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domingo, 1 de julio de 2018

PORNOGRAMAS


Pornogramas
Alejandro Jiménez Cid
Melusina
2018
225 páginas

De los vínculos entre las leyendas y los deseos profundos, sobre todo el sexo, han corrido ríos de tinta en uno y otro sentido. Desde la represión de los sentidos en plan tortura a la que obligan tantas religiones, hasta la maldición de los herederos de Freud que veían un útero hasta en las flores de las que beben los colibríes. En realidad, a la hora de fermentar asociaciones a partir de textos, o imágenes, de frases o de gestos, de ideas o sentimientos, la libertad es la suma de las asociaciones que libremente puede ejercer cada individuo, con independencia del grado de represión a que las sometan. La diferencia con otros libros que presenta este Pornogramas es que no nos encontramos ante nada psicoanalítico o religioso. Estamos frente a un libro en el que el erotismo se ejerce a modo de activismo intelectual para desangrar las últimas décadas de la sociedad occidental y revelarnos en lo que nos hemos convertido. El libro goza de un humor que traspasa los límites de las tradiciones españolas, pero es un trabajo muy serio, porque este oficio de la existencia es una cosa muy seria. De ahí que se agradezca el desenfado, la sonrisa y el atrevimiento de Alejandro Jiménez Cid (Madrid, 1978), que no oculta la primera persona desde la que habla. Se trata de una obra de opinión y como consecuencia se expresa con frescura, no intentando hacer de su parecer un hecho universal. En un momento en que todo se reduce a un ‘me gusta’ o un emoticono, una serie de artículos en las que se exprese por qué me gusta o el motivo del emoticono, se transforma en un ensayo social.
Jiménez Cid presenta toda suerte de estereotipos, es decir, de ideas heredadas, sin cortapisas, que damos por válidas sin análisis, pero también de arquetipos creados a lo largo del último siglo, desde el cómic al cine, y que ya pueden catalogarse como nuevos estereotipos. Su incorporación a la categoría fatal es la que le facilita meter el escalpelo y sacar a flor de lenguaje una serie de componentes que están integrados y que forman un todo definido por cuatro esquinas: cuerpo, parodia, prótesis y verdad. Con todos los cruces que entre ellas puedan fijarse. Tal vez entre en un mundo algo minoritario, pues muchos de los nombres que aparecen los leeremos por primera vez, pero no puede negarse que forman parte de los pornogramas, un término que toma prestado a Roland Barthes y que hace referencia a la abolición de las fronteras entre el discurso y el cuerpo, una fantasía semiótica en toda regla.
Concebidos como artículos de periódico, el libro se puede leer de un tirón dado que no cae en repeticiones. Siempre nos sorprende con sus filias y los cuentos de hadas, con los documentales y novelas religiosas, con el fetichismo y la ley, con los marginales, los marginados, el lumpen y los artistas clásicos, o con la interrupción de las estructuras de dominación. Llamamos monstruos a sueños que muchas veces no lo son, o que al menos rebajan la medida en la que nos asustan al pasar por las manos de Jiménez Cid. Su especialidad, desde luego, consiste en desdramatizar tabúes. Para ello se vale de cualquier género concomitante con el erotismo y la pornografía, como la ciencia ficción o el punk, oriente o la espada y brujería. En todos ellos, su distancia respecto a lo que llamamos falsamente como realidad, ha permitido la presencia de comportamientos sexuales no normativos. Desde la literalidad al simbolismo, caben miles de estratos en los que el porno es exclusivo y no hace daño. De hecho, pueden verse, ocasionalmente como estimulantes con un toque exacto de ridículo como para permitirnos convivir con las peores fantasías, o las fantasías reprimidas.
Para escribir un libro como este, hace falta cierto instinto de transgresión. A la hora de la verdad, tal y como afronta los pornogramas Jiménez Cid, no tenemos la sensación de que esté haciendo daño, de que hurgue en lo peor de nosotros mismos, de que intente separar la inocencia de la culpa, que es una tentación enorme. No. Se trata de que ese espíritu sea el caldo sobre el que cocina una sopa en la que define, con un acierto mayor que el de muchos filósofos y sociólogos, en qué nos hemos convertido en tanto que seres sociales. La respuesta, dentro de las páginas. Pornogramas es un libro para todas las edades.

lunes, 4 de diciembre de 2017

AUSWITZ

Auswitz
Sybile Steinbacher
Traducción de María Esperanza Romero
Melusina
Santa Cruz de Tenerife, 2016
214 páginas

Ella yace agonizante, junto a la pared. Son los reclusos del comando especial los que la encuentran; su tarea consiste en separar los cadáveres y sacarlos de las cámaras de gas. Se trata de una chica de dieciséis años cubierta de muertos. La llevan a una habitación contigua y la tapan con un abrigo. Nunca había sucedido que alguien hubiera sobrevivido a una operación de gaseado. Durante su recorrido de control un sargento mayor de las SS repara en el grupo. Uno de los reclusos pide que la chica pueda atravesar la puerta y sumarse a otras mujeres del comando de construcción de vías, en cuanto haya recuperado fuerzas. Pero el guardia niega con la cabeza. La pequeña podría irse de la lengua. Hace señas a un compañero para que venga. Éste tampoco vacila. Tiro en la nuca.

Auswitz representa la punta de lanza del mayor genocidio perpetrado en Europa y un punto de cristalización de una política de colonización a sangre y fuego. Mentar su nombre supone transformar el aire inmediato en plomo. A medida que salimos de él volveremos a crear los ríos azules, la brisa, las fresas con nata.
Sybile Steinbacher (Múnich, 1966) vuelve al plomo porque considera imprescindible mantener la memoria. Pero no actúa como el látigo de los dioses ni como el buitre que arranca el ojo al muerto para tragárselo y luego portar el alma que había en esa mirada hacia las alturas. Steinbacher se limita a dar registro, a dar fe, a dar carta de naturaleza a ese episodio para que podamos considerarlo historia. Parte de la historia. Y estudiarlo como tal. De ahí que comience con el análisis geográfico de la región elegida por el ejército alemán para construir el encallado buque de exterminio. Quienes participaron en su creación, pretendía que su trabajo se considerase una fase más de la civilización moderna. Un lugar donde imperara el orden y la producción. Una labor limpia, casi hasta decente. Steinbacher se plantea el libro como una tesis y no deja que los sentimientos se apoderen de ella, más allá de los párrafos que sirven de epígrafe.
Ni siquiera cambia de estilo cuando afronta la descripción de la “solución final” para el problema judío. El funcionamiento de Auswitz era quirúrgico, administrativo, creado sobre unos planos cuadriculados, con la geometría por principio activo. El funcionamiento del exterminio se describe con asepsia, incluso cuando trata acerca de la experimentación con seres humanos. Porque quienes estaban protagonizando el horror habían deshumanizado al sujeto al que practicaban la vivisección.

Pero esa neutralidad no puede conservarse más que en la redacción. Las consecuencias psicológicas para los supervivientes, y los resultados de los juicios y sentencias con que cierra el libro, no precisan de una metáfora para cobrar peso. La impresión que uno tiene es que si existe algo opuesto a la justicia, es el orden. Como si nunca hubiera existido nada más ordenado que Auswitz. A donde nos propone viajar Sybile Steinbacher.

Fuente: Culturamas