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domingo, 18 de marzo de 2018

ALEXIEVICH


Svletana Alexiévich


Esta mujer, que es un museo lleno de miles de mujeres esculpidas por entero, desde el saco de los huesos hasta el alma, y también de niños maltratados por la gentuza, sostiene su cabeza sobre los mismos hombros de los que cuelga un poncho marrón, cuando suena el teléfono y tiene que dejar de planchar para atender la llamada. Su modesto piso en un edificio de corte soviético proletario, como otros tantos millones de ellos repartidos por Asia, le permite acceder de una habitación a otra en menos de tres segundos, caminando con paso lentísimo. Descuelga y escucha cómo la secretaria permanente del Comité del Permio Nobel anuncia que a partir de ahora su obra tendrá una divulgación universal. Única ya lo era antes, cuando inventó esto que ha dado en llamarse Novela Documental, escribiendo de cara al río Svisloch, en Minsk. Cuelga el teléfono y, con su forma de vestir, que nos recuerda a los tiempos del Pacto de Varsovia, vuelve a la tarea de planchar mientras mira al río a través de la ventana, con el humo de la memoria reposando entre los pulmones. En la cabeza ya vive la idea de hablar del amor como antes habló de la muerte.
Si Papá Noel fuera mujer, tendría el rostro de Svletana Alexiévich. Alexiévich podría haber elegido hablar sobre Babilonia, Menphis, Atenas, la Antigua Roma o el Imperio Mongol. Pero el mal es eterno, lo cual significa no que esté siempre sucediendo, sino que sucede al margen del tiempo. Para la crueldad no existen las horas ni el calendario, ni los libros de historia ni otra geografía que no sea sideral, incluido el territorio de la ciencia ficción. Ese gran auto de fe que es la Bielorrusia y la Rusia actuales, los estados sobre los que habita Alexiévich, es idéntico al que los Césares implantaron entre los pueblos después de arrasarlos. El fenómeno del pan y el circo para contentar al pueblo sigue vigente: la guerra que se nos refleja en los medios de comunicación es un evento deportivo, de modo que la gente se convence de que para ser justos hay que seguir disparando y jaleando a las legiones. Le preocupa que la batuta la tenga Putin, por supuesto, pero más aún el Putin colectivo, la sensación de orgullo nacional herido y el desprecio por los valores liberales que crece como la humedad en la pared. Lo que más la inquieta es la amnesia total y la consecuente farsa de lo que ellos llaman ideales nobles. A día de hoy, mientras se abren museos para loar a Stalin, se cierran otros dedicados a sus víctimas.
Los ojos de Alexiévich están lavadísimos de ver tantas hogueras. Ha convivido con demasiada gente rígida, gente que estaba convencida de que ser una persona de principios es el mayor logro humano desde la estatuaria griega. Las personas de principios son gente incapaz de cambiar de postura, y lo si hay un cuerpo que no pueda articularse en absoluto, un cuerpo rígido, ese es el de un cadáver. Ser una persona de principios quiere decir que moralmente estás casi muerto. Esos principios, por ejemplo, los llevaron a recitar una misa en Moscú para rezar por las armas nucleares rusas. Políticos, policías y militares, se reunieron en una misa para que el mito de los valores bélicos se sigua alimentando. A Alexiévich la tacharon de traidora por no sumarse a las loas a un dios espurio, primitivo, y se calla. Si a uno le insultan por negarse a bendecir las armas, ¿qué puede contestar que no lleve a recibir una puñalada?
Alexiévich enferma fácilmente con el frío. También con el que le recorre el espinazo en canal al escuchar esa ofensa a las puertas de la catedral de San Basilio, en la Plaza Roja. Allí unos guardaespaldas de siete cuerpos la catalogan como traidora por no querer unirse a las oraciones a un dios de la guerra que proteja las ojivas nucleares. Alexiévich evita la confrontación, porque sabe que al igual que otros premios Nobel que ha dado la lengua rusa -Solzenitsin, Pasternak, Bunin, Shojolov- su intento de calmar los ánimos crearía un efecto rebote y levantaría una ola de odio. Para ella lo principal es aprender a no odiar, o desaprender cómo se odia. Porque si existe el odio, entonces existe el enemigo. Y si a una persona se la tacha de enemiga, se la desnaturaliza, se la priva de dignidad, de su condición humana.
La prensa se ha llenado de artículos afirmando que la concesión del premio Nobel se trata de una decisión política de la Academia Sueca. Eso afirman los clérigos que dictan las oraciones al Ares de los megatones. Aseguran que jugaba con ventaja, por ser contraria a la política de Putin que, vienen a decir, es lo mismo que odiar a Rusia. Pero ella ya no está dispuesta a ir a más conflictos, y mucho menos con su propia gente, como no está dispuesta a volver a la guerra. Para ella se acabaron las guerras -Los muchachos del zinc, La guerra no tiene rostro de mujer, Últimos testigos-, porque sus blindajes están perforados. Carece de mecanismos de protección frente a la agresividad, frente a todo eso que es parte del mismo odio, y el odio se expresa del cuerpo hacia afuera. El odio se comparte, se distribuye y deja rastros de ceniza.
Pero Alexiévich ha optado por un proyecto de vida en el que, al contrario que como funciona el odio, es lo de afuera lo que construye la expresión interior. El resultado es estos libros que leemos con reverencia, cuyo principio es el oficio de escuchar, una empatía palpable, ser normal y hablar de forma que cualquier humano pueda entenderte. Traducido a la obra escrita, a su periodismo, eso supone un ejercicio de desaparición. En sus libros no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no existe una voz alfa. Tal vez porque creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera, y no poder intervenir por ser demasiado pequeña, demasiado ingenua. Hay que ser muy ingenuo para escribir obras como las de Alexiévich. Pero si eso supone consolidar la mejor literatura del momento, la más sensible, uno no puede sino gritar que de mayor quiere ser ingenuo. En su caso, tanta ingenuidad se fraguó porque gran parte de la población masculina había muerto en la guerra y las mujeres pasaban las tardes conversando mientras ella, y con ella los demás niños, escuchaban.
Lo peor de dejar de ser niño, es que uno comienza a ser memoria. La obra de Alexiévich intenta ser memoria, pero una memoria compartida, hacer de la memoria de los derrotados la memoria de todos y así ponerla al día. Leemos los recuerdos de cientos de personas como si nos estuvieran sucediendo ahora mismo. El impacto que produce su obra es idéntico al que provocaría conocer de primera mano la vida de la gente, de las mujeres, de los niños, que es una vida muy verbal, porque se pasan todo el tiempo contando y discutiendo. Con frecuencia, contando ese tipo de cosas que cualquier persona que se tache a sí mismo de razonable, preferiría no saberlas. Lo cual nos lleva a sospechar que existe un puente dorado entre la razón y el miedo, el mismo que Alexiévich destroza con las voces de sus amigos.
