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miércoles, 28 de marzo de 2018

MEMORIAS

Este librazo acaba de entrar en casa
Una maravilla.

Memorias. Mi vida con Marina

El libro que presentamos es un documento imprescindible para conocer a Marina Tsvietáieva y un gran fresco de casi un siglo de Historia



HERMIDA EDITORES
1210 páginas
En 1971 se publicó en Moscú la primera edición (antológica) de las Memorias de Anastasia Tsvietáieva, escritora y hermana menor de la poeta Marina Tsvietáieva, en las que ofrece un repaso asombroso no sólo por la atormentada vida de la gran poeta rusa, sino por la historia de Rusia desde principios del siglo xx, marcada por la Revolución de 1917.
Con una prosa concisa y fluida, rayana en el lirismo, Anastasía empieza relatando la vida cotidiana durante su infancia y adolescencia en el seno de su familia, perteneciente a la burguesía moscovita y con inquietudes intelectuales (el padre fundó el Museo Pushkin de Moscú). El libro es un viaje nostálgico a través de unas vidas ricas e intensas y de un mundo que naufragó después de la Primera Guerra Mundial.
Fueron unos años sacudidos por acontecimientos de enorme trascendencia dentro y fuera de Rusia, pero también por la eclosión de una literatura innovadora en la que brillaron con luz propia escritores de la talla de Anna Ajmátova, Gorki, Gumiliov,  Voloshin, Mandelstam o Pasternak.
Detenida en septiembre de 1937, Anastasía Tsvietáieva fue  deportada a Siberia y luego relegada, mientras que Marina se suicidó al comienzo de la guerra, en 1941, tras regresar del exilio europeo a la Unión Soviética en 1939. Después de años de trabajo e investigación, Anastasía logró que se creara el Museo Marina Tsvetayeva en Moscú, inaugurado un año antes de su muerte en 1993, a los 98 años.

viernes, 29 de diciembre de 2017

MEMORIAS DEL CALABOZO

Memorias del calabozo

Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro

Txalaparta
Navarra, 2017
400 páginas

Mateando frente a una grabadora, dos personas a las que trece años de prisión en condiciones de secuestro bajo la bota militar, han hecho de Mauricio y Vicente dos ancianos con memoria y se diría que sin rencor. Porque no se supura odio en la conversación, no salta a la vista la denuncia, no nos estremecemos. Sentimos mucha tristeza y compartimos con ellos el tiempo que no es de revancha, sino de memoria compartida, casi de sueño. Mauricio Rosencof (Uruguay 1933) y Eleuterio Fernández Huidobro (Montevideo, 1942 – 2016) son dos activistas políticos y culturales que sufrieron, junto a Pepe Mújica (Montevideo, 1935), quien fuera presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, la represión de la dictadura en forma de tortura. Las diversas celdas por las que fueron pasando tenían condiciones infernales, pues el infierno es la privación de la luz solar, la humedad en las paredes, la humillación, el hambre. Una experiencia que se narra en este libro, a dos voces, sin ningún sesgo por parte del periodista ni de un redactor. El texto es largo, incluye los episodios de descanso en una conversación que, por acuerdo tácito, sucede rememorando lo vivido en orden cronológico. La dureza va implícita a los hechos, no a las descripciones, que son breves y sin alardes. Eso sí, la facilidad para la conversación que poseen estos dos hombres sorprende y da al libro un tono muy personal, el atractivo dictado del acento uruguayo.
En cuanto al contenido, cabe avisar que la crudeza va en aumento a medida que suceden los años y ninguno de los tres se dobla, se rinde. Ni siquiera cuando llevan meses sin escuchar su propia voz. No hay deje de autocompasión por mucho que relaten cómo se les faltaba a la dignidad, cómo se les acribillaba y deshumanizaba. Sorprende descubrir que el relato cabalga sobre el oído, órgano que se afina durante la prisión, pues es el que mejor se adapta para ayudar a construir el mundo, lo que sucede al otro lado de la puerta, que es a lo que se reduce el mundo del prisionero. Allí es donde habitan quienes les torturan “hasta la licuefacción lenta” y se admiran unos a otros por ello. De ese calado es la moral de los militares que les encierran. Los rasgos de humanidad en algún soldado o en un alto cargo son muy escasos y tan raras que saben que no deben agarrarse a ellos para crearse ningún tipo de ilusión. Las esposas y la capucha son la norma, el cigarrillo la excepción. De tal forma que estaban dispuestos a soportar una tanda de “piñazos” con tal de poder mear, cagar y tomar agua.
En algún momento, confiesan que los niños son lo peor del encarcelamiento por varias razones. Se daba el caso de torturas de padres frente a sus hijos, por ejemplo, pero también los militares de alto rango que llevaban a los críos a la prisión para que vejaran a insultos a los presos. De hecho, uno de los peores síntomas de la falta de libertad, confiesan, es no haber visto apenas a un niño y lo que les sorprendió el mundo cuando, al salir, descubrieron un parque lleno de críos jugando. La palabra clave, más fácil de decir que de sostener como actitud, es dignidad. Mauricio, por ejemplo, para no venirse abajo pensaba en su padre o sus hermanos, fallecidos en Auschwitz, durante los nueve meses que les instalaron en un “banquito destartalado contra el muro frontero a la puerta y teníamos que permanecer sentados todo el tiempo con las narices pegadas contra la pared”, con las manos atrás, atadas con alambre, incomunicados, soportando un cinismo disciplinado. Confiesan que llegan a vivir en un mundo sin color, en un proceso mental que lleva hacia el desequilibrio, sintiendo que les crece la agresividad, con sueños malditos que suceden en blanco y negro. La única fuga que les es permitida es la fantasía, el refugio de los locos, mientras se comen los bichitos que viven en la humedad. No exploramos más. Mejor dejar que el lector termine de descubrir por sí solo este demoledor relato de supervivencia, en el que se demuestra que sobrevivir es mantener la dignidad a flote.

