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miércoles, 22 de diciembre de 2021

LA FRONTERA

 

La frontera

Can Xue

Traducción de Blas Piñero

Hermida

Madrid, 2021

630 páginas

 


La idea que Can Xue (Changsha, China, 1953) maneja sobre el espacio que es La frontera, respeta el símbolo de territorio que debe construir su propia ley, el lugar en el que el pasado y el presente suceden a la par, pues rige la ausencia de tiempo, y la extraña claustrofobia de un espacio en el que el horizonte estará tan lejos como para no poder acercarse jamás al borde del territorio:

“La particularidad más importante de la región de la frontera era que el paisaje exterior, ese que se veía desde las casas, tenía un impacto enorme sobre el estado de ánimo de las gentes que poblaban ese lugar. De hecho, los oprimía. Aún peor, les reprimía las emociones y les frustraba los deseos. En sus vidas surgía siempre un imprevisto, y sus circunstancias también cambiaban. Imprevistos y más imprevistos repentinos, ésa era la norma en su nueva vida. En el interior del país, casi nunca sucedía nada”.

Hablamos de un territorio interior, que debería tener, por tanto, una consistencia física de piedra, pero al que caracteriza la semejanza a los sueños. Si este territorio, presidido por una población que se llama Guijarro, no se nutre de la huida de leyes de los sueños, no se nutre de nada. Apenas hay descripciones de la población, en la que está anclado un edificio ruinoso en el que se instala el Instituto de Arquitectura y Diseño que es el único imán que puede atraer a la gente para habitar ese lugar a cuenta del proyecto megalómano de hacer crecer la institución, y cuando Xue se entrega a hablar de la naturaleza, la expone como paisajes que están vivos hasta sentir que su bien y su mal se sobrepone al nuestro. La naturaleza, cuando aparece, es de una belleza que estremece incluso en las ausencias, como la del mítico leopardo de las nieves.

En realidad, el centro de la novela es la suerte de unos personajes que vamos conociendo de forma encadenada. El efecto de la lectura será acumulativo, pero Xue se cuida mucho de provocar ninguna aglomeración, de adensar demasiado los sucesos. Se trata de una obra coral tejida con el hilo de un personaje principal. Cada capítulo es una pequeña novela sobre uno de los integrantes de la comunidad, y el enlace que atraviesa todos ellos es la protagonista, Liu Jin, que no termina de sentir que aquel podría llegar a ser su lugar en el mundo. De hecho, nos resultará complicado comprender que nadie pueda elegir esta frontera como su lugar en el mundo. Es un lugar donde se impone el desconcierto. Uno de los personajes lo confiesa de esta manera:

“No tendría que haberlo hecho, ya que este local es muy aburrido, igual que todos en este pueblo de la frontera, y lo peor es que no pasa nunca nada de nada. Cuando uno llega a la frontera, ya no vuelve a salir. Siempre me siento en esta esquina y espero a que un día u otro aparezca, entre y venga a verme. Soy su hijo al fin y al cabo, ¿no es así?...”

Vivir es un hecho muy incómodo. Da la sensación de que hubiera un peligro latente compartiendo el aire junto al vapor de agua, pero ese peligro jamás se fragua. Tiene la consistencia de los fantasmas, es decir, es una invención de la fantasía. Y su intensidad depende de nuestra imaginación. De ahí que Xue se muestre tan realista como soñadora. Las palomas del comedor, por ejemplo, comunican a un personaje, o el personaje asegura que le han comunicado, la ruta hacia el jardín tropical que se esconde en la población. ¿Cuál de las afirmaciones dará más miedo?: la posible locura de hablar con palomas, la posibilidad de que las palomas hablen, el lugar donde se esconde el jardín en medio de nuestras vidas, lo que supone hallarlo, la imposible complicidad del esposo. “Lo que buscáis no existe. ¡Mira, incluso nosotros andamos buscándolo!”.

