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martes, 17 de marzo de 2020

Y ME LLEVÓ EL VIENTO

Y me llevó el viento
Anne-France Dautheville
Traducción de Teresa García Martín
Interfolio
Madrid, 2020
423 páginas





“Se hace la revolución o nos acomodamos”.
Anne-France Dautheville

El sueño del circo se expresa a través de una alegría muy sólida: bailes acrobáticos, payasos rozando lo inverosímil, festivales con bichos que no habíamos visto antes, vuelos y equilibrio. Mucho equilibrio. El que se necesitaría, por ejemplo, para dar la vuelta al mundo en un monociclo. Montado sobre una sola rueda, la fatiga será tan ineludible como lo es la diversión: en un monociclo, al contrario que sobre una bicicleta, uno no puede dejar de dar pedales ni siquiera en las cuestas abajo. La audacia tendría otros tintes al margen de la aventura, y esos son los que nos remiten a la alegría del circo, tras la que se esconde, intuimos, también la tristeza del esfuerzo, de la vida en vagonetas, de la imposibilidad de establecer raíces. Sin embargo, si añadimos una rueda más al invento, la vuelta al mundo se transforma en una opción tan valiente como verosímil.
Imaginen a una mujer protagonizando ese particular Road Movie en el año 1885. Decimos Road Movie por conveniencia, pues las carreteras entonces eran parte de la descansada vida: un ruido de carretas de vez en cuando, pastores por las cañadas y senderos, con sus mil ovejas, campesinos con gesto de despiste y frases que contenían cientos de años de saber popular, y algún motor ronquísimo en las proximidades de alguna ciudad. Annie Cohen Kopchovsky (1870, Riga, Letonia), conocida por el apodo de Londonderry, protagonizó la gesta, que le supuso un total de quince meses y un premio de cinco mil dólares. Tocada con un sombrero a lo Buster Keaton, vestida con una cazadora de hombros abultados y con un pantalón tipo bombacho, sobre un vehículo primario, cruzó Estados Unidos y Yemen, Francia, Egipto y Singapur, entre otros muchos países. Aunque sea peor que complicado igualar tanta liberación, su estela la han seguido mujeres como Cristina Spínola (Las Palmas de Gran Canaria, 1976), aventurera, periodista y, cómo no, youtuber en tiempos en los que se viaja también para los demás. Da la sensación de que antes uno partía para buscar algo que no tenía en su interior, pero estaba necesitando. Sorprende que ahora ese algo pertenezca, también, al género de las relaciones con los demás.
Cristina ha sido la primera mujer española en dar la vuelta al mundo en bicicleta y ha dejado testimonio de ello en su libro Sola en bici. Soñé en grande y toqué el cielo. Se trata de un registro del recorrido de 30.000 kilómetros y veintisiete países por los que circuló entre los años 2014 y 2017. Tras una histerectomía, entre visitas y comidas, entre reposo y rehabilitación, pensó que la vida le había dado otra oportunidad y se dedicó a idear el viaje. Abandonó sus trabajos como reportera y su dedicación al diseño 3D para escapar a eso que ella llamaba “la ausencia de espontaneidad”. Halló en el viaje la paradoja que ya figura en las leyendas y el acerbo popular como propia de los frailes franciscanos: el confort de la incomodidad. Toda tu vida cabe en unas alforjas, en una mochila escolar. Su testimonio refleja la intención del viajero sano, que es la ir haciendo amigos a medida que se aprende a viajar, la de ver en la gente los buenos atributos, la de encontrarse con personas que ejercen un papel semejante al de los ayudantes del héroe en los cuentos de hadas. Se enamora, si rubor, de la generosidad. Y es entonces, y bajo esas premisas, cuando deja de existir la maldición del dios Cronos, del tiempo, esa materia deleznable.
A lo largo de los treinta y siete meses de viaje, apenas tuvo malos encuentros. Sobrevivió, eso sí, a un intento de violación en Malasia, y reconoce que no resultó agradable que la robaran en El Salvador, aunque daba por supuesto que algo así terminaría por suceder. Cristina sostiene que el mundo es un lugar mucho más seguro de lo que nos hacen entender. Y eso a pesar de la locura que supone circular por carreteras de la India, por ejemplo, donde los vehículos circulan en puro Free Style. Pero mereció, y mucho, la pena ser un extraterrestre en Tanzania, donde algunos niños se echaban a llorar viéndola dar pedales. Y, como ella reconoce, ver el lago Malawi, el desierto de Wahiba y la Patagonia chilena, casi todo el recorrido por la India y México, países donde el horizonte cambia constantemente, y también el salar de Uyuni, que puede ser el paisaje más espectacular del planeta Tierra.
