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domingo, 6 de marzo de 2022

LAGARTA

 

Lagarta

Gabi Martínez

Geoplaneta

Barcelona, 2022

269 páginas

 



De ser cierto que la proximidad, el contacto, hacen el cariño, uno debería vigilar con mucho más cuidado dónde pone los pies, a quién da la mano, qué aire elige respirar, hacia dónde prefiere que se pose la vista. Es fácil establecer contacto con cuerpos y situaciones que ocasionan lesiones morales: la vida contemporánea ofrece un estupendo abanico de opciones directas a cualquier versión de neurosis, como el alto voltaje urbano o el sadismo de los medios de comunicación. La alternativa sigue estando en lo que nos regala esa palabra antigua, que se ofuscó de tan mal uso como se le ha dado, que es pureza. Pureza supone alejarnos de la maldad y de la insania. Los libros que pertenecen al género de escritura de naturaleza nos regalan esa sencillez que necesitamos, la que nos acerca a una pureza que es fácil compartir, con la que es posible entrar en contacto. Ahí está la tierna sanación de Amy Liptrop en una isla aparentemente hostil, a muestra de ejemplo, o la comunión con un ave de Helen Macdonald para superar un duelo. Y, por supuesto, las obras maestras literarias de Robert Macfarlane o la clásica sabiduría inocente de Thoreau. En España, Gabi Martínez (Barcelona, 1971) se está convirtiendo en el primer representante de este movimiento hacia lo natural. Y ahora nos trae un recorrido por el país, al encuentro de algunas de las especies más amenazadas y más queridas. Su amor por los espacios abiertos y los seres ingenuos, brota de espíritus como el de Félix Rodríguez de la Fuente, con cuyos documentales nos criamos tantos niños.

Hemos dicho seres ingenuos y queremos decir seres libres. El cariño que Gabi Martínez demuestra hacia estos animales lo hemos visto reflejado en otro tipo de obras, al margen de documentales de naturaleza. Durante la lectura uno tiene presente El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez, que finalmente aparece mentado. Pero también esa pequeña joya que es El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, uno de esos libros que lleva el amor a los seres del bosque a un punto perfecto de azúcar. Aunque Gabi Martínez no se queda en los animales, de los que da cuenta histórica y situación ecológica, pues también establece amistad -porque no de otra manera podemos leer su convivencia con las personas- con gente dedicada a cuidarlos. Serán esas personas las que darán sentido a lo que nos hace humanos: el cuidado de los demás. Se trata de gente que nos demuestra que se puede seguir siendo natural, dado que el principal requisito será ser en relación con la naturaleza. La pasión se refleja en una acción de vida, aunque esta acción sea la de aguardar quietos: “La espera vacía nos llena de significados. No ver nunca nada plantearía otra cuestión, pero desear ver mucho y variado sabiendo que no todo se obtendrá, te prepara para ser feliz”.

Leemos sobre mitos -el lagarto de El Hierro, el urogallo, la cigüeña negra, el lince, el desmán-, pero los mitos se transforman en carne y sangre, en seres vivos, en convivencia y en respeto. A la hora de la verdad, de esta búsqueda y de estos encuentros surge un libro sobre el tema de la libertad, que nos define no la idea de la misma, sino la consistencia del sentimiento. Nos habla de la conveniencia de ir a los márgenes para saberse vivo y libre, en una época en la que la transgresión consiste, paradójicamente, en apostar por la conservación de espacios y seres que nos hacen ser humanos, en un sentido de humanidad que lleva recorriendo el planeta desde los tiempos del Génesis. Lagarta es un soplo de aire libre, una invitación a romper suelas muy discretamente por el entorno sanísimo de los espacios naturales. Donde recordaremos que sí es posible cultivar el cariño puro en contacto con lo que más merece la pena.

 

domingo, 25 de octubre de 2020

ALMÁCIGA

 

Almáciga

María Sánchez

Geoplaneta

Barcelona, 2020

200 páginas

 


La tentación a ser reaccionario nos sacude, en los peores ratos, desde la esencia de su contenido: el acoso a que nos vemos sometidos nos empuja a pensar que el mundo era mucho mejor antes que como es ahora. Encontrar un equilibrio entre lo mejor de lo que podemos reconocer en el mundo actual, y lo mejor que podemos rescatar de nuestra memoria, nos permite mantenernos activos, sugerirnos que merece la pena estar en estos tiempos, por muy correosos que sean, pero que existen muchas opciones de mejora. Al fin y al cabo, si no las encontramos en nuestro pasado, ¿dónde podríamos ir a buscarlas? Ahí está buena parte de la consistencia del proyecto literario de María Sánchez (Córdoba, 1989). No es difícil comprender que en términos ecológicos, por ejemplo, a uno le queda la rebelión de ser conservador, como alternativa a ser indigno. Pero no hay alma ecologista que se renuncie a la bomba de insulina y a la justicia social. Los términos son ecofeministas y, a la par, son rurales. María Sánchez nos habla del mundo como un lugar que se desangra y de una sangre incoagulable, y nos habla de la sangre y del calor de la sangre. En el Antiguo Testamento, la sangre es el alma.

Y así es como va desarrollando estos textos, cuyo centro de interés es la recuperación de términos de vida en el campo, con intención de significar que la vida más natural es que implica volverse territorio. Que la vida natural pasa por reconocernos como naturaleza. Que lo propio del hombre es la observación, y que esta observación tenga lugar con un alcance sin fronteras, pero conociendo las raíces: de lo universal a lo propio, de lo particular a lo eterno. Esta Almáciga es un compendio personal de lo que está y lo que ha desaparecido, de lo que uno desearía que siguiera estando y de lo que uno echa de menos, aunque no lo haya conocido. Nos muestra el idioma como una siembra fértil, como unos lazos de hermanamiento. Se trata, en buena medida, de evitar que la tierra se vuelva inútil y callada. Se trata, en definitiva, de dar testimonio de la generosidad de la tierra.

