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lunes, 21 de abril de 2025

LARVAS

 

Larvas

Tamara Silva Bernaschina

Páginas de espuma

Madrid, 2025

101 páginas



 

Siempre habrá tiempo para entonar el canto melancólico: «Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora, campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa». Mientras tanto, no nos queda más remedio que seguir naciendo. En ello estamos. Cuando uno ya está plenamente de cuerpo presente en este mundo y vuelve a nacer, es porque ha pasado por el proceso de la crisálida. Antes de ser crisálida, somos larvas, seres con potencial, con autonomía, pero todavía sin formar. Es posible que ahí esté la pequeña sabiduría de Tamara Silva Bernaschina (Minas-Uruguay, 2000) en la escritura de este libro de relatos: darse cuenta de que nadie acaba de estar formado, completo, de que hay que renacer y que renacer es algo que supone mucho esfuerzo. De hecho, no lo consigue casi nadie.

El motivo por el que no terminamos de fraguar ese acto tan necesario es el mismo por el que se mueve casi todo en este planeta humano: el miedo. Silva Bernaschina lo sabe, y nos va dejando en el paladar, a medida que leemos, la sensación de que ese es el sustrato de la obra. Hay un miedo esencial, un miedo vital. Porque el miedo no es nada concreto, pero sí se relaciona con algunas otras emociones primarias, que no tienen porque ser agradables, claro está: «Porque las cicatrices dan asco. Y el asco es algo que se aprende temprano». De hecho, se aprende demasiado pronto, tanto como para que dé miedo traer a nuevas criaturas al mundo.

«—¿Y las yeguas son las que huelen?

»—La muerta, sí.»

Estamos frente a un libro de relatos escritos visceralmente, que pretende transmitir más sensaciones que impresionar por otros recursos. El planteamiento puede resultar sencillo, pero lograrlo no lo es tanto. Se recurre a la frase corta, a la que ya reconocemos como propia de la descripción de seres feos, de deformaciones y de condenas. Las relaciones entre personajes son de carácter inmediato y su vida se reduce a un solipsismo emocional. Uno se va preguntando si quienes habitan en el mundo que nos muestra la autora podrán algún día formarse, salir de su condición de larvas. Porque, en realidad, nosotros no querríamos vivir en ese mundo, y no sabemos bien si los seres que Silva Bernaschina crea se avienen a él porque no les queda más remedio o si ni siquiera se dan cuenta de que no les queda más remedio que vivir en él.

martes, 1 de abril de 2025

LUNA PARK

 

Luna Park

Marina Perezagua

Páginas de espuma

Madrid, 2025

125 páginas

 



El tema, el asunto que da energía a la obra, es a qué tipo de mundo estamos trayendo vida. Esa es la consistencia de este conjunto de relatos que Marina Perezagua (Sevilla, 1978) publica tras su impactante novela La playa, donde una madre se enfrentaba a durísimas circunstancias en los primeros días de vida del bebé. Uno afronta la lectura de Luna Park inquieto, dado que espera a ver qué sucede al combinarse el talento de esta escritora con el paisaje al que estamos acostumbrados en las últimas décadas, esas regiones de Estados Unidos más pobladas. El conjunto de narraciones forma una cartografía, que se nos presenta en un tono más bien explicativo, aunque este va cambiando a medida que avanzamos en la lectura. Podría decirse que los relatos más puros, aquellos que abren un paréntesis en una vida y son circulares, con su final sorprendente, se guardan para el final. Antes asistimos a la revelación de momentos excepcionales, en los que los niños, desde el neonato a los de cuatro años, ocupan el eje alrededor del cual orbitará el resto de los movimientos. Y estos movimientos vendrán protagonizados, con frecuencia y como ya es habitual en las obras de Marina Perezagua, por personas que no parecen enteras, como si alguna circunstancia no les hubiera permitido que terminada de crecer una parte de ellas.

Estos seres incompletos, cuyas carencias dan potencia al cuadro, le sirven para reflexionar sobre temas tan fundamentales como las raíces, la necesidad de tenerlas y construirlas, así como la necesidad de la tribu, una familia y su entorno, que es lo que nos facilita un suelo. De lo contrario, podríamos caer en las neurosis que caracterizaban a los indios desplazados de su territorio. Aunque siempre estará presente la cura posible por amor, en este caso por amor a la vida que uno puede traer. En el relato que da título al libro, se nos presenta la búsqueda de la soledad, paseando por Coney Island en invierno, a través de una madre primeriza que ante la situación de acompañar a un hijo mientras tiene al otro en una incubadora siente que la maternidad no es fácil de compartir, por no decir imposible. De hecho, en algún momento nos irá planteando que el exceso de celo puede guiarnos hasta la locura, incluso a una suerte de secuestro por parte del padre, o que las personas demuestren que no son normativas, algo que no deberíamos de entender como una tara. Será hacia la mitad del volumen cuando nos descubra directamente cuál es la falla sentimental de la que se desprenden todas estas inquietudes, y que vuelve a ser la emoción que mueve el mundo, que es el miedo, expresado a través de la cercanía de los pederastas. El único recurso que la civilización nos ofrece para afrontar los temores es el de intentar colorear sin salirse de las líneas, para que el mundo no parezca tan feo, ni siquiera en casos de suicidio, como el que puede llegar a encontrarse una madre y profesora que halla en la educación en la naturaleza una forma de sanación, por su sencillez, por su naturalidad. En realidad, acompañando a un hijo, lo que estamos protagonizando son descubrimientos, incluidos los que brotan de la nueva forma de ver a los amigos y sus síndromes.

Y así hasta llegar a los impactantes últimos relatos, donde no tiene reparos en confrontar algunas de las situaciones humanas más duras que uno puede imaginar, como los asesinatos de recién nacidos, con la adopción de un perro, en unos momentos que nos acercan al relato de terror. Pero todos, el conjunto, nos van presentando una cartografía emocional, incómoda, a la que traer vida, que es algo que debería ser emocionalmente grato, una pasión. Esa confrontación da potencia a un libro en el que Marina Perezagua vuelve a demostrar que es una de las voces que más merece la pena seguir en nuestra literatura actual.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

CUENTOS COMPLETOS de JOSEPH ROTH

 

Cuentos completos

Joseph Roth

Traducción de Alberto Gordo

Páginas de espuma

Madrid, 2024

380 páginas


 


La victoria consiste en seguir vivos, pero eso no evita que uno piense, con frecuencia: voy a rebelarme, tengo que rebelarme, no puedo consentir que me sigan machacando, tengo que luchar. Ese carácter está detrás de buena parte de la obra de Joseph Roth (Brody, imperio austrohúngaro, 1894 – París, 1939), que se reproduce en esta recopilación de cuentos que edita Páginas de espuma. Cabe decir que durante la lectura uno tiene la impresión de estar leyendo la obra breve de alguien que tiene la cabeza configurada para escribir novelas. De hecho, los primeros relatos dan la sensación de ser proyectos de algo más largo, apuntes sobre los que edificar, dado que en pocas páginas trata de abarcar la biografía entera de un personaje. Y ya sabemos que si en esta biografía hay conflicto, existe ese tengo que rebelarme, el juego literario puede extenderse. Pero a medida que avanzamos nos damos cuenta de cómo se va forjando la esencia de una obra breve, hasta tener una consistencia potente, como sucede en la pieza más famosa del volumen, La leyenda del santo bebedor, la historia de ese vagabundo cuyo alcoholismo no le permite conseguir devolver una deuda.

