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jueves, 2 de marzo de 2023

LA SELVA HERIDA

 

La selva herida

Martín Ibarrola

Pepitas

Logroño, 2023

170 páginas




De vez en cuando uno siente eso que Richard Francis Burton llamó «el diablo interior» y tiene que salir a conocer mundo para sofocarlo. Eso le sucede, según su propia confesión y atribuyéndole el mal al amigo al que acompaña, a Martín Ibarrola (Bilbao, 1992), que en este relato, La selva herida, da cuenta de su paso por una región de Perú alejada de lo que conocemos como civilización. La civilización, deducimos, tiene que ver con el orden: allí donde hay civilización guardamos las formas y nos atenemos a las normas que nos permiten movernos sin llegar al caos; en la civilización se respetan los semáforos y no se escupe al suelo. Pero con frecuencia la civilización nos impide vivir a ras de dicha y por eso necesitamos algo que, a falta de una palabra más adecuada, llamaremos aventura. Aquí la aventura consiste en adentrarse en un territorio sin ley, lo cual nos lleva a ser exploradores. Pero al darnos cuenta de que no somos los únicos, ni los primeros, seremos algo así como re—exploradores. Y más en este caso, en que Ibarrola sigue a un amigo que es para él una leyenda, del que dice que perseguía la gloria en su sentido más victoriano y ansiaba reflejar «la autenticidad de Percy Fawcett, el espíritu aventurero de Alexandra David-Néel, la sed de fama del doctor Livingstone, la nobleza del capitán Scott, el amor por la adrenalina de Amelia Earhart».

Ibarrola nos ofrece un relato sobre la última oportunidad que tenemos de ver lo que sería lo auténtico: las tribus perdidas del Amazonas y los asentamientos donde se impone lo salvaje, poblaciones donde el crimen es constante e impera la ley del machete. En realidad, las dificultades que se encuentra al verse dentro de la creación del hombre, las poblaciones, las ciudades, le resultan mucho más violentas que las trabas y el desconocimiento del lugar que impone la naturaleza feroz.

Nos adentramos en ese rincón del planeta a través de un intento de comprender a los nativos, y salimos de allí conociendo la sobreexplotación, el acoso al débil, la miseria de unas vidas que no valen nada. Ambos son territorios sin ley, es decir, sin orden, sin civilización, pero la agresividad del territorio conquistado a la naturaleza es menos comprensible, mayormente porque supone la tortura del más débil, del desfavorecido. Mientras que al encontrarse con la selva amazónica y sus pobladores, a uno se le ha permitido sentirse viajero, y así intentar formar parte de la extraña vida del río. A la hora de la verdad, hoy en día es casi imposible encontrar a un viajero, pues si el turismo destaca por algo es por las huellas que quedan a su paso, y resulta imposible caminar sin dejar rastro. Pero la intención de Ibarrola es sana y mantiene el buen juicio.

Existe, eso sí, el riesgo a presentarnos una mirada neocolonial cuando uno trata de librarse de la maldición de lo colonial: «Al final de nuestro viaje comprendí que para estas tribus, la sacralización de la selva no era solamente una reivindicación cultural, se había vuelto una cuestión de supervivencia». Aunque este no sea un defecto que se le pueda achacar a la obra. Tal vez sí el que se vean demasiado las costuras, pues Ibarrola intenta integrar los recursos que son tan propios a los actuales libros de viajes, como todo lo que es fruto de la documentación o la incursión en el terreno de la crónica. No es nada sencillo encadenar con naturalidad esos párrafos al eje del texto, que es el viaje propio, y por lo tanto no cabe sugerir que esto es un defecto en un libro que, por lo demás, nos llevará con una alta motivación a una región que de otra manera no nos atreveríamos a visitar.

 

Fuente: Zenda

 

jueves, 1 de diciembre de 2022

LA TIERRA DE VALLEJO

 

La tierra de Vallejo

John Gibler

Pepitas

Logroño, 2022

124 páginas

 



Acostumbrado a debatir, uno termina por salir de sus casillas cuando se encuentra, una y otra vez, con la misma respuesta, la de una consigna aprendida en un catecismo, la del pensamiento único, la de los tópicos, los lugares comunes. Deberíamos preguntarnos, cada vez que soltamos una jaculatoria que hemos recibido desde medios o púlpitos, o desde la imposición social en la que debemos integrarnos para no resultar unos parias, quién sale beneficiado de que pensemos así, bajo ese dictado. La respuesta suele ser la misma: el más poderoso, que es el más malo. Decir, por ejemplo, que todos los políticos son iguales, favorece la avaricia del peor de todos ellos, o al menos favorece su integración en la sociedad y hasta el perdón de los que quieren estar convencidos.

John Gibler (1973) es un periodista que no quiere que se le reconozca por su origen, su lugar de nacimiento, que viaja a Perú, a visitar los lugares donde vivió el poeta César Vallejo, y termina enfangándose en conversaciones que sólo facilitan la labor de colonización de los poderosos. Habla con personas, pasionalmente, y sólo encuentra esas consignas que maldicen a quienes maldicen los poderosos, los más malos, sin reparar en ninguna intención de ser crítico con las consignas, sin mirar hacia la periferia, sin detenerse a pensar quién es el principal perjudicado, que suele coincidir, aunque s-sólo sea por un cálculo basado en la simetría, con el más desfavorecido. Uno va al viaje con toda la ilusión y regresa con enfado.

Pero eso es sólo el capítulo final. Este diario es un texto escrito al galope, con ritmo vivo, con intenciones de expresar la inmediatez y no la reflexión profunda. Gibler se ha desplazado hasta Santiago de Chuco, para intentar recopilar información en las bibliotecas y los museos del lugar donde nació César Vallejo. Lo que allí se encuentra es un desastre que podríamos calificar como kafkiano, si a Kafka se le hubiera pasado por la cabeza que lo que mueve al mundo es la pereza. Como a los personajes del escritor checo, a Gibler se le niega cualquier final por postergación perpetua. Claro que él mismo confiesa que vivir parece consistir en repetirse constantemente:

«En el camino venía pensando -otra vez- que a los cuarenta y cinco años estoy haciendo básicamente lo mismo que a los veinticinco: vagar solo entre cafés y hoteles baratos con libros y libretas».

