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miércoles, 7 de abril de 2021

ESPAÑA

 

España

Santiago Alba Rico

Lengua de trapo

Madrid, 2021

313 páginas

 


Cuando se nos pide que olvidemos se nos pide un imposible: olvidar debería suceder sin esfuerzo, sin resistencias, como sucede la respiración en un día muy puro. Si ese olvido obedece a una petición, se nos pide un esfuerzo. Olvidar es algo que sucede a favor del placer y no como un mandamiento. Esa impresión, la del esfuerzo del olvido, que es la del esfuerzo de la memoria, flota a lo largo de este brillante ensayo de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) que lleva el título de España, una palabra de corto aliento, pues, como él mismo explica, hemos llamado España a una unidad demasiado reciente y demasiado encajada a partir de retazos, de ficciones, de mitos y de más deseos que realidades. Conviene advertir, antes que nada, de que los años de dictadura franquista condicionan cualquier análisis sobre quiénes somos. Pesa mucho el malestar y el malestar de no conseguir sobrevivirlos con un olvido fácil y seguro. Salvando las distancias, sucede algo parecido a la manera que tiene de explicar de dónde venimos Constantino Bértolo en su ensayo, también extraordinario, 55 ¿Quiénes somos?, en el que estudia varios libros fundamentales de la literatura española del siglo XX. Parece que el franquismo no sólo creó los monstruos futuros, esos con los que estamos condenados a vivir, sino también sus antecesores, la lectura que nos hizo y que nos condiciona al revisar el pasado.

Alba Rico, que no es historiador pero sí filósofo y uno de los pensadores más lúcidos del panorama mundial, revisa qué define España atendiendo a la historia de la región que hoy delimita las fronteras de España. Entra a la misma a partir de la literatura y, sobre todo, de dos autores que no abandonará a lo largo del ensayo: Cervantes y Galdós:

“Don Quijote es un español fallido (cristiano nuevo, exiliado en el campo, tocado del ala) y es, por esa razón, España misma, la España pensada con angustia, hasta hace poco, por varias generaciones de intelectuales, reformadores y políticos”.

A lo largo de la exposición analítica de filias y fobias, que Alba Rico expresa con un estilo impecable, limpio y que sólo tiende a la glosa cuando es preciso, se nos explica qué es la patria, ese concepto que no existe, al menos de forma verosímil, porque la autoreferencia será fundamental en un texto en el que uno trata de explicarse a sí mismo y a lo concerniente al ambiente en que se educó:

“Reivindico igualmente una españolidad sin sexo o con poco sexo, constitucional, republicana, federal, que dé satisfacción a todas las demandas de filiación nacional a partir de un refrendo afiliativo democrático; y que proteja -de los identitarismos y del capitalismo- eso que he llamado en otro sitio “prevaricaciones antropológicas”, todas esas “vividuras” comunes sin relación con la verdad y la justicia pero compatibles con el Derecho, llamadas también costumbres y tradiciones, que nos unen sin parar, sin saberlo, a los otros cuerpos: los arbóreos, los humanos o los literarios”.

A lo largo del texto iremos comprobando cómo se expone el extrañamiento de los tópicos, algo que debería compartirse en cada debate, en cada charla, para cuestionar en qué consiste el vocablo secuestrado que es españolidad. El pensamiento, y su historia, quedará vinculado a la religión, en una pretensión de fabricar un consenso cerrado y homogéneo que sólo puede dar lugar a la neurosis: frente al imperio mediático y atrabiliario, Alba Rico reclama el ágora, la dialéctica. Y siente que los conflictos en esto que hoy llamamos España siempre han sido de católicos contra católicos, que el relato que se intenta imponer, forzando al olvido, es e de quienes ganaron la batalla intercatólicaa o intercastiza:

“¿Cuál es la contribución de España al léxico universal? Cuatro palabras muy elocuentes: casta, macho (y machismo), liberalismo y guerrilla. Todas ellas, es verdad, son palabras antiguas que hablan de la historia de España más que de su personalidad”.

