Mostrando entradas con la etiqueta El Cobre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Cobre. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de noviembre de 2017

LEAVING ATLANTA

Leaving Atlanta
Tayari Jones
Traducción de Juanjo Estrella
El Cobre
Barcelona 2005
288 páginas
19,50 euros

La estructura de una nación

Hace más de veinte años, sin que ninguno de nosotros se diera cuenta porque apenas apareció reflejado en los telediarios de nuestro país, en uno de los suburbios de Atlanta comenzaron a desaparecer niños afroamericanos de ocho, nueve, diez y once años. Algunas patrullas de ciudadanos hallaron cadáveres en trance de descomposición, que comenzaban a formar parte del humus del que se alimentarían los bosques periféricos. El asunto bien podría dar lugar a un thriller o a una narración de serie negra, incluso a un relato a caballo entre lo detectivesco y lo médico-científico, tan al uso en la actualidad. A no ser que la idea caiga en manos de alguien con un espíritu más creativo, como demuestra ser Tayari Jones, quien se sirve de estos sucesos para hablar de la estructura de su país, que a su vez es el modelo social que se pretende emular en el resto del planeta. Y así, sin casi darnos cuenta, sin azotar al lector con denuncias ni relatos de opresión psicológica, llega hasta nuestros cerebros una muy interesante novela, con varios niveles de lectura perfectamente planificados, estupendamente medidos. El primero, el anzuelo en que picará el lector, es el antes expuesto. El segundo, el que da un toque amable y trágico a la novela, son las tres voces infantiles que relatan sus vivencias y que pertenecen a tres compañeros de aula. El cuarto, referido a una experimentación literaria más formal, es el uso de tres personas verbales, una por niño, que el traductor mantiene en la segunda parte, atreviéndose con el relato en segunda persona, en una decisión arriesgada y no del todo convincente, pues la inmediatez que proporciona las frases en esta estrategia anglicista, priva al idioma del sentido universal del uso de “uno” como sujeto, y que es a lo que se corresponde en castellano el “tú” inglés (es decir, la traducción más correcta de “tú piensas”, vendría a ser “uno se piensa”), en cualquier caso, se trata de un detalle que no enturbia la novela. Porque la verdadera sustancia está en el entramado de relaciones y lo que ello implica.
Tasha es una insegura niña de clase acomodada, que está viviendo la separación de sus padres en compañía de su hermana menor. Rodney es un tímido niño astigmático hipersensible, demasiado consciente de lo que hace o piensa, y además cleptómano y con conciencia social. Octavia es una niña negra entre las negras, pobre y condenada al ostracismo por sus compañeros. Los tres se saben solitarios, aunque en el primer caso es una situación ocasional, en el segundo caracterial y en el tercero económica. En los tres casos se marcan claramente los territorios familiares, las relaciones entre los agentes de la familia, no sólo los inmediatos, sino también los alejados con quienes se mantiene contacto a través del inevitable teléfono, tan presente en la narración americana de los últimos cincuenta años. Y de los tres se relaciona su acogimiento en el centro escolar, donde se socializan a falta de espacios abiertos seguros, incluyendo no sólo las amistades y enemistades –sin obviar cierta crueldad infantil, pues tampoco los niños salen con las manos blancas en esta novela- sino también a los profesores.
Pero podríamos ir más allá, podríamos hablar de la organización de la ciudad, de la barriada periférica cuyo mapa, sin darnos cuenta, ha trazado perfectamente Tayari Jones y hasta de la lucha de clases. Y también podríamos reseñar todos los detalles con que amuebla la novela, y que van describiendo lugares en los que hubo vida. Y también de las sensaciones de los niños, del miedo, de la asfixia, de cómo afrontan los trastornos sociales y los desengaños entre ellos, en una perfecta identificación de un mundo infantil que la autora traza con muchísima sencillez. La que precisa esta novela tan bien planteada.


