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lunes, 30 de abril de 2018

CHUQUIAGO


Chuquiago. Deriva de La Paz
Miguel Sánchez-Ostiz
La línea del horizonte
Madrid, 2018
286 páginas

Si existe un género literario en el que la aporía es su esencia, ese es la literatura de viajes. Recordemos: aporía es un término griego que significa dificultad para dar un paso, en este caso, la práctica imposibilidad de resolver paradojas, razonamientos, problemas, dificultades lógicas y de índole especulativa. Todos los griegos son mentirosos y yo soy griego, es un enigma del que resulta imposible definir el origen de quien lo pronuncia o en cuál de los términos está el engaño. “Eres uno más en el barullo, en la riada de la vida, conviene que no se te olvide, antes de ponerte a dar lecciones”, es la aporía definitiva sobre el lugar que ocupa el viajero en el viaje, si viaja para reflejarlo por escrito o en fotografías. Para abogar por la humildad, nos evocan una reflexión que no debemos olvidar. Es decir, deja por un momento de ser uno más en el barullo de la vida y se coloca como maestro. No importa. Es un detalle. Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) reconoce que la aporía es la esencia de este género literario y tiene todo el derecho a convertirse en maestro de la humildad, otra paradoja.
El libro es bravo en todos los sentidos. De entrada, el amor confeso a una ciudad como La Paz viene definido por un primer encuentro violento, en el que sufre un robo. A pesar de ello, persiste y se convierte en un rompesuelas. En este caso no se trata de remitirnos a la historia o al arte, de diálogos sorprendentes ni de personajes de buena ralea como para reflejar su pasado. En este caso, se trata de ver de cerca. Olvidarse un tanto de la urbanización y construcción de la ciudad, en tanto a lo que se refiere a la valoración arquitectónica. La Paz es una ciudad ciertamente incómoda, pero si uno mira de cerca cada plazuela y cada callejón, descubrirá la vida de la gente a la que se le ha robado el derecho a escribir sus biografías. Vástagos de los desahuciados, apenas los tocados y los rasgos hacen referencia a unos orígenes que les otorgan cualidad como grupo. Como individuos, son supervivientes.
La calle es bullicio. Allí donde no llega el claxon, llegará el grito de la multitud manifestándose. En gran medida, La Paz todavía conserva el sueño de la lucha de clases callejera, es el último amor posible hacia la América Latina protestataria e injusta sobre la que vertieron sus canciones Víctor Jara o Los Calchakis. Sánchez-Ostiz busca sus amistades en el lumpen, aunque sean amistades de paso, porque viaja para buscar algo de lo que carece, la antítesis del lugar donde vive, otra aporía del viajero: el del mundo desarrollado entiende que el verdadero viaje es al Tercer Mundo, o a Manhattan. Pero Sánchez-Ostiz tiene muy claro que él quiere ver lo marginal, pegar la hebra con los dueños del lenguaje marginal y soñar sus mismos sueños. O al menos querer soñarlos, lo cual ya es mucho más valiente de lo que nos atrevemos a apostar cada uno de nosotros en cada día de nuestra vida. Él conoce el mundo a través de otros, de gente que sería pícara de no ser por la tristeza que supone el coraje al que recurren para vivir.
Y así es como se va enamorando de un lugar que ha construido, cómo no, sus propios mitos, los mitos del pueblo, esos que brotan sin querer y sin querer todos hacemos nuestros. Compartirlos también supone compartir amistad, el afán con el que viaja nuestro autor, que no niega el miedo que le recorre cuando entra en los lugares más sórdidos y, por tanto, más magnéticos. Nadie va a resolver esa nueva paradoja. Como nadie solucionará por qué seguimos empeñados en alabar la leyenda del fracaso en la lucha social. En cualquier caso, ese fracaso sigue siendo un imán para atraer turistas. Y así llegamos a la aporía final que se nos plantea en el libro, la que Sánchez-Ostiz reconoce con una sinceridad que otros autores ocultaron: ¿cómo se puede ser un humanista y limitarse a ser espectador de la pobreza? Tal vez con cariño. Que es como se deberían de resolver todos los problemas.

miércoles, 25 de abril de 2018

INVASIÓN


Invasión
David Roas
Páginas de espuma
Madrid, 2018
125 páginas

La mayor fuente de creatividad humana no es la cultura, el arte, el diálogo socrático ni los viajes. La mayor fuente de creatividad es el aburrimiento. Por necesidad neuronal, por sanación, uno tiene dos opciones, ambas buenas, a la hora de aburrirse: dejar que suceda y sentir que descansa en él, o sentirse incómodo y poner en marcha los resortes de la materia gris para inventar algo. De ese precepto parte este libro de relatos de David Roas (Barcelona, 1965). Hemos de advertir que el aburrimiento, también, puede llevarnos hacia fantasías ridículas. Así pues, es necesario ir creando el suelo donde uno pisa mientras inventa historia más o menos breves, como en este caso, para salir del aburrimiento, tanto el autor como los personajes que habitan en este mundo un tanto absurdo que crea.
Roas tiene una mitología propia que expone con buen pulso. La buena literatura no tiene por qué estar cenando todas las tardes con Borges o Dante. De aspecto más común es Lovecraft o The Walking Dead. Ambos pululan por estas páginas en las que un niño está obsesionado con los féretros, y otro se basta él solito, subiendo y bajando del tobogán, para asediar como zombi a una comunidad entera de ancianos. Pero también hay mucho de esa parte del psicoanálisis que se conoce como transferencia. La mujer que ha asesinado a su marido y escucha todas las noches como la dentadura postiza canta la balada que bailaron tantas veces. La madre que regala una muñeca a su hijo, como si se la estuviera regalando a sí misma o como si ella fuera la muñeca y le estuviera enviando el mensaje al hijo acerca de a quién debe cuidar. Las hormigas, que comienzan siendo plaga y parece que terminarán por ser nuestra compañía más fiel y fiable.
Roas le da la vuelta al calcetín de muchas historias, como las protagonizadas por muñecas, atroces prolongaciones de fantasías o de esa realidad que es el sueño, pues las sensaciones se igualan en el sueño y en la vigilia. Tiene, eso sí, cierta tendencia a lo desagradable. No es apto para estómagos acostumbrados a las novelas rosas, pero tampoco peca de exagerar en el género para meter al lector en el libro. En su justa medida, todo lo muestra con dosis de buena educación. Hasta el tipo que se traga su propia novela, su best seller de cientos de páginas, o el parque temático basado en la noche de los monstruos, esa en que se reunieron los Shelley con Pollidori y Byron, para crear fantasmagorías góticas, mitos todavía estudiados y vivos, o al menos vivos en la medida en que representan vaya usted a saber qué, parece decirnos Roas. Y de ahí a hacer realidad el terror de Borges, ese hombre exquisito que se atemorizaba ante los espejos por su capacidad para multiplicarnos; Roas convierte ese lugar común en una realidad en un cuento construido a base de cuentos, en cuentos multiplicados como se multiplica el niño. Siendo la infancia un bien, siendo los niños un regalo escaso, ¿por qué debe horrorizarnos que se multipliquen? Y, sin embargo, Roas sabe que lo hace. Conoce muy bien los resortes de las psique, tanto como para saber que el terror no está en lo monstruoso, sino en lo cotidiano que no logramos entender, porque somos incapaces de llegar hasta el fin de nosotros mismos.

