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viernes, 14 de abril de 2023

ANTRACITA

 

Antracita

Valerio Evangelisti

Traducción de Francisco Álvarez

Hoja de lata

Gijón, 2023

410 páginas

 

 


El mito es Jesse James o Pat Garret, pero también es el aburrimiento. En cierta medida, hemos reunido ambos tipos de mito en un solo cuenco al que podríamos colgar el apelativo de burgués: leemos o vemos y escuchamos las narraciones sobre Jesse James, o Pat Garret, para matar eso que conocemos como aburrimiento, que es un pequeño lujo al alcance de quien tiene la vida resuelta. Y lo que creamos son una suerte de lugares comunes que nos reconfortan al reencontrarlos y damos por bien amortizado el tiempo que pasamos junto a ellos. Habría que liquidar un poco esos dos mitos y pensar que el entretenimiento está al alcance de todos, incluso de aquellos que prefieren encontrarse con tipos que son la cara oculta de Jesse James y de Pat Garret. Valerio Evangelisti (Bolonia, 1952 – 2022) crea a su personaje, Pantera, un pistolero mexicano en un Estados Unidos irreconocible, para mostrarnos que esa ambición es posible, y que es posible esa empresa con éxito.

Para ello nos lleva a un país en el que los inmigrantes parecen ser los únicos pobladores. Sabemos que se trata de una época en la que el territorio estaba construyendo su identidad, pero ese es otro mito, porque la realidad es preguntarse a lomos de quién se construye ese contenido abstracto, del que disponen a su antojo los manipuladores, que se conoce como identidad nacional. Aquí todo el mundo parece estar en batalla contra todo el mundo, aquí no hay nada que no sea lucha y supervivencia, desde el estrato más bajo de la humanidad posible, teniendo en cuenta que la humanidad está condenada a organizarse en sociedad. Estos pobladores de Estados Unidos serían incapaces de caer en males como la depresión, porque esa enfermedad es también demasiado burguesa. Sobre esa comunidad humana Pantera debe realizar un cometido, pues no deja de ser un pistolero a sueldo, y en la confusión va conociendo los puntos de vista de cada una de las facciones, desde las de los más desfavorecidos hasta las de quienes sólo entienden de estadísticas. En realidad, una de las claves que nos mantiene atados a la lectura es que el encadenamiento de sucesos, constante, y a veces agotador, supone enfrentar a Pantera al destino, y comprobamos cómo se maneja en el filo del tipo duro, que es dueño absoluto de lo que está sucediendo y sus consecuencias, o cree serlo, y de quien aprende que los giros de los planetas humanos están lejísimos de poderse controlar. Nada es domeñable, pero no podemos dejar que el viento sea el dueño de nuestros actos.

A lo largo de la novela serán docenas los personajes que salgan y entren, pero Pantera permanece y se mueve, y nos va cartografiando un país embarrado. Vemos cómo viven los humillados mientras él consigue salir de los apuros gracias a un ingenio que es fruto de la atención. Y a la fe en esa alma que lleva por fuera, en el fetiche que le acompaña y que le vigila, o está convencido de que le vigila y apoya. La sugestión es buena parte de la materia de la que se compone nuestra autoestima.

Evangelisti no sólo compone una novela contra el aburrimiento, sea o no mítico, sino que además nos expone que sigue siendo posible combinar trama y conflicto. Pantera deberá ir descubriendo los vínculos que se han establecido entre los personajes, cada uno de ellos atado a sus principios de clase o tribu, que son muy complejos, mientras asistimos a una serie de miserias sociales que no sabemos bien si se están combatiendo, controlando o, sencillamente, maldiciendo. Y en esas miserias sobreviven como pueden personas que ni siquiera pueden permitir caer en una ligera depresión.


Fuente: Zenda

domingo, 29 de julio de 2018

GB84


GB84
David Peace
Traducción de Ignacio Gómez Calvo
Hoja de lata
Gijón, 2018
682 páginas

