Novedades

domingo, 29 de julio de 2018

GB84


GB84
David Peace
Traducción de Ignacio Gómez Calvo
Hoja de lata
Gijón, 2018
682 páginas

Traducir la última batalla a un formato actual, tan complejo que todos podamos entenderlo, es el reto que se marca David Peace (Osset, 1967) en esta novela cuya ambición es ser parte de nosotros, de la gente, de los humildes.
Los hechos son conocidos por todos los que nacieron antes de 1980: en Gran Bretaña se produjo la última gran huelga de la historia de occidente. A partir de esta confrontación que condenaba a cientos de miles de personas a la pobreza, las huelgas se han limitado a gestos de una jornada en el cómputo global de los días laborales del año. Pero entonces no había más remedio que armarse de valor y llevar la situación hasta extremos que rozan la violencia y el ridículo por parte de los que no aparecen en la novela, gente como la famosa primera ministra que destrozó media Europa y vendió todo su país. Ella invirtió una buena parte del producto interior bruto de Gran Bretaña en machacar y controlar a los huelguistas y a los medios de comunicación, mucho más dinero del que le hubiera supuesto mantener las minas abiertas. Porque estamos frente al sector más representativo de la lucha social. Los únicos capaces de organizarse durante meses para apoyarse de manera que no se dejaran caer: los mineros. Crearon sus propias formas de adquirir bienes primarios y repartirlos, al margen del comercio, algo que gente como Margaret Thatcher no podía consentir: una cooperativa es todo lo contrario al neoliberalismo.
Esta novela, fraccionada en voces, en secuencias, en escenas, que juega con la composición y las fuentes de texto para ubicarnos, relata las semanas de huelga desde el punto de vista de quienes estaban jugándose algo. Están los huelguistas, los que formaban piquetes y aquellos que pretendían trabajar saltando sobre los piquetes, para dar de comer a su familia. Pero apenas están las grandes cifras. Y sí ese estrato intermedio, que es donde en realidad se jugaba la partida como si fuera un tablero de ajedrez: los directivos que no ponen su nombre a las empresas, los sindicalistas elegidos como representantes en la negociación y a quienes se ningunea para que la prolongación de la huelga haga de la situación algo insostenible, y los hombres de la administración, caballos de Troya en las mesas donde apenas se sentaban lo justo como para que en los medios apareciera que el gobierno estaba apostando por la resolución no violenta.
David Peace ha hecho una extensa labor de documentación para conocer los nombres de todos ellos, y para presentarnos a la gente como personas. Ejecuta una novela increíblemente difícil: no es Steinbeck y no es Chomsky. Es justo lo que hay entre uno y otro, donde se decide el martirio. Se nos habla mucho desde dentro de las cabezas de los sufrientes, y se menciona a algún que otro mercenario que boicotea las acciones de los huelguistas para poder justificar la violencia policial, o la violencia del ejército disfrazado de policía. Porque de ese género fue la vergüenza hasta la que llegó quien decidía. Miles de millones de libras perdidas con el único fin de mandar a la miseria a cientos de miles de personas, todo justificado por la manera en que funciona el libre mercado. Hay una interpretación que estremece: pensar que el carbón contribuye a destrozar el medioambiente y que, efectivamente, deberían buscarse alternativas a las centrales térmicas mantenidas con el carbón. Pero entonces las administraciones incluso desconocían que podían hacer uso de ese argumento. Al fin y al cabo, el neoliberalismo trata el planeta como si todo fuera una extracción mineral: se encuentra la veta, se explota, se agota, se busca otra veta. Así comenzó la esclavitud que arrancó a tanta gente de África, por ejemplo. Y así se está tratando la industria agrícola, que saca del suelo todos los nutrientes hasta convertir miles y miles de hectáreas en paisajes lunares. Esta novela nos explica cómo sucedió otro tanto con la fuerza motriz humana, nos relata el momento en el que el mercado y los mercaderes deciden que la gente es ya un deshecho y hay que enviarlos al cubo de la basura. Algo que jamás debemos olvidar.

viernes, 27 de julio de 2018

TRILOGÍA DE LA GUERRA


Trilogía de la guerra
Agustín Fernández Mallo
Seix Barral
Barcelona, 2018
485 páginas