Antes hemos mencionado la rebelión y ésta parece ser un fuego que pertenece a los jóvenes. María Sánchez no renuncia ni esquiva ese aliento juvenil, uno diría que incluso inocente, como se comprueba en su manera de expresarse, en esa frecuencia con la que delata la defensa basada en anhelos y veleidades, en buenas intenciones de ser buenos, en lo natural como sinónimo de lo auténtico. Y lo auténtico es mi pasado, mis ascendientes, el campo. Lo natural es la poesía, mi poesía, la poesía en la que habito o me gustaría habitar. De ahí esta secuencia de palabras favoritas, que son una confesión estética y una defensa moral de una forma de vida.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

KRAKAUER ESENCIAL

 

Krakauer esencial

Jon Krakauer

Traducción de Ton Grass y Alberto Delgado

Geoplaneta

Barcelona, 2020

206 páginas

 


Poseedor de un estilo directo, dinámico, ágil y potente, John Krakauer (Massachusetts, 1954) se lanzó al mundo de las grandes ventas con su obra Hacia rutas salvajes. Aunque más significativa, en el mundo de la literatura de aventuras y realidad, fue la aparición de Mal de altura, en la que relata su versión de una experiencia en el Everest, donde tuvo lugar una de las grandes tragedias que ha sucedido en las cumbres. Aunque, quizá, donde corra más riesgos sea en sus artículos, en los que afronta asuntos relacionados con los viajes, el riesgo y la condición humana frente a lo que solemos mirar con distancia y, con frecuencia, tachamos como locura.

La locura es pensar que lo importante es morir lo más tarde posible. Lo importante, a lo que deberíamos consagrar nuestros días, es a cómo vivir. De eso trata el primero de los artículos que participan en esta selección y que ahora nos regala Geoplaneta. Y el centro de interés será el surf en grandes olas, una de las actividades a las que se consagran aquellos que para unos serán valientes y para otros estúpidos, pero que no puede evitar quien posee un mapa genético que reclama algo que puede ser equilibrio o embriaguez. Krakauer nos habla de las leyendas y de convertirse en leyenda, mientras elabora un elogio dionisíaco de los personajes. Krakauer vuelve a idealizar, sí, y vuelve a no tener la impresión de que está idealizando. Pero para nosotros este detalle no es relevante. Lo que destaca es la pasión, lo que valora es la lucha por no estar muerto en vida.

A continuación, irá desgranando algunas de sus otras debilidades y algunas de sus cualidades como escritor. Por ejemplo, la propuesta de reunir periodismo y geología, mientras nos habla sobre los peligros potenciales, al narrar una ascensión al monte Rainier. O el aterrizaje en la realidad, mientras nos comenta la situación actual de las grandes expediciones comerciales al Everest, obviando a los clientes y humanizando a los sherpas, que trabajan y sufren. O la exposición de la espeleología como una enfermedad mental, entablando paralelismos entre ésta y la búsqueda de vida en marte: ni en lo más profundo de las grandes cuevas ni en el planeta rojo resultará sencillo investigar.

También volveremos a sus afanes, entre los que se encuentra la escalada, y a sus miedos, casi denuncias, como al combinar la escalada con los abogados, tal y como se entiende la abogacía en Estados Unidos, al recordar y tratar de resolver un accidente de montaña en que se ve involucrado el mismísimo Jim Bridwell, un escalador legendario. El sentido de la culpa, nuevamente, de la culpa que uno puede intentar ignorar y de la que uno debería sentir, regresa a los escritos de Krakauer. Incluso, en cierta medida, a cuentagotas, está presente en su retrato de un parque nacional de Alaska que pretende mantenerse inmaculado. Por no hablar de los sangrientos negocios de terapia en la naturaleza, casos que ha investigado y que llevaron a adolescentes hasta la muerte.

El libro termina con dos maravillosos perfiles: el de un arquitecto diferente, que no pretende deslumbrar sino ser funcional y de ahí extraer belleza, un tipo sensato y natural; y el de un escalador maldito, que es un reclamo contra el tedio y las convenciones, y que presenta el reverso del arquitecto, una versión humana de la determinación y la obsesión. Todo para configurar un libro que se puede leer sin levantarse del asiento. Otra experiencia grata, otro buen viaje para el hombre inmóvil.

lunes, 23 de julio de 2018

PIRENAICA

Pirineos a pleno pulmón

Ander Izagirre vuelve a echarse kilómetros a la espalda para mostrarnos los Pirineos desde el sillín de su bicicleta, atravesando la cordillera de oeste a este y subiendo a sus puertos más míticos. Una travesía que disfrutamos tanto como una conversación con el mejor amigo.

Artículo completo en La línea del horizonte.



Lo difícil es hacer de la vida algo sencillo. Una bicicleta por hogar no quiere decir que todo lo que necesites para vivir durante una temporada quepa en las alforjas de un aficionado al cicloturismo. Nada de eso. La bicicleta es el medio de transporte reducido al esqueleto y que obliga al esfuerzo del viajero. Al esfuerzo físico, desde luego, pero también a soportar con humor las penurias. En realidad, lo único que necesita un viajero es una tarjeta de crédito. Pero no se trata de eso, porque supondría quitarle todo el romanticismo al paisaje. La bicicleta y los Pirineos forman todo lo que necesita Ander Izagirre para trazar un proyecto de vida. Sencillo y hermoso. Como en cualquier deporte de naturaleza, se dispone del campo de juego más bonito. Y luego está el aprendizaje, porque exige una ruta y esa ruta es algo que se ha trazado a lo largo de la historia. Desde los esclavos del siglo XX, perdedores de una guerra civil, hasta el Cantar de Roldán, y pasando, cómo no, por la permanente presencia de Induráin.

