, los títulos que buscamos son aquellos que nos pueden servir de consuelo cuando las condiciones no nos acompañan a la hora de hacer actividad. Entonces nos entregamos al mar y a la montaña a través de las experiencias de otros.
Sin embargo, llegando ya las fechas en las que las vacaciones están programadas o a punto de cuajar, nos hemos dado cuenta de que la mayoría de la gente que elige el viaje no se entrega a la sal y a la roca. Hoy hacemos referencia a esas otras aventuras, al viaje como representación de una porción de libertad.

1.- La ciudad
Bangkok
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
285 páginas

Tras azotarnos en El turista desnudo con su debate sobre lo que significa el viaje, tras reducir a cenizas lo que creíamos que era una experiencia de aventura, tras dejarnos claro que a fecha de hoy cualquier forma de viaje es una elección más o menos sofisticada de turismo, Lawrence Osborne nos presenta cómo ha dado solución a ese conflicto en su vida. Estudió en Cambridge y Harvard, pero decidió vivir en Bangkok, una ciudad caótica, llena de rincones en los que se reparte cualquier tipo de olor, cualquier esencia para los sentidos. ¿Cómo consigue alguien integrarse en una ciudad en la que siempre será un extranjero? Tal vez gracias a que ese es el estado definitivo de la sabiduría: ser extranjero en cualquier parte, incluso dentro del hogar. Así es como nos habla por igual de los habitantes como de los visitantes de la ciudad tailandesa. Una obra de un escritor con infinidad de recursos.
Los turistas viajan a Bangkok por muchas razones: una cita amorosa, una operación de cambio de sexo, una estancia en un hotel de lujo o simplemente por el hecho de desaparecer unos cuantos días. Lawrence Osborne viajó a Bangkok por la odontología barata. Una vez allí descubrió que podía vivir con unos pocos dólares al día. Y decidió quedarse. Osborne es un flâneur, se pasea por las calles de la ciudad, por los canales de la parte vieja, es un asiduo del restaurante No Hands, merodea por los barrios olvidados, los templos derruidos y los bares y clubs de alterne para mostrarnos un lugar vivo, febril, donde una antigua mezcla de la práctica budista y las nuevas costumbres sexuales ha terminado creando una versión de la modernidad que poco tiene que ver con Occidente. Como los perdedores de las novelas de Graham Greene, Osborne quizá llegó hasta Bangkok para dejar atrás su vida, tal vez porque Bangkok es una ciudad que no se parece a ninguna otra, por encarnar una nueva, fantasmagórica, y en gran parte aún inexplorada forma de vida.

2.- El río
La serpiente líquida
Alfonso Domingo
Punto de vista
404 páginas

Es el río, sí, pero no un río cualquiera: es el Amazonas. Eso supone que es el bosque de ribera, sí, pero no un bosque cualquiera: es la selva. El sueño del Amazonas sigue vivo porque junto con buena parte de los polos y del Sáhara, es de los pocos territorios absolutamente inhóspitos sobre el mapa. A diferencia de los otros dos paisajes, en el Amazonas la vida sobrepasa los límites de cualquier capacidad de integración. Pero en este caso, debemos decirlo, Alfonso Domingo se centra en su profesión. No se olvida para nada del relato, pero es etnólogo y antropólogo. Así pues, él sí decide ser un extraño, pero intenta no ser un intruso. Una combinación casi imposible de equilibrar en un viaje. Nuestro autor segoviano pone todas sus mejores intenciones en lograrlo.
Los chamanes del Amazonas tienen razón: todos los grandes ríos son viajes iniciáticos. A través de la cuenca del río Amazonas –serpiente líquida que atraviesa Ecuador, Perú, Colombia y Brasil– se pueden realizar múltiples viajes. Mientras se desciende por el río más largo y caudaloso del planeta, se escucha la sabiduría selvática de chamanes y curanderos, que diagnostican y sanan enfermedades del cuerpo y del alma. Reino del agua en el que se siente el poder de las plantas, el Amazonas es un mundo cambiante donde nada es lo que parece. Los hitos los marcan los chamanes y las plantas maestras, sobre todo la Ayahuasca, "la soga de los muertos". Este libro es un repaso por los sueños que estas tierras míticas han producido siempre en el ser humano: desde las indias guerreras del Amazonas y el oro en la época de la conquista española hasta las fiebres del proceso extractivo de los metales preciosos, el caucho, el petróleo o la incidencia del narcotráfico. Gracias al contacto con los habitantes del Amazonas se toma el pulso a la realidad diaria y a las bondades y problemas derivados de vivir en el almacén de agua dulce más grande del mundo, un ecosistema único y prodigioso.