Fuente: Culturas/Tribuna

viernes, 20 de octubre de 2017

LA BIEN AMADA

La bien amada

Thomas Hardy

El Cobre
Barcelona, 2005
245 páginas

Amor a tres bandas


Se decía a sí mismo: “Jocelyn, no puedes vivir y al mismo tiempo retener la vida”.
De alguna manera, esta cita resume el tono en que está escrita la novela, que es tanto como decir su contenido. Efectivamente, en un primer vistazo parece que se trata de una broma, pues vivir es tanto como retener la vida. Aunque si se piensa bien, retener la vida no es vivir, sino existir. Y lo primero es importante, mientras que la existencia no es más que el caballo de batalla para vivir. En esta novela, vivir es tanto como amar.
Narrada con el típico humor inglés, ese que aterriza en lo cotidiano para rociarlo con dosis de la satisfacción de vivir, damos con una original novela en la que el protagonista, Jocelyn, un escultor de cuna humilde, rural y algo mística, se enamora de tres personas, que en gran medida son la misma, pues no deja de estar trasladando su pasión de la madre a la hija, y de nuevo a la hija de la hija. Sin complicarse con la estructura, Hardy divide la novela en tres partes, cada una de ellas centrada en el episodio de amor frustrado de Jocelyn con las tres mujeres de veinte años, que además de la edad comparten el nombre, Avicia. Cuando él tiene esa misma edad, rechaza a la primera Avicia, cuando tiene cuarenta es la segunda Avicia quien le rechaza a él, y a los sesenta se compromete en matrimonio con la nieta.
¿Veleidades? Este Jocelyn parece poseer unas cuantas, comenzando por su amor por sus raíces, su tierra a la que regresa ocasionalmente para ir reconociéndose cada vez más como hecho de recuerdos, de ahí su gozo al observar el oleaje, la lluvia, la luz de la tarde o los caminos de paseantes y todos los elementos de la naturaleza romántica. Tampoco renuncia al desarrollo de su actividad artística en el centro mundial de las artes del momento, que es Londres. Y, como obra maestra de su personalidad, está esa Bien Amada, ese ser platónico que ha creado con la imaginación de lo que él cree que es amor, y que resulta de un itinerante que desconcierta por la facilidad con que transmigra. A los veinte años cambia con el mero contacto físico; a los cuarenta la razón carnal se debate con la razón intelectual; a los sesenta pretende descanso y un triunfo merecido por el hecho de haber vivido, y no sólo retenido la vida. Y, por supuesto, sólo cabe pensar en aproximarse a la mujer amada con intenciones tan honestas como proponerle matrimonio. Vamos, que al igual que el personaje de Oscar Wilde, este Jocelyn podría decir aquello de “estoy enamorado, pero no sé de quién”. Este es un tipo voluble, pero fiel a su ilusión. Alguien apasionado por la pasión que vive su vida como si estuviera escribiendo una novela. Es posible sospechar que él sea, en realidad, el narrador de esta historia aparentemente relatada en tercera persona.
El verdadero escollo con que él se encuentra es su poca seguridad cortejando. De hecho, cada conquista se la plantea siguiendo una táctica diferente, a cual más disparatada, al menos a juicio del lector. Estas tácticas configuran lo que serían los lados de un triángulo, en cuyos vértices situaríamos a las tres versiones de la misma Avicia, cada una de las cuales, eso sí, vive una historia de desamor con desigual desacierto. Y él decide enamorarse de la segunda Avicia porque no pudo enamorarse de la primera, y de la tercera porque la segunda no pudo enamorarse de él. Creo que estos comentarios serán suficiente para valorar el ingenio de Thomas Hardy.
Hay otros temas presentes en la novela, como la certeza de que la realidad no cambia mucho en un periodo de cuarenta años, o el conflicto entre las costumbres del mundo rural y el supuesto progreso de la gran ciudad, más consentidora, menos castrante, que amueblan con pulcritud esta bien programada novela.

