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miércoles, 4 de marzo de 2026

¿QUÉ BUSCAS, LOBO?

 

¿Qué buscas, lobo?

Eva Viežnaviec

Traducción de Andréi Kozinets

Gatopardo

Barcelona, 2026

169 páginas

 



Lo primero es el alcohol y el porqué del alcohol. El personaje que nos presenta de inicio Eva Viežnaviec (seudónimo literario de Sviatlana Kurs, Minsk, 1972) es a una mujer alcohólica, en un grado que la lleva a tener problemas para la integración social, y lo primero que nos preguntamos, nada más empezar la lectura de este impactante libro, ¿Qué buscas, lobo?, es a qué se debe tanta necesidad de alcohol. Ryna, la protagonista, sin querer, de la historia de su aldea, regresa varios años después de una emigración que a medida que avancemos en la lectura nos daremos cuenta de que es un exilio que se impone a sí misma. Pero ni el alcohol, ni el exilio, ni los años han conseguido curar la gran herida que supuso la vida de la aldea. Enseguida nos daremos cuenta de la tristeza incómoda del lugar, y poco a poco iremos conociendo la violencia que allí se ha sufrido durante un largo periodo del siglo XX.

Comenzamos en una época en la que apenas había medios de comunicación, en la que las cartas tardaban semanas en llegar, lo cual permite hacer verosímil este lugar, que Viežnaviec reproduce tras una atenta investigación. Es un microcosmos, una aldea aislada, como lo era Comala o Macondo, solo que este lugar ha existido. Viežnaviec trabaja sobre algo tan real como es la memoria de quienes allí habitaron, para retroceder en el tiempo junto a Ryna. Lo que consigue es un efecto de ficción, de crónica inventada, pero lo que nos aturde es saber que se trata de un testimonio. Otro autor se habría valido de este material para escribir una saga familiar o un voluminoso libro plural, pero Viežnaviec reduce todo lo que ha obtenido a lo que impresiona. Ni siquiera hay adjetivos. Narra sin recursos estilísticos, porque el estilo se pega a lo importante como la piel a los huesos del cráneo. Hay que sobrevivir a tiempos de sangre, de plomo, a las guerras y a las entreguerras, a los pogromos y a las revoluciones. Estamos rodeados por el bosque, que es la marca de la frontera, y así protegemos nuestras costumbres, nuestros prejuicios, pero corremos el riesgo de quedarnos sin aire cada vez que entre una nueva violencia. De hecho, el lugar tiene mucho de los entornos clásicos de los cuentos de hadas que vinieron del Este, pero aquí se ha sustituido cualquier posible magia por un realismo de lo más crudo.

Contamos con el apoyo de seres marginados, entre los que destaca la abuela de Ryna, la curandera, que no debe hacerse notar porque ya pesa demasiado su fama. Todos ellos son seres que ven como su vida se decide desde otro lugar, más allá del bosque, donde están los poderosos. A ellos apenas les queda otra certeza que no sean las viejas supersticiones. Ni siquiera la memoria es un buen refugio, como nos damos cuenta cada vez que Ryna recurre a ella y se encuentra, por ejemplo, con un padre sanguinario o con la trágica ausencia de una madre, pues quedó huérfana desde muy joven. ¿Qué pasa, lobo? es un viaje a los que sufren el efecto de lo miserable. El efecto es de lo más desconcertante, porque uno se da cuenta de que está leyendo algo con forma de apuntes —subcapítulos cortos, toques de atención, miradas breves hacia uno y otro lugar— y, sin embargo, sale de la obra con la impresión de haber estado tratando con alguien que tiene un conocimiento profundo, y ese conocimiento es contagioso. Y es que esta obra contiene, sobre todo, un fuerte impulso vital.

 

Fuente: Zenda

lunes, 4 de agosto de 2025

HISTORIAS FANTÁSTICAS DE ISLAS VERDADERAS

 

Historias fantásticas de islas verdaderas

Ernesto Franco

Traducción de Natalia Zarco

Gatopardo

Barcelona, 2025

174 páginas

 

 


La diferencia entre viajar y soñar es que para lo segundo no hace falta moverse, pero sí haberse movido. De cualquiera de las dos maneras uno puede llegar a lugares maravillosos, aquellos en los que uno se siente auténtico. ¿Un auténtico qué? Podríamos preguntarnos. Un auténtico intruso, es la única respuesta que se nos ocurre como factor común a todas estas experiencias. Por lo demás, uno es libre de ejercitar cualquier emoción cuando tiene enfrente lo que le presentan los viajes, que es algo que también sucede cuando uno sueña despierto. Es posible que no seamos dueños de nuestro destino, como no lo somos del destino al que llegamos, pero también es cierto que la suerte nos la hacemos, es decir, que podemos elegir cualquier gris que caiga entre la gama que va de la alegría a la tristeza, porque a veces uno se pone triste en los lugares en los que está siendo feliz, pues le falta a su lado aquella persona con la que le hubiera gustado compartir ese momento.

Y luego está la posibilidad de viajar y soñar a través de los viajes y los sueños de los otros. Con esa materia se han elaborado algunos de los mejores libros que se han publicado en las últimas décadas, como por ejemplo los de Alastair Bonnet —El mapa de las islas, Lugares sin mapa, Fuera del mapa—. A esa corriente viene a unirse este delicioso Historias fantásticas de islas verdaderas, de Ernesto Franco (1956-2024), de quien recordamos haber leído Vidas sin fin en la desaparecida editorial Tropismos. Recorreremos una buena parte del planeta, viajando de isla en isla, de las Galápagos a Creta, de Ítaca a Tortuga, con una voz que nos resultará sincera y melancólica. Franco, traductor al italiano de buena parte de los autores del Boom latinoamericano, crea a un personaje, Pilota, que nos remite a Maqrol el Gaviero, por su espíritu vagabundo, o al mismísimo Robert Louis Stevenson, por su facilidad narrativa. Pilota es alguien que ya ha detenido sus pasos pero que se entretiene rememorando, para una sola persona que quisiéramos ser nosotros, las leyendas de las islas. Hay mucha belleza en sus narraciones, y mucho deseo de belleza. Se trata tanto de reencontrarse con los anhelos propios como de desvelar los que son más comunes. En realidad, Pilota sabe que uno no puede volver al lugar donde se encontró con lo mejor de la vida, a no ser que lo repita relatándolo.

