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lunes, 20 de mayo de 2019

EDEN CITY


Eden City
Jaim Royo
Ediciones del Viento
A Coruña, 2019
175 páginas

El jardín del Edén es una metáfora. Es una ilusión. De seguir existiendo, se habría transformado en una mala praxis por parte de los humanos, demasiado dueños del territorio. Seguramente ya habría dejado de ser un jardín, habría dejado de ser naturaleza, y estaría en poder de promotores y otros industriales, que explotarían la ciudad para lucrarse. Y, mientras tanto, el resto del planeta se dirigiría hacia un apocalipsis fragmentado. La suma de muertes por culpa de la guerra religiosa, o cultural o fanática, a la que se suman los desastres naturales, no supone un gran avance en las posibilidades de una vida con más belleza.
El mundo se va al garete mientras Humphrey Bogart e Ingrid Bergman toman champán en el centro de París. La ciudad es un caos donde nos hemos creído que la neurosis es una forma natural de ordenar lo humano, eso que llamamos civilización, todo lo que no procede directamente de la naturaleza. Más allá de la frontera de la ciudad, reina el miedo. Las noticias son un escándalo para ese sustrato de temores que cultivamos y que nos sirve para refugiarnos en nuestras conchas.
Así es como se va desarrollando esta novela, Edén City, en forma de poliedro y con un ritmo de acción en el que no se nos permite una frase de descanso. La impresión que se nos revela apunta a un tono más bien ligero, tal vez irónico. Pero la esencia es demasiado seria: terrorismo, terremotos y la tiranía de las grandes compañías. Aunque tal vez lo más interesante surja cuando se nos habla de lo más inmediato, de lo que reconocemos como nuestro: una extraña historia de vínculos, que no nos atrevemos a llamar amor aunque deseamos que así sea, entre los dos personajes protagonistas, seres con nombres extrañísimos, producto de ese derroche de imaginación que es la mente de Jaim Royo (Madrid, 1971). Una imaginación puesta al servicio de un retrato de una época, la nuestra, hoy, sobre la que ignoramos demasiadas cosas, es posible que todo. Por eso al terminar de leer la obra quedan esas preguntas de siempre, cuestiones sobre las que han fallado tantas y tantas respuestas.

domingo, 16 de diciembre de 2018

EL ARQUEÓLOGO


El arqueólogo
Román Piña Valls
Ediciones del Viento
A Coruña, 2018
160 páginas

El humor es algo muy serio. Tiene en común con los malos tiempos que ambos nos colocan frente a la vida. Cuando todo va sobre ruedas, nos olvidamos de ella, de la vida. Pero en tiempos de naufragio y cuando sonreímos gracias al buen instante que nos depara la realidad, fugazmente, nos acordamos de lo que supone estar vivo. La vejez nos depara mucha amargura, por la melancolía que supone saberse con menos fuerzas y por la proximidad de un fin que, tal vez, se vaticina lento. Y porque a ninguno nos agrada la idea de morirnos solos. Así pues, cargamos lo que hemos sido, o lo que consideramos digno de rescatar de entre todas las cosas que hemos sido, y nos disponemos a saltar sobre los días con una moral que no se atañe a mucho control. O al menos la falta de control moral es algo que uno debería permitirse alguna vez en la vida, aunque sea al final. Así es como Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) construye al personaje central de El arqueólogo. Alrededor de él girarán satélites, familiares, hijos, nietos, algún compañero de trabajo, pues nuestro anfitrión en la novela es un profesor emérito, arqueólogo para más señas, lo cual nos lleva no solo a su pasado, que es mucho, sino a un pasado que se remite, a su vez, al pasado de los hombres (y las mujeres, aunque el anciano profesor hubiera detestado esta puntualización políticamente correcta). Queda patente, además, la influencia del humor italiano, el realismo, o costumbrismo, a punto de caer en lo absurdo, que tanto se frecuenta en películas. Podríamos mencionar alguna obra de Fellini, o La gran belleza, aunque el proyecto del relato es más humilde y por tanto más cercano. En cualquier caso, no sin motivo la novela nos lleva a Nápoles. Sería complicado encontrar un personaje con menos cortapisas sociales en otro lugar.
Nuestro personaje, que comulga en una erudición inútil con Ignatius J. Reilly, de La conjura de los necios, por ejemplo, es un inadaptado. Los días han corrido demasiado deprisa y se acumulan las novedades. Cualquiera con más de ciertos años, cualquiera que haya conocido la vida sin comunicación virtual, puede sentirse identificado con él. Sus disparates se atañen al legado de toda su vida: el tiempo pasa, ha pasado, y nos vamos quedando anacrónicos. Román Piña trata el tema con un humor que no rechaza, porque este ser que pretende ser antipático, en su farsa final, que puede presumir de misántropo, en su actitud social, es de lo más creíble. Sus detalles de humanidad con los nietos dan prueba de ello. Al contrario que en alguna de las películas antes mencionada, no se impone el manierismo. Román Piña lleva el tema con cortesía, con capítulos más bien breves, que se van sumando como se suman los versos en el Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido, de Antonio Machado.
“A veces nos olvidamos de que hace apenas cincuenta años el mundo era muy diferente”, dice en un momento el personaje. “Todavía era inabarcable. Los científicos no lo habían sometido a sus bastardos intereses. Ni los periodistas.” Uno se pregunta cuántos de nosotros no estaríamos dispuestos a suscribir esta afirmación, que para que no suene a salida de tono se pone en boca de una estirpe de hombres al punto de extinguirse. Seguramente lamentemos su pérdida más de lo que ahora nos cabe imaginar: cada día se hace más tarde para salvar la memoria con la que nos construyeron. El mundo científico y el de la comunicación progresan con exceso de celeridad, geométricamente, comiéndose al creado con anterioridad en apenas días. De ahí la entrada tan significativa que tiene esta novela, en la que el personaje se permite presentarse a una pareja de ancianos y acompañarlos por la calle. Nos resulta ajeno, pero aunque no lo hayamos vivido, aunque nunca nos hayamos atrevido a entablar conversación con desconocidos por el simple hecho de cultivar el contacto humano, echamos de menos poder hacerlo. Eso justifica, también, la resolución de la mayoría de los capítulos en diálogos. La obra contiene también al teatro, pero al teatro cotidiano, al Chéjov de La gaviota, digamos, pues buena parte de la obra transcurre en la casa y el jardín del protagonista, pero tamizado con una sonrisa. No hay ironía en esta obra en la que Román Piña sabe sacar todos los buenos valores de la nostalgia. Y esa maldición no carece de ellos.
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jueves, 15 de marzo de 2018

