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domingo, 25 de febrero de 2018

PACHINKO

Pachinko

Min Jin Lee

Traducción de Eva González Rosales
Quaterni
Madrid, 2018
543 páginas

Detrás de una palabra tan sugerente como Pachinko, se oculta la ludopatía. Pachinko es el nombre de unas máquinas de juego muy populares en Corea y Japón, al menos muy populares hasta la aparición del mundo digital. La forma redonda del juego y los colores, nos remiten a los mandalas. La sencillez de uso a lo universal: una bola cae por una serie de palancas y puentes y el jugador debe controlar su recorrido. Pero en este caso, apenas sirven para dar nombre a una novela en la que, tal vez, la estructura, que es la de una vida longeva, pudiera reproducir ese juego, en el que el resultado tiene algo de azar, una gota de control por parte del protagonista, y ciertas dosis de manipulación que ejecutan los dueños de las máquinas para ganar más dinero. Se menciona que la novela es una saga familiar, pero la familia es muy pequeña, un hilo entre millones de hebras, una madre joven y su hijo mayor. Así de fino trabaja Min Jin Lee en una obra que le ha costado toda su vida componer y que está escrita con la sencillez de quien piensa en el cine, es decir, en todo tipo de lector.
La novela parece pensada para trasladarse a la gran pantalla. Algo que no es ningún agravio: no existe escritor que no esté influido por el cine, aunque sea para alejarse lo más posible de él. Sin embargo, Jin Lee opta por no dejar cabos sueltos. Los personajes actúan y el narrador nos relata sus reacciones y las emociones de sus reacciones. Nos menciona su personalidad, cómo se ha construido, y luego cómo son consecuentes con ella, con los prejuicios que han ido aprendiendo, con el sentido del deber, de la nobleza o de la resignación. Nos dicta los secretos y quién participa de ellos. Entra en profundidad en la historia que parte de una adolescente pobre, coreana, embarazada por una suerte de conde Valmont, el protagonista de Las amistades peligrosas. El galán es un coreano exiliado en Japón, en una época en que los dos países son el mismo, pero son agua y aceite. Él ha tenido éxito, tanto como para que más adelante, cuando vuelva a aparecer mediado el libro, sea un yakuza, uno de los dirigentes de la mafia japonesa de Osaka, la ciudad a la que no le ha quedado más remedio que huir a la protagonista. Junto a ella convive su buen marido, un católico perdido en la inmensidad de otras religiones, su segundo hijo, su cuñada y la familia de su cuñada.
Aquí ya han aparecido casi todos los temas que irán influyendo en el desarrollo de las historias personales, cargadas del peso de la historia que les toca vivir. La guerra de colonización japonesa, la Segunda Guerra Mundial -incluyendo la bomba atómica de Nagasaki-, el ostracismo de los practicantes de religiones minoritarias, la lucha de clases, la emigración que es, en buena medida, el gran tema del último siglo, el tema definitivo, el mayor fracaso de la humanidad. La historia será una vida de supervivencia. Seguiremos a una gente que vive al día, que apenas se puede permitir comer arroz. Ellas dos trabajarán en puestos callejeros en el mercado y solo la intervención del yakuza transformará el destino de la familia. Lo transforma y lo perturba, pues destroza la relación entre la madre y el hijo. Al menos durante una temporada. Ese es otro de los temas presentes: las relaciones filiales y, en las figuras masculinas, el deshonor de no poder ser útil, pues quienes deberían poner el músculo para tirar del carro, caen enfermos. Mueren o, lo que es peor, viven queriendo morir.
Hasta que llegamos a la última parte del libro, los años sesenta, setenta, ochenta, cuando se desdibuja la falta de simetría entre japoneses y coreanos, cuando uno de los miembros de la familia logra abrirse camino gracias al pachinko. Quedan las viejas costumbres, las tradiciones. Queda el pasado, el ideal del retorno a Corea, a la aldea donde transcurrió una infancia. Pero el mundo ha girado muy deprisa. Lo occidental genera cambios hasta en el tuétano. Seguimos el hilo de la pequeña familia, sí, y este no se rompe, entre otras razones por la fuerte presencia de las mujeres, que han sido las protagonistas ocultas de la historia de Asia: siempre escondidas, siempre trabajadoras, siempre dignas. Se merecen este libro, una de esas ediciones que escasamente encontramos en las librerías, un objeto bello, cuidado, que uno desea tener en las manos. Es de agradecer la labor de la traductora y de quienes hayan revisado las pruebas: no existe ni una sola errata. Quaterni está haciendo una labor que se merece nuestro reconocimiento, una tarea de rescate y divulgación de lo mejor de la cultura que inventó el pachinko y una forma de dignidad muy pacífica.

Fuente: Culturamas

jueves, 7 de diciembre de 2017

BUSCANDO UN PÁJARO AZUL

Buscando un pájaro azul
Joseph Wechsberg
Automática Editorial
269 páginas
Abril, 2014

