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miércoles, 15 de julio de 2026

DULCENOMBRE

 

Dulcenombre

Marina Arrabal

Blackie Books

Barcelona, 2026

235 páginas

 



Algunos de los instrumentos de los que se ha valido Dios han sido tan elocuentes como una lluvia de fuego, y algunas de las coacciones tan determinantes como matar a tu hijo. Hay que destruir Sodoma con toda la furia y hay que demostrar amor con un sacrificio que supone derramar mucha sangre amada. Más tarde este Dios se corregiría y diría aquello de bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la Tierra. Estamos muy lejos de que los mansos hereden la Tierra, pero no cabe rendirse, no cabe dejar de ser buena persona. El problema surge cuando se confunde la bondad con el cilicio. Esa confusión requiere una dosis de locura, y de eso trata esta novela, Dulcenombre, con la que Marina Arrabal (1988) nos recuerda que hay causas ocultas y que para sanarlas conviene sacarlas a la luz.

Dulcenombre es la joven protagonista que, uno se puede imaginar, nace y se desarrolla marcada por un nombre elegido como sendero que atraviesa su vida dedicada a Dios. Pero no a un Dios contemporáneo, no a un Dios totalmente piadoso, no a un Dios que comprende que no es necesario castigarse con la culpa si estás limpiando los mocos a un refugiado de tres años. Conocemos a la protagonista a la vez que a su madre, en una tarea tan poco corriente como es la de acompañar moribundos, estrecharles la mano durante los últimos alientos. Cuando la madre fallece, Dulcenombre se queda sola, y será esa soledad la que concentre el tema que tratará Marina Arrabal en esta obra. A pesar de haber pertenecido a una familia numerosa, lo que la protagonista entiende que es un estigma marcará su actuación, solitaria y respondiendo a una culpa que no parece tener sentido. En realidad, lo que se va desplegando es la idea de que la fe es un refugio, como también lo puede ser la demencia. Haría falta un neurocirujano muy fino para separar una de otra sin hacer daño al resto de la mente, o al resto del alma, que seguramente también esté en la cabeza.

Para ayudar a la muchacha, alguien la propone un psicoanálisis en diferido: grabará en unas cintas unas memorias, saltando de tiempo a tiempo, construyendo lo que para nosotros es lo más significativo de la memoria y lo que ella desearía que fuera una hagiografía, un tratado sobre la vida de un santo. A lo que asistimos es a un ejercicio, por parte de la autora, en el que se nos intenta explicar cómo se construye una mentalidad beata, pero con un tipo de beatitud de otra época. Estamos frente a una autora muy preocupada por la salud mental, que utiliza la literatura para añadir un contundente punto de vista que parte de una pregunta bastante pertinente: ¿qué es el misticismo, en qué consiste, cuando es una meta, un logro, un horizonte buscado? A lo que lleva esta pretensión es a creer a pies juntillas en una farsa. Algo que, de una u otra manera, todos estamos ejerciendo. Lo que nos distingue es el grado, que en este caso es lo bastante preocupante como para que la protagonista tenga que ser internada.

Marina Arrabal nos habla de esta mujer con un lenguaje sencillo, pero nada burocrático, porque sí nos empuja a entrar al texto, a seguir la lectura con interés. Crea una estructura en dos etapas temporales, el presente y las narraciones que contienen las cintas. Esas dos voces no se superponen, porque saltamos de una a otra con facilidad, sin interrumpir la continuidad del relato. Dulcenombre es una novela que obedece a una causa a la que merece la pena prestar atención, tal vez mucha atención. Y es posible que sea el detonante de un proyecto literario que merecerá la pena seguir.


Fuente: Zenda

lunes, 10 de marzo de 2025

¡MÁRTIR!

 

¡Mártir!

Kaveh Akbar

Traducción de Carles Andreu

Blackie Books

Barcelona, 2025

405 páginas

 



La narrativa también puede ser bipolar. Lo menciona nuestro autor, Kaveh Akbar (Teherán, 1989) a través de una cita de Clarice Lispector con la que se cierra esta novela: recordar que morimos no es incompatible con tener presente que estamos en plena época de fresas. Akbar crea un personaje, el principal protagonista, que es normativo a la par que no normativo, con todo lo que ello implica. ¿Qué es lo que nos hace especiales y qué es lo que nos convierte en los seres que pueden pasear con normalidad por el planeta? Este individuo es insomne, pero cuando está dormido presenta sueños que nos llevan a pensar si existe algún significado que podamos extraer de las imágenes, algo relacionado con la vida y la muerte, ese gran asunto, o a la hora de la verdad no quieren decir nada. Está a punto de cumplir treinta años y ya debería saber qué pretende o al menos haber marcado con alguna señal el camino. Pero lo único que tiene claro es el proyecto de un libro sobre mártires, un libro híbrido, en el que, eso sí, destacan algunos poemas, que en los Estados Unidos, donde vive, resultan especiales, pero parecen beber de la fuente de la poesía persa, pues, a fin de cuentas, él, como nuestro autor, nación en Irán. Su padre le ha criado solo, y está sobrenadando en un mundo pop, donde las referencias se entrecruzan como se mezclaban en los cuadros del Equipo Crónica: Scheherezade, Spiderman o Rimbaud, es una de las enumeraciones que sirven de ejemplo a lo que comentamos; en una de las obras más populares del Equipo Crónica, el Guerrero del Antifaz irrumpía en El Guernica de Picasso.

La trama es bastante tenue, y el viaje que supone la novela nos lleva a dos tiempos y dos voces, una retrocediendo al Teherán de 1987, en primera persona, y otra actual, en varios lugares de Estados Unidos, con un narrados omnisciente. Lo que mueve a los personajes es el teatro de la vida, es decir, esa bipolaridad que supone el preguntarse si uno vive o finge que vive. Lo que mueve al narrador es la cuestión de si uno construye la realidad o se limita a recibirla. Y parte de esa realidad es el pasado, que tiene una consistencia onírica, que también es ilusión, que también es mito. Tal vez ahí esté el origen del pensamiento mítico que tanto nos ha movido en el arte. Y también esté ahí el origen de recursos de supervivencia como el alcoholismo, en el que cayó nuestro personaje, o las dudas del amor, como el que siente por su mejor amigo, su compañero de cuarto, tal vez su novio. Para encontrar sentido a algo, y está en una etapa en la que es necesario encontrárselo, no queda más remedio que dejar volar la fantasía. «Comprendió que no estaba hecho para el mundo en el que vivía», reza por él el narrador cuando considera que es el momento de cobrar lucidez.