El monociclo y la bicicleta representan el movimiento silencioso, en un grado semejante al de caminar. Pero un día a alguien, apresado en la materia deleznable del tiempo, se le ocurrió encajar un motor a una bicicleta. El recorrido sería más cómodo y, con el tiempo, se transformaría, hasta alcanzar un incierto grado de locura. Hoy a muchos de los que se suben a una moto solo les interesa una cosa: la moto. Es decir, el repugnante olor a gasolina, el rugido amenazador de un motor agresivo, la contaminación y un riesgo sin belleza, como es el de la velocidad sobre el asfalto, una proeza perfectamente pueril y dañina. Atrás han quedado los tiempos en que las motos significaban libertad, aunque aún se puede encontrar una minúscula tribu de resistentes entre los motoristas. Ha llovido mucha agua en muchos inviernos desde que residiera entre nosotros el espíritu de la película Easy Rider, de Dennis Hopper, estrenada en 1969, o de los cuatro años que tardó Ted Simon, entre 1973 y 1977, en dar la vuelta al mundo sobre una Triumph Tyger de 500 cc., y que se recogen en un libro legendario: Los viajes de Júpiter. El viaje al interior, al centro del espíritu, que suponía una experiencia en solitario de este calado, podía catalogarse como un atrevimiento humilde. Simon sumó 126.000 kilómetros y atravesó cuarenta y cinco países. Pero no fue la primera persona que se planteó dar la vuelta al planeta en moto. Anne-France Dautheville (París, 1943) se había perdido por carreteras en formación, por lugares que estábamos aprendiendo a nombrar, un año antes de que Ted Simon comenzara su periplo, durante el rally Orion, entre Francia e Irán, en el que desapareció tres meses, en los lugares que se extienden entre Turquía y Palkistán, por un continente que luego representaría para ella el sueño de Ítaca: Asia.
Un año más tarde, emprendería su vuelta al mundo en un vehículo con siete veces menos potencia que aquél que le llevó hasta la perdición de las ilusiones. Abandonó definitivamente su trabajo en una empresa de publicidad, que representa, mejor que ninguna otra labor, otro tipo de perdición, en este caso de las malditas, la que nos sujeta a la realidad económica, al podrido mundo financiero, a la especulación y las ventas, al engaño comercial, a todo lo contrario de lo que nos quiso transmitir Saint-Exupéry en El principito: lo esencial es lo visible, eso de ver bien con el corazón no está contemplado, a no ser que consideremos la pornografía sentimental como afecciones coronarias.
Sobre una Kawasaki amarilla de 100 cc., Anne-France viajará por Canadá, Alaska, Japón, la India, Pakistán, Afganistán, Irán, Turquía, Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Austria, Alemania y Francia. Y todo esto ha partido desde el sueño de la felicidad, sí, pero también de algo parecido al despecho, dado que tras regresar del rally Orion, y su paso por el vacío asiático, se la acusó de haberse valido de otros medios de transporte, además de extender ese tipo de rumores que brotan de la acción de alguna de las proteínas tóxicas que llevamos a flor de pulmones, esa que empujó a la gente a asegurar que era lesbiana, ninfómana y muy, muy burguesa. En lugar de un desmayo o sufrir un ataque de ansiedad, Anne-France se prepara para emprender su gran ruta. Y entonces comienza a escuchar otro tipo de voces:
«Los amigos me dijeron que me iban a violar, que me iban a asesinar, que me venderían como esclava o para formar parte de un harén; ¡estás loca!, decían. Entonces, cuando partí, todo fue aún más loco porque nadie me dijo que en el momento en el que saliese de Europa, la mujer que viaja sola se convierte en algo prácticamente sagrado, que sería respetada, que todo el mundo querría ayudarme y protegerme. Pero eso lo descubrí después. Ser mujer me abrió muchas puertas, todo el mundo me recibía con los brazos abiertos porque, del hecho de viajar sola, se infería que yo confiaba en la gente. Y entonces la gente confiaba en mí.»

Daba la sensación de que no iba a encontrar a nadie dispuesto a frotarle las costillas, culminando un abrazo con un poco de amor, ni siquiera al final del baile.
