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jueves, 28 de febrero de 2019

EVA en LECTURAS SUMERGIDAS


¿Quiénes son ellas? se preguntarán ustedes al encontrarse con el título de este artículo. ¿De qué ellas vamos a hablar? ¿Es apropiado recurrir al simple pronombre colectivo, sin destacar nombres concretos, aún siendo muchos de ellos un mejor reclamo para atraer al lector? Aquí, en esta “Ventana” que hace el número 49, un número especial porque con él iniciamos una nueva etapa, me valgo yo del plural para homenajear la mirada, la palabra de las mujeres, tantas veces silenciada. Y lo hago a través de un libro muy sugerente que se convierte en una invitación a descubrir, a adentrarse en las obras y trayectos, de 13 escritoras inquietas, tenaces, combativas, capaces de mirar al mundo de una manera diferente, desde un sentido de solidaridad y de justicia del que tan necesitados estamos... 

En su lista podrían haber entrado muchas otras, pero todas las que están, ya hablen en sus obras de la guerra o de lo cotidiano, aportan verdad, iluminan el trecho de tierra que les ha tocado pisar, la mayoría de las elegidas desde la crónica, algunas de ellas a través de la ficción...

Breves y vibrantes son los distintos retratos que va dibujando el hacedor de esta ruta femenina entre “mundos”. Una ruta en la que, si bien, destacan los detalles, los hechos más llamativos de cada biografía, se valora la calidez y la capacidad de introspección del retratista, capaz de situar a sus creadoras en el contexto de sus entornos vitales e históricos, trascendiendo la anécdota, profundizando en los logros y el alma que sobrevuela las obras y los destinos de sus trece protagonistas; algo muy de agradecer. Vida y creación se cruzan en estos trece perfiles...

Cada uno de los textos es una pieza literaria en sí mismo, porque el autor aplica su mirada, interpreta, reflexiona, levanta su propio relato, sus relatos, dotando a cada uno de ellos de un particular sentido, de una atmósfera diferente... 

Pese a su brevedad, como decía antes, son muy intensos los itinerarios de esta entrega que se convierte en puerta de acceso a interesantísimas obras literarias. Capaz de avivar la curiosidad y despertar pasiones, el autor consigue que queramos acudir a las fuentes, conocer mejor a las mujeres que nos va presentando...

Estamos ante una entrega hecha de perfiles, de fragmentos, de miradas femeninas, de retazos de lecturas, de acercamientos, de rumbos que acaban juntándose en un único y tentador viaje, el de la apertura al mundo, tanto al exterior como al de los paisajes interiores más profundos.

Lee la reseña completa AQUÍ


Eva en los mundos
Ricardo Martínez Llorca
La línea del horizonte

martes, 26 de febrero de 2019

CIUDAD DIFUNTA


Ciudad difunta
Jia Pingwa
Traducción de Blas Piñero Martínez
Kailas
Madrid, 2019
985 páginas

A la hora de la verdad, esta vida, en lo que concierne a lo social, se ha transformado en una convivencia de soledades. Sacamos a la palestra nuestros miedos y nuestros prejuicios, y apenas encontramos apoyo, muchas veces profesional, y con unas mínimas dosis, hallamos compañía. Se trata de dosis exquisitas, raras flores que brotan en los estercoleros. Tal vez sea la característica de la neurosis colectiva mundial, tanto la de campo como la de ciudad, o, casi con seguridad, el componente principal de los desequilibrios emocionales que surgen de la nostalgia de la naturaleza. Más agudos, si cabe, en la vida urbana entre millones de seres, como si, efectivamente, se le hubieran puesto puertas al campo nada más terminar el asfalto. Esta novela de casi mil páginas, que uno afronta sin temor en cuanto percibe que no desfallece, que te mantiene dentro de una lectura fácil y comprensible, de la que se nos escapan, seguramente, algunas claves culturales, trata sobre la increíble capacidad de no entender nada, sobre la naturalidad de las mentiras, incluidas las que nos prodigamos a nosotros mismos, sobre las miserias de la ciudad y la cuestión, que abunda y que al final deberá ser resuelta, de si no sería mejor largarse.
El protagonista, un escritor con el estigma del mito, elevado a los altares del ideal de la clase media y media alta, considerado un semidios, se sirve del sexo para sustituir esos momentos lúcidos y amables en los que uno encuentra compañía. Su leyenda es más que suficiente para triunfar entre las mujeres, entre todas las mujeres, una a una, en una suerte de adulterio sucesivo con vagas promesas de monogamia. Su supuesta sabiduría se reduce a una promesa de una obra que nunca empieza. La eterna conclusión postergada, ya se sabe, es una de las claves de la literatura de Kafka. Pero este personaje se despliega como un tipo con una autoestima que necesita recompensas para existir, en la que los párrafos dedicados al sexo explícito han sido sustituidos, y se consagran como los momentos en que rellena el cubo agujereado que es su fe en sí mismo. A su alrededor, se despliega una ciudad que ha creado su propio fetichismo, de clase, de clase urbana, de vida propia de los años noventa en China, en la que los zapatos, los ataúdes o la leche son elementos que rozan el pensamiento mágico. De hecho, la obra comienza con unos episodios que nos recuerdan a la magia del Génesis, antes de aterrizar en el suelo de las casas y en los estómagos que comparten cenas.
Se desglosan costumbres, hasta que el impulso sexual rompe esa tendencia narrativa. O, en ocasiones, los guiños al absurdo. El protagonista tiene algo de reaccionario, pues respeta la tradición, incluida la que le da permiso para conquistar mujeres. Está sujeto a convenciones sociales, que son unos grilletes para todos los que aparecen en la obra, incluidas, a medida que leemos nuevas aventuras, las de la lujuria. De esta manera, Jia Pingwa (Shaanxi, 1952) crea una obra sin trama, porque la vida misma, la auténtica, la que no está en las películas, carece de trama, de estilo narrativo, de estructura. Aunque sí sabe a dónde quiere llegar. Junto a los miedos de la vida contemporánea, sobrenadan miedos viejos, como si los hubiéramos heredado a través del tiempo por no sé qué mecanismo espectral. Por muchos prodigios que ideemos para la ciudad, no superaremos los miedos personales a no ser escondiéndonos o huyendo, si es que se trata de acciones diferentes. El pasado pesa en la sociedad y si nos empeñamos en conseguir esas pequeñas y consoladoras dosis de compañía, dentro de la sociedad tenemos que movernos, que agitar nuestras banderas y esparcir los olores. Preocupados por que no se note que obedecemos a una pose, nos empeñamos en mantener una farsa que terminamos por creernos. Lo propio de la ciudad sería, pues, la mitomanía.
Dos citas, superadas la mitad del libro, declaran de alguna manera su espíritu: “La ciudad se había creado en la más alta contradicción con los principios del Universo. Es el miedo profundo del hombre a ese mismo Universo el que ha creado la ciudad como espacio vital”. “Pero en los tiempos presentes, los hombres ya no comprenden el budismo. Han abandonado el espíritu del mono, el espíritu del cerdo, o el espíritu del caballo… Dime, ¿qué se puede hacer en este mundo?”. El universo es la expresión definitiva de la naturaleza, es la naturaleza, y el budismo, como es fácil interpretar, es la forma en que sentimos la naturaleza, cómo la respiramos, cómo nos afecta y cómo la respetamos. Pocos son los lamentos que se permite Jia Pingwa, porque apenas nos ofrece ningún descanso. La ciudad difunta, la que él crea y en la que él vive, en la que vivimos nosotros, tampoco.