Franco reproduce un tipo de literatura que tiene mucho que ver con la oralidad, de hecho, se trata de poner en negro sobre blanco la parte más importante de un diálogo, transformando los textos en unos momentos que durante la lectura nos resultarán tan enigmáticos como lenitivos. Leer este libro se asemeja mucho a descansar después de una aventura. Ernesto franco, como hiciera Alastair Bonnet en alguno de sus libros, ha elegido las islas, esos trozos de tierra firme que en el buen imaginario colectivo garantizan apartarse del acoso de la vida rutinaria, y así, echando a un lado la neurosis, nos facilitan el camino a la felicidad. ¿No es la búsqueda de la felicidad de lo que se trata el oficio de vivir? Ítaca, lo dijo Kavafis, es una idea que nos permite avanzar y disfrutar de la ruta, porque llegar a ella no te garantiza librarte de las zarzas del bosque. En esa ruta nos encontraremos obras como esta Historias fantásticas de islas verdaderas, que durante unas horas nos indican que sí, que eso de la felicidad sigue siendo una Ítaca que merece la pena buscar.


Fuente: Zenda

jueves, 18 de abril de 2024

ENGAÑO

 

Engaño

Yuri Felsen

Traducción de María García Barris

Gatopardo

Barcelona, 2024

216 páginas

 



No se sabe si uno vive con pasión, que es la mejor forma de mejorar la vida, o la intensidad de lo que siente se debe a algún malestar, como es la manía de sentir lástima por uno mismo. Con frecuencia confundimos la sensibilidad con lo que afecta a nuestro narcisismo, ese factor que debemos construir bien armado, en su justa dosis, para crear una autoestima en condiciones. Si uno no lo consigue y se encierra en el cuarto oscuro de su cerebro, confundiendo ideas con sentimientos, no hará nada más que darle vueltas a asuntos que solo le conciernen a él, convencido de estar llegando a verdades universales. Para conocerse mejor a uno mismo, que es la apuesta que nos ayuda a asentar la calma y la confianza, lo ideal es preocuparse por los demás. La apuesta del lamento es un fallo a la hora de relacionarse, aunque puede dar lugar a obras fantásticas, como este Engaño, en el que un enamoramiento no hace sino provocar desdicha dentro de la piel de nuestro narrador, que así la va reflejando en un diario.

Casi todo lo que sucede, sucede dentro de su cabeza, generando ideas sobre sí mismo, unas ideas que brotan, como no puede ser de otra manera, de las dudas. Este narrador, de aspecto hipersensible, se maneja con un lenguaje propio de algo que podría llamarse, a pesar del riesgo de oxímoron, como impresionismo psicológico. Enamorarse es una dicha para él, pero también una desgracia; es la expresión máxima de la condición humana, pero es a la vez sublime y pacata. Eso sí, al saberse especial, al sentir algo tan estupendo, se irá cuestionando las costumbres en las que sobrenada, y se rebelará, aunque solo sea interiormente, contra ellas, por considerarlas triviales. En ese sentido, el París de hace un siglo se transforma en el lugar adecuado para desaprobar la farsa social. Nuestro narrador quiere ser puramente romántico, pero su romanticismo es de suspiros: «aunque no tengo mejor manera de hacerme insensible al paso del tiempo que con una ebriedad rápida y aturdidora»; «tras años de soledad he amasado una buena reserva de silenciosa ternura, todavía por gastar, que a menudo está destinada a personas similares a mí, solo que más indefensas»; «me delito en mi ensimismamiento: porque hablo de mí, de cómo me gustaría ser, de cómo me transformo imperceptiblemente».

Toda su melancolía idealizada no sirve como terapia, se limita a dejarle en una sensación de espera constante. «Mi embriaguez es más bien narcisista», reconoce. Pero ese narcisismo, esa embriaguez, se caracteriza por la obsesión por conocer la condición humana, el yo y el ella, el amor y las reacciones al amor, pues se considera un hombre que ama con inseguridad. Es alguien que tiene a la vida como una transición estropeada, pero creyendo que esa situación no se prolongará siempre. Su lucha es por estar emocionalmente bien preparado para cuando llegue eso que él cree que será la vida. Mientras tanto, su consuelo es el deseo, la ilusión de ella. Con apenas actuación, Yuri Felsen (San Petersburgo, 1894 – Auschwitz, 1943) construye una obra sobre lo que imaginamos ser, que hará las delicias de quienes amaron a autores como Proust: «imagino el amor como el desarrollo de una ambición terca, básica y necesariamente conmovedora, que constituye la esencia, el sentido absoluto, la “idea” de una determinada relación amorosa, que se destruye cuando esa misma ambición desaparece: la ambición, la “idea”, el sentido de mi primer amor por Liolia era la firme convicción en su apoyo benévolo, en nuestro refuerzo mutuo, natural en las personas que han sufrido mucho y por ello se comprenden».

lunes, 25 de marzo de 2024

PASIONES PÚBLICAS, EMOCIONES PRIVADAS

 

Pasiones públicas, emociones privadas

Charles Dickens

Traducción de Dolores Payás

Gatopardo

Madrid, 2024

418 páginas


 


Charles Dickens (1812- 1870) es un fantasma que nos acompaña cada vez que visitamos Londres. Vemos la ciudad como una actualización de aquello que él nos relató en sus ficciones, que agarraban el humus de las calles que él estaba viviendo para mostrarnos la necesidad imperiosa de ser unas personas morales. En realidad, tal y como comprobamos en esta recopilación de textos periodísticos, la moralidad que él defendía era bastante ortodoxa, si entendemos la ortodoxia moral como la obligación de ser generosos y solidarios. Es muy posible que jamás debiéramos haber salido de esa ingenuidad, de ese espíritu naif que por momentos recorren los cuadros que nos hace ver Dickens. Era un momento en el que no se había extendido el estilo de la crónica que actualmente identificamos como la sacudida de la realidad, y tanto su lenguaje como su estructura nos resultarán muy coloquiales: salgo a la calle y observo, entro en un lugar y me doy cuenta, he oído esto y esto es lo que me han respondido. Dickens resulta ser algo semejante a un flaneur, pero a diferencia de estos paseantes lo que se impone no es una cierta languidez, un tono de malestar o una mirada empañada: Dickens es un observador nítido, directo, un tipo que experimenta en carne viva lo que sucede a su alrededor. El insomnio resultó serle de una utilidad creativa increíble a este clásico inglés.