En la guerra, no hay nadie honesto. Al menos no hay nadie honesto en el frente, bajo el fuego, porque existe otra guerra, la de la tierra saqueada. Ahí habitan las madres y los niños, que son quienes ofrecen los testimonios de los resultados de la guerra, incluidas guerras como la catástrofe de Chernóbil o la ciudad y el campo arrasado tras la etapa de un comunismo prematuro y militar. Porque para ella el tema de la guerra no es un catálogo de batallas, de victorias y derrotas y, finalmente, victorias que nos convierten en los patriotas que debemos ser. El tema de la guerra es la multiplicación de humillados y ofendidos, de perdedores sin voz, gente que sigue sufriendo después de firmados los acuerdos de paz o de rendición. Hay una guerra de muertos y conquistas, y otra de quienes cuidan a los heridos, a los enfermos mentales, a los que no pueden valerse por sí mismos, al niño que agarra al oso de peluche con los dientes, porque le arrancaron los brazos y las piernas. En esa desolación, no existe el concepto de enemigo, al menos no en términos hostiles. Una enfermera que pasea por un campo de batalla, escrutando si bajo el barro alguno de los pechos seguía latiendo, comenzó a sentir mareos porque no discriminaba a los que pertenecían a uno u otro bando, porque “todos eran bellos, y todos estaban muertos”, decía. Esa enfermera habla a Alexiévich con la misma voz que la madre del niño sin brazos. Por más que ella se empeñe en individualizar las voces, a la hora de la verdad solo existe el idioma de las emociones. El efecto es sinfónico, pero la orquesta está emitiendo esos gruñidos previos al concierto, intentando afinar los instrumentos, o cada músico está en su casa interpretando una pieza diferente, y además la casa se ha visto reducida a escombros.
Nuestra sociedad civil, esa en la que nos encontramos fuera de los tiempos de guerra, es imperfecta. Pero es lo único con lo que contamos para enderezar al planeta dividido por estados en conflicto o por conflictos dentro de los estados. Ella no lo dice, pero es posible que considere que el estado moderno no sea una gran idea. Hay ejemplos buenos, sí, como el de los países nórdicos, aunque llenos de arrugas. Pero la paz es una excepción y el estado quiere mantener viva la llama de la guerra, como en la misa de la catedral moscovita. Así pues, al igual que en los peores tiempos, nos queda el consuelo de cualquier capricho. Como el de la mujer que llenó su maleta de chocolates, gastándose todos sus ahorros, antes de partir para la guerra. En las trincheras, un mordisco a una tableta será lo que nos recuerde que en algún lugar puede existir todavía una minúscula porción de belleza. Para ella, como para cualquiera de las miles de mujeres que Alexiévich ha entrevistado, la guerra es inequívocamente una matanza. La sociedad civil es la de las madres y los hijos, la de la onza de chocolate como excepción, como regalo de Papá Noel. Para evitar el fuego de la guerra, se han llevado a cabo grandes experimentos de soterramiento de cualquier conato de rebelión, de debate, de sumar buenas ideas buenas, experimentos como la versión rusa del comunismo, inmadura y alejada de un concepto del individuo como ser humano, que terminará en un derramamiento de sangre. El mismo que ella maldice, y al que ahora solo le cabe asistir desde lejos.
“La democracia debe llegar antes que el estado”, sostiene.
Sin la coraza, como Don Quijote regresando desnudo de la playa de Barcino, asiste al espectáculo monstruoso de quienes celebran los muertos del día anterior, recitados en los televisores. Dentro de cada uno de esos individuos se esconde un dictador en potencia, un maltratador, un asesino. Es a ellos a quienes, hoy en día, teme. Gente enfurecida que se siente robada, privada de algo que ellos llaman honor, de una chapa en la pechera de la chaqueta. Tras la caída del imperio soviético, confió en que ese rencor se dirigiera contra el poder. Sin embargo, el poder supo encauzar el odio para crear un sustrato sobre el que fermentara la riqueza de unos pocos.
“No solíamos hablar de ella antes. Pero ahora que el mundo ha mutado incontrovertiblemente, aquellas vidas nuestras interesan a todos, no importa cómo fueran, eran las vidas que nos tocó vivir”, cuenta una de las voces en El fin del “Homo Sovieticus”. Duras, en ocasiones siniestras, siempre puro realismo social y puro realismo emocional. Vidas arañadas por la guerra o por conflictos tan graves como la guerra: la miseria, la violencia, el hambre, el látigo, el frío extremo, el desgarro de la marginación o de la separación de los seres queridos, que es otra forma de perder la vida. Porque solo existe una forma de morir, pero son innumerables las maneras en que uno puede perder la vida, y todas ellas suponen brutalidad. Esta obra recorre todas las generaciones del siglo XX, y parte del XXI, en países de la antigua Unión Soviética. Desde la Primera Guerra Mundial a la xenofobia moscovita. Como en todas las crisis, la culpa de la actual se atribuye a los refugiados, a los inmigrantes desahuciados, a los que arañan cualquier puerta mientras desfallecen, para pedir un jornal de hambre a cambio de limpiar letrinas.
“Usted no aparta los ojos como hacer todos”, le comenta una de sus entrevistadas mientras charlan en la cocina. Es en la cocina donde tiene lugar buena parte de sus entrevistas, porque es en la cocina donde acostumbran a charlar los habitantes de Rusia o Bielorrusia, de Ucrania o cualquier otra antigua república soviética. Y regresa a las delaciones y a las torturas, a gente que se llega a cuestionar si existe algo sagrado. Mientras escuchamos, lloramos, sufrimos y pasamos hambre con ellos. Y sentimos que tal vez carezcamos de fuerzas para rebelarnos, que nos estamos apagando. Ni siquiera poseemos la suficiente energía como para esbozar metáforas, figuras lingüísticas, con lo cual el resultado de sus libros testimoniales es de un naturalismo crudísimo: La impresión de esbozo obliga al lector a poner todo lo demás de su parte: aquí solo están contenidas las palabras, pero, ¿cuáles fueron los gestos?, ¿cuáles los tonos de voz y cuáles los silencios que practicaron las víctimas durante esos encuentros con gente que ignora si revivir con la memoria es liberación o cárcel?
En Los muchachos del zinc una madre reclama que se juzgue a quienes enseñaron a matar a su hijo. Ese recuerdo es parte de un mosaico de soledades que nos deja sordos. Duele. Quisiéramos olvidar, pero eso supondría perder las escasas cualidades sensibles que nos quedan. Esa madre tiene que hacer el amor con su hijo para evitar que se tire desde la azotea. De ese calibre es la literatura que nos propone Alexiévich, que desaparece en cuanto los protagonistas empiezan a hablar. El sofoco al que se elevan los textos de Alexiévich, están dotados de la mayor temperatura que permite la fiebre. Nada es calderilla. En Últimos testigos, ni una sola palabra es barata. Para los niños huérfanos de la guerra, los que no se contaron entre los trece millones asesinados bajo fuego directo, no importa los años que pasen, los arcos iris que uno haya presenciado, la lluvia llevándose las hojas pardas en un hermoso otoño, no importan los miles de besos que uno haya recibido. La guerra es algo que sigue sucediendo. No sabrán qué es el cariño y serán padres con plena intención de prodigarlo. No se trata de que se les hayan gastado las lágrimas, es que no pudieron ni siquiera permitirse el lujo de aprender a llorar.
Se antoja que para leer los libros de Alexiévich hay que tener los sentimientos muy bien armados y blindarlos para no caer en el desasosiego. Pero no es cierto. En realidad, lo que su literatura pide es dejarse arrastrar, soltar el amor que uno lleva dentro, ese que abarca tanto a cualquier desconocido como a nuestro mejor amigo o a nuestro mejor hermano. Podríamos debatir durante horas sobre esto, sobre el plano ético y moral, sobre la necesidad o el oportunismo. Pero no merece la pena. Porque lo que sí se atreve uno a asegurar es que se trata de un acto de cobardía negarse a leerlos. Y el cobarde, al final del día, ha hecho tanto daño como el canalla.