Mauricio Rosencof

El Ruso (Uruguay, 1933), hijo de inmigrantes judíos de Polonia. Varios de sus familiares murieron en el ghetto de Varsovia y Auschwitz. De sus padres, militantes obreros, hereda la conciencia política y milita en la Juventud Comunista.
En los años cincuenta despierta al mundo del teatro y en los sesenta es uno de los dramaturgos más conocidos de América. Escribe, entre otras, El gran Tuleque, Las ranas, La valija, Los cabellos y reportajes políticos como La rebelión de los cañeros.
Comandante de la guerrilla urbana del Movimiento de Liberación Nacional/Tupamaros. En 1972 cae en una emboscada y es torturado sin interrupción durante nueve meses. Tras el golpe militar de 1973 es enterrado en vida durante once años y medio.
Tras su liberación, sigue reorganizando los Tupamaros y aumentando su creación literaria. Obras de teatro (El saco de Antonio, El combate del establo, El hijo que espera); colecciones de poemas (Conversaciones de la alpargata, Canciones para alegrar una niña); o textos políticos y literarios (Vida de perros) o cuentos (El gran bonete), etc.

Eleuterio Fernandez Huidobro

Ñato (Montevideo, 1942). Hijo de inmigrantes españoles. En 1965, junto a Raúl Sendic, crean el Movimiento de Liberación Nacional/Tupamaros. En 1969 es detenido en el transcurso de la toma de la ciudad de Pando. En 1971 escapa en la famosa fuga masiva de Punta Carretas.
Un año después, cae de nuevo gravemente herido y, tras el fracaso de unas negociaciones con los militares para buscar una solución política, forma parte del grupo de rehenes secuestrados durante once años y medio. Reconstituido el poder civil en 1985, es puesto en libertad y en ese momento asume la reorganización del movimiento tupamaro como organización política.
Hoy es uno de sus dirigentes más destacados, desarrollando además una amplia actividad literaria como cronista del MLN. Ha publicado Historia de los Tupamaros (tres tomos), La Tregua Armada y La Fuga de Punta Carretas (dos tomos).

Fuente: Culturamas

jueves, 21 de diciembre de 2017

CASA DE ORACIÓN Nº2

Casa de Oración nº2

Mark Richard

Traducción de Tomás Cobos
Dirty Works
Barcelona, 2017
191 páginas

Derrotados ya de tanto ver el mismo paisaje, o Manhattan o California o un lugar del centro de los Estados Unidos, a ser posible rural, Cara de oración nº2 es un libro de memorias en el que se reciclan todos ellos. La solución final tiene mucho que ver con el apoyo más importante de Mark Richard (Luisiana, 1955), Flannery O´Connor, convencido de que la mayor amenaza para el alma es uno mismo. El extraño título del libro proviene de un final que deberíamos desvelar, que, de hecho, cuesta esfuerzo sacrificar en la reseña, que es la recomposición de esa alma, el modo en que consigue Mark Richard colocar su puzle vital, su trabajo, su familia, su residencia y su anatomía, pues todo el libro está atravesado por la deformación de la cadera que marca su nacimiento y que le obliga a pasar terribles episodios de tortura médica, al margen de una infancia diferente. Parte del resultado de su resiliencia (¿no había un anglicismo mejor para diagnosticar la resistencia psicológica frente al acoso de la realidad?) es la fe. Siendo blanco y padre de familia, asiste con su madre a clases de lectura de la Biblia en la parte negra de la ciudad donde vive, y los domingos a una pequeña iglesia episcopal blanca, por la mañana, y por la tarde a la Casa de Oración nº2, que es la iglesia de los negros.
Entre la supervivencia a una infancia atado a la cárcel de su cadera y esa hombría que demuestra al final, ha sido un vagabundo, pendenciero, buscavidas, rodeado de una suerte de gente que él mismo enumera: un biólogo marino pluriempleado, el policía de paisano con la pipa de hachís, el mago que roba carteras, la recepcionista que se acuesta con el equipo de hockey, el sátiro que vende repuestos de automóvil, el marino, el corredor de apuestas, el dueño de un bar que tiene siempre los brazos rotos, los dos bármanes homosexuales que serán juzgados por asesinato, la enfermera yonqui, el viudo trágico y un larguísimo etcétera que tiene una presencia más o menos importante en el pasado de Mark Richard. Y siempre están los médicos y las muletas, las operaciones de cadera y la capacidad de sacrificio, casi sin darse cuenta, que requieren ciertos trabajos que sirve para fortalecerle y así evitar el deterioro de los huesos. Así es como va eligiendo lo que sucede cada día, sin poner la mirada en horizontes muy lejanos, pues los médicos que le han tratado desde niño le pronosticaron que a los treinta años estaría en silla de ruedas.
Cierto descaro, entre Huckleberry Finn y On the Road, caracteriza a este personaje, que se habla a sí mismo en segunda persona, como si no pudiera creerse su propia vida. En literatura testimonial, es un recurso que nos remite a la psicoterapia y al realismo algo sucio. De hecho, contagiado por la generación de literatos a la que pertenece, Richard ha reducido al mínimo las expresiones y su prosa funciona como un metrónomo en marcha. Así es como nos relata esta demostración de lo difícil que es encontrar tu sitio en el mundo. Hasta el punto de que termina por acogerse al ancla de la fe, porque de lo contrario tendría que seguir permitiendo que el azar gobernara, que es de lo que trata este libro, de cómo el azar ha decidido por él. Excepto cuando ya se ha consolidado como adulto, como escritor, previo paso por la redacción de informes para una agencia de detectives o documentos jurídicos. Previamente, los buenos recuerdos son escasos y siempre tienen que ver con la camaradería, aunque sea defendiendo una causa que vista desde fuera se nos antoje aberrante, en cuanto existe la amistad se da carta de naturaleza a la justicia de su actitud. Y, por suerte, esa segunda persona se sostiene a lo largo de toda la narración, ese tú que mantiene a raya al costumbrismo americano y, así, consigue que esta no sea una obra más de la literatura que llena las mesas de novedades.