El mundo funciona como algo muy práctico, como la consecuencia de sucesos y acciones concretas, y existe un grupo de personas que deciden. A partir de ahí, la única salida que le queda a la mirada de quien intenta dar fe de cómo funciona el mundo es atenerse al sarcasmo, al esperpento, a la caricatura, cuando lo feo está demasiado presente. Esta fealdad podría ser el resultado de la miseria que estas decisiones han producido, o las costumbres bastante inexplicables que se han impuesto, los paradigmas que aceptamos por el simple motivo de que las cosas siempre se han hecho así. Junto a ese humor, Dickens se muestra siempre compasivo, idealista, pero sin reclamar la revolución, la revuelta o la toma de armas. Convencido de que la sociedad civil se puede organizar para modificar la política, leemos a un hombre que confía en que lo importante es la bondad, y que a esa conclusión le lleva la indignación consecuente de lo que va denunciando.

La lectura de estos textos resulta de los más instructivo en la actualidad, pues nos lleva a preguntarnos qué ha sucedido a lo largo de estas décadas para que no sintamos como siente Dickens, con eso que es innegablemente humanidad, y nos llevan a una nostalgia que hasta ahora no conocíamos: la de echar de menos la bonhomía. «Magnificencia, miseria, belleza y carroña», es la enumeración que Dolores Payás indica, en el prólogo, como núcleo que condensa estos escritos. Payás hace una labor estupenda, añadiendo pequeñas introducciones a cada uno de los bloques en los que divide la edición, que son bloques temáticos: la descripción del país, la descripción de la pobreza, la justicia, la corrupción política, los paseos al inicio o al final del día, etc. En cada uno de ellos, Dickens nos demuestra que observar es reflexionar, porque de todo lo que configura la realidad, va prestando atención a las cosas que de verdad deberían importarnos, que son aquellas que nos hacen cuestionarnos nuestra humanidad, es decir, todo lo que se supone que nos sirve para hacernos mejores personas.


Fuente: Zenda

martes, 20 de diciembre de 2022

MALDITA SUERTE

 

Maldita suerte

Lawrence Osborne

Traducción de Magdalena Palmer

Gatopardo

Barcelona, 2022

220 páginas

 



El asunto que nos llega por todos los caminos, porque subyace a casi todas las historias, es el de la estupidez humana. Rara vez se convierte en el eje central de la historia, pero siempre está presente, tal vez a través de algún personaje secundario, tal vez a través de momentos de escasa lucidez, tal vez disfrazado de locura o incluso de amor. Llevado a primer plano, lo más oportuno, lo que mejor funciona, es traducirlo a una adición. Ahí está, por ejemplo, la adición al dinero de los lobos de Wall Street, esos psicópatas. O la adición al alcohol, que tan bien se expresa en películas como Días de vino y rosas. Podemos hablar de erotomanía o de ambición, pero siempre veremos tras cualquier tipo de codicia enferma un reflejo de la estupidez. También la comprobamos en obras como El rey Lear, pero para llegar ahí hace falta mucho talento.

Lawrence Osborne (Londres, 1958) nos trae ahora la estupidez humana llevada a un grado casi increíble reflejada a través del juego en los casinos. En una primera reflexión, uno puede sentirse tentado a considerar que le importa muy poco la suerte del protagonista. ¿A quién le puede interesar la vida de un tipo que sólo aspira a jugar a un juego de cartas en el que ni siquiera se precisa de la habilidad? El tipo busca la suerte, que le condene o le enriquezca. Y el dinero sólo lo quiere para seguir jugando, para que la apuesta que ejecute sea con un montículo de dinero mucho más grande. Y, básicamente, en esto consiste la novela, en aguardar la suerte del personaje, que no hace nada para creársela. Sabemos que el origen de su fortuna, la que le permite viajar a Asia y enfangarse en ese mundo que nos resulta tan ajeno, es inmoral; sabemos que la adición es idiota; sabemos que ha querido cortar con cualquier atisbo de raíces y que prefiere ser un individuo extraño en un país extraño, llamar la atención por su apariencia a camuflarse. Y sabemos que perder dinero es para él una forma de sublimarse, de llenar un vacío que, suponemos, sólo puede ser existencial, aunque a medida que pasamos páginas podemos considerar que obedece a pulsiones mucho más primarias, mucho más bajas, más animales. ¿Hay una lectura existencialista, tal vez metafórica, en la novela? Los vaivenes del personaje están sometidos a rachas, buenas o malas, como las de cualquier otro habitante de la Tierra. Sólo que él ha elegido un mundo tan superficial, tan exótico, tan foráneo, que nos resulta más alejado que el que se representa en las películas de ciencia ficción. Damos por supuesto que existe, y Osborne se esmera en demostrarnos que existe a través de detalles y descripciones del juego, del ambiente, de los personajes peculiares que uno puede hallar allí donde suceden los envites.

