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miércoles, 4 de febrero de 2026

AUTOBIOGRAFÍA DE MIS PERROS

 

Autobiografía de mis perros

Sandra Petrignani

Traducción de Andrés Catalán

Nórdica

Madrid, 2026

219 páginas


 


El problema que se destila de la denuncia de este libro de memorias, el asunto que se denuncia es cuánto hay de farsa en las relaciones personales. Sandra Petrignani (Piacenza, 1952) elige a los perros como eje vertebrador de la obra, pero lo que se deduce es el aprendizaje necesario para relacionarse con las personas, sobre todo con las parejas, aunque también con algún amigo íntimo. Con los perros las relaciones son más sinceras, especialmente para alguien que demuestra toda su sensibilidad en el cariño hacia las mascotas, entre las que también se incluye algún gato: «Y quién sabe, tal vez si hubiéramos llevado nosotros también una máscara habríamos encontrado el valor de seguir otro destino aunque solo fuera por el espacio de un día». El comentario, que surge a partir de una vivencia durante los multitudinarios carnavales de Venecia, podría ser también una metáfora acerca de nuestra actitud en las relaciones: gracias a las máscaras podemos disimular, podemos transformarnos, podemos eliminar de nuestro interior hasta los sentimientos de culpa, pues, al fin y al cabo, todo fue una actuación.

Autobiografía de mis perros es uno de esos libros que los autores consideran imprescindibles, pues algún capítulo ha quedado sin cerrar y les gustaría revisitarlo. Petrignani hace una demostración de sensibilidad a lo largo de cada página, en la que despliega un estilo funcional, más de registro que con intenciones expresivas. Su talento no está ahí, sino en la selección de episodios significativos, esos que uno atesora, esos que le han modelado y que, a la fuerza, no pueden haber significado nada malo. De hecho, las asociaciones y el orden nada cronológico que sigue, nos habla de una persona que por fin se da libertad a sí misma, y esa libertad, que no es la de las grandes aventuras, que es cotidiana, la comparte con el lector. Como comparte que el espíritu creativo tenga muchos vínculos con los catálogos de amores. Aunque el impulso, la chispa que ha encendido este motor, nos golpea hacia el final del libro, un episodio que no desvelaremos, pero que justifica con creces la necesidad de relatar a través de la compañía de las mascotas, mientras nos describe también la compañía de las mascotas. Petrignani en realidad está hablando de las dificultades de lo civilizatorio, lo que construimos los humanos, incluidas las relaciones, frente a lo natural de lo poco salvaje que se nos permite en las ciudades, que son los animales de compañía. Cada perro y cada gato ha sido una amistad fiel, constante, sin altibajos, sin farsa, sencilla, mientras que las de las personas están sujetas a demasiados desencuentros, a demasiados malentendidos, a demasiados despechos innecesarios.

Al final conviene poner en su sitio nuestras propias leyendas. Recordamos a cada persona que hemos conocido con una estatura que, sin darnos cuenta, hemos adjudicado. Conviene preguntarse si esa estatura es la que les corresponde, si hemos atinado en la creación de nuestros mitos, si la memoria acierta, si no nos convendría reconciliarnos ajustando nuestro pasado, que es tanto como decir los vínculos que fuimos creando y la calidad de esos vínculos. El problema, que Petrignani trata de solventar, es el de extraer la parte más tierna de cada relación y ponerla por delante de cualquier tipo de malestar. Sabemos que no existe posibilidad de decepción cuando hablamos de nuestros perros; sabemos que el único inconveniente que tiene su compañía es el dolor de la pérdida; sabemos que nos dirigen un cariño incondicional y que está justificadísimo eso de llamarlos el mejor amigo del hombre; ahora se trata de poner en su sitio, precisamente, a quienes deberíamos responder con la misma lealtad, a quienes deberíamos aprender el sentido de la amistad de estos animales. Autobiografía de mis perros es un libro sencillo sobre un tema que nos acompaña desde que el ser humano aprendió que somos seres tan pensantes como sintientes: por qué no cerramos las heridas que se provocaron en las relaciones con los demás.


Fuente: Zenda

miércoles, 28 de mayo de 2025

LOS PÁJAROS

 

Los pájaros

Tarjei Vesaas

Traducción de Juan Gutiérrez-Maupomé, Bente Teigen Gundersen y Mónica Sainz

Nórdica

Madrid, 2025

274 páginas

 



Seguimos soñando con el huerto de Horacio, con ese horizonte que queda a nuestra espalda, cuando nos damos cuenta de que hemos caminado toda la vida en dirección equivocada. Tras el empeño de llenar la cuenta del banco y estar convencido de que la mejor forma de pasar los fines de semana es dedicándose a cocinar una paella para la familia, pasamos a soñar, en los momentos lúcidos, con sacar agua del pozo, dar pienso a las gallinas, recoger espárragos silvestres o tumbarnos en la hierba a ver pasar las nubes. Todo es muy lírico en nuestra imaginación, que nos presenta unas estampas que dejan la tranquilidad propia del Mindfulness a la altura del betún. Pero mañana volveremos a nuestra clase de yoga, tras una jornada entre ruidos urbanos y neurosis de vida contemporánea. Sin embargo, el bosque también puede tener sus miserias y la cabaña soñada ser una trampa, un lugar donde se esconde algo que interrumpe la calma.