Traducir la última batalla a un formato actual, tan complejo que todos podamos entenderlo, es el reto que se marca David Peace (Osset, 1967) en esta novela cuya ambición es ser parte de nosotros, de la gente, de los humildes.
Los hechos son conocidos por todos los que nacieron antes de 1980: en Gran Bretaña se produjo la última gran huelga de la historia de occidente. A partir de esta confrontación que condenaba a cientos de miles de personas a la pobreza, las huelgas se han limitado a gestos de una jornada en el cómputo global de los días laborales del año. Pero entonces no había más remedio que armarse de valor y llevar la situación hasta extremos que rozan la violencia y el ridículo por parte de los que no aparecen en la novela, gente como la famosa primera ministra que destrozó media Europa y vendió todo su país. Ella invirtió una buena parte del producto interior bruto de Gran Bretaña en machacar y controlar a los huelguistas y a los medios de comunicación, mucho más dinero del que le hubiera supuesto mantener las minas abiertas. Porque estamos frente al sector más representativo de la lucha social. Los únicos capaces de organizarse durante meses para apoyarse de manera que no se dejaran caer: los mineros. Crearon sus propias formas de adquirir bienes primarios y repartirlos, al margen del comercio, algo que gente como Margaret Thatcher no podía consentir: una cooperativa es todo lo contrario al neoliberalismo.
Esta novela, fraccionada en voces, en secuencias, en escenas, que juega con la composición y las fuentes de texto para ubicarnos, relata las semanas de huelga desde el punto de vista de quienes estaban jugándose algo. Están los huelguistas, los que formaban piquetes y aquellos que pretendían trabajar saltando sobre los piquetes, para dar de comer a su familia. Pero apenas están las grandes cifras. Y sí ese estrato intermedio, que es donde en realidad se jugaba la partida como si fuera un tablero de ajedrez: los directivos que no ponen su nombre a las empresas, los sindicalistas elegidos como representantes en la negociación y a quienes se ningunea para que la prolongación de la huelga haga de la situación algo insostenible, y los hombres de la administración, caballos de Troya en las mesas donde apenas se sentaban lo justo como para que en los medios apareciera que el gobierno estaba apostando por la resolución no violenta.
David Peace ha hecho una extensa labor de documentación para conocer los nombres de todos ellos, y para presentarnos a la gente como personas. Ejecuta una novela increíblemente difícil: no es Steinbeck y no es Chomsky. Es justo lo que hay entre uno y otro, donde se decide el martirio. Se nos habla mucho desde dentro de las cabezas de los sufrientes, y se menciona a algún que otro mercenario que boicotea las acciones de los huelguistas para poder justificar la violencia policial, o la violencia del ejército disfrazado de policía. Porque de ese género fue la vergüenza hasta la que llegó quien decidía. Miles de millones de libras perdidas con el único fin de mandar a la miseria a cientos de miles de personas, todo justificado por la manera en que funciona el libre mercado. Hay una interpretación que estremece: pensar que el carbón contribuye a destrozar el medioambiente y que, efectivamente, deberían buscarse alternativas a las centrales térmicas mantenidas con el carbón. Pero entonces las administraciones incluso desconocían que podían hacer uso de ese argumento. Al fin y al cabo, el neoliberalismo trata el planeta como si todo fuera una extracción mineral: se encuentra la veta, se explota, se agota, se busca otra veta. Así comenzó la esclavitud que arrancó a tanta gente de África, por ejemplo. Y así se está tratando la industria agrícola, que saca del suelo todos los nutrientes hasta convertir miles y miles de hectáreas en paisajes lunares. Esta novela nos explica cómo sucedió otro tanto con la fuerza motriz humana, nos relata el momento en el que el mercado y los mercaderes deciden que la gente es ya un deshecho y hay que enviarlos al cubo de la basura. Algo que jamás debemos olvidar.