martes, 24 de abril de 2018

CUADERNOS DE KABUL


Cuadernos de Kabul
Ramón Lobo
Península
Barcelona, 2018
155 páginas

En una mala película de acción, el mafioso, dispuesto a ayudar al policía acorralado por una manada de gente armada, al verle recurrir a pastillas para combatir la ansiedad le dice: “Hay dos formas de morir: sintiendo lástima de uno mismo o sin sentirla. Ya veo cuál has elegido”. Vivir, no es una idea nueva, es ir muriendo poco a poco. Es la obligación de renacer con cada mañana o cada momento. Es soportar aquello que pensamos que no podríamos cargar sobre nuestros hombros. Vivir es ser Atlas, el gigante que sostiene el universo. Como Atlas, todos nos romperemos por el eje. A no ser que la situación en que vivamos nos invite a rompernos antes, a hacernos migas, a atomizarnos, a desvanecernos, a licuarnos o cualquier otra forma de perder la consistencia que nos hace humanos. La argamasa con la que se adhieren los pedazos de carne, sangre y espíritu que somos, la que nos da consistencia, humanidad, sensibilidad y el orgullo necesario como para no doblar el espinazo al menos contratiempo, se llama dignidad. Cualquier buen relato versa, necesariamente, sobre la dignidad. El mafioso le increpaba al policía para que se mantuviera digno y sí, el final de la batalla no fue injusto con ellos.
Estos Cuadernos de Kabul nos llevan a la trastienda de la guerra, donde la dignidad no es privativa de los soldados. Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Un recinto próximo al aeropuerto es todo lo que queda de la intervención de países que mandaron batallones guerreros, y tras ellos al otro ejército, el humanitario, junto con las empresas que se enriquecieron extrayendo todo lo que pudieron en el menor tiempo posible, como si Afganistán fuera una mina efímera. Pero allí siguen viviendo estos personajes que nos revela Ramón Lobo (Venezuela, 1955), uno de los corresponsales de guerra más honestos que ha habido. Sus visitas a Afganistán se ubican en el tiempo en que la intervención trataba de mantener la farsa de la creación de un estado democrático. Mientras los demás periodistas informaban sobre maniobras políticas o atentados militares, porque de atentados calificaban los ataques bélicos contra las tropas occidentales, él quiere conocer Kabul y a los habitantes de Kabul. Quiere saber cómo hacen para mantenerse dignos y para ello trata de ejecutar algo tan imposible como es no sentirse intruso. En Kabul se identifica a un extranjero aunque se trate de una mujer cubierta con el burka.
Mientras nos habla sobre los niños y los barberos, los que cuecen el pan o venden zumos, los escribanos, las patatas o la voz del político minoritario que ha instalado su despacho en una carpa abierta junto al parlamento, da cuenta de cómo ejerce su profesión de corresponsal. Cuando otros se limitan a informar desde las celdas de los grandes hoteles, a través de los comunicados de prensa que reciben, él quiere conocer a las personas, porque está convencido de que el oficio del cronista es mejorar la sensibilidad del lector, ponerla al día, ampliarla. Por eso maldice los tópicos que se han vertido sobre el conflicto en Afganistán y sobre el oficio que ejerce. El periodismo es mancharse de polvo los zapatos, dice. Y para ello hace falta mucha humildad. Este es un libro sobre las personas a las que la injusticia y la opresión les niega el derecho a protagonizar su propia vida, y a pesar de ello sostienen con dignidad un universo sobre sus hombros.

LA REGATA

LA REGATA

23 abril 2018Revista de letras



Manuel Vicent | Foto: Ricardo Gutiérrez
De las tres formas de agua salada a las que Isak Dinesen confiaba la cura de todos los males -el sudor, las lágrimas, el mar-, Manuel Vicent elige el mar. El mar es un paisaje y una narración. Y fuera del ADN o las injusticias que cometieron nuestros padres, fuera de cómo uno aprenda qué es la amistad, es decir, al margen de los vínculos humanos, son las dos palabras que nos construyen. Contra Paraíso, la mejor obra de Vicent, es el paradigma de esta fe. Vicent se entrega al idilio de su relación con el Mediterráneo, el mar que más narraciones ha gestado, en esta nueva obra, más próxima a Son de mar que a la autobiográfica antes mentada: el Mediterráneo puede devolverle a uno cualquier fantasía, no solo la infancia. Pero ahora el mundo, que nació en el Mediterráneo, está lleno de víctimas como el mar de contaminación.

