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sábado, 27 de julio de 2019

DE DUBLÍN A NUEVA YORK


De Dublín a Nueva York
Maeve Brennan
Traducción de Isabel Núñez
Malpaso
Barcelona, 2019
539 páginas

Ser memoria es una bendición. No mencionamos la memoria como una virtud o una cualidad, ni siquiera como un valor intelectual o espiritual. Nos referimos a ser memoria, a que la memoria lo sea todo, que se confunda con la literatura, que sea literatura. En una época en la que se está sustituyendo la literatura por la literatura, es decir, la esencia por el virtuosismo, en un momento en el que la literatura se cocina a partir de las lecturas de letras, frases, párrafos, y no de la fuente original, que es la vida, un libro como De Dublín a Londres nos ayudará a recordar -otra vez mencionamos a la memoria- cuál es el origen de la necesidad del relato. Maeve Brennan (Dublín, 1917 – Nueva York, 1993) defiende la pureza de la literatura con una intensidad que, por momentos, iguala a Chejov, aunque sus pretensiones están muy alejadas del autor ruso. Para quien quiera hacerse una idea, diremos que el libro está dividido en dos partes, la irlandesa y la norteamericana, y que en la primera de ellas comienza recordándonos a Edna O’Brien, pero a medida que avanzamos nos remite a William Faulkner. En cuanto a las imágenes sobre Nueva York que forman las crónicas del segundo bloque, debemos significar que su sencillez y humildad provocan envidia.
Este será uno de los grandes libros de este año y, sin duda, una de las mejores lecturas para cualquier momento. Comienza con la inocencia de la infancia y Brennan demuestra saber estar en paz con su pasado, un ejercicio más complejo de lo que se nos figura. Como escritora, no interpretará en ningún momento, ni en la etapa juvenil ni en la vida adulta en Manhattan. Se vale de registros que incitan a la interpretación psicológica, o que quedarán guardados en el recuerdo para que los hagamos aflorar de vez en cuando y revisemos lo que pudieron sentir los personajes, y nosotros con ellos. Así van creciendo sus personajes irlandeses, formando parejas en las que las aristas se imponen al contacto, en el que se sufre el condicionamiento social. Aunque el talento de Brennan es tal que uno no puede calificar a los relatos de costumbristas, porque son tan personales que no se reconocen las costumbres. Cada acto, cada frase, va significando sin llegar a puntualizar, a anclar, porque si uno abre y cierra un paréntesis en una vida, ponga los corchetes donde los ponga, nada es una obra cerrada. Y mucho menos el paso por la Tierra.
El tema que unifica a los relatos es una pregunta: ¿qué se necesita para mantener cuerpo y alma unidos? Nos remite a un Dublín algo aislado, que uno catalogaría como provinciano si no tuviera terror del sentido peyorativo de ese adjetivo, pues es imposible haber nacido en todo el planeta a la vez. Aunque, eso sí, sus narraciones poseen una de las cualidades propias de este género: el personaje central soporta la angustia de la autocompasión, o de evitar la autocompasión. Se nos habla del patriarcado, de la pereza, de la abulia y de la maldición que supone vivir por inercia, una corriente por la que nos dejamos llevar con demasiada enjundia, un infierno, del que Brennan supo huir.
Y para ello pasó buena parte de sus años en Nueva York. Una vez que supo emular a Faulkner, hacer del alma emoción y recordarnos que no disponemos de tiempo suficiente como para procesar las emociones y transformarlas en sentimientos, colaboró con varios medios escribiendo momentos urbanos. Brennan entiende la ciudad como un lugar habitado y es la gente quien llama su atención. Se transforma en una activa voyeur que adora el gesto pequeño. Ve, y parece indicar que ya pensará más adelante sobre aquello que registra. Con lo cual evita que sus artículos sean algo parecido a actas notariales. Nos habla de nosotros, nos facilita la empatía, y esa sensación es muy agradable. Nueva York es una ciudad caótica, neurótica, llena de músicos solistas interpretando cada uno una pieza, y además desafinan. Pero ella sabe reconciliarnos con la locura, nos muestra un lugar que invita a que sucedan pensamientos y sueños.
Una maravilla, un gran acierto editorial.

viernes, 19 de julio de 2019

LOS PÁJAROS DE VERHOVINA


Los pájaros de Verhovina
Ádám Bodor
Traducción de Adan Kovacsics
Acantilado
Barcelona, 2019
268 páginas


