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domingo, 1 de febrero de 2026

EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA

 

El romance de la Vía Láctea

Lafcadio Hearn

Traducción de Emilio Jaramillo

Satori

Gijón, 2026

178 páginas

 



El mundo siempre ha tenido sus miserias y los agoreros de sus miserias. Ante ellos cabe la postura, que es la que elige Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia, 1850 — Tokio, 1904) en esta obra, de prestar más atención a los mirlos que a las voces que anuncian que el infierno ya está aquí. De lo que se trata es de dejarse deslumbrar cada día, y de encontrar lo hermoso allí donde otros ven lo cotidiano. Adaptado a la vida en Japón, a donde emigró con cuarenta años, Hearn no cesa de escribir desde allí, sobre la vida de allí y, al mismo tiempo, de reproducir los relatos que allí va aprendiendo. Corre cierto riesgo de caer en interpretaciones orientalistas, es cierto, pero él ignora qué diablos son esas suposiciones sobre las que escribió Edward Said. En cualquier caso, para transmitir su amor por Japón será siempre muy respetuoso.

En esta obra, El romance de la Vía Láctea, combina unos apuntes sobre la cultura y la literatura popular japonesa con alguna leyenda que ha ido recogiendo. El resultado es delicioso, tanto como para merecer esta cuidada edición que Satori ha preparado, una de las editoriales que mejor cuidan al libro en nuestro país. Es muy complicado tratar de analizar cartesianamente una obra que no está elaborada desde el razonamiento. Hearn no es ajeno al pensamiento crítico, pero elige la entrega pasional y sabe transmitir desde esas pautas. Todos podemos ir imaginando, junto a él, ese país delicado, en el que es fácil caminar, en el que los cantos de los mirlos se sobreponen a las voces de los chatarreros. Y cualquiera que lea este hermoso libro, deseará largarse a esos lugares para sentir el descanso que la lectura transmite.

Es posible que en el Japón que Hearn conoció hubiera barro, miseria, violencia, pero su elección es clara y es honesta: indicarnos que hay un camino para purificarse y que este camino está sembrado de encanto. Será este concepto, encanto, el que se imponga en la lectura, el que nos traslade, durante un buen rato, a un lugar en el que no nos importaría vivir. Y no es posible un elogio mayor que éste: el de garantizar que la obra transmite la paz que existe en algún sitio al que podemos trasladarnos.

martes, 18 de noviembre de 2025

LA VIDA DE ELLAS

 

La vida de ellas

Tamura Toshiko

Traducción de Kuniko Ikeda y Marta Añorbe Mateos

Satori

Gijón, 2025

285 páginas

 



En ciertas temporadas, parece que lo que busca el lector es relatos de jóvenes a los que el demonio haya reventado por dentro. Reventar no es lo peor que puede hacerle a uno el demonio. Hay otras formas de consumirse. Si vivir consisten en huir detrás de un sueño, lo peor es darse cuenta de que a uno le quitan el suelo bajo los pies, y en ocasiones caer sin remedio, porque no te diste cuenta de quién era el que te condenaba, merced a que esgrimía una sonrisa. La cortesía es uno de los mejores inventos, excepto cuando la manejan los clientes del mal. Algo de eso se trasluce en estos relatos costumbristas, naturalistas, vivenciales, de Tamura Toshiko (Tokio, 1884 – 1945), en los que a las protagonistas no les resulta fácil vivir, porque en la vida intervienen los demás. Y esos demás incluyen a los que crearon las tradiciones en el pasado, y la tradición, maldita sea, es dogma. Las tragedias pueden ser domésticas.

Toshiko sabe que lo que importa a la hora de crear es ser sensible. La sensibilidad, por su parte, la llevará inevitablemente a una suerte de rebeldía: no cabe aceptar con resignación lo que nos muerde los tobillos. Y en el Japón de principios del siglo XX a las mujeres les mordían demasiado los tobillos las tradiciones familiares, los roles atribuidos. De ahí estos personajes que buscan la libertad en la creación, en el arte, en la literatura, algo que no debería ser dañino para nadie. Pero este conflicto nos llevará a conocer los miedos de estas mujeres, que tiene relación con los vínculos sociales y familiares, con lo institucional y lo más próximo a la piel. Somos seres alienados y la huida a través de la imaginación se nos hace necesaria. Toshiko escribe con delicadeza, sin rencor, sobre asuntos que bien podrían tratarse con recursos de realismo descarnado. Y eso se agradece. No nos expone cómo se revientan las protagonistas bajo el imperio del diablo, sino como se emocionan y luchan, a continuación, contra las termitas que pueden devorarnos.

A juicio de los antiguos griegos, uno de los grandes males que padecemos es la resignación. Esa palabra es la que da título a la narración más extensa de esta recopilación, y no es casualidad. En ese Japón que se nos describe, había pocas promesas para salirse del destino con el que uno parecía haber nacido. Nuestras protagonistas miran hacia esas promesas como el caminante nocturno mira hacia las estrellas. Pero la vida les exige abnegación en su tránsito por este valle de lágrimas. La belleza la ha encontrado la autora, y parece querer compartirla con estas mujeres, que ella crea, que se debaten entre los deberes familiares, la educación tradicional y una nueva vida que saben que debería ser posible forjarse. La palabra clave tal vez sea posible. Algo puede ser improbable, pero no tiene por qué ser imposible si uno sabe que cada uno de sus sueños le pertenece. La resignación nos indica que debemos quedarnos con los sueños como tales. De ser así, seguiríamos en las cavernas. Sacar a la luz y reclamar que tenemos derecho a perseguir los sueños nos ayuda a bregar en un mundo en el que el diablo se presenta como termitas en nuestros huesos. Por eso ha sido tan necesaria la contribución, por pequeña que fuera, de autores como Tamura Toshiko.

 

martes, 10 de junio de 2025

EL FUTÓN

 

El futón

Tayama Katai

Traducción de Rumi Sato

Satori

Gijón, 2025

173 páginas

 

 


¿Qué clase de amor es esta que nos lleva a hacer el ridículo? El futón es una novela breve en la que el que ama, el protagonista, un hombre maduro, padece esa clase de amor que nos lleva a tomar decisiones disparatadas. La persona amada es mucho más joven que él, y eso le pone en riesgo de perder la vergüenza. Para evitar que esto suceda, lo que hace es tratar de aparentar que se mantiene en sus cabales. La relación entre ambos es la propia del profesor y la alumna, aunque en este caso hablamos de un tutor que se hace cargo de una muchacha de provincias que acude a formarse a la gran ciudad. El hombre está casado y siente una desidia enfermiza por ella, que se traduce en faltas de respeto. Y la muchacha, a su vez, está enamorada de un joven, con quien mantiene una relación de noviazgo propia de los veinte años. Dado que estamos en una sociedad, la japonesa, de principios de siglo XX, el hombre considera que debe ser estricto en cuanto y mantener a la muchacha a raya, dentro de unos cánones de conducta que están evolucionando y en los que la gente de su generación no termina de encajar. Tal impulso se lleva a un extremo que, a día de hoy, leemos como una exageración, y las decisiones que toma implican que, a nuestros ojos, está haciendo el ridículo. No sólo eso, sino que además, comprobamos cómo va a provocar algo muy diferente a lo que pretende.