viernes, 22 de febrero de 2019

EVA EN LOS MUNDOS en OCULTA LIT


Eva en los mundos. Escritoras y cronistas
Ricardo Martínez Llorca
(La línea horizonte ediciones, 2019)

Trece son las escritoras y cronistas en cuyos mundos nos aventura Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) con el cuidado, la atención y la belleza del retratista que capta la esencia de la persona –sus desiertos, sus acantilados, sus montañas íntimas, sus mareas nocturnas– y la plasma desde el asombro que transciende los límites terrestres del ser humano y del artista y se instala en el cielo del arte y de la humanidad: Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Marina Tsvietáieva, Rebecca West, Hayashi Fumiko, Martha Gellhorn, Annemarie Schwarzenbach, Edna O’Brien, Joan Didion, Janet Malcolm, Helen Garner, Svetlana Aleksiévich y Leila Guerriero. 
“No existe la realidad, como no existe la felicidad o la libertad. Existen las libertades y también las realidades, y una felicidad tan desigual como interrumpida y, por tanto también articulada en plural”, advierte Martínez Llorca antes de comenzar el viaje a las libertades, las realidades, las (in)felicidades, las ficciones, las miradas, las exploraciones, las justicias (o sus búsquedas) y las soledades de trece Evas unidas por aquello que las distingue y las aleja: su particularidad.
En sus múltiples mundos Eva está escandalosamente sola, buscando ese mínimo espacio donde siente que su cuerpo es suyo. Sabe que para revivir hay que morir primero, sabe que solo los pequeños gestos que nos dignifican por un momento nos salvarán, sabe la rapidez con la que cambia la vida, sabe percibir cuando alguien no aparta los ojos, sabe poner su deseo muy por delante de la realidad y lleva chocolate a la guerra y rebeldía a la vida y consigue noche a noche, con las paredes garrapateadas de versos, valor para la soledad en las tormentas, para ser (in)feliz en el desierto. Eva, que vive tan sentimentalmente, se siente atraída por las personas que ya no pueden autoreprimirse, por las personas que –al igual que ella, aunque ella no lo sepa– son el músculo del mundo, por las personas que son un escudo contra las multitudes, por la grieta en la que asoma la pena, por la muerte de la soberbia, por la emoción ajena, por los demás, es decir, por lo que no defrauda, es decir, por la literatura. Desde las entrañas escribe, desde la precariedad del equilibrio interior le lanza seminalmente su mundo al mundo y es imposible no reconocer su temblor, su necesidad, y es imposible no conmoverse, apartar los ojos. 
Conviene conocer dónde estamos antes de comenzar el viaje: será imposible regresar al mismo lugar.

Celia Corral Cañas

miércoles, 20 de febrero de 2019

LEMMINGS


Lemmings
Jordi Dausà
Delito
Barcelona, 2019
235 páginas

Existe una analgesia peor que la física, aunque esta tenga por origen una patología neurológica crónica, que es la analgesia de la memoria. Peor que no sentir dolor es no sentir quién eres. La memoria es un regalo cargado de veneno, pero no deja de ser un regalo. Nos dificulta reinventarnos, hasta el punto de ser necesario, con frecuencia, poner mucha distancia de por medio para volver a flotar entre los líquidos de la vida cuando ésta no nos va bien. Pero es, al mismo tiempo, el depósito donde, por ejemplo, guardamos las alertas que hemos ido acumulando a través de la experiencia. Sin memoria nada nos avisaría de que es el momento de volver a nacer, de ir a algún lugar donde seremos otro personaje, donde nadie nos conoce ni sabe nada acerca de nuestro pasado. Porque al pasado le debemos una suerte de fidelidad: cuando nos encontramos frente a quienes compartieron parte de él, nuestra actitud responde a un criterio ya establecido, nuestro temperamento es el previamente cultivado. No podemos huir de él, pero sí podríamos volver a nacer, si tenemos el coraje suficiente como para hacerlo. El problema es volver a nacer solo, porque nacer duele.
Pero también duele haber sido, que es lo que le sucede al personaje de esta novela. Atrapado en un cuerpo con una enfermedad congénita que le libra del dolor físico, se descubre en una situación insólita, rodeado de muertos y con dinero manchado de sangre. Su objetivo será recuperar la memoria, tras encontrar a unas personas que representan a las capas sociales más bajas, esas a las que nuestra civilización cataloga como feas, que le ayudarán a sobrevivir como ayudan algunos seres a los niños que protagonizan los cuentos de hadas, esos que se han lanzado al camino sin saber qué les espera. En este caso, ese camino nace en un polígono industrial, escenario que se está convirtiendo en símbolo de la estupidez social, del vacío y las formas jurásicas  mercantiles, rendida a la economía.
El peso narrativo de la novela se centra en descubrir a este personaje, que irá recuperando la memoria con el rigor de una biografía: desde su primera etapa como ser vivo hasta la actualidad. Se trata de una vida marginal, de alguien con pocos, por no decir ninguno, privilegios. Un superviviente de las capas bajas sociales que ha luchado, física y espiritualmente, por salir adelante. La narración avanza con solidez, sobre cimientos que nos resultan familiares, con una voz que se dirige a nosotros en segunda persona del singular, es decir, como si fuéramos el protagonista, y que nos lleva a pensar que es el propio protagonista el que habla, eso sí, desde un extrañamiento de sí mismo. A la carga más o menos emocional que supone la búsqueda de identidad, se añadirá la resolución de la intriga sobre la situación inicial. La gente, como es propia en el género negro, no irá siendo la misma a medida que nos acerquemos a la resolución, excepto aquellos cuyo contenido es la bondad innata.
Con esta novela debuta la editorial Delito, a la que deseamos la mejor de las suertes en un proyecto que merece la pena: poner a la literatura más próxima en la órbita de un género que contiene la imagen de una civilización distorsionada, que necesitaría renacer cada día.