Eso sí, a mitad de novela se nos ofrece un apunte sobre la salvación, que, como no puede ser de otra manera, tiene que ver con el amor. Y nuestro personaje termina por darle la espalda. El problema de dar la espalda al amor es que cuando luego quieres recurrir a él, porque te sientes miserable, el amor te ha dado la espalda a ti, y seguramente al ser que querías haber amado y que estaba dispuesto a amarte. Aunque uno no está seguro de si este personaje contiene en sí la suficiente sensibilidad como para sentirse miserable. Ese exagerado nihilismo cruza toda esta novela y nos deja, eso sí, muy preocupados.

sábado, 16 de mayo de 2020

LOS PERDONADOS


Los perdonados
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Madrid, 2020
315 páginas

Todo escritor ha querido ser Borges en algún momento de su adiestramiento. Y también quiso ser Maupassant o Chejov. O Kafka. Hablamos de grandes cuentistas, de autores que destacan en el relato, en distancia corta, en narraciones redondas, esas que exigen una técnica narrativa que en la novela, por ejemplo, se puede sustituir por otras estrategias. Algo en lo que destaca, así mismo, Paul Bowles. Todos han sentido la tentación de ser Paul Bowles. Incluido el propio Bowles cuando se planteaba dar un salto a distancias más largas. Su mejor novela, El cielo protector, compite con los relatos en textura, en intensidad, en conflicto, en personajes, como tal vez, también La casa de la araña. Pero les falta ese punto de intensidad que posee la obra más breve. Está la humanidad, pero no tanto la potencia, la contundencia, la sorpresa y el extrañamiento que proviene de la necesidad de dejar muchas cosas al albur de la mente de los lectores.
En ese sentido, este Los perdonados, de Lawrence Osborne (Inglaterra, 1958), sigue la misma estela. Osborne comparte un alma biográfica con Bowles: sintiéndose extranjeros en su tierra de nacimiento, han buscado pertenecer a otras culturas en las que el mestizaje les venía denegado, aunque solo fuera por el color de la piel. Pertenecen a la estirpe de los hombres que sienten rápidamente que los demás les ponemos plomo en las alas. Han viajado y han pretendido ser parte del paraje al que se desplazaron. Y eso incluye Marruecos. El país magrebí cuenta con mil razones para protagonizar una novela como en la que nos enfrascamos: está demasiado próximo como para que resulten verosímiles las diferencias. Pero las diferencias existen, tienen que ser creíbles, porque nos dan fe de ellas y por lo que hemos llegado a saber a través de las visitas propias, y establecen entre ambas sociedades una membrana impermeable.
Los protagonistas de Los perdonados viajan por Marruecos y se ven en una ardua tesitura moral que en España hemos conocido, muy de cerca, a través de la película Muerte de un ciclista. Y así se confrontan tanto a las asperezas de las relaciones entre el matrimonio como a las que surgen de la distancia social que, inevitablemente, se instala entre ellos y el resto de la humanidad: creer que nadie puede perdonarte te lleva, inevitablemente, a la condena. De ahí que el conflicto sea personal y sea sociocultural. Es una tarea moral de desahucio, de degradación, de corrosión, contra la que se empeña uno en luchar sin tener ningún arma para enfrentarla. El espíritu universal será humano y el territorial las diferencias. Sobre estos ejes Osborne construye una novela muy correcta, en la que las sorpresas se nos entregan como en una carrera de fondo, en la que el turismo vuelve a aparecer, como en sus otras obras, como sinónimo de decadencia. La obra no se termina de ubicar en ningún tiempo, pero bien podría situarse en los tiempos de Paul Bowles o en los de Lawrence Osborne: llevarla a un territorio extraño, que jamás llegaremos a comprender por culpa de nuestros inevitables (e irreconocibles) prejuicios, es un acierto atemporal. Enfrentarnos a ellos, a los prejuicios, es algo que apenas puede conseguirse de no ser gracias a la literatura. Es en este aspecto en el que más destaca la novela.

lunes, 11 de noviembre de 2019

LA CASA INTACTA

La casa intacta
William Frederick Hermans
Gatopardo
75 páginas

En la edición española de La casa intacta, una breve y brutal novela de Willem Frederik Hermans (Amsterdam, 1921- Utrecht, 1995), el lector recibe 60 golpes, al menos uno por página. Es una de esas historias –bendita traducción española de Gatopardo– que perdura: un relato sobre la locura y la risa macabra de la guerra que incluye la bancarrota moral de sus protagonistas. Cuando su batallón se desvía hacia una ciudad balneario, un soldado vencido y harapiento se encuentra solo en una casa grande y lujosa, que aparece como un respiro a su alrededor: la vana ilusión de que la guerra es simplemente un espejismo. El soldado, que es a la vez el narrador, se hace pasar por el propietario de la finca y proyecta sobre él su propia imagen. No es tan fácil salir de la propia cabeza y meterse en la de otra persona, aunque sí usurpar el papel del prójimo para seguir siendo uno mismo. Se ha visto en la espléndida película de Robert Schwentke, El capitán (2017), en Hermans cuenta en La casa intacta el horror de la guerra a través de un impostor que refuta el papel de la resistencia la que un soldado desertor del ejército alemán halla el uniforme abandonado de un oficial nazi y transfigurándose toma el mando de un campamento donde están recluidos otros prófugos. A partir de ese momento empieza a transformarse usando la autoridad que le proporciona su nueva identidad. Agua caliente, por fin. El impostor okupa se baña, duerme y despierta para darse de bruces con los nazis tocando el timbre en busca de hospedaje. El encuentro es tenso. Convence a los soldados alemanes de que la propiedad es suya y se presta a convivir con ellos, desesperado por ocultar su verdadera identidad y reacio a escapar del torbellino de la guerra. Si a partir de ese momento alguien pretende encontrar en el protagonista un atisbo de esperanza o de heroicidad frente al enemigo se equivoca. No lo va a conseguir. El narrador resulta un ser tan poco simpático como sus falsos huéspedes y el horror se desencadena alrededor de ellos. La casa intacta vio por primera vez la luz en 1951, cuando el discurso imperante en Holanda era el de la heroica resistencia antinazi. Leyéndola ahora no cuesta imaginarse el choque que debió suponer en aquel momento para los lectores la victoria del caos y de la bajeza frente a la altura ética que las epopeyas destinaban a los resistentes. A Hermans, que vivió la guerra y la ocupación apenas habiendo salido de la adolescencia, le interesaban más las desviaciones sádicas de la condición humana que el discurso oficial. Jamás se creyó las paparruchas sobre la unidad de los holandeses para combatir a los nazis. No todos fueron leales patriotas, por el contrario hubo colaboracionistas y aprovechados, como él mismo se encargaría de demostrar en el desenmascaramiento en los años setenta del economista Friedrich Weinreb, que se había lucrado vendiendo a sus correligionarios judíos falsas rutas para evadirse durante la Segunda Guerra Mundial. En el mundo salvaje y comprimido por la guerra de Hermans cualquiera puede disfrazarse pero resulta imposible salir de su propia enajenación mental para convertirse en otro. La empatía no existe en las situaciones límite. La casa que aparece al principio como una especie de oasis a salvo de la escabechina exterior es, al final, un pozo de inmundicia y violencia. Nada se mantiene a salvo, como escribe Cees Nooteboom en el epílogo, del “clímax pandemónico de locura, asesinato y destrucción”. En la misión sagrada del versátil escritor holandés –Hermans publicó ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas– siempre estuvo fustigar las conciencias de los lectores con la verdad, que no coincidía con la versión interesada o paniaguada de los hechos con la que el establishment pretendía contentar a la sociedad. Se dedicó a combatir ese relato oficial, en el caso de la guerra utilizando las imágenes de la ocupación que habían quedado grabadas en su memoria juvenil.