A pesar de esta inmovilidad, Gibler sigue construyendo su empeño, porque César Vallejo es una leyenda. Y las leyendas sirven para educarnos, para mostrarnos modelos, los modelos de compromiso y lucha por la justicia que le empujarán a rebelarse contra los lugares comunes, que son propios de desalmados. Gibler nos muestra que uno viaja para crecer y que uno lee para crecer. Y, mientras tanto, duerme fatal. La solución pasaría por los somníferos, pero se pregunta, como en tantas ocasiones, si el insomnio no ha sido el mejor amigo de muchos de los mejores textos que se han escrito. Dejar de dormir para leer a César Vallejo, se nos indica, es un acierto. Y todo ello dictado con un oficio de escritor que hace que leer sea una tarea sencilla.

lunes, 21 de febrero de 2022

CRISTO SE DETUVO EN ÉBOLI

 

Cristo se detuvo en Éboli

Carlo Levi

Traducción de Carlos Manzano

Pepitas

Logroño, 2022

280 páginas

 



Hacer de la memoria un estilo, convertir el humo de memoria en una forma de entender este planeta. El planeta existe en la medida en que nos afecta, y puede afectarnos para convertirnos en sátrapas, asesinos, duendes o personas generosas. Puede llevarnos a la alegría o a la tristeza, pero no debería dejarnos indiferentes. En realidad, los indiferentes al curso del planeta, de los acontecimientos del planeta, suelen ser unos tipos acomodados que exudan rencor. Esos personajes aparecen muy de vez en cuando en esta literatura de la memoria, Cristo se detuvo en Éboli, que sigue siendo uno de los libros más emotivos que se escribieron el siglo pasado. Los rencorosos son apartados de la memoria, como lo son los peores tiempos, para dar cabida a una serie de gente por la que es imposible no sentir el afecto que da el contacto. Se trata de un texto conmovedor, de una de esas lecturas que perturban y agradecemos que así sea, porque esa perturbación nos recuerda que ser humano no es comprar por Amazon o quejarse cuando uno pierde la cobertura. Ser humano está muy relacionado con la memoria y con el lirismo sensato que se decanta de la memoria. Ser humano es ser sensible. Y la sensibilidad y la inteligencia pueden ser sinónimos. Lo son, sin duda, en el caso de Carlo Levi (Turín, 1902 – Roma, 1975).

La historia es conocida: el exilio impuesto por el régimen fascista, en un pequeño pueblo del sur de Italia, y el lamento por haber perdido el contacto con algo que es muy puro, muy ingenuo, muy sencillo y muy pobre. La tristeza que transmiten las memorias de Levi son de una vitalidad digna de día de lluvia, pero de una vitalidad muy libre. Nos habla de paisajes sin dulzuras ni sensualidad, de miseria, de monotonía, pero nos habla de que, sin saber por qué, allí se encontraba bien y fue capaz de amar en el sentido más universal del acto de amar. En ese mundo reconoce todo el mundo, a lo que se reduce todo el mundo, que es un amplio espectro de compasión y una sensación de estar acompañado respetando la soledad. Acabamos de mencionar el respeto, y este es uno de los grandes principios que sostienen la obra: respeto y devoción, es decir, amor. Lo explica Ítalo Calvino en el apéndice: “un optimismo debido a una calma interior, como un estilo, y la clasicidad de la palabra se realiza frente a una materia que es tragedia, caos, catástrofe”. Lejos de las valijas diplomáticas, dirá Calvino, las noticias que recibe Levi son noticias de crepúsculos, fallecimientos, campos sombríos, tierras secas, cuerpos débiles y también, a modo de gran viaje, una tentación de explicar lo inexplicable mediante la magia, los hechizos, la brujería, en encantamiento.

Acompañado de un perro sin raza, Levi recorre una y otra vez las mismas calles, se cruza una y otra vez con las mismas personas, dándonos una lección sobre la mirada: para él mirar y reflexionar son actos irrevocablemente unidos, son consecuencias, son alma. Esa es la consistencia de su forma de ser testigo, es decir, de dar testimonio. Es cierto que hay algo de psicosociología, seguramente inevitable y no pretendida, en el texto, pero esta labor documental es secundaria y sólo nos ayuda a nosotros a entender un poco mejor qué supuso aquel lugar y aquel tiempo. En realidad, lo que se impone es la impresión de analizar quiénes somos, pues somos el resultado de algo más que ese slogan pernicioso que algún personaje llegó a soltarle explicando la tendencia del mundo a la autodestrucción en los años treinta: “Las ideas no importan, sólo la Patria”. ¿Quiénes somos? Parece preguntarse Levi. Somos un recipiente en el que caben todas las sensibilidades del mundo, podría ser la respuesta.

jueves, 16 de septiembre de 2021

DIARIO RURAL. OTOÑO - INVIERNO

 

Diario rural. Otoño – Invierno

Susan Fenimore Cooper

Traducción de Esther Cruz Santaella

Pepitas

Logroño, 2021

270 páginas

 


Llamemos emoción a eso que nos sacude nada más recibir un estímulo; y sensación a la primera digestión del estímulo, lo que nos recorre en canal y a lo que todavía no somos capaces de poner nombre porque el lenguaje mantiene sus limitaciones en territorios de células que no pertenecen al cerebro; y llamemos sentimiento a la decantación de la emoción luego transformada en sensación, cuando ya atravesó la materia gris y se nos ha permitido reflexionar sobre ello y padecer, para bien o para mal, el resultado del estímulo primario. Será el sentimiento lo que nos haga crecer, lo que se integre definitivamente, lo que aprendamos con auténtico valor, tomando a la palabra valor en toda su polisemia: lo que vale, lo valiente.