Dos hermanos de mediana edad, protagonistas de esta novela, viven en uno de esos lugares que dibujaría un niño si le pides que retrate el sitio donde le gustaría vivir: naturaleza, casita y un lago. Pero estos dos hermanos parecen ser la versión adulta de algunos de los protagonistas de los clásicos cuentos de hadas, esos huérfanos abandonados que, como Hansel y Gretel, se internan en el bosque. Y en los cuentos de hadas se esconde también la desdicha. Uno de ellos, el varón, Mattis, sufre algún retraso, hasta el punto de cargar con el seudónimo de El Simplón en la comarca. Su hermana, Hege, de cuarenta años, es la que sostiene el hogar, habiendo renunciado a otra forma de vida en la que Mattis no participaría tan simbióticamente. Mattis, a quien acompañaremos todo el rato como persigue una cámara al protagonista de la película, posee, eso sí, ciertas cualidades sensibles: el lenguaje le resuena en las paredes del cráneo y está convencido de entender el lenguaje de los pájaros en algunas ocasiones. El dibujo que hace de él Tarjei Vesaas (Vinje, Telemark, 1897 – 1970) nos lleva a pensar en alguien que en otras condiciones habría sido artista, un artista tal vez limitado, pero alguien con una expresividad sensible. Sin embargo, su limitación es tal que apenas puede ayudar en las tareas del campo y ni siquiera entiende que no tiene sentido ser barquero de un lago por el que no circula nadie.

La novela nos habla de la intención constante del protagonista por renovarse, por rehacer una rutina, y el constante tropezón que supone encontrarse una y otra vez con las inercias. Eso sí, está convencido de que el vuelo de los pájaros debe decirnos algo especial mientras intenta elaborar una integración social. Pero para integrarse uno debe tener cierta capacidad de actuación, y eso en Mattis es imposible: no es capaz de fingir, como no lo son los niños. Las ilusiones de Mattis, y sus miedos, son de una ingenuidad infantil. Así hasta que aparece en el bosque otra figura, un tercer actor, un leñador, otro tópico reciclado de los cuentos de hadas, del que se enamorará su hermana, y revolcará las poquitas certezas que Mattis tenía. ¿Qué somos sin nuestra ancla? Esa es la pregunta que debe responder al final de la obra, una obra que destaca por su compasión, esa cualidad humana que nos lleva a padecer lo que padecen nuestros congéneres, y que a medida que pasan los años, apreciamos más como el principal fundamento de calidad de una novela. Será la compasión la que haga de Los pájaros una obra que se quedará a vivir en la memoria.

miércoles, 26 de febrero de 2025

A ORIENTE POR EL NORTE

 

A Oriente por el norte

Anne Morrow Lindbergh

Traducción de Blanca Gago

Nórdica

Madrid, 2025

215 páginas


 


El inicio famoso de Anna Karénina que ideó Tolstoi, ese que se refiere a las familias felices y a las infelices, para aclararnos que son las tragedias las historias que merece la pena ser contadas, ha sido denostado con contundencia en muy pocas ocasiones. Nos referimos a relatos que nos hablen de la alegría de vivir, algo que no lo van a retransmitir los hechos, ni la trama ni, lo diremos con atrevimiento, la psicología de los personajes. La alegría de vivir viene impuesta por el tono de la narración. El ejemplo más patente que se nos ocurre no viene de la mano de la literatura, sino del cine, y se titula Cantando bajo la lluvia. Esa misma alegría de vivir es la que contiene este libro de viajes, A Oriente por el norte, escrito por la que fuera mujer del famoso aviador Charles Lindbergh, Anne Morrow Lindbergh (Englewood, 1906 – Vermont, 2004). Nos relata la peripecia que fue viajar en avión desde Nueva York a China atravesando el estrecho de Bering por el camino. Y nos habla, con toda la inocencia que puede contener la literatura, sobre la libertad, que se iguala con tanta frecuencia con el vuelo, pero que aquí viene a significarse sobre todo por el descubrimiento. «No se trata de lo que nos pareciera Rusia, sino sus gentes, y a mí me gustaron», sostiene, y anuncia que esta es la réplica que está dispuesta a dar cada vez que le pregunten por ese país, una mujer que afirma, en una de las primeras páginas, que «El cuento de hadas de ayer es el hecho de hoy. El mago camina solo un paso por delante de su público».

Estamos en el inicio de la década de los treinta cuando emprenden este viaje, planificado con mimo, como deben planificarse siempre las aventuras, porque las aventuras hay que cuidarlas. Confiesa la autora que emprende el viaje con la mochila del desconocimiento, y a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuentas de que posee uno de los grandes dones que hacen a la gente grande: las ganas de aprender. Así pues, lo que consigue transmitir es sorpresa. Y esta sorpresa la encontraremos mayormente en las escalas, no en los desplazamientos. La sorpresa vendrá por el estilo de vida de la gente con la que irá topando. Comenzando por esos habitantes de territorios que más parecen de exilio que vitales. Lugares inhóspitos donde las personas se apañan para vivir casi aisladas, lugares donde tendrá lugar lo inusitado, donde comprobaremos que llevar a los humanos al límite de lo humano no tiene que significar privarles de humanidad. Y luego vendrán los encuentros en Japón o China, culturas tan diferentes, educaciones tan distintas que se nos hace inconcebible la convivencia perpetua, pero sí la elaboración creativa a partir del encuentro.

