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miércoles, 1 de abril de 2026

LA AGUJA DORADA

 

La aguja dorada

Montserrat Roig

Traducción de Gemma Deza Guíl

Consonni

Barcelona, 2026

267 páginas

 



«En el otro lado hay una mitad de nosotros mismos», dicta una de las últimas frases con las que Montserrat Roig (Barcelona, 1946 – 1991) culmina este viaje. La aguja dorada contiene viaje, sí, pero viaje en todos los sentidos, en desplazamientos geográficos y en revitalización interior, en aprendizaje y en descubrimiento, en desarrollo y en divulgación, en lo que supone aguantar y en lo que supone emocionarse. Corre el año 1980, cuando todavía no sospechábamos que pudiera caer el muro de Berlín, y Roig emprende un viaje a Leningrado con intención de escribir un reportaje sobre el sitio de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército nazi tomó la decisión de rendirla por hambre y frío. No es nada extraña esa confesión que hace al principio, cuando habla del miedo que sentía: «Miedo a pasar por aquel país sin retener las “cosas” y no los hechos, las personas y no las fechas, la vida y no la historia, sin pisar las calles con la mirada de los pies, de verdad, cuando los pies te hacen de ojos y te conducen hacia lo que desconoces perro que eliges de manera inconsciente». Tal vez ese miedo sea necesario para construir la segunda parte de este libro, una magnífica decantación, tras varias entrevistas, de lo que supuso la guerra en la población, persona a persona, de la ciudad. Roig conocerá a gente que vivía con la muerte y, sobre todo, con demasiado recuerdo de la muerte.

Pero antes ha tenido que superar varios episodios y algunas barreras. La primera de ellas la forma la propaganda. Cabe recordar que 1980 es el año en que se celebraron Olimpiadas en Moscú, y a ese país, la Unión Soviética, llegó Roig: todo debía ser un escaparate, por mucho que la trastienda estuviera vacía. Le facilitarán un intérprete bravucón, borracho y empachado de ideología y tradición, obsesionado con los agentes que le espían en todos los rincones. Con él conformará una pareja que podría igualar en intensidad narrativa a Don Quijote y Sancho Panza, de no ser por la incomodidad que genera y que Roig sabe contener a la hora de expresarla. De hecho, Roig se vale de esta incomodidad para hablar acerca de los conflictos con la época que les está tocando vivir a los soviéticos. Pero la presencia del intérprete, fatigosa, impide a Roig encarar su trabajo, atender al arte, a la vida cotidiana y a la historia en condiciones. Lo que se impone es el choque de civilizaciones, una adaptación que a Roig le resultará imposible.

Roig coloca un interludio en el viaje para hablarnos de Pushkin y de Sostakóvich, mientras aguarda a un nuevo intérprete. Resulta galante encontrarse con el poeta y el músico, y con los conflictos y la supervivencia, gracias al estilo sereno de la autora. Pero el plato fuerte vendrá a partir de entonces, cuando el nuevo intérprete, un tipo ingenuo, resultará ser alguien que le facilita el trabajo, gracias al cual puede comenzar la verdadera labro, la de conocer gente y ver el lugar y la guerra a través de sus ojos. Y con lo que nos vamos a encontrar es con otra de esas experiencias literarias que quitan el aliento. Con una tristeza que desborda, va narrando episodios de la vida, si es que aquello se podía llamar vida, de supervivientes. Roig hace gala de una capacidad narrativa muy humana, se identifica con el sufrimiento sin caer en excesos sentimentales, y refleja todo con una empatía que nos llevará a preguntarnos si no es precisamente esto, la empatía, el principal atributo por el que debemos valorar una obra literaria. La tentación es a responder que sí, porque Roig escribió uno de esos libros inolvidables gracias a ella.


Fuente: Zenda

miércoles, 6 de noviembre de 2024

ALIENTO, OJOS, MEMORIA

 

Aliento, ojos, memoria

Edwidge Danticat

Traducción de Damiá Alou

Consonni

Bilbao, 2024

237 páginas

 



Uno emigra creyendo que la solución está ahí, lejos, en el destino, que el lugar el al que se dirige tiene mucho en común con el cielo. Pero cuando sale de casa deja atrás la pelota de trapo y la cajita de cartón con soldados de plástico que le acompañaron en la infancia. En realidad, uno deja atrás la infancia. Para salir de la pobreza, mucha gente se ve obligada a saltarse todas las etapas que supone ir madurando, saltarse la pubertad y los besos adolescentes entre los coches, para afrontar la vida del adulto sin otra nostalgia que no sea la de echar de menos caminar descalzo sobre la arena de la playa o los guijarros del patio de la escuela. El lamento es no haber tenido derecho a surcar los años de juventud dejando una estela blanca, con lo que los recuerdos no nos ocasionan tristeza sino desgarro. Nada queda de hermoso, ni siquiera la esperanza de que la mejora económica de la vida suponga una vida más feliz.