Para Alba Rico, todavía estamos a tiempo de reiniciar en una serie de actos de reforma, y cuando sea preciso de incitación a la rebelión, es decir, a la reforma contundente. No estamos hablando de intervenciones políticas (y mucho menos militares), sino de iniciar un proceso para encontrarnos con la verdad, o las verdades, pues tal vez sea un sustantivo que debamos articular en plural, de tal manera que sea la diversidad lo que facilite la unidad de la convivencia:

“¿Qué clase de país es este en el que parte de la población tiene que falsificar la historia para poder caber en ella? ¿En el que parte de la población tiene que falsificar la historia no para justificar un crimen o un privilegio o una ceguera sino su existencia misma: su desnudo, elemental, raspado derecho a la existencia?”

El problema de seguir enlodados en el mismo barro es la vuelta a los mitos parciales, a las tachaduras destructivas, a los falsos recuerdos y a los olvidos violentos. En realidad, el problema y sobre el problema que deberíamos empezar a tratar atañe a los recuerdos, a esa forma de memoria voluntaria en la que buscaríamos explicarnos, conocernos, para evitar guerras eternas de algo que puede ser nación o no-nación, que es Estado y en el que muchos quieren ver un Imperio histórico, cuando es dudoso que haya una España en la historia, al menos si miramos más atrás de los últimos doscientos años:

“El pasado, como el mar de Paul Valéry, siempre vuelve; regresa implacablemente cuando no se tiene el valor de dejar de ser lo que se es para llegar a ser otra cosa, sin dejar de llamarse de la misma manera”, sostiene Alba Rico, en un ensayo que destaca por la serenidad, que no quiere enfrentarse al poder, pero sí sabotearlo un poco, y que revisa las verdades negativas, esas que se instalaron en los lugares comunes: “un tópico es una isla unida a la realidad por un istmo que se llama historia y que por eso, si no ellos mismos, al menos sí sus cambios orográficos, en sociedades complejas, permiten medir los del país que describen borrosamente”.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

LA ARENA DEL DESIERTO

 

La arena del desierto

Lotte Lentes

Traducción de Irene de la Torre

Lengua de Trapo

Madrid, 2020

75 páginas

 


¿Qué oculta el protagonista de un atentado suicida? La idea, terrible, de que al final es alguien convencido de estar luchando por una causa justa, no cesa de flotar alrededor de lo cruel. Se trata de alguien convencido de estar contribuyendo a un mundo mejor, de alguien que sí entiende que el fin y los medios son cosas diferentes y que lo segundo debe estar en función de lo primero. Se trata de creer en valores absolutos y estar convencido de que sólo los propios son una razón por la que merece la pena vivir o entregar la vida. Estas dudas las han expresado antes autores de prestigio, y hoy vienen a acompañar a esta novela breve, escrita por una joven autora. Lotte Lentes (Alemania, 1990) conoce de primera mano un suceso, un intento fallido de atentado de un muchacho, miembro del Estado Islámico, y reconstruye cómo debieron ser los días en que la formación del terrorista da lugar a una mente que vemos como endiablada, pero que él entiende como purísima. Y lo hace sin odio, sin tomar partido. De hecho, el ejercicio de empatía que ejecuta Lentes es memorable: lo que le vaya sucediendo al muchacho tendrá, a la fuerza, que afectarle. No es insensible, más bien al contrario, se trata de un espíritu abierto, de alguien que siente un vacío que debe ser llenado.