Debemos aclarar que nuestro protagonista está inmerso en una versión propia del spleen, al cual ve como única salida posible la ilusión, el deseo, pues será deseo lo que sienta por la muchacha. Esto le lleva, como hemos comprobado en tantos relatos anteriores en los que se ha tocado el asunto, a convertirse en una persona que no es de fiar. Lo cual le ancla, aún más, a sus principios: el hombre, el cabeza de familia, es el único conocedor auténtico de la naturaleza humana. Así pues, hasta se siente con derecho a presionar para que se sienta culpable aquel a quien el lector identifica como inocente. En realidad, los únicos pecados que se comenten son de amor y de pasión.

Tayama Katai (Gunma, 1872 – Tokio, 1930) se va metiendo dentro de la cabeza de los personajes, mientras nos narra cada secuencia con una pulcritud sana, contraria a la patología a la que nos enfrentamos. Se le considera uno de los primeros escritores naturalistas de Japón, pero a esta representación de la realidad, añade una intuición más propia del psicólogo, metiéndose dentro de la cabeza de los personajes para atajar de cara al lector, pues nos dicta los sentimientos que les van atravesando. La obra pretende ser sencilla y pretende ser humana, aunque para ello penetre en regiones de una oscuridad que podríamos reconocer, sin tener que caer en alardes negros. Y, como hace la editorial Satori con frecuencia, viene acompañada de un prólogo, a cargo de Carlos Rubio, que nos introduce en la obra de Katai y en la literatura de su tiempo, en la generación del desasosiego, en el retrato del Japón de su época, en la crisis que resulta de enfrentar tradición y modernidad. Los personajes definen los diferentes valores culturales, a la vez que la escala de mando familiar. Estamos en una época en que occidente comienza a ser el registro que da conciencia de cómo debe ser la modernización en el resto del planeta, y los buenos maestros literarios son capaces de llevar este asunto a las pequeñas tragedias familiares y personales, consiguiendo un relato intimista y emocional.


Fuente: Zenda

miércoles, 3 de abril de 2024

BELLEZA EN EL CAOS

 

Belleza en el caos

Setouchi Jakuchò

Traducción de Natsumi Masuko y Teresa Herrero Ferrio

Satori

Gijón, 2024

355 páginas

 



En un tiempo en que consumimos literatura apresurada, escrita con premura, despojando a la prosa hasta dejarla en un hueso pelado que se lee con la misma facilidad que tiene comer un perrito caliente, que alguien se preocupe por la creación de una obra lenta es abrir una ventana para que entre aire fresco. En este caso, esa obra es un clásico japonés, un clásico contemporáneo, obra de la escritora Setouchi Jakuchò (1922 – 2021), siempre preocupada por las sensaciones y por el amor. Jakuchò es delicada y nos trata con delicadeza. Esa es la intención más clara que transmite esta obra: todo se merece un gran respeto, el respeto de vivir, tanto las personas sobre las que escribe como los lectores. Nos está llevando a la vida cultural de un Japón que se encuentra en pleno proceso de cambio. Los paradigmas se cuestionan, como se están cuestionando en el resto del planeta. Pero hablamos de un país que se enfrenta a una tradición de distinto peso a la que se debe superar, tal vez para vencerla o tal vez para que conviva con las nuevas formas sociales, en otras regiones. El feminismo, que está en el eje de la obra, llega a Japón como atravesando una membrana hasta hace poco impermeable. Y es una de las puntas de lanza con las que se empiezan a quebrar las convenciones, muchas de ellas herederas de una moral que la propia autora califica, en algún momento, como feudal.

«Su estudio de tres tatamis y su shakuhachi de bambú, que no molestaban a nadie, eran lo suficientemente satisfactorios para él; un puñado de felicidad para el joven nihilista, por el que se sentía bendecido. Enredarse en la vida de una joven pueblerina, con el olor a mugre del cuello de su kimono, podría resultar insoportable». Así nos ubica, para narrarnos la vida de Noe Ito, una de las grandes pioneras de las corrientes feministas y anarquistas en Japón. Como es sencillo deducir, el libro nos hablará de lo convulso. Pero su autora consigue que el libro sea tranquilo, sobre todo tranquilo, resolviendo uno de esos anatemas que pesan en los proyectos literarios: cada historia requiere un lenguaje y se supone que para expresar lo convulso deberíamos expresarnos convulsamente, pero aquí se nos da una lección que supera lo literario, pues el respeto, la calma, como apuntaba John Berger, es lo más revolucionario que existe.

Lo natural, para nuestra autora, es narrar. Al tiempo que se desarrolla la biografía de Noe Ito, se asiste al propio proceso de creación del libro. Lo que nos engancha, desde el principio, es algo tan sano como la curiosidad, el ansia por descubrir a alguien cuyos esfuerzos por salir adelante, en lo personal y como voz para los demás, están plenamente inmersos en buenos conceptos de honor y de amor. No es baladí el epígrafe de Sakae Òsugi que precede al relato: «La belleza solo reside en el caos, la armonía siempre es engañosa». Si el caos es más creativo que el orden es debido a que el orden es previsible, mientras que del caos puede surgir cualquier cosa. En este caso, será la búsqueda de una convivencia no tradicional, no considerada armónica en las convenciones tradicionales, impregnada de amor en una maraña de complicadas relaciones, con libertad amorosa, lo que dará pie a la belleza, que se expresa siempre, eso sí, con cortesía.

 

lunes, 1 de enero de 2024

EL RELÁMPAGO

 

El relámpago

Hayashi Fumiko

Traducción de Ana Megumi Pías Suzuki

Satori

Gijón, 2023

250 páginas

 



Es inevitable recordar, durante la lectura de este libro, películas como Cuentos de Tokio, de Yasujirō Ozu, porque consigue hacernos llegar una buena impresión de la vida en una tierra extraña, en un tiempo extraño. Una vida que nos resulta un tanto irreal, pero que sabemos cierta, que sabemos que existe. Así pues, El relámpago, como toda la obra de Hayashi Fumiko (Tokio, 1903- 1951) nos amplia horizontes, nos ayuda a darnos cuenta de que el mundo es mucho más amplio que este pequeño microcosmos en el que lo que lo que más nos importa es que no nos pisen. Fumiko nos muestra la sencillez de las costumbres, la sinceridad de una existencia en la que los vínculos de afecto son la mayor construcción creativa. Las relaciones entre personajes navegan en un planeta que ella conoce a la perfección, que recrea para que se desplieguen con naturalidad. Sí, estamos hablando de naturalismo, de esa literatura en la que la observación es el estudio de lo humano para transcribir, a continuación y lo más fielmente posible, lo que nos está sucediendo. Será el ambiente, generado por las condiciones familiares, lo que dé lugar al conflicto de escala humana sobre el que se genera la obra.