VIAJE A UNA GUERRA


Viaje a una guerra
Christopher Isherwood y W. H. Auden
Traducción de E. Uriarte y R. Vásquez Ramil
Ediciones del Viento
La Coruña, 2008
334 páginas



Viaje a una guerra es un libro de encargo, pero no es un libro sencillo. Dos jóvenes escritores, un Christopher Isherwood que ya había sido capaz de componer una obra maestra como es Adiós a Berlín y el exquisito poeta W. H. Auden, combinan sus oficios para dejar en el lector una extrañeza inquietante. Por una parte, Isherwood se encarga de relatar la crónica del viaje, manteniendo casi siempre una distancia que en ocasiones puede llegar a ser hasta frívola, excepto en la coda visceral con que se desata en las últimas páginas, dada la enjundia del tema, pero casi siempre es flemática y perspicaz. Y por otra Auden le toma el pulso al horror gestando una poesía compleja, sin dudar en intercalar versos crípticos cuando su misticismo lo requiere. En un acierto editorial, al final del libro se introducen los poemas del Auden en inglés, ampliando así su efecto al poder comprobar el dominio del ritmo, de la metáfora, de la sensibilidad y de la técnica del soneto de este poeta.
El volumen empieza con una despedida a cargo de Auden: “¿Hacia dónde mira el viaje que quien contempla desde el muelle, / plantado bajo su mala estrella, tan amargamente envidia?”. Dos versos que constituyen toda una declaración de sentimientos encontrados a la hora de partir. A este poema le siguen varios sonetos antes de pasar al cuerpo principal del libro, en cuanto a volumen, pues tal vez en esta ocasión la poesía de Auden supere en calidad literaria a la prosa de Isherwood. Isherwood nos describe, con sobriedad y una finísima ironía que no hiere, el viaje por la geografía de China de dos jóvenes empeñadísimos en alcanzar el frente de la guerra que en 1938 estaban librando chinos y japoneses. El lector tardará poco tiempo en darse cuenta de que no se halla ante una crónica de una guerra, que las intenciones del escritor no serán las de reflejar la faceta más terrible de la condición humana, que el autor no se implica, de entrada, en la denuncia. La magia de Isherwood será sostener la flema, con pulso firme, durante un diario de tres meses, para escribir una crónica de un viaje. De hecho, llega a confesar que cuando las editoriales les dieron a elegir destino para su viaje, escogieron China sin saber muy bien en qué consiste eso de la guerra: “Desde nuestro puesto contemplábamos la guerra como lo habría hecho un pájaro, viendo tan sólo una especie de agricultura siniestra…”. Conservando siempre la compostura, Isherwood disecciona tanto los detalles costumbristas de la vida en las calles chinas, que es el aspecto del viaje que le suscita un mayor interés, como las facetas a las que cabe sacar punta de la gente con la que se van encontrando, entre la que destacan, al margen de militares, misioneros o políticos, dos viajeros impenitentes como son el fotógrafo Robert Capa y el escritor Peter Fleming. Aunque en un par de ocasiones rompe su sentido del humor, rasgando la categoría de la crónica para adentrarse en la realidad, como sucede cuando ante los comentarios de un militar que traza movimientos de batalla sobre un mapa interpreta que la guerra no es así: “Es el bombardeo de un arsenal abandonado que provoca la muerte de unas cuantas ancianas. Es agonizar en un establo con una pierna gangrenada”. Y también a la hora de reflejar la vida de los miserables culíes. Y, sobre todo, en ese arranque final en el que se despacha a gusto sobre la tragedia, llegando a perder su flema, una vez han regresado a terreno seguro, durante una conversación con insensibles militares japoneses.
Ese arrebato, unido a los poemas de Auden, un intelectual preocupado por los problemas del mundo (“no hay forma de discutir con la autocomplacencia de un místico”, dice de él su compañero de viaje, “así que di la vuelta y me fui a dormir”), dan trascendencia suficiente a este libro para que sea algo más que una visita al patio trasero de la guerra. Dentro de la obra de dos escritores de tanto talento, puede que no sea un libro mayor. Pero dentro del género de literatura de viajes, el que triunfa cuando consigue que el lector participe de un itinerario y unos encuentros, se trata de una obra a la que merece la pena dedicarle unas horas de lectura.

Fuente: Quimera

martes, 20 de febrero de 2018

POR LOS MARES DEL SUR CON JACK LONDON


Por los mares del sur
con Jack London
Martin Johnson
Traducción de Beatriz Iglesias Lamas
Ediciones del viento
A Coruña, 2016
294 páginas



Aunque viajes por los caminos que pisaron millones de personas antes que tú, aunque recorras la ruta mirando el mapa y la cartilla que te facilitaron en la agencia de viajes, aunque estés en la cuarentena del viaje en grupo organizado, con sus autobuses y sus horarios de visita a monumentos, aunque no hagas otra fotografía que no sea la de la postal, debes tener en cuenta que sigues siendo pionero en lo único que de verdad posees, que es tu propia vida. El valor se mide en la presencia que tuviste el día que operaron a tu hermano pequeño, y no en ese viaje en solitario hasta las montañas Altai. Pero, eso sí, todos, mochileros y aventureros, turistas y vagabundos, miramos con envidia ese gran viaje que ya no podremos protagonizar por culpa de la globalización a la baja que ha igualado el aspecto del mundo. Ese viaje al paraíso, que es el viaje a los mares del sur, el viaje al Pacífico, cuando las islas eran una alegría perpetua. El viaje que protagonizó Stevenson y, en buena medida, el que pudo hacer Jack London acompañado por su mujer a bordo de un barco que construyó él mismo, en compañía de una exigua tripulación. En esa tripulación destacaba un muchacho muy joven, alto y de buena planta, que se llamaba Martin Johnson (1884 -1937). Humilde, trabajador, vividor, con ganas de aprender, observador nato hasta el final. Cuando los London tuvieron que abandonar su proyecto de dar la vuelta al mundo en el velero, atrapados en un hospital australiano, Johnson decidió continuar el viaje por su cuenta contando por equipaje poco más que aquello que le cabía en los bolsillos. Y dio la vuelta al planeta.
En este libro biográfico, apoyándose en los apuntes que tomó en su diario personal a lo largo de los meses que duró el viaje, Johnson revive la aventura con la memoria. En lugar de ser una trampa para la melancolía, esta vez la memoria sirve para recrear la alegría de vivir, la alegría de cada momento. Johnson no es un gran redactor, no destaca por sus cualidades escribiendo, pero sí por lo que nos deja entrever del viaje. Cuando uno cierra el libro no lamenta haber terminado de leerlo, lo que lamenta es que se haya terminado el viaje. Esta aventura que emprenden una serie de marineros de agua dulce, de gente poco experimentada, navegando por el Pacífico con un manual a su alcance y, sobre todo, con una ingenuidad romántica que da envidia. Para Johnson se tratará de un viaje iniciático: el mundo, ya lo sabía él, es una maravilla, pero su supervivencia, su deseo de ser el primero no caucásico en llegar a ciertas islas o valles de ciertas islas, su permanente conciencia de mantener buen humor y serenidad, hacen de él el compañero perfecto para los London. Durante la travesía cambiarán varias veces de capitán. Pero jamás de compañero.
Esta es la persona que nos narra el viaje, el hombre que busca las huellas de Stevenson, sí, pero que se emociona con la calma y la tormenta, con los días en la explotada Hawai o en los desconocidos atolones entre Bora Bora y Samoa. El que concede igual importancia a presenciar un banquete caníbal que a administrar mostaza para calmar la indigestión de un marinero japonés. A lo largo del volumen, inserta aquí y allá trozos de su diario. Al contrastarlos con el relato posterior, comprobamos la fresca dureza con que vivió el día a día, pero también la ternura sana del recuerdo. Y mientras tanto, no solo conocemos las costumbres de etnias que parecen vivir en la filosofía de la felicidad del instante, sino también una serie de pendencieros y pintorescos marineros, misioneros, comerciantes de diversa calaña que, Dios sabe por qué, dieron con sus huesos en esos paraísos. Aunque tal vez no los vivieran como tal. Cosa que sí hizo Martin Johnson, que con este libro intenta dar cuenta de la deuda emocional que guarda con el paraíso.