miércoles, 13 de febrero de 2019

CUENTOS COMPLETOS


Cuentos completos
Evelio Rosero
Tusquets
Barcelona, 2019
355 páginas

La construcción del mundo pertenece al planeta de los sentidos. Esa parece ser la norma rige estas obras de formación, en las que Evelio Rosero (Bogotá, 1958) pone el lenguaje a fermentar en función del mundo sensual. No se trata de obras de concepto ni de escritos desde la rabia, ni siquiera de abundancia de otra imaginación que no sea la de la música, la de las palabras. Son obras escritas, en buena medida, antes de que Rosero consiguiera encontrar el tono de su mundo propio, el que hemos leído en Los ejércitos o Los almuerzos. Con ese bagaje a sus espaldas, sabiendo que ya no es necesario demostrar lo que es capaz de construir, se nos ofrecen ahora los apuntes y casi las partituras que le llevaron hasta allí. Esta recopilación es un ejercicio de retorno en el que el lenguaje se articula para construir una existencia, o varias, o sucedáneos de existencias. El libro se divide en función de la temática, pero siempre tienen los relatos un trasfondo realista, más que mágico, más que fantástico, aunque Rosero trate de envolverlo en otras telas.
Uno se va preguntando, a medida que se adentra en los cuentos, por el espíritu hedonista de los mismos. Resulta extraño un proyecto tan puramente literario que se despoja de cualquier otra función que pudiera tener el relato. Rosero va desplegando su aprendizaje en cuentos resueltos con el diálogo, el perfil o con influencias de los cuentos de hadas y del realismo social. El imperio del oído, sea como sea, siempre está de manifiesto. De ahí que no sea fácil identificar el tema único de las obras, que es la maldición de la soledad. Tanto sus narradores como sus protagonistas, de diversos estratos sociales, de actualidad o de época, sufren una vida en la que los demás son una compañía que no basta para rellenarla, para justificarla, para entenderla, si es que hay algo que entender, si es que nos empeñamos en justificar lo injustificable, si es que algún relleno gestiona que nuestras carencias de amor estén cubiertas. El cuarto hijo, el pequeño, que escapa del hospital con sus hermanos, o la reina que juega al ajedrez buscando un rey del que enamorarse, ignoran con igual intensidad cuál es el tema de la vida, que es la única obra literaria que carece de tema. Rosero ha conseguido apaciguar ese vacío existencial con palabras, con el lenguaje, con los recursos musicales que se permite lo verbal.

domingo, 10 de febrero de 2019

BONITA AVENUE


Bonita Avenue
Peter Buwalda
Traducción de Julio Grande
Salamandra
Barcelona, 2019
495 páginas



Al principio había alguien que debía ser un padre y alguien que debería tener el rol de hija. La edad se impone, la condición social también y el lugar del que viene el dinero: él es un catedrático de éxito, futuro ministro de educación, y ella una estudiante que para ganar algo de dinero, en lugar de servir comida en un Burger King tiene una idea más osada. El padre, que podría haber sido campeón olímpico de judo de no haberse cruzado una grave lesión de por medio, apenas conoce nada de la vida de la calle, apenas conoce nada de la vida social, apenas conoce nada de la vida amorosa. Su anterior matrimonio hizo agua desde el principio, por razones que, si nos atenemos a la narración y al personaje, tienen que ver con su inutilidad para lo cotidiano. De hecho, el hijo que tuvo con su primera mujer acabó metido en la delincuencia, un lugar del que Siem Sigerius, el protagonista, se niega a sacarlo. De hecho, miente en los tribunales para agravar la condena, para perjudicarle.
Sabemos, tras la lectura de unas cuantas páginas, que Sigerius acabará suicidándose. La trama, que se desarrolla en saltos temporales en forma de péndulo, nos orienta hacia los motivos para su trágico final, pintando un personaje algo manierista, incapaz de relacionarse con la vida, porque toda su formación ha ido encaminada a no enterarse de nada. El destino le manipula como el mar a una cáscara de nuez. No sabrá afrontar las tensiones que surgen a medida que los sucesos no le favorecen, y eso es algo que nos sucede con demasiada frecuencia. Sigerius es un personaje lleno de miedos, que es lo que nos facilita la sensación de conocerle, la cercanía: al fin y al cabo, todos sabemos de alguien cuyo miedo ha provocado aquello que teme. La concatenación de desastres, desde su primera etapa de adulto hasta el chantaje que sufre siendo candidato a ministro, hasta su pose de sufriente cuando tiene una amante más joven, y su incapacidad de agarrar el toro por los cuernos, su manía de huir, le condicionan tanto como para revivir sin cesar el nido de víboras que es el miedo.
En cuanto a ella, es una de las dos hijas de la mujer con la que contrae matrimonio en segundas nupcias. Le conoce a él siendo muy pequeña, tanto como para adoptarlo como padre real. Pero su crecimiento se desarrollará al margen del ambiente familiar, un tanto común, en el que crece su hermana, el que crean sus padres. De hecho, en uno de los saltos al futuro la conoceremos en California, afincada como productora de películas pornográficas. ¿Qué ha sucedido mientras tanto? La tensión sexual es, en realidad, el hilo que enhebra la novela. Si Sigerius no domina un ambiente laboral ni una economía doméstica, ¿cómo va a afrontar su sexualidad y la adolescencia de la chica? Ella tiene muy claro que debe seguir sus impulsos y se va convirtiendo en un ser sexual, aunque más erótico que pornográfico. Con dieciocho años abre una página web en la que posa para que los hombres se masturben. El fotógrafo es su novio, a quien también seguiremos, uno de esos individuos a los que les cuesta abandonar el pasado y se ven demasiado condicionados en un presente que les ha superado. Todo lo que tenga que ver con ella, incluida la relación con su hermanastro, está teñida de carácter sexual. Pero no será puro delito. Al contrario que Sigerius, domina el arte de la condición humana, ha aprendido de las relaciones, no de los libros. Es el contrapunto al otro personaje y, al contrario que en el caso de él, desconocemos su futuro. Será esta intriga uno de los puntos fuertes de la novela, conocer a fondo hacia dónde ha derivado la suerte de Joni, la muchacha, cuando le venga encima la crisis de la mediana edad.
La obra se puebla de otros personajes, gente que podría protagonizar, por sí misma, una pieza narrativa. Al mismo tiempo, se traslada de escenario con frecuencia, pero siempre sobrevuelan los años idílicos, el tiempo en que vivieron en Berkeley, en una calle llamada Bonita Avenue. Es el lugar del idilio, el paraíso perdido. Mientras tanto, la trama se desarrolla con infinidad de recursos, siempre en función de no perder la idea básica, el contraste entre los dos personajes centrales. No posee la fuerza pornográfica de Philip Roth ni la complejidad derivada hacia la sencillez de Jonathan Frazen, y por suerte se aleja de la causticidad de Houllebecq. Peter Buwalda (Bruselas, 1971) crea un mundo propio, un relato que tiene mucho de denuncia de la miseria de la clase media centroeuropea. Eso es lo que pretende. La novela vaga por los intersticios de la naturaleza del ser humano sin confiar tanto en la expresividad como en los detalles de la actuación. Y los actores se comportan como los de las películas de los hermanos Cohen, por ejemplo.