miércoles, 20 de junio de 2018

PIRENAICA


Pirenaica
Ander Izagirre
GeoPlaneta
Barcelona, 2018
284 páginas

Lo difícil es hacer de la vida algo sencillo. Una bicicleta por hogar no quiere decir que todo lo que necesites para vivir durante una temporada quepa en las alforjas de un aficionado al cicloturismo. Nada de eso. La bicicleta es el medio de transporte reducido al esqueleto y que obliga al esfuerzo del viajero. Al esfuerzo físico, desde luego, pero también a soportar con humor las penurias. En realidad, lo único que necesita un viajero es una tarjeta de crédito. Pero no se trata de eso, porque supondría quitarle todo el romanticismo al paisaje. La bicicleta y los Pirineos forman todo lo que necesita Ander Izagirre (San Sebastián, 1976) para trazar un proyecto de vida. Sencillo y hermoso. Como en cualquier deporte de naturaleza, se dispone del campo de juego más bonito. Y luego está el aprendizaje. Porque exige una ruta y esa ruta es algo que se ha trazado a lo largo de la historia. Desde los esclavos del siglo XX, perdedores de una guerra civil, hasta el Cantar de Roldán. Y pasando, cómo no, por la permanente presencia de Induráin.
Ander Izagirre sale desde su casa para atravesar por completo los Pirineos, de oeste a este, saltando la frontera hacia Francia y de regreso, para subir así los puertos más míticos. Aunque con forma de diario, casi de guía de viajes, se trata de crónicas de las catorce etapas en las que divide el viaje. Como en una guía que se precie, se detalla lo que surge a su paso, en esta ocasión con el estilo de alguien que ya está muy bregado en eso de la prosa para el reportaje. Al mismo tiempo que se cuentan las anécdotas, para que no todo sea información objetiva, para dar fe de que el viaje merece la pena, se abandona el pensamiento al pasado. Se mencionan gestas del Tour de Francia, por ejemplo, que no deberían caer en olvido. Como la de aquel que en los albores de la prueba tuvo que parar durante cuatro horas en un pueblo para ir a la forja de un herrero y fabricarse un tubo con que reparar la bicicleta. Desde ahí hasta Chris Froome, Izagirre no oculta su pasión por un deporte que practicó y del que ahora disfruta. La necesidad de contar esas experiencias, así como de expresar su parecer sobre la historia y capitalización de Andorra o la farsa que se llama Dalí, pues el viaje termina cerca de Cadaqués, el libro es una divertida travesía llena de belleza. Cada valle, cada cumbre, cada pueblo, incluso cada lluvia, se merece el reflejo en un libro editado con un esmero bastante alejado de lo convencional.
Hay osos eslovenos y ermitas románicas, verde esmeralda y niebla, rampas de todas las dificultades, muchas rampas de muchas dificultades, mitos y más mitos, deportivos, religiosos, culturales, un tipo que nos narra y que casi no nos damos cuenta de que estamos haciendo el viaje con él, porque se expresa con la sencillez con que te contaría el viaje un amigo. Esa es, posiblemente, la palabra: amigo. Los viajes a los que nos tenía más acostumbrados Izagirre requerían de un espíritu más guerrero, de otro tipo de valor. Pero la lectura de este libro, en realidad breve, a lo que más se asemeja es a las cartas que te escribiría un amigo, en tiempos de correo postal, y luego a la cena con él, en la que el protagonista del viaje no es tu amigo, sino todo lo que rodea al viaje. Tanto en la geografía humana y divina como en el espectro temporal.

sábado, 5 de mayo de 2018

RECOMENDACIONES DE MAYO EN SAL&ROCA


Las mejores crónicas para el mes del libro

Es el mes de las ferias del libro. Es un mes para pensar en grandes obras por su escritura, en lugar de las aventuras insólitas. Traemos una selección de libros que os encantarán, porque leer es posible que no sea una aventura, pero cuando nos sumergimos en un libro y lo vivimos como propio, que es un derecho que tiene el lector, pocas experiencias nos resultan más gratas. Estos cinco libros son un lujo, diamantes que vienen de las minas de todo el planeta.


Imagen de la India
Julián Marías
La línea del horizonte
104 páginas

Otra de esas recuperaciones a las que no nos terminaremos de acostumbrar, y que tienen a la misma editorial por protagonista. ¿Cómo hace La línea del horizonte para encontrar estos libros? El texto es breve y conciso, con todos los prejuicios razonables y razonados de un pensador cuya mejor cualidad fue la divulgativa. Un hombre joven se interna en las ciudades más representativas con la intención de aprender. Antes hemos hablado de prejuicios, sí, los que podía tener alguien en 1959, que nos resultan tan extraños como la propia India. Con un estilo finísimo y delicado, con mucha ternura por lo que está haciendo, que es, en definitiva, conocer gente, el que más tarde fuera gran filósofo nos lleva a una India original, uno de esos lugares que se están echando a perder. En buena medida, es más auténtico el viaje a través de esta lectura, que el del turista o el mochilero que viajan a Rajasthan el año 2018.
Contaba el filósofo Julián Marías que a sus diez años ya fantaseaba con el universo variopinto de la India. Cumplió con ese viejo sueño a los cuarenta y cinco, cuando en el verano de 1959 recorrió Mumbai, Bangalore, Mysore, Chennai, Calcuta, Delhi y Agra con ocasión de un congreso de Filosofía. India llevaba en ese momento poco más de una década de independencia, pero era ya el joven y anciano país sobre el que muy pronto planearía una enorme masa de viajeros occidentales en busca de algunas de las preguntas y respuestas que ya anticipaba Marías.
De su maestro Ortega y Gasset extrae la pasión por el mirar haciendo nuevo lo consabido, que es la esencia de las imágenes que configuran una idea de India: de su prodigioso cine, a sus ubicuas vacas; de sus muchedumbres urbanas al gentío de sus carreteras; la religión, la muerte y la vida y siempre la alteridad como circunstancia y confluencia de nuevos saberes. Entre los escasos testimonios españoles de la experiencia india, el de Marías, que recuperamos tras décadas de olvido, es de obligada lectura.


China Fast Forward
Sergi Vicente
Península
420 páginas


"En un momento me pregunté si valía la pena que mis hijos vivieran en un país con tanta contaminación o donde lo que comes te puede provocar tres piedras en el riñón como a mí". Esa es una de las preocupaciones de un periodista que ha tardado años y años en destilar este libro. La India y China son los dos observatorios favoritos de los viajeros. Pero Sergi Vicente añade al relato todas sus preocupaciones, no ya solo una crónica de carácter social o el relato de las fantasías. De hecho, el miedo a perder la curiosidad y la pasión le llevó a plantearse escribir este libro. En él, la política, es decir, la presencia del ciudadano en la formación de la Polis griega, la corriente que exige democracia, la ineficacia de la disidencia, carecen de presencia de una forma enigmática. Si quieres formar parte de ella, has de estar prevenido, porque un funcionario te invitará a tomar té antes de ser detenido. El Partido Comunista Chino sigue teniendo la sartén por el mango y eso condiciona hasta el punto de estar integrado en la vida cotidiana, tanto como el arroz. "Todas las muestras de libertad en China no dejan de ser voladuras controladas", confiesa Sergi Vicente, que se ha casado con una mujer de un país en el que apenas se tiene derecho a sacar el tema de los derechos humanos en las negociaciones con otros países, no sea que el gobierno chino deje de comprar aviones a las empresas europeas.

