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miércoles, 27 de mayo de 2026

LA VIDA IMAGINADA

 

La vida imaginada

Andrew Porter

Traducción de Ce Santiago

Muñeca infinita

Madrid, 2026

329 páginas

 



Cabe preguntarse en qué punto de nuestro pasado se esconde la dignidad, hacia dónde debemos viajar para recuperarla. Siempre existirá un punto ciego, ese momento que nos transformó y del que no nos libra ningún relato, ninguna explicación. Solo cabe pensar que somos lo que somos gracias también a ese agujero, y que eso que somos no está tan mal, al fin y al cabo, como se encarga de recordarnos alguien que nos aprecia. Recurrir a que ese trauma sea la desaparición del padre tal vez no sea una idea muy novedosa, pero tal y como la trata Andrew Porter merece la pena retomar esta iniciativa. Digámoslo desde ya: La vida imaginada es una buena novela, en la que se parte de una causa a la que merece la pena darle más y más vueltas, por todo lo que nos afecta, y construida con mucho oficio; Porter nos entregará, además, unos personajes en cuyo interior el conflicto no cesa, y su decantación es constante. Si están buscando una obra de ficción estupenda para sus próximas lecturas, si eligen La vida imaginada van a acertar, seguro.

El narrador es un hombre que perdió de vista a su padre cuarenta años atrás, siendo él un púber. El padre era profesor de literatura en una universidad, un lector obsesionado con Proust, que está postulándose para un puesto de trabajo definitivo, para lo cual necesita publicar un libro sobre teoría literaria. El narrador es alguien que, como cualquiera de nosotros, ante lo que nos aprieta, ante lo que nos hace sentir amargura o tristeza, se sabe solo. Es alguien hipersensible, que admira lo que se ve incapaz de tener, sobre todo la determinación, queriendo ver pasar la vida como si estuviera refugiado en un búnker. La vida familiar que ocupa el grueso de la obra es el recuerdo de los años que compartieron en una casa de Los Ángeles. Se trata de uno de esos chalés con piscina y jardín, donde se puede reunir bastante gente con frecuencia para celebrar fiestas o preparar barbacoas. Poco antes de la desaparición del padre, el narrador, a punto de reventar en la adolescencia, descubre que su padre es homosexual y que uno de los amigos que le visitan con frecuencia es su amante. Estamos en los años ochenta, una época en la que la maldición por algo así estaba presente. Convenía ocultarse para que no te trataran como a un maldito.

El relato nos lleva de vez en cuando al presente, a la actual situación del narrador, casado y con un hijo, en situación bastante simétrica a la que tenía él cuando sucedió la desaparición del padre. Su situación familiar actual también es delicada. Es por eso que mientras narra con mucho oficio, podemos deducir que los dos impulsos que corren detrás de él, que le persiguen, de los que huye, los que le hacen sentirse solo, son los deseos y los miedos. Miedo al abandono, como es fácil deducir, y a las frustraciones más pequeñas. Y los deseos que nos hacen ser egoístas, los que se traducen en pequeñas miserias. Tal vez Porter tenga razón, pues tal vez no haya respuestas fuera de conseguir el bienestar emocional, que es lo que busca nuestro narrador, y para ese bienestar está bien conseguir explicaciones, pero no es lo que más nos consuela. Para saber qué es lo que consuela, lo que nos permite poner pie en tierra y sentirnos bien, no tendrán más remedio que leer esta novela. Y no saldrán decepcionados.

lunes, 20 de abril de 2026

UN LIBRO

 

Un libro

Fabrice Gaignault

Traducción de Vanesa García Cazorla

Muñeca infinita

Madrid, 2026

89 páginas

 



De los dioses que hemos creado, los más próximos a una verdadera divinidad tienen que ver con la poesía y no con la ciencia. La ciencia implica ramas del conocimiento que son capaces de medir, mientras que nadie sabe las cantidades que se implican en la poesía. De hecho, el mal es mensurable, mientras que el bien no tiene medidas. Se sabe a cuántos niños ha matado un bombardeo, cuántos adolescentes fallecieron en un tiroteo a un instituto, y hasta se mide en dinero el daño que supone a la economía de un país el resultado de una guerra. Se pueden contar los soldados que componen un ejército y hasta las balas que compran para disparar al enemigo que está compuesto, a su vez, por otras personas. Pero no podemos medir la belleza, no podemos medir la generosidad ni la solidaridad. ¿Cuántas vidas han salvado las flores? Sabemos a cuánta gente consiguió librar Schindler de una condena en un momento determinado, pero no podemos medir todo el bien que hubo en ello, porque las consecuencias no terminan allí. Como no podemos medir de cuántas depresiones ha librado al mundo la música, pero sí saber cuántas pastillas de neurolépticos se venden.