miércoles, 6 de febrero de 2019

SER ANIMAL


Ser animal
Charles Foster
Traducción de Enrique Maldonado Roldán
Capitán Swing
Madrid, 2019
240 páginas

El principio sobre el que Charles Foster (Reino Unido, 1962) parece sostener no solo la filosofía de este libro, sino la de su paso por el planeta, es que los seres humanos somos, en gran medida, exiliados de la naturaleza. Con distintas variaciones, que están más en función de la empatía y la compasión que de los hábitos y los paradigmas, comulgamos con ella como lo hace la lluvia, que aparece y desaparece. Su propuesta de regreso a la naturaleza es osada, un tanto manierista, pero de un valor inestimable: hace falta que alguien tenga esa convicción que los demás no nos atrevemos a tener. Foster pretende protagonizar un estudio etológico en carne propia. Quiere avenirse a ser lo más parecido a una serie de animales que elige en función de los cuatro elementos esenciales: el tejón, la nutria, el zorro y el vencejo, con intervención también del ciervo. Su idea se aproxima a la del Chamán que mediante autohipnosis o hipnosis producida por alguna droga natural, se convierte en otro ser vivo y todas las experiencias de la naturaleza, con todos los sentidos bien afilados, se reflejan en sus entrañas y en las pantallas de su memoria.
Pero en el caso de Foster no hay sustancia mediadora ni cabe engañarse a uno mismo. Cree en el trabajo duro, en la suma de días y noches, en las experiencias sobre el terreno. Cree en el aprendizaje por la experiencia y que esta debe ser ardua y dolorosa, “después del agotamiento, del ayuno y de inmensas dosis de seta matamoscas”. Vive en una hura en el monte y se arrastra con los ojos a la altura del tejón, tal vez su animal favorito a la hora de representar la realidad de la naturaleza. Come lombrices, duerme en el monte. Intenta pescar con las manos y deslizarse por toboganes hacia el rio y los lagos, como hacen las nutrias, y no durante uno o dos fines de semana, sino durante largos meses. Vive como un vagabundo en las calles de Oxford, durmiendo en cualquier guarida entre contenedores de basura y saltando por las tapias, como los zorros urbanos, a costa de parecer un loco a las demás personas. Aunque persona, aquí, como en El viento en los sauces, se aplica más a los animales que al homo sapiens, con la diferencia de que a juicio de Foster no es preciso que los animales sufran una transformación antropomorfa. Y, finalmente, quiere sentir cómo vuelan los vencejos, como lo podría sentir incluso un parapléjico anclado a una silla de ruedas, pues se trata de su animal totémico si tenemos en cuenta que la naturaleza y el viaje son un ideal, pero un ideal asequible: se precisa empatía, sentimientos, sensibilidad, no sueños absurdos como el que nos mete en un tubo para volar lejos.
Convencido de que si abandona su ser encontrará más de sí, al igual que sucede en la meditación o tomando un sol que nos vacía la mente, Foster relata sus experiencias al tiempo que hace un despliegue de erudición y análisis de la naturaleza. El recorrido es emocionante y su resultado muy atractivo. Hay que advertir, eso sí, que para traducir lo que él siente emulando las acciones de los animales, siendo animal, utiliza el lenguaje humano, esa pila de conceptos que sumandos a otros conceptos van generando nuevas ideas, algo tan complicado que sirve, a su vez, para acercarnos a los animales y para sabernos distintos a ellos. En cualquier caso, para expresar un lamento por la pérdida del salvajismo uno tiene, necesariamente, que utilizar una expresión que signifique pena y nostalgia, incluso una nostalgia por un tiempo que no conoció. Una nostalgia por la fisiología del animal y por el paisaje que cayó en el olvido de la Tierra. Así y todo, Foster no ha escrito un libro melancólico, sino concreto, valiente y sabio.

martes, 5 de febrero de 2019

EVA en OCULTA LIT

Eva en los mundos
Ricardo Martínez Llorca
La línea del horizonte
Madrid, 2019
188 páginas

... el viaje a las libertades, las realidades, las (in)felicidades, las ficciones, las miradas, las exploraciones, las justicias (o sus búsquedas) y las soledades de trece Evas unidas por aquello que las distingue y las aleja: su particularidad.

Eva, que vive tan sentimentalmente, se siente atraída por las personas que ya no pueden autoreprimirse, por las personas que –al igual que ella, aunque ella no lo sepa– son el músculo del mundo, por las personas que son un escudo contra las multitudes, por la grieta en la que asoma la pena, por la muerte de la soberbia, por la emoción ajena, por los demás, es decir, por lo que no defrauda, es decir, por la literatura. 