Eso le sucede a la protagonista de Aliento, ojos, memoria, que parte de Haití siendo muy jovencita y vigilada por su madre. La obsesión de la madre, su vigilancia, se centra sobre todo en la virginidad. Para poder salir de la atmósfera tóxica, apenas cumplida la mayoría de edad se enamora de un hombre mucho mayor que ella, con el deseo de que todo salga bien. La novela de Edwidge Danticat (Puerto Príncipe, 1969) fue publicada originalmente en 1994, y Consonni la rescata en un momento en que el debate sobre migración está candente. Hay una propuesta de carácter político en la obra, la de decirnos que no hablamos de un fenómeno, que hablamos de migrantes. Y que las vicisitudes suponen violencia real, violencia en la carne y en los sentimientos. Danticat nos lleva por la vida de esta mujer, Sophie Caco, presentándonos al personaje en varios momentos de su biografía, los más significativos. Pero en las elipsis también hay sucesos, también hay cambios, porque ha habido sufrimiento, el que arrastra consigo por las tradiciones y el que resulta de las dificultades de la integración. Danticat no intenta aprovecharse de la ventaja sentimental que la historia podría ofrecerle, y elige dirigirse a nosotros haciéndonos testigos, y eso que está dando voz a la protagonista, que es quien nos habla. La verdad es que la implicación demasiado emocional nos aturdiría, porque bastante duro es ir guardando cuentas de los acontecimientos. Eso nos lleva a admirar a la narradora, a la protagonista, y a ir conservando la esperanza de que sabrá conducir su propia vida. El anhelo de belleza que debe tener toda obra artística, en este caso se nos muestra al desnudo, es decir, con mucho anhelo. Ese es, posiblemente, el gran acierto de esta novela.

lunes, 2 de octubre de 2023

MIL MILLAS HACIA LA LIBERTAD

 

Mil millas hacia la libertad

William & Ellen Craft

Traducción de María del Rocío Fernández Pérez

Consonni

Bilbao, 2023

95 páginas

 



Este libro no está escrito, este es un libro en el que se nos habla. El matrimonio Craft, que se expresa a través de la voz de uno de ellos, el marido, William, escapó de la esclavitud en el año 1848. Para ello urdió una treta, en la que ella, Ellen, que podía hacerse pasar por blanca, simulara ser la dueña del esclavo que la acompañaba, y se dirigirían en tren a Filadelfia. Pero ni siquiera en un estado abolicionista estaban seguros. Las legislaciones eran terribles en todo el territorio, y amparaban siempre al malhechor, que en este caso eran los dueños, los poderosos, los violentos. En el libro apenas se menciona el maltrato, no existe nada de recrearse en las condiciones infrahumanas de vida de los esclavos. Eso lo deja el narrador para otras voces. Aquí de lo que se trata es de enfrentarnos a unas costumbres, entrelazadas con las leyes, que impedían a seres humanos ejercer de tales. De hecho, el libro está escrito con algo que llamaremos piedad a falta de un término menos manipulado. Hay compasión y misericordia, y hay un espíritu religioso en estos protagonistas, que no cesan de invocar su confianza en que exista un buen dios. En algún lugar debería haber hombres buenos y ellos están dispuestos a recorrer medio planeta con tal de encontrarlos. Porque quieren asegurarse de que los hijos que van a tener no vayan a sufrir la suerte que padecieron ellos y sus padres y hermanos: una separación obligada, cruel, asesina, antes de tiempo.

Sorprende encontrarse con un país tan dividido como era Estados Unidos en aquella época, donde los principios básicos de relaciones sociales contrastaban en extremo. Pero las decisiones políticas cubrían las necesidades de los terratenientes, amparándoles en todo momento. Y sorprende el atrevimiento en el viaje de esta pareja, que parece hacerlo con serenidad a lo largo de varios días. Pero apenas se permiten dormir y no siempre encuentran benefactores. Pero lo que más sorprende, sin duda, es volver a visitar estos tiempos que hoy en día nos resultan inconcebibles, ese racismo que se entiende como una relación natural. La forma de mitigarlo, por no decir combatirlo, que tienen nuestros protagonistas es la voz del narrador: siempre firme, carente de ningún rencor, centrada en una supervivencia que no sucederá en caso de perder la compostura. Será esa entereza lo que destaque, la que haga de este testimonio algo muy especial, algo que merece la pena ser reconocido. Este se un libro valiente en el que no existe ningún atisbo de presunción de valor, pero sí mucho de ejemplo, de demostrar con actos qué es la dignidad.