Fuente: La línea del horizonte

lunes, 1 de enero de 2018

SALLY EN RODESIA

Fuente: La línea del horizonte

Lo que corre por mis venas

Las cartas que Sheila MacDonald escribió a su madre desde Rodesia, la actual Zambia, son una crónica fresca y llena de sentido del humor sobre la vida de una mujer recién casada en la antigua colonia británica, donde la autora no pretende ser otra cosa que una europea en África.

La libertad es un éter que va tirando de ti mientras caminas, como si tuvieras atado a la muñeca al mejor amigo del hombre y éste te mostrara, con el rabo alzado, lo que supone tener ganas de vivir. Y cuando llegas a casa, escuchas inevitablemente la música del piano, sin darte cuenta de que eres tú quien acaricia las teclas. Lo difícil es aprender que no se puede tocar el piano con guantes de boxeo. Al igual que uno no puede salir de paseo con el perro si le calza botas de hormigón. Cualquiera de las dos cosas te llevaría a perder la sonrisa. Conseguir que una obra transmita esa alegría de vivir es un mérito tan extraño que la cataloga en la antología de narraciones únicas. Por ejemplo, en toda la historia del cine solo existe una película que lo consiga, y eso a pesar de ser un musical; se titula Cantando bajo la lluvia. En literatura uno tiene que hacer muchos esfuerzos para pensar en algún título de este género, y revisar toda la biblioteca. En ficción, como apuntó Tolstói al inicio de Ana Karénina, no existe. En viajes, tal vez, tal vez El antropólogo inocente, pero no. No, porque reírse de uno mismo no es lo mismo que representar la libertad que da la alegría de vivir. Y así sucede que pasan por nuestra vida miles de páginas, hasta que nos encontramos con este libro genial, que iguala a Cantando bajo la lluvia, y que recopila las cartas que Sheila MacDonaldescribió a su madre durante los años de estancia en Rodesia a principios del siglo XX.
“La calidez y la amistad y la juventud y la alegría corren por mis venas y los muchos altibajos (…) no me preocupan lo más mínimo”.
Lo genial del libro no es que lo enuncie, sino que lo transmita. MacDonald consigue que la seguridad de que las cosas saldrán mal sea una fiesta. Su desesperanza y su llanto son los del espectador de una vida, no los del sufriente. Pertenece a la rarísima estirpe de quienes no desean presumir de sus desgracias, de quienes ni se les ha pasado por la cabeza entrar en la carrera de ser el líder en padecer despropósitos, dolores de cabeza, malentendidos, enfermedades. Las amargas lágrimas de la desilusión no nos llevan a morirnos de risa, pero sí a la sensación, mucho más grata, de que si eso nos sucede es porque estamos vivos. Y si no nos podemos permitir ese lujo, será porque hemos saltado al otro lado de la tumba.
Su intención, en principio, es recopilar las mejores anécdotas para contárselas a su madre. Pero su madre quiso que todo el planeta pudiera participar de esa alegría, de esa libertad. Y a nosotros no nos cabe sino agradecérselo. La humildad que muestra para adaptarse, la felicidad de la vida sencilla y las confidencias, de la complicidad, la sensibilidad por las rosas y también por las gallinas, hasta la inoportuna presencia de un repollo, bastan para hacernos felices. No deja de intentar importar costumbres, porque no podemos dejar de ser quienes somos y querer acomodarnos a lo que nos hizo sentir cómodos. Pero no existe libro menos procolonialismo o proneocolonialismo que este que tenemos entre manos. MacDonald no pretende ser otra cosa que una europea en África. Y desde esa perspectiva, se ríe de los arquetipos coloniales, tanto de los colonos como de los colonizados. Se ríe o, mejor dicho, se sonríe del costumbrismo de unos y otros, de Europa y de África. Como si solo existieran las personas, una a una, y no los clanes. Ama el lugar, pero reconoce las incomodidades, sobre todo a medida que va siendo madre. De ahí que a medida que avancemos en las fechas de las cartas, se cuestione más los hábitos de vida. Pero siempre sin perder el tono, ese que le da, sin que ella lo sepa, un carácter de antropología de lo cotidiano al libro. Un género literario inocuo basado en la ciencia de la ignorancia, que es tanto como decir en la ciencia de aprender a caminar y a decir las primeras palabras. Un libro lleno de humanidad. Un libro para recordarnos que vivir no es necesario, es un regalazo.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

BILL DE LOS ELEFANTES Y TIERRA DORADA

Bill de los elefantes
J. H. Williams
Traducción de Miguel Ángel Coll Rodríguez
Ediciones del Viento
La Coruña, 2009
309 páginas

Tierra dorada
Norman Lewis
Traducción de Nuria Salinas
Altaïr
Barcelona, 2009
327 páginas