Moverse significa asumir riesgos, estar expuesto. Y no moverse supone limitarse a vivir cuando uno está soñando. Moverse supone compartir tiempo con lo ilusorio e irreal, atreverse a comulgar con unas leyes que uno no conoce: “el hermano Ma sufría de alucinaciones y en una de ellas creyó que se transformaba en otro hombre. Se mudó a otra casa y dejó de reconocer a los miembros de su casa de origen. ¡Tenía una novia y ni siquiera podía identificarla! La pobre pensó que había enloquecido como tantos recién llegados a la frontera”. Lo raro, allí, es no convivir con lo que se produce raramente. Y al utilizar el adverbio de modo raramente no nos referimos a la frecuencia: lo que sucede es poco frecuente fuera de la frontera, pero lo inesperado, aunque sea extraño, es casi la norma en este territorio, que se caracteriza por la lejanía de lo común. Hablamos de un territorio de pequeños seres que tienen algo de grotesco, pero no lo suficiente como para resultar tan inverosímiles que nos alejen de lo creíble: al fin y al cabo, están sujetos a los mismos conflictos que cualquiera de nosotros, a pretender la libertad del cuerpo, a concebir la vida como un viaje, a sentirse atados.

La novela llega a nosotros en traducción de Blas Piñero, que al margen de su labor reinventando el texto, nos presenta un compendio de notas que nos invita a navegar por la cultura china. Los detalles a los que se atiene cada interpretación de las palabras clave que utiliza Xue, indica que la teoría narrativa del iceberg se queda escasa a la hora de valorar su narrativa. El simbolismo nos habla de erudición y de sensibilidad, nos ayuda en el viaje que es la lectura, enriquece el contenido y amplía el valor de la literatura de Xue, de difícil catalogación, pero en la que es indudable que está empañada de poesía.


Fuente: Revista de letras

viernes, 22 de enero de 2021

DIARIO DE VIAJE DE UN FILÓSOFO

 

Diario de viaje de un filósofo

Hermann Keyserling

Traducción de Manuel G. Morente

Hermida editores

Madrid, 2021

842 páginas

 


Que sea el bodhisattva y no los sabios quien encarne la mejor versión de la condición humana, es la conclusión a la que llega Hermann Keyserling (Livonio, Estonia, 1880 – Innsbruck, 1955) tras un recorrido alrededor del globo. Keyserling observa con intenciones de interpretar, y su reflexión es tan introspectiva como diletante. Siempre mira hacia el alma y siempre le preocupa cómo se comparte el alma. De ahí que encumbre al bodhisattva, al camino que emprendió Buda, a quien se encuentra sobre la ruta, porque, como explica: “juró no entrar en el nirvana mientras sobre la tierra siguiera penando un alma sujeta aún a los vínculos terrenales. Y lo comparo con el sabio que, indiferente al mundo, aspira tan sólo al conocimiento de Dios”. Esta forma de viajar, en la que está tan presente el hábito del pensamiento y el sentimiento occidental y se coteja con el oriental, impera a lo largo de esta obra descomunal y eterna, en la que se impone un término por encima de todos los que a uno se le vierten en la cabeza durante la lectura, y esta palabra es armonía. Keyserling piensa que la armonía es el fin de nuestro paso por la existencia, algo así como el sentido de la felicidad, y que esta existencia está atada a los demás. Y considera que si alguna cara de los poliedros de las religiones es una cara positiva, es la que aporta suelo a la ruta hacia la armonía. Así pues, viaja para comprender el sentido de las verdades que descubre el islam, el budismo, el hinduismo, el taoísmo, el confucionismo, pero también el cristianismo, tanto el católico como el protestante, que es la fuente de la que bebió en la infancia.