Reseña completa en OCULTA LIT

lunes, 4 de febrero de 2019

PRIMERA PERSONA


Primera persona
Margarita García Reboyo
Tránsito
Madrid, 2019
208 páginas

Desnudar y secretos son dos palabras que unidas forman un oxímoron que, al menos hasta la fecha, solo se resuelve en los confesionarios (cada vez menos), en el diván vienés (cada día con más frecuencia) o en alguna de las formas que se sostienen sobre la creatividad, formas que dan salida a los peores, y mejores, de nuestros monstruos. La otra opción es acostarse con ellos y debatir contra los secretos en los sueños, algo que no sirve para gestionar un buen exorcismo, algo que solo es útil para que la industria farmacéutica venda más Lorazepam. Uno puede negarlos y hasta creerse esa negación, pero hasta las barreras son otro laberinto de la memoria, y entre los meandros en algún lugar anidan los instantes perdidos, los minutos que no comprendemos. Ante ellos es inevitable, si uno está en su sano juicio, preguntarse al menos una vez al día si uno está loco. De eso trata esta Primera persona, de la cordura o del imperio de la cordura, de las necesarias fugas hacia lo que la conciencia social calificaría como demencia, más o menos patológica, de esa pregunta tan necesaria, pues no existe el loco que no es dañino, acerca de la salud mental. “No hay tal cosa como un loco inofensivo”, nos comenta Margarita García Robayo (Colombia, 1980) en uno de los momentos más propios de la terapia que sobrenadan el libro.
Dotada de un oído exquisito para la prosa, estas confesiones de García Robayo mitifican la memoria y desmitifican los recuerdos. Todo comienza con el mar, ese destino soñado de adultos, el viaje al mar de la infancia y la juventud. En su evocación, García Robayo se pregunta, como lo hará en cada página, por el sentido de las cosas. Pero las cosas no tienen por qué poseer ese sentido que solo es propio de las intenciones, de la gente. “Soy alguien con tendencia a la desdicha, me quejo y me lamento”, nos descubre en las primeras páginas. La fórmula para atender a la propia desdicha será la rabia. Esos minutos de rabia que son tan sanos, son, por otra parte, la herramienta imprescindible para la literatura. La memoria se quedará en los pulmones, su expresión saldrá con el aire, sí, pero un tanto viciado tras atravesar nuestro organismo y las calderas de nuestro organismo. Solo los amigos nos salvan.
Entre las páginas circula el dolor de crecer, las dificultades de hacerse mayor, proyectadas en los hombres, por ejemplo, en las parejas o en la frágil y lejana figura del padre. También en la lactancia, una etapa en la que la madre se ve obligada a recordar que vivir no es fácil y que, incluso, puede ser peligroso. El libro va atravesando distintas etapas de la tristeza, pero sin odio. Al fin y al cabo, se limita a ser un registro, eso sí, un registro audaz. García Robayo se cuestiona hasta la libertad o el sentimiento de libertad sin fin, no la sensación, pues no deja de ser una idea abstracta aunque se trate de un sentimiento claro, sino al que la defiende y pretende aventurarse en ella: “alguien que se muestra como un ser libre y audaz puede esconder el terror de quien se fuga de un suplicio, de una reclusión, de una vida indeseada, de un depredador”. Une libertad y fuga, antes de enhebrarse con el feminismo a cuenta de las entrevistas de tantos periodistas que la preguntan por la condición femenina en la literatura, o de embriagarse de recuerdos adolescentes plenos de tensión sexual. García Robayo escribe palabras como disparos para recordarnos que ella, y nosotros con ella, no pidió venir aquí. Se trataría de un libro existencialista si no pretendiera ser tan cercano, esclarecer en vez de llevarnos a las nubes con preguntas: “me hace preguntarme dónde quedó la que fui allí, la que empecé a ser y se truncó por la fuga, o si en verdad nunca fui esa que recuerdo y esta extrañeza me acompañó siempre”.

sábado, 2 de febrero de 2019

Novedad: EVA EN LOS MUNDOS

Eva en los mundos
Ricardo Martínez Llorca
La línea del horizonte
Madrid, 2019
180 páginas

Aquí hay un libro escrito desde la admiración. Habla de ese territorio sutil donde conviven sueño y verdad, pues la realidad suele ser una suma de insinuaciones que deslumbran nuestra percepción en un juego de espejos. La observación abierta de esos destellos, su reflejo y escritura, habría sido territorio de varones de no ser por la presencia de algunas mujeres, brillantes todas, testigos de los ordenadores de última generación y de las perplejidades humanas. 
En Eva en los mundos reunimos los perfiles de trece escritoras y cronistas, verdaderas maestras en el arte de esclarecer tiempos de tormentas. Pertenecen a cinco océanos y a momentos históricos diferentes. Sus vidas, y la lectura de sus obras, forman un mosaico que aquí se recompone con la misma pasión literaria con la que escuchamos sus voces. Evas que no ponen las cosas fáciles, porque sus biografías son océanos en los que rescatar peces de todos los colores. Esta recopilación de autoras nos permite ver a través de su mirada e imaginar sus sueños y verdades; mujeres hechas de palabras cuyo factor común tal vez sea el sentido de la justicia.
SVETLANA ALEKSIÉVICH, SOFÍA CASANOVA, CARMEN DE BURGOS, JOAN DIDION, HAYASHI FUMIKO, HELEN GARNER, MARTHA GELLHORN, LEILA GUERRIERO, JANET MALCOLM, EDNA O’BRIEN, ANNEMARIE SCHWARZENBACH, MARINA TSVETAIEVA, REBECCA WEST

Ricardo Martínez Llorca nació y vive en Salamanca donde se licenció en Bellas Artes y donde ejerce como profesor de dibujo. La escritura vinculada al mundo de la montaña, la naturaleza y los viajes ha jalonado la biografía de sus últimos años. Como reseñista y articulista ha publicado en diferentes medios y, actualmente, lo hace en la revista Quimera.  Desde su primera novela, Tan alto el silencio, 1998, en la que evoca la figura de su hermano David, fallecido en el ejercicio del alpinismo, ya asoma su predilección por un género al que aporta una singular maestría literaria. Al mismo tema, pertenece su libro El precio de ser pájaro. Grandes tragedias del alpinismo español, 2000 y, en los siguientes, ya sea a través de la novela o el relato, la realidad inspira muchas de sus ficciones: El paisaje vacío, 2002, galardonado con el Premio Jaén en 2001, El carrillón de los vientos, 2008 y la última, Hijos de Caín, 2013. Al género de viajes pertenece Cinturón de cobre. Un encuentro con Zambia, fragmentos y ficciones, 2001 y el presente Al otro lado de la luz. Una experiencia en Mozambique, 2013.