Fuente: Culturamas

viernes, 15 de diciembre de 2017

MEMORIAS DE ABAJO

Memorias de abajo

Leonora Carrington

Traducción de Francisco Torres Oliver
Alpha Decay
Barcelona, 2017
83 páginas
Con el potencial de sensibilidad, que es tanto como decir de inteligencia, de alguien como Leonora Carrington (1917-2011), basta un momento de lucidez. Estas Memorias de abajo son un libro sobre la descomposición del alma, que se resuelve en el momento en que Leonora Carrington se ve reflejada. Es un instante, un gesto de otra persona que hace de espejo, lo que devuelve la sensatez a una psique desplazada. Es cierto que la crudeza del trato que recibe durante su internamiento en un hospital psiquiátrico de Santander, en época franquista, solo sirve para trastornar más. También lo es que ella tiene la buena disposición de cerrar un capítulo doloroso en la memoria, y para ello no se sirve del lenguaje como instrumento de degüello contra una gente que tal vez se lo merecía. Leonora Carrington presta atención a la falta de dominio de sí, a la mente disociada del yo o, como ella comenta, “a los personajes que habitan en mí”. Huyendo de la Guerra Mundial, España debería haber servido de puente. Pero en Madrid es atropellada y secuestrada en un episodio confuso o que se rememora con confusión. Son instantes en los que Leonora está convencida de que el estómago es el recipiente del alma, de la psique. De hecho, a lo largo del texto hay una inercia a identificar el mal exterior con las disfunciones del organismo.
Pero previamente había conocido, y escondido en la memoria, la sanación por la naturaleza. Sucedió durante su estancia en Andorra, y será una tabla de náufrago que resurgirá en el instante en que es necesario aferrarse a algo para sostenerse frente a la violencia del tratamiento de inmovilidad en una cama llena de excrementos, aterida con cardiazol, maltratada hasta el punto de incrementar sus obsesiones, las mismas que la llevarán a elegir el surrealismo como opción artística: visiones apocalípticas o paradisíacas, confusiones de personas, paranoias de toda calaña, deformaciones fisiológicas, presencias que se sienten pero no se ven. Esa locura la sirve para sobrevivir, en contra de lo esperado, a la tortura, al sufrimiento, que además manipulan sus captores atizándola con el sentido de la culpa. Hay pánico en Leonora, pero no lo hay en este breve escrito. Sí unos extraños episodios en los que recuerda las ceremonias que ella inventa para salvar al mundo, tan inocentes como monstruosas, dos adjetivos que día a día se nos van haciendo más indisociables. Agradecemos el tono que ella elige, prestando atención a sí misma, porque es ella la que sufre y se salva. Podría haber optado por poner las cosas en su sitio y maldecir. Es cierto que ni sus médicos y asistentes, ni el régimen franquista, quedan bien parados. Pero son un escollo, no el centro de interés, que sigue consistiendo en el misterio del alma, o de la psique o de como sea que se llame eso que uno tiene dentro y que es tan frágil.

Fuente: Culturamas

domingo, 26 de noviembre de 2017

ALEGATO DE UN LOCO

Alegato de un loco

August Strindberg

Traducción de Cristina Ridruejo Ramos
Mármara
204
411 páginas

La dificultad de traducir una palabra como plaidoyer complica la energía con la que nos magnetiza el libro. Alegato no es una mala elección, pero no es todo lo precisa. Como con tanta frecuencia, la semántica de los idiomas no tiene una correspondencia unívoca. El castellano tuvo que adoptar la palabra saudade porque ni melancolía ni nostalgia querían decir lo mismo. Alegato, defensa, justificación, recensión, lamento… todas ellas están implícitas en plaidoyer. Como lo está la violencia. Porque, en definitiva, esta novela, narrada en primera persona, es la expresión de la violencia de un alma que no sabe contenerse. El equilibrio, todos lo sabemos, no consiste en permanecer imperturbable en el centro, sino en adiestrarnos sentimentalmente para poder pasar del dolor al gozo sin venirnos abajo. El protagonista, supuestamente un alter ego del propio Augusto Strindberg (1849 – 1912), salta bruscamente de uno a otro fiel de la balanza, y a ser posible portando un yunque para que su caída en el lado bueno o en el malo pese más.
“Que el lector ilustrado se pronuncie en última instancia, una vez terminada la lectura atenta de este libro, con buena fe. Tal vez descubra en él ciertos elementos de la psicología del amor, ciertas indicaciones de psicología patológica y, además, un curioso fragmento de la filosofía del crimen”.
La declaración de intenciones previa a la historia del adulterio, de los celos extremos, de la provocación como norma de convivencia, de odio por la mujer y tal vez por todo lo femenino, exige al lector tanto como para hacer de ese párrafo una caricatura. En primer lugar, solo un lector ilustrado posee capacidad para interpretar el texto. Esa hipérbole nos hace pensar que Strindberg tomó la distancia suficiente con el relato como para ser consciente de que se trataba de ficción, de pura novela. A continuación, nos da una orden: es imperativo que a partir de nuestros conocimientos, que al menos deben contener una alta dosis de psicología o de educación académica y vital, hagamos una interpretación de los hechos que, confía, como indica el plaidoyer,perdone al narrador. Y de todo lo que uno integra en una novela, solo debemos contar con la psicología del amor, que es un auténtico oxímoron: si hay algo que no pueda estudiar la psicología, eso es el amor. Y Strindberg lo sabe. Eso por no hablar de la filosofía del crimen que, en los tiempos que corren, puede identificarse con la violencia de género.
Pero no solo el protagonista es culpable. La novela está llena de entradas y salidas de escenarios, por parte de personajes que de repente se hallan fuera de lugar. Está llena de fondos teatrales y decorados de ópera, de vestidos para la ocasión y toda la farsa de una imagen de la clase alta o semialta de Europa central, la dominante a finales del siglo XIX, o la que se tenía por heredera del dominio. Pero los rentistas cada vez veían más mermada su riqueza y su capacidad de decisión social a favor de la nueva clase empresarial. Eso también está presente en la novela: el deseo de haber vivido cincuenta años antes, y que las rentas las produjera el arte. Y luego están los vínculos entre personajes, todos secretos, por supuesto. Y ya se sabe que nada es más público que un secreto que comparten los personajes. O sí, sí existe una cosa más pública. Se trata de otro secreto, el del escritor. El del narrador de altísimo talento, de mucho voltaje, como August Strindberg, que saca sus secretos, o al menos lo aparenta, a la misma luz que ilumina nuestras mejillas.