Consciente de ello, Fabrice Gaignault (1956) reivindica el bien a través de un caso concreto, el de Primo Levi y su situación al límite en el campo de concentración de Auschwitz. Levi está a punto de extinguirse y los presos están a punto de ser liberados. Cualquiera de las dos cosas podría suceder en los próximos días. Pero un médico griego arroja a Levi una tabla de náufrago, un libro. Gaignault, como Levi, pertenece a la estirpe de los tipos que beben el elixir de la vida en la literatura, de la gente a la que los libros le salvan del desconsuelo de existir. Al fin y al cabo, la literatura, la música y, en definitiva, el arte no tiene otro sentido. Cualquier estudio dará vueltas para entretenernos con las órbitas del arte, pero el contenido seguirá siendo la búsqueda de la felicidad. Incluso en momentos límites, momentos perversos, de maldad, cuando el resultado de lo que uno está viviendo se podría medir: se sabe cuánta gente pereció en campos de exterminio, cuántas familias se destrozaron. Y se sigue ignorando a qué se agarraron los que salvaron la vida, los que luego, como Levi, no fueron capaces de entender por qué ellos no habían muerto. Porque el límite de la literatura, la música, el arte, es la incapacidad de explicar el mal, que es medible, pero inexplicable.

Un libro es un relato breve que se construye a partir de un hecho pequeño, pero significativo, demoledor. Gaignault limpia la prosa para permitir que nos centremos en lo emocional, y añade alguna referencia a otros autores, como Shalámov, que vivieron experiencias semejantes a la de Levi. Los destellos de lo humano, que no siempre aparecen en los hombres, son lo que nos mantendrá a flote. Y estos destellos, esta humanidad, siempre tendrán que ver con el bien, con la bonhomía, con lo inconmensurable. Como nos recuerda, este precioso libro, a partir de uno de los casos más misteriosos de la historia de la literatura.

miércoles, 8 de abril de 2026

ENTRE LAS HOJAS ESCONDIDO

 

Entre las hojas escondido

David Muñoz Mateos

Muñeca infinita

Madrid, 2026

270 páginas

 

 


En realidad, no hemos sido capaces de crear un mundo que pueda integrar a lo salvaje. Decimos salvaje y tal vez deberíamos decir natural. En ese mundo es en el que se cría Samuel, el protagonista de esta historia, un niño feral que se reencuentra con el narrador, compañero de infancia y adolescencia, en la que Samuel sobrevivió al intento por parte de los adultos de integrarle en nuestra sociedad. Entre las hojas escondido nos habla del fracaso, pero nos habla, sobre todo, de la amistad y de la exploración de la amistad. Para ello David Muñoz Mateos (Zamora, 1988) se vale de un narrador, el compañero, que emprende un trabajo de investigación acerca de Samuel, una labor de la que debería salir un libro. Ese libro, el que tenemos entre manos, resultará ser una descripción del proceso de reencuentro, en el que se va buceando, en ocasiones, en el pasado, en los hechos comunes, los más significativos, de un intento de educación formal.