Menos manierista y habiendo dejado parte del narcisismo con el que irrumpió gracias a sus Nocillas, Agustín Fernández Mallo ha escrito un libro al que catalogaremos como novela, porque el género permite un amplísimo recorrido. Las intenciones son claras: no se trata de inventar, sino de cocinar. En ese sentido, Fernández Mallo es hijo de una época en la que destacan nombres que se van mencionando a lo largo del libro: Bolaño, Sebald… gente que escribía libros que llamamos novelas por el mero hecho de ficcionar y de su extensión. En realidad, tanto a Bolaño como a Sebald les falta cierta sinceridad con la literatura, esa de reconocer que hacen literatura a partir de lo leído, no de las experiencias propias y ajenas, no de la empatía o la compasión, no de la poesía o de la épica. En ese sentido, Fernández Mallo se arranca con un alarde de sinceridad en la puesta en escena. Las frases, las situaciones, las localizaciones, las actitudes, las escenas nos resultan conocidas. Pero las maneja con la suficiente astucia como para que se nos antojen originales, invención, ingenio. Ingenio, más que invención.
El tipo solitario de la primera parte de la trilogía, ese que practica el onanismo mental para relatarnos que con sus pensamientos está escribiendo una novela, no es nuevo. Pero sigue siendo divertido. Y el pulso con el que narra Fernández Mallo, hay que decirlo, consigue mantenernos atentos durante casi 500 páginas, algo que ni el mismísimo Bolaño lograba, pues en algún instante desfallecía. La guerra que nos ocupa, como las que nos ocuparán en las otras dos partes, son fantasmas. La guerra civil española, la guerra del Vietnam, el desembarco de Normandía, lugares como Galicia, Bretaña o el espacio vacío de Estados Unidos, donde cualquier cosa es creíble. Como lo es en las ciudades que pisan los protagonistas: Nueva York, Milán, Buenos Aires. Entre las tres partes, Fernández Mallo introduce suficientes coincidencias como para que nos aseguremos de sentir que es un único relato.
Sin embargo, mientras en la primera parte se impone el propio Fernández Mallo, el narrador de la segunda, veterano piloto de la guerra de Vietnam y el astronauta que fotografió a Amstrong pisando la luna, nos cuenta su vida con un estilo que nos recuerda a varios autores americanos. Por ejemplo, a John Fante. Mientras en la primera parte no había estructura narrativa, en esta sí existe, pues es necesaria para relatar la caída, el ascenso y la caída de una persona. El primer narrador presumía de haber conocido todo, el segundo confiesa haber sido víctima del destino. Como en tantas novelas americanas, las relaciones familiares sin resolver, la tensión entre padres e hijos es la conciencia que mueve el relato. Los arquetipos funcionan en los personajes secundarios que se van sumando a este costumbrismo norteamericano sin final feliz.
Será en la tercera parte donde Fernández Mallo logre su mejor versión como escritor. Esta vez la voz es de una mujer. La primera impresión que nos transmite es la de remitirnos al monólogo interior, a las asociaciones según las palabras, las fechas, los nombres, pero el paisaje, la tristísima Bretaña donde fallecieron de forma tan barata cientos de miles de jóvenes, no da lugar a que sea cual sea el sentimiento, incluso la sensualidad, no esté presente la desolación. Estamos frente a la parte más humana del escritor, del narrador. Fernández Mallo aparta las lecturas que han inundado su vida a un segundo plano. Siguen vigentes, pero el monólogo sentimental, referido tanto a ella como a su pareja, se impone. Y nos identificamos con la protagonista con mayor facilidad durante ese recorrido de la costa normanda, en el que aparecen personajes decadentes y gente cuya cabeza se rige por vectores divergentes. La obra se lee como un tiro. Que se califique como novela, no tiene importancia. Podría no serlo, como podría no serlo 2666. La definición de Cela afirmando que novela es todo lo que figura bajo el epígrafe de novela, es o podría ser la definición de un vago. Lo que importa es que sea un buen libro, que las historias que nos cuenta nos atraigan. Lo que importa es ese ámbito en el que las cosas pudieron haber sucedido.

jueves, 26 de julio de 2018

EL AMOR DE UN IDIOTA


El amor de un idiota
Tanizaki Junichiro
Traducción de Makiko Sese y Daniel Villa
Satori
Gijón, 2018
285 páginas

Este es un libro que explica cómo funciona el cerebro de una obsesión amorosa. Falta, aunque Tanizaki Junichiro disponga del suficiente talento como para dejarnos intuirlo, la mente contraria, pues de un juego de opuestos se trata la relación amorosa que nos narra. Pero esa es otra novela que debe contar otra persona. Aquí se centra en el trastorno que supone para un hombre poco agraciado el recibir el beneplácito de una adolescente de quince años, y su empeño por mantenerlo tal y como lo vivió el primer día, contra viento y marea y, lo que es más difícil, contra la psicología evolutiva que hace pasar a una niña al grado de mujer. Según se nos presenta, dicho grado tiene mucho que ver con el físico, que la permite ser atractiva y, en consecuencia, rodearse de otros hombres. Pero él comienza su amor con veintiséis años, siendo virgen, y confunde lo platónico con lo sexual. Intenta ser un Pigmalión, aprovechándose de su ventaja económica y la supuesta dependencia que eso la genera a ella, pero se da de bruces con su incapacidad para ir aprendiendo. Y sobre todo con la de negarse a aceptar que un amor no es eterno. Entramos en la mente de un desesperado, una de esas personas que confían en que la relación de pareja suponga la felicidad, cuando todos sabemos que si una relación cuaja, es porque se comparten las felicidades conquistadas previamente.
Confiar todo tu bien a una sola carta es propio de un idiota. Hasta el punto de que cuando llega el maltrato, o si uno quiere rebajar la expresión, el tratar mal, se acepta como la norma. Los vínculos resultan estrechos y casi delictivos. De hecho, su amor y su matrimonio lo ocultan incluso dentro de su propia casa, donde no existen testigos. A medida que vamos comulgando con la mente del protagonista, nos preguntamos si nosotros seríamos capaces de mantener esa postura. Asistimos a la mella de la dignidad y a la afectación del honor. Pero sabemos que tal vez, tal vez, si nos viéramos en esa situación tampoco seríamos capaces de superarla con la cabeza alta. Ese es el punto que tiene en común esta novela con Lolita, que se nos presenta como referente. Por lo demás, El amor de un idiota es un relato mucho más sencillo y en el que los juegos verbales se arrojan fuera. A no ser que se pierdan en la traducción, impresión que no da. La literatura japonesa, la de Kwabata, la de Mishima, por ejemplo, tienden a la expresión sencilla. Son obras cuya complejidad está en la construcción de otra parte de la obra. Aquí en la psicología del personaje.
Desde el primer párrafo sabemos que deberíamos gritarle el refrán que dicta que quien con niños se acuesta, meado se levanta. Pero las garantías de fracaso están servidas dada su timidez patológica, sus complejos frente a un mundo que se está recibiendo en su país, el occidental, a través, mayormente, del cine. Allí están los galanes y está Mary Pickford, la novia de América con quien compara el protagonista a su amante. Pero la tensión va subiendo muy poco a poco, a sorbos lentos, bien medida por Junichiro para que no nos explote, y esa pregunta que él se hace, si será posible desenamorarse, se impone. La vergüenza y el ridículo que cree que está haciendo, la incapacidad para confesar desde cuándo y cómo conquistó a la joven, le llevan a situaciones y pensamientos grotescos. Pero no pueden ser otros. No le importa perdonar perversiones y pedir perdón cuando descubre que ella tiene amantes. Intuimos cierto sadismo en ella, que se complementa con el impulso de Pigmalión de él, para hacer de la relación un vínculo irrompible. La gente se engancha a lo que odia. Más aún cuando se trata de un personaje histérico cuya educación no le permite mostrarse como tal. Y de un tipo egocéntrico. Porque le importa ella en la medida en que le da felicidad, aunque sea consintiendo que le trate como a un kleenex. La historia nos resulta conocida, pero no tanto por haberla leído antes como por identificarla con la vida de alguna persona que nos rodea. Ese es el gran mérito de esta novela: que contiene un trozo cierto de la vida.