Seguramente tan poco como cuando Sergi Vicente aterrizó allí en 2002 con algunas nociones de mandarín y la idea de dar clases de inglés durante tres semanas. No llegó a utilizar el billete de vuelta. A lo largo de los más de doce años que siguieron amplió sus conocimientos del país, del idioma y de sus habitantes y, convertido ya en corresponsal de televisión, recorrió todas las provincias chinas en busca de la noticia.
Su periplo coincidió con una época de profundos cambios en el país asiático que han catapultado a China a la primera línea informativa. En muy pocos años, la población china, más del doble de la europea, ha pasado de las estrecheces a una confortable existencia de clase media. Como contrapunto, están ahora en primer término el replanteamiento de prioridades político-económicas y las urgencias medioambientales y de seguridad alimentaria de un país demográficamente al límite. Es el precio de estar pasando a cámara rápida del comunismo maoísta al capitalismo de Estado.
China Fast Forward es un relato trepidante, hecho desde el conocimiento del territorio y la cultura chinas. Es una historia de amor y desamor a un país. Pero sobre todo es un libro imprescindible para entender cómo es la China de hoy y cuáles son sus retos inmediatos de futuro.


Pirenaica
Ander Izagirre
Geoplaneta
290 páginas

No vamos a llamar a engaño: Ander Izagirre se ha convertido en el mejor cronista vivo de este país. O al menos, tan bueno como el mejor. Hasta ahora su presencia ha sido algo marginal: sus libros se han publicado en pequeñas editoriales, esas que hacen labor de zapa, que apuestan por gente como Ander, que ya demostró su talento con poco más de veinte años, y que ha viajado por medio mundo antes de cumplir los cuarenta. Pero tiene una debilidad: la bicicleta. Para él es algo más que un vehículo. Es la materia que necesita para internarse en más hermoso campo de juego que posee ningún deporte. Algo que comparte con cualquier otra experiencia de montaña, a la que solo el mar le disputa el trono. En este caso, Ander recorre los Pirineos. Estamos cerca, estamos en casa, estamos frente a algo que también nosotros podemos hacer. De ahí ese formato tan peculiar, pues las crónicas literarias se visten de guía de viajes. Pero da igual el vestido. Ander no quiere ocultar la ilusión, y de esa materia es de la que se nutre la literatura.

Montañas medio mágicas y hombres medio osos, un pueblo de pescadores chiflados y un Tour sin un solo cuerdo, una aldea cubista y un viento surrealista, osos eslovenos y peregrinos coreanos, una guerra que empezó por una señal de Stop y otra que acabó por tres vacas, monstruos tímidos y camareros gruñones, un país enano entre montañas gigantes, emperadores enamorados y condesas pelirrojas, héroes de mentira y esclavos de verdad. Y un zorro.

Pura vida
Patrick Deville
Traducción de José Manuel Fajardo
Anagrama
280 páginas

Hasta que llegó Patrick Deville, leer biografías era un esfuerzo. Se trataba de un género árido, en el que la precisión por el detalle a tiempo se imponía a cualquier trazo literario. La composición era cronológica, la voz templada, la figura central única. Pero Deville ha hecho de las biografías de viajeros una narración espléndida, en la que no le importa confundirnos con la intromisión de personajes improbables, pero no imposibles. En este caso, Williiam Walker es quien da pie a una novela protagonizada por uno de esos tipos que no saben vivir si no es huyendo. Reúne a figuras legendarias de las guerras de Centroamérica, y no le importa intercalar acciones y situaciones ridículas con mitologías que manipula con la misma inventiva que Borges. En las obras de Deville no aconsejamos la lectura crítica y erudita. Se trata de un narrador nato que nos propone entrar en un río a través, siempre, de un personaje magnético, uno de esos tipos de los que uno se pregunta por qué diablos no ha oído hablar antes. Deville está construyendo, poco a poco, un nuevo panteón de leyendas de viaje.

En el centro de este libro está la figura de William Walker, personaje desmesurado, casi inverosímil, pero real. Un aventurero y filibustero nacido en Nashville, marcado por la muerte de su amada y fascinado por los poemas de Byron, que en el siglo XIX partió a la conquista de Sonora –y llegó a fundar una República de Sonora que acabó en fracaso– y después llegó a Nicaragua con un grupo de hombres armados y consiguió presidir el país durante un breve periodo para más tarde, con sólo treinta y seis años, enfrentarse a un pelotón de fusilamiento en Honduras.
Sobre este personaje «entre ridículo y sublime», al que el New York Tribune llamó en su día «el Don Quijote de América Latina», escribe el narrador de la novela desde un hotel de Managua. Y a través de sus evocaciones, pesquisas, recorridos y encuentros emergen conquistadores, libertadores, dictadores y revolucionarios, figuras como Gonzalo Fernández Oviedo, Bolívar, Francisco Morazán, Narciso López, Antonio de la Guardia, el Che y su sombra –el agente doble Che .50, una figura digna de una película de James Bond–, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez...
He aquí una novela total, abierta, poliédrica, laberíntica, que se ramifica en mil historias y dibuja, a partir de la indagación en un personaje histórico disparatado, un collage de imágenes, un puzle de situaciones que dan como resultado una estimulante y panorámica mirada sobre la convulsa historia de América Latina, forjada sobre utopías y violencia. Pura vida es una narración envolvente, erudita y ágil con la que Patrick Deville inició un ambicioso ciclo novelístico que recrea la historia a partir de personajes reales arrastrados por la aventura y el ideal, y del que forman parte las también deslumbrantes Ecuatoria, Peste & Cólera y Viva.