Lo que no cesa desde el principio es su interés por seres que podrían aparecer en cualquier lugar de las ciudades, construcciones propias de alguien cuya principal cualidad es la observación. El realismo que impone Roth a su obra es el realismo que retrata la infelicidad; la imaginación, que es mucha, de nuestro autor está a disposición de explicarnos todo lo que cuesta vivir. Para ello se va deteniendo en las facetas de la vida y en los trozos de vida en que esta cambia, aunque a nosotros nos encierra en esos cambios, en esa gestión de la infelicidad. Lo que le importa es el retrato y, de hecho, hasta las descripciones físicas están elaboradas en función del perfil psicológico del personaje, indicen en él, nos explica un carácter.

Pero los valores de este volumen no se quedan ahí. Nos descubre un mundo, el de la Europa central de principios del siglo XX, tan condicionado por la Primera Guerra Mundial, en el que sucede el aprendizaje que a él le marcará como creador, que se asemeja al que expone uno de sus personajes en El triunfo de la belleza: «Un demente no es peligroso porque pueda amenazar físicamente a su entorno normal, sino porque destruye poco a poco la cordura de ese entorno. En este mundo, la locura es mucho más fuerte que el sentido común, la maldad es más poderosa que la bondad». Ese es el ambiente, esa es la atmósfera en la que Roth, fiel a su estilo directo y sencillo, no se entretiene, sino que nos deja respirarla a partir de los sucesos. El lirismo se deduce, no se enuncia. Pero estos tienen lugar en un momento clave, en unas circunstancias que nos dejan incapacitados para descubrir o intuir el futuro. Estos tienen lugar dentro de «los caprichos antinaturales de la historia universal». En esa brega contra la naturaleza de la historia se hallan los que van o regresan de la guerra, las mujeres que se sienten solas, los vagabundos y los rechazados. El volumen lo cierran tres piezas de no ficción, una carta y dos artículos, en los que el propio Roth da cuenta de su intención literaria de retratar su época.

Leer este volumen nos ayuda a entender mejor al genio que escribió La marcha Radetzky o Job. Y también a reflexionar acerca de lo que significó para la gente esa época clave en nuestra historia, de la que hemos heredado buena parte de lo que nos construye.

 

Fuente: Zenda

lunes, 6 de marzo de 2023

POMBERO

 

Pombero

Marina Clos

Páginas de espuma

Madrid, 2023

158 páginas

 



El reto de reinventar la literatura puede que pase por escribir sin adherencias, es decir, saber desprenderse de lo que uno ha leído, ha escuchado en la radio y ha oído de sus profesores. Uno podría limpiarse por dentro de lo que se supone que ha aprendido acerca de la literatura y elegir ensuciarse con lo que le sale al camino, con la espuma de todos los días. Se podría hablar de llegar desnudos a tu propio proyecto literario, pero esa desnudez está tapizada con el barro que nos sale al camino. No todo lo que nos entra por los ojos está limpio, no todo son alimentos naturales. Eso sí, hay que reconciliarse con ello para poder expresarlo, ser conscientes de que uno va a poner en negro sobre blanco algo que puede doler, pero tiene que soltar porque no le cabe dentro. En realidad, estamos hablando de que el gran valor literario olvidado, el que deberíamos rescatar, es la inocencia. La hay en Kafka, y gracias a ella revolucionó toda la historia de la literatura. La hay, por qué no decirlo, en los relatos de Marina Clos (Posadas, 1990), que nos sorprenden por esa naturalidad que sobrevuela un mundo pesimista.

Se reconoce un proyecto que intenta transmitir lo universal a través de lo regional: uno apenas puede conocer nada que no sea lo que tiene a su alrededor, que generalmente supone relacionarse con un lenguaje sencillo. Pero en lo que encuentra en su entorno puede estar todo el planeta, porque no hace falta viajar muy lejos para darse de bruces con todas las emociones y todos los sentimientos. Ni con la lucha por vivir, con los constantes desencuentros, o encuentros con choque frontal, que supone el empeño de no querer despegarnos del mundo. Marina Clos nos sitúa tras los ojos de unos personajes que se cuestionan cuál es su afán en esto que llamamos vida, y nos lleva con ellos a través de un ritmo que por momentos nos resulta entrecortado, porque uno no respira siempre con fluidez.

Nos hablará acerca de las criaturas del bosque, que miran a su alrededor y no pueden sino contemplar una mera parte del paisaje. Nos hablará de la incertidumbre que supone la conciencia del futuro a través de una muchacha que pierde la virginidad con dolor. Nos transmite la idea de que la transformación, a través del choque cultural que supone la colonización, por decirlo suavemente, supone la creación de engendros. Se referirá al miedo a ser madre, miedo o vaya usted a saber qué, a través de una mujer desubicada y, por tanto, enfrentada a la soledad. Expondrá la imposible adaptación de una transexual o la incapacidad para modificar el amor de una inmigrante que es capaz, eso sí, de curar casi cualquier mal, incluida la muerte, por unos tratamientos de los que desconocemos su ciencia. Y nos llevará, por último, a la belleza tan sobrecogedora que provocará la imposibilidad de integración social, porque es complicado hacer común algo excepcional, algo que por su mera existencia impide el descanso cómodo, aunque sea por exceso de bien.