Fuente: La Nueva España

martes, 18 de junio de 2019

CAZADORES EN LA NOCHE


Cazadores en la noche
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Barcelona, 2019
343 páginas

Los efectos de la colonización no solo atañen, y atañen negativamente, al colonizado, también al colonizador. No es necesario recurrir a los grandes clásicos en África, Asia y América, que incluyen genocidios y, por tanto, asesinos, con toda la carga moral que nos mellará hasta el fin de los días, basta con mirar al entorno más próximo y lamentar el efecto del turismo. No nos atrevemos a mencionar el efecto pernicioso del viaje, dado el respeto al término que tenemos, y en el plural se incluye al mismísimo Lawrence Osborne. Sería inevitable empezar por el impacto medioambiental, pero la deducción que extraemos de esta novela no se refiere tanto a la naturaleza como a la ética, se atañe mucho a lo humano, al individuo, a errar en el doble sentido de la palabra: vagas y cometer errores.
Osborne nos guía al loadísimo mundo de los Backpackers: jóvenes que se resisten a aceptar que forman parte de la masa turista, que viajan durante unas temporadas más o menos largas, con bajo presupuesto y creyendo que la mochila es su casa, cuando su casa no deja de ser el dinero. Lo que para un europeo es un bolsillo casi vacío, en el sudeste asiático es riqueza. Estos vagabundos voluntarios tienen, a su vez, diversos estratos. La mayor parte de ellos elegirían quedarse en Camboya, en Laos, en Tailandia, en Vietnam, en Indonesia. La mayor parte de ellos no se atreven, a no ser que surjan otros lazos. Se limitan a sentirse vagabundos voluntarios y protagonizan unos viajes que empalidecen frente a su opuesto: el de los refugiados que recorren miles de kilómetros desde Asia para darse de bruces con la mala fortuna que les espera en el trastero del mundo desarrollado.
Osborne llena la novela del ambiente que tan bien conoce, al que añade esa sección de los Backpackers que, creyéndose vividores, entran en el mundo de las drogas, la tentación de la villanía y da lugar a algo que, por utilizar un eufemismo, llamaremos malentendidos. Cazadores en la noche esconde fatalismo, como los protagonistas esconden su pasado: es casi imposible que los personajes se estén labrando una buena suerte.
“En la implacable búsqueda de la felicidad no hay culpabilidad que valga, tan sólo búsqueda”, reza el narrador, ofreciendo la ruta a sus criaturas, sobre todo al antihéroe sobre el que ronda la acción, un tipo de veinticinco años, sin ambición y demasiado tranquilo. Alguien que no sabe si ha vivido, pero que con los kilómetros, las drogas, el dinero y el sexo, cree que sabe qué debe hacer para protagonizar su propia vida. Así se nos presenta esta novela que participa de una nueva forma de costumbrismo, todavía no demasiado explotada, en la que el sudeste asiático es ya el destino de nuestro descanso, como antes lo era el fin de semana en la sierra o los diez días en la playa. Hay una trama bien construida y unos seres bien atormentados que, como los viejos colonos, ignoran su tormento. Y luego está el tema del destino, tantas preguntas sin respuesta. El origen, tal vez, de la literatura.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL RÍO DEL TIEMPO


El río del tiempo
Jon Swain
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Barcelona, 2018
285 páginas


Este es un libro de viajes rescatados de las lagunas de la tristeza. Jon Swain (Londres, 1948) vuelve con la memoria a los años azules, al tiempo que vivió cerca del Mekong, cuya intensidad sentimental no le abandona. El libro es un lamento por los años huidos y por la imposibilidad de vivir en el pasado. Swain confía en que, más de veinte años después, la combinación perfecta de tiempo, espacio y, sobre todo, amor, se repita para reproducirse el paraíso dentro de él. La esperanza aquí se vuelve una trampa, de la que espera resarcirse gracias a la literatura. “El pasado dorado no podía renacer”, dice, en una aporía terrible: renacer y pasado son absolutamente incompatibles, pues cuando algo renace es para mostrarse diferente. Más adelante confesará su inútil espera: “Quizá me engañe con ensoñaciones ingenuas; quizá me haga demasiadas ilusiones sobre el pasado”. Pero soñar es legítimo y, en ocasiones, es lo único que la vida nos permite.
El río del tiempo está escrito décadas después de su experiencia como reportero en Camboya y Vietnam. Durante esa época él era más joven y supo enamorarse de los lugares que todavía no habían perdido la inocencia, de lo no contaminado, de una forma de existir a flor de vida en la que las miradas eran el alma. Su trabajo fue demoledor, pues asistió a la revolución de los jemeres rojos en Camboya y a la guerra de Vietnam desde Saigón. A pesar de ello, rescata la sinceridad de los habitantes de Nom Penh, una ciudad tranquila en la que la gente creaba vínculos reales con solo saludarse, e incluso en la capital vietnamita, acosada por los cuatro puntos cardinales. Allí conoció todas las versiones del amor: por el hermano, por las mujeres, por el trabajo, por el relato, por la justicia. En ese sentido, el libro es un trabajo de periodismo activista, dado que reivindica mucha humanidad y con ella humanitarismo.
La narración funciona como funciona la memoria: a partir de sus apuntes y diarios, se envuelve en meandros e implica a las sensaciones, a la política y a la historia, pero más que nada a su gente. Cuando permanece en lugares paradisíacos el texto se ralentiza; cuando se enfrenta al horror de la guerra y la posguerra, toma un ritmo frenético. Su memoria terminará por llevarnos a la tristeza, pues no se puede vivir con odio toda la vida y odio es la conclusión a la que llegamos de lo que presencia. Aunque para permitirnos comulgar con su biografía, Swain se entretiene en los descansos de su labor periodística.
El Mekong ha sido su hogar: los campesinos y el bosque, los aventureros y los supervivientes, el paisaje y la gente que carece de maldad. Tras cinco años, en una demostración de que la vida no te permite elegir siempre que quieres, se verá en la tesitura de volver a Europa. Solo le puede salvar repetir la experiencia emocional. De ahí que acepte ser corresponsal en Etiopía. Un secuestro de meses acabará con su carrera y sus ilusiones. A partir de ahí solo queda el lamento, pero Swain lo expresa con convicción, sin rencor, sin falsos anhelos. Leerle es vivir con él las razones por las que le cautivó Indochina, un lugar del que todos nos hemos enamorado en cuanto nos acercamos a él. El Mekong es el río del tiempo, y el gran río de la vida. El libro contiene un buen trozo de ella.