Tierra madre
Paul Theroux
Traducción de Mariano Peyrou
Alfaguara
643 páginas

Este no es un libro de viajes ni de aventuras. No es un libro de olas y cumbres. Esto es una novela sobre una familia que habita en uno de los lugares emblemáticos de Estados Unidos, Cape Cod. Ni siquiera la familia se desplaza, como ya hicieran los protagonistas de La costa de los mosquitos, para permitirle escribir sobre el mismo tema. ¿Qué hace, pues, Tierra madre en esta selección? Sencillamente, rendir un homenaje a quien más se lo merece. Alfaguara publica a la par que esta novela El gran bazar del ferrocarril, el libro de viajes que lanzó al Olimpo de los viajeros a Paul Theroux. Desde entonces, no ha hecho sino deleitarnos. Hasta que en El último tren a la zona verde decide poner fin a sus periplos, explicándonos por qué en unas ochenta páginas que son la mejor reflexión sobre el viaje que se puede encontrar en las bibliotecas.
Cuando alguien suelta la pregunta tipo ¿quién es el mejor escritor de libros de viajes?, las respuestas varían. El primer lugar lo puede ocupar Bruce Chatwin, Jan Morris, Colim Thubron, Patrick Leigh Fermor, Rebecca West o Robert Byron. En eso es complicado ponerse de acuerdo. Pero en lo que todos coinciden es en que el segundo mejor escritor de libros de viajes es Paul Theroux. Por eso siempre estará aquí, con nosotros, incluso en este tipo de novelas en las que no podemos escrutar para distinguir cómo ha afectado una vida de viajes a la literatura que destila.

Para los habitantes de Cape Cod, madre es un ejemplo de piedad, austeridad y trabajo duro. Para su marido y sus siete hijos, es egoísta, a veces mezquina, siempre tirana y disfruta enfrentándolos entre sí. Angela, su favorita que murió en el parto, es la única capaz de entenderla, según dice a los demás. Entre estos se incluyen Fred, un abogado de oficio; Floyd, un divertido profesor; un par de inseparables hermanas cuya devoción por la figura materna ha consumido sus vidas, y JP, el narrador, un escritor de éxito cuyo trabajo menosprecia.
Tierra madre es un punzante retrato del impacto que el narcisismo materno puede tener en una familia, un cautivador, doloroso y a menudo divertido relato sobre una gran familia que discute, conspira, se confabula y finalmente vence los dolorosos lazos que la unen.