Da la sensación de que Marina Clos no ha escrito una serie de relatos que luego ha unificado en un libro, sino que se propuso escribir un libro de relatos que contemplara lo que ella destaca entre las personas con las que convivimos, que son el origen de la literatura. Es como si nos invitara a viajar a un lugar que no se nombra, pero que tendría un empaque vital similar al de Yoknapatawpha, y no se nos ocurre mayor elogio que éste.

jueves, 9 de julio de 2020

CUENTOS


Cuentos
Thomas Wolfe
Traducción de Amelia Pérez de Villar
Páginas de Espuma
Madrid, 2020
921 páginas



Resulta imposible no recordar, en una primera lectura de los Cuentos de Thomas Wolfe (Carolina del norte, 1900 – Maryland, 1938) que ahora nos regala Páginas de espuma en estupenda traducción de Amelia Pérez de Villar, el vínculo entre las frases que compone y las que componía su contemporáneo, William Faulkner: comulgan en intensidad, comulgan en pesimismo, comulgan en el espíritu de indagación que escruta el por qué de nuestros comportamientos. Es imposible, todo hay que reconocerlo, no referirse a Faulkner cuando uno habla de literatura americana. Y, sin embargo, no es el premio Nobel el autor al que nos vamos aproximando a medida que se depositan en la memoria las sensaciones que produce la lectura de la obra breve de Wolfe. Si existe otro autor con el que tiene más similitud es, para nuestra sorpresa, Walt Whitman. La obra de Wolfe contiene un lirismo que pretende cantar a todo lo que existe; por un lado, hay una intención manifiesta de meter en cada frase tanto conocimiento de mundo, o de curiosidad por el mundo, como sea posible; por otro, la suma de estas frases componen un análisis del universo humano, siendo la humanidad un conglomerado que se nos va antojando religioso, un conjunto de creencias y ceremonias en las que hay mas dudas que respuestas, a pesar de que confiemos en conocer las respuestas. En buena parte de la obra, aparecen, de hecho, referencias bíblicas; y el estilo es, con frecuencia, tan potente como el de algunas traducciones del Antiguo Testamento.
Debemos aclarar que buena parte de esta obra breve no son cuentos o relatos al uso. Es decir, no se enmarcan en esa tradición de obras circulares con finales que contienen una cierta dosis de sorpresa, no tienen su punto fuerte en estrategias narrativas. En ese sentido, se aproximan más a lo que la obra de Proust supuso para la novela que a la pura experiencia del relato. Hay alguna obra que se diría que pretende ser parábola y alguna otra que es casi un canto. Todas ellas, por su parte, contienen la esencia de un narrador que crece, que se transforma, que sale de cada cuento como quien retorna de un viaje: distinto, pero sujeto al capricho de la realidad, ese que te obliga, con el tiempo, a volver a ser el que has sido siempre. El punto fuerte sobre el que sustenta su literatura Thomas Wolfe es la descripción, y dentro de la descripción las enumeraciones, valientes, arriesgadas, propias de quien se toma la literatura muy en serio. Wolfe es capaz de escribir sin calderilla, sin palabras gratuitas, sin espacios muertos. De hecho, por momentos su obra se construye como algo muy físico, incluso cuando menciona otro tipo de materias:
“El tiempo pasa (…) y nos quedamos, Gran Dios, solo con esto: la certeza de que esta tierra, este tiempo y esta vida son algo más extraños que un sueño”.
La esencia del sueño es la transformación, que es lo que caracteriza el mundo que Wolfe observa, y con él sus narradores. Su registro es el propio de quien mira el mundo como un paisaje moral: “Yo ya había conocido todo lo que vivía, se movía o funcionaba bajo sus designios. Yo era hijo de la noche, uno de los miembros de su enorme camada, y sabía todo lo que se movía dentro de los corazones de los hombres que amaban la noche”. Su mundo es en el que conviven la luz y la sombra, el del hogar frente a la ansiedad, el de la magia de lo natural frente a la destrucción de lo urbano, el del Ying y el Yang, en un territorio en el que casi todos estamos en derrota: “con la gente tocada por la devastación solo existen dos posibilidades: o la amas o la odias”. Nos habla de ciudades en las que la gente no se conoce, que es la principal característica que debería tener un relato urbano. O nos lleva a aldeas donde conocerse es abocarse a un martirio en el que uno casi elige el grado. Su realismo está lejos de tener un apellido común: no es sucio, no es mágico, no es estrictamente ético; es un tanto discursivo y es muy inquietante. Se expresa con algo que uno tiene la tentación de llamar furia y se refiere, en buena medida al absurdo:
“Y porque nuestras más orgullosas canciones se perdieron en el rugir de las voces, porque los edificios quebraron y confundieron nuestra visión, porque creíamos que los hombres importaban menos que el mortero, nuestros corazones se hicieron grandes y desesperados, y no tuvimos esperanza.“Pero sabemos que la huella borrada es mejor que la piedra en la que se marcó…”
Nos presenta, con una convicción que roza el frenesí, un mundo antiguo que convive con un mundo en estreno y pretende pronunciar lo impronunciable, sabiendo que no logrará conseguirlo. Porque el lenguaje tiene demasiadas limitaciones, tantas como para acotar lo emocional cuando quiere describirlo, afrontarlo o sanarlo. Esto nos somete a unas consecuencias en las versiones posibles de comunicación que a lo que más se asemeja es a la sordera. En definitiva, el tema sobre el que nos habla Wolfe es lo incómodo que resulta vivir, y también, como escritor, de lo incómodo que resulta observar vivir:
“Insoportablemente cercano y cálido y palpable, e insoportablemente lejano por estar tan cerca (…) y nuestra propia furia nos lanza contra él, nuestra propia ansia nos devora, y estamos cautivos entre las rejas y los muros inexpugnables de nuestra propia soledad”.