Fuente: Culturamas

jueves, 23 de noviembre de 2017

YO SÉ POR QUÉ CANTA EL PÁJARO ENJAULADO

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado
Maya Angelou
Traducción de Carlos Manzano
Libros del Asteroide
Barcelona, 2016
348 páginas

Desde que la serpiente mordió en la nuca a Eva para que esta se volviera contra ella, y así poder comprar el perdón a precio de una pieza de fruta, nada hay como el sentimiento de culpa a la hora de necesitar dejar un testimonio. A lo largo de estas memorias, del primer volumen de estas memorias de Maya Angelou (Marguerite Annie Johnson: San Luis, Misuri, 1928 – Winstom-Salem, Carolina del Norte, 2014) ese inmerecido sentimiento flota como parte indivisible de los átomos que componen el aire que se respira. No sabe bien la razón por la que empieza a escribir, de hecho, lo hace con su primer recuerdo sólido de infancia para seguir un orden cronológico hasta cuando abandona cualquier tipo de ingenuidad, pero sabe que está saldando deudas. Y que esta sanación deberá estar al alcance de cualquiera de las personas que la han rodeado en su vida. Consciente de que escribe para gente humilde al igual que para cualquier erudito, Angelou no se complica en la redacción. La impresión que da es tiene al lector metido en la cabeza, pero sabe quién es ese lector. Puede que el destinatario de cada párrafo sea una persona diferente, aunque seguro que siempre serán sus hijos, pero no deja de escribir con un lector en sus intenciones, en su prosa sencilla, directa. En ocasiones seca.
Sobre todo cuando uno tiene la impresión de que debería mostrar más las emociones, desnudarse de otra manera. Como en el pasaje en que es violada contando ocho años de edad, donde apenas existe la descripción. Pero esas dos palabras que ella utiliza harían callar a cualquier orquesta. La sensibilidad de Angelou es de tal grado que conviene no mover demasiado las piezas, que si en lugar de este testimonio de supervivencia, épico, que nos lleva de viaje al sur de los Estados Unidos, se hubiera dedicado al verso, la crudeza saldría fuera del reglamento de cualquier gramática. Pero ella se centra en la epopeya de la primera mujer negra que consiguió trabajar en los tranvías de San Francisco, aunque fuera en el turno de noche y sin haber alcanzado la mayoría de edad. Pero esa sensación de haber sobrevivido donde tantos se vieron ahogados en el fango, es la que consigue que flote, a lo largo de todo el relato, la pregunta que no se formula: ¿por qué yo? Eso al alcance de tan pocos escritores, de los mejores, ese testimonio de su verdad sin alardes y si autocompasión, es lo que consigue centrar el discurso en el único tema realmente válido a la hora de construir un relato: la forja de una dignidad.

Y para ello, sí, se vale de lo poco que ha amado, sobre todo de la presencia de su hermano, a quien vive como una alma gemela. Y de la ausencia de unos verdaderos padres. Angelou vuelve a ver con los ojos de la niña que fue. En un extraordinario ejercicio de empatía con la memoria, vuelve a entender el mundo adulto como lo entienden los muchachos de siete, nueve, doce años. Y lo interpreta como un mundo lleno de premoniciones y secretos, todos vedados para ella. No hay el menor atisbo de que sepa cómo finalizará su vida, por más que esta obra esté escrita en plena madurez y sea parte de un río que seguirá con otros seis volúmenes. Que esperemos ver editados en breve, confiando en que  sean tan extraordinarios como este viaje. Esta impostación literaria es perfecta: el adulto que escribe, el niño que narra, ve y critica con la sensatez de un preadolescente, con su conciencia de marginación social. La niña que descubre la muere y la adolescente que hinca los dientes en el sexo. Y la religión como un inútil consuelo de los desfavorecidos, esa misma religión que nos atribuye sentido de culpa porque sí, por capricho. “Me volvió, como un amigo muy añorado, la antigua sensación de culpa”, comenta hacia el final del libro, cuando ya hemos descubierto que de eso trata la épica, cuando ya hemos descubierto que en la culpa se encuentran los vínculos que retardan la sensación de sentirse digno.

Fuente: Culturamas

miércoles, 22 de noviembre de 2017

VIDA DE ZARIGÜEYAS

Vida de zarigüeyas
Dolly Freed
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Alpha Decay
Barcelona, 2012
219 páginas