martes, 13 de marzo de 2018

GB84

GB84

David Peace

Traducción de Ignacio Gómez Calvo
Hoja de lata
Gijón, 2018
680 páginas




PRÓLOGO

Normalmente un prólogo vale para incitar a la lectura de un libro, destacar sus virtudes, esbozar su trama, lograr que el lector pueda hacerse una idea en unas cuantas páginas de qué se va a encontrar en él. Este prólogo intentará todo eso, pero además será una advertencia, como una de esas etiquetas de colores vivos que se ponen en los productos peligrosos para que se traten con cuidado.
Este es un libro inflamable, un libro arriesgado, un libro que duele. La novela que se disponen a leer trata sobre hechos, tiempos y lugares muy concretos que se extienden hasta nuestro presente, que marcan nuestras vidas —posiblemente también la suya— y que han quedado sepultados por la máquina de la desmemoria o la dulcificación.
Tras el duelo, como enfrentamiento y asunción de la pérdida, la literatura llegó para poner las cosas en su sitio.
GB84 se publicó originalmente en el 2004, es decir, veinte años
después de los acontecimientos que dan cuerpo y naturaleza a la historia:
la huelga minera que tuvo lugar en el Reino Unido entre el 6 de
marzo de 1984 y el 3 de marzo de 1985. Un año en el que se libró el
mayor conflicto laboral de la Europa de posguerra, pero también en
el que posiblemente murió una época, la del pacto del Estado del
bienestar, y comenzó otra, la del neoliberalismo o restauración victoriana.
Hoy, 34 años después, la novela de David Peace toma un
nuevo significado después de la crisis económica de este último lustro:
el animal herido se comporta de manera errática, agresiva e impredecible.
Si en aquel momento el asesinato fue premeditado,
ejecutado por la fría mano de la hija del tendero, hoy el cuchillo es
empuñado por aprendices mucho más atroces.
David Peace, su autor, nació en 1967 en Osset, una pequeña ciudad
de Yorkshire del Oeste, condado del norte de Inglaterra. La especificidad
geográfica es importante. Este libro es inconcebible sin
haber pertenecido a uno de esos lugares que te marcan, en los que
clase social, habla, ropa, cielo y territorio son un conjunto, como un
paisaje que, más que moldear tu espíritu, se graba a fuego en tu piel.
Lo que el autor cuenta en GB84 sucedió realmente, le sucedió a él
aunque no fuera protagonista: la comunidad es eso a lo que se pertenece
se quiera o no, de lo que se puede intentar huir pero de lo que
no se escapa, lo que forma parte de nosotros para siempre.
A Peace se le considera un escritor difícil, áspero, desconcertante, a
lo que élsuele responder en sus entrevistas que eso es porque la realidad
no es amable ni bonita. Tras intentar ganarse la vida con las letras y fracasar
—nos lo imaginamos en un cuartucho de Manchester moviendo
peniques del montoncito de los cigarros al de la comida— se fue de Inglaterra,
primero a Estambul y después aTokio, donde vive actualmente,
para dar clases de idiomas. Fue, quizá, esa distancia astronómica la que
le permitió enfrentarse a aquel lugar, no renegar de élsino aceptarlo como
parte de sí mismo. Toda su obra sucede en el norte de Inglaterra, en ese
tiempo que va de mediados de lossetenta a mediados de los ochenta, en
ese país alucinante y apocalíptico del Invierno del descontento, la cabecera
de Thames, el post-punk de Glasgow, las bombas del IRA y los cómics
del Juez Dredd. En ese país donde ya no quedaba rastro de la grandeza
imperial, pero tampoco del colorista Londres de los sesenta.
A principios de siglo se empezó a publicar su Red Riding Quartet,
una serie de cuatro novelas sobre un asesino en serie que aterrorizó
a Yorkshire entre 1974 y 1983, con las que nuestro autor obtuvo por
fin reconocimiento. A Peace se le considera escritor de novela negra,
comparándolo con James Ellroy o su compatriota Ted Lewis, el autor
de Get Carter, donde el crimen y el entorno de clase trabajadora, los
mafiosos con crombie, brogues y patillas de hacha, marcaron una
forma de separarse del clásico tratamiento británico de las historias
de asesinatos, pasando de la divertida y pizpireta Agatha Christie a
la extraña y contenida truculencia de Francis Bacon. Para Peace el
género negro no es un entretenimiento ni un juego, porque un crimen,
en la realidad, nunca lo es.
GB84 es un cambio en la balanza: si el elemento social y político
era el escenario donde el descuartizador de Yorkshire destripaba mujeres,
la descuartizadora de Downing Street, Margaret Thatcher, es la
que crea el propio escenario para sus crímenes. Este libro podría estar
en la sección de novela negra de su librería, pero también ser catalogado
como novela social, reportaje periodístico o incluso novela histórica
si, al menos, este último género no fuera habitualmente un
divertimento escapista que tiene poco de aprendizaje y mucho de
ideología reaccionaria. Y es que en estas páginas hay realidad y realismo,
puesta en escena y venganza, teatro de títeres y manipulación
por los maestros de marionetas, pero también una gran cantidad de
aprendizaje. Esto no es un ensayo político, pero se pueden extraer
muchas enseñanzas del mismo.
Este libro es una ficción basada en un hecho, con un gran trabajo
de investigación detrás, con memoria viva de sus participantes, con
exactitud en muchos detalles, en apariencia poco relevantes, que sin
embargo dotan a la maquinaria narrativa de la verosimilitud necesaria.
Sin embargo la literatura difiere, o debería diferir, del periodismo
en que el autorse puede permitir el lujo de la especulación, para llegar
con la ficción a una verdad conocida que el periodismo no puede alcanzar
o, mejor dicho, raramente sus propietarios le permiten alcanzar.
Esta es una narración sobre la historia oculta, sobre aquella que
nunca sale en los gráficos de la sección económica pero se refleja en
los ojos de los obreros, sobre aquella que ocurre en la trastienda del
poder donde los grandes hombres deciden el futuro de todos alejados
de los focos y las cámaras. Este es un libro de gritos, pero también de
susurros.
Aunque en GB84 hay protagonistas definidos, algunos de ellos