Fuente: Revista de letras

miércoles, 27 de marzo de 2019

INSÓLITAS


Insólitas
VV.AA.
Páginas de espuma
Madrid, 2019
490 páginas

En la introducción de este libro, esta gran idea que es Insólitas, se nos comenta que “lo interesante es que lo insólito desenmascara la naturaleza relativa y arbitraria del sistema social, se oponen al orden institucional y expresa los impulsos de que deberían ser reprimidos desde la perspectiva de lo normativo”. Lo más interesante de la lectura de estos relatos es la indagación que se hace en cuál es el sustrato de ese sistema social, en qué consisten las bases de la farsa en la que vivimos o que hemos creado, o que han creado otros por nosotros. Porque el sistema social, a fin de cuentas, no deja de ser una obra a beneficio de los que deciden, que son los más ricos, los más fuertes y, casi siempre, los más malos. En la mayoría de las voces destaca la reducción del sistema social al ámbito privado, al más humano, a lo próximo, a lo que podemos reconocer, a esa fábula que acostumbramos a llamar familia. Por las páginas de esta antología desfilan hermanos, padres, madres, primos y hogares, muchos hogares, que son el continente donde se encierra la realidad, la imaginación y hasta la fantasía, pues las intenciones de esta última son, con frecuencia, utilizar un recurso para salir de la pesadilla tradicional.
Lo que ocurre, en algunos de estos casos, es que las pesadillas son, a su vez, gestores de nuevas pesadillas. La fantasía tiene sus riesgos, y uno de ellos es que no somos dueños de nuestro destino. Sí de la voluntad, pero una voluntad individual, a pesar del mensaje que se nos lanza continuamente sobre el sueño americano, desde La Cenicienta hasta las películas de Marvel, apenas puede mellar lo que han decidido por nosotros. El destino está ligado, demasiado ligado, a la naturaleza relativa y arbitraria del sistema social, y a medida que uno va descubriendo, que uno va leyendo, se cuestiona si esa arbitrariedad funciona con el mismo caos para los que sufren el relato, nosotros, que para los que construyen el relato, los fuertes, los ricos, los malos. La maldad, es tradición, forma parte inequívoca del relato fantástico. Para ello los narradores, también estas narradoras, se acercan a la humanidad más desvalida, dejando claro cuál es la intención de denuncia: al niño, a la mujer, al discapacitado. O a la niña, que es doblemente víctima, por sufrir a los adultos y por sufrir el patriarcado, y que si de esto somos conscientes en la realidad, la debilidad se agudizará aún más cuando las hipérboles transformen esa realidad en una fantasía que bebe de lo real. En alguno de los relatos beberán hasta del realismo social, en otros de ese género que acostumbra a predecir la ruta torcida que hemos elegido, ese género que llamamos ciencia ficción.
Todos los géneros caben en estas veintisiete historias, desde la fábula hasta la pesadilla, desde la mitomanía hasta el erotismo, desde la mitología hasta el terror psicológico. Se trata de un mapa de la lengua que nos une, en el que cada relato suena con una música diferente, procurando, mérito de las antólogas, que cada música se corresponda a la historia que se está contando. Los relatos están escritos desde diferentes oídos, incluyendo los clásicos y los que se adaptan a nuevos temas. Aunque todos ellos nos mencionan, al fondo, alguna de las diferentes formas de neurosis que existen: no hay lesiones en el sistema nervioso, pero se presentan alteraciones emocionales tanto en los protagonistas como en el lector: histerias, fobias, trastornos obsesivos, depresiones, hipocondrías, melancolías… Todo un panorama de enfermedades, curables, eso sí, aunque sea gracias a la literatura, que se significan por la distancia entre la civilización y el individuo, por la distancia entre el alma y el sistema social, el orden institucional. Lo fantástico delata los riesgos de lo que somos frente a lo que estamos viviendo. De ahí la necesidad de afrontarlo con imaginación, de ahí la necesidad de tener una serie de puntos de fuga por los que librarnos, aunque sea momentáneamente, de aquello que nos muerde los tobillos. Con la fantasía nos movemos, pero podemos regresar al sitio de partida en un parpadeo. Huimos y nos escondemos sin que el bienestar de los demás peligre. De ahí que los buenos hombres buenos, las buenas mujeres buenas, ejerzan este oficio, en lugar de tratar de sumarse a los más fuertes, a los más ricos, a los más malos a la hora de escribir el destino, que no deja de ser una estupidez, pues el futuro, lo saben desde hace siglos los monjes budistas, no existe.


jueves, 19 de julio de 2018

DESENCUENTROS


Desencuentros
Edmundo Paz Soldán
Páginas de espuma
Madrid, 2018
248 páginas

La prueba de fuego que supone recuperar los primeros textos de un autor es un riesgo al que merece la pena someterse, aunque sea para recibir reproches. De este rescate de los dos primeros volúmenes de relatos de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) se podría hablar en términos que nos llevan a engaño. Por ejemplo, la prioridad del ingenio frente a otras de vertientes de la inteligencia. Pero a medida que uno avanza en la lectura, el ingenio se aparta en la mente del lector y aparece con fuerza la capacidad de observación. Sobre la escritura no diremos nada: es sencillamente exacta.
Los primeros relatos, muy breves, son un compendio de recursos expuestos de forma enumerada: la prosa poética, el enunciado del titular de un periódico, el recuerdo autocompasivo de la infancia, las noticias frente a lo cotidiano, la sorpresa de la frase final, el ajedrez, una fiesta coral, la espera, encuentros, más encuentros, desencuentros, sadismo y fantasía, guiños históricos y guiños al realismo sucio, farsas, el voyeur, misterios y paranoias, el destino… El destino, que será la obsesión que se quedará instalada en el mundo literario de Paz Soldán, regido por la lógica de la sucesión de las palabras y sus significados, que no es la misma que la de la realidad y sus hechos.
De ahí pasará al análisis de las parejas: amantes, traiciones, venganzas, idilios, consuelos, ausencias, desamor, promesas, trampas o ilusiones. Y también a lo metaliterario o a lo literario como tema de los cuentos: divertimentos sobre la escritura, significados, derivaciones, fantasías, influencias, consecuencias, versiones, mentiras, bibliotecas, críticos, ambiciones, exhibiciones, la lectura y la interpretación y algún etcétera más o menos largo. Todo esto compone el primero de los volúmenes, Las máscaras de la nada, que es en el que se va fraguando el siguiente, Desapariciones, en el que el corte de los cuentos no es tan sesgado, aunque solo sea debido a la extensión. Incluye cuentos de un solo párrafo, pero también algunos de corte más clásico, con su presentación, trama y desenlace. Una de las primeras ideas que nos damos cuenta que está presente es el reconocimiento de la influencia de ciertos autores: Borges, Poe, W.W. Jacobs, Donoso, Onetti, Faulkner y en algún momento nos preguntamos si incluso Ovidio.
Luego vamos viendo que lo que se nos oculta de los sucesos no es debido a la demostración de ingenio, sino a la parcialidad que podemos presenciar de la narración. ¿Por qué se apaga la luz?, es una pregunta que se nos viene a la cabeza cuando la luz se apaga y cuya respuesta no se resuelve en los párrafos del relato. A la par que el misterio, Paz Soldán entra en la complejidad de las relaciones humanas y se pregunta en qué momento la vida pasa a ser simulación. Ese es el tema de este conjunto de relatos, que en ocasiones toman la forma de fábulas contemporáneas, de versiones de la literatura que dejan al lector la libertad de interpretar, de ser dueño del texto, con lo cual lo que consigue es que cada uno de sus relatos se multiplique. Eso es algo que solo se proponen los que conocen a fondo la literatura. Eso y la obsesión por el destino, que no es exclusivo de lo literario, componen este mundo de desencuentros que recupera con acierto Páginas de espuma.

miércoles, 6 de junio de 2018

OH GUETO MI AMOR


Oh gueto mi amor
Eduardo Halfon
Ilustrado por David de las Heras
Páginas de espuma
Madrid, 2018
63 páginas