Es un reducto de otra época, de otra generación, de otro planeta; es un mundo simultáneo, de un gris permanente, una herida en la piel de la tierra que cicatriza mal y la costra es de ceniza. Un lugar resistente al cambio, porque los tiempos oscuros son como el sudor, que solo se despeja bajo una fuerte ducha pero, a diferencia del líquido salado, no existen duchas morales ni riegos de desarrollo. Ese es el espíritu de Los pájaros de Verhovina (Variaciones para los últimos días) de Ádám Bodor (Rumanía, 1936). Nos lleva hasta un lugar que parece ser el suyo, el propio, un valle rumano donde no alcanza a llegar Netflix o Tínder. La vida sigue transcurriendo con la razón de hace cien años, y hace cien años no tenía un desarrollo mucho más avanzado que el medieval. Las creencias son inamovibles y tenemos la impresión de estar asistiendo a una obra coral que define una época. Pero, de repente, por la carretera atraviesa un quad y reconocemos que nosotros nos hemos movido, pero los habitantes de Verhovina no.
Sería una maldición si fueran conscientes de que hay vida más allá de las fronteras que han ido imponiendo por endogamia y por pereza. La región la pueblan unos seres que son reflejo de una violencia contenida, que Bodor trata con tanto respeto como frialdad, y también unos fantasmas de los que no se da cuenta. Hay muchas ausencias, pero son elípticas y no alcanzamos jamás a encontrar su definición, en un ejercicio de malabarismo literario a la altura de unos pocos y de los buenos. Como está la metafórica ausencia de los pájaros, huidos de la región, y con ellos todo el significado de la palabra vuelo, de la palabra libertad, de la palabra felicidad. De esta manera, Bodor crea una atmósfera de perpetuo deshielo, en un lugar que deja a las fronteras del Western en tiras de cómic, pues la distancia entre la geografía que nos retrata y el resto de la Tierra es indescriptible, es decir, no hay manera de conocerla. Y no digamos ya de recorrerla. La única salida es, precisamente, la divulgación literaria. Gracias a Bodor podemos conocer estos entornos en el que los parajes son mucho más fuertes que el individuo. Da cierto temor pensar que uno puede calificar como costumbrista a una obra de este estilo.
El narrador, de nombre Adam, está inmerso en la vida del lugar. De vez en cuando nos lo recuerda, y abandona el mosaico de vecinos y el tono plural para participar en los sucesos. Está dentro y es, a la vez, omnisciente. Y no cesa de preguntarse por la convivencia y las formas de la convivencia. ¿Existe alguien que todavía tenga fe en la cortesía? De todas maneras, ¿de qué sirve la cortesía si no hay porvenir? Y no es que no exista un destino, unas opciones de futuro, es que a los habitantes de Verhovina se les niega la posibilidad de saber que, tal vez, podrían tener algún tipo de futuro, que no siempre las cosas son permanente, ni siquiera el gris. Pero si hasta los pájaros han dimitido de su función social, estética, ética, ya poca resistencia podemos ejercer los demás.

jueves, 18 de julio de 2019

EL ESPÍRITU DE ROMA


El espíritu de Roma
Vernon Lee
Traducción de Amparo Serrano de Haro
La línea del horizonte
Madrid, 2019
165 páginas