¿Qué le van ofreciendo los miembros del Estado Islámico que conoce en Siria? Le muestran una Tierra Prometida, y este tipo de promesas sustituyen a las certezas: nos ponen un suelo en el que pisar, construyen a nuestro alrededor unos muros que nos protegerán de los vientos y nos ofrecerán refugio, un techo en instantes de tormenta. Lentes escruta cómo funciona la mente de alguien a quien le afecta demasiado la situación, y al mismo tiempo que intenta comprender al muchacho construye el relato con una sencillez que da envidia. En cualquier momento ha podido producirse el punto de contaminación, como marca Aixa de la Cruz en el prólogo, y, sin embargo, este resulta más creíble como secuencia, como una acumulación lene y como la necesaria resolución al malestar de baja intensidad que sufrimos constantemente. La obra funciona a la perfección por una candidez y pretendida, por un talento de una autora que sabe que un impulso es una buena manera de saber que uno tiene algo importante que contar, pero que será el pulso lo que la lleve a contarlo con firmeza, con anhelo a la par que con seguridad.

martes, 28 de noviembre de 2017

LOS PERROS DE TESALÓNICA

Los perros de Tesalónica
Kjell Askildsen
Traducción de Kristi Baggethun y Asunción Lorenzo
Lengua de trapo
Madrid, 2006
107 páginas
13,95 euros

El corazón baldío

Esta es la tercera entrega de la obra del noruego Kjell Askildsen que nos facilita la editorial, Lengua de trapo. Si la literatura se dividiera en función de las naciones donde habitan los escritores, tendríamos que decir que Askildsen representa a uno de los géneros, el escandinavo, más desconocidos en nuestro país. Por fortuna, la literatura no se cataloga así. Si existen clásicos, estos pertenecen a todo el mundo. Cualquier obra de un premio Nobel, es una obra universal. Un estilo de escritura, inventado en la región del mundo que sea, será un estilo que podrá heredar un autor de las antípodas. De ahí que a nadie pueda extrañarle, a estas alturas, que un autor del norte de Europa recoja el estilo mínimal más propio de California, y se invente cómo acoplarlo a su visión particular del mundo humano. Al igual que en los dos volúmenes anteriores, Un vasto y desierto paisaje y Últimas noticias de Thomas F. para la humanidad, en los siete relatos que componen este volumen, narrados en un estilo austero, seco, sin virtuosismos que indiquen rastros poéticos en las vidas de los seres que los pueblan, se refleja un pesimismo desolador, una sensación de vacuidad y sin sentido, de forma que esa tendencia de la humanidad, a la que se ha visto abocada por una fuerza superior que uno llamaría destino de no ser porque mirando al planeta con una visión más amplia se da cuenta de que sí hay otras formas de vivir, otras posibilidades de elección. Ese destino, ahora sí, más propio de ciertas sociedades, como la noruega, es el que condena a los seres humanos, de Noruega y los países semejantes, a poseer un corazón baldío. “Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos”, ha declarado Askildsen, “dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión”.
Los protagonistas de estos relatos son unos seres desnortados, embarcados en un mundo del que ellos no poseen el timón, y que parecen haber aceptado ya ese escenario, hasta el punto de perder lo que confirma que el hombre vive, que es la habilidad y la pasión del deseo. Estos tipos, en los que ser solitario es sinónimo de estar asolado, no registran ningún rubor al hacer o decir lo contrario de lo que piensan o de lo que sienten, si es que les queda algo de sensibilidad en su conciencia, si es que, en realidad, el libro no trata sobre la desidia de lo cotidiano, cuya conclusión es, finalmente, la estupidez de tener conciencia. Todos ellos han fracasado en un proyecto de vida, cuyo origen o intención no se descubre, pero que se reconoce en los propósitos de mantener contacto con la gente, de relacionarse, que tuvieron en su momento. A lo largo de los fragmentos de lo cotidiano que se recopilan aquí, carentes de descripciones físicas, estos protagonistas de los relatos ya no lo son de sus días, y se duda de que el compartir espacio con otro equivalga a relacionarse.
De esta manera, la saturación de la rutina les ha convertido en algo indefinido: se diría que ellos se consideran unos cínicos, y que el lector les tendrá por unos cretinos. Y si uno pudiera preguntarle a Askildsen, probablemente este se contentaría con decir que son una caterva de imbéciles.”Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa”. Porque en realidad no pasa nada, excepto en el interior de estos tipos, que rumian su pesimismo convencidos de que en algún lugar existió una crisis entre humanos, pero la cual, si es que existió, el autor nos oculta. Ahora bien, uno no llega a saber si esconder así la génesis de la situación es un valor literario, o una simple estrategia para despertar una intriga que el lector debe confundir con el interés literario. Uno no sabe si este tipo es un maestro a la hora de calibrar lo que existe y lo que se ve en un relato, o tan solo pretende participar de la denuncia de un mundo estéril.