Un hombre, un tal Eduardo, con un porcentaje de sangre judía y polaca, aunque afincado lejos de Europa, nacido lejos de Europa, siente que está incompleto si no termina de componer todo el pasado de su familia. La atrocidad de los sucesos en guetos como el de Varsovia, durante la Segunda Guerra Mundial, tuvieron lugar hace un tiempo indefinido: o somos todavía rabia o somos olvido. O somos, como elige Eduardo, melancolía. Convencido de que no hallará respuestas de no ver con sus propios ojos el lugar, se embarca en un viaje casi silencioso hacia el gueto, buscando la calle y la casa donde alguno de sus abuelos vivió, por llamarlo de alguna manera, la crueldad de la Shoah. Allí encuentra el apoyo de una mujer tan fea como enigmática, que se dedica a ayudar a gente como Eduardo. Él no es el primero y ella, que carece de raíces judías, dedica su tiempo a investigar lo que gente como Eduardo necesita resolver. Porque para Eduardo es una necesidad expresada. Sin embargo, para la mujer la necesidad es un enigma. ¿Por qué lo hace? Salta a la deducción razones como el sentido de la culpa, por el único motivo de ser una de las emociones que nos empujan con más frecuencia. Pero jamás ha dado una pista, ni siquiera una mirada, sobre los motivos de su entrega.
Y así Eduardo vaga solo, buscando, mirando, imaginando. Con un gabán comprado porque le extraviaron las maletas durante el viaje en avión. Apenas puede comunicarse y apenas queda nada que le resuelva sus dudas. Tal vez porque todos nos sentimos incompletos y tal vez porque no sabemos hacia dónde proyectar esa escasez que nos acompleja. El gueto, en el que espera encontrar un amor, de ahí la melancolía de este relato hermosamente ilustrado, encuentra que los hombres y las mujeres aman. Se aman y aman a sus hijos. Y aman los recuerdos, incluidos los de aquellos a los que gente como la mujer que le ayuda rinden tributo de una u otra manera. Pero lo que existe, lo que realmente sucede, es la narración, lo que vamos construyendo a medida que los segundos del reloj van sumando tiempo a nuestro pasado y anuncian nuestro futuro.

miércoles, 25 de abril de 2018

INVASIÓN


Invasión
David Roas
Páginas de espuma
Madrid, 2018
125 páginas

La mayor fuente de creatividad humana no es la cultura, el arte, el diálogo socrático ni los viajes. La mayor fuente de creatividad es el aburrimiento. Por necesidad neuronal, por sanación, uno tiene dos opciones, ambas buenas, a la hora de aburrirse: dejar que suceda y sentir que descansa en él, o sentirse incómodo y poner en marcha los resortes de la materia gris para inventar algo. De ese precepto parte este libro de relatos de David Roas (Barcelona, 1965). Hemos de advertir que el aburrimiento, también, puede llevarnos hacia fantasías ridículas. Así pues, es necesario ir creando el suelo donde uno pisa mientras inventa historia más o menos breves, como en este caso, para salir del aburrimiento, tanto el autor como los personajes que habitan en este mundo un tanto absurdo que crea.
Roas tiene una mitología propia que expone con buen pulso. La buena literatura no tiene por qué estar cenando todas las tardes con Borges o Dante. De aspecto más común es Lovecraft o The Walking Dead. Ambos pululan por estas páginas en las que un niño está obsesionado con los féretros, y otro se basta él solito, subiendo y bajando del tobogán, para asediar como zombi a una comunidad entera de ancianos. Pero también hay mucho de esa parte del psicoanálisis que se conoce como transferencia. La mujer que ha asesinado a su marido y escucha todas las noches como la dentadura postiza canta la balada que bailaron tantas veces. La madre que regala una muñeca a su hijo, como si se la estuviera regalando a sí misma o como si ella fuera la muñeca y le estuviera enviando el mensaje al hijo acerca de a quién debe cuidar. Las hormigas, que comienzan siendo plaga y parece que terminarán por ser nuestra compañía más fiel y fiable.
Roas le da la vuelta al calcetín de muchas historias, como las protagonizadas por muñecas, atroces prolongaciones de fantasías o de esa realidad que es el sueño, pues las sensaciones se igualan en el sueño y en la vigilia. Tiene, eso sí, cierta tendencia a lo desagradable. No es apto para estómagos acostumbrados a las novelas rosas, pero tampoco peca de exagerar en el género para meter al lector en el libro. En su justa medida, todo lo muestra con dosis de buena educación. Hasta el tipo que se traga su propia novela, su best seller de cientos de páginas, o el parque temático basado en la noche de los monstruos, esa en que se reunieron los Shelley con Pollidori y Byron, para crear fantasmagorías góticas, mitos todavía estudiados y vivos, o al menos vivos en la medida en que representan vaya usted a saber qué, parece decirnos Roas. Y de ahí a hacer realidad el terror de Borges, ese hombre exquisito que se atemorizaba ante los espejos por su capacidad para multiplicarnos; Roas convierte ese lugar común en una realidad en un cuento construido a base de cuentos, en cuentos multiplicados como se multiplica el niño. Siendo la infancia un bien, siendo los niños un regalo escaso, ¿por qué debe horrorizarnos que se multipliquen? Y, sin embargo, Roas sabe que lo hace. Conoce muy bien los resortes de las psique, tanto como para saber que el terror no está en lo monstruoso, sino en lo cotidiano que no logramos entender, porque somos incapaces de llegar hasta el fin de nosotros mismos.

jueves, 22 de marzo de 2018

PELEA DE GALLOS

Pelea de gallos

María Fernanda Ampuero

Páginas de Espuma
Madrid, 2018
115 páginas

Rara vez, por no decir ninguna, nos habíamos encontrado frente a un escritor que narrara como si estuviera todo el rato describiendo. No hay frase de descanso, no hay reposo en las elipsis, no hay nada que no sea descripción, porque los actos, los gestos, las reacciones están en función de una concepción del mundo en la que nadie se salva. Se es víctima o victimario, pero igualmente participe de una literatura que es un trabajo, convertido en una moral que nos engulle por falta de aire, porque lo pordiosero abunda. Y duele. El estilo es siempre denso y el ritmo concentrado. Y la vida es lo que sucede por haber puesto mal los enchufes: los apagones, los cortocircuitos, los calambres y hasta las muertes. Todos los personajes parecen haberse emborrachado con una sopa que en el caso de los más desfavorecidos se llama bodrio, y en el de la burguesía el bodrio es la digestión que hacen de ella. A los personajes de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) se les podría llamar excipiente de productividad. ¿Suena duro? Lo es. De hecho, cualquier reseña se quedará corta.
Las mujeres están bien jodidas (con perdón). La violencia sucede, los abusos suceden, la sangre sucede, como sucede la muerte y los besos podridos. También la memoria de la infancia, que no pudo ser feliz, por mucho que lo intentara, hasta el punto de que mientras relatan los personajes se dan cuenta de que su memoria ha sido falsa. Su infancia fue sucia, como lo es su realidad. Tristes e insultados, sobrevivieron por la naturaleza de la respiración y la digestión de pan rancio. El mundo es hostil, tanto como para resultar imposible encontrar tu lugar. Hay muchachas a las que no se las quiere ni para el sexo de los borrachos y otras a las que se las hace sangrar con la violencia del sexo. De hecho, el primer relato habla de alguien que elige ser muy desagradable para sobrevivir en este mundo ingrato. Hasta la menstruación hace de las niñas una monstruosidad de cara a la gente con quienes conviven, aterrorizadas por su padre, por las monjas… porque lo religioso también incrementa la sensación de angustia. La violencia llega hasta a las pasteleras que han dedicado toda su vida a fabricar tartas para los cumpleaños. Claro que a quien ya no es niño, una muerte más le trae sin cuidado, porque ya no desea su tarta con forma de Barbie.
El silencio será sinónimo de basura y las mascotas se comen a sus hijos. ¿Rezar? ¿Para qué? ¿Para qué sirve la ilusión de creer que hay un consuelo más allá del mundo de los injustos? Del mundo de las enfermedades venéreas, de la religión, del fetichismo, de la prostitución y del machismo, del exceso de machismo. El odio se instala hasta entre los que podrían sacar provecho, y los ataques de locura son privilegio de los ricos, su forma de destrozar el mejor mundo posible y permitir que continúe la miseria. La superficialidad de la clase alta no se escapa a la mirada de Ampuero. Nos habla de mujeres burdas y obscenas. Después de leer esto, ¿a alguien puede quedarle ganas de atreverse con el libro? Sí, deberían. Porque tal vez el mundo sea feo, pero Pelea de gallos es un libro sincero. Y, desde luego, consigue lo que pretende. Lejos de los convencionalismos, los relatos hacen saltar por los aires las normas del género y nos presentan a una narradora dotada de un oído extraordinario. Alguien que sabe reflejar en un texto lo que registra con la mirada. Una escritora de gran calibre.