Rapsodia para la bohemia

Buscando un pájaro azul pertenece a la envidiable categoría de libros felices. Se trata de uno de esos textos que a cualquiera le gustaría haber escrito. Porque narra anécdotas en las que nos gustaría haber participado. Y para hacerlo recurre a un tono que participa de la alegría de vivir. De hecho, tal vez de esto, precisamente, traten estos textos, de la alegría de vivir. De ahí que transmita felicidad al lector, una dosis de entusiasmo muy recomendable para el próximo fin de semana. Una dosis que nos hace desear que algún editor se anime a recuperar algún otro texto de Joseph Wechsberg (Ostrava, 1907 – Viena, 1983). Sabemos que escribió ensayos y libros de viaje, y también cientos de crónicas y artículos para revistas como The New Yorker o Esquire. Algunos de los cuales se encuentran dentro de este Buscando un pájaro azul. Y confiamos en no tardar mucho en toparnos con ellos. También sabemos que de todas las profesiones que ejerció, aquella con la que se identificaba, a la que confió esa suerte bohemia que consiguió crearse, fue la de músico. Wechsberg ejerció como violinista en orquestas, bares y barcos. Pasó meses sin ver la luz del sol, pues trabajaba de noche en algún garito parisino, y recorrió millones de kilómetros de océano con el compromiso de tocar a diario la Marsellesa.
Y así, a través de sus escritos nosotros descubrimos un mundo al que no podríamos aproximarnos de otra manera. Hay una segunda bohemia, alejada de las buhardillas de pintores y escritores malditos. Y esta es la de los vividores. Como Wechsberg, cuya audacia se caracteriza por el deseo de vivir. Un hombre de ingenio, con recursos para adaptarse sin perder el sentido de humor que conviene preservar para sostenernos en el mundo con dignidad. Y con una capacidad de improvisación notable. Como notable es su empatía, su compasión, su talento, en definitiva, para prestar atención a los detalles de humanidad que dan empaque a las anécdotas que relata, a su estilo, mundano, humilde, ocurrente pero nada mendicante, para buscarse el pan de cada día. De ahí que, por ejemplo, dedique varios episodios a otros humildes exiliados con los que topa en los barcos, como los camareros asiáticos. De ahí que su simpatía se vuelque hacia los que puede considerar sus congéneres, hacia los sencillos.
Siempre reconociendo que vivir es permanecer en el presente, Wechsberg puede llevarnos a su llegada a Nueva York sin olvidar el extrañamiento del desahuciado, que transforma en humor gracias a ese preludio del futuro que podemos llamar fantasía. O nos lleva de la mano a conocer a un pianista en permanente narcolepsia. O convierte a un coro de un local en un protagonista algo decadente, debido a que actúa entre los gestos de la comedia de cine mudo y la nostalgia de lo que ojalá no hubiera tenido lugar. Consciente de su membresía en la comunidad de supervivientes, nos lleva junto a sus compañeros de la claque de la ópera de Viena, desvelando sus manipulaciones con tintes de gamberrada juvenil, y otorgándolas el prestigio de la memoria. Y para combatir las dificultades que tiene a la hora de encontrar su lugar en el mundo, siempre acude al refugio de la amistad. Porque esta le facilitará la verdadera patria. Cabe preguntarse, durante la lectura de sus episodios como músico de barco, qué tipo de exilio es al que se somete, qué carácter se corresponde a quien elige ese desarraigo. Pero ese es un asunto que esperamos resolver el día en que caigan en nuestras manos nuevos textos de Wechsberg. Por lo pronto, sólo cabe recomendar a todo el mundo que el próximo fin de semana no se olvide de colocar Buscando un pájaro azul en su mesilla de noche o en el interior de su maleta.


Fuente: Quimera

miércoles, 29 de noviembre de 2017

AFRICANOS EN MADRID

Africanos en Madrid
Nicolás Melini
Reino de Cordelia
Madrid, 2017
117 páginas

Ese mendigo que sale corriendo cuando escucha el grito “¡Al ladrón, al ladrón!”, y salta como un jaguar sobre el carterista, ese que se niega a recoger la dádiva de manos de la mujer agradecida, para luego volver a su puesto de hombre estatua, de top manta, de pedigüeño, ese mendigo, ese pobre, es africano. Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) recoge en este libro varios textos sobre los senegaleses que viven en Madrid. Senegal es la metonimia de África: hombres con la piel oscurísima, sin la elegancia nilótica ni el mestizaje magrebí, que habitan en el país desde el que partían los barcos con miles de esclavos en dirección al nuevo continente. Ese país en desarrollo, que ya pasó por sus años de moda dentro de las agencias de turismo, pero que sigue conservando las costumbres, las tradiciones y los vínculos propios de África, la África asequible, no el corazón recóndito, ese es Senegal.
Desde allí vinieron mareas de personas, sobre todo hombres, algunos ya nacionalizados, otros escondidos en las casas donde una mujer diez años mayor que él les mantiene ocultos a cambio de compañía. O tal vez de sexo, pero ese tema Melini tiene el buen pudor de mantenerlo apartado. Él ha compartido su pobreza con ellos. Y en esa pobreza también está una identidad, que es el baile, que es la gastronomía, y que es un inevitable sentimiento de culpa. Siempre la maldita culpa: por huir, por no conseguir las promesas, por sufrir. Melini ha visitado los Centros de Internamiento para Extranjeros, esos campos de concentración, y conoce de primera mano la obscenidad policial y, por encima de todo, la obscenidad administrativa. Porque la policía es la mano de la autoridad, no la autoridad misma, aunque en la voluntad de cada uno de ellos está la posibilidad de rebelión.
A través de algún ejemplo, se nos expone el choque cultural, en el que la situación entre parejas de los dos continentes es la forma más evidente. Las diferencias de sentido del orgullo, del amor y la relación en vertical al ser una de las partes más rica que la otra. La dependencia y su maldición, que es el interés, algo que incapacita para reconocer si lo que uno siente es auténtico amor, forma parte de la trampa y de la mentira, pues hasta se ocultan segundas nupcias.
Pero en el interior y en la convivencia entre senegaleses se sigue conservando su talante social propio, su sentido de la familia, sus vínculos, de carácter tan diferente que marcan una frontera casi impermeable. Es necesario tener una mente abierta a todo para comprender y compartir. Algo que dificulta, por otra parte, la nueva colonización, la del Fondo Monetario Internacional.

Y luego están esas segundas generaciones, esas niñas que nacen en Madrid y aprenden a enamorarse en Madrid. ¿Cómo pueden aceptar un matrimonio concertado? Melini no resuelve. Expone. Centrándose en los africanos en Madrid, el texto trata, en realidad, de lo difícil que es vivir.

Fuente: Culturamas

viernes, 3 de noviembre de 2017

SABÍA LEER EL CIELO

Sabía leer el cielo
Timothy O’Grady y Steve Pyke
Traducción de Enrique Alda
Pepitas de calabaza
Logroño, 2016
175 páginas