jueves, 31 de mayo de 2018

RECOMENDACIONES DE JUNIO EN SAL&ROCA


Sal&Roca junio 2018
  
El día en que nos quedemos sin mar y sin montaña

La esencia de esta sección es, precisamente, ofrecer una alternativa a nuestras salidas a escalar o a hacer surf. Y esta es la lectura. Por norma general, los títulos que buscamos son aquellos que nos pueden servir de consuelo cuando las condiciones no nos acompañan a la hora de hacer actividad. Entonces nos entregamos al mar y a la montaña a través de las experiencias de otros.
Sin embargo, llegando ya las fechas en las que las vacaciones están programadas o a punto de cuajar, nos hemos dado cuenta de que la mayoría de la gente que elige el viaje no se entrega a la sal y a la roca. Hoy hacemos referencia a esas otras aventuras, al viaje como representación de una porción de libertad.

1.- La ciudad
Bangkok
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
285 páginas

Tras azotarnos en El turista desnudo con su debate sobre lo que significa el viaje, tras reducir a cenizas lo que creíamos que era una experiencia de aventura, tras dejarnos claro que a fecha de hoy cualquier forma de viaje es una elección más o menos sofisticada de turismo, Lawrence Osborne nos presenta cómo ha dado solución a ese conflicto en su vida. Estudió en Cambridge y Harvard, pero decidió vivir en Bangkok, una ciudad caótica, llena de rincones en los que se reparte cualquier tipo de olor, cualquier esencia para los sentidos. ¿Cómo consigue alguien integrarse en una ciudad en la que siempre será un extranjero? Tal vez gracias a que ese es el estado definitivo de la sabiduría: ser extranjero en cualquier parte, incluso dentro del hogar. Así es como nos habla por igual de los habitantes como de los visitantes de la ciudad tailandesa. Una obra de un escritor con infinidad de recursos.
Los turistas viajan a Bangkok por muchas razones: una cita amorosa, una operación de cambio de sexo, una estancia en un hotel de lujo o simplemente por el hecho de desaparecer unos cuantos días. Lawrence Osborne viajó a Bangkok por la odontología barata. Una vez allí descubrió que podía vivir con unos pocos dólares al día. Y decidió quedarse. Osborne es un flâneur, se pasea por las calles de la ciudad, por los canales de la parte vieja, es un asiduo del restaurante No Hands, merodea por los barrios olvidados, los templos derruidos y los bares y clubs de alterne para mostrarnos un lugar vivo, febril, donde una antigua mezcla de la práctica budista y las nuevas costumbres sexuales ha terminado creando una versión de la modernidad que poco tiene que ver con Occidente. Como los perdedores de las novelas de Graham Greene, Osborne quizá llegó hasta Bangkok para dejar atrás su vida, tal vez porque Bangkok es una ciudad que no se parece a ninguna otra, por encarnar una nueva, fantasmagórica, y en gran parte aún inexplorada forma de vida.

2.- El río
La serpiente líquida
Alfonso Domingo
Punto de vista
404 páginas

Es el río, sí, pero no un río cualquiera: es el Amazonas. Eso supone que es el bosque de ribera, sí, pero no un bosque cualquiera: es la selva. El sueño del Amazonas sigue vivo porque junto con buena parte de los polos y del Sáhara, es de los pocos territorios absolutamente inhóspitos sobre el mapa. A diferencia de los otros dos paisajes, en el Amazonas la vida sobrepasa los límites de cualquier capacidad de integración. Pero en este caso, debemos decirlo, Alfonso Domingo se centra en su profesión. No se olvida para nada del relato, pero es etnólogo y antropólogo. Así pues, él sí decide ser un extraño, pero intenta no ser un intruso. Una combinación casi imposible de equilibrar en un viaje. Nuestro autor segoviano pone todas sus mejores intenciones en lograrlo.
Los chamanes del Amazonas tienen razón: todos los grandes ríos son viajes iniciáticos. A través de la cuenca del río Amazonas –serpiente líquida que atraviesa Ecuador, Perú, Colombia y Brasil– se pueden realizar múltiples viajes. Mientras se desciende por el río más largo y caudaloso del planeta, se escucha la sabiduría selvática de chamanes y curanderos, que diagnostican y sanan enfermedades del cuerpo y del alma. Reino del agua en el que se siente el poder de las plantas, el Amazonas es un mundo cambiante donde nada es lo que parece. Los hitos los marcan los chamanes y las plantas maestras, sobre todo la Ayahuasca, "la soga de los muertos". Este libro es un repaso por los sueños que estas tierras míticas han producido siempre en el ser humano: desde las indias guerreras del Amazonas y el oro en la época de la conquista española hasta las fiebres del proceso extractivo de los metales preciosos, el caucho, el petróleo o la incidencia del narcotráfico. Gracias al contacto con los habitantes del Amazonas se toma el pulso a la realidad diaria y a las bondades y problemas derivados de vivir en el almacén de agua dulce más grande del mundo, un ecosistema único y prodigioso.