viernes, 22 de diciembre de 2017

LA DERROTA DE ORIENTE

La derrota de oriente

Dietario de Jerusalén 2013-2017

Eugenio García Gascón

Libros del K.O.
Madrid, 2017
210 páginas

El autor elige para el epílogo palabras de Carl Bernstein, el periodista famoso por desatascar al propio periodismo con su investigación sobre el Watergate. Bernstein sitúa el epicentro de los sucesos mundiales en Jerusalén y maldice las respuestas maniqueas a los problemas de escala global. Algo que nadie hace cuando se trata de conflictos personales. En medio de esta época, del Antropoceno, la era del hombre, cree que las respuestas no son tan sencillas. Visitar Jerusalén fue para él visitar la zona cero, donde se condensa lo que está sucediendo en Siria, con el Estado Islámico, con las políticas europeas o americanas concernientes a seguridad e inmigración y con las respuestas fanáticas.
Aunque el mundo es mucho más grande que eso, al menos todavía, y ciertos rincones apenas sienten nada que tenga que ver con tanta maldad que allí se desarrolla, la que denuncia Eugeni García Gascón (Barcelona, 1957), es cierto que se impone un fundamentalismo cultural de corte europeo. La mayor herencia del cual se llama Estados Unidos, que camina ya con una autoridad propia, con una idiosincrasia integrista, liderando el orden o el caos mundial. García Gascón da fe de las visiones a diferentes escalas en este dietario: una obra en la que cada entrada se corresponde a un día concreto, pero revisada tras la sucesión de los hechos. Con lo cual narra o describe entre la actualidad y el pasado. Eso le permite, al tiempo que nos declara su experiencia, conjeturar. Por norma general, se muestra más atractivo cuando atañe a acontecimientos a pequeña escala que a los grandes movimientos. Aunque pertenece a la estirpe de los periodistas que luchan contra ese principio de que una muerte es un asesinato, y un millón una estadística. En contra de lo que soltó Stalin, él cree que un millón son un millón de asesinatos.
De ahí su postura en lo que atañe al epicentro, que es Israel o los territorios ocupados. Los que más sufren son, sin duda, los palestinos. Si alguien quiere entender lo que sucede en el mundo, debe asistir al entierro de un bebé reventado por armamento americano con el que experimenta el estado de Israel. Y decimos el estado, pues la tendencia no declarada es a considerar que el país es Palestina. Es cierto que entra en las variaciones sobre cómo solucionar el problema, si con dos estados o con un estado de libre circulación. Pero cuando lo hace, es a través de otras voces. Él se limita a apretar los dientes frente a la incapacidad de maniobrar para salvar sus vidas que tienen los habitantes de Gaza, la mayor cárcel del mundo, sometida a bombardeos injustificados. En realidad, García Gascón considera que es zona de guerra. Y, si nos atenemos a las palabras de Bernstein, el territorio comanche se amplía a escala mundial.
De ahí que mientras vive Jerusalén al pie del cañón, no cese de seguir los acontecimientos que brotan del conflicto: los atentados en Europa, por ejemplo. Y la inmigración. Y la segunda generación de inmigrantes, la de los barrios de las grandes ciudades, a caballo entre dos herencias que chocan. En buena medida, la guerra que nos expone es narrativa, pero también ideológica, de ahí que apunte a la necesidad de ponerse en la piel del otro para entenderlo antes de apretar el gatillo. Porque en caso contrario caeríamos en el maniqueísmo y en una guerra cuyo relato se limita a la victoria. Así es como se enfrenta a la suerte de los hospitales de Gaza o a la caricatura de Toni Blair como comisionado en la región. Aunque él se encuentra más humano entre la gente que frente a los discursos de alguien que, por oposición a los que sufren, llamaremos la no-gente. A esta última estirpe pertenecen los fanáticos sionistas, nacionalistas, religiosos. Atento a todo, desde los deportes a la arqueología, García Gascón nos regala un libro que convence por mil razones, por lo bien escrito que está y por la defensa del enfermo.

Fuente: Culturamas

lunes, 11 de diciembre de 2017

COMO SI MASTICARAS PIEDRAS

Como si masticaras piedras
Sobreviviendo al pasado en Bosnia
W. L. Tochman
Traducción de Katarzyna Olszewska Sonnenberg
Libros del K.O.
Madrid, 2015
157 páginas

Porque necesitamos una lápida donde depositar flores

El ejemplo sencillo al que recurren los psicólogos es devastador, pero puede llegar a ser insuficiente. Para representar los efectos del duelo, recurren a la anécdota del niño que vive en una casa desolada. El abuelo murió la noche anterior de un infarto y hoy toda la familia viste de luto y hasta el azul del cielo parece más oscuro. Pasa el día y el niño no alcanza a ver las lágrimas, dado que los adultos tienden a creer que proteger al niño equivale a no compartir el dolor con él, a esconder lo que no debe ser escondido. Al menos esa es la conclusión a la que llega el niño. Al finalizar el día, la familia vuelve a reunirse a la hora de la cena y una de las sillas, la única que tenía un dueño fijo, el abuelo que apoyaba los riñones en un cojín, está vacía. Es entonces cuando los padres le explican al niño que el abuelo ha muerto, que se ha ido a un sitio muy lejos, a reunirse con otros seres queridos en un campo de amapolas que crecen en el anverso de las nubes. El niño mira extrañado a los padres, porque conoce perfectamente lo que es la muerte. Un año antes, sin ir más lejos, falleció el canario que nunca fue sustituido por otro pájaro y así el salón se quedó con el único ruido de los telediarios. Cuando los padres ya no saben cómo consolar a un niño, que no es consuelo lo que necesita, éste les replica: “Vale, está bien. Lo entiendo perfectamente. Entiendo que el abuelo ha muerto. Lo que no entiendo es que no venga a cenar”.
Wojciech Tochman (Cracovia, 1969), es un periodista polaco que no está dispuesto a dejar a los niños que fuimos sin esa pesadilla que necesitamos conocer: que lo peor de la muerte es que la gente desaparece. Al mismo tiempo, decide que lo peor del genocidio es que también desaparezcan de la memoria del mundo. En este Como si masticaras piedras, viaja a la República Sprska, en Bosnia, varios años después de que tuviera lugar algunas de las matanzas más sangrientas del siglo pasado. Desgarros familiares, crueldad en las violaciones, torturas infernales, regocijo en el asesinato indiscriminado… todo ello deja un rastro en lo supervivientes, alguno de ellos único miembro vivo de toda una familia. Al margen de los terremotos de desolación que será desde entonces cada año vivido como un dardo de fuego en el interior de las almas de estas personas, Tochman presta atención a la necesidad de encontrar un remanso donde si no hay paz, exista al menos la posibilidad de desahogarse llorando. Y para ello necesitan una lápida.