Inmigrar supone no volver a tener suelo bajo los pies. La patria, o la sensación de refugio que es la patria, no la geográfica, o no solo la geográfica: la amistad, los vínculos amorosos, los juegos de la infancia, desaparecen. Y uno se queda para siempre sin suelo bajo los pies, aunque regrese al lugar donde nació. El resto de la vida lo pasarán echando de menos. ¿Qué es echar de menos a alguien? “Es la sensación de estar en un lugar desconocido y perder el rumbo. Es la sensación d mirar sin ver y comer sin saborear. Es olvido, la incapacidad de moverse, la incapacidad de conectar. Es una sentencia que se ha de cumplir y si la persona que se echa de menos está muerta, es una sentencia muy larga”. Así se expresa el narrador de esta crónica, que es un solo inmigrante, pero es la suma de muchos inmigrantes. Es una única voz, plural, un único amor, plural, una sola melancolía, plural, una suciedad, plural, un robo del futuro, que es el mismo para todos los entrevistados gracias a los que se construye este libro sobre un mundo que es lo contrario al paraíso, excepto por unos pequeños huecos, en los que habitan los que ganaron la oposición de cuna, o mientras vemos una película de Disney.
Pero el protagonista plural, hombre, mujer, anciano, niña, de esta estremecedora crónica habita en todo el planeta. Se nos representa en un lugar privilegiado, la Inglaterra de la bonanza económica, y de un origen concreto, la Irlanda rural. Pero lo que cuentan sucede en la historia universal de cualquier calle. El libro es fragmentario y está hecho de pequeños gestos, de los planos que abarca la mirada, de actos minúsculos en comparación con la humanidad: salir de casa, enamorarse, trabajar, ser nadie, el tren, los caminos que se alejan, la sucia convivencia con animales, la esclavitud que supone el trabajo físico. Lo indeseable: el único escape a la pobreza es la muerte. En ese sentido, este libro es un tumor o un funeral. Y, sin embargo, trata sobre alguien que es capaz de ver una sirena en una mujer con las manos huesudas y un ojo de cristal.

Durante páginas y páginas, en las que nos enfrentamos a la par que al texto a unas fotografías desalentadoras, donde el blanco y negro niegan la posibilidad de belleza y de redención, y aun así resultan admirables, se niega la famosa afirmación de Tolstoi: cada familia desgraciada tiene una historia propia. Porque aquí todas ellas se funden en el mismo espíritu. El relato variaría solo en su enunciado. Pero de lo que trata, de lo que habla este narrador plural, es de que la autoestima es un lujo que no se pueden permitir. Solo hacia el final encontramos un descanso, y es una despedida. Y, por consiguiente, una tristeza.

Fuente: Culturamas

SOLOS EN LONDRES

Solos en Londres
Sam Selvon
Traducción de Enrique Maldonado Roldán
Automática
Madrid, 2016
175 páginas

La idea del viaje como el bienestar, el paraíso, las vacaciones o la aventura, se da de bruces contra los vagabundos, los mendigos, los que huyen y los inmigrantes. De entre todas estas últimas versiones obligadas del viaje, uno puede encontrar cierto romanticismo del perdedor cuando se le narra la vida de un vagabundo, un mendigo o un tipo que no quiere saber nada de sus fantasmas. Pero no hay nada rosa, ni azul, en el desahucio que supone la inmigración. Con una mano delante y otra detrás, sorteando cualquier valla que apuñala y la malquerencia de los habitantes que podrían acogerles, los inmigrantes económicos, los inmigrantes de la guerra, esos que llamamos refugiados y a quienes, paradójicamente, se les niega refugio, son los deshechos del darwinismo social a escala planetaria. Muertos de hambre y frío, prostituidos para salir adelante, con alguna de las millones de formas que existen de prostituir nuestros cuerpos, que no son necesariamente sexuales, lo que respiran no es vida. Con el aliento se enganchan a lo que pueden por la mera carestía animal de seguir respirando. El fenómeno de la inmigración nació en una época industrial, cuando a los habitantes de los países del Tercer Mundo les llegó la noticia de que hasta los parientes pobres de sus colonos vivían mejor que ellos.
Samuel Selvon (San Fernando, 1923 – Puerto España, 1994) refleja la realidad de la minoría inmigrante caribeña en un Londres de los años cincuenta, en esta hipnótica historia coral que es Solos en Londres. Hay que decir que lo primero que llama, y mucho, la atención es la sintaxis caótica, irregular, áspera, el lenguaje que utiliza tanto su narrador como sus personajes. Algo que nos obliga a permanecer siempre atentos, en esta valiosa traducción de Maldonado Roldán, porque si perdemos comba quedamos fuera de la novela. Sí, esa realidad que es este lenguaje provoca en el lector la impresión de que jamás los inmigrantes llegan a integrarse. Da la impresión de que todo el rato estuvieran acabando de bajar del barco para expresar su primera frase en un inglés sin gramática. Pero es el que comparten los círculos en los que se mueven. El mismo inglés de todas las personas de color, pues será la piel lo que les transforme en una comunidad, con independencia de su país de origen.

La estructura es muy sencilla. Cada diez o doce páginas se nos va presentando un personaje nuevo. Y a medida que avanzamos, cada personaje se va incorporando a la acción. Es un encadenamiento y una acumulación. Pero resuelto de tal manera que no nos perdemos entre la multitud que poco a poco va creando. El uso de pseudónimos en lugar de nombres nos ayuda a seguir la lectura y nos mantiene en la marginación. Uno espera encontrarse algo así como una mezcla entre el Jack London de La gente del abismo y ciertos relatos de V. S. Naipaul. Sin embargo, no hay intención periodística o de literatura de alto grado en Selvon. Hay cierto humor al conocer al nigeriano mujeriego que no se levanta de la cama si no tiene para comprar el pan, al mulato que se niega a ser identificado como negro, a las mujeres que se obstinan en mantener sus costumbres y repiten esa muletilla de “de donde yo vengo”, al tipo arrogante e inofensivo que en lugar de trabajar juega a la lotería o en juerguista que organiza fiestas para peces algo más gordos. Poco humor queda para las prostitutas a quienes Selvon trata con un eufemismo moral que ellas agradecen. Pero ese humor, esa inocencia, ese machismo, la mendicidad y el saberse, o no, buscar la vida, está siempre, como el lenguaje, en función de algo. Y ese algo es el aprendizaje de la resignación, que funciona como la ley de Ohm: cuanta más resistencia uno pone, menos energía le atraviesa en canal. Y la resignación es, no lo olvidemos, uno de los peores males de la humanidad.