Fuente: Tribuna/Culturas

martes, 17 de octubre de 2017

PEQUEÑAS BIENVENIDAS

Fuente: Lateral

Pequeñas bienvenidas

Alejandro Palomas

El Cobre
Barcelona, 2005
132 páginas
13 euros

Para desconocer a las mujeres


Por suerte, el territorio de la joven narrativa española ha ido abandonando esos asuntos facilones, de horizontes cercanos, fuertemente centrados en el mundo de la marcha nocturna, las drogas, los ligues y desligues, que pretendían representar una actualización del existencialismo a través de una visión nihilista, y se quedaron en meras anécdotas tangentes a la literatura. Otros autores –y, en ocasiones, los mismos que intervinieron en reventar el mundo editorial con sus tramas nocturnas- han venido a ocupar la plaza generacional con planteamientos más serios, más rotundos. Entre estos pretende estar, aunque no con una fortuna contundente, Alejandro Palomas, que se presenta con este libro de doce relatos en el que cada una de las pequeñas bienvenidas, que dan título a la obra, supone la presentación en público (por mor de la escritura) y en privado (por la acción descrita) de doce mujeres a las que tímidamente se da la bienvenida en nuestras vidas.
El libro comienza con una referencia metaliteraria, dando la bienvenida al arte de contar historias y de conocer amantes, revelando sin trabas el tono lírico que Palomas parece identificar con la narrativa más sincera. Y así, siguiendo ese trabajo con el lenguaje, nos indica que para las mujeres, que son las protagonistas de la historia, el amor es un sentimiento con dimensiones extraordinarias por motivos poéticos; por alusiones elípticas, un lector podrá entender que para los hombres esos lances son menos trascendentes, es decir, más carnales. En este libro los amantes se descubren, las manos cobran una importancia sobrenatural, muy por encima de los tópicos ojos, y para reflejar la melancolía recurre una y otra vez al adjetivo cansado, y para representar los escollos del amor enuncia una y otra vez el sustantivo espalda. Pues será este trabajo del lenguaje, al que posiblemente Palomas ha dedicado muchas horas de taller, lo que acabe traicionándole: los diálogos o comentarios de los personajes resultan tan forzados, con intenciones tan preciosistas, que acaba por ser difícil digerirlos como creíbles, los narradores abusan de su condición de enamorados, hasta el punto de que su tesis de amor sincero se tambalea, y así el tono vital cae en lo afectado: “Dicen que nueve son los meses que tarda en llegar el primer llanto, en abrirse las hebras de la primera cicatriz; nueve son los meses que tarda en estallar el adiós más triste, la distancia última, la de adentro hacia más adentro”.
Una lástima. Porque en realidad nos encontramos frente a un escritor inquieto, muy inquieto, a la búsqueda de los detalles y datos minúsculos que afecten a sus relatos significativamente, y que en la mayoría de estos casos se centran en la relación del hombre con su entorno, con la idiosincrasia de una ciudad como Budapest, idónea para el amor lésbico, o de Amsterdam, tan apropiada para que la amistad entre jóvenes sea imposible de estropear ni por un triángulo amoroso ni por la aparición de un extraño que nos engaña. El desarrollo del relato se ve condicionado porque las Meninas sea el cuadro de fondo donde se hallan los personajes, o recurriendo, sin ningún problema, a la aparición de un fantasma producto del delirio de la mujer maltratada. Incluso cuando el uso de la primera persona no termina de adaptarse a sus necesidades, Palomas coge el toro por los cuernos y plantea un narrador exterior, impreciso pero no neutral. Y en todas las narraciones, sabemos y desconocemos, en diferente grado, el pasado de los personajes, que se nos obliga a imaginar para hacer nuestra la situación. En definitiva, que es una lástima que la herramienta de la escritura sea el lenguaje, pues éste le da un tono de adolescente romántico que no favorece mucho a los propósitos del autor.