La historia es muy sencilla: tres hermanas y un hermano, hijos cada uno de un padre distinto, se encuentran en mitad de su viaje para salir adelante, y esto incluye la pretensión de casar a la más pequeña de ellas, marcada por el defecto de un labio leporino, con un panadero quince años mayor que ella. A partir de ahí comprobamos que la soledad, también la soledad rodeada de otros cuerpos, o la infelicidad van imponiéndose como condiciones sociales. En este caso, esa condición se ve acentuada por el hecho de ser mujeres las protagonistas o, para ser más precisos, por el hecho de que la narración nos llega desde el punto de vista de la mujer japonesa. La tradición, el sistema de patriarcado propio del país en los años treinta, subrayan la incapacidad de entenderse con los hombres. Hasta tal punto que sentimos que nuestras protagonistas pueden no ser huérfanas, pero se hallan tan a la intemperie como si sus padres hubieran fallecido siendo ellas niñas.

Llama la atención el personaje de la hermana con labio leporino, Kiyoko, que siente que su capacidad de amar también debe tener algún defecto, y así siente una pequeña dosis de autocompasión, que demuestra rechazar, porque odia que los demás se compadezcan de ella. La pretensión de matrimonio va saltando del frente del relato a la trastienda, mientras atendemos a la vida de la familia empeñada en sacar adelante unos proyectos vitales pequeños, sencillos, por momentos ingenuos. Mientras vamos conociendo poco a poco cómo se desarrolla su existencia, nos vamos dando cuenta de que la vida bien puede ser una estafa, porque nada sucede como debería para quienes se supone que han actuado siguiendo huellas seguras. Las desavenencias pueden ser minúsculas a escala planetaria, pero son significativas en las modificaciones del entorno de cada personaje, y afectan. La intención de Fumiko es mostrar el potencial que tiene la vida lo más puramente posible, de ahí ese estilo en el que es casi imposible encontrar un tropo: la realidad no tiene disfraces, es lo que atañe a la gente corriente y por tanto combustible para la compasión y el cariño, también para los recelos, y marcará el conflicto en el sendero hacia la identidad, definirá el grado de libertad y cómo definamos la felicidad, esa meta que estará siempre cambiando.


Fuente: Zenda

miércoles, 5 de julio de 2023

EN EL CIELO, UNA NUBE

 

En el cielo, una nube

Cuentos Zen

Manuel Astur

Satori

Gijón,

109 páginas



 

Escribir sobre la resurrección de la hierba, ese es el espíritu de cualquier relato que pretenda, como pretenden estos cuentos Zen, mostrarnos que al final todos buscamos lo mismo: el descanso. Manuel Astur (Sama de Grado, Asturias, 1980) reúne varios de las piezas breves Zen que más le han influido, pero la recopilación no quiere decir reunir, colocar y mostrar, pues Astur reescribe y esto contiene algo más que dejarlo bonito. Si uno se ha acercado en ocasiones anteriores a cuentos Zen recordará los prejuicios con que los leyó: las piezas no dejan de remitirnos, por su extensión y el tipo de imaginación que desarrollan, a otras occidentales de distinto objetivo, como las fábulas y lo que se asemeja a las fábulas, incluidas algunas leyendas. Pero ya desde el prólogo se nos advierte sobre qué hace distintos estos cuentos respecto a los otros relatos, como la carencia de moraleja.

En realidad, otra interpretación que no sea esta tan cuidada por Astur y tan bellamente editada como la de Satori, nos dejaría con la sensación de que debemos buscar el mensaje. Es inevitable, porque si en la fábula hablan personajes que nos son ajenos, como el zorro o la hormiga, en estos cuentos el ambiente también nos remite a otro mundo, a otra parte del mundo: los cuentos están llenos de monjes y aprendices de monjes, por ejemplo, pero en un entorno que no es el habitual en nuestros encuentros religiosos o espirituales, y que es la calle o la naturaleza. Aquí no hay monasterios ni iglesias. Hay nubes en el cielo. Y la impresión de estar recordándonos que la vida debe ser sencilla, que es una estupidez trabarse buscando los tres o cinco pies al gato, que meditar no es exactamente lo mismo que pensar, que la única certeza posible es el sonido de una nuez cayendo del árbol.

El mundo que reflejan los cuentos Zen sigue siendo el de los deseos, más que el de las realidades. Pero ¿qué sentido tiene sentir deseos si no es el de intentar que la realidad o, para ser más precisos, nuestra verdad se asemeje a los deseos? Siempre y cuando, claro está, los deseos no sean de avaricia, sino de conciliación. Y la conciliación más pura tiene que ver con la respiración en el presente.

De vez en cuando conviene regresar a esta didáctica, la de los cuentos Zen, que siempre es más acogedora y suave que la de nuestras fábulas, con esa moraleja que impone actitudes. Este es un libro para dejar siempre colocado en la mesilla de noche y seguir abriéndolo de vez en cuando, porque ayuda al descanso.

martes, 13 de junio de 2023

EL SIGNO DE LOS TIEMPOS

 

El signo de los tiempos

Oda Sakunosuke

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cortés

Satori

Gijón, 2023

251 páginas

 



En buena medida, la literatura se sustenta más sobre lo probable que sobre lo posible. Es casi posible que nadie haya vivido una vida así, pero es probable que exista quien la padezca. La mayor diferencia entre un concepto y otro está en su modificación en cuanto se le añade el prefijo in: imposible frente a improbable. Lo que nos relata la ficción puede ser imposible, pero no se permite el luje de ser improbable. Ni siquiera en los relatos góticos o de ciencia ficción.

Las biografías que Oda Sakunosuke (Osaka, 1913 - Tokyo, 1949)  idea son existencias posibles, sin duda, y más en los tiempos que marca para que sucedan en los años cuarenta. Pero lo más doloroso, lo que más atañe al lector a la hora de ver sus emociones reflejadas en ellas, es que se trata de biografías probables. No parece que exista ninguna diferencia entre lo que nos relata y lo que debió conocer, aunque sea a través de los ojos, las voces y las experiencias de los otros. Algunos de los relatos recopilados son de una extensión suficiente como para considerarse novelas cortas, y en todos ellos está presente un costumbrismo que se refleja con serenidad, sin rencor, leyendo la calle y lo que acontece en la calle con fluidez y sin ánimo de encontrar odio. Aunque los hechos sean duros, los desencuentros y las relaciones ásperas y sin buena perspectiva, los personajes no hagan sino encontrar trabas para crecer y el amor parezca una utopía, pero que existe con la fuerza con que existen los deseos. Todos los seres que retratará poseerán un interés lo suficientemente denso como para prestarles atención: jugadores, escritores, geishas, soldados, etc.