Recordemos que un niño feral es aquel que ha vivido sin contacto humano, como Mowgli o Tarzán, entre animales, sin los estímulos del lenguaje ni los condicionamientos de la civilización, aquellos que llevan a desarrollar estrategias para el engaño, por ejemplo. Casos célebres son el de Victor de l’Aveyron, que retrató Truffaut en El pequeño salvaje, o el de Marcos Rodríguez Pantoja, que creció entre lobos y sobre el que también se llegó a rodar una película, Entre lobos, de Gerardo Olivares. El tema del que se habla en estos relatos, y también en esta novela, es sobre la maldición de ser diferente. Muñoz Mateos muestra, desde el inicio, un respeto reverente por el lugar en el que se crio Samuel y que supone un alivio para el narrador, pues ha introducido un poco de belleza en su vida; hablamos de la Sierra de la Culebra. El paisaje no será ajeno a la bendición de haber conocido, y seguir conociendo más, poco a poco, a alguien que es capaz de entender esa naturaleza de una manera íntegra, sana, completa. Samuel se sabe parte de allí, con una facilidad que es justo lo opuesto a su dificultad para expresarse en nuestro lenguaje. En buena medida, lo que se va desplegando es una contraconvivencia, los problemas de integración que han ido construyendo escollos, lejanías, que ahora suponen un problema a la hora de comunicarse entre ellos. En realidad, el autor nos lleva a un lugar que divide el mundo en dos: por un lado, está Samuel y por otro todos los demás. El efecto es el de cuestionarnos nuestra civilización, una vez más, pero en esta ocasión completamente, porque nada de lo que hemos creado sirve para descifrar al protagonista, que al igual que el mundo al que pertenece parece estar agonizando.

No fue posible la transformación del niño feral, algo que parece, más bien, propio de un relato romántico, lo cual nos lleva a plantearnos, también, que existen miles de formas de abandono. Y eso implica tratar con otro de los grandes asuntos que nos preocupan, como es la soledad. El narrador trabaja solo, pero su trabajo le sirve de explicación vital, de motivo para seguir caminando; sin embargo, Samuel vive solo, tras haber incluso intentado la convivencia con una mujer, y esa soledad no tiene consuelo, a no ser los momentos en los que se acerca más a la naturaleza, que es lo que mejor entiende. En buena medida, nos enfrentamos a una forma de nobleza que nos cuesta comprender que, de hecho, nos cuesta hasta definir. Samuel carece de maldad, como carece de nada parecido a la astucia social. ¿Qué nos puede ofrecer? ¿Qué puede ofrecer alguien cuya autoestima es tan especial o está tan especialmente dañada? La pregunta queda sin respuesta concreta, permitiendo que cada lector encuentre la suya. Que la obra sea abierta no hace sino darle más calidad a esta novela, que nace con muchos planteamientos muy dignos.


Fuente: Zenda

lunes, 24 de noviembre de 2025

UNA MADRE TRABAJADORA

 

Una madre trabajadora

Agnes Owens

Traducción de Blanca Gago

Muñeca infinita

Madrid, 2025

173 páginas

 



Una persona puede considerarse amortizada cuando ya nada le afecta como debería: la justicia es cosa de otra época, las utopías unos conceptos absolutamente desconocidos, sorprenderse con la belleza no existe ni existe la posibilidad de que se asome nada parecido a su vida. ¿Es esto nihilismo? Es muy probable. La vida se reduce a la nada y la única expresión de la nada es vivir por inercia. Eso no es vida. Seguramente, la vida no tiene sentido, pero eso no quiere decir que la opción sensata sea no enamorarse de vivir. Aunque a muchas personas las bolas de preso que llevan en los tobillos les empujan a seguir la alternativa nihilista. Esas bolas de preso pueden ser heredadas, congénitas o estar en relación con la clase social, con la pobreza. El peor humus es el que puede haberse configurado a partir de un conglomerado de todos estos factores. Ese es el que, da la sensación, ha gestado a la protagonista y narradora de esta novela, de la que decir que es existencialista es quedarse corto. Estamos frente a uno relato muy potente en el que nos adentramos en el alma de una persona a la que seremos incapaces de comprender, y que nos llevará, inevitablemente, a la locura.

La chica se enamora de un veterano de guerra nada más terminar la misma, pero nos lleva, sin dilación, a un matrimonio que en diez años ha envejecido de manera que parecen haber saldado todo lo que pudo haber sido afecto. La protagonista indica un poco que quiere salir corriendo, pero lo que hace es buscarse un amante con el que la pareja comparte borracheras, y un trabajo que es otra ruta hacia la infelicidad. Todo esto conforma un nido de sentimientos que cualquier persona con la sensibilidad a tono entendería como un nudo en la garganta y un montón de víboras en el vientre. Pero nuestra narradora parece vivirlo con cierta naturalidad, sin desahogo, lo cual terminará por provocar ese desahogo en el lector. Como muestra más descarnada de tal planteamiento, asistiremos hacia una indiferencia casi total por dos hijos, a los que no llega a vivir ni siquiera como una molestia. Todo da bastante igual mientras podamos ir por la tarde a beber o comprar una botella de vino en el supermercado.