Fuente: Culturamas

miércoles, 14 de marzo de 2018

VIAJAR


Viajar. Ensayos sobre viajes
Robert Louis Stevenson
Traducción de Amelia Pérez Villar
Páginas de Espuma
Madrid
Septiembre, 2014
470 páginas



Salir a recorrer el mundo es una táctica para combatir la herrumbre que deja la vida cotidiana. Contra el óxido, nada mejor que la brisa dulce moviendo las hojas de los árboles. Y centrarse en que ese instante es tan puro que no cabe generar mala conciencia. Dentro de una experiencia tan humilde como levantar el pie para no pisar una hormiga, cabe la salvación del universo. Esa es la mejor forma de echar aceite sobre las bisagras roñosas, de tanto acumular desgracias, con las que se articula la vida. Ese es el ánimo con el que Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894) emprende sus caminatas, sus experiencias previas al gran viaje a los mares del Sur.
En esa época, viajar implicaba no tener prisa. Cuando se trata de aprender siguiendo la sencilla táctica que se conoce como descubrimiento, nada es urgente. El mundo de la acción se confunde con el de la contemplación porque caminar es observar y prestar atención es una aventura. Al fin y al cabo, no hay más intensidad de sentimientos en un tipo de vida que en otra. Se trata, a la postre, de estar enamorado. Y eso es lo que demuestra Stevenson en estos textos, un tierno enamoramiento que sólo puede calificarse como amor a la vida: “Y es que el bosque nos arrebata cualquier pretexto que tengamos para morir”. En ese sentido, en la convivencia con la naturaleza a través de una pasión que se traduce como fuente de armonía, Stevenson es un heredero de Thoreau, pero también un maestro para Robert Macfarlane, que es, sin duda, uno de los escritores vivos más interesantes. “No tener que someterse a un horario de por vida es vivir para siempre”, es una frase que podría haber suscrito cualquiera de ellos.
Una gran parte de los textos recogidos nos hablan de la naturaleza, especialmente de la montaña, el bosque o las costas. Una naturaleza sin duda romántica, y sin duda positiva, lenitiva, terapéutica. El viaje debe producirse a ritmo de paseo si uno quiere traducir sus experiencias a unos ensayos, como los que presenta el libro, que son descripciones y reflexiones de un poeta, no de un intelectual sesudo. Stevenson se muestra vitalista y el lirismo es el condimento que mejor expresa su estado de ánimo. Siempre dispuesto a sentir, Stevenson se toma a sí mismo como medida de las reacciones del hombre, sin caer en la vanidad de presentar conclusiones, sin pretender que su experiencia sea un valor universal. Pero sí confiando en que a algún lector le resulte de apoyo en su viaje por este valle de lágrimas. En buena medida, hay ingenuidad, ingenuidad infantil, en su propuesta: “¿Que yo vine al mundo con todas mis facultades completas, y que lo único que he aprendido desde entonces ha sido a ser más tolerante con el aburrimiento?”. Para Stevenson el mundo son los caminos y los caminos son terreno virgen para la ilusión. Tal vez sea una propuesta con una carga suficiente de inocencia. Ahora bien, nada más propio de la literatura que la inocencia, que el destierro de la jactancia. Todo eso que ya se encontraba en su obra de ficción, en algunos de los mejores relatos de la historia o en sus más grandes novelas: La isla del tesoro, Los traficantes de naufragios.
Observar, charlar, para él eso es el tiempo, si es que es de tiempo de lo que estamos hechos. ¿Y la literatura? La literatura es recuerdo. De ahí esa mirada en la que existe un claro deseo de que el mundo, rincones de Gaia que va conociendo, no perezcan. Sin embargo, nosotros ya leemos su obra con la extraña nostalgia que es el deseo de haber conocido ese mundo donde se podía ser un caminante solitario que sólo aspiraba a no salir de ese cimiento de la ética que se llama descanso.