Alfaguara
Los protagonistas de la obra, enlazando con Desfile de ciervos, son los causantes de tanta decadencia. Son la decadencia a la que asistimos a diario en televisión. Uno no puede por menos que preguntarse cómo es posible que alguien que disfrute tanto del olor de las naranjas encienda la televisión para conocer a ese elenco de culpables, a no ser que sea para facilitar que una amarga ironía subraye alguno de los párrafos. Vicent, siempre lírico y tal vez obsesionado con el estilo, lo cual nos ha dado algunos de los párrafos más hermosos de la literatura española de las últimas décadas, se centra en la denuncia sin importarle caer en la caricatura. El mundo, la televisión, es una caricatura. Eso es real, aunque a uno le hubiera gustado disfrutar de otro ambiente en algunos momentos de la novela. Puestos a ello, Vicent confía todo a su prosa, incluyendo las relaciones de técnicas específicas de navegación o la aparición, que es un tumor, de una patera y un inmigrante muerto flotando, como una contaminación más, en el mar de su pasado, al que recurre para relatar lo grotesco del presente. Grotesco por la falta de dignidad, una virtud que a los actores de la novela les importa una mierda: corruptos y mujeres ciervo que pueblan los distintos barcos de la regata, una regata sin competición, que vamos conociendo saltando de uno a otro. Y en todos ellos lo único que tienen en común es que intentan tapar su conciencia de vulnerabilidad evocando unas desgracias que les alejan todavía más de la realidad del lector. Vicent sigue sabiendo que sus daguerrotipos son un punto fuerte en su proyecto literario.
Por lo demás, nos queda la idea, la ilusión, el deseo de que ojalá el Mediterráneo no sea lo que aparece en La regata, que ojalá siguiera siendo Contra Paraíso. Porque el mar es la música de Vicent, y la música es la conciencia. Observador, esteta, irrepetible, a Manuel Vicent le echaremos de menos el día que nos falte. Tanto como él echa de menos el Mediterráneo de su infancia.

domingo, 22 de abril de 2018

FLOR DE HADAS EN EL BOLSILLO


Flor de hadas en el bolsillo
Juan Antonio Fernández Madrigal
El Transbordador
Málaga, 2018
236 páginas

Este libro es una defensa cerrada de la imaginación, y de la poesía como forma de imaginación. Porque durante los primeros cuadros y pequeñas historias, hasta el momento en que un detonante hace caer al narrador, Juan Antonio Fernández Madrigal (Córdoba, 1970) se muestra como un admirador de ambas. El punto de vista viene de un recurso conocido: un extraño cae en nuestra época y la describe. Con esto en las manos, se puede escribir Sin noticias de Gurb o los guiones de la serie Alf. En este caso, el viajero que aterriza viene de un sitio que se llama nomorfa, así, con minúscula, y que se supone que es el futuro. Este planeta ya destrozado, hasta el punto de haber perdido el derecho al nombre propio. Nomorfa puede ser un acrónimo de no-forma o, lo que viene a ser lo mismo, el uso de la negación y el término griego morfo. No viene de amorfo o deforme, sino de nomorfa. Y el viaje lo hace gracias a algo conocido como flor de hadas que a lo que nos remite es tanto al polvo mágico de Campanilla, el hada de Peter Pan, como a un nombre de una nueva droga de diseño, algo que ayuda a ver el mundo lleno de unicornios.
Pero lo interesante es que la prosa, muy poética, que Fernández Madrigal utiliza está al servicio de la captura de tesoros efímeros. Los pocos que podríamos hallar y que, en buena medida, como la carta robada, están delante de nuestras narices. Tiene que venir un alien del tiempo para descubrir que estamos dentro de las fechas en que podemos reaccionar y preservar el bien de la fantasía. A modo de dietario, en cada pieza reconocemos influencias de lo más sorprendente, sobre todo por lo bien integradas que están en las imágenes: sabemos de Lewis Carroll es uno de los padres del autor, como lo es Borges; pero también los padres de Borges y en algún momento Omar Jayam y un poco de sufismo, junto con El Principito y Lao Tsé. Hay ingenio, sí, pero también sabiduría. Fernández Madrigal es un acérrimo defensor de la paciencia y del hombre proactivo, es decir, de la paciencia como virtud que se ejerce, no como resignación inmóvil. Para ello, le basta con venir desde el futuro. Aunque sea desde un segundo más allá en el futuro.
Todo esto se llama, en términos legales, magia. Las preguntas que no cesan de suceder, requieren un tipo de respuesta que no pueden venir de la razón. A lo que no conocemos, a lo que se ve con el corazón y no con los ojos, lo llamamos magia, ilusión, fantasía. Imaginación y poesía. Si el viajero viene del futuro, está pues revisando la infancia de nomorfa. La infancia es el tiempo de las hadas, pero también el de las cosas finitas, o finitas en cuanto a su utilidad, porque su presencia en nuestra construcción es un tesoro o una maldición. Sí, porque también hay lobos en este volumen que, libremente, llamaremos novela.
Antes hemos mencionado la caída del narrador. A partir de ahí, el tono de la obra cambia. Atiende más a lo concreto, a lo anecdótico. Traza un dibujo social y se relaciona con ficciones de moda tanto como con los grandes mitos. Está presente Batman, y a continuación Ulyses. Si se trata de una novela, no desvelaremos el final, lleno de interrogantes: sobre la drogadicción, el surrealismo, las batallas de irrealidades o la muerte de lo legendario. Tal vez sacrifique un poco el tono de la obra para darle una consistencia narrativa. Pero eso no invalida la calidad de la literatura que poco a poco ha ido desarrollando antes Fernández Madrigal.

viernes, 20 de abril de 2018

LA GUERRA CONTRA EL PLANETA


La guerra contra el planeta
Antonio Elio Brailovsky
Clave intelectual
Madrid, 2018
285 páginas