Fuente: Culturamas

jueves, 12 de octubre de 2017

EL CONTAGIO

Fuente: Culturamas

El contagio
Walter Siti
Traducción de Carlos Vitale
Entreambos
Barcelona, 2017
330 páginas

Este es un concepto bastante peculiar del amor: unirse en coito a un travesti para que las partes de la vida encajen y se peguen, tras estar siempre separadas, y sentir así el afecto honesto y el impulso transgresor. O este otro: amarse para protegerse de los ojos de todos, porque cerca del ser amado no se respira el hedor de la perversión velada y de la prostitución, sino el perfume tonificante de la violencia, el sonido épico del acero. Bajo esta premisa del amor se mueven los personajes que Walter Siti (Módena, 1947) recrea en esta novela contundente, brillante, que roba el aliento. Decimos recrea, porque la acotación final acerca de los nombres figurados resulta la demolición de las paredes de nuestros hogares, ya que saber que lo que aquí se refleja, las personas que figuran y sus actos son reales. Simplemente, les ha cambiado el nombre y se ha transformado en un buen cocinero. Siti tiene un gran tema en sus manos, la moral de los débiles y marginados, capaces de destrozar a un padre que pega a una niña en un hospital, sin hacer primero ninguna pregunta. Este realismo social carece del romanticismo y existencialismo de los clásicos italianos y posee la rudeza de las grandes crónicas de guerra. Siti y el narrador que crea, consciente de que está retratando, tan consciente como para pensar en metaliteratura, se desprenden de los falsos pudores de la burguesía, para entrar en un mundo de maltratos, de putas, de drogadictos, de los que deberíamos considerar fracasados.
Pero no existe el fracaso. En la barriada donde habitan, follan y se degradan porque eso es lo natural. Siti maneja los arquetipos como si acabara de crearlos. Ha perdido el sentido del decoro porque es necesario conocer esta otra forma de sinceridad, que es el último rasgo digno que les queda. Serán asesinos y violentos, pero no mienten. En ese sentido, Siti ejecuta un ejercicio de empatía sin condiciones, porque muestra todo, toda la rudeza, todos los demonios, todo el sexo, la adrenalina, la complicidad y la traición. Los rasgos que en otro resultarían exagerados, aquí los vivimos como reales. Su atractivo, si es que existe, radica en la ruina. El narrador no hace juicios de valor ni expresa los de los personajes. Da fe. Con lo cual nos deja sin responder si los desesperados luchan o no. Sabemos que son compulsivos.
Es de tal calado el tema que trata, que Siti comienza con una estructura encadenada, para ir creando rizos en los que los personajes se ven envueltos, aunque solo sea por el hecho de compartir casa. El contagio o, para ser exactos, la primera parte de El contagio, sería manierista sino fuera real. Porque el libro contiene una segunda parte que comienza con un ensayo sobre la creación de los suburbios en las grandes ciudades. Estas páginas son de lo mejor que se ha escrito nunca sobre la invención de Caín y como se ha podrido, sobre las razones de crear villas miserias y la nostalgia por las barriadas auténticas, aquellas en las que los vecinos eran tribu y no se les presuponía culpabilidad.

Roma será la ciudad que Siti tome como epítome del ensayo que, sin darnos cuenta, aterriza en la vida de una pareja, en un drama personal. Algo inevitable si se respira la injusticia como hecho natural desde que se nace. Siti menciona el fenómeno de la inmigración, vinculado a los suburbios, y distingue entre la extranjera y la interna. La toma de postura del narrador vuelve a ser un puñetazo: entiende que los extranjeros tienen cierta ventaja pues, al fin y al cabo, saben qué lugar ocuparán: las nigerianas, por ejemplo, serán putas. Los italianos estarán perdidos. Y la pareja a la que seguimos será mestiza: él caribeño, ella romana. A su alrededor, veremos todo un reportaje social con centros de interés como la cocaína o las relaciones ciclotímicas. La imposibilidad de librarse del deseo y de la frustración alimentarán ese extrañamiento del mundo, al que Siti dedicará las últimas páginas, cediendo la voz a los pensamientos de algunos de los personajes con quienes hemos convivido casi aguantando la respiración. Este libro es una obra maestra y quien lo rehúya por su dureza será un pusilánime.