martes, 24 de julio de 2018

PEQUEÑO MUNDO


Pequeño mundo
Herman Hesse
Traducción de Marinella Terzi
Navona
325 páginas

Al contrario que la mayoría de los escritores, Herman Hesse estaba convencido de que las historias podían tener un final feliz, si es que tenían un final, algo a lo que le obligaba el formato libro. A mayores, no se trata de un escritor americano ni de un autor de novela rosa. Hesse centraba su atención en las posibilidades del alma, hasta el punto de sacarlas a flor de línea en sus escritos. Y la condición por las que a la fuerza pasaba el alma, al margen de la psicología más bien sencilla de sus personajes, era la relación con los demás. En este volumen se reúnen una serie de relatos inéditos, que comienzan con una versión de la bella y el feo, en la que la atracción que encuentra ella en el hombre radica en lo que él consideraba un severo defecto: la timidez. De ese rasgo solo le libraba la voz con la que se unía a un coro, es decir, formar parte del colectivo en un acto bello.
Ambos personajes, como el resto de los que pueblan el libro, están condicionados por los roles sociales con los que nacen y que les imponen las familias. De hecho, conseguir salir de la ruta que marcó la familia es una liberación. Hesse no lo indica de forma explícita, pero de su lectura se puede deducir que la familia es una farsa. O que al menos puede serlo. Que debemos separarnos de ella para poder ver el paisaje completo, pues dentro de la familia, como de cualquier estructura social, se esconden miserias a las que con frecuencia bendecimos con el nombre de tradiciones. Los protagonistas de sus historias son gente sensible, lo bastante como para señalarnos lo cerca que estamos de cualquier forma de oscuridad. Y el mundo es atroz, aunque al final exista la luz y, si uno la busca, termina por encontrarla.
Durante los relatos se nos exponen los falsos consuelos, desde el dinero a la religión, a los que se agarran aquellos que ven cómo su vida está siendo exprimida: por la atención que requiere un moribundo, por la gente que está convencida de que una relación de pareja es un problema antes que nada, por la fama con la que cargan los demás y las presiones del órgano social, por la supuesta misión de llevar la verdad a otras tierras. Frente a todo ello expone el talento como fuerza interior, la voluntad de aprender, el convencimiento de que uno no puede darse por vencido sin importar el resultado de la lucha, la serenidad abierta que nos enseñan otras culturas. En definitiva, cada relato es una experiencia de aprendizaje, un renacer lejos del pasado, al que intentaron encadenarnos. Ese pasado viene expresado por la familia o la teología, por la colonización o la herencia laboral. Y la felicidad, que solo se le escapa al protagonista de uno de los relatos, acude de la manera más sencilla posible: ser peluquero, reconocer la bondad en los pobres creyentes hindúes, dejar atrás la pedantería como aplomo para imponer su voluntad. En buena medida, Hesse vuelve a hablarnos de la aceptación. Y lo hace de una manera que todos podamos comprender, adaptada a las tres edades. Hoy mucha gente discute lo oportuno de su premio Nobel. Pero en su día supo traernos los buenos saberes que ya habían aprendido las gentes de tierras todavía extrañas. No está mal recordarlo, porque la memoria es cada día más efímera y para no saber que existen cosas diferentes al dolor conviene regresar a autores como Hesse una y otra vez.