Melancolía de Asia


La actual Myanmar, Birmania, es, posiblemente, uno de los países más hermosos del planeta. Es fácil que cualquier viajero que ponga su pie en él conserve para siempre una melancolía muy dulce, un recuerdo sin aristas de la tierra y de la gente. Y no cesará de maldecir el régimen dictatorial, la siniestra bota militar que aplasta a la población, que condena a gran parte de las etnias del país desde 1962, bien denunciada por Emma Larkin en su libro Historias secretas de Birmania (Altaïr), o por la voz de Aung San Suu Kyi a la que acompañan, en ocasiones, manifestaciones de monjes budistas. Pero antes de que se llegara a esta situación, dos viajeros británicos de distinto orden, uno protagonizando un viaje vertical, J. H. Williams, y el otro aproximándose a la figura del explorador, Norman Lewis, visitaron Birmania para dejar sus impresiones en dos obras a las que merece la pena dedicarles unas horas.
El primero de los dos libros, Bill de los elefantes, relata de forma muy amena, en primera persona, la experiencia de un veterinario militar destinado a Birmania, en el periodo entre guerras y durante la Segunda Guerra Mundial, que durante muchos años se hace cargo de las cuadrillas de elefantes utilizadas en la construcción y la explotación de bosques de teca. El libro se divide en dos partes, relatándose en primer lugar el descubrimiento de estas bestias, el aprendizaje a su lado y la admiración por los oozies, los jinetes de elefantes. En la segunda mitad, el episodio bélico cobra mayor protagonismo, dado que la narración sucede durante los enfrentamientos con el ejército japonés, de modo que los elefantes deben abandonar su integración en un medio ambiente natural para ponerse a disposición de las necesidades en el campo de batalla y, sobre todo, de la salvación de los grupos de refugiados.
Bill de los elefantes está escrito desde la memoria, cuando su protagonista ya ha regresado a su país de origen y tiene la convicción de que el tiempo en Birmania, junto a los elefantes, ha caducado. Es un relato nostálgico, al igual que lo fue Memorias de África, en el que no abundan datos del país o de las gentes que no pertenezcan al plano de la experiencia personal. Pero a diferencia del libro de Isak Dinesen, este posee humor, una forma de mirar que vaticina la de Gerald Durrell, y que se pierde en el relato de episodios trágicos. Williams (1897- 1958) se muestra a sí mismo como un testigo que poco a poco va conquistando su condición de actor, y como un hombre que va aprendiendo a ser un adelantado a los movimientos de defensa del medio ambiente, enfrentándose al maltrato animal y abogando por una explotación sensata del bosque. No para de expresar su aceptación de la naturaleza, donde un estremecimiento muy puro, antiurbano, domina el entorno y a quienes lo habitan. Dota de sentimientos a las bestias, sobre todo a los elefantes pero también a los perros, a quienes atribuye una inteligencia en la que participa el sentido del humor, e incluso encuentra poesía en el amaestramiento al que se somete a los elefantes, pues resulta poética esa forma de entender los juegos que inventan, esa atribución humana que aproxima a los elefantes a la infancia del hombre, y también ese placer en toparse con seres leales o “granujas encantadores”.
Durante buena parte del texto, William se expresa con sencillez y con una inocencia que remite a la literatura juvenil, algo que comparte con el Ruyard Kipling de El libro de la selva,, un escritor que no deja de ser un referente en la obra. Así sucede hasta que el aura festiva da paso a una situación deprimente, de lucha por la supervivencia a causa de una guerra, cuando aparecen los desgarros, las tragedias y las lágrimas, cuando el itinerario inevitable, el del refugiado, toma el sitio de la inmersión en la naturaleza. A pesar de todo, Williams continúan manteniendo el pulso, narrando sin odio ni rencor, pero con lástima humanitaria, heredera de un espíritu colonial que, a modo de telón de fondo, no deja de estar presente en toda la obra. Pero cuando la aventura bélica sustituye a la romántica, el texto pierde algo de su interés. De hecho, en cuanto desaparecen los elefantes de escena y se retratan asuntos de estrategia militar, el texto desfallece, tal vez debido a que con este motivo jamás se ha hecho buena literatura, tal vez debido a que la aventura no es sinónimo de dificultad y hasta entonces lo que se ha mostrado es la aventura de un hombre, una aventura que uno hubiera deseado compartir. Para que el lector pueda imaginarla con más claridad, al texto lo acompañan abundantes fotografías documentales sobre un hermoso mundo en extinción.
Por su parte y al contrario que el inédito Williams, Norman Lewis (1908- 2003) es un escritor de libros de viaje de reconocido prestigio. En España se han publicado varias de sus obras: Un imperio de oriente (Península), Napoles 44 (RBA) o Donde las piedras son dioses (Ediciones B) son algunas de las más significativas, si bien su prestigio se cimentó sobre la defensa de las minorías indígenas. Especialmente encendida fue la que protagonizó refiriéndose a las tribus del Amazonas, que daría pie al nacimiento de la organización Survival, o sus ataques a los páramos culturales que provocaban los misioneros de diversas religiones. Se trata, por otro lado, de uno de los padres de la forma que han adquirido los libros de viajes, de uno de los primeros escritores que se propusieron relatar tanto su viaje como el mapa cultural, histórico y de geografía física y humana del territorio que atravesaban, una senda que siguieron escritores tan notables como Colin Thuborn o William Dalrymple. Por desgracia, buena parte de los acólitos de esta escuela se limitan a mantener las fórmulas, cayendo en textos periodísticos, en ocasiones de un rigor encomiable, pero a los que le falta cierta profundidad humana, quedándose en los registros del trayecto, alejados de la empatía, del humanismo. En este sentido, Lewis se muestra como un maestro. Evita ser el protagonista de la aventura, cediendo ese puesto a los habitantes del lugar. Cuando uno lee a Lewis en su viaje por Birmania, protagonizado tras la Segunda Guerra Mundial, conviviendo así con un viaje a mitad de camino entre el del mochilero y el del explorador, sufriendo los rigores y trances por los que él pasa, no puede dejar de preguntarse por la suerte de los birmanos ya que, a fin de cuentas, la situación del viajero es provisional, pero la de ellos es permanente. Se produce, de esta forma, un cierto extrañamiento que actúa de bisagra mal engrasada entre lo cotidiano de unos y las hazañas del otro.
Para conseguir ese efecto, Lewis se ampara en el gran respeto. Se trata de un humanista que viaja, de alguien dispuesto a descubrir la dignidad en el gesto más pequeño, en la voz de quien no tiene voz. Para remarcar este efecto, a modo de contraste retrata a los visitantes que pasan por Birmania sin que el país cale en ellos con un patetismo entre siniestro y cómico. Y en este contraste es donde se hunde la esencia del libro. Lewis visita un país en reconstrucción o en destrucción, en una situación de conflicto que le podría llevar a la turbadora solución capitalista occidental, al comunismo o a cualquier otra fórmula política que implicara un desastre social: “lo único que queda es evitar como a la peste toda alianza que pudiera conducir al país a quedar aplastado entre las piedras de molino de Oriente y Occidente”, confiesa en sus conclusiones. Su propuesta no es directa, pues Lewis no es un hombre doctrinario; de la lectura de Tierra dorada resulta sencillo discernir una moción para el futuro, una moción que ojalá hubiera tenido cabida en la historia de este país, pues en ella se aboga por la conservación de los lazos de amistad, y se incluye la crítica a cualquier forma de relación en la que no esté presente el respeto. Pues de eso trata este libro, de algo que uno llamaría respeto si esta palabra no se hubiera regalado con tanta facilidad desde los púlpitos religiosos, políticos y mediáticos.