Pues bien, estos Diarios rurales, de los que ahora nos llegan los que reflejan el otoño y el invierno, pertenecen a la raza de los buenos libros buenos, porque las emociones, las sensaciones y los sentimientos que de ellos extraeremos son buenos. Existen libros buenos en el mismo sentido en que existe buena gente. Y Susan Fenimore Cooper (1813 – 1894) participa de los autores que crean bonhomía. Leer sus diarios nos supone sentir, al final, que podemos ser mejor personas. Se trata de una inmersión en paisajes, aunque a veces descanse en atención a la poesía o a ciertas culturas, en la que los conceptos de calma y de belleza se igualan. Como se igualan, no nos cansaremos de repetirlo, en los cuadros de Constable. Aquí la naturaleza, lo natural, es lo puro. Nada hay de malos sentimientos en el recorrido que Fenimore Cooper hace por los bosques y los lagos, nada de codicia, de gula, de resentimiento o de asco. Ni siquiera flota el miedo, y eso, en un planeta en el que domina tanto el miedo, es de agradecer: habitar en los diarios de Fenimore Cooper es lo mismo que descansar.

Nos va dibujando el paso de las estaciones, como ya supimos a través de la entrega anterior, mostrando que lo importante es querer a las criaturas, a las aves y las plantas, sobre todo, pues son las mayores protagonistas del espectáculo amable de la naturaleza. El hombre que aparece por estas páginas es alguien entregado a trabajos manuales, campesinos o artesanos, alguien cuya labor mantiene unas dimensiones humanas, un aura de proximidad que nos hace sentir una sana añoranza y un grato deseo de compartir su tiempo. El tiempo, por otra parte, nada tiene que ver con el paso inmisericorde de los minutos. Aquí no existen las prisas ni las tiranías de las horas y los días. Aquí el tiempo es parte del ritmo natural, porque, en realidad, esta obra es un elogio a la vida en un grado cercano: la auténtica alegría de vivir no tiene nada que ver con la ebriedad, parece sugerir Fenimore Cooper.

Observar, meditar, aceptar, los verbos sobre los que actuaban los santos contemplativos o sobre los que se construyeron religiones, no son artificios. Nos pertenecen y forman parte de nuestra esencia. Eso es lo que nos gustaría ser, aunque no lo reconozcamos, porque en las grandes urbes, donde habitamos la mayoría de nosotros, no es posible en ejercicio de amor por los seres y los paisajes. Fenimore Cooper mira a lo local y trasciende a lo universal. Comienza con la emoción, que es local y es grata, y termina con el sentimiento que, aunque se trate de algo tan abstracto como el amor, es universal y es mucho más grato. Estos diarios son libros sobre una época y un lugar donde nos gustaría, sin duda, quedarnos a vivir.

miércoles, 10 de marzo de 2021

PRIMAVERA SOMBRÍA

 

Primavera sombría

Única Zürn

Traducción de Alba Lacaba Herrero

Pepitas

Logroño, 2021

78 páginas

 


Como no se cumplen los sueños de la infancia, la infancia debería ser castigada. Sin embargo, nos aferramos a los días azules con una memoria que es, en realidad, la herramienta para rescatarnos de los naufragios. Los sueños de la infancia sobrenadan en ella junto a las risas en la playa, en el monte, en el parque, en la verbena del pueblo o compartiendo bocadillos. ¿Qué sucede si uno vive una infancia en la que no cabrán ni los sueños ni las risas? Entonces lo mejor sería liquidarla, acabar con ella, si es que se puede eliminar la infancia de nuestro interior como se elimina la cabeza bajo la guillotina.

De eso trata esta Primavera sombría, un libro aterrador escrito por la escritora y pintora, por la poeta Única Zürn (Berlín, 1916 – París, 1970). Zürn ha practicado las técnicas literarias del surrealismo y siente el anhelo de un amor romántico, ideal o idealizado. En este relato parece mostrar un despecho desmesurado frente al desencuentro con el romanticismo y se rebela. Nos encontramos con una niña que está abandonando el territorio de la infancia sin haber fraguado ni un solo recuerdo grato, que la reconforte, y que mantiene vivo el complejo de Electra, ese enamoramiento, o casi enamoramiento, platónico por el padre. En teoría, al entrar en la pubertad debería haber superado dicho complejo, pero no resulta tan sencillo, sobre todo cuando tienes que convivir con la ausencia del padre y su sustituto, un hermano mayo, resulta ser un degenerado, un delincuente, un violador.

El relato nos habla de los primeros pasos en el sexo de la niña, y nos hallamos frente a un aprendizaje peor que desgarrador: no hay nada de erotismo en el sexo, que es una experiencia crudísima, indigesta, patológica y hasta satánica. Zürn no recurre a ningún tipo de subterfugio, a nada que se asemeje al eufemismo, ni adorna de ninguna manera la tragedia. Las pasiones son sucísimas y las liberaciones una tortura. La obra impacta, y mucho. Pensar que alguien fue capaz de idearla nos hará replegarnos sobre nuestros prejuicios, porque eso significará que tal vez alguien tuvo que habitar en ese mundo no sólo dentro de las fronteras de la literatura.

jueves, 1 de octubre de 2020

NI FUH NI FAH

 

Ni Fuh ni Fah

Julio Camba

Pepitas

Logroño, 2020

170 páginas

 


El humor surge de un tema tradicional: las costumbres. En realidad, el humor lo practican grandes observadores, porque lo que nos hace reír consiste en la percepción y asociación de lo que está a la vista. Y nada está más expuesto que las costumbres. Por otra parte, el humor es una herramienta de combate. ¿Se combate contra las costumbres con el humor? Es posible, pues todo depende del grado de ironía, de la cantidad de sarcasmo que oculte el locutor, si es que oculta alguna. No es el caso de Julio Camba (Villa Nova de Arousa, 1884 – Madrid, 1962) que no denuncia ni practica el humor con malas intenciones, que parece combatir, pero se encuentra cómodo dentro del mundo que narra, entre otras razones porque le permite practicar la observación de la que disfruta. Esa suerte de felicidad la transmite en estos artículos, que recorren una parte del mundo en el que lo moderno y lo antimoderno se van dando de bruces y se van dando de la mano.