viernes, 1 de febrero de 2019

TRAS LOS PASOS DE LIVINGSTONE


Tras los pasos de Livingstone
Xavier Moret
Península
Barcelona, 2019
357 páginas

Xavier Moret (Barcelona, 1952) lo reconoce y dicta al principio de su periplo africano: el libro será una paradoja, pues para escribir un relato uno utiliza necesariamente una buena dosis de razón, pero el viaje por África nos mostrará un territorio donde la razón se abandona, dando paso a la pura intuición. Este principio es un prejuicio que intenta dejar de ser tal. Que uno se vea en la tesitura de improvisar constantemente, supone que las trabas se afrontarán con buen humor, pero da por supuesto que saldrán al paso trabas. El espíritu con que Moret afronta el viaje navega entre varias aguas: no reniega de la cara del turismo, pues es complicado, por no decir imposible, que en Uganda, por ejemplo, te reconozcan como uno de ellos. Siempre serás un muzungu, un turista blanco, sin camuflaje y con una cierta atribución de poseer dinero que incomoda hasta al más sereno y espartano de los viajeros. Moret sabe que viaje en una época de turistas, tal vez unas décadas más tarde de lo que le hubiera gustado. De hecho, confiesa, en alguna ocasión, el lamento que produce ver la evolución hacia la farsa de la civilización de ciudades, playas o montes que conoció anteriormente.
Así y todo, no existe un rencor nostálgico en la narración del viaje, que le lleva de Zanzíbar a Uganda, de Kenia al Congo. A lo largo de la aventura va descubriendo lo que se nos escapa con más facilidad desde aquí, lo que afecta al individuo, al africano. Se impone el carácter del viajero que pretende seguir aprendiendo. Ahí está la hora de saldar deudas con el lago Victoria, que destacará por su inmensidad y belleza, sí, pero también como trastienda de la globalización neoliberal, que lo ha convertido en un cubo de basura tal y como refleja el documental La pesadilla de Darwin, que Moret ve con doce años de retraso. Mientras tanto, nos habla, con un estilo semejante al de Javier Reverte en El sueño de África, de la historia de la exploración, de la historia de la colonización, también la religiosa, y de los que vivieron todo tipo de aventuras en tiempos en que la palabra turismo estaba reservada para los aristócratas que visitaban algún balneario. El libro gana en facilidad narrativa cuando se refiere al presente, a sí mismo como protagonista de un viaje que ejecuta siendo un mero peón y no el rey. Historias como la de Burton y Speke ya son muy reconocidas, a pesar de lo cual Moret sabe encontrar algún dato, algún detalle que no habíamos frecuentado. Otras sigue siendo imprescindible divulgarlas, como la matanza y la tortura durante la colonización del Congo.
En buena medida, un libro como este nos devuelve la cuestión de los límites entre lo mitológico y lo legendario. África es el gran continente para los viajeros de lo diferente, desde el punto de vista occidental: una fauna casi prehistórica y un territorio sin carreteras siguen perpetuándola como la gran desconocida. África es un mito. Pero como mito pertenece a los europeos y norteamericanos, por ejemplo. Para el africano, su tierra es una leyenda, como lo son para nosotros los exploradores, muchos de ellos británicos, como Livingstone, que la recorrieron. Mito y leyenda se refieren más a lo desconocido que a la ciencia, son, por tanto, necesarios. Esa África es la que quiere recorrer Moret, un lugar que soporta todas las interpretaciones, erigido entres sueños y la dura realidad, un lugar donde, como le dice un español a punto de abandonar su negocio en una hermosa playa de Zanzíbar, “aunque sea duro admitirlo, los paraísos destiñen”. En resumen, un continente que Moret resume, para el viajero, en una frase de Paul Theroux, que puede ser sospechoso de muchas cosas, pero no de soberbia: “A veces da la impresión de que África es un lugar al que se va a esperar”.

LA NUEVA LITERATURA

La primera conferencia que di en mi vida:


La nueva literatura


1- Del 98 al 98.
Para comenzar a hablar sobre la nueva literatura (aunque tal vez fuera más preciso decir sobre los nuevos literatos, por motivos que espero queden claros al final de esta intervención), permítanme enlazar, en primer lugar, dos momentos históricos en nuestras letras:
Han transcurrido cien años, un siglo, desde la fecha señalada por Azorín para definir la generación a la que él mismo pertenecía, la generación del 98, hasta nuestros días. Este inicio de gran perogrullo cobra sentido en el momento en que la voz siglo es utilizada como exponente de una de las épocas de mayor esplendor de nuestro patrimonio artístico; me refiero, naturalmente, al Siglo de Oro.
Lo que de alguna manera pretendo demostrar, en cuatro grandes pasos, es que éste que ahora se cierra, con numerosos estrenos de autores, es otro gran siglo de nuestra literatura; no sé si un segundo siglo de oro, o un más sencillo siglo de plata; en cualquier caso, es un siglo que no querremos olvidar, y que no podremos olvidar quienes, hoy por hoy, dedicamos parte de nuestro tiempo a la lectura. Es un siglo que indudablemente marca a la nueva literatura.
(Sé que el discurrir del tiempo en las artes no se corresponde con la división tiránica y fragmentada que presentan los libros de texto. Esta fórmula cronológica  a la que recurro cobrará sentido cuando en el quinto paso hayamos llegado a nuestros días.)

1.1-           Primer paso: inicios del siglo:
De aquellos escritores que iniciaron su carrera en torno al 1.900, voy a seleccionar dos nombres que demuestren lo enriquecido que ya comenzó el siglo XX; estos dos nombres son Baroja y Valle-Inclán. Quiero que ellos vengan aquí para representar dos concepciones casi antagónicas de interpretar el oficio de autor.
El  primero de ellos, Baroja, nos sacude con todo la potencia de la narración desnuda. Con un estilo rudo, su obra se articula sobre la actitud y la acción de los personajes.
En el segundo de ellos, en Valle-Inclán, por el contrario, encontramos la más apolínea  exquisitez del lenguaje. No es que la lectura de sus relatos no forme imágenes en la mente, es, sencillamente, que el disfrute de la palabra apenas deja lugar a otras formas de deleite.
 Quiero que estos dos polos signifiquen la libertad narrativa que ha imperado, y todavía impera hoy, en la literatura, como apuntaremos más adelante.

1.2-            Segundo paso: la poesía.
Tan sólo indicar que desde el 98 hasta la época actual, y ciñéndonos únicamente a nuestro país, hemos gozado, con permiso de Garcilaso y de Quevedo, de su momento más brillante. Creo que se pueden contabilizar tantas generaciones de excelentes poetas como para que la propia palabra generación pierda su sentido, y lleguemos a hablar, más bien, de promociones, pues resulta probable registrar casi una generación por década.
Bastaría mencionar los nombres de la primera mitad de siglo para dejar seco el aliento. Ahorraré a quien me escucha una enumeración, que siempre quedaría mutilada por muy exhaustiva que fuera.

1.3-           Tercer paso: la novela de América:
Con los poetas hemos llegado, aproximadamente, a la mitad de siglo. Y es entonces cuando ellos cruzan el océano. Desde el otro lado del Atlántico desembarcan en España, por estas fechas, los grandes novelistas hispanoamericanos.
Los nuevos literatos nacieron en el tiempo en que tanto los vínculos del lenguaje entre países, como la deuda de nuestra narrativa con las letras de Hispanoamérica son definitivamente innegables.
Con el hechizo de la adolescencia los jóvenes autores de nuestro tiempo leyeron obras como “Cien años de soledad”, “Rayuela” o “La ciudad y los perros”. Lamentando que una vez que se es adulto no es posible leer con idéntica embriaguez a la de la juventud, cayeron en sus manos las obras de Carpentier, quien quizá sea el más deleitoso de los prosistas de la historia de nuestra lengua, de un enigmático mejicano llamado Rulfo, de Ernesto Sábato, el maestro del pesimismo, y de un uruguayo que, en otra vuelta de tuerca de las grandes paradojas, nos mostró una forma muy hipnótica de concebir la literatura, a pesar de su mirada estrábica, hablo de Juan Carlos Onetti.

