Glifo
Ali
Smith
Traducción
de Magdalena Palmer
Nórdica
Madrid,
2026
231
páginas
Preocuparse
por la maternidad, por lo que significa ser madre, o por lo que supone ser
padre, está en muchos de los sustratos narrativos. Con menos frecuencia
encontraremos el tema de los hermanos, de esa otra relación que se rompe en la
leyenda de Caín y Abel, y se diviniza en las películas de Disney. Ser hermano implica
compartir un pasado, pero no unos vínculos incontestables, indestructibles,
incondicionales. Por eso puede dar pie a relatos, porque nos encontramos en el
territorio del conflicto. Ese por el que vaga este Glifo, la última
novela de Ali Smith (Inverness, 1962). Vamos a asistir a dos partes de un
relato entre hermanas. La primera parte contada desde la perspectiva de una de
ellas, la mayor, y la segunda narrada desde la tercera persona. En la primera
parte trabaja la memoria, lo cual supone afrontar la melancolía. Para tratar
con la melancolía no hay mejor recurso que el lenguaje sencillo. Y para tratar
con la memoria debemos tener en cuenta cómo funciona, porque no es lineal, porque
se permite saltos temporales, porque se permite interpretaciones incrustadas.
Pero la esencia va a ser esa relación entre hermanas.
Una
de ellas presume de hablar con los muertos o, al menos, de hablar con un muerto
que le puede dictar lo que dicen otros muertos. La distancia y la implicación
de la memoria supone no terminar de definir si estamos frente a una fantasía o
una realidad. Lo que sí es seguro es que en ese acto puede haber tanto de farsa
como de deseo, es decir, los dos componentes que siempre van implícitos en los
afectos, en el amor. Y cuando desaparece el ser amado, ¿cuál es la consistencia
de lo que queda? Uno de los personajes nos lo aclarará de forma contundente: «Ah,
eso está bien, muy bien, dice Patricia. Especialmente porque las prótesis tratan,
ya sabes, de la ausencia. Y de lo que pones en lugar de la ausencia». Dicho de
otro modo: ¿Cuánta de nuestra identidad real es prótesis?
En
este caso, hay una elipsis, una ausencia, muy intrigante, que es la de los
padres. Apenas llegamos a saber nada de ellos. Las pistas nos llevan a
sospechar algo feo sobre la muerte prematura de la madre, y algo violento sobre
el padre. Pero lo que duele es la ausencia: ¿Dónde han estado los padres de
estas criaturas mientras ellas establecían el vínculo de hermandad? La consecuencia,
es fácil de imaginar, son los fantasmas. Especialmente el fantasma de un
caballo ciego. De hecho, Smith no cierra la puerta a la explicación mágica de su
relato. Al fin y al cabo, la memoria son hilos fragmentados y para anudarlos
hace falta esa prótesis que debemos crear. Y en la memoria también actuarán las
historias que nos afectan, que es memoria prestada, y por las que Smith siente
especial predilección. Somos relato en mucha más medida de lo que damos por
supuesto. De ahí esa segunda parte en la que la hermana pequeña, a la que sigue
el narrador, intenta educar con el relato a una hija en acogida. De hecho, en
esta parte se impone bastante la narración dialogada. Y dada la elipsis
temporal entre el final de una parte, que termina cuando la infancia llega al
final, y el inicio de la otra, que comienza cuando la pequeña toma decisiones
de adulto, nos quedaremos preguntando qué ha sucedido realmente entre las hermanas,
sometidas a una separación aparentemente acordada entre ellas, pero que no deja
de intrigarnos, porque algo de dolor ha debido existir en ese tiempo. «La
familia nunca es un caso cerrado» es una afirmación que aparece en alguna de
las páginas del libro. Esa intención hace crecer a esta novela, porque será
raro que dos lectores lleguen a las mismas conclusiones, dado que no existen
dos lectores que hayan tenido idéntica vida familiar. Glifo es una excelente
manera de retomar el pulso a la lectura activa.

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