Fuente: Tribuna/Culturas

martes, 17 de octubre de 2017

NOCTÁMBULOS

Noctámbulos

Cristina Cerrada

IV Premio Casa de América de Narrativa
Lengua de Trapo
Madrid 2003
160 páginas
13,50 euros

De los dieciséis relatos que componen el volumen pocos son los que se alejan de la ciudad como decorado narrativo, y cuando lo hacen siempre es de forma que esa ciudad ausente los justifique: es el caso de Tránsito, por ejemplo, que sucede en un autobús en marcha, y la carretera siempre puede considerarse como una prolongación de la materia urbana; y también está La cantera, que cierra el volumen, donde nos encontramos con los personajes en un ambiente casi rural que les aburre tanto como para que opten por rellenar su tiempo, se nos insinúa, con tramas y actos turbios. Y así, en un ámbito conocido, tomando como referentes unos autores de sobra visitados (se nos advierte sobre la influencia de los ubícuos Carver y Salinger), Cristina Cerrada construye un libro de relatos que bien podrían ser episodios de una novela de vidas cruzadas sin necesidad de ampliar la extensión del volumen, pues maneja los registros más conocidos, más divulgados, los que conviene matizar con imaginación para evitar caer en lugares comunes: los personajes actúan según los cánones previsibles (fuman, ponen la mano en el hombro, bajan la cabeza); los fenómenos meteorológicos representan los estados de ánimo que todos esperamos que representen, sobre todo la lluvia y el viento, símbolos de la melancolía; los decorados son reconocibles hasta para un lector dormido, como también lo son las descripciones físicas; los borrachos son perdedores... incluso anochece cuando todos esperamos que anochezca. De hecho, hasta los diálogos aparentan ser lugares comunes, si bien son un fiel reflejo de diálogos reales, voces creíbles, preguntas y réplicas cuyo acierto radica en la verosimilitud. Si a ésto unimos el abanico de estrategias de composición –acciones paralelas, resolución en diálogos, combinación de transcursos temporales, etc.-, cabe preguntarse qué aporta el libro de una autora que conoce bien la tierra que pisa. Sin que ninguno de los relatos sea dañino, cosa que, en los tiempos que corren ya es todo un elogio, lo mejor del volumen se encuentra en lo que no se nos dice en alguna de las historias, en esa segunda trama que aflora cada tres o cuatro párrafos, en ocasiones en frases muy breves, y que nos sugiere cuáles son las pequeñas tragedias de los protagonistas, por qué se ven obligados a considerar que no viven, sino que se sobreviven a sí mismos. Ahí está el caso de la coja que parece ser el segundo personaje en el excelente cuento que da título al libro, y cuya relación con el alcohol y con su pierna queda meramente esbozada, tan poco explícita como para obligar al lector a que sea él quien ponga su imaginación al servicio de la lectura; posiblemente, ésta sea la razón por la que también el lenguaje es reconocible, para evitar que sea un obstáculo en el trabajo del montaje especulativo en la mente del lector. Ahí es donde Cristina Cerrada demuestra su talento, cuando no apuesta por lo seguro.