lunes, 23 de julio de 2018

CARTA DESDE ZACATRAZ


Carta desde Zacatraz
Roberto Valencia
Libros del K.O.
Madrid, 2018
381 páginas

Esta es una crónica que no se lee como una novela. Se lee como lo que pretende ser: un manifiesto acerca de la dificultad de distinguir qué parte de víctima hay en un victimario. Es un trabajo periodístico en el que el autor no intenta mantenerse objetivo, porque hay vidas en juego, porque frente a la pobreza y las consecuencias de la pobreza, si uno se mantiene objetivo es un psicópata. Roberto Valencia (Euskadi, 1976) es un periodista afincado en El Salvador desde hace casi dos décadas, y allí ha llevado a cabo este proyecto, que le ha supuesto años de trabajo y una constancia loable, que le da unidad al relato y potencia a la narración. El libro comienza ubicándonos en el lugar y el tiempo, en el momento en que Estados Unidos decide deportar a docenas de miles de salvadoreños a su país, uno de los más pobres y pequeños del mundo. El nacimiento de los Mara, los grupos de delincuentes que se adueñan de un trozo de ciudad con mucha violencia, es una consecuencia de lo que sufre el país, que viene de padecer el enfrentamiento entre el ejército y guerrillas como el Frente Nacional de Liberación Farabundo Martí. Y de ver cómo uno de sus escasos héroes de la paz, Monseñor Óscar Romero, ha sido asesinado.
En este mundo de pandilleros adolescentes, que nada tiene que ver con lo que hemos visto en el cine, destaca un muchacho menos de edad, de apodo Directo, a quien sigue la pista Roberto Valencia. A él y a todos los que rodearon sus pocos años de existencia: familia, abogados, jueces, fiscales, guardias de prisión, pandilleros rivales, amantes… Mientras intenta exponer las leyes de los Mara, como el psicólogo que trata de indagar en la forma de pensamiento lógica de un esquizofrénico, se denuncia la adrenalina que embriaga a los que suman cadáveres. Sea por guerras territoriales o por venganzas, que pueden venir también desde la administración, las muertes se igualan en cuanto al llanto de los que se quedan a este lado de la tumba. Valencia hace un extraordinario trabajo a la hora de presentarnos su intento de diagnóstico y los sucesos que se agolpan a una velocidad increíble en la vida de alguien tan joven: fugas, detenciones, rezos, condiciones carcelarias, embarazos, mentiras de los medios de comunicación que suman lo macabro a la manipulación, y toda suerte de voceros que pretenden demonizar al demonio. Porque Directo es un demonio, pero es víctima, porque su locura no es un defecto mutante.
El final de su vida sucederá en la cárcel de máxima seguridad de El Salvador, conocida como Zacatraz, donde sobrevive por los pelos a trifulcas en las que no existe el amigo. En un país donde la vida no vale nada, esta se suma a los números negativos si se nace mujer o se da con los huesos en la cárcel. Hay un momento de esperanza, durante una terapia de rehabilitación en Costa Rica, que sirve para recordarnos que es posible la libertad y que es imposible la integración. Si además el gobierno aprueba leyes de mano dura, alguien como Directo sabrá que su paso por la Tierra será fugaz y que apenas habrá merecido la pena. Este es el tipo de historias que a fecha de hoy sigue mereciendo la pena ser contadas. Son las nuevas leyendas y son las denuncias, porque el libro no deja de ser una denuncia sobre la corrupción en centros penales, aunque se trate de leyendas que nos ponen los pelos como alambres. Y Roberto Valencia sabe muy bien cómo debe contarse una crónica de casi cuatrocientas páginas sin perder la tensión en ningún momento. Un gran trabajo. Sin duda.

GUERRA Y TREMENTINA

La memoria es un laberinto, una cebolla con sus innumerables capas, una mentira en la que nos creemos ser dueños de certezas, un conflicto en el que a nadie le faltan razones, una guerra en la que se igualan los muertos, un sitio en el que lo único que nos unifica es que todos, cada uno a su manera, rezamos un responso. Y rezar es el único verbo del que nadie sale malherido. Hay mucho de responso en esta obra en que la conclusión a la que uno llega en algún momento, a lo largo de la lectura, la expone el propio Stefan Hertmans (1951) cuando dice:
“Acabé comprendiendo que mi abuelo había sido el loco de corazón puro, el inocentón que se había hecho acreedor de mi admiración porque no conocía el egoísmo ni la vanidad o la autocomplacencia, solo aquel servilismo suyo, que para él era algo natural, lo cual lo convertía al mismo tiempo en un héroe y un simplón de intenciones nobles. Cuando comprendí esto (…), comprendí que apenas entendía nada”.
Este podría ser el grado máximo de sabiduría, la duda, la incertidumbre de la corriente de los días, y conseguir aceptar esta incertidumbre, una virtud en la que está puesta todo el empeño de esta obra. Hertman reproduce la vida de su abuelo y con ella la de su entorno a lo largo del siglo XX, sobre todo de los primeros años del siglo XX, hasta que lo quebró la Primera Guerra Mundial. El estilo nos resulta familiar, nos recuerda a Sebald, por ejemplo. Pero lo que en Sebald es un trabajo peripatético, sin que esto quiera decir nada malo, pues no son otras sus intenciones que las de hacer llorar, en Hertman es sinceridad. Sebald oculta cierto cinismo, cierto grado de superioridad moral, cierto complejo, del que Hertman apenas rescata ese tono de crepúsculo trasladado al pasado. De esa manera gesta una paradoja, pues el pasado debería ser amanecer. Pero será esa intención manifiesta de engañarse a uno mismo, dictando que en el pasado la vida era más humana, la que le lleve a la búsqueda de la paz, o de algo parecido a la paz interior. Para ello se vale de la figura de su abuelo y el libro toma un matiz íntimo tanto en lo biográfico como en el retrato social. Es un adagio.
Hasta que se da de bruces con el horror de la Primera Guerra Mundial. La reproducción sórdida que hace de la misma nos resulta un tanto conocida: las trincheras, el barro, las mutilaciones, las ráfagas de metralleta, los muertos uno a uno, la pérdida de cualquier sentido de la ética a favor de la supervivencia animal. Incluso la religión, que había estado presente con anterioridad, se hace a un lado. Solo algún dibujo hecho con el carbón de una hoguera le recuerda que hay algo humano en el interior de su abuelo o en su interior, pues esta parte del libro está narrada en primera persona, desde el punto de vista del abuelo soldado.La presencia de enfermedades de pulmón que matan a seres queridos, nos remite al romanticismo. Pero Hertman describe con sosiego hasta los aspectos crueles, hasta lo desagradable, y en realidad halla mucho de desagradable condicionando la vida. Rescata del olvido colectivo todo lo que puede para experimentarlo como nuevo a través de la literatura. Ese olvido colectivo tiende a apartar los fragmentos más aciagos, que él los trae a manera de descubrimiento. La forma de compensarlo es el arte. La pintura y el dibujo, a los que su abuelo se consagra sobre todo en los momentos en los que necesita ser rescatado, pero no hay nadie allí para salvarle. Así va sorteando la reproducción de los primeros años de vida de su abuelo, de la que apenas dispone de datos como para completar una novela, por lo que se topa con muchas preguntas. Y Hertman vive las preguntas como si fueran abismos. Pero se empeña en acompañar a sus antepasados como si allí él hallara una alegoría de su propia vida. Crea hipótesis sobre la belleza triste y sale a buscar l que tiene que quedar.
El mayor valor de estas páginas es la deconstrucción de una persona que tendrá que volver a levantarse. La inocencia debió haberla perdido, claro. Y como a tantos otros, ese paso de la adolescencia al mundo adulto se les arrebató durante las batallas y el sufrimiento. Siente que hay una pérdida, pero no llega a expresar en qué consiste. Sí la cura a través del amor y luego de la compañía, porque a la muerte de la chica de la que está enamorado seguirá el matrimonio para no quedarse solo. Esta parte de la historia está ya documentada, sí, pero a pesar de todo Hertman tiende a buscar una explicación psicológica en cada gesto y por encima de todo en cada una de las mujeres que marcaron su vida: la madre de su abuelo, la difunta amada, la hermana mayor de esta y su hija, esferas que condicionan tanto, que presionan tanto que busca consuelo en la pintura, donde algo de lo sublime debe de permanecer. O al menos algo de lo bueno que puede tener el ser humano. Esa bondad ingenua y natural es lo que desesperadamente busca a través de cada una de las líneas de este libro un hombre que echa de menos la sencillez en la condición humana.
Fuente: Revista de letras