EL SUEÑO ETERNO DE KIANDA

Fuente: Culturamas

El sueño eterno de Kianda

Borja Moreal

Salto de Página
Madrid, 2017
448 páginas
Cuando su madre enferma, Kianda, una refugiada de la guerra de Angola arraigada en Londres desde su niñez, decide regresar a su país natal en un viaje que lo será también al pasado de su familia, a los motivos de su trágico exilio y a los secretos que encierra la desaparición de su padre, el guerrillero Rui Alves. Al fondo, el pasado y presente de un país africano donde el conflicto no terminó tras la descolonización sino que continuó de forma cruenta entre las distintas facciones libertadoras, segó la vida de decenas de miles de personas y arrasó con las esperanzas de toda una generación de angoleños.
Sobre la cooperación, la emigración y la literatura, hablamos con Borja Monreal, quien ha sido galardonado con el premio de novela Benito Pérez Armas. Borja nos muestra su cara más sensata y conmovedora.
En Europa se mantiene vivo algo que se conoce como el sueño de África. Sin embargo, en África el sueño de Europa es una necesidad. Pero centrándonos en los puntos donde suceden los encuentros en la novela, ¿qué ve en Angola un tipo de Londres que no vea un angoleño? ¿Qué ve en Londres un angoleño que no vea un europeo?
El de Londres en Angola ves los colores; la suciedad, que para los locales forma parte del entorno; los olores, profundos, variados, a veces nauseabundos; los mercados inmensos, llenos de vida y de alegría, de barullo; la miseria normalizada, confundida con el paisaje; los paisajes de una potencia abrumadora que muestran una naturaleza más pura y más hermosa… ve la vida llevada al extremo y los extremos a los que te lleva esa vida…
Desde la distancia, el angoleño ve en Europa las oportunidades, el glamour, la vida fácil y lujosa, los coches, las casas de dos pisos con jardín… pero de cerca, cuando la viven en sus carnes, ven, además de todo eso, la soledad más absoluta, la desaparición de lo social frente a un individualismo atroz, el ruido perenne, el ajetreo, los nervios constantes por llegar tarde a ningún sitio, el olvido de nuestros mayores y la desintegración de la familia. Una Europa mucho más desfigurada que les causa un choque emocional.
El libro nos habla sobre los refugiados, a quienes vemos emprender la forma más horrible de viaje que puede existir. ¿O no? Si suponemos, pues, que cualquier otra forma de viaje es una fórmula más o menos sofisticada de hacer turismo, ¿hay que definir el concepto viaje? ¿Debemos derribar el mito porque frente al viaje del refugiado los demás desplazamientos empalidecen?
El viaje de los refugiados no es atroz por su naturaleza como viaje, como recorrido, sino por la utilización mafiosa que se ha generado en torno a una odisea necesaria para la supervivencia. Pero lo cierto es que hoy en día el concepto de “viaje” ha perdido gran parte de su esencia. No tanto por el ejemplo de los refugiados, que nos muestran el lado más oscuro del desplazamiento, sino porque antiguamente, lo que hacía el viaje era el camino. Ahora en cambio lo hace el destino, nada sucede hasta llegar a él. Es como si nos teletransportásemos de punto a punto para echar un selfie y huir al siguiente check point. Al viaje lo matan las prisas y las tecnologías: ¿para qué viajas, para conocer, para reconocerte, o para poder contarlo a través del puto móvil a los que esperan en su insulsa vida al otro lado de la línea? Hemos perdido la esencia de viajar, de encontrarnos con el otro a través de la necesidad que provocan las dificultades.
En eso hay una cosa en común en mi concepción del viaje y en el que emprenden los refugiados: el suyo, por su naturaleza cruel y trágica, es una experiencia vital de aprendizaje en conjunto y de encuentro permanente con lo desconocido. Lo penoso es que ellos no tengan la opción de elegirlo y nosotros, que podemos, elegimos la foto frente al camino.
Usted ha sido cooperante. Existen distintos tipos de cooperantes, pero, ¿son también viajeros? ¿Cuánto hay de vividor en un cooperante integrado en una gran organización? En caso de que un cooperante no actuara bajo cierto egoísmo, aunque ese consistiera en que su bienestar depende de ver cómo mejora el bienestar de otros, ¿crees que soportaría la convivencia con los refugiados?
Existen tantos tipos de cooperantes como personas: viajeros, vividores, beautiful people e incluso tropical gangsters… pero también los hay comprometidos, dedicados, convencidos de su trabajo. Uno de los problemas de la cooperación es que se ha alejado del “afectado”. Ya no convive demasiado con el que está jodido, y esa falta de empatía, unido a un crecimiento desmesurado de la industria de la ayuda, ha provocado una desconexión entre el cooperante y su razón de ser. Los refugiados, con sus historias, son una cura rápida ante esta falta de empatía. Nadie puede permanecer ajeno a un relato humano de los sentimientos de una persona que se ve obligada a huir, a separarse de su familia, para buscarles a todos ellos una vida mejor. Y estos filtros son necesarios, un bandido en el sector de la ayuda es como un policía corrupto, el ejemplificador en pecado.
Se habla con frecuencia de gobiernos corruptos, y ese mal implica la tragedia que viven los personajes de su novela. Pero, ¿por qué no se habla de los corruptores? ¿Quiénes son?
Muy cierto. Yo sí hablo de ellos en mi novela. Pero cuesta más hacerlo porque el corruptor se parece mucho más a cada uno de nosotros. Y como se parece tanto, construimos un imaginario que justifique al que hace lo que nosotros podríamos hacer, y lo omitimos de los juicios morales. El corrupto es el corruptor en una posición de poder y de fuerza. Así que, ¿quiénes son? Personas corrientes que prefieren coger el camino fácil a hacer lo correcto. Y estas personas se sientan en muchos lugares y posiciones diferentes, generalmente vinculadas al mundo económico.
La colonización fue un martillo golpeando en un clavo sin interrupción. ¿Con qué compararías la descolonización, ya que se trata de algo también traumático? Y, sin embargo, la etapa de la descolonización fue una época de esperanza. ¿Es un bien la esperanza? ¿Acaso no ha exterminado también el sueño de África y el sueño de Europa?
La esperanza es la base del progreso. Soy un firme defensor de la utopía como meta a ser perseguida. Nadie hace cien años era capaz de concebir nada de lo que hoy es una realidad normalizada. Europa, con todos sus defectos, es la realización de un sueño común que, en la práctica, está llena de las contradicciones que te impone la realidad. Las Áfricas también sueñan y generan utopías que, en unos casos se van alcanzando y en otros están todavía en stand by. En parte por esa alegoría de la caverna que fue la colonización en la que se hizo creer al africano que el mundo, la estructura social, debía ser de una determinada manera en la que él jugaba un rol secundario: les obligaron a ser las sombras cuando fuera había un universo entero que estaba por descubrir. Pero salir de la cueva cuesta tiempo y el mundo ahí fuera es jodido, mucho más teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaban allí dentro…
Por último, la pregunta más complicada. Uno escribe una novela extensa en la que se denuncia la maldad más extrema a la que es capaz de llegar el ser humano. ¿Es posible hacer literatura con eso? La literatura supone un proyecto estético, ¿cuál es el riesgo de este tipo de obra tan social? ¿Cómo se soluciona, si es que considera que debe evitarse, o cómo se profundiza en él?
No es solo posible, es necesario, casi obligatorio. La literatura es y debe ser un arma de concienciación social. ¿Qué otro instrumento, además de la literatura, te garantiza una atención permanente de personas diferentes en lugares distintos durante 12 horas? No soy enemigo de la literatura del entretenimiento… pero me parece un desperdicio supremo. Por eso, el riesgo de hacer lo que yo hago es no llegar a un público que solo quiere abandonarse a la lectura. Ese mejor que no me lea… yo escribo para mover a la gente, para generar un cambio social y para convencer de una serie de valores que creo necesarios. Por supuesto que lo hago a través de una historia atractiva y que permite al lector introducirse en una realidad abrumadora que le hace, al menos un poco, aprender casi sin darse cuenta. Pero no me olvido de mi compromiso social. De mi razón de ser. Yo, todavía, no me he olvidado del porqué soy cooperante.
Por otro lado, la estética no está ligada con la maldad. De hecho, algo terrible puede ser hermoso en su forma. Yo cuento la historia de unos personajes en un contexto histórico y social extremadamente difícil. Pero este contexto hace también sacar lo mejor de las personas. El sueño eterno de Kianda es exactamente eso: la reacción de diferentes personas ante una situación dificilísima. Y eso me da la oportunidad de contar las dos caras del ser humano, el día y la noche. Y el día en que acabó la noche.

martes, 3 de octubre de 2017

EL DESCONSUELO DE LOS INSUMISOS

Fuente: Culturas/Tribuna

El desconsuelo de los insumisos
Malika Mokeddem
Traducción de Pilar Jimeno Barrera
El Cobre
Barcelona, 2006
191 páginas
17 euros