Hablamos de gente que de vez en cuando parece ausentarse de sus propios días, y cuando quiere darse cuenta, comprueba que la vida ha sucedido, que la vida no aguarda como esperamos nosotros a que pase el próximo tren. A pesar de ello, no cesarán de preguntarse si allí donde están, en ese espacio y ese momento, ese sigue siendo su lugar. Las decisiones fluyen entre lo que creemos que somos y lo que la gente espera de nosotros, lo cual nos puede convertir en integrados o rebeldes. Sea cual sea el resultado, los destinos de los personajes no afectarán en nada al palpitar del mundo. Supervivientes y en buena medida vagabundos (algunos con más énfasis que otros, pero todos saltando por los días y las noches), expuestos a la muerte, incluso a la agonía, relacionándose con celos y ternura, adictos a lo que sea con tal de que ese placer se muestra como un escape, piezas que se mueven en un itinerario que no terminan de elegir, forman parte de un lumpen posbélico, es decir, de la tristeza. De sus encuentros, de los encuentros del lector con ellos, uno debería deducir en qué consiste la esencia de la vida. Pero parece que es imposible e improbable deducir nada.

El libro está planificado en orden cronológico, con lo que podemos atisbar el proceso de maduración creativa de Sakunosuke, que va incrementando sus recursos —de estructura, de formulación, de composición—, sin abandonar jamás la frescura de la juventud. Su estilo es natural y es humilde. Así es como mejor nos dará a conocer a estos seres que se mueven entre la nostalgia por la vida y el desapego por la vida. Hay algo grato, en esta tristeza, en esta pobreza que va relatando, y es el darse cuenta de que nuestro autor es capaz de ser realista sin atender a la emoción que movería el mundo de no existir el miedo, que es la ambición. Aunque sólo sea por eso, merece, y mucho, la pena leer este volumen.


Fuente: Zenda

 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

EL LIBRO DE LA ALMOHADA

 

El libro de la almohada

Sei Shònagon

Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo

Satori

Gijón, 2021

410 páginas

 


Cuando llueven ladrillos de canto, uno debe plantearse si la alegría de vivir no puede brotar de algún lugar del estercolero en que se le va convirtiendo el interior.

 La salvación no consiste tanto en conseguir el bienestar como en saberse en la lucha contra el desánimo. El hombre ha creado una serie de recursos que nos ayudan, la mayoría de ellos vinculados a alguna de las expresiones del arte: la literatura, el teatro, el cine -ahí estará, siempre, Cantando bajo la lluvia-. Pero también está la naturaleza y la capacidad de observar la naturaleza, que es también una versión artística propia del hombre, y la adaptación de la naturaleza a las dimensiones del hombre, eso que conocemos por jardinería. La alegría de vivir no tiene por qué venir en un envase de euforia como se expresa en la película de Stanley Donen y Gene Kelly, pues existe otra de carácter más apolíneo, de diferente intensidad, que se extiende a lo largo de los demasiados días y las demasiadas noches que nos toca vivir.

A esta suerte de felicidad, de alegría, de descrédito del desánimo pertenece El libro de la almohada o, para ser más exactos, pertenece la lectura que hoy podemos hacer de El libro de la almohada. Llega a ser desconcertante el encanto que refleja, con una sencillez maravillosa, Sei Shònagon, una mujer japonesa que vivió en el siglo X, en el periodo Heian. Y si sostenemos que desconcierta es porque el libro nos confronta con la realidad, con la calle, que se ha transformado en un monstruo de siete cabezas en el que está ausente la sensibilidad conmovedora de nuestra mujer. Shonagon es una noble que va tomando nota de todo lo que pueden abarcar sus sentidos, que están perfectamente dispuestos a estremecerse en un grado que no cesa, es decir, que no es exagerado, pero es constante. Aquí algunos ejemplos, tomados de algunas de las enumeraciones:

“COSAS DESALENTADORAS. Un perro ladrando en pleno día. Una trampa de cañas para capturar peces de invierno que se ha abandonado hasta la primavera. Un kimono de color ciruela y rosa cuando entrada ya la tercera o cuarta luna. Un boyero al que se le ha muerto el buey (…) Un brasero cuadrado y largo un hogar sin fuego encendido. Un erudito con un montón de hijas.”

“COSAS QUE HACEN QUE EL CORAZÓN LATA CON RAPIDEZ. Un gorrión con sus polluelos. Pasar por delante de un sitio donde hay niños pequeños jugando. Encender un incienso excelso y acostarte sola para dormir.”

“COSAS REFINADAS Y ELEGANTES. El sobretodo de una joven noble de color blanco sobre un violeta-gris pálido. Los huevos de ánade. Hielo raspado con un sirope dulce de parra virgen y servido en un cuenco nuevo de metal brillante. Un rosario de cristal de roca. Las flores de la glicinia. La nieve sobre las flores del ciruelo.”

“COSAS PERTURBADORAS. La madre de un bonzo que se retira a la montaña por espacio de doce años. Los vasallos que acompañan a su señor a un lugar desconocido durante una noche sin luna para evitar ser vistos. No hacen fuego, simplemente se sientan en fila y esperan nerviosos en la oscuridad hasta que él vuelva.”

Es posible que se transmita un cierto talante aristocrático en tanta exquisitez, y es muy probable que esa sea la razón por la que Borges adoraba este libro. De hecho, en España no hemos conocido una edición completa hasta hoy, en que Satori ha preparado este volumen que será uno de los mejores regalos que podremos hacer, pues hasta ahora la edición más popular era una incompleta selección de textos elaborada y traducida por el propio Borges.

Pero será esta aristocracia, por otra parte, la que también nos desconcierte. Da la sensación de que la belleza y el amor no están hechas para otra clase que no sea la suya, la noble. Y, tal vez, tampoco la moral o el sentido espiritual con que se puede afrontar la existencia para transformarla en vida. Shònagon nos habla de una sociedad refinada, tierna, ociosa y entregada a los rituales y las ceremonias, una sociedad contemporánea de un occidente oscuro y sucio. Las imágenes que nos transmite esta lectura, comparadas con las imágenes de lo que imaginamos era el siglo X en Europa, nos llevan a pensar en una cultura superior, si por superior entendemos una entrega a la estética y lo que ello supone: mejorar la convivencia y fomentar el respeto. Todo es más lento, e imaginamos que es porque se lo pueden permitir. Pero eso es un prejuicio occidental y del siglo XXI. Shònagon nos recuerda que la velocidad a la que se abre una flor, la velocidad a la que crece un cerezo, sigue siendo posible hoy en día. Ahora bien, de vez en cuando aparecen en el libro los albañiles, los jardineros y hasta las limpiadoras de letrinas. ¿Viven ellos con otro tipo de sobresaltos? ¿Estará reservada para ellos la alegría del sobresalto, como, por ejemplo, la que facilita el alcohol?