Antigua alumna de letras en la Sorbona, no se veía a sí misma regresando a la oficina. El viaje curará los males como las olas borran los dibujos que hacemos en la playa. Nuestras biografías no dejan de ser un libro de arena, algo que desaparecerá barrido por el aire o por el agua.
Anne-France escribió un buen puñado de libros de viajes y unas cuantas novelas, un montón de reportajes para diferentes revistas y una obra maestra de la rebeldía que se titula Y me llevó el viento. Allí describe su gran periplo, sus incomodidades confortables, como la de dormir la mayor parte de las noches bajo un toldillo sujeto a la moto y al suelo, sus fobias y sus filias. Destaca la pasión por el aire libre, que se representa en su tránsito por Canadá, y esa sensación, que bien pudiera ser una de las impresiones que diferencian al viajero del turista, que destaca que la aventura no está en los países desarrollados, en las sociedades con gran tecnología, en las culturas demasiado construidas sobre la farsa del crecimiento económico, unos terrenos donde se impone algo que, a falta de una palabra mejor, llamaremos infantilismo, la falta de respeto, el derroche. Viajar es transformarse a medida que uno se deja vencer por la gente y los lugares del Tercer Mundo, los sitios donde le ofrecen té y asiento constantemente, hasta en los pasos de frontera. Esa sensación tiene un fuerte contrapeso: por más que uno lo desee, por más que el tiempo pase, siempre será un extranjero. El camuflaje es imposible cuando, como ella reconoce al final del libro, existen diferentes razas. No se trata de racismo, sino de simples tonos de color de piel, de diferentes lenguas, de hábitos, del paisaje que nos fabrica y de la palabra de nuestros padres.
El tema del viaje de Anne-France es el de la dificultad de encontrar un lugar propio en el mundo. De ahí que se vea abocada a la itinerancia. Sin mapas, sin guías Lonely Planet, sin televisión, Anne-France se ve obligada a moverse con esa estrategia que ni siquiera pudo derruir el episodio de la torre de Babel: preguntando. Tanto contacto la permite ejercer la psicosociología de pie de calle, esa que nos enriquece, la que nos muestra a la gente como una sorpresa continua. En el texto de Anne-France, lo que venían siendo tópicos se transforman en leyendas, casi en mitos, a veces en maldiciones, pero la mayoría en un recuerdo que te permitirá seguir respirando por otros motivos que no son la mera necesidad animal de supervivencia. Anne-France va creciendo, estudiándose un poco a sí misma, dándose cuenta de que la sensación de sentir que uno está vivo es un sentimiento idéntico a la poesía. Escribe con humor, sí, porque ese es su estilo, pero asistimos, al mismo tiempo, a una conquista de la confianza en uno mismo, esa que crece a la par que el cariño por las personas, esa que nos enseña cómo ir construyendo nuestra propia felicidad. Anne-France hace amigos cada vez que detiene la moto: en un descampado, en un campin, en una gasolinera, en medio del monte o porque se le ha estropeado el motor. Tiene que montarlo y desmontarlo en Japón, en la India y algunas piezas en Afganistán, el país que más adora, o en Canadá. No soporta a los ruidosos ni a los arrogantes, por mucho que sean compañeros de impulso y viajen también en moto.
“Cada vez que uno piensa en hacer cosas que se salen de lo común todos gritan ¡estás loco! El ser humano y los cambios son dos conceptos que se llevan mal y se combinan fatal. Entonces fue aún más loco porque nadie me contó que en el momento en el que saliese de Europa una mujer que viaja sola se convierte en algo casi sagrado, que sería respetado, a quien todo el mundo querría ayudar y se esforzarían por proteger, y eso lo descubrí después. Ser mujer me abrió muchas puertas, todo el mundo me recibía con los brazos abiertos porque al viajar sola entendían que yo confiaba en la gente. Y así era.”
Aconseja a la mujer que se ponga en marcha que tenga las cosas bien claras en su cabeza: “Observa cómo se comportan las mujeres locales, no expongas lo que ellas esconden, pero tampoco quieras copiarlas. Eres una mujer extranjera, simplemente muestra tu respeto”. Y hasta aconseja comer la comida local, incluso en los bazares asiáticos, donde las especias nos harán saltar lágrimas de sudor por los ojos. “No pidas hospitalidad, la gente que te abrirá sus puertas suelen ser los más pobres, compartirán contigo su techo y la poca comida que tengan porque sienten que ese es su deber. Incluso aunque pienses que tú estás arruinada serás diez veces más rica que ellos, y mientras que tú vives, ellos sobreviven como pueden”, termina por sugerir.