Al leer hoy a Camba nos damos cuenta de cómo participa en una época en la que van naciendo los tópicos que hoy respiramos. Si habla de los ingleses lo hace como colonizador de aquello que hoy nos hace reír, como colonizador del conocimiento de los hábitos ingleses. Pero sabe guardar el equilibrio y no acaparar malos sentimientos: los enuncia, mientras enuncia también los hábitos contrarios de los españoles, como si se tratara de un marciano, como alguien capaz de salir al exterior del ambiente en el que vivimos y mirarnos como se mira el teatro. Los chinos, los americanos y las distintas regiones de España no se escapan a su mirada, a algo que ahora echamos mucho de menos, que es el conocimiento por contacto directo. Ahora conocemos lo grande, el espíritu de las cosas, de los actos, y pretendemos saber que eso, las conclusiones que uno halla en artículos que pueblan internet, es el alma humana. Camba nos devuelve la sensación contraria, la de que cada uno de nosotros sólo puede conocer lo pequeño, los detalles del lugar que habita, y tratar de ampliar ese lugar, aunque con limitaciones. La dimensión de los escritos de Camba es la de una escala humana, real. Por esa razón merece la pena volver a leerlos.

“Se trata de un observador agudísimo y un pensador original”, dice Pablo Martínez Zarracina en el prólogo. “Nunca solemniza. Algunos de sus artículos pueden parecer demasiado anecdóticos o ligeros, pero encierran siempre una subversión tranquila. Consiste en demostrar que la aplicación sobre la realidad de un razonamiento lógico imperturbable también da como resultado el puro disparate”. Eso sí, un disparate en el que destaca la sinceridad y en el que jamás se falta al respeto. Por mucho que Camba piense que poco es lo que debemos tomar en serio.

sábado, 4 de julio de 2020

KUESSIPAN


Kuessipan
Naomi Fontaine
Traducción de Luisa Lucuix
Pepitas
Logroño,
99 páginas

Si tu entorno está colmado de abortos y de alcoholismo, sobre un lecho de frío bastante indigesto, si se impone la desidia por culpa de causas sociopolíticas, si se trata de un lugar y una gente con la extraña conciencia de existir por inercia, la posibilidad de que exista poesía es tan escasa como la de que nazca una amapola en un estercolero. Pero a poco que una parte del alma se empañe con algo de sensibilidad, deseará que exista esa poesía y pondrá a trabajar sobre ese deseo lo mejor de uno mismo: una capacidad de observación que se significa por la certeza de saber que uno va aprendiendo y que aprender no siempre es grato. El malestar es un maestro, como lo es la ternura.
A pesar del malestar que muestra Naomi Fontaine en estos textos, se trasluce una ternura que se va sobreponiendo a la dureza de la vida en la reserva innu de Uashat, en Quebec. El retrato que nos ofrece Fontaine tiene una poesía propia de los malditos, y viene en un formato fragmentado. ¿Cuándo se recurre a la fragmentación? Generalmente, cuando se proyecta en negro sobre blanco un territorio y una gente que también están fragmentadas. Si lo vemos así, sin construir, incompleto, no es debido a que todo se haya venido abajo, sino a reconocer nuestra capacidad -en este caso la de Fontaine- de no entender nada.
Hombres perdidos, como si fueran homúnculos, truncados por las circunstancias, desnortados, que habitan un mundo disociado, en el que el buen salvaje se combate con la denuncia de la inexistencia del mito del buen salvaje. Así, se nos ofrece un retrato de lo que da vida y de lo que va quitando vida, un retrato de la supervivencia con un romanticismo que es, a su vez, pura denuncia. Porque la contaminación va acaparando el ambiente, en todas sus acepciones; porque se odia al nido y se cuestiona hasta qué punto uno debería dejarse llevar por el peso de un pasado atribuido, ese que, a falta de otra palabra, llamaremos étnico.
Y, sin embargo, a pesar de la poca luz, a pesar de las horas de frío, a pesar del suelo de barro, a pesar de las adversidades humanas, no se trata de un libro pesimista. En Kuessipan existe optimismo, pues la belleza sigue siendo un atributo del observador, y el observador inteligente es capaz de hallarla hasta en ese estercolero que está a la espera del tiempo de las amapolas.

viernes, 21 de febrero de 2020

CIUDADANA


Ciudadana
Claudia Rankine
Traducción de Raquel Vicedo
Pepitas
Logroño, 2020
171 páginas

“¿Ganaste?, me pregunta él.“No era un partido, era una clase.”

El espíritu pedagógico impera en estas páginas que parecen regirse por la batalla, o, para ser exactos, por una representación de la batalla. En este caso con el lenguaje por activo principal, como sucede con las reglas del juego en las simulaciones de lucha que son los partidos de deportes. El motivo para entrar en liza es el racismo, una expresión discriminatoria que se sigue viviendo con distinta intensidad, a veces hasta con olvido o con un respeto incoherente. Así lo expone Claudia Rankine (Jamaica, 1963) en diversos capítulos, en unos fragmentos a los que no se les escapa el lirismo. Ni tampoco la solvencia de lo postmoderno, de unas vanguardias propias de décadas anteriores, pero todavía solventes, siempre y cuando sus recursos estén en función de algo. En este caso, de una educación, la misma a la que nos debemos los demás: la que se empeña en guardar las rutas igualitarias, pese a quien le pese, sobre todo a un sistema que sigue hundiendo las raíces y el malestar en la lucha de clases.
El libro es más un documento que unas memorias, pero trabaja con la memoria. Y trabaja con una visión del destino que es necesario derribar: el hecho de que los atributos de cuna condicionarán nuestra vida. ¿Existe un destino previo? En la visión poética de Rankine se intuye que sí, como se intuye que no es inamovible. Al fin y al cabo, si algo nos rescatará de lo pernicioso, será la poesía. Escribir, escribir poesía, será, de nuevo, una respuesta a un trauma, un intento de catarsis condenado al fracaso, dado que el trauma es de largo aliento colectivo, y de carácter hereditario individual. No se trata de un golpe helado, sino del agotamiento que supone la constante alerta contra los actos de discriminación, no siempre voluntarios, pero siempre afectando a los mismos individuos. De alguna manera, el texto versa sobre la destrucción, porque nos habla de los momentos en que nos arrebatamos la propia humanidad. Y estos son demasiado frecuentes: las frases hechas, el acerbo popular, las malas intenciones, los entendidos comunes, el odio, las proyecciones del malestar, el fracaso del humor falsificado y hasta la autocompasión, la del ser y la de raza.
La intención es quedarse en la ciudadanía americana. Pero todos sabemos que Estados Unidos es algo más que el espejo del mundo: es la expresión de lo que nos espera, el humus de aquello en lo que nos hemos convertido.