Hay algún pasaje en el que se describen las vistas desde el avión o se atraviesan fenómenos meteorológicos, y algún momento en el que los protagonistas de la aventura debieron de pasarlo mal. Pero eso no impide que la impresión de belleza y de epopeya se imponga con alegría. Estamos frente a un relato en el que se nos habla de distancias y de culturas, pero en el que no existen las fronteras, ni las físicas, ni las geográficas ni las mentales. Estamos ante una autora agradecida por vivir, y eso, a su vez, lo agradece el lector. Será ella quien mejor lo exprese al inicio del libro: «Y es que, aunque suene paradójico, cuanto más irreal se vuelve una experiencia —traspuesta la acción real en palabras irreales, símbolos muertos de la propia vida—, más vívida resulta. Y no solo parece más vívida, sino que su núcleo esencial se esclarece».

viernes, 14 de febrero de 2025

HISTORIA NATURAL

 

Historia natural

Andrea Barrett

Traducción de Magdalena Palmer

Nórdica

Madrid, 2025

235 páginas

 

 


No es que queramos desvelar el final del último (y tal vez más importante) de los relatos que componen Historia natural, pero la propia Andrea Barret (Boston, 1954) nos facilita una buena pista sobre la intención, y el logro, de su literatura: «”¿Por qué?”, le preguntaba la gente (…) solo podía decir que no lo sabía (…). Que se había sentido sola en su antigua vida». Pero la soledad no acaba ahí: el personaje se ha sentido fagocitado, ha dudado sobre si pertenece a un grupo y ha temido pertenecer a él. Odia y ama su trabajo, porque le gusta la actividad, pero la aleja del mundo. Desprecia y necesita los halagos. No puede dejar de pasar por el mundo sin dejar cicatrices y sin llevarse algunas cicatrices puestas. Y luego están los cambios, que se nos imponen o que no llegan a suceder porque nos encabezonamos en permanecer, o que somos nosotros los que cambiamos, o no, o que lo único que cambia es la ciencia. No saber y pasar por el mundo dándonos cuenta, en definitiva, de que sí vamos aprendiendo. Así se manejan los personajes de estos relatos, que son figuraciones que pertenecen todos a un mismo grupo, a una misma familia y al entorno de esta familia. De hecho, se incluye, unos árboles genealógicos entrelazados a modo de apéndice para poder seguir los vínculos entre los personajes.

Barrett vuelve a utilizar voces de narradores tranquilos, a veces en primera persona, otras en tercera, para mostrarnos trozos de vida. No hay grandes fantasías ni enormes golpes de efecto, pero sí la afectación que nos puede provocar sentir que lo que estamos leyendo ha podido ser real, y como tal merece la pena contarse. Comienza por llevarnos a la época contemporánea de Darwin, lo cual no es una coincidencia en esta autora, aficionada a la historia natural, amante de la ciencia y la naturaleza. Y a medida que vamos avanzando cronológicamente, con cada relato, se la época queda como algo más que un decorado, es una condición. No se trata de que subyugue a los personajes, sino de que les centra en lo que atañe a la relación: van cambiando las inquietudes, van evolucionando las actividades, y tanto inquietudes como actividades están enfocadas al conocimiento, a las ganas de ampliar el mundo.

Estamos ante un elenco de personajes femeninos, muchas de ellas mujeres naturalistas, de origen más bien humilde. La intención de Barrett es una digna y serena reivindicación de mostrar que la historia no es lo que figura en los libros de texto, sino aquello que le ha ido sucediendo a las personas. Sí que el tiempo que nos toca vivir nos impone muchos sesgos, pero Barrett también nos habla sobre lo universal, aquello que se da entre las relaciones, entre los seres humanos y entre los seres humanos y el entorno natural, que ha sido, es y será universal. Uno se atrevería a decir que eterno si no es por que teme que la muerte de la historia natural del planeta esté en ciernes.

El libro se termina con el relato que da título al volumen, en el que comprobamos que lo que más posibilidades tiene de salvarnos, lo que nos hace humanos, sigue siendo la memoria. Y esta memoria es personal, por supuesto, pero también familiar. Andrea Barrett ha compuesto un bonito libro sobre los asuntos que más importan y menos histeria producen, lo cual es muy de agradecer en los tiempos que corren.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

PAN

 

Pan

Knut Hamsun

Traducción de Kristi Baggethun y Asunción Lorenzo

Nórdica

Madrid, 2024

145 páginas

 

 


Al inicio de esta novela, Knut Hansum (Lomnel Gudbrandsdal, 1859 – Grimstad, 1952) nos presenta a un personaje que representa buena parte de lo que queremos ser en ocasiones de crisis: aquel que hace de la soledad un beneficio buscado, aquel que la transforma en solitud. El cazador nórdico que vive en los bosques, en compañía de su fiel perro Esopo, tiene mucho de Robinson, pero también de Tarzán y, buscando paralelismos por todos lados, hasta de Henry David Thoreau: «Bueno, yo no mataba por matar, mataba para vivir. Ese día me hacía falta solo un urogallo, por eso no maté dos, sino que dejé el otro para el día siguiente. ¿Por qué iba a matar más? Yo vivía en el bosque, era hijo del bosque». Esa soledad se verá interrumpida, pero en su discurso querrá retornar a la calma que ella supone en cualquier situación: «Me alegro de estar solo, de que nadie pueda verme los ojos», dice más avanzada la obra. La naturaleza y la lealtad de su animal de compañía son garantes de equilibrio. Pero el equilibrio es algo que uno debe mantener, no viene solo.