La acción transcurrirá entre la casa (no nos atrevemos a llamar hogar), el pub y el trabajo. No hay espacio para ningún otro paisaje. El mundo se ha encogido y cualquier otro lugar no existe, es un país extranjero al que no se nos ocurre visitar. Pero todo esto se nos cuenta en primera persona, por una protagonista que detalla buena parte de los sucesos a través de diálogos y unos apuntes de acción que funcionan de manera frenética, sin ningún tipo de alarde. En realidad, se trata de un estilo depuradísimo que nos lleva, cuesta abajo, hacia la pérdida total de la cordura. La obra es muy intrigante y nos dejará con las peores dudas sobre en qué consiste la existencia, lo cual basta para asegurar que nadie debería perdérsela. Que aparezca ahora en nuestras librerías es un gran acierto.

martes, 6 de mayo de 2025

MARIMONDA

 

Marimonda

Mario Escobar Velásquez

Muñeca infinita

Madrid, 2025

155 páginas

 



Penetrar en la selva supone brincar sin saber lo que uno va a encontrarse cuando regrese al suelo. Allí hay de todo, hay depredadores y depredados, y un suelo que no es el más firme que podemos encontrarnos. La mejor forma que podemos sugerir para recorrer la selva, al menos para recorrerla con afán de describirla, es el paseo del mono, por las ramas, huyendo y encontrándose constantemente con sus congéneres, con sus depredadores y con su sustento. Podría ser un juego, sí, pero también puede que se trate de supervivencia. Esa es la estrategia que elige Mario Escobar Velásquez (Támesis, 1928 – Medellín, 2007) en este Marimonda, cuyo título ya nos da indicios acerca del tono que va a tener la obra. Estamos hablando de marimondas, de monos araña, esos con brazos infinitos, esos con gestos que no dejan de remitirnos a los de los humanos.

Estamos en territorio hostil, ese en el que los humanos no pueden habitar en las condiciones en que se desarrolla la civilización. Tal vez cabrían pequeños grupos étnicos, pero civilizar es implantar un tipo de colonización que nada tiene que ver con la convivencia con la naturaleza. Y así sucederá que de todos los encuentros que sufrirá nuestro marimonda, el definitivo será con la condición humana. De hecho, la novela trazará un salto que nos remite a las teorías de la evolución, cambiando poco a poco el punto de vista, del marimonda al humano, en el tercio final de la obra. Se refleja, claramente, la reivindicación de la naturaleza y el deseo de otra manera de entenderla, que sea más antropomórfica, para que seamos, a nuestra vez, capaces de mayor respeto. Pero todo esto está reflejado en una escritura meditada, tanto como para dar la sensación, por momentos, de ser automática: como si el autor no supiera qué va a deparar la frase siguiente, como si las asociaciones volaran con libertad. Esa es la sensación que Escobar Velásquez pretende transmitir. Y es que en la selva no hay nada programado. Lo comenta Juan Cárdenas en el epílogo: «Escobar piensa narrando y, gracias a una técnica que combina el estilo libre indirecto con los saltos de perspectivas, consigue crear un relato magistralmente tensado». Esa tensión se basa en la creación intuitiva de paradojas, como la del divertimento que convive con la supervivencia, antes mencionada. Es un planteamiento atractivo, que en este mundo de discursos maniqueos recibimos como el aire que entra por una ventana recién abierta en un edificio que lleva años cerrado.

miércoles, 12 de junio de 2024

UNA NOCHE DE LUNA

 

Una noche de luna

Caradog Prichard

Traducción de Ismael Attrache

Muñeca infinita

Madrid, 2024

151 páginas

 

 