Todo va cambiando. Algunas cosas ya están muertas. Otras quisimos verlas como vivas en su momento, pero nunca lo estuvieron. Releer las anotaciones, como mirar las fotografías, supone una intención de querer regresar, una intención de estar de vuelta, un anhelo de vivir en el pasado. Seguramente, un consuelo, pues invitamos a los benditos sentimientos a retornar. Y, sin embargo, vemos sombras y las sombras pertenecen a un mundo artístico gótico, romántico y, en el caso de Vernon Lee (Boulogne Sur Mer, Francia, 1856 – San Gervasio Bresciano, Italia, 1935), prerrafaelita: “Nuestro ideal sería preservar en el futuro las cosas hermosas, ciertas flores de la tradición y el privilegio del pasado. Es un engaño. Sería como esperar mantener las hojas viejas en los árboles hasta el próximo verano. Pero después de que las hojas marchitas hayan caído y los árboles hayan quedado al descubierto, vendrán otras nuevas, no iguales, pero similares”.
Lee entiende Roma como una ciudad orgánica, un ser vivo, en movimiento, en transformación, con tantas estaciones como visitas hace a los parajes. Y nos los describe con un espíritu impresionista: asistimos a cómo le afectan las acuarelas, las pinceladas, los colores. No nos sumergimos con ella, pues la sensación que da es la de ir revelando con frescura, la de no intentar ser un intruso. Y para ello parece que no cabe otra opción que la de ser un voyeur: observar, ver, mirar. Así, la suma de cuadros se transforma en una enumeración, en una descripción por enumeración de un mundo perdido e inacabable. Tantas veces como Lee fuera a Roma, encontraría un nuevo dato que transformaría el espíritu de la ciudad. Como ella afirma, con poesía, los poetas construyen ciudades. Y lo hacen desde la escala humana en la que habitan: no hay planos a vista de pájaro, no hay otras dimensiones temporales que no sean las del presente: “Es una retórica espléndida de boca ancha; con significado, ciertamente, pero sin restricción a un mero significado”.
El volumen da una impresión de fragmentación, pero nos encontramos frente a una ciudad fragmentada, una ciudad sin consistencia de cuerpo único. Y Lee elige las emociones que tienen que ver con la soledad y la belleza, elige la reflexión y cierta tristeza sin depresión ni lugares comunes, “eligiendo finalmente situarse en una equidistante tierra de nadie que es, quizás, el único lugar en el que las personas extraordinarias pueden ser realmente fieles a sí mismas”, nos indica Amparo Serrano de Haro en el prólogo. También acierta a señalar cuál es la argamasa que da consistencia a estos apuntes: “El tema del eterno retorno, el triste e incierto fantasma de la inmortalidad, es, por cierto, uno de los motivos recurrentes”. Y para nosotros el de descubrir Roma y el de redescubrir el retorno. Todo un ejercicio de y contra la nostalgia.

sábado, 13 de julio de 2019

DÓNDE VIVIR


Dónde vivir
Carole Zalberg
Traducción de Antonio Roales Ruiz
Armaenia
Madrid, 2019
135 páginas

William Faulkner llevó al extremo el relato a varias voces en Mientras agonizo: voces sucesivas que se complementan, que se superponen, incluso, que se corrigen y que dan pie a una impresión coral trabada, pero con intenciones clarísimas, pues la vida no es un relato cerrado, sin una sucesión de momentos que parecen no tener sentido. Y, sin embargo, somos capaces de seguirlo, de reconocerlo y de reconocernos en las voces que suman. Como también sucede en Último tragos, de Graham Swift. Pero tanto Faulkner como Swift se remiten a un periodo de tiempo corto, muy intenso, pero un paréntesis que tiene que ver con la muerte y el entierro. Carole Zalberg (1964) recoge la estrategia de voces sucesivas, pero la aplica a casi un siglo de existencia de un grupo de gente y, a mayores, integra la historia contemporánea de un pueblo, el israelí, con luces y sombras, con contradicciones y miedos.
La sensación que se imprime en cada capítulo es que el narrador se dirige al lector en un tono epistolar, sí, pero con toda la sinceridad por delante, como en un flujo de conciencia. El ejercicio literario, queda patente ya con lo expuesto, es de riesgo en el formato y la morfología. También en el tema, pues nos habla de la resiliencia del individuo y de la resiliencia de la tribu, dos tipos de supervivencia que no siempre coinciden, especialmente cuando hay causas de justicia de por medio.
“¿Pero cómo vamos a ser superficiales si todos nosotros procedemos de linajes diezmados? ¿Cuándo avanzamos con la casi vergonzosa conciencia de nuestra precariedad, mientras quieren que seamos invencibles, nunca más víctimas?”
Los personajes van evolucionando al tiempo que gira la historia del país: y con ellos evoluciona el concepto de tierra, de país, de nación y de patria. Aunque, tristemente, el concepto real, el que condiciona toda la cronología y la filología de la historia, incluida la historia de los personajes, es el de estado. Se va olvidando de lo humano y lo tribal para imponerse una idea frívola que sustituye a la de pueblo. Y los personajes, enamorados del kibutz y sufriente en la guerra, van perdiendo su cariño por el camino. Aunque se agarran a los clavos ardiendo, a los vínculos sociales y afectivos, ligados a la propia supervivencia, también a la supervivencia de una cultura que alguna de las voces se cuestiona: no debería sobrevivir una cultura a costa de vidas. Zalberg ha sido valiente en el planteamiento y las intenciones. Ahora solo queda confiar en que ese valor sea una semilla que prospere.