El Robinson urbano



En un epílogo mimoso y conciliador, Dolly Freed (Florida, 1960) se excusa un poco por los pasajes más vehementes de su libro, pero sigue sosteniendo que es posible implantarse, en mitad de la civilización moderna, dentro del barril de Diógenes. No sólo defiende esta posibilidad, sino que incluso la promociona. A su juicio, es una insensatez no guiarse por ella, dado que el tiempo que ha transcurrido desde que escribiera el libro, en 1978, hasta hoy, ha incrementado la necesidad de reconocer que podemos llegar a necesitar sobrevivir en un mundo que ha colapsado. Dicho de otra forma, si el futuro que se avecina se asemeja a Mad Max, y eso es algo que no cabe descartar, aprender a vivir con el mínimo necesario, pescando en los ríos de los alrededores, plantando un huerto urbano, criando gallinas y conejos dentro de casa, puede ser nuestra salvación. Y, además, se trata de un recurso que muestra una vía de libertad. Porque ese es el planteamiento de este libro, defender una hipótesis de libertad que pasa por controlar la propia vida.
Con Diógenes como modelo, el filósofo que no sentía apego por los objetos ni por la memoria, y con un padre tan expeditivo como ingenioso, del que a medida que uno va leyendo sospecha que padece problemas con el alcohol, a modo de mentor, Dolly Freed elabora una guía de supervivencia. Pero, al mismo tiempo, este libro es también un recetario de cocina y una guía de salud, un libro de autoayuda y una crítica social, la narración de una iniciación y un libro de humor. De hecho, es un libro de humor tan socarrón como los de Bill Bryson o Gerald Durrell. Vida de zarigüeyas es un libro sin género, pero atípico entre los libros sin género, o un tratado que mezcla diversos géneros que no siempre son literarios. Entre otras cosas, porque se defiende al instinto por encima del aprendizaje; porque se aboga por la necesidad de decrecimiento económico sin teorías económicas de por medio; porque topa con la vida de la gente que construye su presente fuera de la sociedad mientras mantiene cierto cinismo acerca de lo espiritual. Y hasta hay algo de la picaresca entre las páginas, dado que si hay una cualidad de la inteligencia que se defiende, esta será la astucia. A la que cabe unir un carácter que desconoce el sentido del ridículo y un temperamento que carece de escrúpulos a la hora de afrontar lo práctico, siempre y cuando no se dañe a los demás, como por ejemplo a la hora de elegir el menú. En resumen, es un tratado que versa sobre “hacer de la necesidad virtud”.
Careciendo de ideología o, aparentemente, de delirios ideológicos (si bien cabe cuestionarse las certezas de su elección, pues puso el alma en ello), Freed se refleja como la buena adolescente que es, denotando un tono subversivo. Porque la rebeldía es parte de la vida de las zarigüeyas. “Durante algún tiempo nos ha resultado difícil tomar decisiones, así que no hemos tomado ninguna… Y, sinceramente, no tener que tomar decisiones es uno de los mayores lujos de la vida (sólo comparable a no tener que trabajar)”. Aislada de la civilización por un muro de revuelta juvenil, y de las utopías por un egoísmo poco dañino, Freed considera que la felicidad es una sensación y que, por tanto, donde hay que trabajar es en el interior del individuo: “Uno de los elementos básico de nuestro bienestar consiste en ser capaces de escuchar las noticias sobre las finanzas sin figurarnos que el fin del mundo está al caer”. “Ni te imaginas la diferencia entre la presión arterial de uno que paga impuestos y la de otro que no lo hace mientras leen el periódico”, afirma en las primeras páginas del libro, tal vez las más brillantes, antes de pasar a combinar las anécdotas con las explicaciones, a veces de gusto dudoso, sobre cómo preparar una tortuga o una paloma para cocinarla.
En resumen, alguien que sostiene que es más fácil prescindir de cosas que se pueden pagar con dinero que ganar el dinero necesario para comprarlas, sigue mereciendo un pequeño altar en el rincón de nuestras casas.


Fuente: Quimera

lunes, 20 de noviembre de 2017

QUIENES VIVEN

Quienes viven
Annie Dillard
Traducción de Mónica Rubio Fernández
Sabina
Madrid, 2016
509 páginas

Uno piensa que a cualquier escritor de calado, de esos que consiguen que todavía nos despertemos ante una novela, le está obligado rendir cuentas a Faulkner o a alguno de sus sucesores como Cormac McCarthy. O, por ejemplo, como sucede en esta excelente novela, que el realismo histórico sustituye al realismo mágico de Cien años de soledad. Pero a la hora de la verdad, el espacio literario común, de la fuente de la beben todos ellos, incluida nuestra ya querida Annie Dillard (Pensilvania, 1945) es la frontera. Ese hueco en el mapa sobre el que todavía se pueden escribir grandes historias sin que se deteriore nuestra percepción de la realidad, es decir, sin intentar atrofiarnos con juegos literarios que no son sinceros con la literatura. Si bien los autores a los que se rinde Dillard crearon un país gracias a la posibilidad del mapa, a lo salvaje que hace de territorios algo remoto, Dillard aprovecha un momento histórico en el que ese espacio, sí, fue remoto, salvaje y posiblemente el de más difícil colonización: la transición de una nación incipiente, Estados Unidos, en su expansión hacia el oeste y hacia el norte, por las montañas en las que los incautos buscadores de oro comenzaron a caminar para morir de frío o bajo una tempestad. Así es como nace esta epopeya que es Quienes viven, y que a la fuerza debe desarrollarse con la lentitud del paso de los bueyes.
Los primeros personajes que pueblan esta historia dan a luz en el camino o bregan por el lujo de un colchón de plumas que estorba en la carreta. Cruzan un río, símbolo de línea fronteriza, y atraviesan regiones pobres, donde la supervivencia es un éxito. Lo inhóspito unifica las primeras páginas, corales, en las que una serie de personas frenan la marcha para crear un asentamiento. Siendo imposible seguir hacia el norte, queda la soledad por compañía y la dureza de los primeros tiempos. Ese núcleo indica que Dillard nos hablará de la gente, de sus emociones, de familias que se ven abocadas a inventarse un mundo o del sudor al afrontar los hechos que les llegan para convertir la existencia en una guerra. Esta gente irá dando paso a una segunda generación, los que no eligieron vivir allí, que no son dueños de su destino. A pesar de lo cual la población crecerá, se desarrollará sin abandonar la brutalidad y se poblará con senadores y leñadores, con chinos, indios, esclavos y niños pelirrojos, con mineros, vagabundos o universitarios del este que creen que un título les permitirá hacerse con las riendas de la frontera.
Quienes viven se desarrolla en una época en la que las fronteras eran kilómetros cuadrados y la colonización, como no podía ser menos, venía con la instalación de las vías del ferrocarril. Pero antes ya se había producido el mestizaje y toda una historia de relaciones y vínculos supuestamente humanos en la que faltaba lo más humano que ha inventado el hombre, que es el romanticismo. Hasta que llega un momento en que Dillard hace un paréntesis en el coro y se centra en vidas concretas, en familias, que son epítome del resto del grupo humano. Todos ellos poseen en sus manos más parte del destino de los otros que del propio. En cualquiera de las familias la facilidad para la muerte y las desgracias, nos remite no ya a Faulkner, sino al Antiguo Testamento, con un dios que se permite ser sádico a capricho.