Pero previamente ha pasado por el trance revelador, tan concluyente como debería ser la visita a un oráculo: una artista moribunda se expone a sí misma en un museo de Brooklyn, concediendo tiempo de diálogo al visitante. El protagonista mantiene con ella varios minutos de conversación que guardan un fino misterio que no querríamos desvelar, pero del que diremos que nos llevará a hacer dudar si toda la novela no está encaminada a convertir a esta mujer en la verdadera protagonista, en ese personaje que es más levadura que harina, que tiene poca presencia, pero hace crecer la consistencia de la obra. La sabiduría final está más en las cuestiones que en las certezas, de las cuales solo cabe señalar las heridas y las raíces, que con tanta frecuencia coinciden. ¿Qué nos va a salvar en una existencia que nos lleva constantemente a actuar pretendiendo dar sentido a la vida? Akbar ha sido capaz de escribir una novela sobre este tema, y para ello nos sorprende con un alarde increíble de imaginación. Una obra para recordar.

 

 

miércoles, 11 de diciembre de 2024

SI LOS ANIMALES PUDIERAN HABLAR

 

Si los animales pudieran hablar

James Herriot

Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria

Blackie Books

Barcelona, 2024

303 páginas

 

 


Son muy pocos, pero existen: hay libros buenos en el mismo sentido en que hay buenas personas. Eso es lo que sucede con la obra de James Herriot (Sunderland, 1916 – Thirsk, 1995), que ahora está recuperando, en varios volúmenes la editorial Blackie Books. Si los animales pudieran hablar es la continuación de Todas las criaturas grandes y pequeñas, título que al lector le puede resultar familiar, pues una famosa serie de televisión se basa en esta obra. Herriot recoge anécdotas de su vida como veterinario rural en el condado de York, una vida que sucede hace décadas, cuando los días estaban sometidos a los ciclos agrarios y el sol y la lluvia decidían que aspecto tendría la tierra. Cada capítulo, que no es muy extenso, funciona con la autonomía de una fábula, pero sin otra enseñanza moral que no sea la de mostrarnos que el tono constante que mantienen va construyendo una vida que, si bien puede no ser la que nos gustaría vivir, lo que es seguro es que nos gustaría vivirla con esa intensidad y ese saber estar. De ahí que Herriot escriba con un lenguaje que nos llega diciéndonos que yo soy uno más de nosotros, como lo es el lector. La vida que merece la pena, parece querer decirnos, es la que resulta de ir cosiendo las pequeñas satisfacciones, en las que se incluyen los momentos apurados de los que, finalmente, pudimos salir más o menos airosos. Si el arte está en la mirada del espectador, el arte de vivir está dentro de nuestro cuerpo, en algún lugar que, a falta de un término mejor, llamaremos alma.

Estos muy entretenidos episodios transmiten el valor de una vida sana y sincera, algo que nos resulta complicado de hallar si levantamos la mirada y observamos a nuestro alrededor: dentro de los ordenadores, dentro de internet, uno no puedo gozar de una sensación de ser libre semejante a esta. Lo que se nos muestra, es que la mejor aspiración que podemos tener es la de convertirnos en un ser sensible que va aprendiendo a relacionarse con la gente y con el planeta. De hecho, al tratarse de una obra extensa, consuela saber que esa impresión, que nosotros podemos tener muy de vez en cuando, se extiende a lo largo de todos los días, que es posible vivir como nos gustaría vivir. Y esa vida contiene lo mejor de las dos vidas tradicionales a las que aspiramos: Herriot escribe mostrándonos una vida de acción, aunque no se trate de acciones propias de Hércules o Ulises, pero que tienen la consistencia de una vida contemplativa. Es posible actuar y sentir a la vez; ser un gran hombre no supoen hacer cosas célebres o brutales, ser un gran hombre significa entender que los demás tienen debilidades y virtudes. Es casi inevitable mencionar que esta obra antecede a los libros de Gerald Durrell, con quien comparte la intención de transmitir que cualquier error es perdonable, en lugar de hacernos creer en la maldad. Aunque también nos remite a la serie Doctor en Alaska, donde el cosmos posee sus propias reglas y las cualidades humanas se van moldeando. E incluso por momentos nos hace recordar los cuadros de Millet, donde la siega y el sudor entrañan cierta calma. En definitiva, estamos ante una mirada tierna colmada de comprensión, ante un espíritu con el punto exacto de alegría que nos muestra que vivir es una carrera de fondo, ante una obra amable, grata y divertida. Estamos frente a uno de esos libros que nos hacen felices. Y ese es un gran valor literario.

 

Fuente: Zenda

viernes, 5 de abril de 2024

QUIERO ESTAR DESPIERTO CUANDO MUERA

 


QUIERO ESTAR DESPIERTO CUANDO MUERA
(DIARIO DE UN GENOCIDIO)

recoge el horror que vive y ve el escritor palestino en Gaza tras la invasión israelí.

Un testimonio tan valiente como urgente acerca del borrado de un entero pueblo.

Blackie Books publicará en catalán y en castellano. El libro ya está a la venta en www.blackiexpalestina.com.

EL IMPORTE ÍNTEGRO DE LAS VENTAS IRÁ DESTINADO A LABORES HUMANITARIAS EN TERRITORIO PALESTINO.

The New York Times, The Guardian o Le Monde ya han publicado extractos en sus cabeceras.




El 7 de octubre de 2023, mientras se bañaba con sus amigos en una playa de Gaza, Atef Abu Saif fue sorprendido por el ruido de unas explosiones. Lo que parecía algo casi cotidiano para un palestino nacido en un campo de refugiados, resultó ser el inicio de la guerra de Gaza que pronto derivaría en la masacre más sangrienta de la historia de Palestina.

