martes, 24 de febrero de 2026

A MEDIA LUZ

 

A media luz

Joyce Carol Oates

Traducción de Carme Camps

Lumen

Barcelona, 2026

712 páginas

 



En algún punto de las tripas de esta extraordinaria novela, Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) hace decir a uno de sus personajes: «Quizá Lionel quiere salvar su propia vida, cariño». Sobre esto trata A media luz, la obra que recupera Lumen, publicada por primera vez, en el idioma original, hace veinticinco años. Nos encontraremos acompañando a un grupo de personajes que han superado los cincuenta años o tienen una relación muy especial, de enamoramiento, con personajes que han superado esa edad y contienen mucho magnetismo. De hecho, la acción se inicia con la heroica muerte de un hombre al que admiran y quieren varias mujeres de una localidad que hasta ese momento bien podría haber sido un ambiente cerrado. No sabemos nada del pasado de este personaje, y averiguar algo sobre él será la misión final de alguien que se ha visto muy afectada por la desaparición. Pero antes hemos ido siguiendo a cada una de las personas que han orbitado en ese ambiente casi de aldea, en el sentido en que podrían ser ambiente de aldea los lugares donde suceden los relatos de Carver, y hemos ido descubriendo que cada uno de estos personajes es dueño de su propia novela. Lo que sucede es que todas las vidas orbitan, a su vez, en las vidas de los demás, y no solo a través de los enlaces con el tipo muerto.

Joyce Carol Oates teje con maestría esta estructura en la que se impone la sensación de lo imposible que es rellenar con nada ciertos vacíos. Pero, a pesar de todo, no conviene bajarse del tren de vivir y cada uno de los personajes buscará una forma de reinventarse. Todo comienza con el empuje de la muerte, de ese sentido de lo efímero que a uno le queda al tomar conciencia de ella. Algo que cobra especial relevancia al encontrarnos en una sociedad media tanto por la clase social, aunque varios tengan la vida demasiado bien resuelta, como por la edad y la formación. Y luego está este misterio coral en el que todos parecen participar, y que tiene que ver con la atracción que el personaje ocasionó entre mujeres que necesitaban salir de una vida más bien gris. Carol Oates se va deteniendo en las reacciones, físicas y emocionales, de cada personaje, que van alternando el protagonismo según comenzamos un nuevo capítulo. La verdad es que consigue darles tal empaque que al lector le parece que lo más interesante es lo que le está sucediendo al personaje con el que trata en la página en la que se encuentre.

Pero el retrato coral es el retrato de la mediana edad, en la que casi todos han elaborado una doble vida, la segunda con aspecto volátil, porque en esa segunda vida el combustible es el deseo. Nos encontraremos con las luces y las sombras, con las pequeñas miserias y con un desarrollo que bien puede tener final trágico o feliz, o no tener un final. En cualquier caso, todos pretenden que algo se desencadene en su vida, y, en buena medida, a partir del fallecimiento deciden que algo, pequeño o grande, tienen que hacer para provocarlo. Tal vez un enamoramiento, tal vez intentar seguir la estela artística de este hombre que hacía esculturas con la técnica del object touvée, tal vez idealizar la soledad, tal vez la adopción insensata de perros cuando tu marido, que tiene alergia al pelo de las mascotas, se ha alejado, tal vez comenzar un romance con una amante punki, tal vez huir intentando no dejar rastro. Como suele suceder al terminar las novelas de Joyce Carol Oates, uno sale observando a su alrededor con un espíritu diferente, considerando que debería conocer el relato completo de la vida de cada persona con la que se cruza y tener en cuenta que está, muchas veces sin darse cuenta, elaborando su propio relato.

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