Se está haciendo cada vez más tarde. Y este viaje, que empezó con la peste negra, solo tiene billete de ida. El libro que nos presenta Antonio Elio Brailovsky (Buenos Aires, 1946) es un clamor de advertencia. Porque el proceso parece irreversible y a lo más que podemos aspirar es a ralentizar el tren, no a detenerlo, y mucho menos a revertir su marcha. De ahí que para empezar a enunciar y analizar un poco los grandes desastres ecológicos de la historia no tome como punto de partida la Revolución Industrial, que suele ser el lugar común, sino la Peste Negra. Es un tiempo en el que los desastres ecológicos, eso sí, no tienen escala planetaria. De hecho, no elige el cambio climático o el agujero en la capa de ozono. Elio Brailovsky se centra en desastres que pudieron evitarse a escala humana, con decisiones que casi podía haber tomado una sola persona o un pequeño grupo de personas, los hombres del poder político y económico. ¿Por qué renunciar a la escala mundial? Posiblemente por la dificultad del principio de prevención que cree que debe imponerse. En otras bocas, ese principio se llama sentido común. Y traducido a las opciones que tenemos, sería el derecho ambiental el encargado de servir de guía de trabajo, pues la conservación de la naturaleza es ya un principio activo. No sirve dejarla a su libre suerte, abandonarla, pues la magnitud del daño es tal que la recuperación es irreversible. Sirva como ejemplo la degradación del suelo amazónico, pues en contra de lo que damos por supuesto, no es un suelo rico en nutrientes. El suelo amazónico se está alimentando, en su primera capa, por la constante caída y muerte de follaje y detritus. Arrasado, aunque solo sea para abrir un camino, se transforma en un suelo laterítico. Sería tan fácil que allí creciera una planta, como que lo hiciera en una pista de tenis de polvo de ladrillo.
Elio Brailovsky aboga por una gestión de riesgo que limite los impactos, en caso de que estos sean accidentes inevitables. La acción del hombre, vuelve a no ser un principio de conservación pasivo. El accidente de la central de Fukushima o las consecuencias en Nueva Orleans del huracán Katrina, podrían haberse reducido de no haber gestionado la construcción de la central nuclear y de la ciudad bajo el principio de mínimo gasto. La aparición de estos casos resulta en principio un tanto extraña: es una ciudad, es una planta nuclear. No estamos hablando de bosques. Pero para Elio Brailovsky el ser humano es otra forma de naturaleza, y su calidad de vida forma parte del derecho ambiental. Eso supone tener en cuenta la vulnerabilidad del ser humano y, en ese sentido, entra en juego la lucha de clases. Los muertos a consecuencia del huracán o del tsunami, fueron principalmente mendigos y clase baja. Por otra parte, añade el principio de incertidumbre, lo cual obligaría a una política de grandes prevenciones. Elio Brailovsky no lo comenta, pero la salud ambiental no entra dentro de las liquidaciones del balance de crecimiento económico. Tal vez ya sea hora de encajarlas ahí, o tal vez ya sea hora de inventarse una economía basada en algo distinto al crecimiento económico, otro factor de escala mundial que no menciona, pero que afecta a los ejemplos que trata, pues se refieren a empresas y beneficios: la minería, la agricultura, el petróleo, etc.
En buena medida, el hombre, o el hombre que decide, trata la Tierra bajo el principio de la minería. De ella se puede extraer todo, desde los nutrientes que alimentan a las plantaciones de soja transgénica, sustituidos por pesticidas y herbicidas, a los gases que envenenan. A ser posible, todo el tratamiento de estas materias peligrosas se produce en lugares en vías de desarrollo, donde al margen de la degradación continua, las medidas de seguridad son mucho más laxas y los medios de comunicación están al servicio de las multinacionales. El estallido de Bhopal, en la India, o los vertidos de petróleo por el uso de barcos monocasco, son algunos de los ejemplos a los que recurre. Pero también está la propia minería y el cianuro. Dada su nacionalidad, conoce de primera mano las consecuencias que tiene la extracción mineral en lugares recónditos de la cadena montañosa de los Andes. Algo que afecta a las poblaciones locales y que dejará una herida tóxica durante centenares de años. ¿Por qué hemos llegado a esta situación? Por el uso militar del planeta. Ese es el principio rector que afecta a la forma en que lo tratamos. No porque el agua que se extrae de los cimientos de la ciudad de México se emplee para usos militares, pero sí por el empecinamiento, que se remonta a años atrás, de conquistar y colonizar ese enclave. Ese paralelismo se puede aplicar a la Peste Negra y las Cruzadas, o a Fukushima, pues la investigación en la ciencia nuclear se produce mayormente para casos de guerra. Existen muchas otras maneras de obtener la energía que producía aquella planta nuclear. El libro es demasiado humano como para ser cierto. Pero lo es. Apenas concede un hueco por el que introducir una cuña de esperanza. Su utilidad es divulgativa, por mucho que duela.

jueves, 19 de abril de 2018

Svletana Alexiévich, la periodista que consiguió desaparecer para que existiera el relato de la guerra


FRONTERAD
Ricardo Martínez Llorca - 20-04-2018

Esta mujer, que es un museo lleno de miles de mujeres esculpidas por entero, desde el saco de los huesos hasta el alma, y también de niños maltratados por la gentuza, sostiene su cabeza sobre los mismos hombros de los que cuelga un poncho marrón, cuando suena el teléfono y tiene que dejar de planchar para atender la llamada. Su modesto piso en un edificio de corte soviético proletario, como otros tantos millones de ellos repartidos por Asia, le permite acceder de una habitación a otra en menos de tres segundos, caminando con paso lentísimo. Descuelga y escucha cómo la secretaria permanente del Comité del Premio Nobel anuncia que a partir de ahora su obra tendrá una divulgación universal. Única ya lo era antes, cuando inventó esto que ha dado en llamarse novela documental, escribiendo de cara al río Svisloch, en Minsk. Cuelga el teléfono y, con su forma de vestir, que nos recuerda a los tiempos del Pacto de Varsovia, vuelve a la tarea de planchar mientras mira al río a través de la ventana, con el humo de la memoria reposando entre los pulmones. En la cabeza ya vive la idea de hablar del amor como antes habló de la muerte.