miércoles, 23 de marzo de 2022

RITUAL DE DUELO

 

Ritual de duelo

Isabel de Naverán

Consonni

Bilbao, 2022

167 páginas

 



La literatura testimonial busca volver a ver el sol en la ventana cuando uno abre los ojos. Es así de sencillo: todo se ha apagado, se ha venido abajo, y uno se plantea si lo que expresa es rendición o es terapia mientras no puede dejar de escribirlo. De esta manera, vagando entre dudas, se le van a uno las ideas al papel, unas ideas que quisiera que no fueran tales, sino sentimientos. Las condiciones del lenguaje topan con la cualidad de ilimitado de los sentimientos. Faltan palabras y nuestro recurso, en este caso, es acudir a la memoria, esperando que con ello se pueda suplir esa carencia. Las experiencias deberían solventar, aunque sea en parte, esa falla. Y también están las metáforas, claro. De hecho, cuando uno acude a este tipo de literatura, que no cauteriza y apenas consuela, al menos al autor, pero que expresa algo que necesita compartir, se da cuenta de que otras artes poseen otros milagros. Estos milagros podrían serenar más, pues transmiten mejor las emociones, los sentimientos. Ahí está la pintura, por ejemplo, y eso por no hablar de la música. En la literatura testimonial uno es puro empaque emocional y apenas posee unos caracteres para expresarlo.

Elegir un lenguaje formal, como hace Isabel de Naverán (Getxo, 1976) en este Ritual de duelo es bastante arriesgado. Nada de tropos, nada de adjetivos acumulados, nada de aquello que nos remita a lo que consideramos propio de la poesía. De haber poesía, tiene que deducirse de lo narrado y, tal vez, de compartir experiencia con la narradora. El fallecimiento de una madre le deja a uno a la intemperie y eso, que casi todo el mundo conoce o acabará por conocer, basta. En este caso, se trata de una desaparición anunciada tras una larga enfermedad terrible, uno de esos males degenerativos que acaban por transformar un cuerpo que tuvo vida en un cúmulo de átomos sin sentido. Y, mientras tanto, debemos mantener la firmeza, ya que dudamos hasta de la posibilidad de mantener la dignidad. De este calado es la tormenta, una tormenta que, eso sí, cabe calificar como humana: no se trata de una lucha que nos haya enviado un Dios para navegar con esfuerzo, sino de una etapa de construcción, en la que vamos dándonos cuenta de que podemos ser mejores, pero que por el camino nos vamos a dejar demasiadas cosas que también son buena. Transformaremos la fuerza en luz. Y en medio de esa luz estará siempre la presencia de aquel a quien tanto echaremos de menos, a quien tanto querremos parecernos a partir de ahora. Desde aquí sólo cabe repartir abrazos a las familias que, como la de Isabel de Naverán, han padecido esta lluvia púrpura.

jueves, 30 de septiembre de 2021

AGUA DULCE

 

Agua dulce

Akwaeke Emezi

Traducción de Arrate Hidalgo

Consonni

Bilbao, 2021

241 páginas

 


El personaje es “una niña precoz pero de moratón fácil, constantemente perforada por el mundo, por las palabras, por las burlas de Chima y sus amigos, que se reían de su cuerpo porque era blando y redondeado”. 

O, al menos, ese es el personaje durante la infancia. Lo cual apunta a una novela de crecimiento, una novela de aprendizaje, que se nos presentará de una forma muy imaginativa, o al menos muy imaginativa para el contexto del mundo occidental. Son tres las voces que nos irán hablando, aunque una de ellas, la de la propia protagonista, de forma muy ocasional y para recitar un poema o expresarse de manera epistolar. Las otras dos voces pertenecen al interior de la protagonista. Si Virginia Woolf nos mostró que se podía escribir una novela que sucediese por entero dentro de la cabeza de un personaje, Akwaeke Emezi (Nigeria, 1987) nos enseña que dentro de un personaje, de una persona, existe algo más que lo que protege el cráneo. Por un lado están esa voz que habla en primera persona del plural, Nosotres, que se traduce en un término de vocal final neutra significando la universalidad, pues se trata de una suerte de demonios, de conciencias, de dioses interiores que afectan a hombres y mujeres. Se nos presenta, en buena medida, como parásitos de los que dependemos para fraguar un diálogo interior, incómodo, eso sí, sobre el que ir creciendo. Tal vez el fundamento sea una suerte de animismo, considerando que nos habitan múltiples seres, que el principio vital debería administrarse en plural, que somos poliédricos y que somos líquidos.