Tochman no sólo relata retazos del terror que expresan los vivos. También acompaña a la doctora forense Ewa Klonowski durante su trabajo desenterrando, limpiando, encajando huesos y luego encargando pruebas de ADN para certificar las identificaciones de los cadáveres. El libro es de una contundencia tan lúcida como desgarradora. Tochman despelleja lo que va a relatar de todo lo innecesario, hasta de su propia presencia. Depura la atrocidad con frases breves, con párrafos cortos, con la clarividencia que da el llegar a una conclusión tras tanto viajar a la desolación. Si con dos palabras basta para decir de qué calidad inhumana es un duelo, un odio, una locura, un asesinato, no buscará la tercera para decir nada más. Como si masticaras piedras es un libro de viajes demoledor hasta el escándalo: porque nos recuerda lo que hemos olvidado y nos hace sentir salvajes en ese olvido. Por esa razón debemos leerlo.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 4 de diciembre de 2017

AUSWITZ

Auswitz
Sybile Steinbacher
Traducción de María Esperanza Romero
Melusina
Santa Cruz de Tenerife, 2016
214 páginas

Ella yace agonizante, junto a la pared. Son los reclusos del comando especial los que la encuentran; su tarea consiste en separar los cadáveres y sacarlos de las cámaras de gas. Se trata de una chica de dieciséis años cubierta de muertos. La llevan a una habitación contigua y la tapan con un abrigo. Nunca había sucedido que alguien hubiera sobrevivido a una operación de gaseado. Durante su recorrido de control un sargento mayor de las SS repara en el grupo. Uno de los reclusos pide que la chica pueda atravesar la puerta y sumarse a otras mujeres del comando de construcción de vías, en cuanto haya recuperado fuerzas. Pero el guardia niega con la cabeza. La pequeña podría irse de la lengua. Hace señas a un compañero para que venga. Éste tampoco vacila. Tiro en la nuca.

Auswitz representa la punta de lanza del mayor genocidio perpetrado en Europa y un punto de cristalización de una política de colonización a sangre y fuego. Mentar su nombre supone transformar el aire inmediato en plomo. A medida que salimos de él volveremos a crear los ríos azules, la brisa, las fresas con nata.
Sybile Steinbacher (Múnich, 1966) vuelve al plomo porque considera imprescindible mantener la memoria. Pero no actúa como el látigo de los dioses ni como el buitre que arranca el ojo al muerto para tragárselo y luego portar el alma que había en esa mirada hacia las alturas. Steinbacher se limita a dar registro, a dar fe, a dar carta de naturaleza a ese episodio para que podamos considerarlo historia. Parte de la historia. Y estudiarlo como tal. De ahí que comience con el análisis geográfico de la región elegida por el ejército alemán para construir el encallado buque de exterminio. Quienes participaron en su creación, pretendía que su trabajo se considerase una fase más de la civilización moderna. Un lugar donde imperara el orden y la producción. Una labor limpia, casi hasta decente. Steinbacher se plantea el libro como una tesis y no deja que los sentimientos se apoderen de ella, más allá de los párrafos que sirven de epígrafe.
Ni siquiera cambia de estilo cuando afronta la descripción de la “solución final” para el problema judío. El funcionamiento de Auswitz era quirúrgico, administrativo, creado sobre unos planos cuadriculados, con la geometría por principio activo. El funcionamiento del exterminio se describe con asepsia, incluso cuando trata acerca de la experimentación con seres humanos. Porque quienes estaban protagonizando el horror habían deshumanizado al sujeto al que practicaban la vivisección.

Pero esa neutralidad no puede conservarse más que en la redacción. Las consecuencias psicológicas para los supervivientes, y los resultados de los juicios y sentencias con que cierra el libro, no precisan de una metáfora para cobrar peso. La impresión que uno tiene es que si existe algo opuesto a la justicia, es el orden. Como si nunca hubiera existido nada más ordenado que Auswitz. A donde nos propone viajar Sybile Steinbacher.

Fuente: Culturamas

lunes, 20 de noviembre de 2017

EL HIJO DEL HÉROE

El hijo del héroe

Karla Suárez

Comba
Madrid, 2017
340 páginas

Si hablamos de fragmentos de vida cotidiana que sólo se vuelven importantes cuando descubrimos que se han ido, hablamos de ti, de mí, de él, de nosotros, de cualquiera que no precise de una esquizofrenia o un cociente intelectual de doscientos para destacar. Hablamos de un profesor de secundaria que tiene una familia, por ejemplo. O un enfermero. Cuidan a su mujer como ella les cuida a ellos y quieren a sus hijos, les riegan, les protegen de las plagas. Hablamos de una literatura que es buena porque no hace daño. Nada de jugar con el lector a un cuadro de Escher entre la estructura de la novela, ni de intentar que la llaga sea más tierna y carnosa que las de otras heridas. No. Hablamos de nosotros y del día en que tuvimos la mala suerte de que llamaran a nuestro padre, un reservista, para que defendiera una causa en el otro lado del mundo. Una causa justa, una causa noble. O al menos no para convertirse en un sicario de las finanzas o del IBEX 35.
Karla Suárez (La Habana, 1969) parte de una familia en la que el padre fallece en Angola, junto con otros militares cubanos, en una lucha en la que solo existe una idea posible de la gente, del desfavorecido. Jamás habrían apuntado a un enfermo, a un anciano, a un mendigo, como hacen los bancos y los accionistas de Monsanto. Esa Cuba sigue siendo una patria en Karla Suárez, pues a pesar de los años que lleva viviendo en Lisboa, no ha perdido el oído de la isla. Siempre imaginamos a la gente de Cuba con un cimiento en el ritmo y otro en la incertidumbre, siempre en una situación a punto de desplomarse y, por tanto, siempre aprendiendo. Como tantas novelas que han salido de ese país, esta es una bildugsroman. Una serie de tipos tan raros como creíbles que descubren el amor, la muerte y la faceta terrible de la muerte que es la desaparición, que viven como si no tuvieran planes y así inventan una memoria. Al menos esa es la sensación que transmite la novela, sobre todo en su primera mitad.
Vivir es tener vínculos con los demás. Uno utilizaría la palabra amor si no hubiera desgastado su sentido arrastrándose entre tanto manual de autoayuda. Pero eso es lo que practican los personajes de esta novela. Quererse. Y así, sabrán que es bonito haber vivido. Por ejemplo, el padre da la sensación de estar cada cierto número de páginas volviendo a marchar a Angola. Y la despedida es triste, pero es amor, es vínculo, es vida. De ahí que nuestro narrador sea crisálida. Sabemos que se transformará. Y en la segunda parte tendrá que demostrar que ha sido capaz de transformarse, cuando sus decisiones sean de adulto, cuando emigre a Lisboa y a Berlín, para acabar siendo alemán casado con una peruana. Esta crisálida tiene que aprender a dejar de vivir todo como si fuera un drama, a través de la desaparición de su padre, hasta el punto que esa emoción le oculta a sí mismo: todos le conocen mejor de lo que se conoce él. Incluido ese amigo autoexiliado en Lisboa, que cometió el crimen de enamorarse de una angoleña siendo soldado. Porque Angola, sí, ha sido un país o una guerra, o un hecho o unos años, que marcaron a Cuba y a su población mucho más de lo que hasta ahora nos habíamos imaginado. Karla Suárez viene para recordárnoslo. Y lo hace con mucha elegancia.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EN EL RÍO DEL AMOR