Si Papá Noel fuera mujer tendría el rostro de Svletana Alexiévich. Alexiévich podría haber elegido hablar sobre Babilonia, Menfis, Atenas, la Antigua Roma o el Imperio Mongol. Pero el mal es eterno, lo cual significa no que esté siempre sucediendo, sino que sucede al margen del tiempo. Para la crueldad no existen las horas ni el calendario, ni los libros de historia ni otra geografía que no sea sideral, incluido el territorio de la ciencia ficción. Ese gran auto de fe que es la Bielorrusia y la Rusia actuales, los estados sobre los que habita Alexiévich, es idéntico al que los Césares implantaron entre los pueblos después de arrasarlos. El fenómeno del pan y el circo para contentar al pueblo sigue vigente: la guerra que se nos refleja en los medios de comunicación es un evento deportivo, de modo que la gente se convence de que para ser justos hay que seguir disparando y jaleando a las legiones. Le preocupa que la batuta la tenga Vladímir Putin, por supuesto, pero más aún el Putin colectivo, la sensación de orgullo nacional herido y el desprecio por los valores liberales que crece como la humedad en la pared. Lo que más le inquieta es la amnesia total y la consecuente farsa de lo que ellos llaman ideales nobles. A día de hoy, mientras se abren museos para loar a Stalin, se cierran otros dedicados a sus víctimas.

Los ojos de Alexiévich están lavadísimos de ver tantas hogueras. Ha convivido con demasiada gente rígida, gente que estaba convencida de que ser una persona de principios es el mayor logro humano desde la estatuaria griega. Las personas de principios son gente incapaz de cambiar de postura, y si hay un cuerpo que no pueda articularse en absoluto, un cuerpo rígido, ese es el de un cadáver. Ser una persona de principios quiere decir que moralmente estás casi muerto. Esos principios, por ejemplo, los llevaron a recitar una misa en Moscú para rezar por las armas nucleares rusas. Políticos, policías y militares se reunieron en una misa para que el mito de los valores bélicos se sigua alimentando. A Alexiévich la tacharon de traidora por no sumarse a las odas a un dios espurio, primitivo, y se calla. Si a uno le insultan por negarse a bendecir las armas, ¿qué puede contestar que no lleve a recibir una puñalada?

Alexiévich enferma fácilmente con el frío. También con el que le recorre el espinazo al escuchar esa ofensa a las puertas de la catedral de San Basilio, en la Plaza Roja moscovita. Allí unos guardaespaldas de siete cuerpos la catalogan como traidora por no querer unirse a las oraciones a un dios de la guerra que proteja las ojivas nucleares. Alexiévich evita la confrontación, porque sabe que al igual que otros premios Nobel que ha dado la lengua rusa –Solzhenitsyn, Pasternak, Bunin, Shojolov– su intento de calmar los ánimos crearía un efecto rebote y levantaría una ola de odio. Para ella lo principal es aprender a no odiar, o desaprender cómo se odia. Porque si existe el odio entonces existe el enemigo. Y si a una persona se la tacha de enemiga se la desnaturaliza, se la priva de dignidad, de su condición humana.

La prensa se ha llenado de artículos afirmando que la concesión del premio Nobel se trata de una decisión política de la Academia Sueca. Eso afirman los clérigos que dictan las oraciones al Ares de los megatones. Aseguran que jugaba con ventaja, por ser contraria a la política de Putin que, vienen a decir, es lo mismo que odiar a Rusia. Pero ella ya no está dispuesta a ir a más conflictos, y mucho menos con su propia gente, como no está dispuesta a volver a la guerra. Para ella se acabaron las guerras –Los muchachos del zinc, La guerra no tiene rostro de mujer, Últimos testigosporque sus blindajes están perforados. Carece de mecanismos de protección frente a la agresividad, frente a todo eso que es parte del mismo odio, y el odio se expresa del cuerpo hacia afuera. El odio se comparte, se distribuye y deja rastros de ceniza.

Pero Alexiévich ha optado por un proyecto de vida en el que, al contrario que como funciona el odio, es lo de afuera lo que construye la expresión interior. El resultado son estos libros que leemos con reverencia, cuyo principio es el oficio de escuchar, una empatía palpable, ser normal y hablar de forma que cualquier humano pueda entenderte. Traducido a la obra escrita, a su periodismo, eso supone un ejercicio de desaparición. En sus libros no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no existe una voz alfa. Tal vez porque creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera, y no poder intervenir por ser demasiado pequeña, demasiado ingenua. Hay que ser muy ingenuo para escribir obras como las de Alexiévich. Pero si eso supone consolidar la mejor literatura del momento, la más sensible, uno no puede sino gritar que de mayor quiere ser ingenuo. En su caso, tanta ingenuidad se fraguó porque gran parte de la población masculina había muerto en la guerra y las mujeres pasaban las tardes conversando mientras ella, y con ella los demás niños, escuchaban.

Lo peor de dejar de ser niño, es que uno comienza a ser memoria. La obra de Alexiévich intenta ser memoria, pero una memoria compartida, hacer de la memoria de los derrotados la memoria de todos y así ponerla al día. Leemos los recuerdos de cientos de personas como si nos estuvieran sucediendo ahora mismo. El impacto que produce su obra es idéntico al que provocaría conocer de primera mano la vida de la gente, de las mujeres, de los niños, que es una vida muy verbal, porque se pasan todo el tiempo contando y discutiendo. Con frecuencia, contando ese tipo de cosas que cualquier persona que se tache a sí mismo de razonable preferiría no saber. Lo cual nos lleva a sospechar que existe un puente dorado entre la razón y el miedo, el mismo que Alexiévich destroza con las voces de sus amigos.