Fuente: Quimera

lunes, 5 de febrero de 2018

MUNDO EXTRAÑO

Mundo extraño

José Ovejero

Páginas de espuma
Madrid, 2018
185 páginas

Hace poco reseñábamos aquí el libro de Carlos Frontera, Andar sin ruido, un conjunto de relatos concebidos como unidad, con estilo, forma y contenido que hacían de él algo compacto, no una mera recopilación de obras breves extraídas de aquí y de allá. En ese sentido, obras como la de Frontera se hallan en un territorio que tiene mucho en común con la novela. Lo que define como relatos a la obra es una cuestión de distancia con todas sus consecuencias: el conflicto se apunta, no se extiende, o se cierra el libro varias veces, con finales inesperados, y no una sola; la novela crea un continente, el relato una isla. Este Mundo extraño es una recopilación. La unidad del volumen hay que buscarla en otro lugar que no sea la predisposición, las intenciones del autor. Hay que buscarla en la personalidad de José Ovejero, o al menos en la personalidad a la hora de escribir relatos a lo largo del tiempo que le llevó en escribirlos. Se trata de saber si detrás existe un proyecto literario. Y para resumirlo de una forma que la mayor parte de la gente entienda, este es al relato lo que los hermanos Cohen es al cine.
El cine, como la novela, crea un continente, un mundo. De hecho, le ha robado ser el mejor medio narrativo. Pero a estas alturas, el cine influye en la literatura en la misma medida en que bebe de ella. Todavía podemos rastrear la influencia de Maupassant en buena parte de la cinematografía occidental, por ejemplo. De ahí que Mundo extraño sea un proyecto lícito, que pertenece a un género que podríamos llamar realismo grotesco. Lo verosímil se lleva al límite y si la escritura no está en función de algo, se corre el peligro de caer en el manierismo. Digamos que eso es lo que distingue a Fargode El gran salto, por mantenernos dentro de la filmografía de los Cohen. Tal vez exista algún relato en Mundo extraño que tropiece un poco, pero en un conjunto que reúne más de quince piezas, es casi hasta fundamental permitir que el autor, y con él los lectores, se relaje: no se puede ser sublime sin interrupción. Lo que queda, a la postre, es el mejor de los relatos y el sabor a los límites de la realidad que presenta el conjunto. Ovejero recurre a narradores que le obligan a un ejercicio de estilo, pero no a un ejercicio de exceso de estilo. Estamos en la mente y la boca de uno de los personajes y nadie piensa con frases como las que escribía Borges. El cinismo se impone cuando la clase social es alta, así como otras facultades que la herencia puede permitir: vivir para llamar la atención o ser, sencillamente, idiotas, cada uno en su especialidad. Así abre el volumen, que continuará con la exploración del arte, influido por la realidad, y la realidad, influida por el arte, a través de un oficio de poca consideración en ese aspecto, excepto en los concursos de Navidad, como es el de escaparatista.
En el libro hay una serie de relatos sobre la familia, o la farsa de la familia, pero también otros en los que se encuentran desconocidos. Entre estos se establece una relación que, intuimos, guarda un secreto, como la demencia senil de los dos ancianos que atienden a un vendedor de seguros o el rollo hortera que se establece entre un músico y una cubana, durante la gira del primero por el país de la segunda, con mucho sexo y las intenciones de conseguir un visado para que ella viaje a España. Entramos en la dinámica de una pareja sadomasoquista o en la cabeza de una mujer secuestrada por sus hijos, con el sentido del oído y de la imaginación hiperdesarrollados, hasta el punto de hacer de las estatuas de jardín, las que representan a dioses griegos, su ilusión, su resto de vida. Al final del libro nos quedamos con un tipo desnortado hasta el extremo, con su vida hecha pedazos y él escondiéndose, ocultándolo, con la mente también hecha pedazos, digresiva y sin control. Antes hemos estado con adolescentes de ciudad y de pueblo pequeño, todos en crisis emocional, porque crecer duele. Y el conjunto se sostiene sobre el temperamento de la literatura de Ovejero, o al menos de la literatura en tanto que distancia corta, pues una novela escrita con esta predisposición habría que leerla con cuidado, no fuera a sacarnos de la realidad para meternos en la farsa que es la realidad.

Fuente: Culturamas

martes, 19 de diciembre de 2017

ANDAR SIN RUIDO

Andar sin ruido

Carlos Frontera

Páginas de espuma
Madrid, 2017
156 páginas

La noche es más inverosímil a medida que pasan los sueños. Las primeras imágenes parecen todavía querer agarrarse a la realidad y no nos resulta difícil descifrarlas e incluso interpretarlas. No precisamos de un diván vienés para saber qué significa que nuestra madre se esté ahogando en un pozo y no podamos rescatarla. Pero los sueños no funcionan con la lógica de la realidad y detrás puede venir una langosta en tierra seca o te ves desnudo en medio de la Plaza Mayor. Algo parecido les sucede a los cuentos que forman este libro, que van perdiendo verosimilitud a medida que los leemos. Como si Carlos Frontera (1973) se permitiera a sí mismo la libertad de ir revelando su mundo, a corazón abierto, según va ganando la confianza del lector. Porque, eso sí, la gana. Llega un momento en que uno no sabe cómo catalogar los relatos. Si existe el realismo sucio, ¿existe el onirismo sucio? Pues en ocasiones lo roza e incluso lo crea. Lo que seguro que existen son las ideas azules oscuras, casi negras, que a la fuerza o vienen con humor o son insoportables.
El humor de Carlos Frontera es inteligente, pero es también común. Lo que ocurre es que él se atreve a atravesar unas puertas que nos parecen prohibidas por culpa de la conciencia. Y la conciencia, a la hora de la verdad, es un contrato social. Hay que romperlo y para ello nada mejor que tratar sobre lo más cercano, el padre, la madre, la pareja. Excepto en un par de casos, los más atrevidos, uno de ellos en grado de violencia y escatología, la voz es la de un hombre que está en edad de casarse o ha estrenado matrimonio no hace mucho. Y, claro, están los suegros. Todos juntos forman una semifamilia, una familia incompleta. Que la familia es una farsa es una idea que debería calar ante de evitarnos más disgustos. El día que Carlos Frontera se plantee decirlo en serio, nos hallaremos frente a una obra que romperá la tradición comedida de un país que, en ese sentido, sigue siendo conservador. Aquí el humor, surrealista o próximo en ocasiones a ciertas revistas cómicas, sirve de enlace para que el lector no se abrume con esta idea.
Frontera escribe, si nos ponemos serios, con rizomas sintácticos. Se reirá al oír esta expresión, pues él se limita a ponerle puertas al lenguaje del narrador y repetir las palabras en un juego de ideas encadenadas. Se permite ser normal y volver a la casilla de salida tantas veces como lo manden los dados, algo para lo que hace falta mucho talento. Algo que sucede, siempre, en las relaciones de pareja, tanto en los monólogos como cuando les expones los problemas a los amigos. Las novias son una manifestación egoísta del amor, no por culpa de ellas, sino por el hecho de que nos plantea en qué consiste estar enamorado si no sirve para fines propios. En ese sentido, y gracias a su estilo y su mundo sencillo, se permite decir lo que todos hemos pensado sin que parezca una falta de educación. Aunque los personajes, sobre todo los narradores, no esconden sus taras y sus déficits a la hora de querer y dejarse querer. Bueno, en realidad, no se sabe bien si alguno de los personajes se atreve a dejarse querer. No da esa sensación y la mutilación se los lleva por delante. Hasta tal punto que, debemos advertir, alguna de las piezas no son relatos puros. Algunas son piezas breves, pero nada de presentación, nudo, desenlace. Gestos o arrebatos por delante de lo puramente narrativo. Para lo cual, repetimos, Carlos Frontera posee un talento que el día en que se le imponga otro tipo de obra, nos va a sorprender, otra vez, a todos.
Fuente: Culturamas

