domingo, 1 de febrero de 2026

EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA

 

El romance de la Vía Láctea

Lafcadio Haern

Traducción de Emilio Jaramillo

Satori

Gijón, 2026

178 páginas

 



El mundo siempre ha tenido sus miserias y los agoreros de sus miserias. Ante ellos cabe la postura, que es la que elige Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia, 1850 — Tokio, 1904) en esta obra, de prestar más atención a los mirlos que a las voces que anuncian que el infierno ya está aquí. De lo que se trata es de dejarse deslumbrar cada día, y de encontrar lo hermoso allí donde otros ven lo cotidiano. Adaptado a la vida en Japón, a donde emigró con cuarenta años, Hearn no cesa de escribir desde allí, sobre la vida de allí y, al mismo tiempo, de reproducir los relatos que allí va aprendiendo. Corre cierto riesgo de caer en interpretaciones orientalistas, es cierto, pero él ignora qué diablos son esas suposiciones sobre las que escribió Edward Said. En cualquier caso, para transmitir su amor por Japón será siempre muy respetuoso.

En esta obra, El romance de la Vía Láctea, combina unos apuntes sobre la cultura y la literatura popular japonesa con alguna leyenda que ha ido recogiendo. El resultado es delicioso, tanto como para merecer esta cuidada edición que Satori ha preparado, una de las editoriales que mejor cuidan al libro en nuestro país. Es muy complicado tratar de analizar cartesianamente una obra que no está elaborada desde el razonamiento. Hearn no es ajeno al pensamiento crítico, pero elige la entrega pasional y sabe transmitir desde esas pautas. Todos podemos ir imaginando, junto a él, ese país delicado, en el que es fácil caminar, en el que los cantos de los mirlos se sobreponen a las voces de los chatarreros. Y cualquiera que lea este hermoso libro, deseará largarse a esos lugares para sentir el descanso que la lectura transmite.

Es posible que en el Japón que Hearn conoció hubiera barro, miseria, violencia, pero su elección es clara y es honesta: indicarnos que hay un camino para purificarse y que este camino está sembrado de encanto. Será este concepto, encanto, el que se imponga en la lectura, el que nos traslade, durante un buen rato, a un lugar en el que no nos importaría vivir. Y no es posible un elogio mayor que éste: el de garantizar que la obra transmite la paz que existe en algún sitio al que podemos trasladarnos.

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