La
revolución de las luciérnagas
Manuel
Rivas
Debate
Barcelona,
2026
140
páginas
La
desaparición de las luciérnagas refleja algo más peligroso que un mundo sin
insectos: nos habla de la desaparición de la belleza. Manuel Rivas (A Coruña,
1957) propone que la belleza sea considerada el antónimo de inmoralidad, y por
tanto el antídoto contra el mal. Porque el problema es que la maldad existe. No
vamos a detenernos a deliberar sobre si es una patología o el diablo
enrabietado. El caso es que existen los efectos de la maldad y son terribles:
que desaparezca algo tan hermoso como las luciérnagas a consecuencia de su paso
sin frenos es una realidad y una metonimia sobre la desaparición de la vida:
«Cada uno de nosotros, cada persona, necesitamos una luciérnaga para alertar de
lo abyecto, de lo inadmisible. Una luz sentipensante. La que nos dice: “No te
conformes. ¡No te acostumbres!”».
De
entrada, cabe decir que acostumbrarse a la piel del mundo que Rivas va
reflejando es casi imposible, porque si algo lo caracteriza es la velocidad del
cambio. Es decir, a lo que habría que acostumbrarse es a esa velocidad, a la
que califica como un narcisismo tirano que va ocupando los puentes de mando.
Ese es el origen del Estado de malestar, de la distopía que estamos viviendo y
que tanto tiene que ver con el negacionismo de todo tipo: basta con dar la
espalda al mal para pensar que uno es inocente mientras da de comer a las
palomas. El libro, este La revolución de las luciérnagas, es una obra
pesimista, un lugar donde a idéntica velocidad a la que cambia el mundo, Rivas
enuncia todas las consecuencias del mal, desde las personales y psicológicas
hasta el daño al planeta. En ese sentido, es un ejercicio de asociaciones enriquecedor
que nos lleva desde Caín y Abel a Cunqueiro o George Steiner. Y, por supuesto,
por ahí aparecen vacunas ineludibles en la obra y el espíritu de Rivas, como la
que representa John Berger. «La verdadera identidad es la excitación
destructiva», escribe Rivas, resumiendo la actualidad que atraviesa para
dejarnos con la sensación de que no podremos reconstruir el puzle, porque lo
que se ha impuesto, definitivamente, es el caos pernicioso, el dolor, el
vértigo. Rivas pretende agitar el manzano para comprobar si cae alguna manzana,
pretende inquietar, y nos advierte de que podemos adaptarnos o integrar otra
manera de no sufrir el infierno, la que exige un continuo aprendizaje: «buscar
y saber reconocer lo que no es infierno en medio del infierno. Una vez
detectado: hacerlo durar, darle espacio, cultivarlo». No es casual tanta
referencia a una vida semejante a la del jardinero o el hortelano, porque son
quienes nos enseñan a cuidarnos de las plagas y respetar a las luciérnagas.
En
realidad, lo que Rivas pretende es actualizar el concepto de desobediencia
civil de Thoreau. Para ello hace uso de las palabras, y no de cualquier manera,
porque la sucesión de palabras construye ideas, construye pensamiento. Su fe
radica en la consecución de una gramática cívica. En cierto sentido, este
ensayo está más cerca de la canción protesta que de la erudición sesuda, pero
sabiendo que es la canción protesta la mejor forma de presentar ese espíritu
sentipensante al que alude Rivas, dado que no solo necesitamos conocer la letra,
sino también la música, más necesaria que nunca frente a la presión y el
peligro, frente a lo que él llama La Máquina de Hacer Desesperar. Frente a la
maldad, hay que elegir la belleza, que tan intrincada está con la dignidad:
«Limpiar el miedo y poner en el corazón del mundo, en cada comunidad, escuelas
de excitación creativa y viveros de naturaleza. El polen de una nueva
abundancia». Sea.
Fuente: Zenda

No hay comentarios:
Publicar un comentario