Un cosmos de valor personal


Malika Mokeddem representa esos valores femeninos a los que no supone ningún esfuerzo elogiar. Nacida en una aldea argelina, ha luchado por la emancipación de la mujer, contra la tiranía de una sociedad estrecha que impide la libertad, o al menos la libertad de elección. Uno nunca ha tenido claro que existan valores absolutos, o al menos no tan claro como parece tenerlo Malika, y como demuestra tenerlo en cada frase de este libro autobiográfico. En El desconsuelo de los insumisos, nos relata los episodios de su vida en los que la lucha por la dignidad humana, representada en ella misma, fueron más complejos, más dolorosos, hasta el punto de llevarla a considerarse a sí misma como una superviviente, por un lado, y por otro a pagar el precio del exceso de soledad, incluso pese a trabajar en una consulta médica para inmigrantes magrebíes en Francia. Es cierto que no se puede dejar de valorar el espíritu de Malika, pero sí cabe cuestionar su literatura, o al menos la demostración literaria que hace en este libro.
Posiblemente se encuentre cayendo en un error bastante común en ciertos textos autobiográficos, como es el de considerar que la propia vida es lo bastante impresionante de por sí como para que el lector se deje caer en los brazos de cada frase, de cada párrafo. Y lo cierto es que impresionar no es lo mismo que tener algo que contar, y mucho menos que saber cómo debe contarse aquello que uno pretende decir. De ahí que Malika caiga con frecuencia en la autocomplacencia, en un ejercicio a veces autocompasivo en el que la frase corta pretende cargarse de lirismo al tiempo que de potencia. Esta manera que tiene de relatar, directa, expresando lo que quiere expresar, deja en el aire una meditación irresoluble, aquella que pretende encontrar vínculos entre la humildad y la literatura. Lo más fácil será exponer algunos ejemplos para aclarar esta idea: cuando divaga con cierto tono intelectual le sale expresiones tipo: “Los postulados de las revistas médicas martillean sin cesar en mi cabeza los clichés que comparan el sueño a bordo de un barco con el bienestar del feto en el líquido amniótico. Nunca he creído en ese concepto de bienestar fetal. Incluso me parece de lo más sospechoso y con tufo a moralina”. La imagen que expone de sí misma es de esta índole: “Pocos son los que consiguen liberarse, los que ponen todo su empeño en emanciparse. Los que se enfrentan a todo tipo de garras, a los peores perjuicios. Como yo”. O la reflexión sobre los méritos de su obra contiene argumentos del estilo de: “En un texto que data de aquella época escribí: …se atropellan las palabras del silencio, las palabras de todas las ausencias. Me asestaron una brutalidad saludable. Me dejaron ebria y desamparada”. La forma en que habla de su infancia es bastante significativa: “En pocos minutos, todo el mundo estaba de pie. Menos yo, que me hacía un ovillo en el jergón con la vana esperanza de que se olvidasen de mí y pudiera robar un poco más de tiempo”.
Malika dispone su texto en dos corrientes que se alternan. La primera referida a la infancia y adolescencia en Argelia, trayendo a la memoria a su madre tirana y a su abuela cariñosa, además de su brega por sacar adelante unos estudios. La segunda corriente sucede en la actualidad, en Francia, y nos habla sobre el precio pagado por su dedicación y compromiso intelectual, desde el fracaso de la convivencia a la violencia integrista. Malika Mokeddem es, sin duda, una mujer excepcional, porque sin duda se trata de una excepción, como nos deja bien claro en cada línea. El problema es que ser un individuo tan especial porque uno lo dice, y no porque se lo demuestra al lector, va mellando los valores artísticos de una obra. Dicho de otra manera, provoca que un texto como este no sea excepcional. Como era de desear. Como pretende Malika.

jueves, 28 de septiembre de 2017

BIENVENIDOS A OCCIDENTE

Bienvenidos a Occidente
Mohsin Hamid
Traducción de Luis Morillo Fort
Reservoir Books
Barcelona, 2017
171 páginas

Ahora, cuando la distopía se ha convertido en un género narrativo, descubrimos que esa manera de avanzar el futuro no es otra cosa que la realidad, que la tenemos encima y que todo consiste en no mirar para otro lado para darnos cuenta de que la ciencia ficción que nos remite a un futuro desastroso, es algo que viven los desheredados, los desposeídos, la gente a la que se le ha robado el amor, las raíces y hasta la cortesía. Con una entereza que da envidia, Moshin Hamid narra sin dolor. Pero la idea de que la supervivencia basta para derrotar al amor, o que puede bastar para romper el lazo de cariño más humano, sobrevuela la historia y no se resuelve hasta el final. Es un cara a cara entre la humanidad y los peligros del espejo, que solo devuelve la figura de la humanidad. Como Alicia, que cruza a otro mundo a través de un espejo, una pareja que huyen del conflicto bélico que sucede en su país, cuyo nombre no aparece, cruza a distintos lugares de occidente atravesando puertas. La diferencia es que Alicia se sirve de un espejo, que multiplica la luz, mientras a ellos algún alma caritativa les abre una puerta oscura, es decir, para salvar la vida se dirigen hacia donde se ve peor o no se ve.
La novela comienza presentándonos un país árabe, en el que la gente padece o disfruta de las mismas necesidades que en occidente. La ropa que lleva la protagonista, o la que utiliza él para subir al apartamento de ella, es un disfraz con una utilidad camaleónica. Pero allí la gente ve caer bombas copulando, haciendo gimnasia, mientras se forman tormentas. Allí o utilizas el disfraz o puedes acabar decapitado con un cuchillo de sierra a fin de incrementar el sufrimiento, y luego colgar el cuerpo de un cable de alta tensión. Las reglas de lo cotidiano las tienes que aceptar sí o sí, a la fuerza. De tal manera que llega un momento en que o te conviertes en combatiente o piensas en salir. Como sucede a la joven pareja protagonista, que imitan la vida occidental en la medida de lo posible. Pero la guerra degrada todo, hasta los principios religiosos o el deseo carnal. Cabe una tercera opción, que es la de volverse loco, irse con la mollera a vivir a otro lugar, como sucede con el padre del protagonista.