viernes, 12 de julio de 2019

BUCAREST. POLVO Y SANGRE


Bucarest. Polvo y sangre
Margo Rejmer
Traducción de Ernesto Rubio y Agata Orzeszek
La Caja Books
Algamesí, 2019
245 páginas

La resistencia del régimen de Ceaucescu tal vez fuera el tumor más sórdido y criminal de las dictaduras que cayeron a finales del siglo XX en Europa. Hasta tal punto que una periodista polaca, Margo Rejmer (Varsovia, 1985) se estremece al considerar las consecuencias y se atreve a partir al epicentro del oscurantismo para revelar en qué consistió y en qué sigue consistiendo. A Bucarest le cuesta algo que no sabemos si definir como esfuerzo el desprenderse del sudor y la fiebre de un régimen tirano, megalómano, arbitrario y asesino. Rejmer reconoce los efectos del mismo tanto en las personas como, lo que resulta más difícil, en los lugares. Pero cualquier palabra y cualquier imagen recortada contra el pasado gris y sangriento, son la piedra en el estanque a partir de la cual desarrolla una labor periodística en la que demuestra que la crónica no conoce otro cimiento que no sea el talento en la mirada y su acólito, el talento en la escritura.
Con una sorprendente facilidad para la metáfora, que utiliza cuando no puede llegar con las palabras directas al efecto deseado, Rejmer se erige como sucesora de los grandes reporteros polacos: Kapuściński, Mariusz Wilk, Hugo-Bader. Y, al igual que ellos, se lanza a explorar lo inexplicable: si existe algún tipo de coherencia dentro de los márgenes de la locura. Nos descubre la psicopatía a través de los sufrientes, por los que toma partido sin ambages. Y se embarca en la tarea de todo gran periodista y de todo gran viajero, que consiste en asaltar los naufragios. Al fin y al cabo, la vida consiste en amarrarse a la tabla y agitar brazos y piernas no tanto para llegar a buen puerto, como para evitar que la marea nos arrastre mar adentro. Pero esta marea ha dejado una resaca demasiado profunda, demasiado potente, como para evitarla mirando hacia otro lado. Conocer es necesario y no para evitar errores del pasado, sino para comprender el mundo, que en este caso supone comprender a la gente, explorar la compasión, la empatía.
Acompañamos a Rejmer por sus visitas a los lugares emblemáticos, como el palacio y las avenidas faraónicas, y nos guía a través de las almas, las de los hijos no deseados, las de las mujeres que abortaron en la clandestinidad, las de los hombres torturados, que se nos antoja la casi totalidad de la población que pisó Bucarest desde las guerras mundiales hasta los años noventa. Se nos expone cómo es posible desposeer a alguien de su tiempo, de su libertad y hasta de su miseria. Bucarest es un libro sobre el dolor y sobre el pánico: “En semejantes condiciones no se puede ni soñar con amar al prójimo”, dice, con un respeto que nos llena de lágrimas. “Primero desaprendió a llorar, después desaprendió a pensar en todo aquello”, comenta sobre una de las personas con las que se encuentra, y entonces sabemos que nuestra tristeza es apenas un juego de niños en comparación con el sufrimiento de esta gente.
Pocas formas hay más simbólicas de una deshumanización que olvidar lo aprendido voluntariamente. Paseamos por una ciudad sorprendentemente viva, por una suerte de Mordor que intenta florecer sobre las cenizas de algo que es mucho más carne que una leyenda negra. Los relatos serían inverosímiles de estar expuestos en una novela, y aquí nos hablan de la increíble capacidad de escuchar de nuestra autora. Nos habla de un pueblo sin fuerzas, que escasamente sobrevive negándose a aceptar que todo lo que les queda por delante es pena. Nos habla de reisilencia personal y social, de una suma de eslabones débiles, de personas que parecen haber estado luchando, como el náufrago que antes comentamos, sin otro objetivo que evitar la inercia hacia la muerte. Estamos en una ciudad “tambaleante y oscilante, contracturada y desnivelada (…) un París tras el paso de un tifón”. Una ciudad, y cuando decimos ciudad queremos decir ciudadanos, en la que reinó un engaño permanente, un decorado tras el que habitada el mal, que es tanto como decir los malvados, los sin alma, los brutos, unos monstruos ante los que la población solo pudo crear comedias negras a partir de dramas. Quizá porque la risa es el último gesto que nos queda para sabernos humanos cuando la resaca nos lleva, de forma inevitable, al Maelstrom.