PIRENAICA

Pirineos a pleno pulmón

Ander Izagirre vuelve a echarse kilómetros a la espalda para mostrarnos los Pirineos desde el sillín de su bicicleta, atravesando la cordillera de oeste a este y subiendo a sus puertos más míticos. Una travesía que disfrutamos tanto como una conversación con el mejor amigo.

Artículo completo en La línea del horizonte.



Lo difícil es hacer de la vida algo sencillo. Una bicicleta por hogar no quiere decir que todo lo que necesites para vivir durante una temporada quepa en las alforjas de un aficionado al cicloturismo. Nada de eso. La bicicleta es el medio de transporte reducido al esqueleto y que obliga al esfuerzo del viajero. Al esfuerzo físico, desde luego, pero también a soportar con humor las penurias. En realidad, lo único que necesita un viajero es una tarjeta de crédito. Pero no se trata de eso, porque supondría quitarle todo el romanticismo al paisaje. La bicicleta y los Pirineos forman todo lo que necesita Ander Izagirre para trazar un proyecto de vida. Sencillo y hermoso. Como en cualquier deporte de naturaleza, se dispone del campo de juego más bonito. Y luego está el aprendizaje, porque exige una ruta y esa ruta es algo que se ha trazado a lo largo de la historia. Desde los esclavos del siglo XX, perdedores de una guerra civil, hasta el Cantar de Roldán, y pasando, cómo no, por la permanente presencia de Induráin.

viernes, 20 de julio de 2018

NECESITAMOS NOMBRES NUEVOS


Necesitamos nombres nuevos
Noviolet Bulawayo
Traducción de Sonia Tapia
Salamandra
Barcelona, 2018
250 páginas

Una barriada de Harare, capital de Zimbabue, y Detroit y luego ese corazón de Estados Unidos donde se cocina el maíz que no sabe a nada pero engorda mucho. Sí, necesitamos nombres nuevos. Porque un nombre no es una mera sucesión de letras, es un concepto, es un apunte de un trozo de realidad, en un pedazo de mundo, y ninguno de los dos son lugares donde merezca la pena vivir. A pesar de ello, Noviolet Bulawayo (Zimbabue, 1981) parece echar de menos la miseria. Algo que no debe llevarnos a engaño. No se trata de malvivir y de sentirlo como forma de sinceridad, sino de la infancia. Eso es lo que dejará atrás cuando pase la mitad de la novela y comience la pubertad, la adolescencia y el camino hacia ser adulto que se narra en la segunda parte de la obra. En la primera, nos encontramos frente a dos nombres que no deberían coexistir: infancia y desesperación. El mundo de los niños pobres que dibuja es el de aquellos que no pueden permitirse derrochar una caloría en otra cosa que no sea salir adelante, ni siquiera en molestarse en intentar comprender falsos consuelos, como los que les ofrece la iglesia, la religión, que será una abstracción incomprensible.
La niña protagonista vive en un chamizo, con el hueco de un padre que las abandonó y bajo el sol. El sol que estará siempre presente, en cada una de las primeras páginas de la obra. Mientras se relata la vida de un grupo de niños, se nos acerca a la realidad africana, a la explotación por parte de multinacionales chinas, que están comprando el continente, por ejemplo. O a la farsa de las Organizaciones No Gubernamentales, a quienes solo les interesa la foto, retratadas como parte de la pose del mundo desarrollado. También se sumerge en las revueltas populares, en la violencia de los coletazos de la colonización o en la muerte. Y junto a la muerte en el SIDA, todo ello prohibido a la mirada de los niños, quienes solo pueden ver los entierros desde la distancia y son incapaces de entender nada.
De ahí pasaremos, sin cortapisas, a Detroit, la ciudad decadente, y luego al interior de Estados Unidos. A los campos de maíz y a los hombres y mujeres de una obesidad obscena. Un mundo supuestamente desarrollado que nuestra niña sigue sin comprender y del que habla con extrañamiento. Se mencionan las cosas horribles que los inmigrantes deben hacer para legalizar su situación, como bodas grotescas, al tiempo que se lamenta la pérdida de los sabores en las comidas y las bebidas. Eso son nombres nuevos que necesitaría que fueran diferentes: lo que ve, lo que escucha y la gente. Durante su primera etapa en Estados Unidos compara las dos formas costumbristas de vivir: su barrio pobre africano, su comunidad rica americana, con niños consentidos, la televisión por profesor, las películas porno y el anhelo de romper las reglas sociales. La voz que nos ha ido acompañando desde la infancia hasta esa etapa, a punto de entrar en la mayoría de edad, se pega a la realidad y al sentimiento del narrador como una segunda piel. Es ahí donde demuestra su talento Bulawayo. Porque lo que viene a continuación será demasiado descarnado: la nueva esclavitud, que apenas se diferencia de aquella a la que se sometieron los recolectores de algodón hace doscientos años. La desolación, los grilletes y el continente común de la pérdida son otra forma de soledad, algo imposible de compartir pues quien puede entenderte apenas puede sostenerse sobre sus propios pies, mientras sufre una explotación idéntica. Este realismo social no es nuevo en la literatura, pero sigue siendo constante. Y no está de sobra incidir en él hasta que consigamos derrotarlo.