jueves, 17 de octubre de 2019

GORILAS EN LA NIEBLA


Gorilas en la niebla
Dian Fossey
Traducción de Marcela Chinchilla y Manuel Crespo
Pepitas
Logroño, 2019
460 páginas

Quemado todo el cuerpo del planeta a causa de una estupenda falta de decoro humano, con apenas, si es que hay alguno, margen de reacción, con mares condenados al plástico y sin vida, con la tierra emponzoñada de agrotóxicos y el aire en una expansión caótica a cuenta de los gases, recordar a Dian Fossey (San Francisco, 1932 – Ruanda, 1985) ayuda a que aterricen las cuentas, casi abstractas de tan abultadas, para conocer el daño concreto. Cuando marcha a Ruanda, al encuentro de los gorilas de la montaña, la lucha ecológica no hacía tanta referencia al cambio climático, ni siquiera al agujero de la capa de ozono. Por aquel entonces las extinciones de especies eran la gran batalla que libraban los naturalistas. Los gorilas de montaña formaban parte del grupo exclusivo de hermosos seres al borde de la extinción a manos de cazadores o del acoso humano, junto al oso panda, al lince ibérico, al oso grizzli o a la ballena azul. En ese sentido, Dian Fossey, o Jane Goodall, izaron la bandera que todos podríamos seguir. Se transformaron en el guía que porta la linterna cuando nos adentramos en la caverna.
Incapaz de entender el espíritu del hombre, Fossey se embarca en una investigación que había comenzado, unos años antes, el mítico naturalista George Schaller, el mismo caminante que invitó a Peter Mathiessen a un viaje por Nepal que acabaría descrito en el fabuloso libro El leopardo de las nieves. Schaller, como biólogo pero también como humanista, sobrenada, de alguna manera, todo el texto que Fossey recopiló en este Gorilas en la niebla: su forma de trabajar, de observar sin intervenir, de no forzar situaciones, de encariñarse, de respetar, de estar enamorado de su oficio hasta el punto de ser incapaz de distinguir entre éste y el significado de la vida. La implicación de Fossey, sin embargo, va subiendo de volumen y se hace más y más parcial. En algún momento da la sensación de que para ella deja de existir la periferia del corazón del universo, que son las montañas Virunga. Su familia, o sus familias, pasan a ser los diversos grupos que las habitan, de los que da, a conciencia, fe de vida y fe de existencia. La primera, la fe de vida, reflejada en un espíritu de conciencia humana que proyecta, tal vez porque sí esté presente, en las almas de los gorilas. La segunda, la fe de existencia, en el detalladísimo tratado etológico que ha desarrollado a lo largo de años.
Al mismo tiempo, el libro contiene esa faceta autobiográfica que nos reclama abandonar el calor de la cocina. Es una invitación a salir, a conocer, antes de que la belleza del planeta dé con los huesos en el vacío y no quede ni una raspa de sardina para demostrar que hubo, y mucha, vida en la Tierra. Fossey se dio cuenta de que a Gaia solo la puede atender un individuo si se centra en una pequeña parcela. En este caso, las familias de gorilas y la lucha contra los cazadores furtivos. Algunas de las invitaciones a estudiantes, o a gente de paso, que aparecen someramente descritas, nos indican que no se trata de alguien empachado de misantropía, como dice cierta leyenda, que al igual que la expresión máxima de su trabajo se daba mientras hacía cosquillas a los gorilas, agradece la generosidad como solo lo sabe hacer alguien volcado con los mejores valores éticos que el hombre ha ideado, pues, recordemos, al fin y al cabo, incluso la protección de los gorilas de montaña, y de todas las especies, es una invención del hombre. Es cierto que contra la desdicha que el mismo hombre crea, pero hay que pensar, cuando leemos obras como Gorilas en la niebla, que el planeta podría estar en buenas manos, y no resignarse a un futuro que a lo que más se asemeja es al pintado en Mad Max, la obra opuesta a Gorilas en la niebla.

sábado, 12 de enero de 2019

DIARIO RURAL


           DIARIO RURAL. Apuntes de una naturalista.
Primavera – verano
Susan Fenimore Cooper
Traducción de Esther Cruz Santaella
Pepitas
Logroño, 2018
305 páginas

