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viernes, 30 de marzo de 2018

CAVIAR, DIOSES Y PETRÓLEO


Caviar, dioses y petróleo
Luis Pancorbo
Renacimiento
Sevilla, 2017
418 páginas

El mundo es todo lo contrario a un lugar siniestro. ¿Cuál es el antónimo de siniestro? Benévolo, dorado, noble, amable… ninguno de ellos termina de adecuarse a la sensación que está transmitiendo Luis Pancorbo (Burgos, 1946) en sus últimas publicaciones. Pancorbo recorre esos trozos de planeta por los que muy poca gente se pierde. En este caso, los países que rodean al mar Caspio: Rusia, Calmuquia, Daguestán, Azerbayán, Turkmenistán, Kazajistán e Irán. No todos de una tacada, que supondría un esfuerzo titánico para un hombre que ya quiere vivir el viaje como un descanso. A lo largo de varios desplazamientos, va recorriendo la costa del Caspio y adentrándose, aquí y allá, en los lugares que le llaman la atención, que son aquellos sobre los que en algún instante escucha un latido en la voz de alguien que los nombra, y no los que figuran en las guías de viaje. El país, y cuando mencionamos país hablamos de una cultura, de una idiosincrasia, de una personalidad, no de un estado, es amable porque él se propone que lo sea. De entrada, se hace acompañar de buenas personas. Algún traductor o guía, algún acompañante, algún contacto, que demuestra su calidad humana. En ocasiones, cuando llega la decepción, se aleja sin rencor y le resulta sorprendentemente fácil hallar gente decente, digna, noble.
Pero el viaje de Pancorbo, la elección de esos destinos, no es casual. Pancorbo, como todo gran viajero, como todo viajero ilustrado, como todo viajero con ambición, ansía desplazarse no solo de un lugar a otro: desea atravesar las barreras del tiempo. A ser posible, en dirección al pasado. El caviar, sin ir más lejos, es un claro símbolo del pasado. El caviar ya no existe. Es un alimento escaso, en peligro de extinción, que él desearía consumir en cada desayuno, como lo hicieron los pescadores del Caspio hace quinientos años. Por otra parte, en Europa raramente va a reconocer el pasado. Consumidas las ciudades históricas a modo de parques temáticos, fachadas, pura estrategia mercantil, la verdad del pasado queda en el gesto del viejo azerbayano que bebe té con menta.
De ahí viene esos elogios constantes, esos encuentros con la tradición, sin crítica. Para Pancorbo las tradiciones que ve no son objeto de análisis marxista, feminista o antropológico. Son documentos. Y así obtienen su beneplácito de documentalista. Son el pasado, algo que los habitantes del Caspio viven con honradez y entereza. Son sinceras, aunque para documentarlas no nos quede otro remedio que atenernos a una cierta mirada neocolonial. Pero en este caso, son de un valor singular. Porque esas tradiciones han superado y revivido tras el paso del oscurantismo. Prohibidas durante la etapa de la Unión Soviética, se conservaron escondidas en los rincones de las casas. Ahora, que las mismas casas son reflejo del Pacto de Varsovia, reviven como sensación de vitalidad común: ayudan a reconstruir el país. Y mientras tanto, Luis Pancorbo lee, escribe, va al cine… Todo lo que entra en él es susceptible de asociarse a lo que vive en el viaje. No es necesario remitirse a otros viajes o a los libros de historia. Puede estar hablando, a la vez, de una película de culto americana estrenada en el año 2016 y de la pesca del esturión. Porque Pancorbo ya ha vivido mucho, ha viajado mucho y quiere seguir demostrando que del viaje, o de la lectura del viaje, la del viaje propio o el ajeno, uno puede salir mejor, si es que está dispuesto a que el viaje, como cualquier otro acontecimiento de la vida, le cambie.