En el río del amor

Joseph Delteil

Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica
Cáceres, 2017
130 páginas

El libro clave para conocer el progreso, y las regresiones, de la humanidad, al menos de los publicados en las últimas décadas, puede ser Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (Debolsillo). No guarda ninguna relación con la historia que nos atañe, excepto por el hecho de que el aspecto básico, el que define los vínculos, es la verticalidad y la horizontalidad de los continentes. Es Eurasia donde con más facilidad se ha producido movimientos de armas, de gérmenes y de acero, dado que África o América, dos continentes en canal, para que los humanos o las bacterias, los inventos y las revoluciones prosperen, deben superar obstáculos geográficos del tamaño del Sáhara o la selva amazónica. El viaje horizontal a través de Eurasia ha quedado reflejado en líneas como la del Transiberiano, con mayor fuerza que la Ruta de la Seda o los océanos, por su rapidez. A lo largo de ese país inmenso y horizontal que es Rusia han podido suceder hasta la abducción de una etnia entera por los extraterrestres sin que tuviéramos noticia de ello.
Con lo cual, bajando a lo humano, cualquier historia de amor ha sucedido. Esta novela breve es una invención, sí, pero no cabe duda de que el juego cruzado de enamoramientos entre dos oficiales amigos de la infancia y una mujer reclutada del bando contrario, durante el periodo de la Revolución Bolchevique, ha sido más probable que posible. De todas las flechas de Cupido solo una no será platónica, la que enlace a uno de ellos con la mujer. Pero las demás serán las que marquen el sentido de los actos. Delteil (Villar-En-Val, 1894 – Hérault, 1978) construye una fábula en la que el romanticismo convive con el ambiente bélico en equilibrio precario. Cualquier otra opción no habría sido sincera. Con un estilo tan escueto como si se tratara de una sinopsis glosada, con la prosa que se corresponde más al amor que a la guerra, con una supuesta oralidad, un cierto manejo de recursos para dar la sensación de improvisar, los personajes viajan de los sueños a la realidad. Del algodón de azúcar a la carne viva. De granjas que se antojan palacios a un viaje atroz por Siberia, de este a oeste, cruzando Eurasia en horizontal y, por tanto, pudiendo conocer casi todo lo que ha creado el hombre. Y también lo que ha sufrido. Las armas, los gérmenes y el acero. Y los lazos de un amor que nace en China, los celos demasiado carnales y la extorsión afectiva. Ella les exige regresar a su patria y ellos le conceden el deseo, huyendo de la batalla de Pekín, que para unos es pintoresca y para otros una ocasión de hacer negocio, en uno de los mejores episodios de la novela.
Finalmente serán los gérmenes, la enfermedad, lo que comience a resolver el drama. Porque de drama se trata, de una lección de falta de humanidad a favor del embrutecimiento, por muy comprensible que este sea.