A partir de esa noche. Atef describió en su diario la pesadilla: el silbido de los misiles contra panaderías, escuelas y hospitales, las visitas a su joven sobrina mutilada en el hospital, el asesinato de sus familiares, vecinos y amigos más íntimos, las colas eternas para conseguir harina o agua, los paseos por la devastación del paisaje de su infancia.

Quiero estar despierto cuando muera es la crónica de un genocidio, del borrado de todo un pueblo: un testimonio desgarrador que nos abre los ojos ante el horror desplegado a tiempo real delante de nosotros y del que no podemos ni queremos ser cómplices.

«Algunos niños han inventado una nueva e ingeniosa forma de asegurarse de que su historia sea contada, o al menos quede registrada, incluso después de haber sido despedazados por un misil israelí. Para que sus cuerpos sean reconocidos, han empezado a escribir sus nombres con marcadores en las manos y piernas. Comparten esta práctica en las redes sociales. Algunos incluso escriben los números de teléfono de sus familiares para que puedan llamarlos e informarlos de su muerte. Es casi imposible pensar que el mundo seguirá existiendo después de nuestra muerte, pero estos niños lo hacen: anteponiendo a sus seres queridos, con la esperanza de aliviar su sufrimiento salvándoles del purgatorio de no saber.»

Fragmento de Quiero estar despierto cuando muera

ATEF ABU SAIF nació en el campo de refugiados de Jabalia, en la Franja de Gaza, en 1973. Se licenció en la Universidad de Birzeit y después cursó un máster en la Universidad de Bradford, Inglaterra. También posee un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales del Instituto Universitario Europeo de Florencia. Es autor de cinco novelas y dos colecciones de cuentos, así como de varios ensayos políticos. Es también colaborador habitual de periódicos y revistas palestinos y de otros países árabes, en los que en 2014 empezó a publicar sus diarios del conflicto de Gaza. En 2019, se trasladó a Cisjordania, donde reside desde entonces. Al comienzo de la última ofensiva del genocidio israelí en Gaza, en octubre de 2023, Atef Abu Saif estaba visitando la ciudad con Yasser, su hijo de 15 años. Quedaron atrapados allí durante más de tres meses. Aquí están recogidos esos días de terror y muerte, el testimonio único de una de las peores masacres de nuestro siglo.

viernes, 24 de noviembre de 2023

TODAS LAS CRIATURAS GRANDES Y PEQUEÑAS

 

Todas las criaturas grandes y pequeñas

James Herriot

Traducción de Pablo Álvarez Ellacuría

Blackie Books

Barcelona, 2023

294 páginas



 

Los días eran más dulces cuando la vida estaba sometida a los ciclos agrarios, cuando el sol y la lluvia gobernaban las cosechas y decidían qué aspecto tendría esta temporada el bosque. La vida era más sencilla, necesitaba menos explicaciones, cuando sabíamos que dentro de una semilla se contenía todo el tiempo de la existencia, que debíamos cuidarla, mimarla contra parásitos, regarla, para que a su vez se transformara en arroyo de vida. Cosechar, segar, vendimiar eran verbos que nos remitían al sudor y a un cierto bienestar, como en los cuadros de Millet. Ahora se trata de regirnos por ciclos comerciales, por periodos de rebajas, en lugar de atender a cómo varía el clima y el aspecto del planeta a medida que se suceden las cuatro estaciones. Ahora el tiempo nos lo marcan las necesidades creadas en anuncios publicitarios, que sostienen que debemos impedir que transcurra el tiempo, al menos el que nos atraviesa, y mantenernos adolescentes.

Es, en buena medida, un adolescente el que llega a un campo del condado de Yorkshire, en esa época que echamos de menos, para crecer allí a base de encuentros y trabajo, el protagonista de estas deliciosas memorias de James Herriot (Sunderland, 1916 – Thirsk, 1995). La obra había sido publicada anteriormente, recordamos las ediciones de Grijalbo o Ediciones del Viento, pero ahora Blackie Books opta por una nueva traducción, que resulta muy acorde a la historia que estamos leyendo, amable, grata y divertida, y la entrega de las memorias en varios volúmenes. El primero podría ser visto como de formación, porque nuestro protagonista se ve obligado a ser el observador que aprende para luego poner en práctica, pero no es un veterinario cualquiera, sino un veterinario entregado a su profesión y con los conocimientos bien actualizados. Estamos, eso sí, en los años treinta del siglo pasado, cuando desde esta época podemos considerar que la vida estaba sometida a los ciclos agrarios y no había pantallas. El cosmos al que se enfrenta Herriot parece poseer reglas propias. Sin embargo, estas reglas no son firmes, a no ser que consideremos como rígida la regla que supone moldear a partir de la demostración de capacidades, humanas y profesionales. Herriot se va abriendo camino en un entorno que es casi aislado, que por momentos, al revisitarlo actualmente, nos puede recordar a la serie Doctor en Alaska. Y lo hace con un tono que es inevitable asociar al de Gerald Durrell. En buena medida, estas memorias podrían ser los antecedentes de una y de otro. Pero el maestro podría estar comiéndose a los alumnos, por mucho que estos nos deleiten. Herriot consigue ocultar la maldad dando formato de error perdonable a cualquier deslizamiento incómodo, y construye figuras necesarias para descubrir el mundo y tener ganas de habitarlo, incluso cuando se tiene que enfrentar a la muerte. Herriot demuestra que ser un gran hombre no supone hacer cosas que sean celebradas a lo grande o recordadas bestialmente. Ser un gran hombre significa entender que los demás tienen debilidades y virtudes, y entregarse a ellas con comprensión y una mirada tierna a la vez que alegre. El optimismo que desprende este libro es una de esas virtudes que necesitamos recuperar.

lunes, 6 de febrero de 2023

EL ESPLENDOR DE LA SEÑORITA JEAN BRODIE

 

El esplendor de la señorita Jean Brodie

Muriel Spark

Traducción de Laura Ibáñez

Blackie Books

Barcelona, 2023

190 páginas

 



Creamos al narrador que posea el superpoder de entender el orden de lo que nos está contando, porque conoce el futuro, y podemos llegar a introducir esa versatilidad en la narración, sin modificar un ápice los avatares a los que asistimos. Así es como planifica Muriel Spark (Edimburgo, 1918 – Florencia, 2006) esta novela, en la que asistimos al crecimiento, o al dudoso crecimiento, de un pequeño grupo de jovencitas en el periodo de entreguerras. Todo lo que está sucediendo tiene sentido porque ha tallado el presente, desde el que narra, ubicado unos años más tarde. En un principio, da la sensación de que la media docena de muchachas son bastante parecidas, están cortadas por un patrón semejante, pero enseguida se nos advierte de que una destacará por su facilidad para el sexo y otra terminará entrando en un convento de clausura. Cada una dará salida a su crisis de identidad en función de otras circunstancias que no son las que nos expone en la novela. Porque aquí de lo que nos habla es de algo que tendrán siempre en común, la presencia, como referente primario, de una maestra poco convencional en los últimos años de su educación primaria.