Cuando se quiere mucho algo, las ideas deberían ser claras, pues el sentimiento no puede ser más sencillo. Así brota, como brotan las flores a las que tanto admira Susan Fenimore Cooper (1813 – 1894) la escritura de este hermosísimo diario, con naturalidad, sin artificios. La literatura sencilla es la más agradable, la que viene a ocupar los mejore momentos en la lectura, en horas de nuestro tiempo. Ese es el gran mérito de este libro en el que la defensa del mundo natural se desgrana a través de enunciados, no de pensamientos. No es un ensayo, es una mirada llena de cariño y ternura. Es un ejercicio literario dificilísimo, pues nadie decanta todo lo que sabe para meterse en párrafos farragosos. Se trata, en realidad, de una forma de sustituir la falta de aire libre cuando el ambiente está cerrado, cuando llevamos demasiados días inmersos en el aire millones de veces respirado de la ciudad. Estos diarios son una canción y, como tal, rezuman armonía, una virtud escasa, un valor que estamos dejando olvidado en aras de ejercicios de estilo sin suelo bajo los pies. Para hacernos una idea de en qué consisten estos diarios, podríamos atrevernos a compara la suma de las páginas a un cuadro de Constable. Valga esa frase para resumir el inmenso valor de este libro.
Fenimore Cooper se adelanta a Emerson, a Thoreau y a John Burroughs, pero a diferencia de ellos, no hay nada de crítica a otras formas de vida ni de apología a la rural. Fenimor Cooper se limita a registrar con una especie de alma animista: cada árbol y los bosques, las aves y los cantos de las aves, el agua y las formas del agua. En definitiva, los detalles pequeños, de los que no excluye la vida rural, las formas de vida agrícolas y ganaderas en las que se respeta el medio ambiente. En ese sentido su ecologismo, un concepto que ella desconocía, es naturalista, no de la corriente puramente conservacionista, como el de John Muir. Para ella cada pétalo y cada vuelo tienen tanta personalidad como cada ser humano. Son dignos de respeto y solo cabe enfrentarse a ellos con humildad, pues serán nuestros maestros. La cultura, venimos a concluir, no se limita a recitar sonetos de Shakespeare, sino que también surge cuando vamos aprendiendo a reconocer de qué flores liban las abejas.
En este volumen se recogen las estaciones más agradables: en primavera van naciendo las formas de vida a medida que se alargan los días y la luz se impone. En verano, el tiempo se tranquiliza, un tiempo cuya forma de transcurrir es muy diferente a las versiones que conocemos: más lento, más digno de reconocer, un tiempo en el que la espera es un valor por sí misma. Fenimore Cooper tiene la suerte de vivir en un mundo que, al contrario que el urbano, se puede conocer, porque conocerlo no presenta caras amargas, hostilidad ni neurosis. Hay un espíritu religioso, sí, pero lo invoca en contadas ocasiones. Lo que sí existe, sin duda, es un sentido espiritual, una lección de humildad literaria y vital. Este Diario rural es un libro para mantener siempre en la cabecera de la cama y recurrir a él cuando nuestra jornada no ha sido agradable, algo que sucede con demasiada frecuencia. De ahí que sea un libro necesario.

domingo, 9 de septiembre de 2018

MUJERES EN LA ALBORADA


Mujeres en la alborada
Yolanda Colom
Pepitas
Logroño, 2018
300 páginas

Aunque uno tenga la impresión de que se va a enfrentar a un libro que sirve de consuelo a la autora, además de para justificar sus años en la guerrilla de Guatemala (“No logramos llevar al pueblo la conquista del poder político (…). Pero se acabaron los tiempos en los que los guatemaltecos soportaban callada y pasivamente lo que gobernantes, explotadores y opresores hacen con ellos desde tiempos inmemoriales”), en buena medida nos hallamos frente a una experiencia de vida salvaje, de contacto con la naturaleza en grupo y escondiéndose, que es el verbo que significa jugar en la infancia: “nuestras fuentes de alegría eran inacabables: vivir la fraternidad colectiva, el amor de nuestra pareja, la travesura de algún compañero. Contemplar una estrella fugaz, una alfombra de flores en primavera, una escuadrilla de guacamayas en alto vuelo”.
Yolanda Colom (Guatemala, 1947) nació en una familia de clase media alta. De su infancia y adolescencia no da cuenta, porque el libro comienza cuando siente un impulso, imposible de frenar, que la lleva a la lucha por el desfavorecido. Se alista muy joven en una pequeña guerrilla, para encargarse de la educación de los indios y algunos ladinos que se alistaban. Como libro de cabecera tiene el Poema pedagógico, de Makarenko. Aunque aprendiera a disparar su arma, Colom dedicará muchos años a la divulgación entre poblaciones perdidas, en la montaña y en la selva, al reclutamiento y a la educación. Al principio, a nadie preocupaba que un pequeño grupo se escondiera y contara a los demás que otra vida era posible, que no tenían por qué consentir lo que estaban sufriendo, que lo que les den las manos es suyo, que la tierra es de todos y frases por el estilo. Y mucho menos cuando, por encima de convencer a la gente de alistarse, se topaba con unos hombres que prodigaban un machismo violento y unas mujeres sumisas. El feminismo será un campo de batalla tan grande como la lucha de clases: las mujeres indias están sometidas a una doble cárcel, la de la miseria y la del infierno familiar. Colom siente que ha nacido equivocadamente, hasta el punto de que llegará a tener su familia, un marido y un hijo, con los que podría haberse integrado en la sociedad guatemalteca de no tener unas inquietudes del todo necesarias. Pero durante sus años de formación en México, decide separarse de su hijo para entregarse por entero a la lucha de la guerrilla. De ahí que el hijo aparezca de vez en cuando en el libro, como si al describir toda su entrega y sus experiencias casi únicas, lo hiciera con cierto sentido de culpa. Siempre sabrá algo de él, pero durante muchos años no volverá a verle.
Así pues, Colom pisa fuerte la geografía hostil de Guatemala, comenzando por los montes y los bosques, y terminando en la selva, donde las enfermedades son tan fieras como el ejército. Entonces ya el gobierno había considerado que la guerrilla creció demasiado, y no solo envía al ejército, sino que también creará la contraguerrilla, una manada de vándalos que no se rigen por ninguna ley y acribillarán lo que se preste con tal de diezmar a los que empuñan un fusil, y a quienes les apoyan. Los sacrificios de Colom son inmensos. Separarse de su hijo es el primero, pero también el hambre, las enfermedades, la vida del montañés, la dificultad de encontrar cobijo, la obligación de permanecer con ojos y oídos alerta. Todo lo que nos hace envejecer. Pero, al fin y al cabo, ella nos relata cómo está aprendiendo a vivir en la naturaleza. La impresión que da, a lo largo de muchas de las páginas, es que su campaña de proselitismo, finca a finca, familia a familia, justifica esa elección de vida salvaje, de aventura, intensa, muy intensa, tanto como la noche, que es cuando realmente viven, se mueven, comulgan con las bestias. Mientras tanto, va narrando las minúsculas victorias que dejan a su paso, la gente que se une al movimiento y las familias que aprenden de ellos en qué consiste la propuesta de, digamos por resumir, corte marxista. El resto será una historia que todos conocemos. Aquí lo que se pretende es dar fe del tramo de vida que más mereció la pena, el viaje a pie a través de la Guatemala que nadie pisa.

domingo, 1 de abril de 2018

VIDAS A LA INTEMPERIE

Nostalgia del mundo campesino

‘Vidas a la intemperie’ es un trabajo de periodismo, de sociología y de literatura en el que Marc Badal defiende la bondad de la idea del campesino tradicional, sin otra intención que la de denunciar y lamentar que “hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo”.