Fuente: Culturamas

jueves, 12 de octubre de 2017

EL SUEÑO ETERNO DE KIANDA

Fuente: Culturamas

El sueño eterno de Kianda

Borja Moreal

Salto de Página
Madrid, 2017
448 páginas
Cuando su madre enferma, Kianda, una refugiada de la guerra de Angola arraigada en Londres desde su niñez, decide regresar a su país natal en un viaje que lo será también al pasado de su familia, a los motivos de su trágico exilio y a los secretos que encierra la desaparición de su padre, el guerrillero Rui Alves. Al fondo, el pasado y presente de un país africano donde el conflicto no terminó tras la descolonización sino que continuó de forma cruenta entre las distintas facciones libertadoras, segó la vida de decenas de miles de personas y arrasó con las esperanzas de toda una generación de angoleños.
Sobre la cooperación, la emigración y la literatura, hablamos con Borja Monreal, quien ha sido galardonado con el premio de novela Benito Pérez Armas. Borja nos muestra su cara más sensata y conmovedora.
En Europa se mantiene vivo algo que se conoce como el sueño de África. Sin embargo, en África el sueño de Europa es una necesidad. Pero centrándonos en los puntos donde suceden los encuentros en la novela, ¿qué ve en Angola un tipo de Londres que no vea un angoleño? ¿Qué ve en Londres un angoleño que no vea un europeo?
El de Londres en Angola ves los colores; la suciedad, que para los locales forma parte del entorno; los olores, profundos, variados, a veces nauseabundos; los mercados inmensos, llenos de vida y de alegría, de barullo; la miseria normalizada, confundida con el paisaje; los paisajes de una potencia abrumadora que muestran una naturaleza más pura y más hermosa… ve la vida llevada al extremo y los extremos a los que te lleva esa vida…
Desde la distancia, el angoleño ve en Europa las oportunidades, el glamour, la vida fácil y lujosa, los coches, las casas de dos pisos con jardín… pero de cerca, cuando la viven en sus carnes, ven, además de todo eso, la soledad más absoluta, la desaparición de lo social frente a un individualismo atroz, el ruido perenne, el ajetreo, los nervios constantes por llegar tarde a ningún sitio, el olvido de nuestros mayores y la desintegración de la familia. Una Europa mucho más desfigurada que les causa un choque emocional.
El libro nos habla sobre los refugiados, a quienes vemos emprender la forma más horrible de viaje que puede existir. ¿O no? Si suponemos, pues, que cualquier otra forma de viaje es una fórmula más o menos sofisticada de hacer turismo, ¿hay que definir el concepto viaje? ¿Debemos derribar el mito porque frente al viaje del refugiado los demás desplazamientos empalidecen?
El viaje de los refugiados no es atroz por su naturaleza como viaje, como recorrido, sino por la utilización mafiosa que se ha generado en torno a una odisea necesaria para la supervivencia. Pero lo cierto es que hoy en día el concepto de “viaje” ha perdido gran parte de su esencia. No tanto por el ejemplo de los refugiados, que nos muestran el lado más oscuro del desplazamiento, sino porque antiguamente, lo que hacía el viaje era el camino. Ahora en cambio lo hace el destino, nada sucede hasta llegar a él. Es como si nos teletransportásemos de punto a punto para echar un selfie y huir al siguiente check point. Al viaje lo matan las prisas y las tecnologías: ¿para qué viajas, para conocer, para reconocerte, o para poder contarlo a través del puto móvil a los que esperan en su insulsa vida al otro lado de la línea? Hemos perdido la esencia de viajar, de encontrarnos con el otro a través de la necesidad que provocan las dificultades.
En eso hay una cosa en común en mi concepción del viaje y en el que emprenden los refugiados: el suyo, por su naturaleza cruel y trágica, es una experiencia vital de aprendizaje en conjunto y de encuentro permanente con lo desconocido. Lo penoso es que ellos no tengan la opción de elegirlo y nosotros, que podemos, elegimos la foto frente al camino.
Usted ha sido cooperante. Existen distintos tipos de cooperantes, pero, ¿son también viajeros? ¿Cuánto hay de vividor en un cooperante integrado en una gran organización? En caso de que un cooperante no actuara bajo cierto egoísmo, aunque ese consistiera en que su bienestar depende de ver cómo mejora el bienestar de otros, ¿crees que soportaría la convivencia con los refugiados?
Existen tantos tipos de cooperantes como personas: viajeros, vividores, beautiful people e incluso tropical gangsters… pero también los hay comprometidos, dedicados, convencidos de su trabajo. Uno de los problemas de la cooperación es que se ha alejado del “afectado”. Ya no convive demasiado con el que está jodido, y esa falta de empatía, unido a un crecimiento desmesurado de la industria de la ayuda, ha provocado una desconexión entre el cooperante y su razón de ser. Los refugiados, con sus historias, son una cura rápida ante esta falta de empatía. Nadie puede permanecer ajeno a un relato humano de los sentimientos de una persona que se ve obligada a huir, a separarse de su familia, para buscarles a todos ellos una vida mejor. Y estos filtros son necesarios, un bandido en el sector de la ayuda es como un policía corrupto, el ejemplificador en pecado.
Se habla con frecuencia de gobiernos corruptos, y ese mal implica la tragedia que viven los personajes de su novela. Pero, ¿por qué no se habla de los corruptores? ¿Quiénes son?
Muy cierto. Yo sí hablo de ellos en mi novela. Pero cuesta más hacerlo porque el corruptor se parece mucho más a cada uno de nosotros. Y como se parece tanto, construimos un imaginario que justifique al que hace lo que nosotros podríamos hacer, y lo omitimos de los juicios morales. El corrupto es el corruptor en una posición de poder y de fuerza. Así que, ¿quiénes son? Personas corrientes que prefieren coger el camino fácil a hacer lo correcto. Y estas personas se sientan en muchos lugares y posiciones diferentes, generalmente vinculadas al mundo económico.
La colonización fue un martillo golpeando en un clavo sin interrupción. ¿Con qué compararías la descolonización, ya que se trata de algo también traumático? Y, sin embargo, la etapa de la descolonización fue una época de esperanza. ¿Es un bien la esperanza? ¿Acaso no ha exterminado también el sueño de África y el sueño de Europa?
La esperanza es la base del progreso. Soy un firme defensor de la utopía como meta a ser perseguida. Nadie hace cien años era capaz de concebir nada de lo que hoy es una realidad normalizada. Europa, con todos sus defectos, es la realización de un sueño común que, en la práctica, está llena de las contradicciones que te impone la realidad. Las Áfricas también sueñan y generan utopías que, en unos casos se van alcanzando y en otros están todavía en stand by. En parte por esa alegoría de la caverna que fue la colonización en la que se hizo creer al africano que el mundo, la estructura social, debía ser de una determinada manera en la que él jugaba un rol secundario: les obligaron a ser las sombras cuando fuera había un universo entero que estaba por descubrir. Pero salir de la cueva cuesta tiempo y el mundo ahí fuera es jodido, mucho más teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaban allí dentro…
Por último, la pregunta más complicada. Uno escribe una novela extensa en la que se denuncia la maldad más extrema a la que es capaz de llegar el ser humano. ¿Es posible hacer literatura con eso? La literatura supone un proyecto estético, ¿cuál es el riesgo de este tipo de obra tan social? ¿Cómo se soluciona, si es que considera que debe evitarse, o cómo se profundiza en él?
No es solo posible, es necesario, casi obligatorio. La literatura es y debe ser un arma de concienciación social. ¿Qué otro instrumento, además de la literatura, te garantiza una atención permanente de personas diferentes en lugares distintos durante 12 horas? No soy enemigo de la literatura del entretenimiento… pero me parece un desperdicio supremo. Por eso, el riesgo de hacer lo que yo hago es no llegar a un público que solo quiere abandonarse a la lectura. Ese mejor que no me lea… yo escribo para mover a la gente, para generar un cambio social y para convencer de una serie de valores que creo necesarios. Por supuesto que lo hago a través de una historia atractiva y que permite al lector introducirse en una realidad abrumadora que le hace, al menos un poco, aprender casi sin darse cuenta. Pero no me olvido de mi compromiso social. De mi razón de ser. Yo, todavía, no me he olvidado del porqué soy cooperante.
Por otro lado, la estética no está ligada con la maldad. De hecho, algo terrible puede ser hermoso en su forma. Yo cuento la historia de unos personajes en un contexto histórico y social extremadamente difícil. Pero este contexto hace también sacar lo mejor de las personas. El sueño eterno de Kianda es exactamente eso: la reacción de diferentes personas ante una situación dificilísima. Y eso me da la oportunidad de contar las dos caras del ser humano, el día y la noche. Y el día en que acabó la noche.

miércoles, 11 de octubre de 2017

JOHNNY EMPUÑÓ SU FUSIL

Fuente: Culturamas



Siempre impresionados por la adaptación cinematográfica, una de esas películas que uno inevitablemente recuerda en algún momento a lo largo del día, Navona rescata la novela original de Dalton Trumbo. Johnny empuñó su fusil es una obra maestra de la literatura y el mayor grito contra la guerra que ha salido de boca de hombre. Para corazones con valor. Eso sí, uno sabrá qué entiende por valor y si prefiere apuntarse a la tribu inhumana de los que miran para otra parte. Os ofrecemos aquí toda la información necesaria sobre la obra. Gracias a El Mundo y Revista de letras por su colaboración