Pero ellos deciden emigrar, que es tanto como eliminar de tu vida a la gente que te recuerda los buenos sentimientos, como la ternura. Y es entonces cuando comienzan sus saltos, desde un campo de refugiados en Mikonos, un detalle que tal vez sea un guiño a La Odisea, porque el viaje de los refugiados es el único que existe para el que se requiere un valor comparable al de Ulises. Desde que dan con sus huesos en el campo de refugiados, hasta que llegan a un lugar de la costa de California, con escalas intermedias, se van dejando rastros de humanidad por el camino. De hecho, en algún momento rezar y fumar porros es lo único que les identifica como personas. Y así es como la supervivencia cambia los lazos de amor. De hecho, esta novela trata en buena medida sobre eso: o sobrevives o amas. Una disyuntiva propia de las distopías, algo que millones de personas están ya viviendo.

Fuente: Culturamas

martes, 26 de septiembre de 2017

CUANDO DIOS BAILABA EL TANGO

Cuando Dios bailaba el tango
Laura Pariani
Traducción de Patricia Orts
Pre-textos
Valencia, 2005
372 páginas
25 euros


La trastienda de la historia



He aquí la mejor manera de dar respuesta a la pregunta: “¿qué es la historia?, ¿la verdadera historia?”. La historia, la de verdad, la que nos construye, es la historia de la gente. Y en este caso, la historia de los que no aparecen en libros de texto, ni quedaron registrados en las hemerotecas, verdaderos archivos de lo que sucedió en el siglo XX. Cuando Dios bailaba el tango es una muestra de la vida de las mujeres que esperan sin saber qué objeto tiene seguir viviendo. Para ello Pariani construye las voces y las biografías de dieciséis mujeres inmigrantes, que nadan en las aguas nada fértiles de la existencia de un país, Argentina, tan maleado a lo largo de los últimos cien años. Con un estilo seco, directo y si tapujos, como se corresponde al realismo más legítimo, aquel en el que los personajes se cuestionan cuál es su sitio en el mundo, el lector afronta un puñado de minúsculas novelas en las que cada mujer toma el relevo de la anterior cuando el aliento de esta ya se agota, cuando se le acaba lo que tuvo que decir. Pariani elude el orden cronológico, pese a que los relatos comienzan a finales del siglo XIX y terminan en el año 2001, porque el orden cronológico no es el mismo que el de la memoria, ni siquiera que el de la memoria colectiva, y mucho menos que el de la memoria coral, que es la impresión que guardará en el recuerdo quien lea este magnífico libro.
Y así, a través de estas mujeres que fatigan la soledad, que han visto cómo sus familias se deshacen o se desguazan, se ahogan o se parten, se nos va hablando acerca del desasosiego de no ser de ninguna parte, ni de esperar ya nada de nadie, con resentimiento o con tristeza, o con miedo o con nostalgia o con gritos que reclaman justicia social, o con desengaño o con la resignación de quien ha visto cómo se le ha ido al traste la ilusión de vivir. Pues Pariani consigue que alguno de estos sentimientos cobre especial relevancia en cada capítulo, sin que se obvien los demás, sin que cada una de las mujeres deje de sufrir el complejo nido de sentimientos que todos ellos componen, y que padecen al tiempo que se preguntan hacia dónde deben mirar para encontrar consuelo. Para conseguir al lector involucrar en ese potaje de la gente que nunca tuvo voz, Pariani no tiene problemas en cambiar las distancias de los narradores con el lector, de manera que aunque se dirija a él directamente, utilizando la primera persona, acude al interpelación directa en ocasiones, camuflada a modo de carta o de monólogo, o le facilite la visión del cuadro desde fuera recurriendo a una tercera persona que persigue la biografía del personaje elegido. De esta manera, acabamos descubriendo, al final de la lectura, que acabamos de encontrar la trastienda de un país, de la historia de un país. Y la trastienda es el lugar donde se almacenan los objetos fuera de la vista de los clientes que acuden a comprar.


Fuente: Culturas/Tribuna

CHOQUE DE CIVILIZACIONES POR UN ASCENSOR EN PIAZZA VITTORIO

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio
Amara Lakhous
Traducción de Francisco Álvarez González
Hoja de lata
Gijón, 2016
175 páginas

El ojo de la aguja



El mundo es un puerto seco en el que desembarcan marineros sin uniforme que provienen de cualquier lugar del planeta para enlazarse en un nudo con mucha grasa, por lo que jamás logrará quedar apretado. O el mundo es ese nudo de millones de colores, casi todos apagados, que podemos mirar a través del ojo de una aguja, o es Guerra y paz junto a las obras completas de Proust y la Biblia. Pero ya nadie lee cuadernos tan voluminosos para intentar comprender el mundo, por lo que solo nos queda la alternativa de mirar a través del ojo de la aguja al puerto seco, que puede llamarse, por ejemplo Piazza Vittorio, y tirar de los hilos del nudo para leerlos por separado. Porque por muy cosmopolita que sea el mundo, lo que no consigue es ser mestizo. Bajo esa certeza el escritor argelino Amara Lakhous (Argel, 1970) construye esta novela polifónica. Se trata, sin que lo sepamos, de una novela negra. La estructura no es la convencional. Existe un asesinato, sí. Y una serie de gente de lo más diversa que se reúnen en torno al cadáver. Y tampoco es novedoso que cada capítulo esté narrado por uno de los personajes. Pero en realidad la novela no versa sobre el asesinato ni la intriga. La novela versa sobre la piel de grasa que impide el mestizaje. Porque la mayoría de los protagonistas no son originarios de Roma. Algunos son italianos, es cierto, pero pocos de la capital.
En Piazza Vittorio tanto el que proviene de Milán como el que llegó huyendo de Nápoles son inmigrantes. En diverso grado, pero inmigrantes. Eso quiere decir que Lakhous va a hablar sobre el extrañamiento del desahuciado. Tal vez con un toque de humor por momentos, pero de ese humor de calado triste. En realidad, el poliedro nos presenta una suerte de ciudad paralela que viviera, como la que creó Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas, en el subsuelo de la Roma que es el imperio de la gran belleza, del turismo y del caos. Y cada uno de sus habitantes obedece a una forma diferente de emigración, desde el estudiante holandés al refugiado magrebí, que si tienen algo en común es la sospecha que enunció Sartre y que aquí se expone como una pregunta: ¿serán los demás el infierno? De ahí que cada capítulo en lugar de titularse El testimonio de…, pase a titularse La verdad de… Cada capítulo es la confesión, el punto de vista de cada uno de los habitantes sobre los demás, expuestos, suponemos, al inspector de policía. Pero lo que importa es el autorretrato que hace de sí cada uno de ellos. Desde el honesto bengalí al fascismo de la dueña de un perrito; desde la vanidad de un profesor universitario al miedo de la ilegal procedente de Filipinas; desde la bondad de la cooperante que viaja al Sáhara a la xenofobia cutre de la portera. Al afrontar esas parejas de seres contrapuestos, Lakhous nos deja, a modo de moraleja, la distinción entre el inmigrante y el racista, que es que el primero todavía sonríe. Y esa lección que dicta que los que emigran son hermanos, compatriotas de los que emigraron en el pasado, que la patria sí viene dictada por la frontera, pero por la necesidad de cruzarla para sobrevivir, no por el color con que figura un territorio en un mapa político.
A todo esto, los dos principales protagonistas de la novela son el fallecido, a quien apelan el Gladiador, alguien que mea en el ascensor del edificio, y Amadeo, que se encuentra desaparecido pero que entre sus recuerdos, que él llama aullidos, confiesa padecer úlcera de memoria. Unos concita el odio de los vecinos, el otro la simpatía. Y al final aparecerá un detective que tarda medio minuto en resolver el caso. Hay que agradecer a Lakhous que no nos deje con la incertidumbre. Pero, por encima de eso, hay que agradecerle que haya sabido mirar por el ojo de la aguja y merced a lo que sucede en un ascensor, haya sabido resumir en qué consiste eso que conocemos como humanidad, que es la dueña del Mundo.


