viernes, 11 de septiembre de 2026

LO QUE PODEMOS SABER

 

Lo que podemos saber

Ian McEwan

Traducción de Eduardo Iriarte

Anagrama

Barcelona, 2026

378 páginas

 



Lo mejor del futuro es que nos lo podemos inventar y nadie nos va a achacar nada porque no se produzca lo que vaticinamos. En 1984 no existió un ojo de Gran Hermano, aunque más tarde iría llegando el reguero de cámaras que sirven a la policía para seguir a los delincuentes en caso de delito, y los teléfonos móviles propagándose por el mundo para grabar incidentes y fotografiarse frente al Taj Mahal. En 2001 no se descubrió un prisma negro en la luna que llevaría a un astronauta a convertirse en un dios tras tocar a su gemelo a un montón de años luz de la Tierra. Y va a ser complicado que en el año 2119 la geografía de Europa se corresponda a estas islas que Ian McEwan (Aldershot, 1948) expone en su última novela, esta Lo que podemos saber, que es un artefacto intrigante y seductor.

En algún momento ha sucedido la gran inundación que ha elevado el nivel del agua de los océanos, y millones de personas han fallecido. Pero la vida parece haberse estabilizado de tal manera que a un profesor universitario le está permitido entretenerse en una investigación acerca de unos poemas escritos cien años atrás. Esto convierte a McEwan en un autor que está ideando a otro autor en el futuro, para hablar, eso sí, sobre nuestro tiempo, sobre el presente. Es como si estuviera diciendo que sus ideas, su imaginación, que son las ideas del narrador, serán certezas. Esa convicción nos lleva a emprender una lectura en la que esta distopía se expone con la contundencia del realismo. El contraste entre distopía y realismo, que el autor consigue que parezca armonía, crea la atmósfera más adecuada para que nuestro intelectual, el narrador, navegue exponiendo cómo es el trozo de mundo en el que se mueve, la isla, las islas. En realidad, la novela es una reflexión sobre qué es lo que más importa, y la conclusión parece indicar que lo que sea que importe estará relacionado con la cordura y, posiblemente, con su contrario.

Al fin y al cabo, estamos en un mundo en el que todavía se imponen los traumas y estamos frente a unos personajes que no se empeñan en combatirlos, sino en llevar una vida normal. Hay una pareja, hay un trabajo, hay unos alumnos, hay poemas de por medio. Es cierto que los niveles de lectura nos llevan, también, a preguntas ecológicas, a contextos políticos y a las soluciones sociales. Todo eso está bien encajado y perfectamente disimulado en un artefacto narrativo que McEwan ejecuta con oficio y talento. Llega, incluso, a aparecer el alzhéimer y la cura del alzhéimer, pero como algo que ha tardado demasiado en aterrizar, en afectarnos.

«Nunca lo habríamos consignado en nuestras propuestas ni reconocido entre nosotros, pero era precisamente nuestra juventud lo que nos llevaba a interesarnos en el periodo. Qué brillante inventiva y qué codicia tan estúpida. Qué música, qué harte de mal gusto, qué correrías disparatadas y sentido del humor: gente que volaba tres mil kilómetros para unas vacaciones de una semana; edificios que alcanzaban las nubes; la asolación de selvas enteras a fin de fabricar papel para limpiarse el trasero. Pero también desentrañaron el genoma humano, inventaron internet, arrancaron con la IA y situaron un hermoso telescopio dorado a más de un millón de kilómetros en el espacio». Dígannos ustedes si esta exposición, esta intriga, no es motivo suficiente como para empujarse dentro de una obra escrita con el buen pulso a que McEwan nos tiene acostumbrados. Un libro estupendo para comenzar el curso.

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