jueves, 19 de julio de 2018

HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO (1)

Ya a la venta




Nueva novela de Ricardo Martínez Llorca, en donde el joven protagonista afianza su personalidad un verano en que descubre el alpinismo, la amistad y la lealtad.

Ilustrador:
Javi Gandaki

Novela de construcción de personalidad en la que el protagonista y narrador rememora un verano que pasó en compañía del mayor de sus primos, Adán, un guía de montaña, y de Bravo, el mejor amigo de Adán. Descubrimiento de la pasión por la montaña desde la enfermedad que dificulta los movimientos, pero también de la amistad y la lealtad, al tiempo que se desmitifica la familia. La novela se sostiene sobre la arrolladora y lírica personalidad de un narrador que impone una ley que empuja al lector dentro del texto; una novela con un tema de fondo: cómo construimos la dignidad.





MI DEUDA CON EL PARAÍSO (1)

A partir del 10 de septiembre en librerías
(Desde Madrid distribuye Distrifer)


Luis Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzos, es uno de los grandes representantes de la generación de exploradores que ampliaron el espectro de la belleza del mundo, junto con hombres como Nansen, T. E. Lawrence o Mummery. El Duque de los Abruzos, hijo de Amadeo I de Saboya, por un breve periodo rey de España, tuvo una vida intensa donde la aventura y los ideales siempre estuvieron presentes. En 1909 intentó la segunda montaña más alta del mundo, el K2. No consiguieron llegar a la cima, pero aquella aventura fue el trabajo de exploración más importante llevado a cabo hasta entonces en el Karakorum, batiendo un récord de altitud que se mantuvo hasta las expediciones de Mallory al Everest en los años veinte. Como afirma Sebastián Álvaro, en su interesante texto sobre el Duque que completa esta novela, para este gran alpinista y explorador «… nada va a ser un obstáculo que no pueda vencerse con una mezcla de inteligencia, trabajo y audacia. Mar y montaña, regiones polares y tierras tropicales, exploración, ciencia y alpinismo, todo va a caber dentro de la organizada cabeza de Luis de Saboya».


Mi deuda con el paraíso es una novela que reproduce su última expedición africana, el único motivo por el que podría abandonar su proyecto altruista en Somalia, donde consiguió hacer crecer arroz en terrenos baldíos para alimentar a miles de personas. Narrada por quien fue su ayuda de cámara, que rememora los hechos ochenta años después, agonizando en una pensión de Madrid, intercala la ficción con la biografía del Duque y la representación de toda una época histórica. Es una obra de intriga, de desamor, de aventuras y del crepúsculo. Un lamento por un mundo al que ya no conoceremos virgen a no ser a través de homenajes a estos héroes de los confines del planeta.






DESENCUENTROS


Desencuentros
Edmundo Paz Soldán
Páginas de espuma
Madrid, 2018
248 páginas

La prueba de fuego que supone recuperar los primeros textos de un autor es un riesgo al que merece la pena someterse, aunque sea para recibir reproches. De este rescate de los dos primeros volúmenes de relatos de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) se podría hablar en términos que nos llevan a engaño. Por ejemplo, la prioridad del ingenio frente a otras de vertientes de la inteligencia. Pero a medida que uno avanza en la lectura, el ingenio se aparta en la mente del lector y aparece con fuerza la capacidad de observación. Sobre la escritura no diremos nada: es sencillamente exacta.
Los primeros relatos, muy breves, son un compendio de recursos expuestos de forma enumerada: la prosa poética, el enunciado del titular de un periódico, el recuerdo autocompasivo de la infancia, las noticias frente a lo cotidiano, la sorpresa de la frase final, el ajedrez, una fiesta coral, la espera, encuentros, más encuentros, desencuentros, sadismo y fantasía, guiños históricos y guiños al realismo sucio, farsas, el voyeur, misterios y paranoias, el destino… El destino, que será la obsesión que se quedará instalada en el mundo literario de Paz Soldán, regido por la lógica de la sucesión de las palabras y sus significados, que no es la misma que la de la realidad y sus hechos.
De ahí pasará al análisis de las parejas: amantes, traiciones, venganzas, idilios, consuelos, ausencias, desamor, promesas, trampas o ilusiones. Y también a lo metaliterario o a lo literario como tema de los cuentos: divertimentos sobre la escritura, significados, derivaciones, fantasías, influencias, consecuencias, versiones, mentiras, bibliotecas, críticos, ambiciones, exhibiciones, la lectura y la interpretación y algún etcétera más o menos largo. Todo esto compone el primero de los volúmenes, Las máscaras de la nada, que es en el que se va fraguando el siguiente, Desapariciones, en el que el corte de los cuentos no es tan sesgado, aunque solo sea debido a la extensión. Incluye cuentos de un solo párrafo, pero también algunos de corte más clásico, con su presentación, trama y desenlace. Una de las primeras ideas que nos damos cuenta que está presente es el reconocimiento de la influencia de ciertos autores: Borges, Poe, W.W. Jacobs, Donoso, Onetti, Faulkner y en algún momento nos preguntamos si incluso Ovidio.
Luego vamos viendo que lo que se nos oculta de los sucesos no es debido a la demostración de ingenio, sino a la parcialidad que podemos presenciar de la narración. ¿Por qué se apaga la luz?, es una pregunta que se nos viene a la cabeza cuando la luz se apaga y cuya respuesta no se resuelve en los párrafos del relato. A la par que el misterio, Paz Soldán entra en la complejidad de las relaciones humanas y se pregunta en qué momento la vida pasa a ser simulación. Ese es el tema de este conjunto de relatos, que en ocasiones toman la forma de fábulas contemporáneas, de versiones de la literatura que dejan al lector la libertad de interpretar, de ser dueño del texto, con lo cual lo que consigue es que cada uno de sus relatos se multiplique. Eso es algo que solo se proponen los que conocen a fondo la literatura. Eso y la obsesión por el destino, que no es exclusivo de lo literario, componen este mundo de desencuentros que recupera con acierto Páginas de espuma.