1.4-           Cuarto paso (y último): el cuento.
En este último apunte cronológico debo referirme al relato corto, al cuento de autor, un género que cobra fuerza en el siglo XIX y pujanza definitiva en el XX, y que, de eludirlo, dejaría fuera de nuestra pequeña exploración a los autores por los que siente mayor admiración quien les habla. Estos maestros llevan por nombre Borges, Bioy Casares, Ribeyro, Aldecoa, Monterroso, etcétera, etcétera.
Tanta es la importancia de este género, que me atrevería a afirmar que en la historia de la literatura universal, al igual que el siglo XIX quedará como el gran siglo de la novela (a pesar de que la mejor novela de la historia no se escribiera en este período), el siglo XX será estudiado como el gran siglo del cuento (a pesar de que Maupassant y Chejov pertenezcan a otra época).

. El motivo de este pequeño recorrido por el último siglo (recorrido que reconozco escaso y parcial) es apuntar, un poco, al patrimonio de los escritores actuales, o al menos a la parte más cercana de este patrimonio.

2-  Los nuevos literatos.
2.1-            No es infundada esta presentación. Personalmente considero que la cercanía, que la proximidad afectiva, en tanto que lector, guarda cierta relación con la distancia temporal que nos separa del  manuscrito: resulta más fácil identificarse con el texto cuando su redacción es menos lejana. Si bien, reconozco que éste no es mas que uno de los muchos factores que entran en el juego de las afinidades, un factor al que se le está extrayendo una peligrosa y sospechosa rentabilidad comercial en algunas de las últimas publicaciones.
 Reitero que éste no es más que uno de los factores. Soy muy consciente de que los grandes clásicos mantienen una perenne juventud, a la que añaden el calor de ser venerables. Estas dos razones unidas, la proximidad afectiva y el valor clásico, convierten a los autores del siglo XX, autores como los arriba mencionados,  en la principal referencia de los nuevos literatos.

Quiero situarme ya, sin más dilación, en la situación en que se encuentra la nueva literatura.

2.2-            Si el futuro es indescifrable (lo cual bien puede ser una suerte), al pasado le sobran exégetas e intérpretes. Voy a ensayar un malabarismo, y hablar del futuro tomando como hipótesis la parte del pasado que acabamos de exponer.
En caso de que la teoría antes desplegada de un segundo Siglo de Oro sea cierta, los literatos que inician su carrera en nuestros días quedarían, lamentablemente, fuera de un destino “glorioso” (y recomiendo que se usen las comillas al pronunciar el adjetivo glorioso).
Podría decirse que son los comensales que llegan a los postres, o la resaca de una borrachera de las letras. Ambas frases son una conclusión fácil, y se prestan a ser pronunciadas con un inmerecido desprecio.

2.2.1- Tarea:
Me atrevo a señalar aquí una singular y embarazosa tarea que recaerá sobre los hombros de esta gente: hay que destilar el siglo XX. Ellos son el primer tamiz de la literatura del futuro. Si éstos han sido cien años de aportaciones, ahora comienza, entonces, la época de las conclusiones. Por otro lado, éste ha sido, hasta el momento, el gran siglo de la comunicación: nunca se había escrito tanto, nunca se había difundido tanto la literatura. Es la hora de comenzar a separar la paja y la barcia del grano.

2.2.2- Destino:
Pero iré más lejos. Si una de las funciones de los nuevos literatos es iniciar la purificación de cien años, su destino es más afilado y laberíntico. A ellos les corresponde contestar a la pregunta que todos nos hacemos una docena de veces cada día: “Y ahora, ¿qué?”

2.3-            (Hago aquí un pequeño paréntesis para pedir permiso para hacer uso, a partir de este momento, de la expresión “literatos de principios de siglo”, a fin de mostrarme como quien da una bienvenida, y no apuntar a la consumación de este siglo, al final del tiempo presente, como he hecho hasta ahora, lo cual parece significar no ya la muerte, sino algo todavía peor: la incertidumbre.)

Trabas:
Retomo la continuidad del discurso en el punto en que se trata de las trabas con que se topan los literatos de principios de siglo, tanto en el momento de cumplir con su tarea como a la hora de llevar a cabo su destino. Apuntaré dos obstáculos: las ideas y el lenguaje.

2.3.1- Las ideas:
Al principio de mi exposición mencioné la libertad narrativa representada en el espacio que abarcan dos concepciones casi opuestas de la literatura, la de Baroja y la de Valle-Inclán. Efectivamente, considero que existe tal libertad, pero también considero que ésta es meramente narrativa. Entre géneros como la novela de situación y la fábula, por ejemplo, hay espacio suficiente para miles de conflictos.
Si de alguna manera los nuevos literatos se encuentran atados, el fenómeno no se debe a las reglas de creación y expresión de un relato, sino a la imposición de opiniones oficiales, a la imposición del pensamiento único y la moral al estilo Disney, que han colonizado las mentes y rigen las normas de la censura: desde la censura que ejerce el propio autor sobre su obra, hasta la que se impone en muchos, por no decir todos, los estados de todo el orbe. Éste es un problema ya clásico,  en apariencia de cuestionable demostración, y, por supuesto, de complicada resolución.

2.3.2- El lenguaje:
En cuanto al lenguaje, se puede decir que esta segunda traba roza, hoy por hoy, lo grotesco.
Por si no tuviéramos poco con el eufemismo, desde lo más alto de la “fórmula de relación oficial”, nos ha llegado el lenguaje políticamente correcto, una caricatura de la higiene que mueve a risa porque no puede dar más pena.
Pero el problema no es el lenguaje políticamente correcto en sí, el problema es la universal operación de limpieza que ha llevado hasta esta conclusión. Hoy todos los oídos están atentos no ya a lo que dices, sino al modo en que lo dices. “Tienes que ser aseado en la expresión: toda tu estética tiene que ser aseada”, tal parece el mensaje; y esto, me temo, puede acabar por convertirse en una herramienta más de amonestación.
Para nuestra desgracia, las normas de este carácter han provocado la muerte de la espontaneidad; (y aclaro aquí que por espontaneidad entiendo algo tan meritorio como por ejemplo el arte infantil; yo también creo que apuñalar por la espalda al vecino cuando hemos descubierto que es su perro el animal que ensucia nuestro felpudo no es espontaneidad, sino un arrebato.)
Sea como sea, el siglo XXI empezará con una pulcritud que provoca espanto.

