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lunes, 18 de mayo de 2026

YOSHE KALB, EL PECADOR

 

Yoshe Kalb, el pecador

Israel Yehoshua Singer

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís

Xordica

Zaragoza, 2026

270 páginas

 



Nos movemos en un mundo que es pura caricatura. Hemos creado una serie de paradigmas que solo sirven para congestionar nuestros días. Todo es una deformación, una serie de convenciones sociales que damos por verdades, cuando se trata de maldiciones. No es posible que la vida sea algo tan rígido. Sobre esto parece estar protestando, todo el rato y sin misericordia, Israel Yehoshua Singer (Bilgorai, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) construyendo una buena novela en la que nos enfrenta a la realidad, y en la que nos enfrenta, al mismo tiempo, a la inmovilidad y la imposibilidad de fuga frente a esa constreñida realidad.

Nos trasladamos a una sociedad judía en la que la tradición se ha instalado sin saber cuáles serán las consecuencias de la misma. Los principios de los dogmas deben respetarse, sin que se justifique por qué se crearon ni cuáles son sus verdaderos beneficios. En realidad, parece que se ha impuesto el fanatismo, como se impone en muchos relatos distópicos. En la primera parte de la novela nos encontramos con un adolescente que se casa, pero al que le atrae la nueva mujer de su suegro, mucho más joven que su marido. Está rodeado de una multitud o, para ser más precisos, está rodeado de tumulto, de personas que forman un mar agitado. Si meternos en su cabeza, solo guiándonos por las reacciones que el autor describe, sabremos que se cuestiona toda la rigidez que acompaña a su modo de vida. Y eso incluye a la familia que, nos da a entender, es una institución de mentira, una farsa, una imposición. Ante tanta duda, a él solo le cabe ayunar y rezar, dos actos bastante inútiles para superar un malestar tan profundo, porque a lo que se enfrenta es a su naturaleza desde la convicción de su condicionamiento, que es bastante extremo. El personaje se dibuja como alguien inseguro, alguien que terminará por actuar de forma imprevisible, pero silenciosa.

La segunda parte nos traslada a otra aldea, a la que llega un mendigo. Es un lugar que padece el mismo fanatismo, el mismo malestar. Aunque cambie de nombre, no será difícil imaginar que ese mendigo es el mismo protagonista de la primera parte, que está ejerciendo el que considera su mayor derecho: la libertad de imponerse una penitencia en condiciones. Pero a la población a la que llega sufre una epidemia, en la que fallecen niños, y entre la confusión se buscarán culpables. La culpa debe de ser de quien actúa de forma divergente, y este tiene que ser alguien que ha venido de fuera, dado que los habitantes del lugar nacieron con la vida ya escrita. Entonces se acusará al extranjero de haber mantenido relaciones con una muchacha deficiente, y le obligarán a casarse con ella. Todo contiene una exaltación religiosa que más bien parece histeria, que es un tanto violenta, pero que quien vive dentro de ella, quien la respira, considera que eso es lo natural.

La tercera parte consistirá en el choque entre los dos mundos, las dos poblaciones, las dos miserias, de un modo que no desvelaremos. Lo que importa, lo que nos afecta, es darnos cuenta del mal que supone el fanatismo, ese que corremos el riesgo de entender que es nuestro ambiente natural, como para el pez lo es el agua. Ese que los grandes escritores, que son grandes observadores, no pueden dejar de ver como una caricatura, porque han sido capaces de tomar distancia y de hacerse las preguntas adecuadas. La publicación de esta novela es uno de los grandes aciertos de esta temporada, a la vez que un grito de advertencia.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

EL PATIO MALDITO

 

El patio maldito

Ivo Andrić 

Traducción de Marc Casals

Xordica

Zaragoza, 2025

388 páginas

 