miércoles, 10 de julio de 2019

CUBA. VIAJE AL FIN DE LA REVOLUCIÓN


Cuba. Viaje al fin de la revolución
Patricio Fernández
Debate
Barcelona, 2019
411 páginas

El fundamento por el que alguien quiere escribir sobre el final de un sueño puede ser de índole rancia, codiciosa, nostálgica, cómica o, sencillamente, por ira o por amor. Esos dos impulsos empujan al escritor chileno Patricio Fernández a trabar este libro sobre lo que ha supuesto la revolución cubana para sus habitantes y el sueño de la revolución cubana para el resto del planeta. Pero, debemos advertir, de esos dos impulsos solo uno llega al texto, solo uno llega al lector, y este tiene que ver con el cariño. Se trata de un libro puro, en el que no hay más intenciones que las de reflejar la verdad de los amigos y la verdad de las ilusiones. Se trata de un libro que no habla de política en el sentido en que creemos que la política es algo que atañe a estados, que tiene que ver con gobiernos, con fórmulas económicas y decisiones en las que una abstracción, la que designa que hay un grupo de gente capacitada para decidir por todos, simplifica nuestras existencias y da forma a nuestras aberraciones, y nos ofrece un santo lugar en el que colgar la culpa de todo.
Pero de estas crónicas, escritas con un pulso que no permite levantar la mirada del texto, traslucen un principio que nos atreveríamos a calificar como anarquista, o como fundamentalmente anarquista: su autor tiene mucha fe en las personas, pero ninguna en los estados. Con muchos recursos estilísticos, crea imágenes en las que vemos tanto a la gente, con rostros individuales, con personalidad propia, como a los espacios poblados. Y toma partido por ellos. Fernández elude el debate sobre las consecuencias de la obra de Fidel, pues no deja de encontrar gente que le ha amado hasta las cachas. Y el que no evita es el de las consecuencias del embargo, aunque lo hace de forma discreta, sin atacar, de modo que ese parecer dictando que a la revolución no se la permitió ser, queda elíptico, pero queda patente.
En realidad, el autor se centra en lo que conoce, y uno conoce a la gente con quien vive; y aun así, para llegar hasta el fondo de sus almas por momentos tiene que interrogar, y lo hace disculpándose. Mientras acepta las costumbres de vivir en Cuba, se prodiga por un país que va adorando cada vez más, y da cuenta del pasado, del presente y de los cambios que supone la muerte de Fidel. Nos habla de un crepúsculo, sí, pero si hay un crepúsculo quiere decir que antes lució la luz del día. Puede que no con mucha intensidad, pero no hay mayor intensidad de luz en ningún sitio de la que baña el desierto. Y la Cuba que vamos conociendo, de primera mano, puede tener muchos defectos, aunque Fernández los menciona, más bien, como problemas, pero nada hay más alejado del desierto que este país. El calor de las gentes, los colores de la imaginación, el ámbito de expresión del deseo, la pervivencia de las ilusiones, todo ello permite que sea un país transparente y colorido, a pesar de la mala conciencia que tenemos respecto al régimen, una conciencia que nos han impuesto los medios de comunicación.
Pero Fernández no justifica al régimen cubano, ni le culpa. Se pega a la piel de los cubanos, porque se trata de uno de los pocos pueblos que ha eliminado el aura que nos protege de los demás, de personas que nos permiten acercarnos hasta el interior de su alma y de su sexo. Se trata de un pueblo que se desnuda, que ha eliminado los falsos pudores, también los que no permiten opinar para evitar pisarle el callo hasta a los desconocidos. Son los habitantes de una iglesia donde la fe ha muerto. Pero algo tiene que venir a sustituir a la fe, algo que también podamos adorar con cariño, con las llagas abiertas. Y, mientras tanto, quienes no podemos viajar hasta allí, y mucho menos llevar ya años viviendo en el país, como hace Fernández, podemos ver su reflejo en este libro sobre una revolución que ha muerto, pero que no se deciden a enterrar del todo. Porque se trata de uno de los proyectos sociales más inclasificables de la historia humana, del que queda lo bueno, lo malo y, por encima de todo, lo humano. Si tuviéramos que elegir un adjetivo para calificar este libro, sincero es el que más se pega al resultado. Solo por eso merece mucho la pena leerlo. La sinceridad es un valor escasísimo.