Para entender cómo es posible que a Caradog Prichard (Bethesda, 1904 – Londres, 1980) se le ocurriera crear esta novela, una de las mejores que se han escrito el siglo pasado, conviene conocer un poco de su biografía: nació y creció en un pueblo galés dedicado a la extracción de pizarra, desde donde vivió crisis de calado, como la Primera Guerra Mundial; su madre, viuda (su padre falleció contando él cinco meses), terminó internada en un sanatorio mental, tras pasar muchos años de apuros intentando sacar a la familia adelante; él emigró siendo adolescentes para dedicarse al periodismo en cuerpo, y a la poesía en alma, lo cual le facilitó bagaje para expresar nostalgia o culpa, contando con unas formas expresivas que son puramente compasivas. Una noche de luna hace referencia a la luz que embriaga esta magnífica obra, llena de una humanidad que, como se corresponde a los misterios en que nadamos, no cesa de arrojar magia. Es una novela conmovedora, en la que un muchacho de alrededor de diez años nos habla desde el presente, y en ocasiones desde el futuro, cuando será el adulto el que recuerde, el que regrese. Este regreso contiene la materia de los sueños, que es tanto como decir de los deseos y de los miedos. Este regreso literario será una forma de saldar cuentas, o más bien de intentar saldar cuentas, pues al final la literatura no cauteriza ninguna herida. Eso sí, nos ofrece magníficas rutas para convencernos de que las heridas se pueden cauterizar.

Las cuentas que Prichard y su muchacho pretenden saldar tienen que ver con la locura. En las primeras páginas asistimos a tragedias e imágenes terribles, como el epiléptico que tiene un ataque en un sendero, los indicios de alguna perversión sexual o un suicidio, una obsesión que acompañaría al propio Prichard durante buena parte de su vida. Pero el tono en que nos habla es de una ingenuidad acogedora: por momentos pensamos que nos vamos a enfrentar a un Tom Sawyer galés, que habrá felicidad, y es que sí hay indicios de que a poco que cambie la suerte, será un niño feliz. Ahí están los amigos, por ejemplo, para recordárnoslo. Aunque alguno de ellos también fallecerá, y esto no dejará de ser un ancla de realismo en un mundo donde lasa sombras y los recuerdos tienen la consistencia de la luz de la luna.

Este niño debería estar comenzando a aprender a construir su personalidad, apunta a la pubertad, idealiza y convive con todo emocionalmente, tanto cuando participa como cuando es espectador, aunque por lo general es ambas cosas a un tiempo. La presencia de la madre como faro, nos lleva a considerar que por mucho que la muerte o la demencia sean los temas más concretos de la novela, ser hijo, la maternidad considerada desde el punto de vista de un hijo, es el eje sobre el que pivota la necesidad de escribirla. Pero en los momentos en que un verbo nos hace darnos cuenta de que no es tanto un relato en primera persona como un hombre que busca a la madre que tuvo y cuyo fin le resulta complicado de perdonar, no podemos evitar considerar que la novela tiene, también, como finalidad crear una despedida, la que en su momento no pudo producirse. Estamos frente a una de esas obras que se le imponen a su creador, una de las que nos hacen mejores, porque nos habla de la necesidad de ser mejores que han sufrido los demás. Una obra que es a la vez un desafío y un descanso, que impacta y nos da aliento. Es una ceremonia de expiación, cuyo objetivo tal vez no alcance nunca. Pero para nosotros conquista la cima de la literatura y nos sugiere que debemos de leer muchas veces esta novela, tantas como sea posible, porque no cesaremos de encontrar en ella lo que nos hace dignos de ser humanos.


Fuente: Zenda

miércoles, 20 de marzo de 2024

TODOS LOS OJOS

 

Todos los ojos

Isobel English

Traducción de Julia Osuna

Muñeca Infinita

Madrid, 2024

158 páginas

 

 


Cuenta Jenofonte que los soldados griegos regresaban a casa abatidos tras una severa derrota, pero que cuando llegaron a lo alto de la primera colina que coronaron desde la que se veía el Egeo no dudaron en arrojar sus lanzas para abrazarse mientras gritaban: ¡el mar, el mar! La anécdota nos habla de lucha, de derrota, de depresión y de itinerario, y también del hogar, que es el lugar donde uno siente un amor reconfortante, que no es de un romanticismo desgastado ni de una sensibilidad adolescente. En el caso de nuestra narradora, de la protagonista de esta bella novela, Todos los ojos, debemos confiar que ese hogar se encuentre en algún rincón de la memoria que tenga una historia común con la isla de Ibiza, que a principio de la década de 1950 nada tenía que ver con la explotación actual. La criatura que crea Isobel English (Londres, 1920- 1994) encuentra un rincón del mundo austero, que aquí es tanto como decir hermoso, en el que apenas puede comunicarse en francés con un puñado de turistas y alguna persona del lugar que les atiende.