Para saber en qué consiste eso de ser humano, nada mejor que encontrarse con situaciones dramáticas, situaciones que en algunas sensibilidades podrían rozar la crueldad. Lo sabe Ivo Andrić (Travnik, Bosnia, 1892 – Belgrado, Serbia, 1975), como sabe que la forma mejor en que nos afecte es la de convertirse en un narrador puro, de modo que sus creaciones, sus personajes, nos acompañen emocionalmente, como nosotros los hemos acompañado durante la lectura. Conocer a Fray Petar, por ejemplo, tendrá una intensidad que podría compararse a la que supone conocer al buen soldado Svejk o al mismísimo Alonso Quijano. Petar es un fraile que va contando con más protagonismo a medida que avanzamos en la lectura de estos relatos, hasta llegar al último, El patio maldito, que por extensión podría ser una novela corta. Pero este final, de casi cien páginas, es un regreso al espíritu de Scheherezade: en una cárcel claustrofóbica, presidida por un alcaide brutal, se encuentran unos personajes que conservan cierta inocencia, y esos encuentros darán pie a lo solidario y al regreso de la necesidad de narración propia de la infancia, y también de la infancia del hombre. Se narrarán unas historias que serían maravillosas de no ser por el realismo que contienen. Será, de hecho, este realismo el que imponga su tono a lo largo de todo el libro.

Ivo Andrić nos lleva de regreso a su tierra, a los Balcanes, y a esos periodos de conflicto en los que lo propio de la convivencia de diferentes culturas era en enfrentamiento y el mestizaje estaba mal visto. Acabamos de decir diferentes culturas, pero bien podríamos habernos significado por diferentes religiones. Hay una pequeña tentación a amonestar el belicismo entre religiones, pero lo que se va imponiendo, relato a relato, es la humanidad buena y sentimental, que acabará teniendo su mejor reflejo en nuestro fraile tan bien dotado para la narración oral y la memoria. La impresión que terminará por imponerse es que el volumen puede no tratarse de una novela, pero sí tiene una continuidad, como sucedía en esa obra maestra que se titula Un puente sobre el Drina. Entre las razones que nos llevan a considerar esa unidad está, por un lado, el territorio, fronterizo, alejado, intemporal: «y dado que la tierra es mucho más grande, fuerte y duradera que la vida humana, uno se olvida y se pierde cada vez más en ella»; y, por otra parte, también esa inmersión en los seres que se debaten entre los conflictos propios del ser humano:

«—¡Cuánto mundo he visto, Yekaterina! ¡Cuánto mundo he recorrido!

» Ni él mismo sabía si alardeaba o se estaba lamentando, así que se detuvo.»

Ese debate entre vanidad o autocompasión bien puede simbolizar la idea que tiene Ivo Andrić sobre la entereza humana o la fragilidad humana. La pregunta que aflora, constantemente, es qué les falta a estos seres que, como nosotros, están tan incompletos. Andrić se valdrá para ello de la ética en tiempos de supervivencia, de los traumas o del estrés postraumático, de la violencia, de los atolladeros por ley, de los últimos instantes de vida, del sentimiento de culpa. Nos indicará que la vida que tenemos no tiene nada que ver con la vida que merecemos, nos descubrirá los mundos ajenos, incluso los lugares donde se ofertan milagros, y los enredos cotidianos entre quienes se supone deben prodigar rezos y bondad. Llegaremos, incluso a preguntarnos de qué vale pecar cuando acompañemos a un religioso que se adentra en el monte para confesar a un bandido. Hay una vehemencia contenida en las narraciones de Andrić, muy bien contenida, porque lo que se impone es el puro relato, próximo a la oralidad, y todo el contenido de humanidad que puede haber dentro de las reacciones de cada personaje. Traer a nuestro país El patio maldito es uno de los más grandes aciertos editoriales de los últimos tiempos.


Fuente: Zenda

viernes, 28 de marzo de 2025

CUENTOS ESCOGIDOS

 

Cuentos escogidos

Israel Yehoshua Singer

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís

Xordica

Zaragoza, 2025

301 páginas

 



Cada uno de los relatos que compone este libro no está basado en una historia real, está basado en muchas. Nos habla de una época de pobreza, de una gente pobre, de una singularidad que empobrece. Nos habla de algo que nos afecta, porque la mayor parte de nosotros sobrevivimos en situaciones semejantes, agarrándonos a la vida con lo que podemos, con lo que nos queda a mano, y tratando de ser alguien, ese alguien con quien nos sentimos cómodos. Tal vez la expresión que mejor se ajuste al espíritu de los personajes que crea Israel Yehoshua Singer (Bilgoray, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) sea la que en alguna ocasión utilizó Jung: hacer alma.