Un día aparece en la vida de nuestro cazador la ternura y el deseo sexual. A partir de entonces, presa de la debilidad que no sabemos si debemos permitirnos, el protagonista balbucea vitalmente, duda sobre su propia identidad, como si no supiera si es ese cazador duro y autosuficiente, o el ser que desea, el que se enamora. Él es un tipo de mediana edad, ella una joven de veinte años que aparenta quince, y que al igual que él, pero en un terreno más social, no parece entregarse a nada ni a nadie, no parece tener cuentas que rendir. Y esta libertad aparente hacen de ella un ser mucho más atractivo. ¿Será posible que seamos incapaces de reconciliar dos formas diferentes de belleza? Esa dificultad lleva al protagonista a convivir con otros humanos, momentos que aprovecha Hansum para crear un ambiente coral, una serie de encuentros con gente de mentalidad mundana que sustituyen a los ruidos y los silencios del bosque. A partir de entonces, el autor construye una novela que contiene la tensión de muchas obras clásicas del romanticismo, de todas aquellas que versan sobre los amores imposibles: «La segunda noche de hierro: el mismo silencio y el tiempo templado. Mi alma medita». Más adelante nos presenta actitudes propias de quien sufre mal de amores: «¿Por qué mirar tanto tiempo el fuego?».

Pan es una obra que nos muestra lo que supone que alguien te arranque de tu ecosistema. Lo grave es que la tragedia sucede porque somos débiles, si es que enamorarse, caer en un amor imposible, es una debilidad. En este caso, eso parece. Y, por tanto, lo que se anuncia todo el rato es tragedia. La novela comienza con belleza, mientras paseamos por el bosque, y se va internando en las circunvoluciones del alma cuando el alma no está tranquila. De hecho, nos dice que seremos capaces de los actos más terribles, pensando que son actos de amor, porque la confusión nos supera, dará buena cuenta de nosotros. La obra está repleta de simbolismos, desde los contrastes entre los medioambientes hasta las estaciones del año —se conocen y enamoran en primavera y la relación toca a su fin en otoño—, como sucede en buena parte de la literatura romántica. La editorial Nórdica continúa recuperando la obra del Premio Nobel Sueco que, confesó, sentía especial admiración por Dostoievski, y al igual que el ruso le obsesionaba que el alma humana no fuera capaz de soportar los inevitables tormentos que supone querer y ser querido, aborrecer y ser aborrecido.


Fuente: Zenda

sábado, 2 de noviembre de 2024

LA CIUDAD

 

La ciudad

AA.VV.

Nórdica

Madrid, 2024

134 páginas

 



Cabe conocer los nombres y también conocer las virtudes. Los nombres son fáciles, las virtudes son tan poco consistentes como una duda. Si hablamos de botánica, podemos decir que no hay rosa sin espinas, no hay planta curativa que no contenga una cantidad suficiente de principio activo que pueda ser utilizada como veneno. En lo que atañe a las ciudades, el análisis es mucho más complicado: demasiada gente depende de ellas, como se depende de cualquier droga que es tóxica si subimos la dosis, y que produce ansiedad si dejamos de tomarla un solo día. Es fácil de entender un testimonio de amor a la naturaleza, pero más complejo, si es que existe, el de amor a la urbe. ¿Qué es lo que podemos decir sobre ella, sobre el lugar en el que habitamos la mayoría de nosotros? Podemos hablar de hábito, por ejemplo. Aunque lo que más caracteriza a una ciudad es que la gente no se conoce. Ni siquiera se saluda. En cierto sentido, se puede afirmar que existen los cuerpos, pero no las personas.