Pero no es esa lectura política, social, la que se impone. Está al fondo, sí, pero muy detrás de la belleza de las descripciones, de la sutileza de las relaciones, de la sensibilidad a flor de lectura, de la tranquilidad de los jardines. Ese encuentro, delicioso, hace de esta lectura una experiencia conmovedora. Y que deseemos que ese mundo que describe, el hermoso, delicioso, encantador, es el que queremos para todos.

 

domingo, 23 de diciembre de 2018

SI PUDIERA CAMBIARLOS


Si pudiera cambiarlos
Anónimo
Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo
Satori
Gijón, 2018
298 páginas


Cabe decir, antes que nada, que el trabajo del traductor y editor, Jesús Carlos Álvarez Crespo, es exquisito. El texto bien lo merece, pero su labor para darnos a conocer esta novela, destaca en una tendencia más general a redactar de forma apresurada lo que otros se tomaron mucho tiempo para escribir en otra lengua. En este caso, la dedicación bien merece la pena. La novela está escrita con una delicadeza que uno atribuye, fácilmente, a ciertas clases sociales del país del que procede. Es una obra esmerada, sin frases que sobren no frases que sobreimpacten, en la que se fía todo a la pura narración y se hace con un estilo sencillo y, sobre todo, cortés. La novela destila una pureza que destaca en el panorama narrativo y que se agradece, mucho, muchísimo, sin perder, por otra parte, la actualidad. Está escrita en el siglo XII y, sin embargo, es uno de los títulos más importantes publicados en el año 2018.
La trama se nos antoja de comedia de enredo: dos hermanos, varón y mujer, nacen con el cuerpo equivocado y deciden, con un insólito consentimiento del padre, cambiar de género. Desde el padre que quiere la felicidad de sus hijos antes que a la tradición, hasta la resolución interior del conflicto, la novela rompe moldes. Se trata, en buena medida, de una muestra de rechazo, insistimos, de rechazo cortés, a las costumbres. Hasta el día en que cambian de sexo, las familias les estaban escribiendo el futuro, la biografía. Y esto es especialmente pernicioso en el rol de la mujer. De hecho, será ella, la niña transformada en hombre, sobre la que se construya el hilo argumental. Su historia se impondrá y cuando aparezca el hermano transformado en mujer, será para retomar su lugar. Los conflictos de amor, uno piensa mientras lee, darán pie a una tragicomedia. Pero quien escribiera esta historia tenía algo diferente en la cabeza. No es una obra que podamos inscribir en ningún género. Nos metemos de lleno en las cabezas de los personajes, que piensan con poesía, y vamos destilando las proyecciones y los deseos. Al mismo tiempo, los hermanos tienen muy clara su identidad y no la defienden con argumentos, sino con hechos. En la novela no sobra una sola línea, solo se narra lo que importa.
Cualquier consecuencia debemos deducirla de la acción y de las tankas con las que se comunican, los poemas cortos corteses y cortesanos. Los amores, es fácil deducir, serán imposibles. Sobre todo en su consumación, pues la obligación de casarse está más que servida, será un baldón del que no se pueden escapar, excepto tal y como lo resuelve el autor. A pesar de la tensión, el texto jamás pierde la delicadeza que se debe mostrar a las personas. De ahí que rebose de vida. Es más, hasta los hombres de una época medieval lloran sin reparo. Porque los personajes viven en los sentimientos y de los sentimientos. Mientras tanto, estos ser reproducen, maduran, se transforman, como se transforman por fuera los protagonistas, dando lugar a pérdidas y encuentros constante, que forman el grueso de la actividad en el libro.
La pregunta a la que intenta responder es hasta qué punto se impondrá el supuesto orden natural. Este tiene por principio la separación de sexos, aunque solo sea para facilitar el enamoramiento y la reproducción, pero también la dificultad humana para sostener una relación de pareja estable. De ahí brota el conflicto que sostiene al lector durante esta lectura que, por otra parte, es bellísima.

jueves, 27 de septiembre de 2018

HAYASHI FUMIKO

Mutiladas de guerra

Casi desconocido en Occidente, ‘Diario de una vagabunda’ es uno de los libros testimoniales más contundentes en décadas. Su autora, Hayashi Fumiko, fue cronista del Tokio de después de la guerra, que experimentó en carne propia, antes de ser corresponsal para medios de su país.


Cuando uno ha visto la película Nanking, Nanking. Ciudad de vida y muerte, del director chino Lu Chuan, estrenada el año 2009, la impresión sobrevive casi una década después. Ninguna otra película partirá al espectador con el mismo brío, con el mismo descaro. No existe una mayor representación de la crueldad masiva ni una emoción más potente y, por lo tanto, uno se atrevería a afirmar que, a su lado, cualquier otra película es una menudencia. Tal vez sea la última obra maestra que ha dado el séptimo arte.
Para quien no la haya visto, le desvelaremos algo de una secuencia. La ciudad de Nanking ha sido arrasada por el ejército japonés y un soldado nipón nos acompaña a la hora de presenciar las secuelas. Una de ellas afecta directamente a las mujeres. Hambrientos de sexo, los soldados japoneses exigen que se les entregue a las mujeres refugiadas en la iglesia católica, todavía algo protegidas por embajadores y sacerdotes extranjeros. El pacto final consiste en ofrendar a unas pocas. Se reúnen y, ante la perspectiva de la matanza o el sacrificio, unas pocas se ofrecen voluntarias...
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viernes, 7 de septiembre de 2018

CEREZOS EN LA OSCURIDAD


Cerezos en la oscuridad
Higuchi Ichiyò
Traducción de Hiroko Hamada y Virginia Meza
Satori
Gijón, 2018
304 páginas