3-      Lo nuevo contra lo novedoso.
Estando próximo el final de esta intervención, quiero aclarar el porqué de una precisión que diferencie Nueva Literatura de Nuevos Literatos.

3.1- En primer lugar necesitaríamos un aguzado escalpelo, y una paciencia de amanuense, para separar entre todo lo que se publica aquello que es literatura, de aquello que es mera escritura. Si es que poseemos “ya” los criterios adecuados para tal labor. Y ése es el motivo por el que yo elegí no mencionar tanto las palabras Nueva Literatura, y sí aludir a Los Nuevos Literatos. Considero que desde el presente es más sencillo diferenciar a los nuevos literatos de entre la pléyade de escritores de principios de siglo, que son muchos, que definir qué es la nueva literatura.
Si todo el que lee es lector, todo el que escribe es escritor; pero no todo el que escribe hace literatura.

3.2- Creo que un requisito imprescindible para considerar a una obra como literatura, es, precisamente, que sea algo nuevo, lo cual quiere decir que aporte algo a la órbita literaria.
Tendríamos que analizar, con delicadeza, si aquello que se está escribiendo en la actualidad es verdaderamente nuevo, o sencillamente novedoso.
Que sea simplemente novedoso supone que si en algo se distingue de lo que se ha hecho con anterioridad es únicamente en que aparece así compuesto por vez primera. La demostración de que algo es novedoso es su carácter efímero: por lo general se trata de productos narcisistas que pueden resultar rentables únicamente a corto plazo.
Pero concretar este examen es una cuestión complicada de afrontar desde el presente.
Pondré ahora un ejemplo histórico que me ayude a definir qué es lo que considero que los nuevos autores pueden aportar a la órbita literaria.



Antes de suicidarse Kafka entregó sus manuscritos inéditos a un amigo, con la orden de destruirlos una vez él hubiera fallecido. El amigo en cuestión, en un alarde de infidelidad hoy muy celebrado, en lugar de quemar tanto papel consiguió que dichas obras fueran publicadas. Imagino que Kafka habría estado de acuerdo con una decisión así, pues si en verdad quería que nadie leyera su trabajo, ¿por qué no destruirlo él personalmente antes de morir?
Parece evidente que mientras Kafka estaba vivo, casi nadie creyó que estuviera inventando otra forma de hacer literatura. La pregunta, ahora imposible de responder, es: ¿creía el propio Kafka que estaba aportando algo inédito a la historia del arte mientras escribía?
Hoy todos sabemos que Kafka sí aportó algo absolutamente nuevo a la literatura mundial. Pero hoy han pasado varias décadas desde que el escritor checo escribiera “El proceso” o “La metamorfosis”.
Ahora bien, si Kafka consideró que sus escritos carecían de valor literario, lo cual es tanto como decir que no aportaban algo nuevo a la literatura, ¿por qué no se deshizo de ellos? ¿Creen ustedes que un hombre capaz de quitarse la vida no tiene valor para quitar de en medio unos cuantos papeles antes de morir?
Les diré cual es mi conclusión: cuando Kafka entregó sus escritos sabía que había inventado algo nuevo, algo que no se atrevía a eliminar, algo que merecía pervivir; él podía morir como persona, pero tenía muy claro que debía sobrevivir como escritor. Kafka entregó sus escritos consciente de que para la literatura mundial acababa de descubrir algo grande, algo más grande que un movimiento literario, que invenciones formales, estructurales o temáticas: Kafka acababa de crear a Kafka.

Al escribir nos inventamos a nosotros mismos.  Ya no se trata de obsesionarse por innovar, ni de sentirse presionado por vocablos como literatura, cultura o intelecto, con el peligro de amaneramiento que ello conlleva.
Cuando un periodista preguntó a Juan Rulfo cómo había ideado su revolucionario “Pedro Páramo”, el maestro mexicano contestó escuetamente: “un día me apeteció leer esa novela; la busqué en la  biblioteca, y como no la encontré, la escribí”.
Tal vez éste sea el único camino que todavía podamos seguir.
Tras un siglo en el que casi hemos gastado el diccionario de prefijos en la palabra vanguardia, sólo queda intentar hacer una obra personal y que nos satisfaga: crearnos a nosotros mismos, y confiar en que tal hallazgo, al igual que el de Kafka o el de Rulfo, merezca la pena.

Muchas gracias.

La nueva literatura
1-      Del 98 al 98:
Nueva literatura o nuevos literatos.
Último siglo: nuevo Siglo de Oro. Marcará a la nueva literatura.
1.1-            Inicios de siglo: Baroja y Valle  como exponentes de dos formas de concebir la literatura (libertad narrativa).
1.2-            La poesía: primera mitad de siglo en España.Generaciones.
1.3-            Los novelistas hispanoamericanos: Adolescencia (Cien años de soledad, Rayuela, La ciudad y los perros). Madurez: Carpentier, Rulfo Sábato, Onetti.
1.4-            El cuento: su pujanza en nuestro siglo: el siglo del cuento. Borges, Bioy Casares, Ribeyro, Aldecoa, Monterroso, etc.

2-      Los nuevos literatos.
2.1- Proximidad afectiva en tanto que lector, y valor clásico (perenne juventud y calor venerable). Siglo XX: principal patrimonio de los escritores jóvenes.
2.2- Si existe un segundo siglo de oro, los literatos jóvenes quedan fuera de destino “glorioso”.
2.2.1- Tarea: Destilar el siglo XX (época de las conclusiones)
2.2.2- Destino: contestara la pregunta “Y ahora ¿qué?”.
2.3- (Usar la expresión literatos de principios de siglo. Dar la bienvenida.)
Trabas: Las ideas y el lenguaje.
2.3.1- Ideas: Existe libertad narrativa. Ataduras: imposición de opiniones oficiales y moral al estilo Disney. Censura: del autor y de los estados.
2.3.2- Lenguaje: Desde el eufemismo al Lenguaje políticamente correcto. La operación limpieza: la muerte de la espontaneidad.

3-      Lo nuevo contra lo novedoso.
3.1- Distinción entre literatura y escritura. Más sencillo señalar los nuevos literatos que la nueva literatura.
3.2- Distinción entre qué es nuevo y qué es novedoso. Lo nuevo aporta.
Kafka.

Conclusión: Al escribir nos inventamos a nosotros mismos. Ya no se trata de obsesionarse por innovar, ni de sentirse presionado por vocablos como literatura, cultura o intelecto, con el peligro de amaneramiento que ello conlleva.
Rulfo.
Tras un siglo en que hemos gastado el diccionario de prefijos en la palabra vanguardia, sólo queda intentar hacer una obra personal y que nos satisfaga: crearnos a nosotros mismos, y confiar en que tal hallazgo merezca la pena.