Si se le pide una relación de lo que le resulta imposible borrar de la memoria, comienza una relación, que genera sincera y cochina envidia, que bien podría cambiar en cada minuto, en cada contraste: el sol desvaneciéndose en el valle Bamyan mientras lo contempla sentada sobre la cabeza del gran Buda, esos que ya desaparecieron en marzo de 2001 bajo los disparos de un mortero talibán; los pájaros coordinados levantando el vuelo en bulliciosos grupos, desde las copas de los árboles australianos; el sonido de un arpa en la Plaza de Armas de Cuzco, frente a la fachada de la catedral; la aurora boreal canadiense, mientras se bañaba en un lago termal de Yukón.
Fuma Gauloises azules que comparte con “tipos enormes, como armarios roperos, morenos y tocados con un turbante”, capaces de dejar escapar la caravana que deberían seguir con tal de pasar un rato con ella, gente que acepta a la parisina solitaria con una actitud que ella misma califica como “récord de humanidad en todas las categorías”.
“He traspasado todas las puertas, me he reído con desconocidos, he disfrutado de dudosos manjares, he sido feliz. Pero no he entendido nada”. Esa confesión pertenece al mundo de la lucidez. Antes de partir creía saber en qué consistía el mundo: “Una niña buena protestante, disciplinada, virtuosa, modesta, obediente y principalmente persuadida de la infinita inferioridad de otros pueblos, sobre todo de aquellos cuya piel es morena u oscura. Resumiendo, los negros son prácticamente antropófagos, los árabes traidores, los norteamericanos niños grandes, ¡los portugueses son gueses y los españoles ñoles! Esto no funciona así.”
Luego pasó a ser, en un aspecto social, esa mujer en moto, esa persona extraña allá por donde circulara, ese ser que es en la ciudad un monstruo sexual y en el campo un error de la naturaleza. Poco a poco, entre línea y línea de relato, esta mujer, -que contiene una extraña belleza exótica en las fotografías en la que la vemos circulando por Asia, como si a través de ella nos llegara una dulzura latente, de esa clase de bienestar que hemos estado esperando siempre encontrar casi sin darnos cuenta, más como una intuición que como una certeza-, va expresando su proyecto vital: desde el lamento de un “ya no soñamos, somos cabales (…). En mi calle, los niños ya no juegan a las canicas en la acera”, hasta la convicción espiritual más universal, la que se significa en la sencillez de frases como ésta: “El rumor de los árboles, del agua que corre; todo es demasiado hermoso para que yo vaya a encerrarme dentro de una casa”. Y todo para aterrizar en un aforismo que bien podría ser nuestra más querida frase de cabecera, nuestro deseo posible de cumplir, nuestra poesía, nuestra verdad:
“A lo largo de los años puse mi vida en orden, es decir, transformé violencia en fuerza.”

martes, 21 de enero de 2020

LAS NIÑAS BUENAS NO VAN AL POLO SUR

Las niñas buenas no van al Polo Sur
Sobre Liv Arnesen






Esperar desde los ocho hasta los cuarenta y un años para cumplir un sueño, supone haberlos transformado de un deseo de excesos a un deseo de belleza. Apolo gobierna la belleza, mientras que Dionisos es el propietario de los excesos, de los desenfrenos y, tal vez, de los vicios. A los ocho años uno quiere su momento de felicidad, que viene sentida cuando se colma, por ejemplo, una carcajada, en tanto que a los cuarenta y uno corre el riesgo de hallar la belleza que lleva a la gloria, un tipo de gloria que, ¡maldita sea!, es una autopista directa a la locura. En el caso de Liv Arnesen (Bærum, Noruega, 195) esa locura goza de un consenso social casi unánime: uno no puede estar en sus cabales si se plantea recorrer mil doscientos kilómetros en solitario, andando a través de la Antártida, arrastrando un trineo de cien kilos, con el fin de alcanzar el polo sur geográfico sin otro fin que el de haber caminado cincuenta y un días sobre el hielo y sobre la soledad extrema. En realidad, se trata de la clase de personas que han entrenado hasta la extenuación, hasta el exceso dionisiaco, esas virtudes apolíneas que son la inteligencia clara, el corazón intrépido y un equilibro muy zen flotando junto al oxígeno en los pulmones. Liv, con cierto espíritu práctico a la hora de reproducir en palabras sus anhelos, lo reproduce como relajación, desarrollo de la concentración y visualización.
