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miércoles, 14 de marzo de 2018

VIAJAR


Viajar. Ensayos sobre viajes
Robert Louis Stevenson
Traducción de Amelia Pérez Villar
Páginas de Espuma
Madrid
Septiembre, 2014
470 páginas



Salir a recorrer el mundo es una táctica para combatir la herrumbre que deja la vida cotidiana. Contra el óxido, nada mejor que la brisa dulce moviendo las hojas de los árboles. Y centrarse en que ese instante es tan puro que no cabe generar mala conciencia. Dentro de una experiencia tan humilde como levantar el pie para no pisar una hormiga, cabe la salvación del universo. Esa es la mejor forma de echar aceite sobre las bisagras roñosas, de tanto acumular desgracias, con las que se articula la vida. Ese es el ánimo con el que Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894) emprende sus caminatas, sus experiencias previas al gran viaje a los mares del Sur.
En esa época, viajar implicaba no tener prisa. Cuando se trata de aprender siguiendo la sencilla táctica que se conoce como descubrimiento, nada es urgente. El mundo de la acción se confunde con el de la contemplación porque caminar es observar y prestar atención es una aventura. Al fin y al cabo, no hay más intensidad de sentimientos en un tipo de vida que en otra. Se trata, a la postre, de estar enamorado. Y eso es lo que demuestra Stevenson en estos textos, un tierno enamoramiento que sólo puede calificarse como amor a la vida: “Y es que el bosque nos arrebata cualquier pretexto que tengamos para morir”. En ese sentido, en la convivencia con la naturaleza a través de una pasión que se traduce como fuente de armonía, Stevenson es un heredero de Thoreau, pero también un maestro para Robert Macfarlane, que es, sin duda, uno de los escritores vivos más interesantes. “No tener que someterse a un horario de por vida es vivir para siempre”, es una frase que podría haber suscrito cualquiera de ellos.
Una gran parte de los textos recogidos nos hablan de la naturaleza, especialmente de la montaña, el bosque o las costas. Una naturaleza sin duda romántica, y sin duda positiva, lenitiva, terapéutica. El viaje debe producirse a ritmo de paseo si uno quiere traducir sus experiencias a unos ensayos, como los que presenta el libro, que son descripciones y reflexiones de un poeta, no de un intelectual sesudo. Stevenson se muestra vitalista y el lirismo es el condimento que mejor expresa su estado de ánimo. Siempre dispuesto a sentir, Stevenson se toma a sí mismo como medida de las reacciones del hombre, sin caer en la vanidad de presentar conclusiones, sin pretender que su experiencia sea un valor universal. Pero sí confiando en que a algún lector le resulte de apoyo en su viaje por este valle de lágrimas. En buena medida, hay ingenuidad, ingenuidad infantil, en su propuesta: “¿Que yo vine al mundo con todas mis facultades completas, y que lo único que he aprendido desde entonces ha sido a ser más tolerante con el aburrimiento?”. Para Stevenson el mundo son los caminos y los caminos son terreno virgen para la ilusión. Tal vez sea una propuesta con una carga suficiente de inocencia. Ahora bien, nada más propio de la literatura que la inocencia, que el destierro de la jactancia. Todo eso que ya se encontraba en su obra de ficción, en algunos de los mejores relatos de la historia o en sus más grandes novelas: La isla del tesoro, Los traficantes de naufragios.
Observar, charlar, para él eso es el tiempo, si es que es de tiempo de lo que estamos hechos. ¿Y la literatura? La literatura es recuerdo. De ahí esa mirada en la que existe un claro deseo de que el mundo, rincones de Gaia que va conociendo, no perezcan. Sin embargo, nosotros ya leemos su obra con la extraña nostalgia que es el deseo de haber conocido ese mundo donde se podía ser un caminante solitario que sólo aspiraba a no salir de ese cimiento de la ética que se llama descanso.

Fuente: Quimera