En la guerra no hay nadie honesto. Al menos no hay nadie honesto en el frente, bajo el fuego, porque existe otra guerra, la de la tierra saqueada. Ahí habitan las madres y los niños, que son quienes ofrecen los testimonios de los resultados de la guerra, incluidas guerras como la catástrofe de Chernóbil o la ciudad y el campo arrasado tras la etapa de un comunismo prematuro y militar. Porque para ella el tema de la guerra no es un catálogo de batallas, de victorias y derrotas y, finalmente, victorias que nos convierten en los patriotas que debemos ser. El tema de la guerra es la multiplicación de humillados y ofendidos, de perdedores sin voz, gente que sigue sufriendo después de firmados los acuerdos de paz o de rendición. Hay una guerra de muertos y conquistas, y otra de quienes cuidan a los heridos, a los enfermos mentales, a los que no pueden valerse por sí mismos, al niño que agarra al oso de peluche con los dientes, porque le arrancaron los brazos y las piernas. En esa desolación no existe el concepto de enemigo, al menos no en términos hostiles. Una enfermera que pasea por un campo de batalla, escrutando si bajo el barro alguno de los pechos seguía latiendo, comenzó a sentir mareos porque no discriminaba a los que pertenecían a uno u otro bando, porque “todos eran bellos, y todos estaban muertos”, decía. Esa enfermera habla a Alexiévich con la misma voz que la madre del niño sin brazos. Por más que ella se empeñe en individualizar las voces, a la hora de la verdad solo existe el idioma de las emociones. El efecto es sinfónico, pero la orquesta está emitiendo esos gruñidos previos al concierto, intentando afinar los instrumentos, o cada músico está en su casa interpretando una pieza diferente, y además la casa se ha visto reducida a escombros.

Nuestra sociedad civil, esa en la que nos encontramos fuera de los tiempos de guerra, es imperfecta. Pero es lo único con lo que contamos para enderezar al planeta dividido por estados en conflicto o por conflictos dentro de los estados. Ella no lo dice, pero es posible que considere que el estado moderno no sea una gran idea. Hay ejemplos buenos, sí, como el de los países nórdicos, aunque llenos de arrugas. Pero la paz es una excepción y el estado quiere mantener viva la llama de la guerra, como en la misa de la catedral moscovita. Así pues, al igual que en los peores tiempos, nos queda el consuelo de cualquier capricho. Como el de la mujer que llenó su maleta de chocolates, gastándose todos sus ahorros, antes de partir para la guerra. En las trincheras, un mordisco a una tableta será lo que nos recuerde que en algún lugar puede existir todavía una minúscula porción de belleza. Para ella, como para cualquiera de las miles de mujeres que Alexiévich ha entrevistado, la guerra es inequívocamente una matanza. La sociedad civil es la de las madres y los hijos, la de la onza de chocolate como excepción, como regalo de Papá Noel. Para evitar el fuego de la guerra se han llevado a cabo grandes experimentos de soterramiento de cualquier conato de rebelión, de debate, de sumar buenas ideas buenas, experimentos como la versión rusa del comunismo, inmadura y alejada de un concepto del individuo como ser humano, que terminará en un derramamiento de sangre. El mismo que ella maldice, y al que ahora solo le cabe asistir desde lejos.

“La democracia debe llegar antes que el estado”, sostiene.

Sin la coraza, como Don Quijote regresando desnudo de la playa de Barcino, asiste al espectáculo monstruoso de quienes celebran los muertos del día anterior, recitados en los televisores. Dentro de cada uno de esos individuos se esconde un dictador en potencia, un maltratador, un asesino. Es a ellos a quienes, hoy en día, teme. Gente enfurecida que se siente robada, privada de algo que ellos llaman honor, de una chapa en la pechera de la chaqueta. Tras la caída del imperio soviético confió en que ese rencor se dirigiera contra el poder. Sin embargo, el poder supo encauzar el odio para crear un sustrato sobre el que fermentara la riqueza de unos pocos.

“No solíamos hablar de ella antes. Pero ahora que el mundo ha mutado incontrovertiblemente, aquellas vidas nuestras interesan a todos, no importa cómo fueran, eran las vidas que nos tocó vivir”, cuenta una de las voces en El fin del ‘Homo Sovieticus’. Duras, en ocasiones siniestras, siempre puro realismo social y puro realismo emocional. Vidas arañadas por la guerra o por conflictos tan graves como la guerra: la miseria, la violencia, el hambre, el látigo, el frío extremo, el desgarro de la marginación o de la separación de los seres queridos, que es otra forma de perder la vida. Porque solo existe una forma de morir, pero son innumerables las maneras en que uno puede perder la vida, y todas ellas suponen brutalidad. Esta obra recorre todas las generaciones del siglo XX, y parte del XXI, en países de la antigua Unión Soviética. Desde la Primera Guerra Mundial a la xenofobia moscovita. Como en todas las crisis, la culpa de la actual se atribuye a los refugiados, a los inmigrantes desahuciados, a los que arañan cualquier puerta mientras desfallecen, para pedir un jornal de hambre a cambio de limpiar letrinas.

“Usted no aparta los ojos como hacer todos”, le comenta una de sus entrevistadas mientras charlan en la cocina. Es en la cocina donde tiene lugar buena parte de sus entrevistas, porque es en la cocina donde acostumbran a charlar los habitantes de Rusia o Bielorrusia, de Ucrania o cualquier otra antigua república soviética. Y regresa a las delaciones y a las torturas, a gente que se llega a cuestionar si existe algo sagrado. Mientras escuchamos, lloramos, sufrimos y pasamos hambre con ellos. Y sentimos que tal vez carezcamos de fuerzas para rebelarnos, que nos estamos apagando. Ni siquiera poseemos la suficiente energía como para esbozar metáforas, figuras lingüísticas, con lo cual el resultado de sus libros testimoniales es de un naturalismo crudísimo. La impresión de esbozo obliga al lector a poner todo lo demás de su parte: aquí solo están contenidas las palabras, pero, ¿cuáles fueron los gestos?, ¿cuáles los tonos de voz y cuáles los silencios que practicaron las víctimas durante esos encuentros con gente que ignora si revivir con la memoria es liberación o cárcel?