“Todo el mundo cree saber lo que más nos conviene”, protesta Liv, cuando reivindica ese sueño que empezó a fraguar con ocho años y estuvo alimentando durante toda la pubertad y la adolescencia, entre lecturas de Amundsen, Nansen, Shackleton, Scott, Peary y cualquier otra depredación que la invitara a conocer las expediciones a los dos lugares de los que es más difícil volver entero: allí donde el hielo ha sido más eterno que la memoria del hombre. A los catorce, comenzó a compaginar estas lecturas con las cuestiones de género. Aunque se trata de dos formas de lucha, ella confiesa que ni siquiera en esos momentos, ni siquiera ahora, cuando ha pasado de largo los sesenta años y cualquier vacilación hacia una crisis de la mediana edad, ha dejado de jugar. Cuando a los trece años se rompió la rodilla haciendo slalon, cambió a prácticas deportivas con cierto riesgo para la seriedad: ha corrido maratones, sí, pero se ha prodigado más en carreras de orientación, en las que buscaba las rutas más entretenidas por delante de las más eficaces. Aprovecha el momento: “Hace más de veinte años escribí Carpe diem en mi gorra de bachiller y no veo ningún motivo para dejar de agarrar el día aunque haya sobrepasado los cuarenta”, ha dejado escrito. Uno se pregunta si la ética que reflejó Horacio en su oda pertenece al ámbito de Apolo o al de Dionisos, nos habla de la belleza o nos habla de cualquier forma de orgía: “carpe diem, quam minimum credula postero”. Abraza el día y confía mínimamente en el futuro. La locura es colateral y así como los otros pueden interpretarla como daño, nosotros estamos obligados a entender que entra, por qué no, en el ámbito de la sabiduría: “Sé sabio, filtra los vinos y acorta al tiempo breve la esperanza larga”.
¿Cuál era la esencia del sueño que Liv Arnesen comenzó a fraguar a los ocho años y que no ha cesado de cumplir, aunque para ello haya tenido que pensar en él como una meta? Porque los sueños permiten ser felices en sí, sin obsesionarse con su término; porque lo legítimo es soñar, antes, incluso, de luchar por ver el sueño cumplido: “No indagues —no es lícito saberlo— cuál fin para mí, cuál para ti los dioses han dispuesto, Leucónoe, ni tientes los números babilonios”. “Me fascinaba la sensación de no tenerlo todo bajo control”, comenta Liv en su libro Las niñas buenas no van al polo Sur. Se movía un poco al filo y “me familiaricé más con esa sensación cuando empecé a escalar y hacer rutas por los glaciares. También corría las carreras de orientación siguiendo el mismo método: nunca tenía control absoluto. Escogía rutas arriesgadas… Algo en mí se resistía a la elección más segura”. De entre las batallas, destaca esa razón social, pretendidamente sensata, que esconde una cobardía demasiado arrimada al calor de lo cotidiano, como la que expresaba la mayoría de la gente cuando la aseguraba que esas inquietudes desaparecerían cuando tuviera hijos. Durante años, Liv huyó del matrimonio y de los hijos como el gato del agua. Hasta que se casó, con el tiempo, con un hombre capaz de entender que la libertad fuera un sentimiento fácil de reconocer: tienda, comida, saco de dormir, infiernillo y combustible.
“Cuánto mejor será padecer cualquier cosa, ya que Júpiter te conceda muchos inviernos, ya el último que ahora destruye contra los escollos opuestos
el mar Tirreno”. Einar, su marido, se convirtió en sustrato de seguridad y le ayudó a superar esa otra forma de claustrofobia que le provocaba pensar en ser madre: hoy en día, Liv tiene tres hijas adoptadas y ya es abuela. La claustrofobia, como los demás miedos, existe para ser superado, afirma ella, sin adornos estilísticos ni psicológicos. Aunque uno entiende demasiado perfectamente sus miedos cuando nos recuerda que no es nada fácil ser un niño cuando tus padres están más interesados en su carrera profesional y su vida social que en sus propios hijos. No necesita una expresión demasiado barroca para comprender qué estímulo le ayuda a sobrenadar los momentos más duros, los de las dudas y también los de las travesías invernales: en aquella época, se colgaba los auriculares de un walkman de las orejas y escuchaba a Pavarotti o a Lisa Edkdal.