La maestra será la señorita Jean Brodie, y al contrario que sus compañeros, cree en una educación alternativa, en la que ella se presenta a sí misma como modelo, en la que establece una complicidad gratificante con las muchachas. La historia comienza cuando ellas tienen diez años y la señorita Brodie está en lo que ella califica como ‘su esplendor’. ¿Qué es ese esplendor? Es la edad ideal, que siempre será la que esté cumpliendo ella, y es una suerte de narcisismo que parece obedecer a un efecto rebote contra la presión social: debería ser sumisa, debería ocultarse más, debería actuar de acuerdo a la moral que tanto ha costado construir y se fundamenta en tradiciones absurdas. Frente a todo ello, la señorita Jean Brodie opta por confesar sus emociones personales y enfrentarse a la corriente de pensamiento que se impone, aunque para ello tenga que alabar a Mussolini. Para ella querer ser progre significa llevar también la contraria.

Pero las niñas pronto comenzarán la pubertad, y a continuación la adolescencia, en un relato en el que a medida que crecen se nos expresa su condición con menos detalle. Eso sí, entrarán en la edad de la razón a la vez que en el despertar sexual, que se expresa por el interés que muestran en el tema, sobre todo a la hora de hablar sobre la vida de su maestra, a la que irán dejando atrás, con la que irán encontrándose fuera de las aulas. La novela nos habla del gran referente que siempre permanece, en que más nos ayuda a crecer, el platónico. No se busca que posea una traba destacable, porque la evolución necesaria y comprometida será conflicto suficiente sobre el que gestar la acción y la evolución de los personajes. Todas las chicas maduran, pero la señorita Brodie se empeña en seguir siendo la misma, la que vive siempre en su esplendor. Detrás del relato se esconde la educación de las mujeres tapadísimas en esa época, sobre lo que sucede bajo la capa de la sociedad visible, que es la que componen los hombres. Un lugar que, al igual que en el estrato visible, es frágil, debido a las debilidades de los seres humanos, que podrán incluso provocar mala suerte en el destino de quienes queremos. A Muriel Spark no le falta un buen tema al que agarrarse para idear esta novela, que se lee con una facilidad que sólo podemos agradecer.

miércoles, 25 de mayo de 2022

EL MAPA DE LAS ISLAS

 

El mapa de las islas

Alastair Bonnett

Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria

Blackie Books

Barcelona, 2022

238 páginas

 



Incluso si fuera cierto que hemos venido a este mundo a bailar, el suelo sobre el que se ejercita la danza es demasiado frágil. De eso trata el último libro del genial Alastair Bonnett (Epping, 1964), de la fragilidad del planeta, de la fragilidad de la parte del planeta en la que vivimos. Para ello elige las islas, que son objeto de deseo, que son leyenda. Nos enfrenta a islas casi imposibles, es decir, a islas que podrían no estar sucediendo o no haber sucedido, a islas que bien podrían haber sido un invento de un mecanismo de ciencia ficción o de reinvención de la memoria. Pero existen. Muchas de ellas gracias a la riqueza, pero otras a costa del sudor de quienes intentan sobrevivir. Y algunas son merecidos homenajes de la naturaleza, gestos que podrían ser efímeros.

Las islas son representaciones de utopía, son metas de nuestras ilusiones. De ahí ese encanto con el que Bonnett nos lleva de viaje por varios de los lugares más enigmáticos del planeta. Ya lo había hecho antes, en dos libros maravillosos: Lugares sin mapa y Fuera de mapa. Volvemos a desplazarnos con él por sitios insospechados, sintiendo que viajar es una actividad que deberíamos ejecutar con buen humor, con predisposición a la sorpresa, con ansias por compartir el viaje a través de la literatura, para hacerlo así imperecedero. Su estilo es delicioso, sus aportaciones y su punto de vista son siempre oportunos y divergentes. A pesar de ello, consigue proporcionar la dosis conveniente de melancolía, pues esos mitos que son las islas están o bien desfigurándose, o bien cayendo en imposibles. Nos habla de las islas como refugio de dos sentimientos casi contrarios: libertad y miedo.

En esta ocasión Bonnett trata sobre la transformación del mundo, en el que la naturaleza está en conflicto con la civilización, y parece inevitable la derrota de la primera a corto plazo. Sobre el tapete está la certeza de que una vez desaparecido el hombre, hasta las islas de plástico que flotan en los océanos terminarán por diluirse. El tiempo es infinito, la humanidad tiene los días contados. El pequeño espíritu de aventura con el que pasea el autor se ve reflejado en los episodios de humanidad que rescata, breves encuentros que en ocasiones sólo mencionan un prohibido el paso o una ayuda para reconciliarse con la gente. En realidad, la mayor parte del texto es un ensayo social, teniendo en cuenta toda la polisemia de la expresión: la obra del autor como estudio, y la obra del hombre sobre las islas como intento de superar escollos o mejorar la vida, siendo la mejora algo vinculado al confort. Se nos habla, constantemente, de un concepto de inhumanidad que está demasiado próximo a nuestros anhelos, pues las creaciones y las aportaciones sobre la naturaleza que hemos creado no sustituyen a los beneficios que se supone debería darnos esos espacios. Seguimos siendo seres incompletos, soñando con paraísos perdidos e intentando fraguarlos. Mientras tanto, lo poco que podríamos rescatar está a merced de un futuro que es peor que incierto, que es reconocido como catastrófico, a cuenta del cambio climático.