Fuente: Quimera

jueves, 27 de julio de 2017

VIAJERO LEJANOS

Fuente: La línea del horizonte


La vida al alcance de todos

Antonio Picazo ha escrito sesenta biografías de viajeros de toda índole, nobleza y calaña que nos enamora por su desenfado en la escritura. Hombres y mujeres –unos más famosos, otros desconocidos para nosotros– que un día emprendieron camino con la maleta o el petate.


Si algo cabe achacarse a este libro, Viajeros lejanos, es que Antonio Picazo sea consciente de la necesidad de seleccionar a las personas cuya vida va a reseñar. Sesenta es un número aparentemente prometedor; pero a cualquiera le hubiera gustado que fueran ciento veinte, doscientos, mil; porque uno no se cansa nunca de ir leyendo cada breve capítulo dedicado a cada uno de los viajeros. La empresa de elaborar una enciclopedia de viajeros es descomunal. Así pues, Picazo edifica un libro personal sobre algunos viajeros. La selección es incandescente. En primer lugar, porque basta un primer vistazo al índice para preguntarse por qué no figura ahí Thomas Cook o John Muir o Cristóbal Colón o Reinhold Messner, o tantos otros. La constante intriga acerca de las razones que llevan a Picazo a seleccionar al siguiente viajero mantiene al lector con todos sus sentidos en el texto. En segundo lugar porque, excepto el propio autor, nadie o casi nadie podría haber dado con muchos de estos personajes. Cualquiera puede pensar en Peary o Stevenson. A muy pocos se les hubiera ocurrido que el lugar de T. E. Lawrence lo ocupara Gertrude Bell. Para explicar la razón que le motiva, uno no puede por menos que escrutar cada frase hasta hallar la que marca la intriga. Esa misma intriga que ocupa el tercer lugar en la incandescencia: la maldición de que no sean más extensos los textos.
Afortunadamente, Ediciones del Viento construye un libro bellísimo, uno de esos que da gusto tener entre manos. Además, completa los relatos con bibliografía, filmografía o enlaces páginas web donde completar el paisaje de cada biografía. Y siempre añadiendo las mejores imágenes para representarnos al viajero o los mapas que trazó o los lugares de paso o los lugares a los que ancló su destino.
En apenas una tarde, cualquiera puede dar buena cuenta de esta sucesión de vikingos, embajadores medievales, colonizadores, navegantes, naturalistas, escritores, espías, antropólogos, arqueólogos, renegados o inventores. Un único rincón del mundo, la Antártida, queda alejada de esta selección: podemos echar de menos a Shackleton o Admunsen. Pero con lucidez descubrimos a un desconocido polaco que recorrió África en bicicleta a principios del siglo XX, o a un hombre cualquiera que hizo detenerse a un autobús para decir “a partir de ahora iré andando”, antes de adentrarse en la selva. Nadie discutirá la presencia de Fitz Roy, que a estas alturas se valora tanto como la del propio Darwin, su compañero de viaje, cuya fama, al ser mayor que la del capitán del barco, hace menos necesaria su presencia. En apenas un esbozo, eso sí, Picazo nos da cuenta de la personalidad de cada uno de ellos, de su talante pendenciero o su bagaje cultural, de su exquisitez o su arrojo, de su bohemia o de su austeridad, de su intrépida búsqueda o de la casualidad que marcó su vida, de su ambición o de su humildad.
En el prólogo, Picazo menciona que algunos están aquí por ser entrañables o por ser románticos. Ni uno solo de ellos deja de ser entrañable y romántico para el lector tras leer el apunte biográfico. Los relatos no dejan indiferente, pues el mayor inciso es el sentimental, que es la motivación que a Picazo le ha llevado a reunirlos. En todos ellos es común la pasión por vivir. Se trata de esas personas a las que uno quisiera encontrar cuando se ha perdido en el interior de una cueva oscura. Dado que seguro que, sea quien sea, cualquiera de estos sesenta, llegará hasta nosotros con una linterna en la mano. Escrito con un estilo académico, variando la composición cronológica o motivacional en cada crónica para sustraer en cada caso lo que mejor nos agarrará del pescuezo para meternos de lleno en el libro, Picazo nos echa una muy buena mano a la hora de crear eso que ahora es tan imprescindible para sobrevivir a la realidad, eso que se conoce como leyendas.

miércoles, 26 de julio de 2017

Entre el mar y la montaña, el viaje

Llega el momento de las vacaciones. Una época que ha cambiado mucho en los últimos años. Las carreteras secundarias no están llenas de SEAT 600 que se dirigen al mar o a la montaña, a Benidorm o a Picos de Europa. Ahora la decisión es otra: nos quedamos cerca o nos vamos lejos. Nada de discutir sobre playa o valle. Aunque todavía está presente en nuestra costumbre, el viaje se ha incorporado como tercera elección y, tal vez, la más frecuente.
Si el mes pasado dábamos cuenta de novedades para amantes de la montaña, este deberíamos prestar atención a los testimonios del mar. Pero se echa de menos una colección dedicada a los océanos y los hijos de Moby Dick. Sin embargo, el viaje sigue vigente en nuestros escaparates. Península, por ejemplo, tiene en su catálogo una estupenda colección, ODISEAS, en la que se recuperan textos de Alfonso Armada, Juan Goytisolo, Bruce Chatwin o nos descubren a Xavier Aldekoa. Altaïr va poco a poco creando un hermoso catálogo en su colección única, HETERODOXOS: Bru Rovira, Juan Villorio, Norman Lewis… todos merecen la pena. Y aprovechando el momento, Ediciones B recupera su biblioteca GRANDES VIAJEROS, con Goethe y Alí Bey como protagonistas. Libros del K.O., Capitán Swing, son editoriales que también prestan atención al viaje. Y Errata Naturae a través de sus joyas en LIBROS SALVAJES, tal vez la colección de naturaleza mejor de la historia editorial española. Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, por ejemplo, es uno de los mejores libros del año.
Pero en lo que buscamos la playa bajo las aceras, hasta encontrar unos pocos libros del mar, novedades interesantes, hemos prestado atención a este proyecto, exclusivo sobre el viaje: La línea del horizonte.
Estos son los cuatro libros editados por ellos que más nos han gustado. No ha sido fácil.