Keyserling parte de Europa y recorre la India, China, Japón y Estados Unidos en un recorrido sin describir medios de locomoción, excepto las transiciones en barco, pero atendiendo a lo sublime al tiempo que muestra lo que le perturba, que serán las emociones que darán pie al pensamiento. El occidente del que parte es demasiado científico y predispuesto a las catalogaciones. Por lo que o eres un espíritu muy abierto, y reconocerlo atentaría contra la humildad, o eres tan crítico con el origen como con el destino. “Dejo entrar libremente en mi ánimo todas las narraciones”, asegura este lector apasionado, un hombre que destaca por lo sensitivo, que se inclina ante lo profundo y lo expresivo, ante lo artístico y ante los regalos de la naturaleza. Sus diarios carecen de fecha, pero no de centros de interés, que pueden ser cuadros o reacciones, que darán lugar a consideraciones en las que la estética es una virtud moral, el alma se reconoce por la expresión. Y así nos presenta un texto que refleja búsqueda, anhelos, el deseo del trópico y el deseo de ser mejor persona, poesía y felicidad; es un texto para la metamorfosis, en el que uno no deja de ser el recipiente en el que el pensamiento sucede. Y un texto de alguien que no cesa de enamorarse de los lugares que, por sus características, van imponiendo uno u otro orden religioso, todos ellos dignos, todos ellos incompletos. Pues ninguna de las religiones consigue atender a la vez al interior y al ser social, parece indicar mientras las va comparando en un análisis de alto octanaje filosófico.

Estamos frente a un especialista en historia comparada de las religiones que encuentra santuarios en los templos, sí, y en los libros sagrados, pero también en los jardines y en los juegos populares. El mundo va cambiando a medida que lo puebla con sus pasos y así se amplía el mundo de lo posible. Nacen, con frecuencia, sus debilidades filosóficas y se enfrasca en digresiones que buscan abstraer conceptos a partir de las visiones concretas. Por momentos es deslumbrante en este ámbito, aunque en ocasiones pueda resultar un poco, muy poco, repetitivo. No importa, pues lo que uno destila de la obra es demasiado contundente: con qué está reñido y con qué marida lo racional, esa forma de estar en el planeta occidental que debería rendirse ante las aportaciones de la cultura oriental, al menos ante las más humanas, las que llevan por la senda de Buda, por ejemplo.

“Si los chinos poseen una cultura moral tan fabulosa es porque no se rompen la cabeza sobre los problemas morales, pero, en cambio, dejan que se apoderen de su alma por completo los principios confucianos que, desde luego, expresan verdades eternas. Este método produce, sin duda, personas poco interesantes, pero aptas para el trabajo”.

La cita muestra la bipolaridad admirativa que carga en la mirada nuestro filósofo: la vida debería estar organiza bajo un sentido sublime. Sometido a una suerte de extrañeza social que no descansa, Keyserling indaga en los modos de convivencia y se entrega a la cortesía. Viaja identificándose, es decir, viaja intentando vivir dentro de los sentimientos de los demás. E incluso rescata las buenas aportaciones de occidente cuando, al final del libro, recorre Estados Unidos, el país que va destilando lo mejor y lo peor de una Europa que ya parece cansada, un lugar muy enérgico donde conviven la frescura y la inmadurez: “lo que verdadera y seriamente me interesa es la posibilidad del mundo, no su existencia ni su naturaleza”, comenta al principio de un diario que derrocha sensatez y su hermana gemela, la sinceridad.


lunes, 18 de enero de 2021

DISTRITO DEL SUR

 

Distrito del sur. Un paisaje inglés

Winifred Holtby

Traducción de Simón Santainés

Hermida editores

Madrid, 2021

672 páginas

 


La moral está vinculada a Dios, a los hombres, y a no se sabe cuántas cosas más, incluido el deber. La moral es un animal apaleado y es un rabo de Satanás entre las costillas, pero cuando uno aprende a manejarse con ellas, es un lugar de descanso: es posible que produzca fatiga el frecuentarla, sobre todo por la parte de lucha que conlleva, pero saberse en manos de buen criterio nos permitirá cerrar los ojos dulcemente. Aunque ese buen criterio no es un cimiento fijo, no es de hormigón ni está bien localizado. Nos lo ponen fácil quienes practican la dominación religiosa, pues es sencillo que uno se salvará por ir a la iglesia todos los domingos, mientras que es complicado valorar que uno está en la buena senda por ser bueno. Pero todo esto genera un debate, en ocasiones un conflicto y unos cuantos desgarros en la condición humana. Todo esto es la sal y el azúcar sobre el que edificar una novela, como este Distrito del sur, escrita hace casi cien años y que conserva todos los ingredientes del XIX y se interna en toda la valentía del XX. Al menos en términos literarios.