Hay islas que desaparecerán por las consecuencias de esta época antropocénica, y hay islas que sobreviven gracias a las invenciones que conlleva. La diferencia, sobre todo en lo que atañe a los lugares donde vivimos, es que en las primeras habitan personas humildes, y en las segundas se refugian los adinerados. El debate sobre las fronteras de lo sensato está servido, y Alastair Bonnett vuelve a ofrecerse como guía en una geografía desconcertante.

 

miércoles, 11 de mayo de 2022

BRILLO

 

Brillo

Raven Leilani

Traducción de Laura Ibáñez

Blackie Books

Barcelona, 2022

237 páginas

 



La expresión la utiliza la protagonista de Brillo: «Soy la coordinadora editorial de nuestro sello infantil, lo que significa que, de vez en cuando, tengo que decirles a los auxiliares de edición que verifiquen cómo hacen la digestión los peces del acuario». Así de libres son las asociaciones que hace la narradora que crea Raven Leilani (Nueva York, 1990). De una imaginación desbordante en el uso de comparaciones y en las sorpresas que saltan a la mirada, Leilani comienza la novela con una introducción muy fuerte, con una potencia que habíamos percibido en pocas ocasiones últimamente. Y todo para crear un personaje que es puro conflicto, pura contradicción. Se trata de crear a partir de la pura disonancia. Nuestra protagonista es sincera consigo misma. De hecho, es tan sincera que nos aturde. Es tan sincera que reconoce que no será capaz de resolver un conflicto, porque no deja de ser un pez en el acuario, respirando la misma agua que los demás, pero con menos kilos de fuerza para defender su integridad.

Hemos dicho integridad y tratamos de una desintegración estancada. No parece que haya sido capaz de conseguir muchos referentes, muchos ejes alrededor de los cuales construirse. Está, eso sí, el sexo, al que nos enfoca desde una perspectiva que desconcierta: es relativamente sencillo confesar las experiencias y confesarse prolífica, pero se va a mover en un pequeño mundo en el que los otros personajes pertenecen a una generación en la que todavía se siente vergüenza, o falso pudor, a la hora de tratar con él. Y está también su masoquismo, que es directo, que tiene que ver con el dolor físico. Y este dolor se va explicando a medida que la narración avanza y se nos dan apuntes sobre su pasado, sobre ese padre energúmeno que pasó a creerse un iluminado, que será un fanático y el fanatismo explica demasiado bien nuestros traumas.

Pero ¿qué historia es la que tenemos entre manos? Una mujer joven conoce a través de una web de citas a un hombre veinte años mayor que ella. Él está casado y sostiene que su matrimonio es abierto. La situación de ella llegará a embrollarse de tal modo que no le quedará más remedio que aceptar la hospitalidad de la mujer del amante. Y a partir de ahí se da ese tipo de situaciones que ya hemos presenciado en varios relatos, en las que el extraño condiciona la vida de una familia de supuesta clase media acomodada. Con frecuencia se han hecho comedias o películas de terror a partir de esa situación. Leilani va mucho más allá, pues la diferencia de clases que expone nos lleva a plantearnos que esa lucha es mucho más mundana, mucho menos filosófica o sindical, de lo que hasta ahora habíamos sospechado. Se trata de una realidad, en la que también interviene el conflicto entre generaciones, en una época en la que la evolución sucede demasiado rápido.

Nuestra chica es una estudiante frustrada de Bellas Artes, que apenas encuentra consuelo en la pintura. Ni en la única persona que es afroamericana, como ella, en todo el barrio residencial. Nos habla de una forma un poco aséptica sobre una sociedad que es un poco basura: «Me pregunto si habré dado la impresión de estar demasiado deprimida sentada en mi escritorio, si se me habrá pasado usar el modo incógnito del navegador cuando me he conectado a SugarBabes.com. Con la formación adecuada, cualquiera podría hacer mi trabajo y, si me cayera por las escaleras mecánicas del Forever 21 de Times Square y me partiera la columna vertebral, tampoco sería noticia en la oficina».

Se trata, en definitiva, de sobrevivir, porque uno no es el rey de los peces del acuario. Ahora bien, está el asunto del destino. Ya sabemos que no somos dueños de él, pero ¿hasta qué punto somos instrumentos en las vidas de los demás? De hecho, sólo se produce una identificación real con una niña que tiene el mismo nombre que el lobo alfa de la manada que acogió a Mowgli: Akila. Esta referencia no es gratuita. En cierto modo, hay un espíritu de Robinson, pues la supervivencia es una experiencia única, personal, pero al estar rodeado de los demás, esta se produce dentro, que no integrado, de una tribu. Si uno tiene mala suerte, dentro de una jauría. En buena medida, Leilani nos plantea que somos demasiado cáscara de nuez en un mundo que es demasiado océano.

Y todo esto manteniendo siempre el pulso que es narrativo, pero también obedece a la observación, tanto la introspectiva como la que precisamos para interpretar nuestro entorno y a quienes lo habitan. El mayor reto de Leilani será mantener esa tensión a lo largo de toda la novela, una vez que hemos colocado todas las piezas sobre el tablero y nos ha mostrado las reglas, tan fantásticas, con las que ha ideado el juego. Lo aconsejable, desde luego, es llegar hasta la última página sin perder el ánimo.

 Fuente: Revista de letras

jueves, 14 de octubre de 2021

HERMANITO

 

Hermanito

Ibrahima Balde y Amets Arzallus Antia

Traducción de Ander Izagirre

Blackie Books

Barcelona, 2021

134 páginas

 


Hay emociones que son imposibles de reconocer. 

Aturden, sí, pero no nos sacan de una duda bastante existencial y nos preguntamos qué deberíamos hacer con eso que empaña todo nuestro interior. Podemos combatirlas con sueños y podemos integrarlas con el tiempo. Incluso podemos incorporar nuevas emociones para ir diluyéndolas, muchas veces a través de cualquier vía de escape. Pero de vez en cuando la memoria sentimental nos las devolverá. Y si no es la memoria propia, será la social, o la actualidad, que nos recuerda a los desfavorecidos sin descanso. Pero lo mejor es reconocer haber sentido esa emoción, para la que no existe nada que la defina, para la cual el lenguaje se rinde debido a sus limitaciones. Eso es lo que sucede durante la lectura de Hermanito, este testimonio que debería convertirse en uno de nuestros libros de cabecera.