sombra de los protagonistas reales, otros realidades ficcionadas, esta
es una historia sobre sujetos colectivos que se encarnan en los personajes.
Hay algo de Dos Passos, de realismo expresionista, de suceso
que entra a empellones por la puerta del pub y no necesita de explicación
previa, sino que es el propio desarrollo del mismo el que lo
sitúa, lo dilucida y lo razona. Si en los primeros capítulos se sienten
algo perdidos, relájense, déjense llevar, todo acaba tomando cuerpo
en el momento debido, el camino acaba dibujando el paisaje, el pai13
saje, las respuestas. La virtud de esta forma de contar es que Peace
consigue dotar de tensión narrativa una historia de la que ya conocemos
su final. La indeterminación y lo fragmentario, que en otros
libros resulta desesperante, aquí es el motor que nos obliga a seguir
leyendo, a querer conocer, a rellenar los huecos de la mirilla por
donde observamos.
Estos protagonistas dan lugar a diferentes puntos de vista sobre
un lugar y un momento, pero también a diferentes tipos de estilo narrativo.
Tenemos a Martin y Peter, uno minero raso —un Cazadora
Vaquera— y otro delegado del comité de huelga —un Chaqueta de
Tweed—, la representación del sujeto colectivo proletario. A modo
de diario seguiremos la evolución de la huelga, pero también todo lo
que supuso para su vida cotidiana. Mientras que con Martin llevaremos
una cronología exacta, de días y semanas, de hojas en el calendario
que pesan como losas, con Peter nos situaremos en el espacio,
en las diferentes encarnaciones que tomó el conflicto dependiendo
del lugar donde se desarrolló. Sus partes comienzan y terminan de
forma abrupta, como si les escucháramos hablar a través de un coche
que llega y se aleja. No hay en esta peculiaridad ningún experimentalismo,
tan solo una forma de mostrar el discurso de aquellos a los
que nunca se escucha, de esa clase social que mueve el mundo, pero
que rara vez narra y es narrada.
Peter y Martin encarnan a esos 196 000 trabajadores que se ganaban
la vida en las minas británicas en 1984. El Gobierno de Margaret
atcher comenzó el año anterior su segunda legislatura,
únicamente aupado por el nacionalismo exacerbado tras la Guerra
de las Malvinas que tuvo lugar entre abril y junio de 1982. El gabinete
de atcher, del Partido Conservador del Reino Unido, fue uno de
los máximos exponentes de aquello que se llamó revolución neoconservadora,
el intento exitoso de aniquilar el Estado del bienestar e implantar
desregulaciones económicas y privatizaciones para favorecer
al sector privado, al que consideraban el motor de la sociedad frente
a la burocracia estatista socialdemócrata. La realidad es que el plan,
por mucha fantasía de horizonte liberal que tuviera, era tan solo la
maniobra para restituir el estado de las cosas a un momento previo
al fin de la segunda guerra mundial, donde el consenso político en
Occidente fue que la crisis de los años treinta, que dio pie al fascismo,
fue el resultado de una excesiva liberalización de la economía.
El Gobierno de atcher no era el poder ejecutivo del Reino
Unido, sino el alto funcionariado de su gran burguesía. De ahí que
planteara la privatización del sector minero, nacionalizado en gran
parte desde finales de los años cuarenta (para más señas acudan al
documental de Ken Loach, El espíritu del 45), para más tarde buscar
su cierre. No era una cuestión de rentabilidad y eficacia, en último
término, sino una cuestión de clase, la de eliminar a los mineros de
suelo inglés, uno de los batallones pesados del proletariado, y a su
sindicato, el NUM (National Union of Mineworkers), uno de los más
combativos. Había incluso un motivo de venganza, ya que fueron los
mineros, en 1974, los que dieron el golpe de gracia al entonces gabinete
conservador al plantear este un plan similar. Pero además existía
un enfrentamiento ideológico de fondo en el contexto de la Guerra
Fría: las zonas donde había minería votaban todas al laborismo, incluso
más allá, a los elementos más radicales dentro del Partido Laborista.
El apelativo de Socialist Republic of South Yorkshire no era
casual.
En GB84 no hay, sin embargo, romanticismo ni nostalgia, pero
tampoco revisionismo ni disculpas. Una huelga no es un acontecimiento
festivo, no es un juego, un pasatiempo. Una huelga de un año
de duración a cara de perro no ya con el Gobierno de tu país, sino
con todas las fuerzas económicas y mediáticas, es un acontecimiento
traumático, durísimo, tanto para sus protagonistas directos como
para la sociedad. Con Martin y Peter viviremos la dureza de los piquetes,
los enfrentamientos con la policía, pero también esa trastienda
de desesperación con demasiadas horas muertas, indeterminación,
monotonía y casas que se vacían de enseres como de parejas e hijos.
Hay un pasaje donde Peace describe a las «figuras menudas, todas
flacas y demacradas, la ropa les colgaba» que resume la situación: allí
se pasó hambre.
GB84 es una novela de enfrentamientos, de contraposiciones, de
antagonismos. Y el sujeto colectivo que se opone a los mineros en
huelga son los esquiroles y la policía. Aunque el seguimiento de la
huelga no fue uniforme, sí contó en todo momento con un amplio
porcentaje de paro, comenzando con un 73,7 % y acabando con un
60 %. En algunas zonas como Kent, Yorkshire y el sur de Gales el seguimiento
fue prácticamente completo de principio a fin.
Es curioso cómo Peace utiliza la ropa para definir a estos antagonistas.
Los esquiroles son siempre capuchas que ocultan los rostros
avergonzados. Los mineros en huelga son «Chaquetas de trabajo.
Anoraks. Parkas. Gorros y bufandas. Botas de goma. Dr. Martens.
Botas y zapatos normales. Nada que pueda salvarnos. Que pueda salvarnos
de ellos…». Ese ellos fue la policía, uniformes oscuros, cascos,
porras, botas militares y su sonido al caminar en formación, caballos
levantando la tierra. En aquel año hubo 11 291 arrestos, 8392 acusaciones
firmes y 200 sentencias de cárcel contra los mineros. El Gobierno
dio a los uniformados poderes especiales que atentaban contra
derechos como el de libre tránsito. En la novela la policía es un ente