Fuente: Revista de letras

lunes, 11 de septiembre de 2017

RECOMENDACIONES DE LITERATURA Y DE VIAJE

Abrimos capítulo solo para pronunciar una palabra de apoyo a estos libros, sobre los que iremos dando noticias aquí y en distintos medios. Un aplauso antes de apagar la luz esta noche







viernes, 8 de septiembre de 2017

FELIZ NORTE

Feliz norte
Árpád Kun
Traducción de Éva Cserháti y José Miguel González
Tropo editores
Huesca, 2016
458 páginas

No es posible encontrar una mayor paradoja, en este mundo burdamente global, que las líneas del mapa trazando fronteras. Un planisferio político pertenece al orden desnaturalizado de otra época, cuando los hombres estaban dispuestos a morir en nombre de la nación. Ahora harían falta muchos mercenarios para combatir a los drones. La auténtica frontera, esa que sugiere en la narración, precisa de un tiempo para recorrerla, un tiempo durante el cual uno no se encuentra ni en su patria ni en tierra ajena. Ni siquiera reconoce un calendario. Es un paréntesis y no una línea continua. Pocas fronteras tienen menos interés, en ese sentido, que los aeropuertos, convertidos en el lugar donde más anécdotas suceden. Pasar de Benín a Noruega de una tacada, como le sucede a Aimé, el protagonista de esta bonita novela que es Feliz norte, supone una reorganización sentimental debido a la superación de tantas supuestas fronteras, todos los espacios habitados o vacíos, que le habrían ayudado a explicar dónde se encuentra a medida que avanza. Hijo de un padre mita vietnamita, mitad francés, desaparecido en la memoria, y de una madre de África occidental, hija, a su vez, de un curandero vudú, nuestro protagonista alcanza el metro noventa de estatura y destaca, desde su infancia, por la compasión, que es la versión emocional de la empatía. Al tiempo que nos describe su lugar de origen, en lo que para él es costumbrismo y para nosotros viaje, un trozo de Sáhara, entiende el vudú como una forma de explicar los acontecimientos, incluso de hacer justicia, en un lenguaje incomprensible para los escandinavos y para cualquier otro pueblo que hubiera cruzado, de haber viajado a Noruega por tierra. Eso explicaría el fracaso histórico de los misioneros noruegos en Benín, pero también su formación como auxiliar de enfermería y su trabajo en los quirófanos. Tanto la medicina alopática como el vudú, o la religión, como todo, son reales desde el momento en que alguien cree en ello.
Árpád Kun (Sopron, 1965) consigue que nos creamos que el narrador es tan africano como Ben Okri o Chinua Achebe, en un ejercicio en el que intervienen los códigos de purezas y blasfemias de los otros, bien aprendidos y mejor desarrollados en la narración. El motivo, lo sabremos en el epílogo, sin desvelar el final, es la amistad. Kun, al igual que el protagonista, es un extranjero, de origen húngaro, afincado en la Noruega de los fiordos, donde se conocieron. Pues el libro es reflejo de la vida de un emigrante, un viajero real. Hasta el punto de que el momento clave, el trauma, es el paso de una frontera. Aimé  resulta ser beninés por nacimiento, pero francés en cuanto a la administración, dada la procedencia de su padre. Así pues, cuando pretende salir de Benín, con treinta y ocho años, resulta que se le exige el pago de toda su vida a modo de visado. La administración le presupone ser turista, ignorando que nación y jamás abandonó Benín. La anécdota sirve para que no se resienta la narración al girar el escenario. La vida en los fiordos, llena de agua y la mitad del año de sombra, mientras la otra es siempre de día, apenas tiene algún aspecto en común con África. Pero a su llegada topa con un grupo de discapacitados, que regresan de vacaciones en Canarias, gracias a lo cual vuelve a reconocerse como la persona que era: alguien entregado a la sanación del amigo y del desconocido.
Y así es como sobrevive. Cambia un país lleno de la vitalidad de los niños en la calle, por otro donde el envejecimiento de la población es determinante. Hasta el punto de asistir a competiciones deportivas de los más chocantes, como carreras de sillas de ruedas, con andadores o muletas. Al mismo tiempo, salva la adaptación cultural al identificar el pensamiento mágico que gestó a los escandinavos. Todos somos hijos de los mitos, tengan la forma que tengan, y los noruegos, por muy civilizados que estén, no son ajenos a su cultura. Tras pasar por algún otro oficio, como guía turístico, Aimé termina entregado a su profesión de auxiliar de enfermería, tanto para ancianos como para discapacitados. En un exilio que no duele, conoce la descomposición de los cuerpos a la par que el invierno de seis meses sin luz. Pero al cuidar enfermos, consigue el triunfo diario del cuerpo sobre la muerte. Hasta el punto de encontrar no solo amor, sino también enamoramiento. Escrito en primera persona, para que podamos reconocernos mejor en Aimé, tanto como lo hace Kun, Feliz norte es una novela llena de un optimismo que late con las pulsaciones de un hombre en reposo. La dicha del descanso, de encontrar nuestro lugar en el mundo.

 Fuente: Revista de letras