Frente a la experiencia de su protagonista, cualquier viaje pasa a ser una mera descripción turística. Ibrahima Balde ha recorrido el desierto del Sáhara en canal, muchos días caminando entre cadáveres, ha sobrevivido al acoso y la violencia de los fusiles y todo por el afán de encontrar a su hermano pequeño. Esta es la historia de un subsahariano que llega a España, con la voluntad del amor fraterno por combustible, en una travesía que dura años y en la que el sufrimiento es la constante.

“Miñán, ¿por qué querías irte a Europa? No era eso lo que habíamos acordado, te dije que debías seguir estudiando, te dije que tenías unos ojos muy grandes”.

Existen algunas buenas almas, que brotan como amapolas en el estercolero, gracias a las cuales logra sobrevivir. Pero desde que se inicia el relato, contando doce años y emigrando de Guinea Conakry a Liberia para intentar conseguir algo de dinero con que alimentar a su familia tras la muerte del padre, hasta que alcanza la costa española, Balde sufre una suerte de situaciones que llevan al aprendizaje que padecemos durante la adolescencia a un grado extremo. Es probable que crecer con estas experiencias se convirtiera, bajo cualquier otra piel, en una toxina. En las palabras de Balde encontramos, sin embargo, una ingenuidad muy sagrada, propia del hombre sensible, de una fragua sentimental bien consolidada.

            “Yo no querría hablarte más de estas cosas, porque cuando hablo empiezo a ver, delante de mis ojos, todo lo que estoy explicando. Tu ahora estás aquí, escuchando, pero yo estoy otra vez allí, dentro de mi carne”.

El texto que resulta de la traslación de un relato oral no puede ser más expresivo. Frases cortas, sencillas, de una engañosa simplicidad, que nos muestran que no es necesario deslumbrar para atrapar a un lector. Y aun así, de vez en cuando deslumbran, casi sin darse cuenta: “Allí fuera todo era arena, la arena sabe estar en silencio”. O “No sé cuántos tragos le di, diez, veinte, hasta que empecé a sentir el cuerpo otra vez. Las piernas, la tripa, los brazos, los ojos, todo. Eso es el agua, el agua hace tu cuerpo”.

En muy pocas ocasiones la literatura nos va a estremecer tanto como aquí. Pero sentimos que estremecerse nos impone la convicción de que vivir es necesario. Como lo es intentar llegar hasta los lugares que ha vivido gente como Balde, incluida esa inmensa sabiduría de la pureza: “Mi madre tiene mucha paciencia pero poca fuerza. Cuando digo fuerza, quiero decir poder, y cuando digo poder, quiero decir dinero”. ¿Se puede decir más con menos? Nada justifica no sentir el impulso de leer este libro. Nada.

lunes, 19 de abril de 2021

TENGO UN NOMBRE

 

Tengo un nombre

Chanel Miller

Traducción de Laura Ibáñez

Blackie Books

Barcelona, 2021

391 páginas

  


“Si quieres romperte, ir más allá de ti, ayudar a otras mujeres, hazlo. El dolor siempre te da más fuerza para seguir adelante. La felicidad y la comodidad, no. Todo depende de quién quieras ser”.

El consejo se lo da la madre a una hija en el momento en que está decidiendo si entrega la confesión con su nombre auténtico. Chanel Miller (Palo Alto, California, 1992) sufrió una agresión sexual cuyas consecuencias refleja, muy literariamente, en esta obra, Tengo un nombre. ¿A qué nos referimos al señalar que lo hace muy literariamente? A que el libro cumple con todos los preceptos de las grandes obras, incluido el de renunciar a abandonarlo, por parte del lector, pues uno quiere saberlo todo, entregarse al relato para llegar hasta el final, incluso entrar en él para sacar al personaje de las situaciones que expone. Es intenso, está redactado con muchísima precisión, dosifica la información de modo que no sobra una sola línea, a pesar de demorarse para no que no falte nada, ni lo esencial ni lo accesorio; busca el conocimiento de la condición humana, no se entrega a la sensiblería, contiene mucha vida y muchas ganas de vivir, un aprendizaje -durísimo, de esos que no deseamos a nadie- que transforma, denuncia ateniéndose a la narración, sin abandonar el hilo del relato y, en definitiva, respeta las normas de la crónica de largo aliento. Miller demuestra una sensatez inaudita a lo largo de cada línea, en cada momento reflejado y en los pensamientos que la empañan en cada instante:

“Cuando la sociedad se pregunte sobre el porqué de la reticencia de una víctima a denunciar, estaré aquí para recordarle que se nos pide que sacrifiquemos nuestra cordura para luchar contra unas estructuras obsoletas que se diseñaron para someternos”.

Miller despierta con una amnesia de lo inmediato, en la sala de urgencias de un hospital. Va descubriendo, por la actitud de quienes le atienden, que ha sufrido una agresión, que tal vez ha sido violada. Está en una edad en la que uno pasa de la adolescencia, esa etapa tan bien estudiada por la psicología, a lo que viene después de la adolescencia. Hacerse mayor, en el sentido en que la sociedad nos exige ser adultos, es una tarea de titanes y ella acaba de emprenderla. El problema es que en su recorrido tendrá que pasar por sobrevivir a los trances absurdos de un sistema judicial y de un sistema social. No parece que la buena ética se imponga, pues a lo largo del texto, sin que llegue a mencionarlo, sobrenada la sensación de abandono, las dudas sobre la certeza y conveniencia de los apoyos que recibe, sobre su eficacia. En realidad, Miller es de la clase de gente que sabe que no entiende nada, en lugar de pertenecer a los que creen haberlo entendido todo, y que es preferible haberlo entendido mal a confesar no haberse enterado de qué iba este asunto de vivir. Mientras otra gente de su edad está de vuelta sin haber ido a ninguna parte, ella debe esconderse y eso la obliga a una de esas soledades que es imposible compartir, ni siquiera con quienes han conocido el trance.