A pesar de todo ello, la ciudad y lo que de civilizado pueda haber en una ciudad, antes de pasar al otro modo de barbarie urbana, se va instalando: la educación, la cultura, un estrato de sociedad media alta cuyas miserias no difieren de la de los demás, pues la violencia siempre está ahí, clavándose en los riñones. Y también lo clandestino, que se desarrolla en paralelo a la civilización, pero con un mayor grado de magnetismo. La desesperación va empujando las decisiones de unos y otros, hasta que, finalmente, la ciudad cae en decadencia, sin haber llegado a tomar cuerpo. De hecho, no alcanza jamás el grado de ciudad y así es como la única certeza que terminará por imponerse, será la emigración hacia otra ciudad, Seattle. La alternativa a la emigración es triste, pues volviendo al relato coral, Dillard nos habla de la pérdida de motivos para seguir viviendo. Elegir entre la dignidad y la resignación es un tema que merece tanto nuestra lectura, que esperamos, con el alma afilada, a las próximas entregas de los libros de Dillard.

Fuente: Culturamas

domingo, 19 de noviembre de 2017

NADA QUE ESPERAR

Nada que esperar
Tom Kromer
Traducción de Ana Crespo
Sajalín
Barcelona, 2015
214 páginas
18,50 euros

La suciedad real



Una serie de escritores americanos, que llegó a crear escuela también fuera de ese microcosmos literario que es Estados Unidos, aunque sin cuajar con idénticas pústulas, inventaron esa corriente que hoy conocemos como realismo social. Desheredados y borrachos, los protagonistas iban dejando calzoncillos sucios de cualquier excrecencia que soltara el cuerpo, por el suelo, por las aceras y en los baños donde se masturbaban o se metían en la bañera para sajarse las venas de las muñecas. En lugar de un testamento, quedaba un reguero infinito de botellas de matarratas con las que habían intentado olvidar lo jodido que es cada minuto de la vida. El sexo se había reducido a follar. Y la prosa a una dicción que en bajo la batuta de la armonía debería sonar a asco. Pero esa corriente literaria tuvo un origen o varios orígenes, y el más celebrado fue la Gran Depresión. Leída a fecha de hoy desde nuestras butacas, antes de abrir la bolsa de palomitas y la lata de cerveza para disponernos a ver una película saturada de efectos especiales, la Gran Depresión es casi un decorado contra el que se han podido escenificar algunas obras maestras de la literatura. Basta con mencionar a Steinbeck para dar fe de ello.
Pero detrás de ese decorada existía mucha mierda civil sobre la que pisaban, se arrodillaban o llegaban a yacer para intentar conciliar algo de sueño, dándose de bruces con que es posible mantener los ojos cerrados varias horas sin obtener descanso, un montón de residuos humanos. Tom Kromer fue uno de ellos y en este libro imprescindible, Nada que esperar, viene a constatar que el realismo sucio es apenas una golosina infantil al confrontarlo con la sucia realidad. Hijo de inmigrantes, de trabajadores que bregaban para darle algún estudio universitario, la vida se torció de tal manera que a los veintitrés años tuvo que salir al ruedo de la miseria para vivir como vagabundo, como mendigo. Pasaba días enteros sin comer y pidiendo limosna, fue condenado a prisión por dormir en un edificio vacío durante una tormenta; recibió carcajadas como respuesta a sus demandas de empleo; viajaba en trenes de mercancía, aterido de frío, confiando en topar con mejor suerte en la siguiente ciudad; convivió con vagabundos en los que no había nada de filósofo. Y decidió ir escribiendo sobre ello con la misma jerga que utilizan los vagabundos. Nada que esperar no tiene otra aspiración literaria que no se la de presentar el reflejo de la basura humana, esa que escondemos debajo de la alfombra, en un espejo.
Los textos fueron escritos en librillos de papel de fumar, en los márgenes de los folletos religiosos, en cualquier cuartilla de papel. La narración consecuente, crudísima, es pura realidad, pura autobiografía, aunque dispuesta de manera que la atención del lector quede atrapada en la incertidumbre: qué estrépito será el que nos presente en el siguiente episodio. Porque en todos ellos, sucedan en los comedores religiosos o narren la picaresca vírica de algún otro vagabundo, caen de bruces sobre el lector de manera que no le quede más remedio que gritar: “¡Hostia puta!” Cualquiera de nosotros, de los que vivimos en un piso en el que podemos permitirnos la higiene de lavar el retrete con lejía al menos una vez por semana, sabemos que si chillamos esas dos palabras una sola vez, basta para que se anule la posibilidad de que nos canonicen. Para Tom Kromer la expresión se sucede segundo a segundo, una y otra vez. Con todo lo que ha puesto en estas páginas de denuncia social, Nada que esperar provoca en un porcentaje muy escaso la identificación con el sufrimiento de los sin techo. Pero ese escaso porcentaje es demoledor.