Crónica japonesa

Nicolas Bouvier
Traducción de Glenn Gallardo y Martin Schifino
Reseña del libro en Culturamas
No hay otro país como Japón en la ancha geografía espiritual de este exquisito narrador suizo. Desde su primera estancia en 1955 volvió en diversas ocasiones hasta 1970, seducido por la complejidad de su cultura y el abismo pendular de sus contradicciones que Bouvier asume fascinado. Todo un aluvión de premios literarios celebran una prosa única que enlaza con instinto poético la levedad del momento, con la magia del pasado; la atmósfera zen de los lugares con un halo de intima emoción que  nos atrapa a su lectura.
En 1955 Japón ha dejado atrás, más de una década después, los efectos de la derrota en la guerra, pero sigue siendo un país ensimismado, rural, pobre y receloso del extranjero. Como apunta su biógrafo, François Laut, “Nicolas Bouvier será uno de los últimos occidentales en vagabundear por este Japón que causaba la admiración de los viajeros del XIX con sus bahías encantadas, sus lagunas, sus montañas, sus desfiladeros, sus arrozales y sus bosques de cedros”. Como su admirado Matsuo Basho, quiere recorrerlo a pie y así lo hace en algunos tramos que levantan como, el polvo del camino, una levedad de aire zen, un gozo perpetuo, y, siempre, un sentido poético de la extrañeza.  Japón será su “fin de viaje”, en esa larga travesía emprendida dos años antes desde Yugoslavia con su gran amigo el dibujante Thierry Vernet.  Ninguna regla, salvo la de “vivir con intensidad” e ir costeando la aventura con toda clase de trabajos imaginables. En el año que pasa en el archipiélago, la experiencia del viaje sedimenta, recala en el sentimiento del lugar; un estar contemplativo y sereno que  muestra que la liviandad contiene en sí la gravedad, y el conocimiento, la emoción perceptiva.
Desembarca en Yokohama el 20 de octubre de 1955 y se instala en el barrio de Araki- Cho en Tokio y más tarde viaja a pie por otros lugares durante esos doce meses. Diez años después vuelve por otro año con su mujer e hijo y seguirá trotando por sus rincones con una curiosidad siempre ávida pero templada, sin juzgar, ni menos despreciar, lo que transfigura el relato con el humor, la poética y la finura de un Haiku. Trufado de una historia del país tan prolija como liviana en su escritura, esta Crónica japonesa es de obligada lectura para quién quiera adentrase en la magia y la melancolía de una cultura milenaria.  Desde la leyenda de su origen, hasta su compleja relación con China, Occidente y la modernidad, pasando por el zen, el teatro nō, el budismo, o la vida cotidiana en sus confines rurales y en el estrépito de sus ciudades.

El barco de Ise

Suso Mourelo
Reseña del libro en Culturamas
Suso Mourelo recorre Japón con brújula literaria. Desde grandes ciudades a tranquilos enclaves rurales, el objetivo es conocer los lugares donde transcurrieron las novelas de sus autores preferidos: el Tokio del escritor maldito Osamu Dazai o la pequeña isla de Kamishima que sirvió de inspiración a Yukio Mishima; el Kioto de las historias fetichistas de Junichirô Tanizaki o  el refugio de montaña en el que Yasunari  Kawabata situó País de nieve. Junto a  ellos  nos asomamos a otros autores como Masuji Ibuse, Natsume Sôseki o Ueda Akinari, y viajamos a las páginas de  clásicos como Chikamatsu Monzaemon o autoras como Takasue no musume o Murasaki Shikibu. Un relato trenzado en otras ficciones donde asoman escritores nipones de todo tiempo y algunos de los europeos que sucumbieron al hechizo japonés como Lafcadio Hearn o Nicolas Bouvier. Con la referencia de este universo literario el autor deambula por el país, al mismo tiempo que conversa con sus gentes, convive en la intimidad de sus hogares e indaga sobre las circunstancias de una sociedad que vive una mutación asombrosa. Suso Mourelo compone un relato que, al modo de un largo haiku, nos guía por  la memoria literaria a golpe de sensaciones e imágenes del presente.

El valle feliz

Annemarie Schwarzenbach
Traducción de Juan Cuartero
Reseña del libro en Revista de letras
Una estancia en el valle persa del río Lahr, es la excusa para reelaborar un texto anterior y convertirlo en el espejo de sus dramas íntimos. La de Annemarie Schwarzenbach fue una vida corta pero intensa marcada por la angustia existencial, la homosexualidad, las drogas y la búsqueda de la identidad en largos viajes por Persia y Oriente, Europa, Estados Unidos y África. La inseparable amiga de Klaus y Erika Mann, la compañera de viaje de Ella Maillart, la amiga de Malraux y la gran pasión de Carson McCullers traza en estas páginas su relato biográfico más intimista y el más osado debido a una sinceridad implacable. La vida en este valle, recreada años después, se convierte en una alegoría de la soledad, el amor y la muerte, pero también del esfuerzo por sobrevivir a pesar de verse a sí misma “perdida, apátrida, a merced del viento, del frío, del hambre… siempre sola, empujada hasta el mismo borde del abismo”. El recuerdo de lo vivido en este lugar, donde parecen acabar todos los caminos, será también un acicate para renacer y extraer de la memoria y las experiencias pasadas nueva energía para seguir adelante.