martes, 3 de octubre de 2017

LA OTRA CARA DEL MAR

La otra cara del mar

Louis-Philippe Dalembert

Traducción de Manuel Serrat Crespo

El Cobre
Barcelona, 2004
186 páginas
15 euros

El pueblo de la isla


Esta es la historia de Haití a lo largo del siglo XX, el país más pobre de América, porque es la historia de sus habitantes. Es fácil olvidar, ante imágenes de catástrofes o informaciones políticas y de actuaciones militares, ante cifras de miseria o el impacto visual de una jaula de costillas en la foto de un niño hambriento, que la gente también se quiere, que la gente tiene familia, que un nieto adora a su abuela y que una abuela se desvive por su nieto. Como Grannie y Jonas, los dos protagonistas y narradores de esta novela en la que el sufrimiento queda más allá de la narración, en algún lugar oculto por el silencio que produce una falta de diálogos que es todo un tributo a la tierra donde nació Dalembert. Pues aunque él, Dalembert, haya elegido o se haya visto obligado a residir fuera de Haití, los dos personajes deciden vivir en una ciudad que no tiene nombre, pero en la que es sencillo reconocer a Puerto Príncipe: ella, la anciana, tras sobrevivir a las tragedias esclavistas del exilio, y él, el joven, pese a tener el alma dividida por culpa del amor. De alguna manera, esta novela trata sobre la necesidad de tener raíces.
Estructurada en tres tiempos, como una sinfonía en la que el segundo movimiento actúa de bisagra para aclararnos a qué se debe el cambio de voz, a la vez que se explican las razones que hacen de la relación entre abuela y nieto, la expresión simbólica de la ternura, un hecho digno de reseñar. En el primer capítulo, tal vez el mejor, la anciana recuerda su vida como el que cierra los ojos y deja que sean las imágenes las que vayan acudiendo a las pantalla de sus párpados, esforzándose, muy levemente, en otorgarlas un orden cronológico. Durante su infancia la familia huye de la ciudad por la salida que no cubren los invasores o el mar, es decir, hacia las colinas y los sueños. Sobreviven a la esclavitud y a la cacería humana, en unas secuencias bellamente narradas, a las que asistimos desde el recuerdo parcial de la mirada de la niña aunque, por un buen hacer narrativo, somos capaces de comprender todos los acontecimientos. La vida continúa desplegándose alrededor de esta niña, con la resignación de quien acepta el dictado de un Dios inclemente que ha decidido que ellos sean pobres, y pretende responder a la pregunta de si esos sucesos que ha vivido son una vida, no disponiendo de otra herramienta que no sea su memoria.
A continuación, el segundo capítulo es un paseo por una ciudad oscura, violenta y pobre, acompañando al nieto, Jonas, en el que se nos explica que su abuela es para él un faro sólido, endurecido por su pasado, al que agarrarse cuando se flota sobre el mar podrido.
En el tercer capítulo será el nieto quien nos hable de su juventud, de su debate entre el amor adolescente, el primer amor que será el verdadero, y la resistencia política. Al tiempo que se descompone su ciudad, asiste al envejecimiento de su abuela, hasta que el final, trágico, sucede: la gente se encomienda a Dios y se embarca para buscar la otra cara del mar, ante los ojos incrédulos de una anciana, que regresa a su condición de verdadera protagonista de la novela: tras sobrevivir durante su infancia al drama del desarraigo, al viaje a pie por las colinas y la selva perseguidos por cazadores y perros, y a la pérdida de un hermano, acaba asistiendo, por televisión y vía satélite, pese a que aquello está ocurriendo a pocos metros de donde ella se acuna en una mecedora, a la muerte de un pueblo entero. Aquel al que pertenece Louis-Philippe Dalembert y del que nada sabríamos de no ser porque editoriales como El Cobre se preocupan por testimoniar para nosotros su existencia.