Fuente: Revista de letras


sábado, 18 de noviembre de 2017

MEMORIAS DEL CALABOZO

Advertencia: un libro que duele. Pero si uno no está dispuesto a sentir dolor, más le vale largarse del planeta. Porque se le negarán también los buenos sentimientos. Y la memoria de este libro está llena de buenos sentimientos.










jueves, 16 de noviembre de 2017

LAS AVENTURAS DE WESLEY JACKSON

Las aventuras de Wesley Jackson
William Saroyan
Traducción de J. Martín Lloret
Acantilado
Barcelona, 2006
390 páginas
21 euros

Tras la estela de Joseph Heller



En 1955 saltó a los estantes de las librerías una obra maestra que se titulaba Catch 22 (traducido al castellano como Trampa 22), de Joseph Heller. Se trata, posiblemente, del mejor alegato contra el espíritu castrense que se ha escrito nunca, y para tal fin debería de tener como decorado o trasfondo la Segunda Guerra Mundial. Ruego a quien tenga a bien repasar estas líneas que no deje de leer esa novela. Uno puede deducir, siguiendo una lógica que tiene que ver con el dios tiempo, que Las aventuras de Wesley Jackson tienen como doble raíz la obra antes descrita. Uno puede imaginarse que el impacto que aquella causó entre los lectores fue lo que decidió al ejército americano a buscar un autor de prestigio al tiempo que marginal, hijo de inmigrantes, como casi todo buen americano, al que encargarle una novela en la que se reivindicara el buen ambiente que se vivía entre las tropas americanas durante la guerra, ya se sabe, ese sueño de tópicos que se representaba en algunas de las peores películas de la historia, protagonizadas incluso por Elvis Presley: la camaradería sin artificios, el flirteo sin arañar la belleza, la utopía común y evidente de un mundo rosa por el que merece la pena batallar, pero no matar, pues el enemigo no moría porque no era humano.
Y así William Saroyan, un autor que está rescatando Acantilado con su proverbial acierto, fue designado con no buen tino por quien interviniera en la selección. Saroyan no se anduvo con chiquitas, y se colocó a la estela de Heller en su profundo odio a la violencia y rechazo de todo lo que tenga que ver con la guerra, y eso incluye al ejército, por mucho que en los tiempos que corran se nos pretenda aturdir asegurándonos que se trata de un cuerpo de intervención a favor de la paz y la seguridad. Una de las conclusiones que uno puede extraer, tras leer estas grandes novelas, es que si un país pretende ayudar a los demás, en lugar de soldados armados con fusiles o con escritores dispuestos a inundar las mesas de productores cinematográficos de guiones belicistas, no haría mal en enviar bomberos, enfermeros, médicos… incluso agricultores y albañiles.
La mayor parte de la novela transcurre en los Estados Unidos, durante el período de formación del protagonista, un muchacho de diecinueve años que nos relata los episodios en primera persona, utilizando un lenguaje limitado, pero muy bien elaborado por parte de Saroyan y de su traductor, que no pretende transmitir valores. Así, las deducciones o toma de partido que elija el lector surgirán como resultado de la filtración de los episodios, vistos a través de los ojos del protagonista. Dichos episodios, divididos en capítulos cortos, se centran en las personas que va conociendo. No parece haber ninguna intención de retratos sociales ni de descripciones de sitios. A ninguna de estas personas, la mayoría gente que respira el aire de sus días y de sus noches en la esfera de lo cotidiano, se la llega a odiar. Ni siquiera al cabo traicionero o al sargento bruto y mediocre. Todas flotan con esfuerzo en el ámbito castrense, tratando de no tropezar con los mandos, cuya presencia en la novela es casi nula. Como no podía ser de otra manera, Wesley Jackson va eligiendo una serie de amigos con los que convivir en una relación intensa, de veinticuatro horas, con los que se emborracha o descubre el amor a pesar de su fealdad. Al mismo tiempo, trata de arreglar, desde la distancia, su desarraigo familiar, conciliándose con su padre y con su madre gracias a unas cartas en las que descubre su gran virtud, que es la misma que tiene la buena literatura: ayudar a reconciliarnos con el mundo. Así pues, una vez que cierren la novela de Jospeh Heller, por favor, abran ésta.


Fuente: Tribuna/Culturas

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL TEATRO DE LA MEMORIA

El teatro de la memoria
Simon Critchley
Traducción de Albert Fuentes
Alpha Decay
Barcelona, 2016
92 páginas

Apenas acabamos de leer su brillante ensayo Apuntes sobre el suicidio, cuando nos llega esta novela pequeña, en la que Simon Critchley (Nueva Yoork, 1960) es capaz de meter todo el mundo y toda la historia del mundo.
Así, en una lectura con apuntes, uno se siente tentado a decir que si Borges hubiera escrito una novela, se parecería mucho a El teatro de la memoria. El mismo título ya delata los temas borgianos: la vida como representación o la representación de la vida, es decir, lo falsario como verdad aparente, y una memoria en la que cabe no solo una enciclopedia, sino también la enciclopedia de la imaginación. Pero a esto, que Critchley trata con idéntica intensidad a la del escritor argentino, cabe añadir los juegos y asociaciones eruditas, cuya seriedad, en una escala de cero a diez, es la que nosotros quisiéramos asignarle, algo en lo que Borges era un experto. La relación es extensa: la necesidad ingenua de un lenguaje universal, el breve toque psicoanalítico, la historia antigua siempre vigente e influyendo, la biología en ciernes, los filósofos más vehementes, la anglofilia, la propia enciclopedia o el punto en el que se acumula todo el conocimiento, lo herético y su contrario, la esfera -forma perfecta-, el humanismo ilustrado, los sueños y la convicción de una intensidad mayor que la de la realidad de los sueños, el amor por los perfiles medievales incluyendo a la catedral y los textos también medievales, puros o fantásticos.
A todo esto, la edición en noventa y dos páginas es una edición engrosada, las fotografías de la construcción de un rascacielos, en orden inverso cronológico, nos invitan a pensar que la novela tal vez no ocupara más allá de cincuenta folios en el manuscrito original. Y en cincuenta folios Critchner no solo incrusta todo ello, sino que le da vida y coherencia, aunque a medida que se va deconstruyendo el edificio, surge el delirio. El texto, con la textura efectiva de los temas de Borges, bebe en realidad de Poe o de Kafka, pero también de Kleist. El protagonista es un profesor de universidad que recibe once cajas, cada una marcada con un signo del zodiaco, y a partir de sus contenidos comienza un viaje hacia el trastorno obsesivo compulsivo. La fatiga de vivir que siente ayuda a que el mal se apodere de su respiración. A medida que abre las cajas, se va dibujando un mapa de la representación de la realidad, que es la esencia del teatro, y que resume el imaginario geográfico mundial.
El estudio de los contenidos de las cajas le empuja a mezclar lo humano y lo divino, la ciencia y los límites de la imaginación, todo lo que concierne a la memoria, incluido el uso de ella más allá de la conciencia. Comienza así a interpretar su propia vida a partir de la representación de la realidad, e intenta interpretar su vida y el mundo a su alcance como un plano predictivo cuya estructura encuentra en los contenidos de las cajas. Es así como la memoria muestra su cara de sedimento de la intuición, y esta queda vinculada a la astrología. La obsesión del narrador terminará por hacerle viajar desde Nueva York a Holanda, donde abrirá la duodécima caja, que llegará más tarde, y cuyo contenido provocará el fin de su humanidad. Hay muchas formas de perder la vida, y muchas más para un hombre que desde el principio está cansado de ella. En ese sentido, esta novela, un alarde de imaginación y juicio, se vincula al ensayo sobre el suicidio del mismo autor, que hemos leído hace apenas unas semanas. Con esto, no estamos aventurando nada sobre el final. De hecho, en esta reseña apenas hemos hecho otra cosa que invitar al lector a abordar la novela. El resto, como dijo el poeta inglés, es silencio.