Yehoshua Singer refleja encuentros culturales (o contraencuentros culturales), a través de la emigración; expresa la disonancia que suponen muchos encuentros entre la religión y la vida cotidiana; nos habla de los riesgos del autoengaño y de los esfuerzos por salir adelante; sabe que buscarse la vida supone lo contrario a la bohemia; se enfrenta a los peligros latentes de quien se queda sin suelo y sin destino; o nos expone frente a la situación de quien elige la infelicidad, dejándonos con la duda de si no será la infelicidad la que le elija a uno. Los cuentos, algunos lo bastante largos como para poder hablar de novelas cortas, son unas narraciones de desarrollo natural, que nos deja con la impresión de que nos está hablando un narrador puro, una de esas personas que tienen tanta facilidad para el relato como Stevenson o Chejov. No hay fisuras, pero tampoco hay falta de consistencia. Yehoshua Singer tiene temas de los que hablar, como por ejemplo el exceso de presencia de los demás en alguien que se sabe campesino puro, o la soledad rural, mientras nos expresa cómo es la vida de quienes no son burgueses.

Estos cuentos escogidos recogen dos libros que se publicaron originalmente por separado: Primavera y Cuentos póstumos. Lo que comprobamos es que en ningún momento pierde el autor sus inquietudes, como la de sentir que uno no puede hacer casi nada contra las mayores fuerzas que rigen el planeta, que son las voluntades de los demás y la voluntad de eso que, a falta de otra palabra mejor, llamaremos destino. Para ello elabora unos relatos colmados de desplazamientos, de gente que camina hacia algo, pero que no nos atreveríamos a decir que lo hace huyendo. Cabe señalar, por otra parte, la atmósfera que impone el modo de vida judío de esa época, y esos lugares, que si uno se molestara en analizar, comprobaría que bien podría haber sucedido bajo los fundamentos de cualquier otra cultura religiosa. Pero lo más importante, lo que se impone durante y tras la lectura de este magnífico libro, es la impresión de esta conociendo seres humanos, gente que brega por hacer alma. Se trata de una de las grandes obras que leeremos este año, pura literatura.

 

lunes, 25 de noviembre de 2024

ABIGAÍL

 

Abigaíl

Magda Szabó

Traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo

Xordica

Zaragoza, 2024

390 páginas

 



Sigue siendo la adolescencia la edad en que uno no cesa de preguntarse quién es, qué diablos hace en este mundo, para qué sirve la vida, ¡maldita sea!, y qué sentido tiene cada minuto que transcurre sin compañía, sin sentir que uno es querido, que uno tiene ese don, el de querer. Hablamos, claro está, de los momentos vitales en los que se centra el género de Bildungsroman, las novelas de crecimiento, de iniciación, de aprendizaje, de presentación de la vida y construcción de la personalidad. Pero en este caso, en esta extraordinaria novela de Magda Szabó (Debrecen, 1917 – Budapest, 2017) debemos añadir una situación extrema, de esas que convierten la mera existencia en una cárcel: nos encontramos en 1943, año en que Alemania invade Hungría, y será la guerra la que empuje al padre de la protagonista a tomar una decisión tan salvaje como es esconderla. El padre, viudo, que mantiene una relación con la niña que nos hace pensar en el complejo de Electra por parte de la muchacha, tan apegada a él, es militar y la interna, casi en secreto, en un centro escolar aislado del resto del planeta, en una especie de microcosmos con sus propias leyes, como solo puede suceder en las provincias medio remotas. Y estas leyes resulta ser de lo más agresivas para la muchacha. Comienza, entonces, una adaptación, una supervivencia en tiempos de guerra.

Szabó nos habla de qué es lo que sucede durante la guerra, fuera de las trincheras. Esta novela se centra en cómo puede padecerse un conflicto extremo sin que oigamos dispararse una sola bala. La atmósfera que consigue transmitir, y con un pulso narrativo brillante, es la de la melancolía y la de la tragedia, una mezcla sin duda difícil. Nuestra protagonista es un nudo de miedos, porque no sabe estar en un sitio nuevo, tan diferente y con tantas exigencias, y por esa imposibilidad de imaginar cómo va a ser el futuro, tan violento, tan diferente a lo que para ella ha sido el confort de saberse protegida por un padre. A la única figura de referencia la van sustituyendo los profesores y las compañeras, personajes construidos con pocas pinceladas, pero que necesitaríamos varios adjetivos para describirlos, por formar parte de un conflicto, el de construirse en la derrota, que nos impulsa constantemente a continuar con la lectura. El único apunte de intriga es una estatua, la que da nombre al libro, Abigaíl, en la que se entregan y reciben mensajes, una estatua que representa la complicidad, el apoyo, el medio de comunicación y hasta la proyección animista.