que flota, amenazante, sin contar con una cara reconocible. Una
fuerza de ocupación ajena a las comunidades. Partes de Inglaterra
convertidas en algo muy parecido al Ulster.
El otro grupo de contraposición que se desarrolla en el libro es,
más que el del sindicato contra el Gobierno, el del aparato del sindicato
contra la trastienda del poder. De un lado tenemos a Arthur
Scargill, el presidente del NUM, el Presidente, el Rey Arturo, aquel en
el que los mineros confían, su líder, su guía. Un hombre que se sienta
delante de un retrato de él mismo, un socialista convencido que ve
en la huelga el inicio de algo mucho mayor y que, posiblemente, no
calculó bien las fuerzas con las que contaba y a las que se enfrentaba.
Scargill, cada vez que toma voz, parece hacerlo desde la tribuna de
un discurso, con un contenido revolucionario que a veces suena posible
y otras pueril. Su antagonista es Stephen Sweet, el Judío, el trasunto
de David Hart, un personaje oscurísimo que ha sido nombrado
por Margaret atcher para ser sus ojos y sus oídos en el campo de
batalla, para organizar las tropas, las emboscadas, los ataques. Un millonario
de herencia que pasó de jugar a la experimentación cinematográfica
en los sesenta —quería ser el Godard inglés— a convertirse
en un furibundo anticomunista. Excesivo, ruin y ciclotímico, con trajes
demasiado llamativos y ostentosos, contemplando desde su coche
las vidas de los simples mortales con gusto entomológico, diciendo
al oído de los mandos policiales: Ella no quedará contenta. Ella, Maggie,
Thatcher, solo aparece en la novela como el gas de las trincheras
en Verdún, difuso pero mortal, flotante pero definitivo.
Si los mineros y la policía son el enfrentamiento de clase, Scargill
y Sweet son el enfrentamiento de época. El presidente del sindicato
minero es la modernidad, con su proyecto emancipador, sus principios
irrenunciables, su ortodoxia convencida, mientras que Sweet es
la posmodernidad, con su arrolladora individualidad,su ética voluble,
su diversidad de valores respetando el único posible: el enriquecimiento
por encima de todo. Ambos juegan sus cartas, pero mientras
que el sindicalista revolucionario lo deja todo en manos de la fuerza
de la razón, el maestro de conspiraciones desarrolla una estrategia en
la que cualquier principio es prescindible menos el de la victoria. Un
mundo que se diluye en la insoportable intrascendencia del fin de los
grandes relatos mientras que otro surge pueril y arrogante.
Se ha insistido en que la huelga estaba perdida de antemano, ya
que el Gobierno de Thatcher preparó el conflicto de forma concienzuda,
acumulando suficientes reservas de carbón para abastecer las
calefacciones y centrales eléctricas y desatándolo justo al final del invierno,
para que los mineros tuvieran que enfrentarse a unos meses
donde su trabajo era menos necesario. La realidad, según los últimos
informes confidenciales desclasificados en el 2014, es que el Gobierno
no las tuvo todas consigo y valoró incluso declarar el estado de emergencia,
cortar la electricidad tres veces por semana a partir de otoño
del 84 y utilizar al ejército para distribuir el combustible. Aunque
Peace no conocía estos hechos en el momento de escribir el libro, podemos
ver a través de Sweet cómo, pese a que la lucha es siempre
desigual, el poder económico y el Gobierno se muestran dubitativos
y están a punto de tirar la toalla en un par de ocasiones.
A Scargill y Sweet nunca les vemos por sí mismos, sino desde los
ojos de otros, sus lugartenientes. De un lado Terry Winters, un buró-
crata sindical, torpe pero en principio bienintencionado, y del otro
Neil Fontaine, el chófer de Sweet, del que sabemos que proviene de
un entorno humilde y que ha estado vinculado de alguna forma con
las cloacas del Estado. Mientras que estilísticamente las partes de los
mineros son realistas, claras, llenas de cotidianidad, las de estos per17
sonajes se vuelven más oscuras y simbólicas, como una consecuencia
de la paranoia por la infiltración, en la parte sindical, y de las manos
manchadas de sangre y culpa, en el lado del chófer-conseguidormatón.
Hay algo obsesivo en la descripción de los despachos y las habitaciones
de hotel, una especie de dimensión paralela responsable
de lo que sucede en las calles, pero a la vez al margen de las mismas.
Es aquí donde la trama negra de la novela alcanza sus mayores
cotas, con manipulación, infidelidades, traiciones, corrupción, asesinato
y guerra sucia. Un mundo sórdido y competitivo, una especie
de guerra dentro de la guerra, unas bambalinas repugnantes. Aunque
estos elementos de la novela son donde la ficción es más especulativa,
también tienen un pie en los sucesos reales. Terry Winters es el trasunto
de Roger Windsor, el presidente ejecutivo del NUM en la época,
cuya función fue mover los fondos del sindicato para evadir las multas
de la batalla judicial y buscar nuevos métodos de financiación.
Aquí surge una de mis partes preferidas de GB84, la que recoge el
viaje real que Roger Windsor hizo a Libia, donde este pobre hombre
acaba codeándose con el coronel Gadafi, viendo un inolvidable amanecer
mediterráneo en Trípoli y sintiendo que está a punto de decantar
la balanza hacia sus camaradas mineros. Al final no se trae una
libra, pero la noticia de tan estrambótico viaje salta a la prensa inglesa,
que la utiliza contra los huelguistas, «esos traidores» que se han reunido
con uno de los principales enemigos del Reino Unido.
El contexto internacional también es recogido con precisión por
Peace, como el millón y medio de libras que los sindicatos soviéticos
donaron a los mineros o el apoyo de la CGT francesa. Mientras, el Gobierno
de Thatcher negoció con Solidaridad, el sindicato anticomunista
polaco, la compra de carbón para abastecerse. Más allá de estos
aliados, la primera ministra dejó para la historia una de las frases del
conflicto, al explicar en una entrevista que mientras que habían conseguido
vencer a Galtieri en la guerra de las Malvinas, los mineros
huelguistas eran elenemy within, el enemigo interno que aprovechaba