miércoles, 18 de julio de 2018

SALSA


Salsa
Clara Obligado
Entreambos
Barcelona, 2018
235 páginas

“Nada de comprometer los sentimientos: aflojar la tensión, expandir los pulmones, estirar los músculos, las vértebras, liberarse de la agresividad acumulada durante semanas, durante meses, durante siglos”. Claro que el narrador se refiere al sexo, pero igualmente serviría para cualquier otra tentación, para los siete pecados capitales. Muchos de ellos reflejados en un baile sensual, como lo son los que vienen del Caribe. Ese es el nexo de este libro de historias cruzadas en el que la fragmentación se compensa con la música, con el cuidado que se pone en el sonido de las palabras. El baile es el factor común en una ciudad, Madrid, de la que conocemos su parte más cosmopolita. Los protagonistas vienen de Guinea y se hacen pasar por cubanos, o de Argentina y su terapia es la huida y la escritura para salir del mazazo de la infidelidad del marido, o de Venezuela y se hacen llamar Jamaica, o de Grecia, la República Checa o son de origen judíos y polacos. Entre ellos, flota algún nacional en un mundo que se reúne en un bar nocturno donde se imparten clases de salsa.
El tema del libro podría ser el mestizaje. Sin embargo, tal y como lo leemos la sensación que da es que este es más una brega que algo actual. O está todavía sin brotar o resulta que seguimos sin hallar la fórmula que nos permita mezclar el agua y el aceite. Que un bebé nazca blanco, cuando la madre ha mantenido relaciones con más de una persona, es un alivio. Al menos es un alivio social. Se evitará tener que responder a preguntas, la incomodidad de las presiones de las miradas. Que la madre y la hija deseen a la misma persona, es algo que debe llevarse en las sombras. Al igual que en estos dos ejemplos, todo en el libro hace referencia al sexo, sin exponer el sexo de manera explícita. Porque no existen relaciones sin esa tensión. Porque todo el mundo, y algunos de manera concluyente, sobre todo a partir de cierta edad, quieren resultar atractivos. Y el atractivo se puede conseguir mediante cirugía, la risa o saber bailar salsa, unos movimientos que prenden fuego en el compañero de baile.
Aunque el local nocturno en el que se reúnen representa, por otra parte, cierta decadencia. La mayor parte de esta novela coral sucede fuera de él y dentro de la cabeza de cada uno de los protagonistas, saltando de uno a otro en un juego que propone al lector una actividad semejante a componer un puzle con piezas del tiempo. Así, durante la primera mitad del libro Clara Obligado pone las piezas sobre el tablero, antes de narrar su pasado. Es entonces cuando conocemos los submundos de los que proceden, de los que no pueden desprenderse, esos que los condicionan tanto como para no ser dueños de su propio destino. Será esa sucesión de decisiones las que nos mantengan atentos durante la lectura, unas decisiones que bien podrían ser las que están tomando, ahora mismo, nuestros amigos.

lunes, 16 de julio de 2018

OESTE


Oeste
Carys Davies
Traducción de Lorenzo Luengo
Destino
Barcelona, 2018
189 páginas