Regidos por esos Nosotres, la vida se muestra en toda su dureza. Los años de infancia, en África, nos hablan de la crueldad que supone empeñarse en permanecer vivo. Para sobrellevarlo, el punto de vista desarrolla la narración con un cierto empuje surrealista, como si el mundo no estuviera plenamente escrito antes de conocerlo, sino que se fuera escribiendo a medida que uno despliega las palabras. Da la sensación de que la autora ha puesto no ya el lenguaje, ni siquiera la estructura, sino las vidas de los protagonistas a fermentar. Es una narración algo febril que tendrá su contrapunto en la segunda voz.

Y esta segunda voz surge desde lo oculto cuando la protagonista, ya adolescente, ya emigrante en Estados Unidos, descubre el sexo. Y junto al sexo una nueva forma de relacionarse con la gente. El relato pasa a ser más concreto, más mundano, en manos de este otro ser que la vigila, la acompaña, y la ocupa con toda su voluntad cuando hay ocasión de entregar la carne al hombre que la gusta. La protagonista es una marioneta de sí misma y va explorando, en los vuelos a los que le llevan los seres que la habitan, los límites de lo humano. La novela nos habla de nuestros fantasmas y de cómo aceptarlos, de lo imprescindible que es saber que no somos un ser unificado. Es una invitación a la psicoterapia a través de una lectura metafórica de nuestra consistencia, si es que lo que somos, seres desmigados que luchan por recomponerse, se puede llamar consistencia. Emezi consigue, así, una novela muy interesante, que por momentos nos lleva a explorar la cantidad de lo interesante que somos capaces de soportar.

sábado, 5 de diciembre de 2020

JENISJOPLIN

 

Jenisjoplin

Uxue Alberdi

Consonni

Bilbao, 2020

252 páginas

 


El realismo puede resultar lo menos creíble. Existe un serio riesgo de no tomarnos en serio lo que le sucede a nuestro vecino del piso de arriba cuando lo vemos reflejado en una narración. Unos días normales, agitados por una serie de sucesos que arrancan de la realidad y que son los mismos que la sacuden, pueden hacernos pensar que no, que esas cosas no suceden. Como pueden no estar sucediendo esos diálogos que parten de algo que uno puede llamar miedo -miedo a la enfermedad crónica, a la que llevó a la muerte a tanta gente pero que en el año 2010 no tenía ya el mismo rostro-, en los que la generosidad de la autora da voz a los protagonistas. Son conversaciones a pie de calle, sin ánimo de deslumbrar, de buscar esa frase que cierre cualquier diálogo, ese aforismo que nos deje con la pregunta destrozada en la mano. A veces hay que programar con cuidado los momentos en los que se sustituye la voz del narrador por los instantes de conversaciones, pues no resulta sencillo salir de ellas transformados, que los personajes no sean los mismos al final de la diminuta tertulia. Aunque en este caso, en Jenisjoplin, esa impresión obedece a un deseo de profundizar en un retrato, que es lo que pretende Uxue Alberdi (Elgoibar, 1984) en esta novela.

Con una sencilla estructura itinerante, entre unos escenarios urbanos que no son los que invierten la acción, pero sí los que condicionan, y con una redacción en la que se impone la versión correcta antes que cualquier alarde gratuito de prosa, asistimos a una construcción de la identidad minuto a minuto. Porque las circunstancias, el entorno, no ofrecen ocasión de descanso y necesitamos afirmarnos sobre unos cimientos que nos cuesta tanto mantener, unos cimientos que deberían ser morales. A la hora de la verdad somos construcción social y la sociedad en la que vivimos no ofrece registros de consuelo. Los sofás donde descansa la convivencia están colocados junto a los verdaderos amigos, que se reducen a media docena si uno ha tenido suerte o se ha forjado buena suerte. Uno tiene la impresión de que esta joven Jenisjoplin está poseída por un malestar social que no sabe identificar y cuya cura es descubrir que no hemos dejado de ser naturaleza. Se mueve en un mundo artificial, falso, en una farsa, y lucha, constantemente, por mantener la cordura. El sida será el detonante, una bomba que tiene algo de anacrónico. Pero es que los anacronismos balsámicos son la fuente de la que beben los personajes, unos seres, sobre todo la protagonista, que sienten nostalgia por un mundo que no conocieron: ella se define como alguien con espíritu de los ochenta, como alguien que debería haber sido joven en esa década, un tiempo que en nuestro país intentaba recuperar los años sesenta del mundo occidental. Se nos remite así a un tiempo doblemente fuera del presente, como demuestra ese afán por liberarnos sexualmente, una culpa que sigue agarrada a nuestra nuca como si de verdad floreciera al nacer el pecado original.