su ciudadanía y libertades para desatar un conflicto subversivo al servicio
del Bloque del Este. La realidad es que atcher no bromeaba
al hacer esta declaración ya que utilizó el chantaje, las acusaciones
falsas, las noticias manipuladas, la violencia policial dentro y fuera
de la legalidad y las bandas de provocadores para romper la huelga.
El personaje de Neil Fontaine llama a su jefe el Judío, simple y llanamente,
porque es un ultraderechista, un resumen acertado de ese saco
ideológico que es el proyecto neoliberal, donde cabe todo contra los
trabajadores, incluso las alianzas contra natura.
David Peace declaró en una entrevista que uno de los motivos
que le había impulsado a escribir GB84 fue el asco y la estupefacción
que sintió al conocer los detalles de los métodos utilizados para destruir
la huelga y trasladar la responsabilidad del conflicto a quien solo
se estaba defendiendo de él. Si descendemos más al pozo siniestro de
la guerra sucia, nos encontramos al Mecánico, uno de los personajes
más interesantes de la novela y del que no daré detalles por la importancia
de estos en la trama. Solo diré que en su sangriento periplo por
las páginas se encuentra con otro misterioso personaje llamado el General,
una sombra de sir Walter Walker, un militar británico que se
bregó en la dureza de la represión en las colonias del Imperio, de claro
corte ultraderechista, que consideraba demasiado blanda a Maggie y
que estuvo implicado en las bambalinas de una propuesta de golpe
de Estado en Gran Bretaña. Parece el argumento de un cómic de Alan
Moore, pero todo sucedió de verdad. Peace puede especular en
cuanto a los pasajes de esta guerra sucia contra los mineros, pero la
inclusión de estas perlas demuestra que su ficción de una Inglaterra
fascista no estaba desencaminada.
Sin embargo, posiblemente, los ultras ingleses fueron una pieza
más del proyecto neoliberal, sus ejecutores aplicados contra los elementos
más conscientes de la clase trabajadora. «Los tiempos han
cambiado», le dice el Judío a su chófer en un pasaje de la novela.
Mientras que los mineros languidecen en la miseria, expurgando escoria
en los vertederos del carbón para sacarlo furtivamente en sacos
y poder ganar unas libras, una parte de Gran Bretaña contempla el
conflicto como si de una película se tratase, tan solo a través de la televisión
y la prensa, vulgarmente parcial y manipuladora. Peter, uno
de los mineros, habla así de esta sensación de extranjería de clase:
¿Quién me hacía estar aquí, bajo la lluvia, en las calles de Londres con
un cubo de plástico de mierda mendigando su calderilla? ¿Las migajas
de la mesa del amo? Nadie de donde yo venía… No. Para la mayoría de
los de aquí era todo muy fácil… Otro planeta. Otro mundo… Otro país.
Otra clase… Podían quedárselo todo. Podían metérselo por el culo…
En el fantástico documental El siglo del yo de Adam Curtis se recoge
con precisión cuál fue el verdadero triunfo del neoliberalismo
fielmente representado en el thatcherismo. No tanto o no tan solo la
imposición de un proyecto económico al servicio de las élites, sino
lograr imponer un nuevo proyecto de identidad, de vida, donde a través
del sentimiento de diferencia y autorrealización surgido de las
ruinas del sesentayochismo y los brotes de la posmodernidad, las personas
renegaran de su naturaleza de clase y abrazaran un supuesto liberador
ultraindividualismo. «Nosotros creemos que todo el mundo
tiene el derecho a ser diferente. Para nosotros cada ser humano es
igualmente importante», dijo, no un gurú de la new age, sino Margaret
Thatcher en la Conferencia del Partido Conservador en 1975.
En GB84 también hay música, no como un referente cultural que
el autor utiliza para hacernos notar su buen gusto o afinidades estéticas,sino
como el contexto de lo que ocurría en el momento. De la puerilidad,
colorismo y amable desenfado de las radio-fórmulas a los
sonidos del conflicto que, a veces, no están donde deben, como en ese
momento en que la policía va escuchando White Riot de The Clash
para entrar en calor antes de enfrentarse a los piquetes. Las cinco partes
de las que consta el libro, además, son títulos de canciones, empezando
por la empalagosa alemana Nena y terminando por Devo.
Es en su parte final cuando el libro debe enfrentarse a uno de sus
mayores retos, el de retratar el final de la huelga. Los mineros, ahogados
económicamente, y siendo abandonados progresivamente por
el Partido Laborista y el resto de sindicatos federados en torno al Trades
Union Congress, machacados por los medios, por la policía, la
judicatura y la infiltración, empiezan a asumir que no podrán ganar
el conflicto. «El silencio de la huelga que avanzaba hacia el borde de
los acantilados», los discursos de Scargill que ya no despiertan aplausos,
los camaradas que se piensan el volver a trabajar para salir literalmente
de la miseria. David Peace no tiene compasión en los
párrafos porque la realidad no tuvo compasión con sus protagonistas.
De nuevo la frase de Camus, la razón y la derrota. Sabemos cómo
acaba la historia, lo cual no la hace menos dura.
En 1984, el NUM tenía 170 000 afiliados, hoy solo cuenta con 750.
En 1984 existían 194 pozos de carbón en el Reino Unido, hoy no
queda ninguno.
En 1984 el neoliberalismo era algo a lo que oponerse. Hoy ya no
es siquiera una ideología, sino lo único que existe, algo que casi llevamos
en la sangre.
En 1984 aún existía la historia, los lugares a los que llegar, elrelato
de otras posibilidades. Hoy vivimos en un presente continuo donde
el pasado solo es comercio de la nostalgia y el futuro una imagen de
síntesis.
Por eso deben leer GB84, no como un homenaje, una reivindicación
o una acusación, sino como el testimonio de que las cosas pudieron
ser de otra forma, como el documento de que de hecho lo
fueron. Aquellos mineros británicos lucharon por sus puestos de trabajo,
pero sin saberlo estaban librando una batalla mucho más
grande.
«Era nuestra profesión. Éramos mineros… No miembros de un
piquete. Ni matones. Ni vándalos. Ni delincuentes… Éramos mineros.
El Sindicato Nacional de Mineros…»