viernes, 23 de marzo de 2018

TAILANDIA


Ya fallecí

Ricardo Martínez Llorca
Cartográphica

Desde la orilla, lo más natural es suponer que hace cien años un aventurero de Conrad se encontraba remontando el río Mekhong para tropezar con un demonio seductor en la jungla que alfombra el pie del Himalaya. Este héroe, excitable y afortunado, también navegó en la piel de dulces jóvenes de Indochina cuando ellas aún cantaban frente a los espejos ovalados melodías como licores de azúcar, y paseaban por calles de barro vestidas con faldas de seda ceñidas por los tobillos, deslizando sus talles de vidrio con una ternura venérea. Un siglo después el intruso que recorre el “Puente de la Amistad” sólo encuentra emigrantes laosianos, con los pantalones vaqueros tan raídos como los ojos, lanzándose a la búsqueda de fortuna en las tierras de Tailandia. El Mekhong, uno de los ríos decanos de la historia, fluye como frontera natural, se aprovecha como arteria de comunicación y transporte, y arrastra todo el lodo de Asia, empujando fango y agua dulce desde un recoveco de Tíbet lavado por los monzones en la última estación húmeda. En Vientiane, la capital de Laos, el alemán que regenta el hotel donde me alojo, en el momento de despedirnos me felicita por haber escogido este país como destino de viaje: “Hace cuatro años no había coches, y ayer mismo tardé media hora en cruzar la calle. Dentro de otros cuatro años esto será tan turístico como ciertas regiones de Vietnam o Tailandia. La gente visitará Laos alojándose en hoteles y comiendo en restaurantes donde la televisión esté permanentemente conectada a la CNN, y en los bares pedirán cerveza San Miguel. Se acabó la delicadeza oriental”.
Dentro de una semana debo regresar a España en vuelo desde Bangkok, y decido salvar la frontera. Cruzo el “Puente de la Amistad”. En Nang Khong, una fronteriza ciudad mercado, me albergo en una casa de huéspedes con jardín y vistas al río. Antes de inscribir mi nombre en el registro, corro al retrete y me sorprendo al no dar con el acostumbrado modelo turco, sino una inmaculada e insólita taza de estilo occidental. Al levantar la tapadera descubro un cartel rotulado que avisa: “Para los gentiles culos asiáticos: NO ponerse de pie sobre la taza”. Por el suelo de los servicios y las duchas, de pulidos y sueltos guijarros, vagan las ranas del Mekhong; como todo lo que se tiñe de verde en este país, son de un color intenso y vivo.
Decido permanecer allí un largo fin de semana, tiempo que será suficiente para trabar mi ruta en un fértil vericueto de gente:
Una muy joven pareja de ingleses, con el rostro acribillado a pendientes de plata, acaba de emplearse en el hotel. Todavía no han aprendido a descifrar el libro de registro o los ingredientes del menú. Duermen en la habitación contigua a la que se me ha cedido, y ninguna mañana les apura el timbre del despertador, con lo cual tardan en desembotarse. Al grito de “¡mierda, mierda, mierda!” se incorporan al trabajo sin tiempo para desayunar. En ningún hotel me habían atendido antes con tanto afecto.
A la hora de la cena, un mestizo de cuarenta años y delatores rasgos de la madre África se acerca al comedor para beber un litro de agua mineral en compañía de los visitantes. Nació en Estados Unidos. Pero es hijo de una mujer senegalesa y un hombre de Marruecos. Pasó gran parte de su vida en Nepal y ahora reside en Tailandia. Planea mudarse a Tanzania, “seguramente a Zanzíbar”, me indica. Recorrió el mundo como miembro de las Fuerzas de Paz de la O.N.U., y actualmente posee una librería en la que destacan los estantes destinados a literatura “étnica” (las comillas son mías). Más de la mitad de los libros que llenan esta sección son producto de la fantasía de Tony Morrison. “Hago lo que puedo por reivindicar África. ¿Qué imagen se tiene en Europa de este continente? Cada vez que aparece una fotografía en la sección internacional de un periódico, se ve gente muriéndose de hambre o moribundos y muertos con el cráneo abierto a machetazos; mientras tanto, en la página contigua se encuentra una información sobre un país europeo o norteamericano en la que unos señores de piel lechosa exhiben traje, corbata y barriga, y se saludan con sonrisas sintéticas y dientes de metacrilato. Y creo que el mundo no es de un maniqueísmo tan simple”.
A la hora del desayuno coincido con un danés casi viejo, con iris descoloridos, que no ha saludado a su maquinilla de afeitar en una semana, y en varios minutos ha dado buena cuenta de medio litro de Chivas, pista suficiente como para deducir que ha venido a Nang Khong desde las tiendas libres de impuestos del aeropuerto, sin escalas y tal vez si probar bocado. Se trataba de un fleco del grupo de hippies que en los años setenta se afincó en Goa. Con el cambio del siglo y la llegada de las fiestas de música tecno a su refugio, los hippies piensan en nuevas costumbres, en otras fugas, y maldicen las modas, excepto la moda hippy. El viejo danés se dirige a Luang Prabang, en el corazón de Laos, para ponderar los riesgos y venturas de residir allí, de trasladar su estudio. “Soy artista”, dijo. A media tarde le vi balanceándose en un columpio fabricado con el neumático de un tractor, tumbado boca arriba, cantando coplas a los cúmulos que se deslizaban sobre el cristal del cielo. A su lado, la botella vacía. El color bermellón de la sangre se filtraba al exterior por todos los poros de su cuerpo.
Un cocinero sueco, de dieciocho años, trabaja en un restaurante de Vientiane. Huyó de su país detrás de su novia adolescente, a cuyos padres se les adjudicó Laos como destino diplomático. Cada tres meses, el cocinero cruza la frontera para obtener un nuevo visado de turista. Asegura que para un europeo resulta imposible obtener permiso de trabajo. Durante los tres o cuatro días por trimestre que permanece estancado el Nang Khong, acostumbra a enseñar juegos malabares a sus compañeros de hotel.
Julian, un inglés asentado en Tailandia, casado con una mujer asiática que semeja una silueta de cristal, nos relata el drama de su hijo: el bebé nació sin la arteria que porta sangre fresca del corazón a los pulmones. Su organismo, a modo de compensación, generó numerosas y diminutas arterias, minúsculos sucedáneos, que cumplen esa misión con suficiente entrega como para mantener al niño con vida. En un hospital especializado de Londres le revelaron que una solución definitiva pasa por múltiples intervenciones quirúrgicas. Julian comenta que las posibilidades de que este fallo del código genético se reproduzca en un nuevo hijo son del cien por cien. Después de beber otra cerveza, nos anuncia que su mujer está embarazada.
Cuando al poco de llegar me reúno con un grupo de gente que conversa alrededor de tazas de café, la primera persona que me presentan es un viajero pelirrojo que presume de haber alcanzado ese extremo del planeta sin subir a un avión. Es portugués. Me acerco a saludarle.
-Pues el portugués es un idioma mucho más interesante y útil de aprender que el español –es su respuesta a mi ademán. Reconozco que para expresar su dictamen hacía buen uso del inglés. Yo había avanzado el brazo para estrechar su mano y quedé perplejo, rígido, a merced de su pueril rencor-. Es cierto –insiste-, porque si sabes portugués puedes entender el español, y, sin embargo, los españoles no nos comprenden.
Confieso no sentirme muy orgulloso de mi nacionalidad geográfica, incluso en cierto modo comparto ese parecer que nos adjudica incomprensión hacia nuestro país vecino, aunque de un modo sin duda distinto al que sugería el portugués. Aun así, aquel viajero pelirrojo comenzaba a enfadarme. No soy ingenioso y mi cerebro funciona muy despacio; así, pues, permanecí callado en tanto elaboraba una réplica, permitiéndole continuar con su soflama contra uno de los idiomas de la península ibérica y a favor del otro. Yo juzgaba que era paradójico que la única vez en mi vida que se me han planteado trabas a la hora de relacionarme con una persona de Portugal, la conversación transcurriera en inglés y tan lejos de Europa.
-... eso es lo que les sucedió a mis amigos cuando viajaron por España –continuó perorando, sirviéndose de ejemplos para sostener su tesis.
Cuando, finalmente, pude intervenir, tan sólo discurrí afirmar que con frecuencia yo también tengo problemas para entenderme con la gente de mi país.
-Eso no sucede en Portugal –alegó.
Fue entonces cuando una voz apacible y secular acudió en mi socorro pronunciando la que quizás fuera la respuesta más apropiada a esta reiteración enquistada:
-Oh, qué interesante.
Tenía una piel de pergamino tan milenaria como las leyendas. Los rasgos asiáticos. Era un anciano miope que usaba anchas gafas de pasta negra. Escuálido, con la cabeza redonda y grande y el pelo negro azabache y una horrible verruga en su mejilla izquierda. Era, además, bajito y cojo. Sostenía frente a él, con ambas manos apoyadas en la empuñadura sin tallar, un bastón de madera sin más adornos que las vetas y nudos vegetales, pintado con un barniz muy oscuro. Jo era un apátrida de origen filipino, y poseía setenta años asidos como lastre a sus piernas.