Pero no adelantemos tanto. En realidad, la estancia en Ibiza ocupa la última parte de la novela, y no es la más larga. Nuestra protagonista es un alma que tiene una sensibilidad impresionista. De hecho, su forma de expresarse a lo que más nos recuerda es a la delicadeza de los pintores clásicos, buscando sensaciones. Estamos frente a un texto sensorialmente vivo. Además, frente a una persona crítica sin maldad. La narradora es consciente de las costumbres británicas y de que es desde allí desde donde escribe, al tiempo que es de ellas de las que le gustaría escapar. Influida por el ánimo de unos amigos, decide emprender ruta hacia Ibiza, acompañada del que suponemos que es su novio. Debemos añadir que fue estrábica, porque ese defecto, ya corregido, cree que influye en su manera de mirar, en esta relación de un itinerario que es a la vez lírico y memorístico. Mientras nos habla de lo que le sale al camino, revisa su pasado, que es el otro camino que no cesamos de recorrer. Se ha propuesto un reinicio considerando que ojalá en su vida haya, y haya habido, poesía: «Quizá me tiene miedo por lo nerviosa que soy y por mis veinticinco años tan marchitos. O puede que ni me haya escuchado», dice tras no recibir respuesta al preguntar por una predicción meteorológica a cuenta del vuelo de las golondrinas.

Con esta misma intensidad es con la que elige y, si debemos fiarnos por el cuidado con que se expresa, consigue vivir, y con la que aspira a vivir la relación con la persona que le acompaña, resolviendo así cualquier duda. Como no puede ser menos, la muerte, la de alguna amistad, aflora aquí y allá en la memoria, como también lo hace la soledad, que no siempre sucede quedándose aislada de los demás. Tanto la una como la otra, las afronta nuestra protagonista con algo parecido a una resignación religiosa, pero sin religión. No hay un dios al que rezar, ni siquiera un espíritu correcto al que aspirar. Se trata de buscar la belleza, la calma, el bien. La búsqueda es, posiblemente, el tema principal de este encantador libro, como podemos deducir de este pequeño diálogo que sucede nada más llegar a Ibiza:

«—¿Cres que nos acostumbraremos a tanta belleza y tanto tiempo libre? —le pregunto a Stephen—. Ojalá encontrara un piano en el pueblo.

«—¿Por qué no aprovechas y te dedicas a beber como una esponja brandy a tres peniques la copa? —me responde desde donde flota bajo las primeras capas de un sueño cada vez más profundo.»


Fuente: Zenda

domingo, 4 de diciembre de 2022

EL HIJO

 

El hijo

Gina Berriault

Traducción de Blanca Gago

Muñeca infinita

Madrid, 2022

159 páginas

 



«Pero mientras narraba estas historias de héroes, allí tumbada junto al niño, no se acordaba del hombre ausente, sino de la invasión del mundo en su vida, y sentía un miedo placentero».

Uno quiere imaginarse que él mismo es algo, lo que sea que se ha inventado, y trabaja para mejorarse dentro de esa esfera que cree ideal para mantenerse a flote y seguir respirando. Uno trabaja sobre lo que es, sin saber quién es realmente, aunque sólo sea por la presión que recibe del exterior, donde se encuentran las expectativas que tienen los demás para que defina quién es. Uno es lo que es, aunque ignore cómo definirlo, y también lo que se espera que seamos. Y también lo que desearía ser, que es, en nuestro interior, el criterio que se impone. Nuestra protagonista, la joven madre de esta novela, llega a vagar tanto entre esas corrientes, que será capaz de sentir un “miedo placentero”, una expresión que es más una paradoja emocional que un oxímoron.