Este volumen recoge nueve escritos que se reúnen entorno a nueve ciudades, nueve testimonios de muy diversa índole, pero todos ellos centrados en espacios donde se reúne demasiada gente: Nueva York, Río de Janeiro, Praga, Ciudad de México, Jerusalén, Roma, Bombay, París y El Cairo. Son ciudades paradigmáticas, no urbes pequeñas, ni medianas. Son agrupaciones de millones de personas y millones de toneladas de hormigón y asfalto. Y eso, suponemos, imprime carácter. Pero el interés literario de la recopilación está en la versatilidad creativa que puede brotar desde la ciudad. Zadie Smith defiende lo contradictorio que puede resultar Nueva York, asegurando que sus habitantes no son escoria y entendiendo la agrupación humana como un principio social y organizador en la que «los vínculos se forman y disuelven con una fluidez tan vertiginosa como la fuerza que son capaces de mostrar durante su breve existencia». En la ciudad, reconoce, es posible convivir sin verse. Clarice Lispector escribe una carta a partir de un engaño o un desengaño amoroso, donde se cuestiona si debe alejarse de la ciudad; aquí entendemos que nuestras situaciones están vinculadas al lugar, tal vez en exceso. La Praga de Bohumil Hrabal es kafkiana, es decir, contiene un punto exacto de demencia como para no entenderla ni rechazarla. Su texto nos va mostrando gente que se sale de lo que consideramos normal: «Todo se deforma en la goma de la perspectiva», termina por decir. Valeria Luiselli recuerda un México que amenaza destruirse. El poema de Najwan Darwish sobre Jerusalén versa sobre la invención, lo no natural, que es la propia poesía y la propia ciudad, aunque a estas alturas demos por sentado que lo natural es que ambas existan. Igiaba Scego se centra en la vida de migrantes somalíes para tratar sobre lo que no acostumbramos a ver cuando visitamos Roma. Saadat Hasan Manto vuelve a unir pobreza y dignidad para mostrarnos la vida de una mujer en Bombay. El texto sobre París es de Philippe Jaccottet y nos remite a un instante de pureza. Radwa Ashur escribe sobre su propia biografía y la vincula a la historia de su ciudad, El Cairo, para explicarnos por qué necesita seguir escribiendo.

El conjunto es un hermoso libro sobre el espíritu de la ciudad, un libro que tiene algo de homenaje, algo de reconciliación y algo de denuncia. Y, como siempre en las ediciones ilustradas de Nórdica, editado con muchísimo esmero.

viernes, 15 de marzo de 2024

ELOGIO DEL CAMINAR

 

Elogio del caminar

Leslie Stephen

Traducción de Andrés Catalán

Ilustraciones de Manuel Marsol

Nórdica

Madrid, 2024

61 páginas

 



«Dicen los moralistas que cuando un hombre empieza a envejecer podría hallar algún consuelo a los crecientes achaques si echa la vista atrás a una vida bien aprovechada». Así comienza este precioso texto de Leslie Stephen (Londres, 1832-1904), conocido por ser el padre de Virginia Woolf. Su vida no se redujo al oficio de paternidad: Stephen fue presidente del Club Alpino londinense y editor de Alpine Journal. Es decir, Stephen estaba enamorado del aire libre y los beneficios de la vida al aire libre, que en la primera página de esta reflexión define a través de las palabras disfrute e inocencia. ¿Existe, acaso, un disfrute real si uno vive dentro de los antónimos de la inocencia: malicia, fullería, desconfianza, estafa? No. Porque los antónimos de inocencia producen dolor y el dolor es la máxima contaminación que existe en el mundo. Así pues, estamos en la balanza que pone a un lado la contaminación y al otro el aire libre, a un lado la inocencia y al otro la maldad.

Pero Stephen no nos habla de caminar como una gran hazaña, como un ejercicio deportivo, a pesar de mencionar a quienes recorren hasta cuarenta kilómetros cada día. Stephen vincula el paseo a la literatura, sobre todo a la literatura que comulga con la poesía o es, directamente, poesía. Su doctrina, expone, consiste en defender que «caminar es la mejor de las panaceas para las tendencias mórbidas de los escritores». Mórbidas, nada menos. Mórbida es cualquier forma de neurosis, la tendencia a la autocompasión en tiempos de crisis o la cobardía. Ante cualquier situación angustiosa, uno debe imaginar que su cuerpo es un agua de plata o es aire, pero no el aire mil veces respirado en las ciudades, sino el aire que vuela entre los árboles del bosque, sobre las praderas o acariciando el filo de la montaña. «Pequeñas imágenes de paisajes, que a veces no tienen que ver con ningún lugar concreto, me traen el leve aroma de antiguos paseos en agradable compañía, solitarias meditaciones y agotadores ejercicios, y sería un completo sinvergüenza si no reconociera que le debo ese relativo mérito a la inofensiva monomanía que tantas veces me llevo, por decirlo con una frase de Bunyan, de las diversiones de la Feria de las vanidades a las Montañas deliciosas del pedestrianismo». Así concluye este hermoso alegato a favor de una vida en la que los pies sean la fuente de contacto con la naturaleza.





 

viernes, 8 de marzo de 2024

EL VALOR DEL AGUA

 

El valor del agua

Julio Llamazares

Ilustraciones de Antonio Santos

Nórdica

Madrid, 2024

60 páginas

 



El verdadero valor del agua es la tierra. Es decir, no hay tierra que no le deba al agua su existencia, sus nutrientes, su vida. Por otra parte, a lo que más se debería parecer la memoria es al agua: liquida la sed, se adapta a la forma y hasta nos recuerda al líquido amniótico en el que habitamos los meses más seguros de nuestra vida. Sin embargo, hay versiones referidas al agua que dan al traste con la vida: estas tienen que ver con la civilización. Ahora que se trata tanto acerca de los pueblos abandonados a merced de algún pantano, un tema al que ya había recurrido anteriormente Julio Llamazares (Vegamián, 1955), llega este pequeño relato, El valor del agua, a recordarnos que el mundo está en liquidación. Volvemos a la memoria, que en la literatura de Llamazares es tanto como decir que volvemos a los ancianos, a los que están cerca de desaparecer. Y debemos hacerlo no con imaginación, ni con atrevimiento, ni con nada que tenga que ver con esa inteligencia que rueda entre la materia gris: volvemos a ellos con la única expresión válida de respeto, que es el cariño. La relación entre un abuelo y su nieto sirve para componer esta sencilla historia sobre la melancolía, sobre los tiempos que jamás regresarán y que morirán con nosotros. En realidad, nos recuerda todo lo que vale lo que echamos de menos, lo que hemos querido.