El portugués prolongó su retórica de agraviado unos minutos más, pero en ese momento yo había conseguido vencer mi rigidez y había ocupado un asiento junto al anciano. Cada vez que un navajazo a mis escrúpulos me impelía a responder, Jo, que parecía prestar seria atención a la soflama, se me adelantaba exclamando levemente “Oh, qué interesante”. No percibí el menor poso de elogio o ironía en su voz.
Media hora más tarde, un victorioso portugués parte a una insobornable conquista lexicológica de Laos, China y Siberia.
Durante los últimos meses Jo había sido fiel a esas tertulias que se gestaban al sopor de la sobremesa. Las sombras verdes y frondosas de las veras del río otorgaban al aire un clima benigno, que Jo aprovechaba como refugio para corregir el manuscrito de un libro. A caballo entre la ficción, la novela histórica y el ensayo artístico, Jo pretendía narrar la edificación sentimental de un palacio y una cúpula que un príncipe indio dedicó a su amada.
-¿El Taj Mahal? –indagué.
-Parecido. Es un caso parecido, anterior y bastante más pobre.
Unos meses más tarde, mientras viajaba por el estado indio de Karnataka, visité este palacio. Pero esa historia pertenece a Jo.
No creo que exista forma humana de sumar los metros que Jo había recorrido a lo largo de su vida. Aunque acostumbraba más a escuchar que a imponer su voz, que semejaba pliegues de aire, en ocasiones refería alguna anécdota de sus viajes, y siempre comenzaba citando el año en que sucedió:
-En 1972, cuando me encontraba en Kenya, tratando de seguir, por tercera vez en mi vida, la ruta en torno al globo terráqueo que dibuja el ecuador...
Al cabo de dos días coincidiendo frente al tumultuoso río pardo, le pregunté cómo había conseguido viajar tanto, de dónde había sacado tiempo, dinero y eso que se conoce como ganas y se significa por la escasa nostalgia por una aldea a la que retornar.
-No tengo tierra. Nací en Filipinas y me alejé pronto de allí –contestó-. Mis padres murieron cuando yo era un crío. Aprendí inglés siendo adolescente. Una vez que dominé con cierta solvencia esta lengua, y cuando tenía en mi poder un permiso de trabajo y residencia en Gran Bretaña, olvidé mi idioma materno. Ahora mismo, sería incapaz de pronunciar un monosílabo en ese dialecto. La verdad es que mi inglés dista de ser perfecto, pero es el único idioma que domino con corrección suficiente como para no cometer graves errores gramaticales al escribir. El principal defecto de mi inglés literario es la escasez de léxico. Como comprenderás, el sentimiento que vierto hacia el idioma, al carecer de uno que pueda designar como propio, es similar al que experimento por la patria. Nunca he tenido casa ni dirección fija, y jamás he acumulado más bienes de los que puede contener una mochila. Ni siquiera ahora, cuando la vejez me obliga a permanecer casi inmóvil, hago acopio de pertenencias. Posiblemente sea por eso por lo que pude viajar tanto, moverme tanto. Nunca tuve un destino al que regresar.
Recuerdo sus constantes silencios muy atentos. Al revisar mis cuadernos, encuentro frases suyas dispersas. Busco reunirlas para componer un discurso que admito como impropio de su cansancio crónico y muy débil.
-De joven trabajaba muy poco –confesaba-; tal vez dos o tres meses al año. El resto del tiempo lo dedicaba a peregrinar por el mundo. Como apenas acumulaba dinero no gastaba en transportes y me desplazaba únicamente andando o en autostop. Comía frío a diario; durante semanas me alimentaba de fiambre y pan y latas de bonito. He dormido en las cunetas de todas las carreteras de la Tierra. Pero eran otros tiempos. Hace treinta y cuarenta años en las carreteras apenas se presentaban riesgos.
Cuando callaba se podía sentir el flujo de la sangre atravesando su corazón y resonando contra las costillas en un eco suave.
-Empecé a considerar que pisaba el lodo de un problema hace menos de diez años, cuando me di cuenta de que no podía vivir eternamente así, que mi salud se resentía y que no había ahorrado dinero, ni disponía de rentas ni había cotizado lo suficiente en ningún país como para percibir una pensión. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que los escritores cobran un porcentaje de las ventas toda la vida y opté por dedicarme a escribir. Como lo único que sé hacer es viajar, quise consagrarme a las guías para viajeros. Y así, a través de gente que había ido conociendo, contacté con Tony Wheeler, el fundador y director de Lonely Planet. Le pregunté qué países le gustaría incluir en su catálogo, aunque ofrecieran aparente dificultad, mayor aún para un hombre de sesenta años. He escrito las guías de Pakistán y Bangla Desh. Por si algún día pretendes contactar con él, debo advertirte que Tony, además de simpático, es un auténtico mercader. Sabe vigilar su negocio. Recuerdo que para hacer el viaje por Bangla Desh me entregó un dinero que apenas bastaba para sobrevivir allí dos meses; protesté por la falta de tiempo y recursos. Tony me respondió que a él le interesa la gente que viaja deprisa, deprisa, pues de lo contrario, teniendo en cuenta el tiempo que supone la producción y distribución mundial del libro, la información llegaría caducada a los lectores. La verdad es que siempre aparece caducada; en ocasiones las noticias que aportan las guías son arcaicas.
Después de muchas horas conversando, me fijé en sus iris oscuros. Tenía ojos de antaño, con un brillo de aceite, como si estuvieran vivos y embalsamados.
-¿No conocerás a Joe Cummings? –me preguntó-. Joe preparó las guías de Tailandia y Laos. Coincidí con él aquí, sentados a esta misma mesa, mientras recopilaba información para escribir sobre Laos. Lo que hizo fue instalarse en este hotel y alquilar una moto. Todos los días cruzaba la frontera antes del amanecer y regresaba por la noche. Apenas durmió un par de veces al otro lado del Mekhong. Estuvo dos semanas trabajando así para recoger toda la información que consta en la biblia de los viajeros que atraviesan Laos. Una vez al año pasa por aquí, para renovar la guía de Tailandia, y se sienta a cenar con Julian; le hostiga a preguntas: qué hoteles han abierto y cerrado, cuáles son los precios de los restaurantes, si han cambiado los horarios y las tarifas de los autobuses y los trenes, etcétera. Así se elaboran los manuales en los que tanto confían los mochileros. Al igual que los novelistas de ficción, los autores de guías osamos hablar de cosas que tal vez existan, pero que no conocemos personalmente.
Me desconcertaba la capacidad que Jo tenía para respirar inmóvil, se diría nutriéndose del silencio.
-Recuerdo que cuando estaba en Bangla Desh tuve que llamar a Australia y pedirle a Tony más dinero y otros quince días para terminar el trabajo. No sé conducir una moto. Siempre me he movido en transportes públicos, y en Bangla Desh son escasos y no muy veloces.
-¿Sólo escribes guías? –interrogo- ¿No te has propuesto trabajar para una revista o escribir una novela?
-También he escrito algunos artículos para revistas y periódicos, pero nunca quise atarme a nada. Ahora confío en encontrar editor para mi libro. Ya estoy haciendo las correcciones de estilo. Supongo que cuando acabe esta tarea buscaré otro lugar donde albergarme unos meses, tal vez al sur. Viajaré así de despacio hasta que decida que se ha acabado mi tiempo. Tengo la fortuna de saber que puedo elegir la fecha de mi muerte. Ya fallecí una vez, hace un par de años, durante una operación a corazón abierto. Recuerdo que no había nada y de repente me descubrí viajando hacia una luz muy intensa. Al principio creí que esa luz significaba el otro lado de la vida, que alcanzarla equivalía a morir, pero de pronto me di cuenta de que se trataba de la lámpara del quirófano. Entonces me di la vuelta y descubrí que acababa de abandonar mi cuerpo. Los cirujanos se esforzaban, operaban implacablemente, inútilmente, maniobraban con todas mis vísceras al aire, azotaban mis órganos. Entonces decidí que aún no había llegado mi hora y regresé a este caparazón de piel y huesos. De aquel tropezón con la línea de la muerte conservo esta cojera; algo dejó de funcionar en el riego sanguíneo de mi pierna, que pareció morir para advertirme siempre del peligro que corro paseando por esta Tierra. Tal vez por eso ahora duermo tanto. ¿Te extraña esta dualidad tan evidente entre cuerpo y alma? Intentaré explicarla con un interrogante y un ejemplo. ¿No tienes la impresión de que un pedazo de tu alma te abandona si contemplas cómo se adormece la tarde, y que tienes que hacerlo regresar de los colores de miel y cobre en que se ha enfrascado por que tiende a huir tras ellos?