Días de ocio en la Patagonia

William Henry Hudson
Traducción de Ricardo Martínez Llorca
Reseña del libro en FronteraD
Días de ocio en la Patagonia narra la estancia feliz de este exquisito autor en tierras patagónicas. En 1871 Hudson se adentra  en la provincia de Río Negro donde permanece varios meses. Su viaje se convierte en una excusa para reflexionar sobre la experiencia de la contemplación como vía para explorar las regiones sensibles del  alma. A medio camino entre el relato de viajes, el ensayo y el diario de un naturalista, este relato es un testimonio único sobre la vida de los colonos y  gauchos a finales del XIX, así como de la paulatina desaparición de las poblaciones indígenas. Pero no fue esto lo que atrajo al escritor a estas remotas tierras del sur argentino, sino su pasión por la ornitología. De allí las minuciosas descripciones de fauna y aves que aparecen en el libro: su canto, sus costumbres, su aleteo… son tan vívidos que la música de trigueros, ruiseñores patagónicos, pinzones y petirrojos arropan la lectura como en una sinfonía de Messiaen. Un clásico de la literatura naturalista.

domingo, 2 de julio de 2017

'Bill de los elefantes' y 'Tierra dorada'

Otra de las experiencias de combinar dos libros de viajes. En este caso, qué grandes. También para Quimera

Bill de los elefantes
J. H. Williams
Traducción de Miguel Ángel Coll Rodríguez
Ediciones del Viento
La Coruña, 2009
309 páginas

Tierra dorada
Norman Lewis
Traducción de Nuria Salinas
Altaïr
Barcelona, 2009
327 páginas


Melancolía de Asia


La actual Myanmar, Birmania, es, posiblemente, uno de los países más hermosos del planeta. Es fácil que cualquier viajero que ponga su pie en él conserve para siempre una melancolía muy dulce, un recuerdo sin aristas de la tierra y de la gente. Y no cesará de maldecir el régimen dictatorial, la siniestra bota militar que aplasta a la población, que condena a gran parte de las etnias del país desde 1962, bien denunciada por Emma Larkin en su libro Historias secretas de Birmania (Altaïr), o por la voz de Aung San Suu Kyi a la que acompañan, en ocasiones, manifestaciones de monjes budistas. Pero antes de que se llegara a esta situación, dos viajeros británicos de distinto orden, uno protagonizando un viaje vertical, J. H. Williams, y el otro aproximándose a la figura del explorador, Norman Lewis, visitaron Birmania para dejar sus impresiones en dos obras a las que merece la pena dedicarles unas horas.
El primero de los dos libros, Bill de los elefantes, relata de forma muy amena, en primera persona, la experiencia de un veterinario militar destinado a Birmania, en el periodo entre guerras y durante la Segunda Guerra Mundial, que durante muchos años se hace cargo de las cuadrillas de elefantes utilizadas en la construcción y la explotación de bosques de teca. El libro se divide en dos partes, relatándose en primer lugar el descubrimiento de estas bestias, el aprendizaje a su lado y la admiración por los oozies, los jinetes de elefantes. En la segunda mitad, el episodio bélico cobra mayor protagonismo, dado que la narración sucede durante los enfrentamientos con el ejército japonés, de modo que los elefantes deben abandonar su integración en un medio ambiente natural para ponerse a disposición de las necesidades en el campo de batalla y, sobre todo, de la salvación de los grupos de refugiados.
Bill de los elefantes está escrito desde la memoria, cuando su protagonista ya ha regresado a su país de origen y tiene la convicción de que el tiempo en Birmania, junto a los elefantes, ha caducado. Es un relato nostálgico, al igual que lo fue Memorias de África, en el que no abundan datos del país o de las gentes que no pertenezcan al plano de la experiencia personal. Pero a diferencia del libro de Isak Dinesen, este posee humor, una forma de mirar que vaticina la de Gerald Durrell, y que se pierde en el relato de episodios trágicos. Williams (1897- 1958) se muestra a sí mismo como un testigo que poco a poco va conquistando su condición de actor, y como un hombre que va aprendiendo a ser un adelantado a los movimientos de defensa del medio ambiente, enfrentándose al maltrato animal y abogando por una explotación sensata del bosque. No para de expresar su aceptación de la naturaleza, donde un estremecimiento muy puro, antiurbano, domina el entorno y a quienes lo habitan. Dota de sentimientos a las bestias, sobre todo a los elefantes pero también a los perros, a quienes atribuye una inteligencia en la que participa el sentido del humor, e incluso encuentra poesía en el amaestramiento al que se somete a los elefantes, pues resulta poética esa forma de entender los juegos que inventan, esa atribución humana que aproxima a los elefantes a la infancia del hombre, y también ese placer en toparse con seres leales o “granujas encantadores”.
Durante buena parte del texto, William se expresa con sencillez y con una inocencia que remite a la literatura juvenil, algo que comparte con el Ruyard Kipling de El libro de la selva,, un escritor que no deja de ser un referente en la obra. Así sucede hasta que el aura festiva da paso a una situación deprimente, de lucha por la supervivencia a causa de una guerra, cuando aparecen los desgarros, las tragedias y las lágrimas, cuando el itinerario inevitable, el del refugiado, toma el sitio de la inmersión en la naturaleza. A pesar de todo, Williams continúan manteniendo el pulso, narrando sin odio ni rencor, pero con lástima humanitaria, heredera de un espíritu colonial que, a modo de telón de fondo, no deja de estar presente en toda la obra. Pero cuando la aventura bélica sustituye a la romántica, el texto pierde algo de su interés. De hecho, en cuanto desaparecen los elefantes de escena y se retratan asuntos de estrategia militar, el texto desfallece, tal vez debido a que con este motivo jamás se ha hecho buena literatura, tal vez debido a que la aventura no es sinónimo de dificultad y hasta entonces lo que se ha mostrado es la aventura de un hombre, una aventura que uno hubiera deseado compartir. Para que el lector pueda imaginarla con más claridad, al texto lo acompañan abundantes fotografías documentales sobre un hermoso mundo en extinción.
Por su parte y al contrario que el inédito Williams, Norman Lewis (1908- 2003) es un escritor de libros de viaje de reconocido prestigio. En España se han publicado varias de sus obras: Un imperio de oriente (Península), Napoles 44 (RBA) o Donde las piedras son dioses (Ediciones B) son algunas de las más significativas, si bien su prestigio se cimentó sobre la defensa de las minorías indígenas. Especialmente encendida fue la que protagonizó refiriéndose a las tribus del Amazonas, que daría pie al nacimiento de la organización Survival, o sus ataques a los páramos culturales que provocaban los misioneros de diversas religiones. Se trata, por otro lado, de uno de los padres de la forma que han adquirido los libros de viajes, de uno de los primeros escritores que se propusieron relatar tanto su viaje como el mapa cultural, histórico y de geografía física y humana del territorio que atravesaban, una senda que siguieron escritores tan notables como Colin Thuborn o William Dalrymple. Por desgracia, buena parte de los acólitos de esta escuela se limitan a mantener las fórmulas, cayendo en textos periodísticos, en ocasiones de un rigor encomiable, pero a los que le falta cierta profundidad humana, quedándose en los registros del trayecto, alejados de la empatía, del humanismo. En este sentido, Lewis se muestra como un maestro. Evita ser el protagonista de la aventura, cediendo ese puesto a los habitantes del lugar. Cuando uno lee a Lewis en su viaje por Birmania, protagonizado tras la Segunda Guerra Mundial, conviviendo así con un viaje a mitad de camino entre el del mochilero y el del explorador, sufriendo los rigores y trances por los que él pasa, no puede dejar de preguntarse por la suerte de los birmanos ya que, a fin de cuentas, la situación del viajero es provisional, pero la de ellos es permanente. Se produce, de esta forma, un cierto extrañamiento que actúa de bisagra mal engrasada entre lo cotidiano de unos y las hazañas del otro.
Para conseguir ese efecto, Lewis se ampara en el gran respeto. Se trata de un humanista que viaja, de alguien dispuesto a descubrir la dignidad en el gesto más pequeño, en la voz de quien no tiene voz. Para remarcar este efecto, a modo de contraste retrata a los visitantes que pasan por Birmania sin que el país cale en ellos con un patetismo entre siniestro y cómico. Y en este contraste es donde se hunde la esencia del libro. Lewis visita un país en reconstrucción o en destrucción, en una situación de conflicto que le podría llevar a la turbadora solución capitalista occidental, al comunismo o a cualquier otra fórmula política que implicara un desastre social: “lo único que queda es evitar como a la peste toda alianza que pudiera conducir al país a quedar aplastado entre las piedras de molino de Oriente y Occidente”, confiesa en sus conclusiones. Su propuesta no es directa, pues Lewis no es un hombre doctrinario; de la lectura de Tierra dorada resulta sencillo discernir una moción para el futuro, una moción que ojalá hubiera tenido cabida en la historia de este país, pues en ella se aboga por la conservación de los lazos de amistad, y se incluye la crítica a cualquier forma de relación en la que no esté presente el respeto. Pues de eso trata este libro, de algo que uno llamaría respeto si esta palabra no se hubiera regalado con tanta facilidad desde los púlpitos religiosos, políticos y mediáticos.