La obra nos presenta a una comunidad pequeña, un entorno rural que da la sensación de estar aislado: es posible que existan leyes administrativas y leyes sancionadas por el párroco, pero los personajes irán construyendo, modificando, a veces destruyendo, sus propias leyes, que brotan a partir de la complejidad para relacionarse con los demás. El detonante es la incorporación de una mujer de cuarenta años a la dirección de la escuela, pero de ese tronco surgen muchas ramificaciones, que pueden ser tangenciales o estar estrechamente ligadas, en cada historia pequeña, en cada episodio particular. Pues cada capítulo es un relato en sí, incompleto, es cierto, pues está en función del retrato global de la sociedad, pero narrado con una solvencia a la que no estamos acostumbrados. La estrategia narrativa nos remite a obras como Antología de Spoon River, de Edgar Lee Master, salvando las distancias que existen entre quien comulga con Tolstoi y quien lo hace con Walt Whitman. Y no se puede dejar de asociar la atmósfera a los condados cerrados de Faulkner y García Márquez. Todo ello con un espíritu de novela que nos recuerda a George Elliot en Middlemarch. ¿Se puede exigir más? Sí, se puede exigir salir triunfante de ese empeño. Y Winifred Holtby (Rudston, 1898 – Londres, 1935) demuestra talento y trabajo para retratar esta aldea reaccionaria en la que vamos conociendo todo a la vez: lo que son y lo que piensan los personajes, y lo que sucede a todos y cada uno de ellos. En cierta medida, se puede hablar de un refugio en arquetipos, pero los arquetipos han surgido de una destilación, de una observación, de una indagación en la condición humana.

Holtby demuestra una cierta confianza en la humanidad, pues sus personajes no evitan la incomodidad de vivir y, por lo tanto, saben que el destino depende de sus actos. Pero al mismo tiempo se transmite un pesimismo o una tristeza, la de quien siente que es fácil que todo vaya mal. La sensación universal de esta obra viene de ese ambiente que surge al comprobar lo complicado que es entenderse con los demás. El consuelo que nos queda es la sensación de estar leyendo otra época, otro lugar; pero durante la lectura, una experiencia de las que nos lleva a vivir dentro del relato, no podemos evitar preguntarnos si ellos no tenían razón, si no deberíamos renegar de lo digital y la comunicación online, por mucho que nos pese el malestar de los contactos entre personas. Tal vez sea cierto que la vida entonces era más auténtica.

miércoles, 28 de marzo de 2018

MEMORIAS

Este librazo acaba de entrar en casa
Una maravilla.

Memorias. Mi vida con Marina

El libro que presentamos es un documento imprescindible para conocer a Marina Tsvietáieva y un gran fresco de casi un siglo de Historia



HERMIDA EDITORES
1210 páginas
En 1971 se publicó en Moscú la primera edición (antológica) de las Memorias de Anastasia Tsvietáieva, escritora y hermana menor de la poeta Marina Tsvietáieva, en las que ofrece un repaso asombroso no sólo por la atormentada vida de la gran poeta rusa, sino por la historia de Rusia desde principios del siglo xx, marcada por la Revolución de 1917.
Con una prosa concisa y fluida, rayana en el lirismo, Anastasía empieza relatando la vida cotidiana durante su infancia y adolescencia en el seno de su familia, perteneciente a la burguesía moscovita y con inquietudes intelectuales (el padre fundó el Museo Pushkin de Moscú). El libro es un viaje nostálgico a través de unas vidas ricas e intensas y de un mundo que naufragó después de la Primera Guerra Mundial.
Fueron unos años sacudidos por acontecimientos de enorme trascendencia dentro y fuera de Rusia, pero también por la eclosión de una literatura innovadora en la que brillaron con luz propia escritores de la talla de Anna Ajmátova, Gorki, Gumiliov,  Voloshin, Mandelstam o Pasternak.
Detenida en septiembre de 1937, Anastasía Tsvietáieva fue  deportada a Siberia y luego relegada, mientras que Marina se suicidó al comienzo de la guerra, en 1941, tras regresar del exilio europeo a la Unión Soviética en 1939. Después de años de trabajo e investigación, Anastasía logró que se creara el Museo Marina Tsvetayeva en Moscú, inaugurado un año antes de su muerte en 1993, a los 98 años.