Cabe decir que al texto acompañan unas ilustraciones (o tal vez las ilustraciones sean las verdaderas protagonistas) de carácter naif, en blanco y negro, que nos recuerdan a los grabados de linóleo. Hay en ellas mucha inocencia, pero también un punto exacto de lo sombrío. No son puro deleite, si no una forma de advertencia contra el éxito del desarrollo de la civilización, con todas sus invenciones, que nos llevan al olvido de lo que de verdad importa: querer y ser querido.

El valor del agua es un hermoso texto de Julio Llamazares sobre la pérdida, la vejez, la tierra y el agua. Un libro para lectores de diferentes generaciones.

«Cierra el grifo, que se gasta el agua. Siempre que Julio se dejaba un grifo abierto, escuchaba a su abuelo repitiéndole lo mismo: “Cierra el grifo, que se gasta el agua”. O bien: “No malgastes el agua, que cuesta mucho”. Parecía como si el hombre no pensara en otra cosa más que en el agua». Julio contempla cómo su abuelo va envejeciendo en un lugar que no es su casa, recordando lo que dejó atrás: amores, trabajo, naturaleza y, sobre todo, la pérdida de un pueblo inundado por el agua. Julio Llamazares narra, a través de la mirada de un niño hacia su abuelo, cómo se viven la pérdida y la vejez.







lunes, 15 de enero de 2024

DE UNA BATALLA PERDIDA

 

De una batalla perdida

Svletana Aleksiévich

Traducción de Marta Sánchez-Nieves

Nórdica

Madrid, 2024

47 páginas

 



Pero, en nuestros días, cuesta hablar de amor

 

Un cuchillo sólo debería servir para cortar el pan. Repartir el pan debería ser una de las expresiones más hermosas de amor: uno se emociona cuando comparte desde el afecto. Pero al descubrir las herramientas, incluidas las que sirven al amor, el hombre creó también las armas. Así se han unido simbióticamente Eros y Thanatos, querer y matar, a través los mismos objetos. Luego, eso sí, vinieron las sofisticaciones, que terminaron en armas capaces de liquidar cien mil vidas en un único disparo. Querer hablar de amor y encontrarse con las consecuencias de la guerra. En eso ha consistido el proyecto literario de Svletana Aleksiévich, que tal vez sea la escritora galardonada con el Permio Nobel más merecido desde William Faulkner. El paisaje después de la batalla, las cenizas tras el desastre, son el sustrato desde el que extrae literatura. Demostrar que sobre el esqueleto y entre el aire quemado sobrevive la humanidad, su mayor logro.

«Vivía en un país donde nos enseñaban a morir desde pequeños», dice la escritora bielorrusa en este De una batalla perdida, que reproduce el discurso de la autora durante la entrega del Premio Nobel. Nos recuerda que lo que importa es relacionarse, ser en relación con los demás, con cada individuo y con el colectivo. Lo que se debe sentir, entonces, es la pequeñez, darnos cuenta de lo minúsculos que somos si tenemos en cuenta a todos los demás. De ahí que lo que importa sea la bondad, sea la solidaridad. De ahí este proyecto literario que nos remite al tema sobre el que pretende escribir: «Nuestro principal capital es el sufrimiento. No el petróleo o el gas, sino el sufrimiento». Ser testigo y dar testimonio es su particular manera de demostrarnos que no cabe rendirse, de demostrarnos que por muy tarde que se esté haciendo, todavía estamos a tiempo de rescatar algo de entre los escombros:

«Varlan Shalámov escribió: “He participado en una enorme batalla perdida por la renovación efectiva de la humanidad”. Yo recupero la historia de esa batalla, de sus victorias y su derrota». Y sus herramientas son las de la literatura, narrar combatiendo con el tiempo, «al igual que el escultor con el mármol», sostiene. Svletana Aleksiévich sigue empeñada en demostrarnos que la dignidad está a nuestro alcance, que para llegar a ella nos bastan las manos y la voluntad.






lunes, 13 de noviembre de 2023

LOS HECHIZOS PERDIDOS

 

Los hechizos perdidos

Robert MacFarlane

Ilustraciones de Jackie Morris

Traducción de Andrés Catalán

Nórdica

Madrid, 2023

240 páginas

 