Ambos le acompañaron en su travesía de Groenlandia en esquís, cuando superó 570 kilómetros en veintitrés días en compañía de Julie Maske, una de esas personas que no se cansan de buscarse a sí mismas y que, en opinión de Liv, son el tipo de gente con la que merece la pena compartir los días y las noches. Junto a otras dos amigas fueron las primeras mujeres en llegar de un extremo del glaciar al otro sin ayuda de perros de tiro ni suministro de provisiones desde aviones. Conoció a Julie en Svalbard, la tierra más septentrional habitada en este planeta, unas islas en las que Liv ha trabajado como guía, donde también escuchaba a Pavarotti y a Lisa Edkdal cuando vienen tiempos confusos, como ha hecho para descansar de algunos otros de sus trabajos, entre los que se encuentra la docencia, que es el que más la llena de orgullo. Durante una temporada, fue profesora en un centro de rehabilitación de drogodependientes; dejó esa profesión agotada, para comprarse un billete a Katmandú. En Nepal intentó subir a alturas en las que el aire es lo bastante delgado como para mandar avisos al cuerpo, como tuvo que padecer, y se embriagó de ganas de visitar el Tibet. Para conseguir un visado de las autoridades chinas, tuvo que destruir su carnet de conducir, pues era la manera más sencilla e inmediata de obtener la fotografía que la identificara.
Más adelante vendría el entrenamiento autógeno, ese que se parece tanto a la meditación, el que explora las sensaciones físicas mediante la concentración relajada, el que se utiliza como terapia para combatir el estrés, y que en su caso le sirvió tanto como preparación para la dureza de la Antártida, que es muy corporal y es muy psíquica, como para desplazar los dolores de espalda que nos acucian cuando nos partimos por el eje. Se dio cuenta de que nada hay más propio de los traidores que no ser fiel a uno mismo, que ignorar las capacidades y talentos, y puso en marcha la iniciativa para su expedición más atrevida. Buscó patrocinadores, hallándose, con frecuencia con preguntas acerca de su potencia masculina, como por ejemplo sobre su fuerza arrastrando trineos, y le hablaron, una y otra vez, acerca del servicio militar, donde lo extraño es que surja un amor semejante al de Oficial y caballero. A modo de reacción o como efecto rebote, Liv entablaría amistad, más tarde, con Ann Bancroft, una conocida activista a favor de los derechos de los homosexuales que ha extendido su perseverancia por los lugares más rígidos de Estados Unidos, con quien cruzaría la Antártida en canal, de orilla a orilla, en el año 2001, en una travesía que duró 94 días, en los que recorrieron 2747 kilómetros.
Pero antes se preocupó de engordar diez kilos para llevar suficiente materia que quemar entre el hielo que entra a cuchillo entre los átomos de las mejores membranas impermeables. A lo largo de su ruta en solitario, perdió hasta doce. “Desde un punto de vista puramente práctico, todo resulta más fácil y ágil cuando vas sola”, asegura esta mujer entregada a la aventura, que con frecuencia tiene que contestar a preguntas del estilo de: ¿Qué fue lo primero que comió al regresar a casa?, ¿viste animales en el polo sur?, ¿cuentas con apoyos familiares?, o ¿cómo resumirías la expedición en una sola palabra?
Allí donde se instalan los sentimientos nobles, junto a los valores de la razón, de la belleza y del coraje, Liv ha instalado su propia base bien cimentada para que los ideales no se pierdan en mitad de la tormenta, y los ha guardado en un cofre de pirata que abre para exponer sus planes de estudios, porque el aspecto educativo está muy presente en sus últimas expediciones: utiliza su experiencia y su capacidad de divulgación para crear conciencia acerca de la disminución de las reservas de agua dulce. Los puntos fuertes ecologistas están muy presentes en esta mujer, que proviene de uno de los países con el índice de desarrollo más alto del planeta, y su forma de mostrarlo es intentar ser un modelo de conducta para jóvenes. Junto a Ann Bancroft ha creado la organización Bancroft Arnesen Explore, un proyecto que se ha divulgado a través de docenas de medios de comunicación internacionales, y cuyo objetivo es atender a la confianza de las personas, especialmente de mujeres y niñas, alimentando la autoestima con el mismo fuego blanco que ellas sienten, de tal manera que su condición no las ralentice a la hora de poner en marcha una voluntad que las dirija hacia el paraíso de los sueños. De ahí iniciativas como la expedición para recorrer el Ganges junto a cinco mujeres de diferentes países. A pesar del orgullo que tanta dignidad debería producir en el diafragma de Liv Arnesen, ella deja escapar, de vez en cuando este lamento: “Me cuesta recuperar la agradable paz y la calma que sentí mientras estaba en camino”.