Jenisjoplin busca pasiones extremas porque las medidas distancias la dejan indiferente. Tiene una edad complicada, una edad en la que a uno le presiona demasiado esa necesidad de hacerse mayor, de tomar las riendas de la propia vida, de dar por finalizada la adolescencia, que todavía nos acaricia con el rabo de Satanás, para bautizarse en el mundo adulto. Es posible que esa sea la clave de esta novela, que podría estar sucediendo en el piso de arriba.

lunes, 14 de octubre de 2019

EL DIABLO SABE MI NOMBRE


El Diablo sabe mi nombre
Jacinta Escudos
Consonni
Bilbao, 2019
118 páginas
  
En cierta medida, al libro que más se asemeja El Diablo sabe mi nombre, con el que la escritora salvadoreña Jacinta Escudos (San Salvador, 1961) se presenta en nuestro país, es a Las Metamorfosis de Ovidio. Escudos no solo reactualiza mitos clásicos, sino también culturales o, al menos, de nuestra cultura occidental. E incluso se atreve con mitos psicológicos, sobre todo los que tienen que ver con las dos emociones que mueven los sueños: el deseo y el terror. Al margen de esa consistencia, similar a la del clásico de Ovidio, una breve enumeración de algunas de las formas que toman los cambios nos remiten, nuevamente, a Las Metamorfosis: el cambio de sexo debido al cambio de deseo; la pesadilla y su transformación en realidad; el mundo reducido tras un apocalipsis; el anhelo de una mujer por ser serpiente y enfrentar así a la muerte; los hombres lobo; el veneno que nos libra de ver la realidad tal y como se nos ha venido presentando; un cocodrilo que aspira a ser hombre; sobrevivir a la muerte, aunque sea a la muerte del otro, que nos obliga a renacer, a poner el cuentakilómetros a cero.
Las lecturas sobre las que fragua su narrativa tienen tanto calado como las de Borges, aunque a diferencia del autor argentino, Jacinta Escudos carece de pudor. La sensualidad está presente, y está presente el sexo. Está presente la crueldad, y hasta la crueldad extrema, con ablaciones e infanticidios. Se deja llevar por impulsos, aunque controla a la perfección su prosa para seguir una música de lo más sugerente: comedida y exacta, pero con matices de color capaces de inventar expresiones como “resollé mi orgasmo”. Podemos rastrear a Lovecraft entre sus líneas, hasta que nos damos cuenta de que una de sus principales fuentes creativas son los sueños. Si de Borges le separa el pudor, a Lovecraft le adelanta por trama, por estructura: un sueño carece de principio, de final, de consistencia narrativa; es aleatorio y sorprendente; pero Jacinta Escudos sabe darle forma, sin complicaciones, como le dan forma a los relatos breves los grandes clásicos, y al igual que cuando les leemos a ellos, a Chejov, a Maupassant, a Paul Bowles, tenemos la sensación de encontrarnos con alguien que escribe con un impulso que nace no solo del cerebro, sino de todo el cuerpo a la vez.
Ese sustrato apasionado bastaría para ratificarla como una de las grandes autoras de relatos de nuestra literatura, pero su ingenio no se queda ahí. Escudos escribe contra la anestesia emocional, crea unos personajes, en pocas líneas, que se caracterizan por el miedo a no ser, que es la esencia del miedo personal. Dicho de otra manera, sabe meterse en lo que llamaremos alma y en los demonios, también en los demonios de la conciencia. Los personajes practican distintas modalidades de soledad, la mayoría de un carácter más o menos onírico, y, recordemos, el mundo onírico es aquel en el que la vista no nos regala la misma realidad que durante la vigilia, pero las sensaciones son igualmente reales y, a mayores, el volumen de la intensidad sube hasta límites que son difíciles de soportar.
Hay presencias de diablos sin figura, solo sentimentales, y de algunas de sus representaciones más frecuentes, como el insecto gigante de quien no sabemos en qué grado nos hemos enamorado. Pero queda, siempre, de manera más bien implícita, sin que sea preciso expresarlo la idea de que privados del contacto humano, estamos abocados al naufragio.