DANIEL BERNABÉ
Córdoba, diciembre del 2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

AL FINAL DE LA FRONTERA

Al final de la frontera
Feliz norte, Quienes viven, El río sin descanso, La repetición


En uno de los volúmenes que componen la trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy (Providence, 1933), durante docenas y docenas de páginas nos sumergimos en un territorio sin aspecto. Eso es lo que define, en buena medida, los espacios que llamamos frontera. Al menos en la narrativa. Sobre la piel de una tierra no muy hospitalaria, no existe otra ley que no sea la coherencia con el relato que estamos construyendo. McCarhy nos hace vagar por un tipo de vida perdida, de otra época: ellos son jinetes que recorren desiertos a caballo; las habitaciones donde duermen, cuando tienen la suerte de dormir bajo techo, apenas se distinguen de los establos; los coyotes son el coro mitológico de la noche; si el perro que se acerca no te arranca media pierna de un mordisco, seguramente te contagie con un ejército de gérmenes; las herramientas de que disponen los protagonistas no pasan de ser sus manos y su instinto de supervivencia. Hay maldad y no hay nadie que dé registro de ella. Pero también la lealtad de dos hermanos o la de un tipo con una loba embarazada. Y así van transcurriendo las páginas, alejando nuestra realidad cada vez más de esa frontera. No solo sobre el posible mapa, también en el pasado. Hasta que os protagonistas, que guían un rebaño de caballos, cruzan una autopista.
Así pues, de repente nos damos cuenta de que la frontera es algo interior, una ficción, un juego. Pero un juego en el que se debe jugar bajo las reglas de la literatura de frontera. McCarthy ha sabido valerse de los arquetipos y de las ideas fundadas por maestros de la literatura y del cine. A nadie se le escapa la proximidad entre el escritor y Sam Peckinpah. Pero su trilogía, en la que destaca la obra intermedia, En la frontera (1994), tal vez su mejor novela, ya ha cumplido más de veinte años. Mucha agua ha pasado bajo los puentes, que como demostró Ivo Andric (Travnic, 1892 – Belgrado, 1975) en Un puente sobre el Drina son otra forma de frontera. La de McCarthy un territorio sin horizonte, la de Andric un cuello de botella para las culturas y la guerra. Queda, pues, por comprobar qué ha sucedido con la frontera como exploración narrativa, en una época en la que nada hay más anacrónico que las líneas que dividen los países en los mapas políticos.
En una época en la que las fronteras que atravesamos con más frecuencia no toman la estampa de un listón blanco y rojo en mitad de una carretera. La frontera más cruzada, a fecha de hoy, está en los aeropuertos. En esos quioscos donde un guardia revisa nuestro pasaporte sin alzar la cabeza, revisando los datos en la pantalla de un ordenador, Árpád Kun (Sopron, Hungría, 1965) ha conseguido hacer literatura con la anécdota del paso real de una persona que se embarca en Benín con dirección a Noruega. El protagonista de Feliz norte tiene treinta y ocho años cuando se propone dejar atrás la costa occidental de África, y en unas pocas horas plantarse en los fiordos y fundar allí su nueva vida. Pero en el momento clave de la novela se topa con el absurdo de la burocracia. Resulta que gracias a que su padre fue francés y su madre una mujer vietnamita, tiene derecho a la nacionalidad francesa. Eso le facilita el tránsito hacia Noruega, al no precisar de visado. Pero cuando está terminando los trámites de despedida, desvinculándose de su viejo país, un funcionario le detiene: si es francés, entonces ha vivido treinta y ocho años en Benín sin pagar el visado correspondiente. La respuesta de Aimé, que es como se llama el protagonista, exponiendo su partida de nacimiento, no es suficiente. Este hecho divide en dos esta novela que gracias a la gente de la editorial Tropo podemos disfrutar. Antes está nuestro viaje a Benín, narrado en primera persona y expuesto, en buena medida, como un relato costumbrista, y después la integración y la exposición de Aimé a un lugar y una gente tan sorprendente para sus premisas, que solo un ejercicio que va más allá de la empatía logrará no trastornarle. A eso que le salva suele llamarse amor.
Sin embargo, la frontera de McCarthy o del Peckinpah de La balada de Cable Hogue, no está difunta. Para regresar a ella y volver a sentirnos en el viejo hogar, basta con trasladarla al norte. El desierto, todos lo sabemos, no es hostil, es asesino. Pero el norte se supone lleno de valles fértiles y montañas que perfilan paisajes de postal. Nada más lejos de la realidad, o de toda la realidad. El norte de esa América, recordémoslo, también es la fiebre del oro, también es Jack London. Lo asesino de ese norte es el frío, la lluvia incesante, las escasas garantías de salud. Y su extensión no es menor que la del desierto. Esa frontera también se merece su gran novela. Esa es la frontera de Quienes viven (Sabina editorial), la primera obra que publicó Annie Dillard (Pensilvania, 1945). Aquí están todos los condimentos de las grandes sagas, de Faulkner y García Márquez traducidos al realismo histórico. Desde la mujer que da a luz en el camino, tras cruzar un río, hasta el momento en que desaparece la población que fundaron en la frontera, muerta por la razón por la que mueren las aldeas, por la emigración a la gran ciudad, Dillard muestra que es de esos escritores que llevan de la mano al lector para mostrarles el mestizaje o lo clandestino. Hay violencia, por la pura necesidad animal de seguir comiendo, entre unas familias que no son dueñas de su destino. Pero quisieron serlo. Senadores, chinos, leñadores, indios, esclavos y niños pelirrojos pueblan esta obra que viene a rescatar a quienes anhelan las grandes novelas, en todas las dimensiones.
Gabrielle Roy (Manitoba, 1909 – Quebec, 1983) dedicó buena parte de su obra a saltarse esa gran frontera que nos muestra Dillard. Lo cual es otra forma de expresar la frontera: ¿Qué ocurre cuando saltamos desde nuestra colonia urbana, al sur, hasta el mundo de los inuit sin continuidad en el viaje? No hemos tenido tiempo de asumir el desplazamiento, cuando ya nos topamos con el desarraigo. Sabemos que, entre uno y otro lugar, como se ve reflejado en los relatos de El río sin descanso (Hoja de lata) hay una tierra de nadie. Otra de las características propias de la frontera. Pero la impresión que se impone, que Roy impone, es la del choque cultural o la de la persona que se desgarra al no reconocerse en ninguno de los dos mundos. Pero mientras tanto, en otra geografía sigue viva la otra frontera, la de Ivo Andric. Nada representa mejor esa partición, esa fragmentación y los rigores que impone, que la historia reciente de los Balcanes. Existe un escritor bosnio que lo tiene presente en cada línea de su creación. Ivica Djilkic (1977) vuelve a ese tema en La repetición (Sajalín). En apenas unos kilómetros, durante un recorrido que debería haber sido breve, el invierno, que no deja de ser una frontera entre el otoño y la primavera, pues es lo que todos deseamos que pase de largo lo más rápido posible, engulle a unos personajes con un manto tenebroso. Atrapados en un monasterio, en un enclave que hace poco, estaban convencidos, también era su patria, una editora de libros de texto y una mujer que se dedica a llevar flores a las tumbas de desconocidos, otro acto propio de la frontera, respiran las ausencias que provocaron las metralletas. Hay un silencio que es necesario para la supervivencia, aunque ese silencio obligue a ser hipócrita. Ha caído el comunismo y se refugian en un edificio religioso. Como si su vida se jugara sobre una pista de tenis en el que lo antiguo está en un lado, y en el otro también lo antiguo. ¿No es ese el resumen más preciso de lo que supone una frontera, al menos en este mundo en que la globalización a la baja parece haber ganado la guerra ideológica?