Fuente: EL MUNDO (Javier Memba)
Según consta en un acta del Congreso de los Estados Unidos fechada el 28 de diciembre de 1952, el guionista Dalton Trumbo -denunciado, entre otros, por Frank Tuttle- fue emplazado por el Comité de Actividades Antiamericanas el 28 de octubre de 1947. Frente a John Parnell y el resto de los alguaciles de la inquisición maccarthysta, rechazó afirmar o negar ser miembro del Partido Comunista. Enviado por ello durante once meses a prisión, Trumbo -que siguió escribiendo entre rejas- se vio obligado a no firmar sus libretos o a hacerlo con diferentes seudónimos. Fue Kirk Douglas quien lo rehabilitó empeñándose en que su nombre apareciera como guionista de ‘Espartaco’ (Stanley Kubrick, 1960).
Antes de su peripecia durante la inquisición maccarthysta, una de las más destacadas de los Diez de Hollywood -aquellos que no se prestaron a la caza de brujas-, Trumbo había publicado su primera novela ‘Johnny empuñó su fusil’. Fue en 1939 con el sello de Lippincott Williams & Wilkins y aquel año mereció el Premio Nacional del Libro en su país. Ya ensalzado y alabado por ese mismo Hollywood que otrora le negó al dictado de senador Joseph Raymond McCarthy, en 1971 el propio Trumbo llevó a la pantalla su celebrada novela con el título de ‘Johnny empuñó su fusil’, Timothy Bottoms fue su protagonista. Aunque la cinta se exhibió comercialmente en España en los años 70, la primera edición de la novela, debida a El Aleph, no llegó hasta 2005. Agotada a los pocos meses, el texto, ya convertido en un auténtico clásico de la literatura pacifista, vuelve ahora a las librerías con el sello de Editorial Navona.
“Johnny coge tu fusil” era el eslogan utilizado en las cajas de reclutamiento, invitando así a los jóvenes a alistarse en el ejército estadounidense que combatió en Francia durante la Gran Guerra. Tras acudir a la llamada, al Joe Bonham de Trumbo le explota un obús que le hace perder los brazos, las piernas y la cara. Aunque incomprensiblemente sigue vivo, se ha quedado sordo, ciego y mudo. Reducido a tan patética condición, el joven quiere matarse pero no puede. Sólo le restan sus recuerdos para seguir viviendo.
Desde su aparición -dos días después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial-, ‘Johnny empuñó su fusil’ ha estado envuelta en la eterna polémica entre pacifistas y belicistas. En 1940 conoció una versión radiofónica debida a Arch Oboler con James Cagney como protagonista. Una edición seriada en el Daily Worker -órgano del Partido Comunista de los Estados Unidos-, atrajo sobre Trumbo la atención del FBI y fue uno de los principales argumentos que el Comité de Actividades Antiamericanas esgrimió contra él. De nada le sirvió entonces haber firmado los libretos de cintas tan inequívocamente patrióticas como Treinta segundos sobre Tokio (Mervyn Leroy, 1944), un acercamiento al primer bombardeo estadounidense al suelo japonés en respuesta al de Pearl Harbor.

Reseña, fuente: Revista de letras (Roger Simeon)

Hay libros que la pátina del tiempo los cubre de misticismo, idolatría y prestigio. Los convierte en clásicos, en símbolos o emblemas de un momento determinado, de una queja o de un ensalzamiento concreto. Johnny empuñó su fusil llega a las librerías en esta nueva edición de Navona Editorial con la etiqueta inseparable de libro antibelicista. Más allá de pacifismo, es decir, de canto a la paz, se trata de una novela que desnuda la realidad de la guerra, cualquier guerra, y nos pone delante nuestro la cruda verdad de lo que significan las luchas armadas:
“cuatro quizá cinco millones de hombres muertos sin que ninguno de ellos quisiera morir mientras cientos quizá miles se volvían locos o quedaban ciegos o lisiados sin poder morir no importa lo mucho que lo intentaran.”
Y, de entre estos cientos o miles, Dalton Trumbo nos muestra la experiencia de Johnny, un joven normal con un futuro tradicional por delante, con una novia que le espera para casarse, a quien la guerra se lo ha arrebatado todo salvo la vida dejándolo convertido en un tronco inerte incapaz de moverse ni comunicarse. Un retrato vegetal de la guerra.
“Con él la gente no aprendería mucho sobre anatomía pero aprendería todo cuanto había que saber sobre la guerra. Sería grandioso concentrar la guerra en el tronco de un cuerpo y mostrárselo a la gente para que pudieran ver la diferencia entre una guerra en los titulares de los periódicos y en las bonos de la libertad y una guerra que se libra solitariamente en el barro en alguna parte una guerra entre un hombre y un obús altamente explosivo.”
Pero, como ocurre a menudo con las etiquetas, son incapaces de contener todo aquello que pretenden albergar. Johnny empuñó su fusil es un libro antibelicista, sí, pero es mucho más. Es un viaje al corazón de las tinieblas que nos rodean y nos amenazan constantemente; al mundo corrompido y violento que encadena guerra tras guerra. Pero, también, es un viaje al interior desconocido, olvidado, aislado, del individuo. Un descenso a las profundidades del ser que se halla alejado de la sociedad pero que, a pesar de todo, se niega a huir de ella. Que lucha para volver a formar parte de ella, primero a través del cálculo del tiempo, símbolo inequívoco de la humanidad, una de las creaciones humanas de control más maquiavélicas, y después a través del intento de comunicarse con los demás, con el mundo exterior del que su condición no le permite participar.
Muchos de los párrafos del libro, vaciados de comas para poder mostrar el flujo de pensamiento del protagonista que ya hizo grande a Joyce Saramago, se convierten en una pugna por, primero, descubrir qué significa ser hombre, qué elementos necesita un hombre para seguir siendo considerado hombre y, después, para entrar en contacto con otros seres humanos. Tal vez porque el hombre en soledad no es hombre. No sabemos lo que es porque no podemos compararlo con otros elementos. Parafraseando a Harold Pinter, si solo hay uno de una cosa, no podemos saber si se trata del mejor. O del peor. O tal vez ni si en realidad es lo que afirmamos que es. Johnny, tumbado en su cama, su cárcel sin barrotes, se pregunta sobre la identidad, la individual y la colectiva, sobre la insensatez de las guerras y las luchas por la supuesta democracia, sobre las patrias, la libertad, la amistad, el amor…
Dalton Trumbo nos dibuja brillantemente este terrible retrato de un ser a quien le han arrebatado el cuerpo y se pregunta, nos pregunta, ¿qué puede hacer un hombre a quien le han anulado el cuerpo? ¿Qué puede hacer una mente que no cesa de pensar pero que está incapacitada de conectar sus ideas con las sensaciones físicas de un cuerpo? ¿Qué diabólico castigo cartesiano ha dejado a esta res cogitans sin posibilidad de una realidad empírica? Porque, “cómo podría demostrar que estaba despierto si no podía abrir los ojos y mirar a su alrededor en la oscuridad?”¿Qué puede hacer que no sea enloquecer?
Y así lo vemos desde las primeras páginas del libro hasta el final cargado del anti belicismo más visceral. Trumbo muestra la angustia, el pánico, los sudores no percibidos físicamente, los gritos no emitidos, los golpes no dados que Johnny lucha por realizar pero no puede. La angustia opresora de una mente sin cuerpo vivo, sin posibilidades de mejoría que, a pesar de todo, sigue viva. No tiene, pues, que sorprendernos la conclusión a la que llega:
“nada era real salvo el dolor.”
Y, a veces, ante la irrealidad de las barbaridades que nos escupen televisores y redes sociales, no podemos evitar plantearnos si en realidad, y por desgracia, no sea así.