Desde Kropotkin y el modelo soviético, desde Goethe a John Berger, pasando por Vassili Grossman, y sobre todo tras tiempo para la reflexión no solo después de las lecturas, Marc Badal (Barcelona, 1976) construye un libro sobre la vida del campesinado sin otro guion que reflejar lo que queda de las ruinas del campo. Badal parte del principio de horfandad: somos huérfanos de un mundo al que echamos de menos sin ni siquiera habernos dado cuenta de su desaparición. Las conclusiones vienen dadas al principio, cuando se expresa la melodía de los pequeños universos del campesinado: el empeño por alimentar a los de casa y el yugo de quien les roba su trabajo, el gusto por el golpe certero debido a la necesidad de no equivocarse, la observación como herramienta de aprendizaje, la obligación con el de al lado, la supervivencia. Todo ello se irá desarrollando en capítulos breves, en frases breves, expresiones breves como disparos pero poéticas como la nostalgia.
El campesino ha sido, siempre, parte de los oprimidos por la naturaleza de su trabajo, que hereda de sus padres. Parte de la pregunta que trata de resolver Marc Badal es cómo se asume la idea de dejar de existir, cuando ha sido tal la velocidad a la que esto se ha certificado. Lo rural ha sido y es lo bello y lo útil, tanto para el campesino que fue como para el turista que lo ha sustituido a la hora de mantener la economía del campo. Pero el turista no está al margen, el turista no proviene del éxodo rural, pues el campesino que se refugió en la ciudad sigue estando allí al margen, mantiene su condición de marginado. ¿Qué es un campesino cuando triunfa en la ciudad? Ahora mismo, dueño de algo que se conoce como el desierto verde, de un agrosistema de gran explotación con todas sus connotaciones de consumo, de pérdida de ecosistema, de falta de respeto por el entorno, de compra de insumos, de emisiones de gases de efecto invernadero. Frente a este modelo, Badal expone el del campesino tradicional y recurre al que promovió el estado soviético.
MilletY mientras tanto, salta de capítulo en capítulo, de tema en tema, de la huella ecológica al medio rural, del individuo al ecologismo conservacionista, de los momentos históricos que han marcado que el campesino siempre ha estado en el bando perdedor, a la necesidad de su existencia, porque ahora son gente que conserva un significado: gente que reconoce que lo bello y lo útil son una misma cosa. Gente que, frente al estado moderno, se les puede considerar anarquistas naturales, como todo aquel que sostiene la economía de los pobres. Aunque se vieran a sí mismos con el estigma de la inferioridad, alimentando a una sociedad sobre la que no ejercían ninguna influencia, hombres y mujeres cuyas desgracias no importaban a nadie, a merced de la ventisca y el granizo. De ahí que para mantenerse erguidos se necesitaran unos a otros, formaran una comunidad, tal vez la última que se dio en la historia de la humanidad por acuerdo tácito. A pesar de ello, a finales del siglo XIX se les empezó a privar de lo único bueno que les quedaba, ciertas connotaciones bucólicas. Marc Badal, como muchos otros en la actualidad, reivindican la necesidad que tenemos de regresar a ellas, de admirar la bondad que también representaban, la fuerza racial estrechamente relacionada con la tierra, frente a la polución de los aires de la modernidad que se impuso, definitivamente, en el siglo pasado.
Este hermoso trabajo, a caballo entre la sociología y la literatura, de Marc Badal no tiene otra intención que la de ir denunciando, ir lamentando que “hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo”. Y el paisaje, lo saben los campesinos como lo sabe la gente de la mar, nos construye con tanta fuerza como los mejores amigos.

jueves, 15 de marzo de 2018

VIAJE AL MACONDO REAL


Viaje al Macondo real
Alberto Salcedo Ramos
Pepitas de calabaza
Logroño, 2016
320 páginas

