domingo, 29 de julio de 2018

GB84


GB84
David Peace
Traducción de Ignacio Gómez Calvo
Hoja de lata
Gijón, 2018
682 páginas

Traducir la última batalla a un formato actual, tan complejo que todos podamos entenderlo, es el reto que se marca David Peace (Osset, 1967) en esta novela cuya ambición es ser parte de nosotros, de la gente, de los humildes.
Los hechos son conocidos por todos los que nacieron antes de 1980: en Gran Bretaña se produjo la última gran huelga de la historia de occidente. A partir de esta confrontación que condenaba a cientos de miles de personas a la pobreza, las huelgas se han limitado a gestos de una jornada en el cómputo global de los días laborales del año. Pero entonces no había más remedio que armarse de valor y llevar la situación hasta extremos que rozan la violencia y el ridículo por parte de los que no aparecen en la novela, gente como la famosa primera ministra que destrozó media Europa y vendió todo su país. Ella invirtió una buena parte del producto interior bruto de Gran Bretaña en machacar y controlar a los huelguistas y a los medios de comunicación, mucho más dinero del que le hubiera supuesto mantener las minas abiertas. Porque estamos frente al sector más representativo de la lucha social. Los únicos capaces de organizarse durante meses para apoyarse de manera que no se dejaran caer: los mineros. Crearon sus propias formas de adquirir bienes primarios y repartirlos, al margen del comercio, algo que gente como Margaret Thatcher no podía consentir: una cooperativa es todo lo contrario al neoliberalismo.
Esta novela, fraccionada en voces, en secuencias, en escenas, que juega con la composición y las fuentes de texto para ubicarnos, relata las semanas de huelga desde el punto de vista de quienes estaban jugándose algo. Están los huelguistas, los que formaban piquetes y aquellos que pretendían trabajar saltando sobre los piquetes, para dar de comer a su familia. Pero apenas están las grandes cifras. Y sí ese estrato intermedio, que es donde en realidad se jugaba la partida como si fuera un tablero de ajedrez: los directivos que no ponen su nombre a las empresas, los sindicalistas elegidos como representantes en la negociación y a quienes se ningunea para que la prolongación de la huelga haga de la situación algo insostenible, y los hombres de la administración, caballos de Troya en las mesas donde apenas se sentaban lo justo como para que en los medios apareciera que el gobierno estaba apostando por la resolución no violenta.
David Peace ha hecho una extensa labor de documentación para conocer los nombres de todos ellos, y para presentarnos a la gente como personas. Ejecuta una novela increíblemente difícil: no es Steinbeck y no es Chomsky. Es justo lo que hay entre uno y otro, donde se decide el martirio. Se nos habla mucho desde dentro de las cabezas de los sufrientes, y se menciona a algún que otro mercenario que boicotea las acciones de los huelguistas para poder justificar la violencia policial, o la violencia del ejército disfrazado de policía. Porque de ese género fue la vergüenza hasta la que llegó quien decidía. Miles de millones de libras perdidas con el único fin de mandar a la miseria a cientos de miles de personas, todo justificado por la manera en que funciona el libre mercado. Hay una interpretación que estremece: pensar que el carbón contribuye a destrozar el medioambiente y que, efectivamente, deberían buscarse alternativas a las centrales térmicas mantenidas con el carbón. Pero entonces las administraciones incluso desconocían que podían hacer uso de ese argumento. Al fin y al cabo, el neoliberalismo trata el planeta como si todo fuera una extracción mineral: se encuentra la veta, se explota, se agota, se busca otra veta. Así comenzó la esclavitud que arrancó a tanta gente de África, por ejemplo. Y así se está tratando la industria agrícola, que saca del suelo todos los nutrientes hasta convertir miles y miles de hectáreas en paisajes lunares. Esta novela nos explica cómo sucedió otro tanto con la fuerza motriz humana, nos relata el momento en el que el mercado y los mercaderes deciden que la gente es ya un deshecho y hay que enviarlos al cubo de la basura. Algo que jamás debemos olvidar.

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