La sociedad está bastante podrida y es bastante macabra, se nos indica, a lo largo de un texto escrito de manera muy limpia, sin azotar con juegos verbales que impliquen a las sensaciones: todo lo que nos llega debemos deducirlo de los detalles, y Miller se muestra, en ese sentido, como una excelente directora de arte, no hay apunte que no esté en función del mensaje. El mensaje es claro: mantener el respeto a uno mismo mientras se cuestiona el que se tiene a las circunstancias. Y la dificultad para llevar a cabo esta tarea. Un hecho traumático ha puesto en marcha un pensamiento crítico: “El chico amable que te ayuda con la mudanza y que echa una mano a la gente mayor en la piscina, es el mismo que me agredió”. Hay rabia, la misma que nos lleva a considerar que a la fuerza estamos haciendo lo correcto, y hay sensatez, la que nos lleva a dudar de nuestra rabia. A pesar de ello, sí existen los valores absolutos, y estos parten del respeto.

Mientras nada parece sostenerse con dignidad (que es, de nuevo, uno de los grandes asuntos de los que trata la literatura), nuestra protagonista no deja de sorprenderse al descubrir cómo funciona la sociedad, que es un reflejo del alma en su peor versión: hemos aprendido a integrar la mentira, la farsa, como si fuera nuestra esencia. No hay lugar en el que sentirse cómodo, y mucho menos al afrontar el juicio, que es el momento en el que se expone el tema más delicado del libro. Como víctima, reclama equidad: no es posible la reparación, pero sí una condena justa. Ahora bien, ¿existen las condenas justas, equitativas? El problema es, en buena medida, que nos atenemos a la tragedia de haber abandonado cualquier concepto de armonía para entregarnos a la represalia: “Para él (se refiere al juez), mi trabajo perdido, mi hogar hecho trizas, mi pequeña cuenta de ahorros y mis placeres robados equivalían a noventa días en la cárcel del condado”. No se trata de incrementar la condena, o de rebajarla. Ante lo que nos deja tan desnudos como el emperador del cuento, es al darnos cuenta de que todo este chiringuito que hemos montado, eso que llamamos justicia, se centra en errores, no en la reparación, en la sanación ni en el equilibro. Ese esfuerzo, de coloso, lo debemos hacer por nuestra cuenta. Este libro ayuda, y mucho, a entenderlo y a caminar esa ruta.


Fuente: Revista de letras

miércoles, 23 de octubre de 2019

LUGARES SIN MAPA


Lugares sin mapa
Alastair Bonnett
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria
Blackie Books
Barcelona, 2019
247 páginas

Que la realidad supera a la ficción es un lugar común. Lo que no es tan común son estos lugares, reales, a los que nos lleva Alastair Bonnett (Eppig, 1964) y que, sin duda, vuelven a superar a la ficción por goleada. Y decimos vuelven porque el libro se trata de una continuación de Fuera de mapa, una especie de obra maestra de lo raro en un terreno, la geografía, en el que se supone que la ciencia debe ser muy concreta. Pero no lo es. Estamos ante una entrega de lo real y extraño que incita a seguir con el descubrimiento de un mundo del que, nos damos cuenta, apenas sabemos nada. Y estamos frente a un libro que nos indica que la geografía no es ese estudio de las capitales, los ríos y la enumeración de cabos y golfos con que nos azotaron en la escuela. Hay un territorio por descubrir, grande como terreno, pero pequeño en cuento a la escala, y ese territorio es un tesoro, un cofre de los secretos. Visitarlo de casi la única forma que podemos hacerlo, de la mano de Bonnett, se ha convertido en una de las experiencias literarias, y geográficas, más gratas que nos hemos encontrado en los últimos años.
Bonnett comienza planteándonos qué es la geografía. Sin solución de continuidad, expone treinta y nueve paradojas de distinta índole: algunas parecen anacronismos, otras una sencilla estupidez, y las últimas un producto de la innovación técnica, tanto la informática como la de la ingeniería. No todos los lugares se refieren a sitios concretos, pues los hay que flotan por todo el planeta, como los creados por Google Earth, o los que han resultado del contagio de modas de construcción civil, como las pasarelas. Los hay que atienden a la densidad de población y los que surgen por conflictos, e incluso los que son fruto de anomalías legales como la Ley de las Islas de Guano, por la que Estados Unidos puede reclamar cualquier isla en la que haya cagadas de pájaro. Existen archipiélagos multiocéanicos que se reúnen en las Micronaciones Unidas y estados que caben en un piso; hay falsas colonizaciones, muchas, y lugares resistentes frente a la globalización, que es la gran farsa colonial, pero triunfante, en nuestros días. Todas las paradojas expuestas nos llevarán a cuestionarnos, directamente, qué significa lugar hoy.
Pero el libro no solo nos sirve para cuestionarnos la realidad o qué es la realidad para nosotros; estamos frente a un tratado sobre lo que los descubrimientos despiertan en nosotros. Al igual que si se tratara de un libro de relatos, cada episodio nos guía a través de un conflicto que podemos vivir como pequeño, pero con el que nos identificamos sin duda. En ocasiones nos despertará la sonrisa, y en otras una suerte de melancolía por lo que pudo ser, o por lo que fue, o por lo que debería haber sido. En realidad, y sin hacer de ello un drama, Bonnett nos habla de traumas, y de respuestas a traumas, que surgen de nuestra relación con el mundo o de la relación con el resto del universo de estos lugares a los que se atiende. Y lo hace con mucho estilo, sin perder jamás un pulso narrativo ni dejar de atender a una ideología de fondo, una intención que radica en intentar que se vea lo invisible, que es, una vez más, un toque de atención acerca de la dignidad y la impronta que la dignidad debería seguir teniendo en cada aliento.
“Cada vez estoy más convencido de que la única forma auténtica de viajar es a pie: lo demás es pasar zumbando por los sitios”, nos enseña. Porque el libro destila la calma del caminante, pese a los grandes saltos por los que nos guía. Seguramente, Bonnett pertenece a la estirpe de la gente convencida de que caminando se piensa mejor, se reflexiona mejor y funcionan mejor los engranajes de la creación.

lunes, 29 de enero de 2018

HASTA ARRIBA

Hasta arriba
W.E. Bowman
Traducción de Julia Osuna
Blackie Books
Barcelona, 2016
191 páginas

