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miércoles, 14 de marzo de 2018

VERANO EN LOS LAGOS


Verano en los lagos
Margaret Fuller
Traducción de Martín Schiffino
La línea del horizonte
Madrid, 2017
165 páginas

Viajar es estar aprendiendo a viajar. La forma en que lo enuncia Margaret Fuller (Cambridge, Massachusets, 1810 – Nueva York, 1850) satisface cualquier intención de vivir encontrando poesía a tu alrededor: “Una visión gloriosa pronto nos satisface, dejándonos contentos con su imagen y con lo que es inferior a su imagen”. Es decir, con el resto de lo que hemos presenciado. En este caso, el recorrido por los Grandes Lagos de la frontera entre Canadá y Estados Unidos, sirve para reconciliarse con la vida, incluido ese momento en que la cucaracha nos asustó cuando encendimos la luz para beber un vaso de agua, en una noche de insomnio. Pero Fuller nos demuestra en este libro que no se trata solo de las cucarachas, pues su sensibilidad supera cualquier convención de la época, mayormente las que se refieren a la colonización y la humanidad de los indios. Es crítica respecto a cómo se desarrolla la primera, hasta el punto de tachas a los colonos de gente sin ilusión por dedicar energías más nobles, gente que tratan de conseguir más holgura y más posesiones. No les importa la caída al vacío marginal de los indios, que Fuller admira por la tranquilidad que transmiten, por la sensibilidad comprensiva con que se relacionan con la naturaleza, por la poca necesidad de poseer, que contribuye a no aniquilar este planeta. Y para Fuller el mundo es un lugar prometedor, siempre y cuando se respete la nobleza del hombre y la convivencia con el paisaje.
“Aquí mis ojos y mi corazón están colmados”. Fuller habla de la vista como sentido que la regenera, y de los espacios abiertos habitables. De hecho, en algún momento se decanta por la agricultura frente a la ganadería, sobre todo la porcina, como actividad humana compatible con el paisaje. Es imposible no remitirnos a Caín y Abel, el mito que se reproduce en las narraciones del Western, como símbolo. Y es que la narración de Fuller está llena de símbolos. La serpiente, por ejemplo, es la parte salvaje e indomable de la naturaleza. Pero durante su viaje, no concibe que no se deba amar a ese animal como se ama una puesta de sol, un bosque, un salto de agua. Lugares en los que ella se reconoce, de los que ha visto imágenes y ha leído descripciones. Los clásicos griegos, latinos y británicos están constantemente rondando su imaginación.
Nos encontramos frente a una viajera excepcional. En una época en la que si alguien se atrevía a embarcarse en un viaje largo por una tierra en transformación, Fuller viaja en calidad de persona. En contra de los principios que marcaban que se debía ser colono, militar, periodista, ella se limita a ver unos paisajes que carecen de horizonte. Hermosos e inabarcables, los parajes que rodean los lagos son símbolo de libertad. La integración del hombre en la naturaleza será la versión de libertad que ella defienda, como hicieron Emerson o Thoreau. Y será, por tanto, sabiduría. Regresar a la naturaleza es sabiduría, vivir sobriamente es sabiduría. Y cuidar el lenguaje con el que uno se expresa, que es como uno se comunica con los demás, les respeta, les enamora de aquello de lo que uno está enamorado, es también sabiduría. De eso trata este hermoso relato, de un deseo que no puede errar, porque es ajeno a cualquier frustración, porque es sencillo, como lo son el coraje o la alegría de las muchachas indias que cargan a un bebé a sus espaldas, cuyos ojos vivaces miran de un lado a otro, ajenos a la “ignominiosa servidumbre y la lenta descomposición”.

Fuente: Quimera