Cuando alguien es delicado, lo es para todo. La representación costumbrista de la vida japonesa que vamos a leer en Cerezos en la oscuridad es delicada, como si estuviera escrita con humildad, sencillez, como si su autora, Higuchi Ichiyò (1872 – 1896), estuviera convencida de que los analfabetos pueden leer. Es de una extrema facilidad oral, casi poética, sin duda lírica. Todo eso en contraste con los temas sobre los que habla, como la dura vida de la parte baja de los estratos de la vida japonesa. Una sociedad de castas sin que las castas estén marcadas. Nada de sueño americano. Lo más que se puede ascender, si es que eso es un ascenso, es de campesina a cortesana. La realidad es todavía más triste y opresiva en el caso de las mujeres. Doblemente marginadas, por su condición de pobres y de estar al servicio del hombre, cada uno de los relatos nos presenta, con tristeza, una versión de lo marginal.
Los personajes están definidos de forma sencilla, con rasgos físicos en los que las descripciones son directas y nos indican el carácter de la persona. De su aspecto podemos deducir lo que circula por su cabeza. De ahí que los únicos hombres que se igualen en mala fortuna con las mujeres, aunque éstas sean hermosas, son los deformes. El odio al feo o la cosificación de la belleza femenina se igualan en alguno de los mejores relatos. La marginación les empareja. Conoceremos también el sentido de culpa, algo que brota de las entrañas de quien enferma de silencio frente a la infidelidad de su esposo; la mujer pedirá disculpas mientras él se prepara para ir a visitar a su concubina, sin esconder la escapada. La dominación vertical es patente cuando se menciona un robo por necesidad: la maldad del poderoso mata de hambre, prefiere tirar excedentes a que le robe quien está en el arroyo. Pues esa gente tiene la capacidad de decidir dónde terminarán los huesos del pobre.
Ichiyó nos llena los relatos de sentimientos. En gran medida, podríamos decir que estamos frente a un libro que cuestiona si se nace con los sentimientos o los sentimientos se construyen. En varias escenas vemos la humanidad de las cortesanas enfrentada con la de sus clientes, sobre todo los fieles al lugar. También conocemos matrimonios que solo muestran, públicamente, su aspecto gentil; la presión familiar, los intereses creados, son los que deciden la ruta que la mujer debe tomar, cuando en un momento de su vida se ha hallado frente a una bifurcación. Es como si el destino de ellas ya estuviera escrito o lo estuvieran escribiendo los demás. Es una cárcel de la que nos salva el exceso de humanidad de la propia Ichiyò. El libro termina con un relato que es casi una nouvelle, una historia sobre la pérdida de la inocencia bajo la presión de las humillaciones. Es una demostración más de que la envidia del poderoso te puede mandar al arroyo, y ese pecado capital está a la orden del día entre quienes ocupan el vértice de la pirámide. Con mucho más cuidado del que se puede expresar en una reseña, Ichiyò nos habla de cómo otros deciden aplastar la moral innata en los niños, el sentido del bien y del mal: familiares, compañeros de escuela, monjes, comerciantes o dueños de burdeles son los que se ocupan de segar la hierba bajo los pies de los niños y drenarles lo bueno, lo ingenuo, hasta el punto de que uno termina por refugiarse en cualquier sitio que, en sentido real y figurado, les ofrezca paredes y techo.
Cuando lean este libro, por favor trátenlo con cuidado.

jueves, 26 de julio de 2018

EL AMOR DE UN IDIOTA


El amor de un idiota
Tanizaki Junichiro
Traducción de Makiko Sese y Daniel Villa
Satori
Gijón, 2018
285 páginas

Este es un libro que explica cómo funciona el cerebro de una obsesión amorosa. Falta, aunque Tanizaki Junichiro disponga del suficiente talento como para dejarnos intuirlo, la mente contraria, pues de un juego de opuestos se trata la relación amorosa que nos narra. Pero esa es otra novela que debe contar otra persona. Aquí se centra en el trastorno que supone para un hombre poco agraciado el recibir el beneplácito de una adolescente de quince años, y su empeño por mantenerlo tal y como lo vivió el primer día, contra viento y marea y, lo que es más difícil, contra la psicología evolutiva que hace pasar a una niña al grado de mujer. Según se nos presenta, dicho grado tiene mucho que ver con el físico, que la permite ser atractiva y, en consecuencia, rodearse de otros hombres. Pero él comienza su amor con veintiséis años, siendo virgen, y confunde lo platónico con lo sexual. Intenta ser un Pigmalión, aprovechándose de su ventaja económica y la supuesta dependencia que eso la genera a ella, pero se da de bruces con su incapacidad para ir aprendiendo. Y sobre todo con la de negarse a aceptar que un amor no es eterno. Entramos en la mente de un desesperado, una de esas personas que confían en que la relación de pareja suponga la felicidad, cuando todos sabemos que si una relación cuaja, es porque se comparten las felicidades conquistadas previamente.
Confiar todo tu bien a una sola carta es propio de un idiota. Hasta el punto de que cuando llega el maltrato, o si uno quiere rebajar la expresión, el tratar mal, se acepta como la norma. Los vínculos resultan estrechos y casi delictivos. De hecho, su amor y su matrimonio lo ocultan incluso dentro de su propia casa, donde no existen testigos. A medida que vamos comulgando con la mente del protagonista, nos preguntamos si nosotros seríamos capaces de mantener esa postura. Asistimos a la mella de la dignidad y a la afectación del honor. Pero sabemos que tal vez, tal vez, si nos viéramos en esa situación tampoco seríamos capaces de superarla con la cabeza alta. Ese es el punto que tiene en común esta novela con Lolita, que se nos presenta como referente. Por lo demás, El amor de un idiota es un relato mucho más sencillo y en el que los juegos verbales se arrojan fuera. A no ser que se pierdan en la traducción, impresión que no da. La literatura japonesa, la de Kwabata, la de Mishima, por ejemplo, tienden a la expresión sencilla. Son obras cuya complejidad está en la construcción de otra parte de la obra. Aquí en la psicología del personaje.
Desde el primer párrafo sabemos que deberíamos gritarle el refrán que dicta que quien con niños se acuesta, meado se levanta. Pero las garantías de fracaso están servidas dada su timidez patológica, sus complejos frente a un mundo que se está recibiendo en su país, el occidental, a través, mayormente, del cine. Allí están los galanes y está Mary Pickford, la novia de América con quien compara el protagonista a su amante. Pero la tensión va subiendo muy poco a poco, a sorbos lentos, bien medida por Junichiro para que no nos explote, y esa pregunta que él se hace, si será posible desenamorarse, se impone. La vergüenza y el ridículo que cree que está haciendo, la incapacidad para confesar desde cuándo y cómo conquistó a la joven, le llevan a situaciones y pensamientos grotescos. Pero no pueden ser otros. No le importa perdonar perversiones y pedir perdón cuando descubre que ella tiene amantes. Intuimos cierto sadismo en ella, que se complementa con el impulso de Pigmalión de él, para hacer de la relación un vínculo irrompible. La gente se engancha a lo que odia. Más aún cuando se trata de un personaje histérico cuya educación no le permite mostrarse como tal. Y de un tipo egocéntrico. Porque le importa ella en la medida en que le da felicidad, aunque sea consintiendo que le trate como a un kleenex. La historia nos resulta conocida, pero no tanto por haberla leído antes como por identificarla con la vida de alguna persona que nos rodea. Ese es el gran mérito de esta novela: que contiene un trozo cierto de la vida.