lunes, 19 de junio de 2017

VIAJE A UNA GUERRA

Viaje a una guerra
Christopher Isherwood y W. H. Auden
Traducción de E. Uriarte y R. Vásquez Ramil
Ediciones del Viento
La Coruña, 2008
334 páginas

De camino hacia el frente

Nada de lo que escribieron Isherwood y Auden fueron palabras vacías. 
Este libro en un imprescindible



Viaje a una guerra es un libro de encargo, pero no es un libro sencillo. Dos jóvenes escritores, un Christopher Isherwood que ya había sido capaz de componer una obra maestra como es Adiós a Berlín y el exquisito poeta W. H. Auden, combinan sus oficios para dejar en el lector una extrañeza inquietante. Por una parte, Isherwood se encarga de relatar la crónica del viaje, manteniendo casi siempre una distancia que en ocasiones puede llegar a ser hasta frívola, excepto en la coda visceral con que se desata en las últimas páginas, dada la enjundia del tema, pero casi siempre es flemática y perspicaz. Y por otra Auden le toma el pulso al horror gestando una poesía compleja, sin dudar en intercalar versos crípticos cuando su misticismo lo requiere. En un acierto editorial, al final del libro se introducen los poemas del Auden en inglés, ampliando así su efecto al poder comprobar el dominio del ritmo, de la metáfora, de la sensibilidad y de la técnica del soneto de este poeta.
El volumen empieza con una despedida a cargo de Auden: “¿Hacia dónde mira el viaje que quien contempla desde el muelle, / plantado bajo su mala estrella, tan amargamente envidia?”. Dos versos que constituyen toda una declaración de sentimientos encontrados a la hora de partir. A este poema le siguen varios sonetos antes de pasar al cuerpo principal del libro, en cuanto a volumen, pues tal vez en esta ocasión la poesía de Auden supere en calidad literaria a la prosa de Isherwood. Isherwood nos describe, con sobriedad y una finísima ironía que no hiere, el viaje por la geografía de China de dos jóvenes empeñadísimos en alcanzar el frente de la guerra que en 1938 estaban librando chinos y japoneses. El lector tardará poco tiempo en darse cuenta de que no se halla ante una crónica de una guerra, que las intenciones del escritor no serán las de reflejar la faceta más terrible de la condición humana, que el autor no se implica, de entrada, en la denuncia. La magia de Isherwood será sostener la flema, con pulso firme, durante un diario de tres meses, para escribir una crónica de un viaje. De hecho, llega a confesar que cuando las editoriales les dieron a elegir destino para su viaje, escogieron China sin saber muy bien en qué consiste eso de la guerra: “Desde nuestro puesto contemplábamos la guerra como lo habría hecho un pájaro, viendo tan sólo una especie de agricultura siniestra…”. Conservando siempre la compostura, Isherwood disecciona tanto los detalles costumbristas de la vida en las calles chinas, que es el aspecto del viaje que le suscita un mayor interés, como las facetas a las que cabe sacar punta de la gente con la que se van encontrando, entre la que destacan, al margen de militares, misioneros o políticos, dos viajeros impenitentes como son el fotógrafo Robert Capa y el escritor Peter Fleming. Aunque en un par de ocasiones rompe su sentido del humor, rasgando la categoría de la crónica para adentrarse en la realidad, como sucede cuando ante los comentarios de un militar que traza movimientos de batalla sobre un mapa interpreta que la guerra no es así: “Es el bombardeo de un arsenal abandonado que provoca la muerte de unas cuantas ancianas. Es agonizar en un establo con una pierna gangrenada”. Y también a la hora de reflejar la vida de los miserables culíes. Y, sobre todo, en ese arranque final en el que se despacha a gusto sobre la tragedia, llegando a perder su flema, una vez han regresado a terreno seguro, durante una conversación con insensibles militares japoneses.
Ese arrebato, unido a los poemas de Auden, un intelectual preocupado por los problemas del mundo (“no hay forma de discutir con la autocomplacencia de un místico”, dice de él su compañero de viaje, “así que di la vuelta y me fui a dormir”), dan trascendencia suficiente a este libro para que sea algo más que una visita al patio trasero de la guerra. Dentro de la obra de dos escritores de tanto talento, puede que no sea un libro mayor. Pero dentro del género de literatura de viajes, el que triunfa cuando consigue que el lector participe de un itinerario y unos encuentros, se trata de una obra a la que merece la pena dedicarle unas horas de lectura.


Fuente: Quimera