sábado, 6 de julio de 2019

EL TODO POR EL TODO


El todo por el todo
Henri Calet
Traducción de Vanesa García Cazorla
Errata Naturae
Madrid, 2019
290 páginas

Un verso de Borges reza que la vida es unas cuantas tiernas imprecisiones. Enamorado de la memoria y enamorado de la literatura, Henri Calet (París, 1904 – Vence, 1956) es uno de los autores europeos de la primera mitad del siglo XX que mejor representan esa idea de crear, esa imaginación. Es una época en la que abundan los homenajes a la memoria y la literatura de imprecisiones con más o menos ternura. Y aun así, Calet nos sorprende con este hermoso libro cuyo espíritu resume, más o menos, en la expresión “¿qué nos queda del futuro? Ahora, todo es de color caqui”. Y decimos que reconocemos más o menos las intenciones, pues Calet empieza la sentencia con una pregunta y termina con un color sin interpretaciones. Y necesita de la literatura para revivir ese pasado en el que, como apunta, todavía teníamos un futuro por el que luchar, un futuro en el que dejar nadar ilusiones.
“Pongo en orden mis asuntos, me gusta volver a ver de más cerca mis años, uno a uno, igual que uno se deleita releyendo algunos libros”.
Se trata de un libro de memorias en el que el pasado es bohemia, con la representación, por bandera, de la figura paterna: rebelde, vividor, anarquista en lo esencial, colmadísimo de unos sueños imbatibles. “Viví a la ligera porque el porvenir no me parecía seguro”, dice sobre sí mismo, en una afirmación que también podría aplicarse al padre, señor de la educación sentimental de Calet, el hombre que le enseñó a reír durante la infancia. Y una infancia sin risa es una infancia fracasada. De hecho, en algún momento confiesa que tuvo que aprender a desreír, desgajado de su barrio, de su tribu, de su padre. Aunque parezca contradictorio, nada entre eses porvenir que no parece seguro y esa melancolía por un pasado en el que uno contaba con que existiera el porvenir. Se trata de otra tierna contradicción, una de esas que dan lugar a las mejore páginas narrativas y, sobre todo, a las mejores páginas de memorias.
Calet sabe que la vida no está en pasarse los domingos encerrado, maldiciendo el acoso del lunes laboral. Sabe que vivir no es sinónimo del café cerrado con la misma charla anodina una y otra tarde. Sabe que para sentirse vivo lo mejor es salir a la calle, a las afueras, que lo que merece la pena no sucede si nos encerramos entre paredes, y se reúne con “aquellos que ignoran que no es menos saber guardar que saber ganar, aquellos que, sin tino, juegan con fuego, aquellos que piden la luna, aquellos que se juegan el todo por el todo”. Y ellos son la gente, somos nosotros, los humildes, los olvidados por los libros de historia, por la filología de las artes, por los poderosos, esos que saben, con precisión, hacia dónde quieren que se dirija el destino. Una de las grandes maravillas de este texto es esta forma, tan plural como personal, de desnudarse: yo soy el mundo, “nosotros continuábamos huyendo a duras penas hacia el sur, escribiendo la Historia en la tierra con nuestros pies”.

martes, 2 de julio de 2019

EL VIEJO BARCO


El viejo barco
Zhang Wei
Traducción de Elisabet Pallarés Cardona
Kailas
Madrid, 2019
493 páginas