3.- La carretera
Carreteras azules
William Least Heat-Moon
Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
615 páginas

Si nos proponemos enumerar todas las obras que ha provocado la carretera de Estados Unidos, desde Kerouac a Steinbeck, nos quedaríamos sin espacio. La carretera es una forma de abandonar la civilización sin apartarse de ella. A no ser que uno opte por carreteras secundarias y hasta por pistas forestales. Este género también está al alza en nuestro país. Pero mientras en España se refleja una vida crepuscular, la experiencia de William Least Heat-Moon nos recuerda más a las crónicas de la América profunda, ese pozo de gente que vive en caravanas pensando que son clase media y que si el día de las elecciones les cuadra ir a votar, es posible que entreguen su voto a un candidato al que poco podemos querer. Que los norteamericanos intenten explicarse, intenten explicar a sus propios vecinos, es ya un género literario. Y para ello se precisa de la carretera, en un país donde las grandes industrias acabaron con los servicios públicos de transporte.
Tras haber perdido su trabajo y a su esposa —después de un matrimonio fallido—, William Least Heat-Moon llega a un punto de inflexión en su vida y decide coger su camioneta y realizar un viaje de 13.000 millas por carreteras secundarias, llamadas «Blue Highways» porque aparecían dibujadas en azul en los mapas antiguos de Estados Unidos. Aclamada como una obra maestra de la literatura de viajes norteamericana, Carreteras azules, más que una simple novela autobiográfica, es un viaje inolvidable a lo largo de los caminos de Estados Unidos, que se adentra en las ciudades y pueblos norteamericanos menos conocidos, así como en las personas que habitan estos parajes. William Least Heat-Moon, un autor de la talla de Kerouac, según el Chicago Sun Times, partió con poco más que la necesidad de poner su casa detrás de él y un sentido de curiosidad acerca de «esos pequeños pueblos que aparecen en el mapa, si es que lo hacen, solo porque algún cartógrafo tiene un espacio en blanco para rellenar». Lugares como Remote (Oregón), Simplicity (Virginia), New Freedom (Pensilvania), New Hope (Tennessee), Why (Arizona) o Whynot (Misisipi). Sus aventuras, sus descubrimientos y sus recuerdos de las personas extraordinarias que encontró en el camino son toda una revelación de la verdadera y profunda cultura vial estadounidense.

4.- La guerra
Guerrillas
Jon Lee Anderson
Traducción de María Tabuyo
Sexto piso
336 páginas

Traemos este libro por la calidad de las crónicas de su autor. Con eso es suficiente como para que figure entre las recomendaciones. Jon Lee Anderson se maneja en el periodismo como si hubiera nacido para contarnos los reportajes de guerra con un talento parecido al de García Márquez para la prosa. Así pues, esta es nuestra última iniciativa hoy. Sabemos que no son muchos los que se entregan a ella, y sabemos que admiramos a los pocos que lo hacen. Pero ahí está, el viaje al conflicto, el reportaje, el valor que tienen unos pocos a los que tendríamos que tratar con reverencia, pues de no ser por ellos, apenas conoceríamos lo que sucede. Y siempre es mejor saber, mucho mejor que la técnica del avestruz, que, al fin y al cabo, deja el culo expuesto al viento. Para leer Guerrillas ya hace falta valor. Os animamos a tenerlo.
Si bien en la actualidad a todo aquel dispuesto a llevar a cabo actos violentos para protestar por el orden de cosas existente se le califica, casi universalmente, de terrorista, hace apenas medio siglo la figura del guerrillero era el símbolo por antonomasia de la lucha para la transformación de la sociedad por la vía armada. Más allá de su éxito específico para tomar el poder en Cuba, la revolución del Che y de Fidel sirvió de inspiración para cientos de movimientos a lo largo y ancho del mundo, la enorme mayoría de los cuales no consiguió su objetivo último. Sin embargo, como muestra todavía la resistencia zapatista en el sureste mexicano, el poder simbólico en el imaginario colectivo puede trascender ampliamente el impacto concreto de la lucha armada.

En este libro clásico sobre el fenómeno de las guerrillas, Jon Lee Anderson aborda con su habitual minuciosidad y claridad uno de los fenómenos cruciales para comprender la historia de la segunda mitad del siglo xx. Para realizarlo, viajó para conocer in situ y de primera mano las realidades de los muyahidines de Afganistán, el fmln de El Salvador, el Ejército de Liberación Nacional Karen de Birmania, el Frente Polisario del Sáhara Occidental, y células palestinas que lu­chaban contra Israel en la Franja de Gaza. Independientemente de la suerte 
experimentada por los distintos movimientos guerrilleros, el aliento que recorre su investigación es «comprender qué es lo que motiva a la gente común para ir a la guerra, para tomar la decisión consciente de matar y morir por un ideal que existe, al menos al comienzo, tan sólo en sus cabezas. Me pareció que el primer paso era el crucial, pues implicaba el cruce de una línea invisible, hacia un territorio en donde la muerte, y no la vida, era la principal certidumbre».

domingo, 13 de mayo de 2018

RÍO REVUELTO


Río revuelto
Joan Didion
Traducción de Javier Calvo
Gatopardo
Barcelona, 2018
312 páginas