Fuente: Culturamas

viernes, 27 de octubre de 2017

MARA KOGOJ

Mara Kogoj
Kevin Vennemann
Traducción de Carmen Gauger
Pre-textos, 2012
226 páginas

Miente, memoria

En el año 2008 la editorial Pre-textos se atrevió a publicar una valiente obra de un joven autor alemán: Cerca de Jedenew. Se trató de la puesta de largo de Kevin Vennemann (Dorsten–Westfalia, 1977) en las librerías de nuestro país, una exquisita aparición, un texto tan demoledor como sabio en el que la Shoah aparece como el caos a través de los ojos de la infancia, para azotar al lector con la terrible sensación del miedo. Ya entonces se podría hablar de un estilista que rozaba la altura de Thomas Bernhard, comparación que vuelve a traerse a colación durante la lectura de Mara Kogoj, o, para ser exactos, de la compleja y bien resuelta traducción que Carmen Gauer hace de la obra. Y al igual que en la obra del gran escritor austriaco, aquí, y de nuevo en Mara Kogoj, aparece el tema de la lucha por mantener candente la presencia del pasado. Aunque en esta ocasión, al ardor cabe añadirle la honestidad. Porque el relato del pasado debe ser honesto, justo, aunque el sentido de justicia que impera en esta novela vacila entre el ajuste de cuentas y la comprensible armonía. Porque si en Cerca de Jedenew los protagonistas se veían obligados a aprender cuándo callarse y cuándo esconderse, aquí, ya adultos, se ven empujados a dar la cara y soltar sus verdades. Y si antes la pérdida de la cordura mantenía tensa la prosa de Vennemann, ahora es la necesidad de recuperarla, la lucha por no volverse loco, quien manda sobre la potencia del texto.
La situación con la que arranca esta obra compleja, de difícil lectura, exigente y un tanto febril, debió de producirse con frecuencia durante los años en que se intentaron cerrar heridas promoviendo dos cosas: el ajusticiamiento de los asesinos y las revelaciones de los relatos. Pfluger es un antiguo combatiente, al parecer un hombre de gatillo fácil, responsable de alguna matanza durante la guerra partisana posterior a la Segunda Guerra Mundial. Dos personas se encargan de entrevistarle a lo largo del año previo a su juicio: Tone Lebonja y Mara Kogoj. En un principio, un Pfluger arbitrario y tozudo narra los hechos arremetiendo contra la propia narración al llenarla de interpretaciones patrióticas y alegatos nacionalistas que incluyen el odio a los eslovenos. Hasta que Mara Kogoj, una mujer en la sombra, se decide a expresar su propio relato. En ese instante, el ambiente de la obra pasa de una situación general con digresiones, a poner nombres y caras a las tragedias. Ya no se trata de historias y estadísticas, ahora se trata de nosotros.
En la novela se alternan las voces en una suerte de técnica que refleja la esquizofrenia: existe una libertad sonora y gramatical, una ruptura de sintaxis, unos cuantos experimentos formales, que llegan a incluir, en ocasiones, los dos puntos como ruptura a modo de encabalgamiento dentro de la prosa, con el fin de incrementar la sensación de drama: no se puede salir de las tragedias a toda velocidad para evitar mancharse. De hecho, eso es lo que se ha pretendido imponer durante décadas. De ahí que autores como Vennemann traten de reconciliarnos con el relato del pasado, ya que con el pasado es imposible reconciliarse: “dejará sueltas ignominias supuestamente pasadas (…) las retendrá siempre y, por la persistencia de las palabras, las hará de nuevo posibles (…). Mientras el lenguaje no cambie y la mirada, excepcionalmente retrospectiva, no vea otra cosa que siempre a sí misma…”. Esa es la lucha a la que se lanza Mara, la de poner orden para resolver culpas.
Gran parte de la novela está entrelazada con los hechos de la entrevista, hechos que, en buena medida, son pensamientos de los protagonistas, interpretaciones sobre la situación. Estas interrupciones evitan que la obra cobre un ritmo narrativo clásico, al tiempo que nos dan digeridas reflexiones que habrían resultado más eficaces si hubiera sido el lector quien las dedujera. Aunque en último término, todas ellas forman parte de una obra cuya principal intención es recordar que al final, al final de la novela o de la vida o de la historia, estamos deseando encontrar el descanso.


Fuente: Quimera