El centro del universo es ese lugar que está en ocasiones en nuestro paladar y en otras, unos segundos más tarde, en el estómago. Ahí dentro no sucede nada digno de relatar, porque el hedonismo no es un manantial de géneros narrativos. Sin embargo, a medida que nos alejamos de ese centro surgen los relatos, más y más historias. Hasta el punto de que en la periferia, allí donde acaba el universo conocido, al borde de la Nada, lo que sucede ya no son anécdotas o versiones más o menos lúcidas, más o menos interesantes de la vida. Allí lo que ocurre son dramas.
Allí eso que se conoce como aldea global tiene más de aldea que de global. Puede que en un quiosco te vendan Coca-Cola o una cerveza, pero la historia de la familia del quiosquero no será la misma que la del habitante de raza media de un barrio de Valladolid. En las aldeas, como en Macondo, las leyes se construyen sobre sí mismas, sobre el suelo de laterita, los chaparrones de ranas, el paso del tiempo que pierde un orden cronológico o un sentido de patria geográfico que nada tiene que ver con la continuidad del territorio en el mapa. Por ejemplo, la patria de Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, Colombia, 1963) tiene que ver con el idioma común que se habla en México, El Salvador o la selva del país que le dio un pasaporte. Dotado de un oído tan exquisito como los grandes escritores colombianos –García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo, etc.-, Salcedo Ramos no se inventa esas aldeas. Las visita. De esta forma esa prosa caribeña, esas metáforas, ese ritmo, está al servicio de un realismo social que da voz a los pobres. Como debe hacer cualquier persona honesta.
En esta recopilación de artículos que es Viaje al Macondo real, el primer bloque se centra en personajes concretos. La mayoría de ellos se distinguen por haber sido pendencieros, peleones, bravos, salidos del arroyo y ahora difuminados tras un paso efímero por los tabloides. Salcedo Ramos no se limita a entrevistarles, les conoce, pasa un tiempo con ellos. Y así es como surgen unos perfiles que en nada tienen que envidiar a los de Leila Guerriero o Alma Guillermoprieto.
Los personajes que copan el segundo bloque son seres solitarios, en el sentido en que nadie ha sabido de su existencia, fuera de un círculo familiar, local. Un bufón que se gana la vida contando chistes en los velatorios, un equipo de fútbol de travestis incapaces de darle al balón con el pie, un boxeador cuya victoria, tras recibir una paliza, es poder pagar la deuda que mantiene con el colegio donde está escolarizada su hija. El cariño hacia los perdedores nos habla de la dignidad de la derrota. Y ese es un asunto al que deberíamos prestar más atención cuando celebramos cualquier éxito: porque siempre hay un damnificado.
Finalmente, agrupa unas crónicas que ya no se atienen a un personaje, sino a un coro. Una aldea masacrada, que es una de las crónicas más estremecedoras que se han escrito, para estómagos valientes, da inicio a estos episodios. Es en ellos donde se nos habla de Macondo real, de la aldea que, se dice, inspiró a García Márquez, convertida en un parque temático. Pero esa crónica sigue siendo una anécdota, como lo demuestra el compararla con la reseña de los mutilados por minas antipersona que todavía se esconden en ciertos senderos del país. Viaje al Macondo real es un libro que deberían leer no solo los aficionados al periodismo. Es un ejercicio literario de altura, de grandeza, entre otras cosas porque no hay nada más grande que ponerse del lado de los perdedores, y además hacerlo con un proyecto moral que es la fuente de la que bebe su gran estilo.


Fuente: Culturamas

domingo, 11 de febrero de 2018

LOS ÚLTIMOS


Los últimos
Voces de la Laponia española
Paco Cerdá
Pepitas de calabaza
Logroño, 2017
163 páginas

En uno de sus últimos libros de viaje, Paul Theroux se encuentra con alguien que reclama, con la ingenuidad que solo posee el hombre libre, la leyenda de Walden. Theroux desmonta de un plumazo lo que podría haber de Beatus Ille en Thoreau, o al menos en el Thoreau de Walden: un sendero separaba su cabaña de la ciudad, y la distancia la recorría en cuarenta y cinco minutos. Según comenta Theroux, Thoreau caminaba a diario por ese sendero para pasar buena parte del día en la ciudad. Lo cierto es que para protagonizar una vida como la que se refleja en Walden, uno tiene que tener la cabeza muy bien amueblada o el don de la locura. Si es que son cosas diferentes.
Cuando Paco Cerdá (Genovés, 1985) se propone escribir este libro, las dos opciones, o la única, están presentes tanto durante los diez días del viaje como durante la redacción. El territorio que recorre se extiende casi tanto como la comunidad de Castilla y León, y es un páramo deshabitado. De hecho, el índice de habitantes es inferior al de Laponia. La denominación bajo la que se encuadra es Serranía Celtibérica y, al margen de la despoblación creciente, el frío también es un ente común que se instala en esta zona y en el norte de Europa. Casi toda Cuenca y Teruel, Guadalajara y Soria, una parte de Burgos, Segovia, Valencia, Castellón y Zaragoza, y, por norma general, un paisaje desolado, en el que de vez en cuando nos sorprenden hermosos bosques en las sierras que visita. El paisaje es protagonista, porque el paisaje también nos construye. Incluso en la destrucción, dado que no todas las personas que aparecen en la crónica se enorgullecen de elegir permanecer o desplazarse hasta allí.
En realidad, el libro, excelentemente desarrollado, instructivo y con el ritmo preciso de una buena crónica periodística, es un lamento. Tal vez incluso una denuncia, aunque lo denunciable es una abstracción: se denuncia al sistema que lleva a la conglomeración urbana. Pero el sistema es, en buena medida, propaganda. En este caso, propaganda capitalista. A lo que sí cabe ponerle cara, y ese es el empeño de Paco Cerdá, es al afectado por esta amnesia y muerte de un territorio, su cultura y sus habitantes. La falta de servicios condena a muerte a más de una persona por no poder acceder a un hospital a tiempo. El libro, que se abre con un homenaje a la novela Pedro Páramo, es parte de la lucha contra el destino social. Y es elegía, pero no rendición. Porque vincula el realismo con la resignación, y reniega de este mal. Estar resignado es el antónimo de la dignidad. No todo lo que encuentra a su paso Paco Cerdá es digno, pero si lo es, lo refleja.
Si existiera un periodismo romántico, este libro formaría parte del canon. Vivir en el pasado, que a nuestro parecer fue mejor, es una de las señas del romanticismo. Y en ese pasado están presentes los monjes, los emprendedores, los ancianos, los pastores, los maestros y algún escritor despistado. Lo común a esta gente, “tan pobres que tienen alma”, como dijo Machado, es sentir como propio el territorio y la agonía. Pero el tono en el que está escrito contiene una reserva de optimismo. Mientras esta gente viva, la repoblación y recuperación de la cultura y el campo, es posible. De otra manera, no habría merecido la pena el viaje.


Fuente: Culturamas

miércoles, 24 de enero de 2018

VIDAS A LA INTEMPERIE



Nostalgia del mundo campesino

‘Vidas a la intemperie’ es un trabajo de periodismo, de sociología y de literatura en el que Marc Badal defiende la bondad de la idea del campesino tradicional, sin otra intención que la de denunciar y lamentar que “hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo”.


Desde Kropotkin y el modelo soviético, desde Goethe a John Berger, pasando por Vassili Grossman, y sobre todo tras tiempo para la reflexión no solo después de las lecturas, Marc Badal (Barcelona, 1976) construye un libro sobre la vida del campesinado sin otro guion que reflejar lo que queda de las ruinas del campo. Badal parte del principio de horfandad: somos huérfanos de un mundo al que echamos de menos sin ni siquiera habernos dado cuenta de su desaparición...

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