Película completa en VIMEO

jueves, 28 de septiembre de 2017

BIENVENIDOS A OCCIDENTE

Bienvenidos a Occidente
Mohsin Hamid
Traducción de Luis Morillo Fort
Reservoir Books
Barcelona, 2017
171 páginas

Ahora, cuando la distopía se ha convertido en un género narrativo, descubrimos que esa manera de avanzar el futuro no es otra cosa que la realidad, que la tenemos encima y que todo consiste en no mirar para otro lado para darnos cuenta de que la ciencia ficción que nos remite a un futuro desastroso, es algo que viven los desheredados, los desposeídos, la gente a la que se le ha robado el amor, las raíces y hasta la cortesía. Con una entereza que da envidia, Moshin Hamid narra sin dolor. Pero la idea de que la supervivencia basta para derrotar al amor, o que puede bastar para romper el lazo de cariño más humano, sobrevuela la historia y no se resuelve hasta el final. Es un cara a cara entre la humanidad y los peligros del espejo, que solo devuelve la figura de la humanidad. Como Alicia, que cruza a otro mundo a través de un espejo, una pareja que huyen del conflicto bélico que sucede en su país, cuyo nombre no aparece, cruza a distintos lugares de occidente atravesando puertas. La diferencia es que Alicia se sirve de un espejo, que multiplica la luz, mientras a ellos algún alma caritativa les abre una puerta oscura, es decir, para salvar la vida se dirigen hacia donde se ve peor o no se ve.
La novela comienza presentándonos un país árabe, en el que la gente padece o disfruta de las mismas necesidades que en occidente. La ropa que lleva la protagonista, o la que utiliza él para subir al apartamento de ella, es un disfraz con una utilidad camaleónica. Pero allí la gente ve caer bombas copulando, haciendo gimnasia, mientras se forman tormentas. Allí o utilizas el disfraz o puedes acabar decapitado con un cuchillo de sierra a fin de incrementar el sufrimiento, y luego colgar el cuerpo de un cable de alta tensión. Las reglas de lo cotidiano las tienes que aceptar sí o sí, a la fuerza. De tal manera que llega un momento en que o te conviertes en combatiente o piensas en salir. Como sucede a la joven pareja protagonista, que imitan la vida occidental en la medida de lo posible. Pero la guerra degrada todo, hasta los principios religiosos o el deseo carnal. Cabe una tercera opción, que es la de volverse loco, irse con la mollera a vivir a otro lugar, como sucede con el padre del protagonista.

Pero ellos deciden emigrar, que es tanto como eliminar de tu vida a la gente que te recuerda los buenos sentimientos, como la ternura. Y es entonces cuando comienzan sus saltos, desde un campo de refugiados en Mikonos, un detalle que tal vez sea un guiño a La Odisea, porque el viaje de los refugiados es el único que existe para el que se requiere un valor comparable al de Ulises. Desde que dan con sus huesos en el campo de refugiados, hasta que llegan a un lugar de la costa de California, con escalas intermedias, se van dejando rastros de humanidad por el camino. De hecho, en algún momento rezar y fumar porros es lo único que les identifica como personas. Y así es como la supervivencia cambia los lazos de amor. De hecho, esta novela trata en buena medida sobre eso: o sobrevives o amas. Una disyuntiva propia de las distopías, algo que millones de personas están ya viviendo.

Fuente: Culturamas

domingo, 17 de septiembre de 2017

LA CABALLERÍA ROJA

La caballería roja
Isaak Bábel
Traducción de Alejandro Gago
Renacimiento
Sevilla, 2017
230 páginas

La guerra es un fracaso. Y tener talento para demostrarlo sin pronunciar la palabra, demuestra que un jovencísimo Isaak Bábel ya era uno de los mejores escritores rusos del pasado siglo. Su misión era dar fe del valor de los cosacos, los militares, los soldados y el armamento ruso en la guerra contra Polonia para definir las fronteras. El territorio es sombrío y de una rigidez helada que da miedo perderse en él. Los soldados y toda la gente que no está armada, el pueblo, los ancianos, los niños, las mujeres, definen qué es ese valor que se supone Bábel va a demostrar. Valor es una palabra polisémica. En la guerra ni existe la valentía ni nada positivo que aprender. De eso tratan estas crónicas que, como comenta Juan Bonilla en el prólogo, son mejor literatura en conjunto que por separado. El conjunto tiene, esta vez sí, un valor mayor que la suma aritmética de los episodios, de las estampas, de las voces y las imágenes, de los perfiles y los gestos.
Bábel hace del gesto literatura, porque consigue que el periodismo sea humano, incluso humanista. Incluso podría llegar a ser, intuimos, humanitarista. Desde el principio comprobamos que en la guerra conviven las víctimas con la estupidez. Más aún en un territorio donde tanto en la paz como en la guerra hay crueldad y miseria. ¿Qué necesidad existe de oxigenar la hoguera? Porque eso es lo que arrojan a la batalla quienes vinculan el sentido del honor con la fuerza bruta, aquellos a quienes debería perseguir Bábel para constatar su arrojo. Sin embargo, Bábel prefiere quedarse en la periferia, allí donde están los que sufren sin un sable en la mano. Para él, los cosacos son extraterrestres, para Bábel, cada individuo es una raza y así lo refleja. Sobre todo cuando sigue el reguero que dejan tras de sí las batallas, cuando menciona los cadáveres y los disparos a bocajarro contra personas o animales indefensos.

Estamos en la época en que desde Moscú se empuja a todo el pueblo ruso a apoyar la revolución, y eso implica purificar: los judíos, por ejemplo, o las mujeres más débiles, son contrarrevolución, porque retrasan su avance. La convivencia entre los cosacos y los judíos es un intento de mezclar agua y aceite. Pero se persiste en purificar con las armas, en la ceguera ante algo tan inmundo que no hay ni siquiera lugar para sentir tristeza. Y en este caso la tristeza sería un consuelo. Para Bábel la ética de la guerra significa haber perdido el sentido del alma. Tras el teatro de la lucha, suceden coros de canciones indecentes o la desesperación que lleva a la bebida. Pero encuentra flecos de humanidad, gente, personas buenas en el buen sentido de la palabra bueno. A ellos confía el que exista, en alguna parte, una respuesta a la pregunta que pronuncia una de las personas que conoce: ¿Dónde está la dulce revolución?

Fuente: Culturamas