Fuente: Lateral

lunes, 9 de octubre de 2017

EN LA RED

En la red

Jesús Torrecilla

Madrid, 2004
224 páginas
16,95 euros

La verdad (y la mentira) virtual


Leer esta novela es invitarnos a considerar lo terrible de nuestra dependencia. Todo lo que hacemos, eso que constituye lo que vamos siendo, deja un rastro en los canales de comunicación, en las líneas telefónicas, en los registros binarios que circulan por la fibra óptica o las señales de satélite. Y así nuestra realidad puede ser transformada, doblegada, deformada, y nosotros estar cayendo en el engaño en que caían los hombres encadenados en la caverna de Platón, solo que, en este caso, alguien está fabricando la silueta de las sombras que vemos pasar.
Dicho así, da la impresión de que afrontar la lectura de En la red nos llevará a un mundo metafísico, a una reflexión ontológica, y aparte de un notable fin de la historia de carácter metavirtual, lo epistemológico nunca se adelanta a lo narrativo, como debe ser en una novela. Y más aún en una novela de intriga cuya acción se desarrolla en la costa oeste de Estados Unidos, unos parajes que nos son familiares gracias al cine de entretenimiento y no a la concienzuda filosofía griega o alemana. Porque la recreación de la ciudad de Los Ángeles como escenario es pieza clave en esta novela en la que todos los desplazamientos de los protagonistas deben hacerse en coche, en la que la vida exterior al hogar transcurre en las autopistas, incluido el misterio de la desaparición y asesinato de una muchacha, en el que, consecuentemente, se ve involucrado gente como un conductor de camiones o la dependienta de una gasolinera.
Asistimos aquí a un año de vida de Sierra, una mujer especializada en tratamiento de imágenes para investigación criminal, que se ve absorbida por un caso no resuelto, con tanta intensidad que vive con la nariz pegada a la pantalla del ordenador, y sin que el auricular del teléfono se le caiga de la oreja. Mientras tanto, su marido, un hombre al que ella rescató del arroyo y que aprendió de ella lo que significa ser bueno, trabaja de esto y de aquello en una ciudad en la que acaban de aterrizar, justificando sus decisiones como mejor puede, hasta que decide que su matrimonio se ha hecho pedazos. Los hechos con que se va trazando una trama muy bien hilvanada, perfectamente dosificada, son lo bastante cruentos como para mantenernos en tensión, y suceden a un ritmo que nos invita a seguir leyendo hasta el final. El interés no decae, la narración es ágil, y cuando es necesario interrumpir la trama principal, el relato secundario estará justificado por la necesidad de vínculos humanos que relacionen a los personajes, y porque no se puede construir una novela sin que esos personajes tengan un pasado, unas raíces. Por eso al lector le queda explicado de dónde procede la intuición psicológica de Sierra y cómo es posible que existan los golpes de suerte que la van ayudando a desenredar la trama hasta llegar a una conclusión virtualmente falsa (o virtualmente verdadera, no sé muy bien), que es el tipo de conclusión a la que puede llegar el detective inmóvil, como Isidro Parodi, el personaje que inventaron Borges y Bioy Casares.
Jesús Torrecilla ha construido un relato en el que se podría rastrear lecciones como las que nos entregó Raymond Chandler en su artículo Comentarios informales sobre la novela de misterio, sobre la motivación, caracterización, atmósfera, el argumento subyacente, la honradez con el lector, o una estructura esencial con la que Torrecilla juega encontrando paralelismos entre el montaje narrativo y los elementos del lenguaje informático. Como también se encuentra paralelismo entre las autopistas de asfalto, las de comunicación y la tenue fibra invisible que cose el organismo compuesto por millones de cabezas y corazones humanos.