Seguiremos su recorrido vital sumergiéndonos en varios momentos de su vida, en los que el eje, lo que parece ser un sustrato permanente, es la presencia del hijo. Pero ni siquiera la maternidad es una constante, si tenemos por constantes las cosas que físicamente permanecen. Cuando todo desaparece, nos quedamos, eso sí, con nuestros sentimientos. Sobre esos sentimientos es sobre los que se elabora el relato, que nos habla de los dos grandes carburantes que nos mueven: los miedos y los deseos.

«Nadie estaba tan cerca, tan cerca como para caminar hasta el corazón de su intimidad sabiendo que toda la ira que pudiera sentir ella nunca lograría hacerlo menos hijos, menos querido».

«Si acaso temblaba, sería de miedo por las cosas que empiezan, por las heridas y los conflictos que empiezan; no temblaría de miedo por lo que termina». Ese espíritu es el que la hace perseverar en su intención de seguir viviendo. Pegado a la conciencia de estar siempre teniendo que inventar una nueva vida, está el mito de la media naranja. La veremos enamorarse y tener parejas sin amor, o con un amor matizado. Y comprobaremos lo complicado que es, por no decir imposible, encontrar la felicidad descansada en una relación, tal y como nos promete el mito. Ella se entrega, eso sí, pero ninguna de esas puestas en escena de los sentimientos la evitará el malestar de vivir. En realidad, esta mujer a la que comenzaremos a seguir en los años cuarenta, se está preguntando qué es el amor, al comprobar las diferencias entre los dos amores que se supone debe sentir: el filial y el enamoramiento. Mientras va creciendo, nos preguntaremos por qué ese empeño en considerar que somos los mismos, pasen los años que pasen, por qué empeñarnos en sentir que somos los mismos, cuando ni siquiera mantenemos la misma edad, cuando a nuestro alrededor la única constante es el cambio.

Todas estas reflexiones brotan durante la lectura de El hijo, cuya solidez está en la depuración de tiempos narrativos y la incomodidad que nos transmite sobre el hecho de vivir. No será fácil para la protagonista, que es alguien en quien podríamos reconocernos fácilmente. Y eso puede provocar un miedo placentero.

 

miércoles, 22 de junio de 2022

EL CABALLO CIEGO

 

El caballo ciego

Kay Boyle

Traducción de Magdalena Palmer

Muñeca infinita

Madrid, 2022

165 páginas

 



Nos pasamos la adolescencia soñando con mil cosas y la etapa que viene después soñando con que deberíamos haber mantenido los sueños de la adolescencia. Uno sabe que ha envejecido cuando ya no siente que le enfadan las injusticias que le enfadaban siendo joven, dijo André Gide. Ese es el termómetro que nos indica nuestra calidad energética. En realidad, cuando decimos que maduramos sosteniendo qué bonitos y estúpidos fueron los sueños de juventud, que parece mentira todo lo que te enseña la vida, no hemos aprendido nada. Lo único que hacemos es señalar que nos hemos vuelto unos acomodados que perdieron escrúpulos por el camino. No volveremos a tener la fuerza ni el fuego que teníamos entonces, es cierto, pero sí es posible conservar las ilusiones que arrojamos por la borda como si fueran pescado podrido. De ahí que debamos enfrentarnos a relatos como El caballo ciego, donde todos los recursos están puestos al servicio de despertar la humanidad que una vez tuvimos. Decimos humanidad y eso significa ser sensibles y dejarse llevar por la sensibilidad.

Una chica adolescente se enamora de un caballo ciego al que pretenden liquidar adultos con la piel de lagarto y la mente de un pragmatismo indomeñable. Si está ciego no podrá saltar y, por supuesto, un caballo que no pueda saltar no será feliz. Atribuirse el derecho a decidir sobre la felicidad de un ser que no puede expresarla, y por tanto no sabemos si puede sentirla, es un atrevimiento que nos hace suponer que podemos jugar a ser dioses. La chica escucha el latido de un corazón y con ello le basta para estar convencida de que la vida se impone, de que existe una potente voluntad de vivir. Para recuperar la esencia de ese eje que sigue la humanidad, la sensibilidad, la compasión, pocas cosas son tan convincentes como las terapias con animales. El caballo que siente confianza devuelve confianza. Esta obra trata sobre las ilusiones que deberíamos seguir manteniendo, y lo hace con un estilo que refleja su época: la prosa algo barroca, muy expresiva, que se tuerce en la exploración de las razones que la razón no entiende y busca explicarnos, que atrapa y sorprende, que ya vimos en algunos de los contemporáneos de Kay Boyle (1902 – 1992) como Thomas Wolfe. No importa que se nos hable de pequeñas cosas, de hecho, es a partir de las pequeñas cosas, de los pequeños gestos, cuando la ética que lleva a un estilo tan hábil y lleno de simbolismos en el que nos reflejamos.