lunes, 25 de junio de 2018

FUMIKO


Hayashi Fumiko
Vagabunda en el Japón de posguerra

Cuando uno ha visto la película Nanking, Nanking. Ciudad de vida y muerte, del director chino Lu Chuan, estrenada el año 2009, la impresión sobrevive casi una década después. Ninguna otra película partirá al espectador con el mismo brío, con el mismo descaro. No existe una mayor representación de la crueldad masiva ni una emoción más potente y, por lo tanto, uno se atrevería a afirmar que a su lado, cualquier otra película es una menudencia. Tal vez sea la última obra maestra que ha dado el séptimo arte. Para quien no la haya visto, le desvelaremos algo de una secuencia. La ciudad de Nanking ha sido arrasada por el ejército japonés y un soldado nipón nos acompaña a la hora de presenciar las secuelas. Una de ellas afecta directamente a las mujeres. Hambrientos de sexo, los soldados japoneses exigen que se les entregue a las mujeres refugiadas en la iglesia católica, todavía algo protegidas por embajadores y sacerdotes extranjeros. El pacto final consiste en ofrendar a unas pocas. Se reúnen y ante la perspectiva de la matanza o el sacrificio, unas pocas se ofrecen voluntarias. Apenas se ve nada en los planos posteriores: unos soldados borrachos riéndose y un plano corto de una mujer con la mirada vacía, la cabeza vuelta hacia un lado, y el sonido fuerte de una respiración fuerte. A continuación, vemos cómo los cadáveres desnudos son arrojados, como si se tratara de leña, a un carro que los transportara, sobre el barro, hasta una fosa común. Filmada en blanco y negro, la elipsis, incluida la de los colores, hace de la secuencia un tormento, a no ser que es espectador sea un psicópata.
Hayashi Fumiko (1903 – 1951) fue la primera mujer en entrar en Nanking para, supuestamente, dar testimonio de prensa. Uno está al acecho de leer un testimonio valiente, una denuncia, pero su crónica es una loa a la victoria japonesa, al emperador y contra los malvados chinos. Fumiko era japonesa, pero no fue su nacionalidad ni su educación lo que la empujaron a ser tan inconsciente de forma tácita, por iniciativa propia. Fue el hambre. Fumiko afirmaba que en cuanto cumpliera cincuenta años, revisaría todos sus escritos autobiográficos y narraría su vida de otra manera, como el que ya ha encontrado un consuelo. Murió a los cuarenta y ocho de una insuficiencia cardiaca. Entre su producción literaria nos dejó algún poemario, unas cuantas crónicas de viaje, pocas novelas y un diario, o algo parecido a un diario, porque el título, Diario de una vagabunda, es engañoso. El libro es otra obra maestra de lo cruel que puede llegar a ser la vida y la incompetencia que tenemos para entender las razones. No sabemos por qué nos elige para sufrir y apenas da cuenta de que, siendo niña, la única forma de combatir a esa conciencia de niña sucia que come lodo, es tener fantasías limpias. Aunque recordarlas suponga invocar de nuevo a la tristeza.
Diario de una vagabunda es un testimonio de supervivencia en un país, y sobre todo en su capital, Tokyo, tras las derrotas en las guerras. El libro apenas habla de los demás como satélites que orbitan alrededor de la autora, pero satélites necesarios. Se trata de una búsqueda incesante de paz, un Bildugsroman que comienza mucho antes de tiempo, con una separación de la madre propia de los cuentos de hadas. Pero lo que en los cuentos de hadas es una representación, una transferencia de la separación, aquí es real. Tanto que Fumiko está constantemente hablando de lo que siente, no de lo que piensa, porque ella es algo así como un recipiente que no cesa de vaciarse y debe buscar cómo rellenar de nuevo. Si para un budista que practica la meditación solo existe el presente, porque se puede permitir el lujo de elegir, para ella solo existe el presente, porque tiene que encontrar cómo llevarse algo a la boca. A la suya y a la de su madre, alejada, que representa la patria, las raíces. Fumiko jamás superó eso que hoy se conoce como el síndrome de Ulises, el del emigrante. Siempre creyó estar sola y eso da pie a escribir con una subjetividad sin grilletes.
A lo largo de los años, de salto en salto, nos habla de su crecimiento, de su paso a mujer y a amante, incluso de su inclusión, también como amante, en círculos artísticos y literarios. En realidad, eso no importa. Se impone el tono sombrío que da unidad a la obra, que da unidad a su vida. Tan sombrío como para corresponder al periódico que la envía a Nanking redactando una crónica de lugares comunes sobre el ejército de un emperador hijo del mismísimo sol. Incluso cuando parecía que la suerte laboral se enderezaba, Fumiko seguía pasando hambre. Sus alarmas estaban siempre tan erizadas, que apenas permitía a los demás acercarse y alejarse sin que sepamos cómo. Jamás narra cómo entran y salen los demás en su vida, a pesar de que el diario está reescrito para una edición posterior, en la que se unificaron los tres cuadernos que fue publicando. La sensación que transmite es que entabla relaciones humanas pensando ya en cómo salir de ellas. Posiblemente debido a que sabe, porque lo ha vivido en la carne y en la sangre de la que estaba hecha esta pequeña mujer, que la gente miente. También ese desengaño le dio carta de naturaleza para mentir en sus crónicas. Con ese estigma, será imposible encontrar su lugar en el mundo.
Escribe poesía contra el vacío o para explicar el vacío, no sabemos muy bien. Al fin y al cabo, se trata de una erudita autodidacta, una mujer que ejerce la mendicidad en compañía de Chéjov o de Schnitzler, una lectora ávida, apasionada por el estudio que, sorprendentemente, escribe un libro memorable sobre todo lo que es la condición humana fuera del intelecto. Hay muchas formas de ejercer una transferencia buscando la cura que Freud creyó hallar en el psicoanálisis. Una de ellas es la confesión escrita. Es algo que uno ejerce en soledad, figurándose que no hace falta psicoterapeuta, pero que necesita que alguien lo sepa, como si cualquier lector pudiera sanarla. La sanación, o el poco de sanación que consigue, es gracias a sus expresiones, a ser capaz de formularlas, no a nuestra lectura.