¿Qué parte de la naturaleza queremos ser? Acostumbrados a solo coger trenes con destino, nos cuesta comprender que nadie nos espera en ninguna parte y que podríamos vivir como viven los seres del bosque, que parecen quietos, pero contemplan. La contemplación no es inferior a la acción. De hecho, según Platón es la mejor de forma de vivir, la más grata y la más intensa. Los únicos lugares verdaderos, dijo Melville, son los que no figuran en ningún mapa. La acción nos lleva a ubicaciones señaladas en los mapas, la contemplación a los lugares, a todos los lugares emocionales, a las sensaciones y de las emociones y las sensaciones, a los sentimientos. De eso trata este libro, que componen Robert MacFarlane y Jackie Morris, preciosamente editado por Nórdica. MacFarlane elige a varios de los seres del bosque, pequeños y feéricos, para entonar pequeños cantos que nos lleven a convivir con ellos. Elige un recurso distinto para cada uno de ellos, desde la cacofonía al ensalmo, pero todos unidos por un espíritu común, que tiene que ver con la belleza. Todavía estamos a tiempo de salvarnos, parece decir, si en lugar de encendernos de ira frente a la pantalla nos dedicamos a ver las pequeñas actuaciones que tienen lugar en la naturaleza. El zorro rojo, la polilla, la margarita o los vencejos nos irán acompañando, y les rendiremos cuentas, homenajes, a través de sencillas canciones. La palabra es un medio de comunicación exclusivo de los hombres, pero sabemos que ellos sí atienden a la música con que se les habla.

Estos cantos son, sólo pueden ser, acuarelas. De ahí la elección del ilustrador, que lleva a cabo un trabajo técnicamente envidiable y estéticamente encantador. Se trata de la compañía perfecta para unos textos que termina, siempre, con algo que podría apuntar hacia una lección, pero que se trata de sencillas muestras de cariño, de posibilidad es de aprendizaje. Lo que nos hace este libro, en esencia, es parecido a la compañía de los hitos que nos indican cómo caminar por la montaña: pero no se trata de caminar, sino de observar, de estar atentos. Y todos sabemos la relación que existe entre estar atento y sentirse vivo.






martes, 7 de noviembre de 2023

LOS HECHIZOS PERDIDOS

 

Robert Macfarlane

Los hechizos perdidos

Traducción de: Andrés Catalán

Nórdica



Los hechizos perdidos es una fascinante colección de poemas escritos por el máximo exponente del nature writing que evocan la magia del mundo natural cotidiano con preciosas ilustraciones


Cada hechizo de este libro conjura a un animal, árbol o flor, desde la lechuza común hasta el zorro rojo, la foca gris, el abedul, el arrendajo y la grajilla, con los que compartimos nuestras vidas y paisajes.

Conmovedor, alegre y divertido, Los hechizos perdidos da testimonio del poder de la naturaleza para asombrar, consolar y traer alegría. Escrito para ser leído en voz alta, está trazado con pinceladas que llaman al bosque, al campo, a la orilla del río y también al corazón.

Robert Macfarlane es autor de libros sobre naturaleza, entre los que destacan Underland, The Old Ways, Landmarks y The Wild Places. Es miembro del Emmanuel College de Cambridge. Ha sido alpinista y, desde que tiene memoria, es coleccionista de palabras. Tiene tres niños que le han enseñado más sobre el mundo que cualquier libro. Si pudiera ser un pájaro sería un zarapito.









jueves, 3 de agosto de 2023

DE VIAJE

 

De viaje

Virginia Woolf

Traducción de Patricia Díaz Pereda

Nórdica

Madrid, 2023

297 páginas

 



Guardar piedras en los bolsillos y luego sumergirse en el río. De todas las modalidades de suicidio, Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941) eligió la que pretendía integrarla en una de las formas más puras de naturaleza: disolverse en agua dulce. No puede ser casualidad. Ya a los veinte años apuntaba, con toda la sensibilidad que caracterizaría siempre su escritura: «La simple cima de una colina me hubiera complacido más que todos los recintos y catedrales de Inglaterra». De su país natal lo que prefería era la campiña, por la que pasaba el río, que le ofrecía una armonía por la que merece la pena pasear la mirada, un ambiente en el que sentirse digno, entero, juzgando que los árboles son mejores que la gente, un lugar en el que no le importa perderse, porque siempre existirá una experiencia estética de fondo. Ese sustrato, que no parece tanto una intención como el reconocimiento de las propias debilidades, será el que se imponga a lo largo de la lectura de esta recopilación de textos de viaje. Se trata de fragmentos de diarios y de literatura epistolar, ordenado todo de manera cronológica, en el que nuestra autora habla sobre sus desplazamientos dentro de Gran Bretaña, hacia Irlanda y, en los párrafos donde resulta más enamorada, por la piel de España, Italia, Grecia o Francia. También alcanza rincones de Alemania y Austria. Pero será en los países mediterráneos donde Woolf se encuentre mejor, donde respire con intensidad, donde maldiga, en buena medida, esa necesidad de cuna que parece imponernos el haber nacido en un territorio y que nos obliga a volver. De hecho, aunque en ningún momento se habla del regreso, ese parece ser el verdadero tema del libro, lamentar que a uno no le resulta tan sencillo elegir dónde vivir. Esas deudas acumuladas con lo que llamamos raíces, tal vez terminen por ser las piedras con que se sumergió en el río al final de su vida.