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De champán. Hasta arriba de champán. Porque esa es la bebida del bon vivant, del hedonista, de Groucho Marx (cuando se arrancaba el puro de la boca y como único remedio para hacerle callar). Si alguien va a leer este libro pensando en que es un reflejo paródico del alpinismo, no debe olvidarse de beber unas copas de champán para comulgar con W.E. Bowman (Scarborough, 1911 – Londres, 1985) y con los personajes de Bowman. Como las burbujas en la copa de champán, el humor se sucede sin descanso y su origen es un punto tan minúsculo como para no verlo sin microscopio, que durante la lectura ocupa el centro del universo. Tal vez la expresión valle de lágrimas esté más cerca de definir nuestro paso por el universo, pero no nuestro deseo de que sea una fiesta de humor como la que refleja Bowman: una parodia sin descanso que parte de la única formulación posible del absurdo, que es esa que dicta que lo que no se puede prever, es imprevisible.
Cuando Bowman escribió Hasta arriba, las expediciones al Himalaya no eran una muestra de austeridad. No existía el estilo alpino y aunque no se lograra subir al Everest, los titulares patrióticos reflejaban las cifras de la expedición como un logro: cuanto más material movieran, cuanta más gente participara, mayor era el éxito de esos que confiaban en el patriotismo. Bowman, como Samuel Johnson, estaba convencido de que el patriotismo es el último refugio de los cobardes. Pero los entrañables vividores que protagonizan esta hazaña se abren un hueco gracias a ese principio, y se proponen subir hasta la cima de un monte olímpico. La montaña más alta de la tierra, hacia la que se dirigen, es un invento de Bowman. Aquí cabe hacer un inciso. La labor de traducción de Julia Osuna es fantástica, replicando los juegos de palabras y cacofonías del original, para que riamos sin complejos, pero las cifras de altura siguen representadas en pies, lo cual nos obliga a imaginar cuántos metros significa cada apunte. La cima supera de lejos los casi nueve mil del Everest, incluso los diez mil a los que vuelan los aviones. 40.000 pies y medio es la cifra que nos dan. Pero eso es un detalle mínimamente significativo. Lo que sucede, narrado por un tipo con una inocencia de un niño de tres años que ha visto un capítulo de Benny Hill, es de una inteligencia mordaz. Pues el buen humor es síntoma de inteligencia, o de desesperación. Y en el límite de la desesperación todos nos volvemos más inteligentes.

Bowman no se complica demasiado con las personalidades de sus alpinistas. Con dos adjetivos podría definirse a cada uno de ellos. Pero el manejo de esas personalidades roza la perfección del humor cuando, por ejemplo, el narrador tiene que designar los emparejamientos de las cordadas. Aquí es donde demuestra que en cualquier narración, todo Don Quijote necesita un Sancho Panza. Y a la vez, una necesidad mayor que la del reconocimiento y la medalla, será la que les arroje a correr peñas arriba, hasta los más de doce mil metros del Kurda Rarí: huir de la infame comida que prepara el cocinero Puag. Y mientras tanto, cualquier accidente o desencuentro, lo resuelven con la una cantidad enorme de champán. Tal vez por eso fueran necesarios 30.000 porteadores para cargar con el material. Después de leer este libro, llenemos la copa de champán hasta arriba y preparémonos para vivir con esa felicidad, antes de regresar al valle de lágrimas.

Fuente: Culturamas

jueves, 25 de enero de 2018

FUERA DEL MAPA

Fuera del mapa
Alastair Bonnett
Traducción de Javier Calvo
Blackie Books
Barcelona, 2017
325 páginas



Este es un libro que “excita la imaginación geográfica porque confunde las expectativas que tenemos del mundo real”. Para ponerlo en términos más concretos, este es un libro que termina en el festival musical de los Monegros. Se trata de un lugar efímero, en el que uno de los desiertos más pequeños y hermosos del planeta se convierte en un centro de la buena vitalidad. Solo durante los días en que sucede el festival los Monegros son pulmones. Pero los lugares efímeros no son los únicos centros de interés de este libro que nos va descubriendo que la geografía no era un mapa del mundo a escala 1:1. No, la geografía contiene también variantes como la psicogeografía, la sociogeografía, la antropogeografía y, por encima de todo, mucho amor por el mundo. Sin ese cariño, es imposible encontrar estos sitios Fuera del mapa que construyen un libro genial, tan insólito, por ejemplo, como el Atlas de islas remotas (Nórdica y Capitán Swing). De cada episodio, es inevitable pensar, se podría construir una novela.
Por las páginas, intensas y documentadas con rigor, prestando siempre atención al detalle que nos hace sentir humanos dentro del lugar, circulan islas remotas y señuelos de guerra; islas que aparecen y desaparecen; países que no existen o que existen en la conciencia de unos pocos; tierras de nadie y terrenos que todos los países rechazan; ciudades secretas y falsas ciudades; exploraciones subterráneas, la Meca como fenómeno de la economía faraónica basada en la construcción y la destrucción cultural; clásicos como Capadoccia y el único trasatlántico formado por apartamentos, por viviendas y no por hoteles; el aire; la fundación de lugares libres para los cimarrones; pueblos piratas en la costa somalí, abandonados a su suerte, comidos por el desierto y a quienes se le roba la pesca; círculos concéntricos de enclaves de países dentro de países; cementerios habitados por los vivos y un larguísimo etcétera que es mejor descubrir leyendo.

Los perfiles que dibuja Alastair Bonnett (Epping, 1964) poseen más atractivo que potencia. Porque en buena medida prevalece la ambivalencia, lo cual los hace más humanos, sujetos a ambiciones, miedos o deseos. Bonnett nos obliga a repensar nuestra relación con quienes compartimos el planeta: seres vivos y tierra, mar y aire. Incluso con los muertos. Porque el peso de los muertos está vinculado a la identidad y la identidad construida, en buena medida, por el paisaje, por el paraje donde nacimos, nos amamantamos y soñamos con vivir o con destruir. Porque lugares como el océano de plástico del Pacífico es algo que uno sueña con destruir sin importar dónde esté ubicado en ese momento.  Este libro provoca, reinventa la topofilia, el amor al lugar, nos habla de la necesidad de escapar de la sensación generalizada de un mundo uniforme al que solo cabe afrontar de una manera: con la desorientación.

Fuente: La línea del horizonte