Abigaíl nos remite a las grandes novelas del siglo XIX, creando uno de esos grandes personajes que no querremos olvidar, como Emma o David Copperfield. Nos remite a humillados y ofendidos, recordándonos que no siempre provienen de los barrios desfavorecidos. Nos habla de la necesidad de mantenerse dignos a pesar de todo, y de no confundir la dignidad con el orgullo. Es una narración valiente en la que Szabó no se ha complicado a la hora de urdir una estructura que está en función de la entrega medida de información hacia el lector: descubrimos todo junto a la protagonista, la acompañamos como se acompaña a tu mejor amigo. No cabe mayor elogio hacia una novela que pensar que durante la lectura nos hemos implicado de esta manera, sintiendo a los personajes.

jueves, 26 de octubre de 2017

ESCRITO EN EL JARDÍN

Escrito en el jardín

Xuan Bello

Xordica
Zaragoza, 2017
153 páginas

Se nombra a Paul Valéry o a Juan Ramón Jiménez, por su exactitud y su amplitud al hablar, al escribir, porque Xuan Bello (Paniceiros, 1965) trata al lector como a un amigo. Y, sin embargo, a medida que uno va conociendo más el proyecto literario de Bello, que no es grande, pero no le falta la sinceridad de quien escribe sobre lo que ama, a quien más vemos reflejado es a Antonio Machado. Como el poeta andaluz, residente en Soria, presta atención a las cosas pequeñas, cuya suma da algo más que el total del mundo. Ese algo más se llama poesía. Escrito en el jardín sigue siendo un conjunto de cuadros recogidos en diversos instantes. Captar el instante supone mucho más que una fotografía, supone sacrificar todo para ser uno mismo y reconocer que la visión que muestra ha pasado por el humo de las sensaciones. Y las sensaciones se gestaron en la memoria. Recordar, recordar y recordar, en eso consiste la literatura, en renovar el placer de aquel momento, en intentar volver a sentir de nuevo lo que se sintió entonces. Sabiendo las cicatrices que traza el tiempo, hay que ser muy valiente para intentarlo. Como lo fue Machado, un poeta más del pasado que los otros que van apareciendo por el libro. Como lo fue Claudio Rodríguez, a quien le señala un viejo poeta portugués como el mejor de su generación, por encima de Ángel González o Gil de Biedma. Machado y Claudio Rodríguez eran poetas más libres que los otros, demasiado encadenados al proyecto estético, y Xuan Bello es, en ese sentido, un seguidor de su escuela: las cosas libres son los homenajes a las cosas que nos hicieron libres en el pasado.
Y el pasado soy yo. De ahí que, sabiendo que uno termina por escribir sobre sí mismo, Bello escriba más con rumor que con definiciones. El riesgo que corre es que se le tache de ambiguo, pero sus amores están bien a la vista: lo sencillo, lo rural, la distancia corta, los animales de compañía, la estancia en Roma sin dinero en el bolsillo o la emigración del abuelo. Evitando las palabras que se utilizan en los tópicos líricos, Bello elige así su identidad, su itinerario por un pasado vinculado a un afán de ser curioso. Los capítulos pueden ser cortos, pero como en un trazo de un buen conversador, puede ir asociando ideas, hasta terminar el párrafo preguntándose cómo ha llegado allí si la pregunta era otra.
Fiel a su idea de que el tiempo pasado fue feliz, no cae en el lamento, pues está convencido de que ese pasado es, a su vez, promesa de un próximo tiempo feliz. A lo único que se resiste, es a la velocidad del tiempo. De ahí su búsqueda de un lugar apartado de la civilización para vivir, con un jardín y varios gatos, que son los animales más ajenos al sentido del paso de las horas que puede uno encontrar. Y así traza su mapa del universo, una vez más, que es el que cabe en un grano de arena. Y así nos lleva de la mano, de nuevo, por paisajes que en algún momento han estado ocultos por la niebla.
Fuente: Culturamas