La novela histórica se define porque los actos reales, los que figuran en los libros de texto, afectan a la acción. Los personajes son y se manifiestan con vínculos estrechísimos a esos actos, a la revolución, a la guerra fría, a las tiranías, a las bombas. Todo pasa por un tamiz que condiciona la ficción: el carácter de los personajes y su evolución, sus cambios, el conflicto que se relaciona con las almas individuales y, como consecuencia, la relaciones que se establecen entre los personajes y que dan lugar a eso que se llama trama. En este caso, una trama que convive con la ya divulgada, la que nos enseñan en las academias y la que, en teoría, ha formado en parte el mundo contemporáneo. En ese sentido, La reina Margot tal vez sea el ejemplo más patente de las cualidades que tiene que tener una novela histórica. Notre Dame de París, por su parte, es una novela con ambientación histórica, pero pertenece a un género diferente.
La confusión surge de las referencias a que sometemos al tiempo. Una novela histórica puede suceder en un pasado inmediato, en tanto que una novela de aventuras es atemporal, pero requiere, eso sí, un decorado. Y no conviene confundir el decorado con el género.
La reflexión viene a cuento a la hora de catalogar este El viejo barco, una obra que apunta al género histórico, pero que lo maneja de una forma extraña, como aislándolo y manteniendo con él una conversación en paralelo. El resultado es una obra que se extiende a lo largo de décadas, en la que vemos, como a través de las cortinas, los paisajes que la historia reciente de China a entintado a fuego en la piel de ese enorme país. Sí, pero se trata de una obra coral, muy coral, tanto que uno echa de menos un glosario de personajes al final, un apéndice que haría la lectura, que es sencilla, más engorrosa, pero nos ayudaría a no perdernos entre tantos nombres que nos son complejos.
Zhang Wei (China, 1955) idea una ciudad con los retazos más significativos de las que nos explican China. Idea una serie de familias que representan distintos estratos sociales. Pues, aunque estemos en la China de Mao, en la de la Revolución Cultural, nos sumergimos en una sociedad que conserva un sistema de castas, una sociedad en la que está presente la lucha de clases, por mucho que se trate de esconder, de negar, de camuflar. Mientras al otro lado de los ejidos de la ciudad suceden los hechos históricos, entre las calles y dentro de las casas, los ciudadanos son casi impermeables, se ven afectados porque no les queda más remedio, pero sus centros de interés tienen mucho más que ver con la condición humana que con las balas y los gobiernos. La historia que Wei describe, en un libro necesariamente enunciativo, explicativo, es la historia de la humanidad, no la historia de la historia. En ese sentido, y a pesar de las casi quinientas páginas, acierta al relacionar su narración más con el teatro que con la novela pura. Esa experiencia ya la habíamos conocido a través de obras como La montaña mágica. El viejo barco, eso sí, nos resulta más extraño por estar colmado de referencias a la cultura popular china. Y por la misma razón, los personajes nos resultan más atractivos que los que pueblan la obra de Thomas Mann.

lunes, 1 de julio de 2019

ENERO


Enero
Sara Gallardo
Malas Tierras
Madrid, 2019
107 páginas

A veces se comenta que no hay una soledad que dañe más que la soledad rodeada de cuerpos. La multitud aísla y genera buena parte de los males que se definen en los manuales psiquiatras. Y, sin embargo, existe otra soledad, la que viene impuesta por la condición física de la falta de afecto. Las personas a las que no se las ha abrazado bastante de niños, tienen más posibilidades de desarrollar cargas como el trastorno de estrés postraumático. Esa es la situación de la que se parte en esta novela, Enero, de Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931-1988): Nefer, la protagonista, es una adolescente que conocemos en apenas unos momentos, los que se reflejan en cien páginas, y que hacen referencia a la transición obligada.
Nefer pertenece a un mundo rural sin luz. El ambiente al que nos lleva Gallardo, y esta es una novela en la que el ambiente se impone, es sórdido, ingrato. La hostilidad aumenta a medida que la protagonista comprueba cómo se cierra el mundo, dándole la espalda, cuando más necesitaría que la puesta en escena de la farsa que es la vida al menos la apoyara en parte. Pero todos los personajes del teatro son espectros egoístas, cobardes sin rubor, y la soledad de una chica que carece de voz, se nos impone. No da la sensación de que Gallardo nos vaya a dejar un resquicio para el consuelo. Ni siquiera que sea consciente de que el drama puede tener un fin, sea del calado que sea. La novela se atiene al paréntesis en el que Nefer debe afrontar el cambio que supone el embarazo, y la continuidad que supone la miseria.
Gallardo escribe con una sencillez que se puede hacer compleja: no existe una palabra barata en el texto. La novela reniega de la calderilla, pero se atiene a unas pautas que no hacen del texto un relato complicado de seguir. Aunque en ocasiones, cuando la luz o la ausencia de luz se impone, se siente la tentación de pensar que no existe relato, que existe situación, sí, que existe conflicto y que existiría trama de haber decidido que la novela fuera más extensa. Pero de incrementar el número de páginas, la obra sobrepasaría los límites de una sensibilidad puesta al día. La novela aturde, pero no asfixia.