Fuente: Culturas/Tribuna

martes, 3 de octubre de 2017

EL ATURDIMIENTO

El aturdimiento
Joël Egloff
Traducción de Tamara Gil Somoza
Lengua de Trapo
Madrid, 2006
136 páginas
14,60 euros

Con los pies en la basura



Lo más extraño de esta obra no es lo que el autor propone, sino, paradójicamente, aquello que no se planteó como objetivo. No es difícil adivinar y comprobar cuáles son las intenciones de Egloff. Basta echarle un vistazo por encima para identificar la lectura metafórica de esta ciudad que crea, a la que no le dedica más que una descripción, al inicio de la novela, y que tiene por atmósfera la inmundicia. Dada la índole ficticia, tal vez demasiado ficticia, hasta el extremo de sacar al lector de su comunión con la propuesta narrativa, uno se traslada inmediatamente al género de la ciencia ficción, donde las sociedades dibujadas son un vaticinio y, por lo regular, una denuncia. El protagonista, un neurótico pusilánime, huérfano  y medio sordo, pertenece a los estratos bajos de la urbe, sobrevive trabajando en lo más oscuro, que es el matadero, donde se sacrifica cualquier tipo de animal doméstico en una cadena de liquidación y despiece en la que puede llegar a aparecer el cadáver de un ser humano. Las vacaciones de su infancia las pasó en un lugar de veraneo junto a la depuradora, en cuyos tanques iba a bañarse en compañía de su primera novia. Cuando de la ciudad se apodera la niebla ésta es tan densa que distorsiona hasta la voz, que impide la percepción de la propia mano. Y por la ciudad, a la hora del crepúsculo, vagan jaurías de perros sarnosos dispuestos a robar la comida o los trozos de pantorrilla del que se descuide. A todo esto cabe añadir algún capítulo con piezas tan esperanzadoras como la luz al final del túnel, como es el caso de un atisbo de puesta de sol, o una capa de olor a primavera que flota, minuciosa y tenue, durante unos segundos por la ciudad. Estos capítulos son los más cortos, pues obedecen a plumazos de esperanza. Por el contrario, Egloff se entretiene con ese secundario que vive en el desguace, que atiende a sus visitas en los asientos de los vehículos, o en la imposibilidad de dar la noticia de un fallecimiento a una viuda.
Una vez expuesta la intención de denuncia, la metáfora que no precisa aclaración, al lector le queda por comprobar si el tono designa algo, si esa labor entre la ironía y el existencialismo sucio trascenderá más allá del entretenimiento. Y será ese misterio, que Egloff deja sin resolver, suponemos que intencionadamente, lo que más incomoda de la novela. ¿A qué se debe el paso de aviones que participan de una realidad paralela, que dejan caer sus restos sobre los hogares hasta el punto de que los habitantes se ven obligados a dormir con casco? ¿Pretende forzar una sonrisa o pretende forzar la irrealidad para hacerla increíble? En este caso, ¿qué busca un autor que saca a sus lectores de la narración? En principio, este no es un objetivo corriente en la historia de la literatura. Acaso sea esa comprometida simbiosis de humor y denuncia lo que no termina de funcionar en esta obra, lo que la transforma en una lectura en la que los atisbos de otra vida posible, extraídos de las conversaciones entre el protagonista y su mejor amigo, son lo más convincente. Es posible que falte un poco de rigor, ese que hace al autor abandonar constantemente los términos referidos a la basura y a las complicaciones de sobrevivir, en aras de lo absurdo, y que podría haberse solucionado con un poco más de trabajo, pues facilidad inventiva no le falta a Egloff. Por eso no deja de ser insólito el final, que es una metáfora dentro de la metáfora de la narración, con ánimo de expresar los límites del desconsuelo. Más aún teniendo en cuenta que uno sueña de noche, y que en esta ciudad constreñida no existe diferencia entre la luz de la noche y la del día. Cuando Egloff habla de un tiempo de perros en una noche polar, se limita a solventar el problema de no habernos transmitido esa sensación durante el relato.



Fuente: Culturas/Tribuna