3.- La carretera
Carreteras azules
William Least Heat-Moon
Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
615 páginas

Si nos proponemos enumerar todas las obras que ha provocado la carretera de Estados Unidos, desde Kerouac a Steinbeck, nos quedaríamos sin espacio. La carretera es una forma de abandonar la civilización sin apartarse de ella. A no ser que uno opte por carreteras secundarias y hasta por pistas forestales. Este género también está al alza en nuestro país. Pero mientras en España se refleja una vida crepuscular, la experiencia de William Least Heat-Moon nos recuerda más a las crónicas de la América profunda, ese pozo de gente que vive en caravanas pensando que son clase media y que si el día de las elecciones les cuadra ir a votar, es posible que entreguen su voto a un candidato al que poco podemos querer. Que los norteamericanos intenten explicarse, intenten explicar a sus propios vecinos, es ya un género literario. Y para ello se precisa de la carretera, en un país donde las grandes industrias acabaron con los servicios públicos de transporte.
Tras haber perdido su trabajo y a su esposa —después de un matrimonio fallido—, William Least Heat-Moon llega a un punto de inflexión en su vida y decide coger su camioneta y realizar un viaje de 13.000 millas por carreteras secundarias, llamadas «Blue Highways» porque aparecían dibujadas en azul en los mapas antiguos de Estados Unidos. Aclamada como una obra maestra de la literatura de viajes norteamericana, Carreteras azules, más que una simple novela autobiográfica, es un viaje inolvidable a lo largo de los caminos de Estados Unidos, que se adentra en las ciudades y pueblos norteamericanos menos conocidos, así como en las personas que habitan estos parajes. William Least Heat-Moon, un autor de la talla de Kerouac, según el Chicago Sun Times, partió con poco más que la necesidad de poner su casa detrás de él y un sentido de curiosidad acerca de «esos pequeños pueblos que aparecen en el mapa, si es que lo hacen, solo porque algún cartógrafo tiene un espacio en blanco para rellenar». Lugares como Remote (Oregón), Simplicity (Virginia), New Freedom (Pensilvania), New Hope (Tennessee), Why (Arizona) o Whynot (Misisipi). Sus aventuras, sus descubrimientos y sus recuerdos de las personas extraordinarias que encontró en el camino son toda una revelación de la verdadera y profunda cultura vial estadounidense.

4.- La guerra
Guerrillas
Jon Lee Anderson
Traducción de María Tabuyo
Sexto piso
336 páginas

Traemos este libro por la calidad de las crónicas de su autor. Con eso es suficiente como para que figure entre las recomendaciones. Jon Lee Anderson se maneja en el periodismo como si hubiera nacido para contarnos los reportajes de guerra con un talento parecido al de García Márquez para la prosa. Así pues, esta es nuestra última iniciativa hoy. Sabemos que no son muchos los que se entregan a ella, y sabemos que admiramos a los pocos que lo hacen. Pero ahí está, el viaje al conflicto, el reportaje, el valor que tienen unos pocos a los que tendríamos que tratar con reverencia, pues de no ser por ellos, apenas conoceríamos lo que sucede. Y siempre es mejor saber, mucho mejor que la técnica del avestruz, que, al fin y al cabo, deja el culo expuesto al viento. Para leer Guerrillas ya hace falta valor. Os animamos a tenerlo.
Si bien en la actualidad a todo aquel dispuesto a llevar a cabo actos violentos para protestar por el orden de cosas existente se le califica, casi universalmente, de terrorista, hace apenas medio siglo la figura del guerrillero era el símbolo por antonomasia de la lucha para la transformación de la sociedad por la vía armada. Más allá de su éxito específico para tomar el poder en Cuba, la revolución del Che y de Fidel sirvió de inspiración para cientos de movimientos a lo largo y ancho del mundo, la enorme mayoría de los cuales no consiguió su objetivo último. Sin embargo, como muestra todavía la resistencia zapatista en el sureste mexicano, el poder simbólico en el imaginario colectivo puede trascender ampliamente el impacto concreto de la lucha armada.

En este libro clásico sobre el fenómeno de las guerrillas, Jon Lee Anderson aborda con su habitual minuciosidad y claridad uno de los fenómenos cruciales para comprender la historia de la segunda mitad del siglo xx. Para realizarlo, viajó para conocer in situ y de primera mano las realidades de los muyahidines de Afganistán, el fmln de El Salvador, el Ejército de Liberación Nacional Karen de Birmania, el Frente Polisario del Sáhara Occidental, y células palestinas que lu­chaban contra Israel en la Franja de Gaza. Independientemente de la suerte 
experimentada por los distintos movimientos guerrilleros, el aliento que recorre su investigación es «comprender qué es lo que motiva a la gente común para ir a la guerra, para tomar la decisión consciente de matar y morir por un ideal que existe, al menos al comienzo, tan sólo en sus cabezas. Me pareció que el primer paso era el crucial, pues implicaba el cruce de una línea invisible, hacia un territorio en donde la muerte, y no la vida, era la principal certidumbre».