Fuente: Tribuna/Culturas

EL DESCONSUELO DE LOS INSUMISOS

Fuente: Culturas/Tribuna

El desconsuelo de los insumisos
Malika Mokeddem
Traducción de Pilar Jimeno Barrera
El Cobre
Barcelona, 2006
191 páginas
17 euros

Un cosmos de valor personal


Malika Mokeddem representa esos valores femeninos a los que no supone ningún esfuerzo elogiar. Nacida en una aldea argelina, ha luchado por la emancipación de la mujer, contra la tiranía de una sociedad estrecha que impide la libertad, o al menos la libertad de elección. Uno nunca ha tenido claro que existan valores absolutos, o al menos no tan claro como parece tenerlo Malika, y como demuestra tenerlo en cada frase de este libro autobiográfico. En El desconsuelo de los insumisos, nos relata los episodios de su vida en los que la lucha por la dignidad humana, representada en ella misma, fueron más complejos, más dolorosos, hasta el punto de llevarla a considerarse a sí misma como una superviviente, por un lado, y por otro a pagar el precio del exceso de soledad, incluso pese a trabajar en una consulta médica para inmigrantes magrebíes en Francia. Es cierto que no se puede dejar de valorar el espíritu de Malika, pero sí cabe cuestionar su literatura, o al menos la demostración literaria que hace en este libro.
Posiblemente se encuentre cayendo en un error bastante común en ciertos textos autobiográficos, como es el de considerar que la propia vida es lo bastante impresionante de por sí como para que el lector se deje caer en los brazos de cada frase, de cada párrafo. Y lo cierto es que impresionar no es lo mismo que tener algo que contar, y mucho menos que saber cómo debe contarse aquello que uno pretende decir. De ahí que Malika caiga con frecuencia en la autocomplacencia, en un ejercicio a veces autocompasivo en el que la frase corta pretende cargarse de lirismo al tiempo que de potencia. Esta manera que tiene de relatar, directa, expresando lo que quiere expresar, deja en el aire una meditación irresoluble, aquella que pretende encontrar vínculos entre la humildad y la literatura. Lo más fácil será exponer algunos ejemplos para aclarar esta idea: cuando divaga con cierto tono intelectual le sale expresiones tipo: “Los postulados de las revistas médicas martillean sin cesar en mi cabeza los clichés que comparan el sueño a bordo de un barco con el bienestar del feto en el líquido amniótico. Nunca he creído en ese concepto de bienestar fetal. Incluso me parece de lo más sospechoso y con tufo a moralina”. La imagen que expone de sí misma es de esta índole: “Pocos son los que consiguen liberarse, los que ponen todo su empeño en emanciparse. Los que se enfrentan a todo tipo de garras, a los peores perjuicios. Como yo”. O la reflexión sobre los méritos de su obra contiene argumentos del estilo de: “En un texto que data de aquella época escribí: …se atropellan las palabras del silencio, las palabras de todas las ausencias. Me asestaron una brutalidad saludable. Me dejaron ebria y desamparada”. La forma en que habla de su infancia es bastante significativa: “En pocos minutos, todo el mundo estaba de pie. Menos yo, que me hacía un ovillo en el jergón con la vana esperanza de que se olvidasen de mí y pudiera robar un poco más de tiempo”.
Malika dispone su texto en dos corrientes que se alternan. La primera referida a la infancia y adolescencia en Argelia, trayendo a la memoria a su madre tirana y a su abuela cariñosa, además de su brega por sacar adelante unos estudios. La segunda corriente sucede en la actualidad, en Francia, y nos habla sobre el precio pagado por su dedicación y compromiso intelectual, desde el fracaso de la convivencia a la violencia integrista. Malika Mokeddem es, sin duda, una mujer excepcional, porque sin duda se trata de una excepción, como nos deja bien claro en cada línea. El problema es que ser un individuo tan especial porque uno lo dice, y no porque se lo demuestra al lector, va mellando los valores artísticos de una obra. Dicho de otra manera, provoca que un texto como este no sea excepcional. Como era de desear. Como pretende Malika.