Por suerte para la chica, siempre quedarán algún adulto al que le revivan las brasas de una juventud que no fue en balde. Y ahora lo demuestra. A veces eso se conoce como amor.

martes, 21 de diciembre de 2021

LAS LISTAS DEL PASADO

 

Las listas del pasado

Julie Hayden

Traducción de Inés Garland

Muñeca infinita

Madrid, 2021

219 páginas

 


“Se repite, de tanto en tanto, esa agitación terrible, inquietante, la insistencia de hasta los más débiles por seguir viviendo en las peores circunstancias”.

Esto lo escribe Julie Hayden (1939 – 1981) en uno de los pocos relatos que escribió en su vida, pero que bastaron para configurar un libro que posiblemente no sea inaudito, pero se enmarca entre las obras que no nos gustaría olvidar. Hayden escribe con nitidez y con un tono que da la impresión de pertenecer a un testigo en un tribunal. El testigo es un observador de lo cotidiano y el tribunal dirime acerca del sentido de la vida. Si es que tiene sentido, al menos para estos seres desnortados, gente que busca con desesperación, pero sin energía, pues la que deberían tener para la búsqueda se ha consumido en el oficio de salir adelante. Para ello, Hayden nos introduce en un mundo en el que la credibilidad está en el filo del demasiado: todo se encuentra a punto de ser demasiado, demasiado real y demasiado imaginativo, demasiado concreto y demasiado universal. Hay, eso sí, un aspecto que nos ayuda a entender que existe también el descanso, que es la presencia constante, algo lenitiva y metáfora que nos indica que existe otra posibilidad de vida, más natural, de parques y jardines.

Entraremos en el mundo de Hayden a través de unos personajes que nos muestran lo que uno va dejando de vivir, más que lo que uno vive. En los primeros relatos, adultos pasean con niños para ofrecernos el contraste entre lo que es y lo que desearíamos que pudiera haber sido. Porque los niños redimensionan el mundo adulto, nos muestran, en paralelo a la realidad, las opciones de futuro, cuando ya no existe posibilidad de contemplar el futuro como una opción. Y, sin embargo, estamos en un proyecto, que podríamos llamar vida para no dejarlo en mera existencia, en el que se impone la necesidad del movimiento. Los acontecimientos se suceden, aunque no tengan objetivo, sin remisión, y nosotros nos vemos obligados a subir a la ola, o a perecer bajo ella. No hay muchas más alternativas. ¿Sabemos lo que significa y lo que nos aporta cada ser, cada objeto con el que coincidimos en nuestros días vivos? ¿Sabemos relacionarnos con todos ellos, con los árboles, con los críos, con los vecinos, con los familiares, con los desconocidos, con la calle y con el tiempo? Para ello debemos reinventarnos constantemente. El problema de reinventarse es que como esto tiene un final, uno no cesa de preguntarse para qué se reinventa, para qué ese esfuerzo. Y a medida que envejece, siente cómo se esclerotiza hasta la voluntad. Pero hay que salir adelante:

-¿Una flor?

-El liquen.

-No es una flor.

-Sobreviven

Hayden registra y nos registra. Registra las costumbres desde los ojos de quien comulga queriendo ser ajeno. Es esa región ambigua del relato, esa forma de entender, lo que otorga a los cuentos un extrañamiento que nos atrapa: no hace falta dejar volar la fantasía para darnos cuenta de que el mundo también es ajeno. Cualquier tarde con cualquier ocupación, cualquier tarde de cualquier persona, puede ser algo a lo que nos gustaría renunciar, precisamente por lo fácil que es reconocernos en ella. Hayden retrata el mundo así, a través de lo que sucede a su alrededor. Colocando el horizonte muy cerca, nos acerca a casi todas las personas, sin importar lo lejos que se encuentren.