martes, 21 de noviembre de 2017

OBJETOS FRÁGILES

Objetos frágiles

Inés Mendoza

Páginas de espuma
Madrid, 2017
97 páginas

Lo más frecuente es que un escritor confíe la unidad de su libro de relatos a un estilo, a una monomanía que, sin él quererlo, se impone, a su personalidad, en función de la arrogancia o a la mera recopilación de obras compuestas a lo largo de décadas que sirven para engordar su currículo de publicaciones una vez que ha tenido éxito. Lo extraño es que alguien se plantee escribir un libro de relatos en el que más que un tema lo que exista sea una sugerencia, un punto metaliterario de esos que confían buena parte del acierto al ingenio. Ser ocurrente no es lo mismo que ser inteligente, pero se parece mucho a ser sensible. Aunque sea con una sensibilidad de clase media alta. Pero será esa sensibilidad la que hará que la sugerencia nos obligue a leer los cuentos dos veces, sobre todo los más cortos. Inés Mendoza confía en buena medida en ese círculo que tiene en común con el lector, que es el Mediterráneo, y en los diversos niveles de lectura, en función de los conocimientos. Mide el abuso de los mismos, para no estropear una prosa que se arrima a la poética, excepto en los instantes en que nos pretende arrancar del sueño que estamos viviendo, leyendo.
Se enfrente al mar con frecuencia, a un velero, por ejemplo, un medio de transporte romántico que solo sirve para el desguace y que por tanto ya solo será nostalgia. Pero la nostalgia vive más que nosotros. O a la despedida, que también se puede representar mirando al mar o tras un último trago, pero que es un acto tan desgarrador como honesto. El apunte, breve, le vendrá bien a tanta gente que prefiere mirar hacia otro lado cuando sus seres queridos se van, como si eso supusiera que comienzan a haber vivido, así, en pretérito. Mendoza se mete en la cabeza de un tipo de un cuadro de Hopper, bidimensional y sin detalles, todo silencio y todo inamovible, sin rostro. O juega al juego de Paul Valéry, a esa frase que dictó para excusar que no escribiera una novela, aduciendo que no tenía sentido perder tinta en escribir ‘la marquesa salió a las cinco’, porque habría que saber qué decide a la marquesa, una desconocida, a salir a las cinco, precisamente a las cinco.
Cierto goticismo o Art Nouveau visto desde nuestro año, como fantasmas que no saben si lo son, presencian rituales cotidianos, como el que algo deje de ser para comenzar a ser recuerdo. Rompe reglas como las de negar que exista pasión allí donde no hay sol, o lleva el encuentro entre enemigos al punto de fuga, que es un sitio que siempre está en el horizonte. Ciudades portuarias y rosas nos remiten a las narraciones de las orillas del Mediterráneo, y la postergación de la llegada del enemigo a Dino Buzzati. Nos previene contra el mal de vivir en un museo y pone los pies en tierra de las mujeres que se dirigen hacia el faro, como las protagonistas de la famosa novela, posiblemente borrachas, fumadoras de hachís y que se dedican a ir y venir con la única finalidad de entretenerse hasta que se acabe el día. Todo ello escrito con un rigor que da gusto, con un lenguaje preciso y que cambia de tono sin perder la armonía. Así da gusto leer un libro de relatos.

Fuente: Culturamas

sábado, 14 de octubre de 2017

LA VUELTA AL DÍA

La vuelta al día
Hipólito G. Navarro
Páginas de espuma
Madrid, 2016
251 páginas

Las palabras y los huecos



El mundo se crea con la palabra. No es sólo cosa del Génesis ni una virtud exclusiva de Dios. Cada vez que alguien pronuncia una palabra, está construyendo el mundo. Lo que sucede con los grandes escritores, es que también son capaces de crear el mundo con los silencios, con los huecos entre palabras. En una buena elipsis cabe todo un paisaje. Cualquiera de nosotros puede enunciar un inventario de lo que existe dentro de ese paisaje en autores tan conocidos como Kafka. O, en este caso, por aproximación, como Chesterton o como Oscar Wilde. Cabe aquí hablar de un estilo de humor, lejos de la bofetada del payaso, de los vocablos feos o de la fase anal. Un humor personal, aunque con cientos de lecturas que le han influido, incluidos los clásicos españoles y la prosa de los barrocos. Pero todo ello ha pasado por un taller de escritura en el que se destila el gusto por el detalle enunciado y el escenario entre los huecos. Un estilo tan depurado que parece de una naturalidad oral sin jactancia, con un sistema de intertextos muy personales, centrados en juegos de palabras que apenas lo parecen o la polisemia de alguna expresión. Las asociaciones resultan así más sugeridas que expuestas. De esta manera, si uno no conoce la obra de Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) se siente un poco abrumado al principio, pero no tardará en entrar en el juego que el autor propone. Porque ese juego está destinado a hacernos más alegres unos minutos, y porque ese juego exige que el lector participe: si uno pierde el detalle, se quedará con el cuento colgando de una tela de araña.
Así presentamos este La vuelta al día, título que ya de por sí se puede interpretar de muchas maneras. Aunque uno siente la tentación de que la forma de darle la vuelta al día sea idéntica a la que uno tiene de darle la vuelta a un calcetín. Navarro divide el volumen en cinco apartados: el primero como homenaje a los que le salvaron la vida regalándole la pasión por la lectura; el segundo apostando por la alegría y la felicidad, en contra de cualquier norma de taller de escritura; el tercero con capítulos aislados de lo que podría haber sido una novela o algo semejante a una novela; el cuarto en interacción con alguna gente que le ha exigido versionar a Shakespeare (Chespir, en alocución de Navarro) o imaginar a partir de un cuadro de El Greco; y el quinto en el que sustituye a los relatos por los chistes, por los juegos con la estructura.
Pero Navarro no se limita al humor vacío. El pasado o los falsos pasados, entre los que están la fragua del herrero y la monja que cocina dulces, o ese pueblo transformado en un parque temático, falsario por culpa de lo comercial, pesa en los contenidos. Como también el cuestionarse continuamente en qué grado de seriedad debemos interpretar el arte, pues cualquier forma de arte sucede por entero a la vez, ni siquiera a la música le concede un desarrollo cronológico lineal. También están presentes, siempre, las modalidades de relación entre personas que pueden llegar a ser propias de un cretino, y la sabiduría señalando que en ese caso es mejor reír, pues las poses son ridículas, tanto como llevar siempre una bolsa en la cabeza para hacerse el críptico, o cargar con guías de teléfono para que la gente te tache de gran lector, de intelectual. También es inteligente no hacer caso de quien disfruta de la autocompasión, de los propios defectos físicos o de los fracasos más humillantes en el galanteo. Muchos de sus personajes se caracterizan por alguna versión de la neurosis obsesiva. Como la gente con la que nos tropezamos en la calle. Pero, por fortuna, los que se esconden en este libro no son una patada en las costillas. Son la fortuna de la sonrisa.


Fuente: Quimera