martes, 30 de enero de 2018

ISLAS DES-CONOCIDAS

Islas des-conocidas
Un archipiélago de mitos, misterios, fantasmas y fraudes
Malachy Tallack
Traducción de Blanca Ribera y Jorge Rizzo
Ilustraciones d Katie Holmes
Geoplaneta
Barcelona, 2017
143 páginas

Después de libros tan maravillosos como Atlas de islas remotas (Nórdica y Capitán Swing) y Lugares fuera del mapa (Blackie Books) uno sigue deseando que aterricen en su mesa de trabajo más libros con ese espíritu. Este Islas des-conocidas no decepcionará al amante de aquellas dos obras, con el añadido de presentarse en formato de libro ilustrado, un hermoso ejemplar de buen gusto en el diseño, en la maquetación, el color y todo lo que tenga que ver con las artes visuales. Un libro para regalar y para regalarse, pero no para ser hojeado y guardado en la estantería de libros bonitos sin haber leído el texto. Cada pieza, cada isla, es una demostración literaria de las virtudes de la condensación y la reducción a lo que importa. Cada isla posee un valor añadido, añadido por el hombre o los hombres a lo largo de algún periodo histórico, como para merecerse ella sola un libro de este calado. El trabajo de Malachy Tallack es una puesta a punto perfecta de un motor en el que el combustible es geográfico, histórico, arqueológico, etnológico y etimológico, a lo que cabe añadir cierto saber periodístico narrativo, es decir, de género literario en el que interviene el fraude y esa versión del fraude que tanto amamos que se llama fantasía.
Las islas suelen representar continentes reducidos, autosuficientes. De ahí que o bien sean paraísos naturales, donde la convivencia con la primavera es permanente, o civilizaciones perfectas, donde el hombre ha sido capaz de crear la Polis mejor equilibrada. Partiendo de estos dos tipos de islas, Tallack da por supuesto que todas son reales por el mero hecho de que se pronuncian, de que tienen nombre, de que si existen en las culturas, aunque sea en forma de mito, eso les confiere realidad. Tal vez no verosimilitud, pero ese valor no siempre marca una diferencia de calidad literaria. Para ayudarse en la organización del trabajo, divide las islas en seis bloques, en los que presenta cuatro o cinco ejemplos de cada una de sus categorías. Los bloques van evolucionando de lo legendario a lo científico. De hecho, el primero es un grupo de islas culturales, que son un pueblo porque son parte de su imaginario, de lo que consideran sus orígenes, su ideal. Se trata de islas que son fuente y son destino, orígenes de rituales, por lo general vinculados a la muerte, hacia las que los espíritus viajan de manera que, en estos casos, el mar es un puente entre la vida y la muerte. No se puede ser más isla.
En el segundo bloque añade lo geográfico a lo mítico, de modo que se pegunta sobre la credibilidad de las mismas, o se da fe de cómo se ha cuestionado a lo largo de siglos. Durante esa temporada, a los cartógrafos les costaba no apuntarlas en los mapas porque aparecen en los límites de lo navegable. Alcanzarlas suponía una hazaña y cada cultura se apuntala sobre sus héroes. Tallack salta a una precisión más geográfica en las siguientes islas, sobre las que se debatió en los inicios de la ciencia moderna, cuando se exigía la certificación por varios cartógrafos. Estas islas salieron, con frecuencia, de la codicia. El parte podrían basarse en un hallazgo real, tangible, pero en cierta medida son un fraude que necesitó alguien que sostuvo su existencia, contra viento y marea, a partir de un solo avistamiento. Cabe la posibilidad de que fueran islas fugaces, que desaparecieran.
El salto será, pues, hacia las islas románticas, las islas que realmente pudieron existir y hundirse, islas confusas de las que nos cuesta renegar, como la Atlántida. La duda de su existencia surge por la aparición de una isla idéntica en distintas culturas. Triunfarán entre la gente en tiempos de hipótesis y del deseo de ciertos estados de hallarlas para incrementar su producto interior bruto. El siguiente grupo de islas será, pues, las islas tristes, las islas de los perdedores, de los individuos que vieron en ellas sueños de gloria, de desesperados por salir del arroyo, que anticipan las últimas islas, a las que lamentamos llegar, porque supone llegar a nuestra época, donde resulta imposible ocultar algo tan cartográfico como una isla. Serán islas perdidas, tal vez atolones que desaparecieron bajo el mar, jardines ocultos por culpa de algún movimiento de placas tectónicas, o icebergs de tal tamaño que uno pudo confundir con islas durante décadas. La sensación de pérdida se impone, el canto melancólico por los siglos en los que el hombre se enriquecía con la idea de que quedaba mucho sin explorar, el lamento de estar vigilados por los satélites y tener acceso a cualquier rincón a través de un teléfono móvil. Y la desaparición de la navegación como una ciencia para valientes, porque apenas existe la incertidumbre ni siquiera en el océano. Lo cual nos invita, una vez terminado el libro, a volver a empezar, porque siempre nos quedará el consuelo de la literatura.


 Fuente: La línea del horizonte