Sacrificada bajo adjetivos como costumbrista, esta joven novela de Joan Didion es un relato enmarcado en un estrato social en el que salirse del costumbrismo es una obsesión. La gente que pretende ser diferente por elegir mejor el momento de beber el mejor whisky está a la orden del día, siempre y cuando pueda permitirse el pagarlo. Si además la obra está ambientada en California, que en Estados Unidos equivale a los viajes al sur en Europa, en un sentido metafórico, y a los viajes al norte en un sentido práctico, el engaño del retrato de una sociedad está servido. Joan Didion escribió esta novela mientras redactaba pequeños párrafos para revistas de moda y para ello creó sus personajes y las situaciones a partir de lo que conocía con más inmediatez. De ahí ese resultado, la atmósfera que tendemos a confundir con el tema. Pero en realidad este es un libro sobre la farsa y el amor. En este libro se mete el escalpelo en la familia como farsa y en la búsqueda de la pareja como farsa. Pero no siempre es así. La gente quiere y es querida porque no cabe otra opción. Diferenciar la realidad y el deseo es una cuestión que Joan Didion trae a la novela desde el lugar donde habitualmente se ha estudiado: la poesía.
Nos ubica en un país que sale de una recesión. Las connotaciones inevitables son las de crear dos generaciones separadas: la que la vivió y la superó y la que se crio sin darse cuenta de que se estaba saliendo de una crisis. Para tal representación se centra en una familia que ha vivido, y ha vivido con un nivel de gasto alto, gracias a sus plantaciones de lúpulo. Ahora sabemos que puede tener fines fitoterapéuticos, ahora y en la época de los romanos, cuando utilizaban almohadas de lúpulo para combatir el insomnio. Pero estas plantaciones estaban destinadas a complementar la malta en la fermentación de la cerveza. Apenas tienen valor en la actualidad, o en la actualidad que se nos representa. La plantación es una metáfora de la transformación industrial. En resumen, el momento de transformación que se apodera de la novela tiene su escenario y sus años bien definidos, pero se pueden trasladar a otras épocas y otros lugares.
Como se puede hacer la consistencia de los principales actores, gente de la que dudamos mucho, de la que dudamos su consistencia como adultos o como adolescentes. En las clases altas también es difícil crecer y asumir que uno tiene que pasar de la juventud a lo otro. La juventud es le época de los sueños, de los viajes al sur o a California, del amor loco, y lo otro es la obligación social de integrarse, de crear la farsa de una familia que a lo largo de los veinte años que abarca la vida de sus miembros, los retratados en la novela, no terminan de dar el salto. Joan Didion nos descubre que lo que creíamos propio de una persona o una sociedad, lo es también de una familia. El final llegará antes de que haya tenido tiempo de tomar consistencia la actualidad, el “nosotros” tal y como somos, con nuestra forma de querer puesta a la vista. Con este material, Didion hubiera firmado una obra maestra de haber escrito la novela años más tarde. Ella misma reconoce que no terminan de encajar las piezas. Pero eso a nosotros no nos afecta. Es una buena novela y nos bastaría con no pensar en que nos enfrentamos a una de las grandes escritoras americanas de todos los tiempos para apreciarla como tal.

martes, 13 de febrero de 2018

MI LONDRES


Mi Londres
Simonetta Agnello Hornby
Traducción de Teresa Clavel
Gatopardo
Barcelona, 2015
305 páginas

Había una fusión de colores y sonidos, de dulce sabor ahumado y reflejos de sol más allá del tapizado de nubes. A veces, la realidad es una ficción que hemos deseado haber vivido. Cuando se establece el viento morado, la memoria es una fantasía en la que se reproduce la realidad tal y como ha sido: un solar abandonado donde la carcasa de un coche era el tren con el que cruzar continentes poblados de peligros dibujados con la mente en el aire. No importa que en ese solar ahora apunte al cielo un hotel con una metálica forma de ojiva. Siempre sabremos que por la noche ahí está la estrella polar, marcando el norte, la dirección que debemos seguir para no perder el camino. La palabra desnortado no es gratuita: el norte es el destino de las aves que regresan de pasar fuera el invierno. Toda esa lírica con la que programamos los paseos por la naturaleza, Simonetta Agnello Hornby (Palermo, 1945) es capaz de trasladarla a una gran urbe. Tal vez porque lo que predomina en Londres no es el asfalto. Agnello Hornby, con el talento con que un entomólogo caza mariposas a lazo para luego dejarlas flotar de nuevo, describe el Londres de su memoria destilando los mismos cuatro valores que Emerson adjudicaba a nuestra relación con la naturaleza: Virtud, Talento, Libertad, Amor.
Su sinceridad, como la de Isak Dinesen en Memorias de África, procede del sosiego que puede acompañar a la senectud, si uno lo elige. Con ella, echamos de menos lo que no hemos vivido. Porque de eso se trata, de conseguir que lo revivamos. Pero, a diferencia de Dinesen, la existencia de Agnello Honby no es nada semejante a una aventura, no es una epopeya. Eso hace más meritorio este libro, humilde, sano. Un libro bueno al igual que existen las personas buenas. Una muestra de que todo puede resolverse con cortesía, anécdota tras anécdota, que es como se forja una vida, y no con cualquier matraca de equilibrios del lenguaje o composiciones narrativas en régimen de círculos concéntricos. Su sencillez da envidia. Ha destilado su experiencia como inmigrante a lo que de verdad importa, que es la gente. Su origen siciliano, con costumbres arraigadas, debería haber supuesto una traba que ella, por intuición, transforma en deleite gracias a la curiosidad. Tan hondo es el pozo en que bebió al nacer, que se pasó cada minuto en Londres adaptándose, para sumar así segundos y segundos de felicidad.
Abogada de formación, se ve inmersa en un mundo cosmopolita, acogedor, en el que inmediatamente comienza a preocuparse por la que será su tribu: los vecinos, los compañeros de trabajo, el paisaje humano con rostros pero sin nombres, los clientes analfabetos, sus hijos. Y también otro londinense de adopción: Samuel Johnson. Coexisten en el libro dos bondades, la suya, innata, y la del pueblo londinense, oficial, pero tan atávica que es parte de una de las grandes ciudades en las que merece la pena vivir. De ahí ese empeño en poseer un lenguaje común con todo el mundo, que como es bien sabido, cabe en la cabeza de un alfiler, y por tanto también en un callejón de Londres. Los episodios se desgranan con la velocidad del pensamiento, reducidos a querer y ser querido. Algo que ella encuentra, por otra parte, en la literatura, en la buena literatura. Algo que ella consigue transmitir en este maravilloso viaje estático.


 Fuente: Culturamas