Pero lo que sí permanece, para siempre, será esta lección de cómo podemos desarrollar un pensamiento a través de la mirada, un pensamiento que sería crítico de no ser sensible. Posiblemente lo que uno tiene delante no sea lo que ha escogido, pero sí puede seleccionar lo que le interesa e indagar en su parte más sensible para ver qué es lo que le emociona y por qué. Y a partir de ahí reconocer lo que le sugiere. Woolf no interacciona, Woolf es testigo, se relaciona con lo inmediato a través de los sentidos y estos operan en una sola dirección, que es hacia dentro. Nos da una lección de respeto mientras intenta definir sentimientos con sus descripciones. «Viajar me llena de desasosiego. Quiero ver el siguiente lugar», confiesa, en una paradoja que no es incómoda y que reduce el ansia de salir a un lugar extranjero a una definición sencilla. En realidad, lo que busca es el asombro, el encanto, lo que no se puede explicar y que por eso mismo motiva a intentarlo. Es una mujer en aprendizaje que busca sitios afortunados, busca lo sutil, la felicidad apolínea, que reniega de la resignación: «Me gustaría trasladar mi vida aquí. No quiero volver a las comidas con carne, a los criados y los teléfonos. Pero mi francés no es lo suficientemente bueno para la comunicación humana, así que una se marchita en las fuentes de su ser y debe regresar».

Leyendo este hermoso libro, que comienza siendo un libro adolescente, uno se pregunta a qué lugares del planeta viajaría hoy Virginia Woolf: ¿los mercados de África? ¿Las aldeas de las montañas del Himalaya y los Andes? ¿Las rutas de camellos en los desiertos? En cualquier caso, volver seguiría siendo un fastidio, y no parece que estemos haciendo otra cosa a lo largo de nuestra vida.

 Fuente: Zenda

 

lunes, 20 de marzo de 2023

MI CASA ESTÁ DONDE ESTOY YO

 

Mi casa está donde estoy yo

Igiaba Scego

Traducción de Blanca Gago

Nórdica

Madrid, 2023

161 páginas

 

 


Para permitirse tener el don del sueño de amores perdidos, es necesario soñar y haber amado. Y también desear volver a amar como se amó entonces. En contra de lo que dictan los textos de autoayuda, el presente no existe, o al menos no existe en nuestras funciones emocionales: o anhelamos el pasado o proyectamos el futuro. Sobre estas funciones crearemos una identidad, o la memoria de una identidad y el deseo de la misma. El asunto puede ser incómodo. Si a uno le piden que se defina, lo mejor sería hacer lo mismo que aquí lleva a cabo Igiaba Scego (Roma, 1974) que es intentar narrar su historia. Dado que los recuerdos nunca vienen ordenados como una novela del siglo XIX, Scego acepta la fragmentación y la asociación de ideas que van surgiendo a medida que uno va penetrando en su propio pasado, bailando de tema a tema, de persona a persona y de lugar a lugar. Estamos ante una persona que ha nacido y vivido en Italia, pero que es hija de inmigrantes somalíes, de un padre que podría haber luchado políticamente por la mejora de su país y de una madre a la que sometieron a la tortura de la ablación del clítoris.

Scego hereda la cultura y las inquietudes por la suerte del territorio en el debió haber nacido, si en el mundo imperara un poco más de justicia. Y así se expresa como alguien que padece el síndrome de Ulises, el que sufren en forma de estresante malestar emocional quienes abandonaron sus raíces debido a un proceso traumático o violento que rige la región. En ese sentido, lo primero que descubrimos en el texto es dolor, es pérdida, es añoranza. Nos va a hablar de los efectos rabiosos de la colonización, que dejó un paisaje después de la batalla también en el ánimo de los somalíes, y de la desilusión salvaje del emigrante. Nos hablará de marginación y de supervivencia, de conformarse y de superación personal.

Para ello Scego recurre a estampas a partir de las cuales redactar cada uno de los capítulos en función de las asociaciones que a ella le sugieren. Comenzará por centrar el interés en el padre, de quien hereda un dulce sentido de la honestidad y el aprecio por la voz de Nat King Cole. A continuación, será la madre, la figura que representa el amor, quien protagonice un resumen sensible de su aportación a la vida de la escritora. Cuando hable de su tío y de su abuelo, comprobaremos la necesidad que tenemos de leyendas, que son modelos que representan ideas buenas. Hablará sobre la diáspora y las consecuencias de la misma, reflejando la vida de quienes la padecen en la estación del tren. Conoceremos al hermano y, a través de él, el peso de la educación oficial, administrativa. Recorreremos parte del camino inicial de la familia, explicándonos la tristeza que supuso comenzar a salir adelante. Y terminaremos en la adolescencia, con todo el fulgor que ello supone, con el descubrimiento de la capacidad de sentir y generar amor, mientras toma conciencia de que ahí, en algún lugar de su memoria y de la memoria colectiva de la familia, no se puede renegar de una Somalia triste y desolada.

Scego nos narra, con un estilo sencillo, humilde, franco y en ocasiones un poco seco, parte de la historia reciente de Somalia, aunque su intención es reflejar la historia de los emigrantes. En realidad, el tema central es la parte de sustrato que le falta para construir una identidad en condiciones, pues ese estar entre Roma y Somalia, o no sentirse en ninguno de los dos lugares, termina no por hacer de ella una persona bipolar, sino una persona llena de dudas. Lo más deseable, el mestizaje, parece un sueño o un amor perdido.

Fuente: Zenda