En Los muchachos del zinc una madre reclama que se juzgue a quienes enseñaron a matar a su hijo. Ese recuerdo es parte de un mosaico de soledades que nos deja sordos. Duele. Quisiéramos olvidar, pero eso supondría perder las escasas cualidades sensibles que nos quedan. Esa madre tiene que hacer el amor con su hijo para evitar que se tire desde la azotea. De ese calibre es la literatura que nos propone Alexiévich, que desaparece en cuanto los protagonistas empiezan a hablar. El sofoco al que se elevan los textos de Alexiévich están dotados de la mayor temperatura que permite la fiebre. Nada es calderilla. En Últimos testigos ni una sola palabra es barata. Para los niños huérfanos de la guerra, los que no se contaron entre los trece millones asesinados bajo fuego directo, no importa los años que pasen, los arcoíris que uno haya presenciado, la lluvia llevándose las hojas pardas en un hermoso otoño, no importan los miles de besos que uno haya recibido. La guerra es algo que sigue sucediendo. No sabrán qué es el cariño y serán padres con plena intención de prodigarlo. No se trata de que se les hayan gastado las lágrimas, es que no pudieron ni siquiera permitirse el lujo de aprender a llorar.

Se antoja que para leer los libros de Alexiévich hay que tener los sentimientos muy bien armados y blindarlos para no caer en el desasosiego. Pero no es cierto. En realidad, lo que su literatura pide es dejarse arrastrar, soltar el amor que uno lleva dentro, ese que abarca tanto a cualquier desconocido como a nuestro mejor amigo o a nuestro mejor hermano. Podríamos debatir durante horas sobre esto, sobre el plano ético y moral, sobre la necesidad o el oportunismo. Pero no merece la pena. Porque lo que sí se atreve uno a asegurar es que se trata de un acto de cobardía negarse a leerlos. Y el cobarde, al final del día, ha hecho tanto daño como el canalla.


miércoles, 18 de abril de 2018

SAL&ROCA, ABRIL 2018

Para completar que nos ocupemos del mar, también cuidamos la tierra, y también con el trabajo dividido: por un lado los bosques, y por otro toda la naturaleza. Tal vez los bosques sean la metáfora de la naturaleza por excelencia, pero John Muir, el padre del conservacionismo, era presa del síndrome de Stendhal frente a cualquier paraje.
En-el-mar




En el mar
Toine Heijmans
Traducción de Goedele de Sterck
Acantilado




Esta es una novela casi breve sobre el poder evocador del mar. Las circunstancias que rodean el destino de los protagonistas, solo pueden suceder en el que es, a la postre, el territorio más inhóspito para el hombre. Podemos navegarlo, podemos, incluso, acabar contaminándolo hasta que se nos antoje una porquería, pero no podemos dominarle, porque nadie puede dominar la tempestad. Como nadie puede dominar la calma. De ahí que el destino, y junto a él la soledad que supone afrontarlo, la que nos lleva a viajar a lo más profundo para reconocer nuestra identidad, sea algo que solo puede surgir en el mar. Ni siquiera el amor entre un padre y su hija pueden dominar el territorio de la ballena blanca. Este libro tiene una lectura metafórica, sí, pero es que el mar, la contemplación del mar, es pura metáfora.
Inmerso en una profunda crisis personal, Donald decide navegar en su velero durante tres meses, con el silencio y la soledad como única compañía. Sólo en la última etapa de la travesía recogerá a su hija de siete años, Maria, para que lo acompañe del norte de Dinamarca a los Países Bajos. Alejados del mundo, el viaje se anuncia idílico, y entre padre e hija surge una complicidad que nunca antes habían conocido. Pero de pronto las nubes negras acechan en el horizonte y Donald está cada vez más angustiado; la noche en que estalla la temida y aterradora tormenta, Maria desaparece del barco… En el mar es una evocadora alegoría sobre la travesía de la vida y la posibilidad de gobernar el propio destino, y un magnífico homenaje a los navegantes legendarios, desde Ulises hasta el capitán Ahab.
Oceanospecesplatos




Océanos, peces, platos
Óscar Caballero
Arpa






La brecha la había abierto Philip Hoare con sus libros El mar interior o Leviatán. Óscar Caballero la sigue con la mejor entrega, porque si algo queda por explorar es el mar. ¿El Sáhara o la Antártida? Ya sabemos de su aspereza contra la vida. Pero los océanos son lugares donde todavía pueden habitar las especies más insólitas. De ahí extrae buena parte del gancho de este libro, cuyo contenido apenas precisa de apoyo para enganchar al lector: “¿Atún de bellota? Tal como suena. Lo dejó escrito Estrabón hace dos mil años: los atunes que llegaban a Cádiz por el Atlántico comían bellota, igual que nuestros mejores cerdos”. “Las costas de Galicia, como las de Irlanda, siempre estuvieron bien pobladas de vieiras, de ostras, de bogavantes… ¿Por qué entonces fueron durante siglos las regiones más castigadas por el hambre y la migración forzosa?”. “El pulpo dispone de las estructuras nerviosas que producen la conciencia. Igual que nosotros y que los monos, con sus 300 millones de neuronas se alista entre las pocas especies listas, las que desarrollaron el cerebro”. “¿Sabías que la ballena boreal es inmune al cáncer? Los biólogos están estudiando el porqué”. “Más del 90% de las especies marinas generan su propia luz. ¿Y si copiamos su reacción química para iluminar las ciudades sin electricidad? Sandra Rey está trabajando en ello desde 2013”.
Este libro se sumerge en la historia cultural y social de mares y océanos para conocer, entre muchas otras cosas, la singular vida de los peces que luego habremos de encontrar en la mesa. Una mesa flamante, pues el pescado y el marisco frescos son novedades rabiosamente contemporáneas. El ferrocarril primero y el avión más tarde los arrancaron a la sal, al ahumado, al secado y al escabeche que durante siglos les permitieron resistir largos viajes a vela en el mar y a caballo en tierra. El pescado, su auge, su extinción politizada, su cocina y su fraude son rasgos de identidad de nuestra cultura contemporánea.
Océanos, peces, platos es un maravilloso bazar de curiosidades marinas y marineras, culturales, científicas, geográficas e históricas: navega de las almadrabas y los esteros gaditanos a los yacimientos de algas bretonas; surca las artes de la pesca y las de la conserva; explora las curiosidades de las criaturas marinas y las de su cocción; trae brisas del hambre —durante siglos auténtica gastronomía de los pobres— y humos de la alta cocina; y destila refranes, leyendas y falsas tradiciones que en realidad no son más que de anteayer. En ese tejido de contradicciones, de parentescos que parecen lejanos y son próximos, nada este libro, y se moja.
El-lenguaje-de-los-bosques





