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viernes, 16 de marzo de 2018

VIDA DE UN SUPERVIVIENTE


Vida de un superviviente
Reinhold Messner
Traducción de Pedro Chapa
Desnivel
Madrid, 2015
303 páginas



Ahora que llega a nuestro país el último libro escrito por Reinhold Messner, Vida de un superviviente, cabe revisar su figura, su obra, sobre todo la no escrita, lo que representa y las regiones de él que han hecho que, al margen de ser lo más parecido a Supermán que se ha conocido en la historia, un hombre. La humanidad se distingue por la facilidad con que uno cae enamorado. Y el enamoramiento real tiene consigo el mal de pronunciar en voz alta, aunque agradable, cada uno de los sentimientos, hasta agotar la lista que manejan los que se sientan a la cabecera del diván vienés. Si Vida de un superviviente es un canto del cisne, a nosotros, a través de este libro y de los recuerdos, de las lecturas pasadas, de sus entrevistas, de su leyenda, se nos debería permitir entonar cómo nos ha afectado su existencia, antes de que caiga el mito bajo las lápidas mastodónticas de las églogas a un dios fallecido.
Destacado reportero, Messner siempre supo mantener el pulso en la narración de sus aventuras. Pero ya no se trata de aventuras, ahora lo que ocupa el espacio humano junto a ellas son las reflexiones vitales que cierran una vida, esas que se enumeran en el índice del libro: muerte, tiempo, pasión, camino, coraje, justicia, tristeza, terror, tabú, arte, riesgo… envejecer. Porque de eso trata el capítulo final. De nuestro envejecer y del contenido que ha tenido nuestra vida, que echa raíces en la búsqueda de la felicidad. Al envejecer, uno ha aprendido de la naturaleza y su vínculo inequívoco con el sentimiento. Pero en el caso de Messner, su relación con la naturaleza ha sido de carácter explosivo, como él mismo reconoce: las pasiones se producen a lo bestia o no son pasiones sino un eufemismo de las mismas. Así se ha relacionado con la montaña. Y para ello ha resuelto que a lo largo de su vida debía domesticar el miedo hasta hacer de él un gato meloso, y trabar lo que pudiera ser ambición, ambición maldita, sustituyéndola por la vehemencia de sobra conocida. Ese rasgo de su carácter, en esta hora de saldar cuentas, le transforma, en buena medida, como se comprueba a través de estas páginas, en un hombre que considera que las cosas eran mejor antes que como son ahora. Mira al presente con una desconfianza que no sabemos cuánto tiene de hostil y cuánto de honrado: en buena medida, la relación pura con las montañas se ha fulminado, parece decir. Le gente ya no corre riesgos en la montaña y eso es una cadena que traba la libertad.
El problema que plantea ese régimen de vida moral es la traba que supone relacionarse ahora con el mundo. Messner ha sido el mejor alpinista de la historia. Y él lo sabe, tal vez con demasiada certeza. Sus exploraciones le han permitido estudiar el alma humana, por su relación con los compañeros de cuerda y por una mirada algo antropológica hacia los habitantes de los lugares recorridos. Si dejamos al margen sus conclusiones sobre asuntos de relación cotidiana, sobre la memoria operativa, el uso de la memoria RAM con la que solventamos decisiones y contactos a diario en este régimen de vida que a su juicio es adocenado, sus pareceres no son especialmente sagaces, ni tienen por qué serlo. Suponemos que compartimos demasiado ADN con él y por tanto hemos llegado a conclusiones similares. Pero para compartir su enamoramiento, si es que existe, debemos dejar a un lado el genoma. Messner, como cualquier otra persona, sabe que en el diseño actual de la superficie del planeta humano, el semáforo es un buen invento y que en las cenas a las que es invitado debe abstenerse de robar las croquetas al vecino. Esas convenciones son las que a él le incomodan. Porque le hubiera gustado que el productor de esta película hubiera tomado otras decisiones.
Hubiera deseado que su espíritu anarquista, que refleja el miedo a no ser autosuficiente, ese en el que ha insistido hasta la hipérbole y que magnifica en la soledad de la cima, en los sueños tan improbables que sólo se cumplen si uno es un superhombre, fuera el espíritu común. Messner se considera heredero de buenas cosas buenas, entre otras de esa paradoja que le consagra como nómada, al tiempo que le otorga el beneficio de tener raíces. Y el nomadismo le ha llevado a lugares hermosos. Como hermosa es la tierra donde nació y en la que vive casi en soledad. Messner hubiera deseado que todos fuéramos hombres de acción, porque sólo en la intensidad de la acción pura –nada de expediciones comerciales ni sesiones de gimnasio para fortalecer el deltoides que se precisa tener a la hora de hacer búlder– uno se sabe vivo. Esa receta, parece decir ahora, cuando sabe que la vejez ha llegado, es universal.
Y si cabe aplicársela a cualquiera, eso significa que él ha descubierto el contenido de la felicidad: Mover montañas, Mi vida al límite, La montaña desnuda, Espíritu libre, La zona de la muerte, terreno fronterizo. Son los títulos de alguna de sus obras. Y no son casualidad. De ellos se puede deducir dónde ha encontrado él la felicidad: en la naturaleza, en el baile de la pasión, que limita con lo terrible, y el dolor, que nos obliga a sobreponernos con humildad. Eso es la montaña para Messner. Eso es lo que nos lleva a ser al final lo que somos: memoria, emociones, ilusiones, sentimientos e incluso los demás, porque también vivimos las vidas de los demás, de los compañeros de cuerda, de los habitantes de las regiones remotas cuando alcanzamos a pisar esa aldea del valle del Mustang a cuatro mil quinientos metros de altura. Ese es el Messner enamorado. El que ahora, como un anciano que conserva mucho músculo y escribe sus memorias al tiempo que reflexiona sobre lo aprendido, considera que transmitiéndonos su verdad nos ayudará a ser mejor personas. Pues, a fin de cuentas, ese será el sello que certifique que nos hemos enamorado: sabernos mejor personas. Como Messner en una vida brutal, cruda, implacable, impetuosa, en las montañas. Messner ha necesitado de ello para sentir con intensidad el enamoramiento de la vida. Aunque también esa intensidad podría estar en un verso escondido de Rilke:He rezado por mi niñez, y ha vuelto a mí, y siento que sigue siendo tan pesada como antes, y que no ha servido de nada hacerme mayor”.

Fuente: La línea del horizonte