Fumiko no poseía ni siquiera una foto de infancia, pasó varios días de juventud sin comer y para distraer el hambre intentó algo parecido al suicidio. La expresión es de ella, porque sabe que existen dos tipos de suicidas: los reales y aquellos que lo que quieren es dormir un rato y despertar en un mundo mejor. Ese es su caso. Dicho de otra manera: no se rinde y sigue confiando en que los lectores la escriban cartas bonitas y su madre se encuentre bien. La felicidad quedará reducida a eso. Ni siquiera, afirma, quiere ser amada. Pero todos sabemos que una expresión así solo puede salir desde el miedo. Y este pudo tener su origen en el día en que abandonó el hogar de su padre cuando metió en casa a una geisha, estando ella y su madre delante. Luego recuerda haber vivido en poblaciones que se parecían a trenes de carga, pasarse horas en sitios a los que la gente acudía para emborracharse, donde las mujeres tenían mirada enfermiza. Pero “sobre las esteras de paja, los niños jugaban desnudos como cebollas peladas, encaramándose unos sobre otros”. Existía la felicidad de la niñez, que se le negó a ella, pues se veía obligada a ser una mera espectadora de la de los demás.
Fumiko aseguraba que solo en el retrete sentía que su cuerpo era suyo. Crece y comienza a leer libros. Quiere estar más cerca de Chejov que de las prostitutas de Kioto. Se da cuenta de que ella no es como los demás: “¿Acaso este maestro no sabe que aun los tréboles que comen los caballos dan unas hermosas flores blancas?”. Lo que para los demás es forraje, para ella es belleza. Ha sido capaz de darle la vuelta al refrán que dicta que no hay rosa sin espinas. Sabe que estamos en el abismo, a punto de caer, pero también en el umbral de la luz y la esperanza. ¿O puede que al invertir los términos encontremos a la verdadera Fumiko?
“En el foso del palacio centellean las luces del Teatro Imperial. Me imaginaba los raíles por los que iba corriendo el tren. Todo, absolutamente todo, está quieto. ¿Habrá paz en el mundo?”
La cita es sencilla, como los cuentos de Chejov. Pero resulta que lo complicado es ver las cosas de forma sencilla: un teatro que es la fiesta, un tren que es el viaje, y todo está quieto. La interrogación es una expresión que significa lo que la abruma pensar en lo inmenso que es todo lo que está más allá de su cuerpo. No es capaz de concebir que exista una medida para el mundo. Se implica un poco en los movimientos de izquierda del momento, presididos por intelectuales (otra vez la palabra maldita), inquieta, a la caza de alguna pista que la ayude a superar esa sensación de ser hormiga. La decepción es enorme.
Fumiko habla de cómo vive, en la sencillez extrema: dos tatamis, unas ollas de barro, unos tazones, un recipiente de cartón para el arroz, una canasta con tapadera y un escritorio, cosas que perseveran “como si fuesen las deudas de toda mi vida”. Y habla de una habitación iluminada diagonalmente por el sol matutino, que brilla a través de un tragaluz, de ese tipo de tragaluces con listones que dejan pasar líneas de brillo en la que flota el polvo. Pero luego se pregunta, sin ambages: “¿Qué es la revolución? ¿Por dónde soplan los vientos? Ellos conocen bastantes palabras refinadas. ¿Será que los intelectuales japoneses y los socialistas japoneses imaginan cuentos de hadas?”. Hasta ahí lleva su decepción: renegar de la utopía, eso que sirve para caminar sin alcanzar nunca el horizonte. Hubo demasiado realismo en su día a día, trabajando de esto y de lo otro, apresurada, inclinada y sin sentarse ni cuando vende en la calle ni cuando cose banderines para el Ejército de Salvación. Y mucho menos cuando explota su cuerpo en un cabaré, donde se arruinan las mujeres hasta parecer estropajos. “No es necesario pensar en nada”, concluye a una edad en la que los adolescentes tardíos están de vuelta sin haber ido a ninguna parte. “Todos hablamos mucho”, sostiene, para compensar, porque habiéndose codeado con gente que maneja dinero, ella sigue siendo parte del ejército de los pobres y sostiene esa conciencia con dignidad: “Cuando somos pobres, nos abrimos mutuamente y nos convertimos en uno solo, más allá de la amistad”.
“Todas somos solitarios cuclillos de montaña”. La expresión, triste, se refiere a las vagabundas que peregrinan de trabajo en trabajo, que pasan hambre y se duelen de las heridas, en las calles de Tokio. Pero ella tenía que sembrar esa definición de lirismo. Ya ha decidido que esa será su religión, que hablará con ojos húmedos a un dios, pero que ese dios será la luna indiferente que se ve fuera de la deforme ventana. Vivir así es tedioso y se plantea la prostitución como alternativa, cuando consigue publicar sus primeros artículos y sus primeros versos. A pesar de todo ello, ¡maldita sea!, uno echa de menos el arrojo suficiente como para denunciar los abusos en Nanking.
A los diecinueve años, Fumiko ya había escrito sus primeras líneas. Su prometido la arrojó a los pies de los caballos echándola de casa, por culpa de la diferencia de clase. Fue amante del actor Tanabe Wakao, un hombre casado, mantuvo relaciones con el enfermo poeta dadaísta Nomura Yoshiya y casi con un vecino anónimo, feo, quizás el único hombre que le trajo algo de paz a cambio de nada. Hasta que se casó con el artista Tezuka Masaharu, con quien intercambió caricias y a quien engañó varias veces manteniendo simulacros de amor con otros hombres. Tras el éxito de su Diario de una vagabunda, viajó a Europa y pasó hambre en París durante dos meses. Después de Nanking cubrió otros frentes de batalla de la Segunda Guerra Mundial, como Indonesia, Singapur, Java o Borneo. Pero siempre guardará predilección por Dalat, la población de las montañas del norte de Vietnam, donde encontró algo de reposo. Su novela más famosa, Nubes flotantes, es un recorrido del sosiego a la mala muerte a medida que Dalat va quedando más lejos en la memoria de la pareja protagonista. Lejos de Dalat lo que vive no pertenece a la naturaleza. Será extranjera en la ciudad y apurará cada alegoría del mundo natural que permite la literatura japonesa para reflejar en qué consiste la felicidad. No hay libertad sin ese toque de alegría que producen los paisajes y los pájaros, el sol y el agua. La vida que hemos construido en las ciudades fue un vacío del que no supo salir, pero que nos dejó uno de los testimonios más relevantes de las consecuencias de las grandes guerras. Diario de una vagabunda trata sobre la mutilación, sobre las heridas de guerra perpetuas. Su lectura nos remite a la actualidad, a esos fenómenos que llamamos crisis, pero cuyo resultado es idéntico al de la guerra. Hoy hay miles de vagabundos, en el mismo sentido en que Fumiko fue la vagabunda fragmentada que ella se representa con una potencia descomunal en un libro clave de la literatura del siglo XX, repartidos por los callejones del planeta.