Fuente: FronteraD

martes, 31 de octubre de 2017

EL PÁJARO CARPINTERO

El pájaro carpintero
James McBride
Traducción de Miguel Sanz Jiménez
Hoja de lata
Xixón, 2017
446 páginas

El nombre es tan conocido que podrías tratarse de cualquiera: al margen de John Brown, solo se nos ocurre míster Smith para ocultarse en un hotel de mala muerte. Sin embargo, existe un John Brown en la historia de Estados Unidos tan carismático como influyente. John Brown fue un abolicionista que no tuvo pegas en recurrir a ciertas formas violentas para romper la estructura de una violencia mayor, como la de la esclavitud. John Brown representa la famosa frase de Kirshnamurti, según la cual quien sienta que no encaja en una sociedad enferma, está sano. En esta estupenda novela de James McBride (Nueva York, 1957), Brown es en buena medida el paisaje. Sobre la figura de Brown actúan los personajes. Pero Brown es, a su vez, un personaje, aquel a quien sigue un chico desde los doce a los quince años, disfrazado de chica, gracias a su androginia, para superar escollos y, para nuestro disfrute, verse envuelto en líos. John Brown visto por Henry Cebolla Shackleford, que es como se llama el narrador y protagonista, es una caricatura muy verosímil de lo que pudo ser el verdadero Brown, un personaje que, como referente social, obtuvo elogios de su contemporáneo Thoreau, sin ir más lejos.
Pero Cebolla es alguien que no ha tenido acceso a lo que hizo de Brown un líder. Nuestro narrador es analfabeto funcional. Lo cual se traduce en una voz con la sintaxis oral correcta -hay que imaginarse lo que supondría para alguien hablar sin interrupción durante tanto tiempo como el que dura la novela-, pero cuya traducción a escritura solo puede ser la de una jerga. La decisión de Miguel Sanz Jiménez de respetar este espíritu, hace de su labor algo mucho más que una reproducción en otro idioma. Su trabajo como reescritor es memorable. O, tal vez, deberíamos decir como traductor de prosa. El resultado de su labor convierte en algo así como un camino de cabras las primeras páginas de la lectura, hasta que nuestro oído se hace con el esquema oral y a partir de ahí se nos revela una narración pura. El orden cronológico y la sucesión encadenada, en la que van y vienen actores, nos hace dudar sobre si existe un plan previo a la escritura de la novela. Pero lo que importa, a dónde quiere llegar McBride, está bien definido y mucho mejor conseguido. Esta narración bebe de Mark Twain, tan verosímil como humorístico, tan vital como increíble. Bebe de la picaresca, sí, pero del pícaro que no será capaz jamás de dominar su destino. A lo largo de la novela, Cebolla tendrá que adaptarse a las situaciones, pues todas le superan a él.

¿Existe una definición más certera del realismo? Aparentemente, nos encontramos con una obra de humor. Pero los tres años de vida de Cebolla son trágicos, difíciles, duros e incluso comprometidos. Por momentos, sería mejor no haber vivido ciertas circunstancias, por mucho que muevan a sonreír. Vivir es algo muy serio. De ahí que McBride intente poner una guinda a nuestras tardes de lectura, un pastel tras la siesta, un poco de mermelada en la tostada a punto de caerse. Y todos, incluido Cebolla, sabemos qué lado de la tostada será el que toque el suelo. No siendo dueños de nuestro entorno, sabiendo que el mundo es más fuerte que nosotros, en cierta medida todos debemos aprender lo que aprendió Cebolla: que vivir, por mucho que nos haya dolido, es algo que está bien si sabemos que podremos contarlo de manera que los demás se rían de nuestras desdichas. Así, gracias a la caricatura, se transforman en hazañas.

Fuente: Culturamas