El lenguaje de los bosques
Hasier Larretxea
Espasa





Que una de las editoriales grandes, Espasa, apueste por el tipo de libros que las pequeñas nos estaban regalando, libros sobre la naturaleza, sobre la convivencia con la naturaleza, sobre el respeto, sobre la ecología, es todo un síntoma de que algo está calando. Desconocemos si existe un criterio comercial y no queremos pensar en ello. Este es un libro escrito porque alguien encuentra la ecoterapia y la intenta compartir. ¿Se puede ser más humano? ¿Se puede ser más amable, más bueno, en el buen sentido de la palabra bueno? Sospechamos que no. El libro es una invitación para que los jóvenes sustituyan los videojuegos por los árboles, el smartphone por el viento, la dictadura académica por los animales y los senderos. Claro, los senderos. Porque en esta vida solo existen dos cosas imprescindibles: un sendero y una buena compañía.
Este libro quiere ser el sendero que escojas cuando te adentres en un bosque. Este libro quiere que crezca un árbol en tu palma de la mano desplegada. Este libro quiere mostrar el aliento y la respiración de los pasos pendiente arriba. El sonido del rastro sobre el manto de hojas del otoño. Este libro quisiera ser guía, brújula y esencia de todo aquello que rodea al árbol. Este libro es tierra, raíz, corteza, rama, hoja y fruto. Es nudo y temblor. La esencia espolvoreada de una vida curtida entre la espesura de la naturaleza. A este libro le gustaría sortear la niebla que lo cubre todo para amanecer en un rincón del paisaje en el que los pájaros le cantan al nuevo clarear del día. Este libro es la semilla de una vida que florece en los reencuentros y en la búsqueda de la hoja de ruta de la infancia que curte miradas y esencias. Este libro quisiera representar la ramificación que se eleva hacia el cielo claro, donde se reencuentran las generaciones, el mundo rural y la vida en la ciudad. Este libro quiere ser indagación y reflexión, ruta y cobijo.
Escritos-sobre-la-naturaleza




Escritos sobre la naturaleza (VOL.1)
John Muir
Traducción de Victoria Parra Ortiz
Capitán Swing




John Muir fue muchas cosas: naturalista, explorador, inventor, botanista, experto en glaciares, granjero, místico, excelente amigo, papá, marido, escritor, activista, padre del conservacionismo, enamorado de la naturaleza o motor para los parques nacionales.
Sus más de 300 artículos y doce libros presentan una narrativa que influye hasta hoy en los movimientos de cuidado del medio ambiente: cómo somos uno con la naturaleza, el valor al respeto a toda vida, el amor por el cuidado del entorno, la posibilidad de encontrar lo trascendente en ella. Muchos lo consideran el “Patrón de la naturaleza de Estados Unidos”, su bardo total y la quintaescencia del alma libre. Durante el siglo XIX este escocés que vivió casi toda su vida en Estados Unidos se convirtió, con sus artículos publicados en revistas, en la voz más atractiva y reconocida del movimiento de Estados Unidos para proteger a la naturaleza. Como buen escocés, aprovechó el poder de las historias para matricular a cientos de estadounidenses agotados por la carrera del progreso en su agenda de protección de nuestro entorno y nuestros “compañeros mortales”, los animales y las plantas. Leerlo es pasearse por California, Alaska, Escocia o cualquiera de los lugares que visitó, y sentir el viento, escuchar a los pájaros, hacerse mejor amigo de las plantas y sentir el misticismo de las “catedrales” de la naturaleza.
A los 28 años partió una caminata de 1,000 millas; solo y con una mochila fue desde Wisconsin a Florida, soñando con tomar un barco que lo llevara al Amazonas. Pero una malaria tropical cambió sus planes y, para recuperarse, le recomendaron el aire seco de California. Así, por pura casualidad, terminó en el estado en el que desarrollaría su particular visión de una naturaleza maravillosa, llena de lo sagrado y que estaba en permanente evolución.
California estaba sufriendo, como el resto de Estados Unidos, de la idea de que la naturaleza era propiedad del hombre para explotarla. Para Muir la naturaleza es clave para recargarnos y recrearnos, y conectarnos con lo más profundo; por eso consideraba que este proceso era autodestructivo y había que frenarlo, sin necesidad de frenar el progreso, pero cuidando lugares emblemáticos en los que él veía “la sonrisa de Dios”. En sus escritos nos pasea por lugares como Yosemite, Alaska o los bosques de sequoias; e invita a sus lectores a salir y experimentar la naturaleza para que se convenzan de que vale la pena salvarla.
En una vida de exploración, escritura y activismo político apasionado, John Muir se convirtió en el vocero más elocuente de Estados Unidos sobre el misterio y la majestuosidad de los parajes naturales. Figura crucial en la creación del sistema de parques nacionales estadounidense y un visionario profeta de la conciencia ambiental que fundó el Sierra Club en 1892, también fue un maestro de la descripción natural que evocó con poder e intimidad únicos los paisajes libres del oeste americano. La calidad espiritual y el entusiasmo hacia la naturaleza expresados en sus escritos ha inspirado a los lectores, incluidos los presidentes y congresistas, a tomar medidas para ayudar a preservar las grandes áreas naturales. Hoy Muir es referido como el "Padre de los Parques Nacionales".