viernes, 5 de octubre de 2018

LA CANCIÓN DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS


La canción de los vivos y los muertos
Jesmyn Ward
Traducción de Francisco González López
Sexto Piso
Madrid, 2018
256 páginas

El mundo de la literatura no es el mismo desde que uno leyó a William Faulkner. Tal vez el otro, el mundo fuera de los libros, no hubiera sido mejor de no haber existido Faulkner, como no hubiera sido mejor de no haber existido Shakespeare. De hecho, poco hubiera cambiado y el mismo Faulkner no parecía interesado en escribir para cambiarlo. Y, sin embargo, a unos cuantos, a los lectores, sí les ha afectado la literatura del premio Nobel y, sobre todo, ese libro enorme, su gran obra, que es Mientras agonizo. La literatura no es la ONU, ni siquiera la Cruz Roja. La literatura nos hace mejores porque hay valores que uno solo encuentra en la literatura. No estarán todos, pero sí aquellos que necesitamos cuando el mundo a nuestro alrededor es hostil. Y eso es algo que sucede con demasiada frecuencia. Esta novela, esta La canción de los vivos y los muertos, nos regresa a Faulkner y nos recuerda todo lo que nos queda por aprender de los maestros. Además de Faulkner, reconocemos a Flannery O’Connor, algo de Raymond Carver, de Herny James y de la tradición del realismo sucio. Es el sur de los Estados Unidos, con la maldición del racismo a cuestas y esa denuncia de la marginación carcelaria. Es un lugar donde uno no entiende que alguien pueda vivir si sabe que por las calles hay gente ha pasado por la cárcel, y los ve como malditos. En un país donde la gente cambia de residencia con tanta facilidad, largándose a otro estado a miles de kilómetros, en el sur sólo quedan los que no pueden vivir en otro lugar.
Esta familia que protagoniza la novela está anclada a unos fantasmas que en algunos casos, en el de los dos narradores principales, la madre y el hijo de trece años, llegan a hacerse corpóreos. Aunque se marcharan a vivir a la Antártida, los muertos les perseguirían. A pesar de ello, se empeñan en tener una vida digna. El primer paso será recoger al padre de la familia, que sale de la cárcel. Durante el viaje, en el que se alternan las voces, potentes, duras, por momentos de una intensidad sobrecogedora, comprobamos lo complicado que les va a resultar reinventarse. Las adiciones siguen vivas y no parecen tener intención de revocarlas. Al niño de trece años, y también al bebé, les ha estado educando los abuelos. Pero ya es hora de intentar formar una familia al uso, esa farsa que se vende en las películas americanas. Estamos en una época sin año. Durante las primeras páginas, tenemos la sensación de asistir a una novela que sucede no en el tiempo de Faulkner, pero sí en una época en la que las poblaciones y los habitantes de las poblaciones parecen estar aislados. Los medios de comunicación como el teléfono móvil o internet no existen. Las leyes son el policía que puede hacer lo que se le antoja cuando detiene a alguien, o las que el cabeza de familia imponga dentro de las paredes de la casa, pues parece que el abogado, e incluso conocer la presencia de abogados, queda lejos. Sin embargo, en un momento se nos habla del huracán Katrina y nos sorprendemos situando la acción en la actualidad. Existen, pues, lugares donde se mantienen las leyes del Yoktapanawpha. Es un realismo rural, donde hasta las carreteras, que es el escenario de buena parte de la obra, son también lugares rurales. Estamos en un sitio fronterizo, en los mismos parajes en que viven los habitantes de las novelas de Cormac MacCarthy, otro autor cuya influencia está latiendo en la obra.
El tiempo es elástico, caprichos y no sigue los rigores de la cronología. A pesar de que la novela transcurra, en gran medida, durante un trayecto sucísimo de ida y vuelta por una carretera. No es exactamente una novela de carretera, porque lo que sucede, sucede dentro de las cabezas de los personajes o dentro del automóvil: la memoria se mezcla con los vómitos del bebé, por resumirlo de alguna manera. En la cita de Margaret Atwood para la promoción del libro, aparece la expresión “el corazón insepulto de la pesadilla americana”. Ese corazón sigue estando en el sur, como los tiempos de Faulkner, y parece que está destinado, efectivamente, a no ser enterrado jamás. Como si uno pudiera transformar ese fracaso en victoria a través de la denuncia que son las grandes novelas. Aunque solo sea por eso, merece la pena leerla.

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