La rosa de los vientos sigue definiendo la suerte de los viajes. Si mencionamos todos los viajes al sur, sabemos qué tipo de felicidad, aunque sea pasajera, confiamos en hallar. Esto es solo un ejemplo, como lo es el viaje al oeste. La historia ha querido que un continente signifique el viaje al oeste, América, y aun dentro de ese continente, por las reglas del imperio, el viaje al oeste venga marcado por las Montañas Rocosas. Y también por una época, la que se corresponde a la conquista de un territorio de promesas para quienes ya estaban marginados en Washington o Boston. La colonización del norte de América ha dado pie a una mitología que ya forma parte de nuestra cultura con tanto significado como las leyendas griegas. El enfrentamiento entre Path Garreth y Billy el niño es comparable a la historia de Orfeo y Eurídice, que en un momento del libro menciona la propia autora, Carys Davies.
Consciente de las leyendas, Davies construye una fábula que prefiere dejar en los huesos para que alguien, tal vez el lector, tal vez la propia autora, tal vez un cineasta, se permita ampliarla. Fuera de todo ornamento, se nos refleja el periplo de un hombre que se despide de su familia para internarse en el Oeste americano, acompañado por un adolescente indio con quien se entiende por señas, a la búsqueda de algo así como un monstruo. El nombre de la bestia no se menciona, pero las referencias y el bosque nos remiten al Sasquatch, al monstruo mítico de las Rocosas, conocido como Big Foot, primo del Yeti. El joven confía en que el hallazgo de la bestia le suponga la suficiente fama como para pasar a la historia y que a su familia, a su mujer y a su hija púber, no les vuelva a faltar nada.
Nos enfrentamos a una novela de pocos personajes y sin apenas diálogos, con acciones paralelas en las que se sucede la supervivencia y el crecimiento de la hija. De esta segunda situación apenas cabe comentar todo lo que significa el trance de la edad y un costumbrismo rural que ya nos resulta familiar gracias al cine. Más interesante resulta el realismo de la supervivencia, lejos de cualquier manera de romanticismo, tan desnudo que deja al personaje que interpreta Leonardo di Caprio en El renacido en una caricatura. Con apenas unos botones y unos retales para intercambiar con los indios, resulta que la región en la que se interna está deshabitada y los inviernos suponen la muerte. A no ser que uno sepa mantenerse inerte, algo ajeno a los humanos. El empeño en su empresa no le permite estarse quieto y el protagonista va perdiendo vigor, pero no voluntad. Su vínculo con el exterior pasa por un comerciante, última forma de civilización, que debería enviar las cartas que escribe a la familia. Pero en el mundo de los solitarios, donde no llegan las leyes, se impone el egoísmo como forma real de sobrevivir. Los demás son obstáculos si suponen esfuerzos sin recompensa. Entre este Oeste y Las aventuras de Jeremiah Johnson, la película protagonizada por Robert Redford (de nuevo intervienen las referencias al cine), deberían existir puntos en común. Sin embargo, Oeste es el esqueleto de un drama. Narrado con una pulcritud que da envidia, nos reconcilia con la idea de que la narrativa todavía tiene mucho que aportar a una mitología que sigue en marcha.

FANTASMAS DE LA CIUDAD


Fantasmas de la ciudad
Aitor Romero Ortega
Candaya
Barcelona, 2018
234 páginas

La tentación es muy grande: se llama Bolaño o Vila Matas. Es lo que corresponde, seguramente, a los jóvenes escritores, como en su momento todos intentaron imitar a Borges o, en un espectro mundial, a Kafka. Así pues, lo mejor es ser sincero. Y Aitor Romero Ortega (Barcelona, 1985) lo es desde el primer relato, una serie de confesiones en las que expone su proyecto sin cortapisas. Es todo un aprendizaje, sí, y tras leer esa introducción falta por comprobar si existe una voz propia. Pero, digámoslo a quemarropa, para disfrutar de la literatura no es imprescindible que el autor demuestre ser único. El propio Borges y el propio Vila Matas han hablado de sus obras en construcción permanente, siempre afectadas por lo que iban aprendiendo de su entorno, que en buena medida estaba construido por libros. En ese sentido, sustituían la literatura basada en lo real por la literatura cimentada en la literatura. Romero Ortega retoma lo real con lo literario por bandera.
En un primer relato se nos presenta una situación kafkiana: varias personas son sometidas a una espera interminable y sin razón en un aeropuerto. Kafka era el rey en construir relatos basados en la postergación de un hecho que jamás llegaba a suceder. Pero, ¿cómo serían esos cuentos si tuviera un fin, aunque ignoráramos desde dónde ha llegado la resolución? Romero Ortega escribe cómodamente, con una prosa certera, sin cometer errores y con el suficiente atractivo como para no entorpecer la lectura. Así es como nos lleva de la mano a la hora de intentar solventar aquello que el propio Kafka no se atrevió a definir.
En los cuentos, algunos de ellos lo bastante largos como para que los podamos considerar novelas breves, está presente el viaje. Está presente la huida y la juventud. Es decir, la confrontación entre los sueños individuales y la realidad multitudinaria. Todo ello en ciudades de sobra conocidas, que permiten al lector vagar por ellas con los personajes: Madrid, Barcelona, Roma, incluso Mostar, de sobra conocida por la intervención española en ese enclave durante la guerra de los Balcanes. A nadie se le escapa la imagen del puente de Mostar, al que se refiere en el cuento que cierra el libro, en el que un hombre adulto, lo bastante adulto como para ser profesor universitario, y una chica lo bastante joven como para estar preparando su tesis, viajan a Croacia para fotografiar puentes y estudiar historia. Al fin y al cabo, la historia de Europa se ha escrito en esa región, que ha sido puente por el que han cruzado imperios y culturas en una y otra dirección. El relato muestra en acciones paralelas el viaje y el inicio del romance. Es el que tiene una estructura menos redonda del libro, donde se rompe la estructura segura del relato como texto cerrado, completo.
Previamente, Romero Ortega ha explorado la bohemia o el síndrome de Ulises, los itinerarios grandes y el cine gore, el crowfunding y los amantes de lo gótico, todo ello dentro de una relación imposible. O la escritura de un diario para comunicarse con el padre, con el recuerdo del padre, recurriendo de nuevo a otro de los lugares comunes en el que los escritores se han refugiado en algún momento de su carrera: El oficio de vivir, de Cesare Pavese, una lectura que impresiona mucho durante la juventud. También habla sobre viajes temporales, sobre envejecer, sobre la transición a otro tipo de vida, algo que uno llama hacerse adulto pero que puede entenderse como decadencia. Y siempre con personalidades en fuga, entre las que está Bob Dylan, sí, el premio Nobel de literatura en una fantasía metaliteraria, ofreciendo consuelo a las caricaturas de los viajeros, a gente que tiene dificultades para gustarse a sí mismos. Y el relato que es casi un monólogo interior sobre el escritor que justifica su pereza con algo que uno no sabe si es vanidad o complejo. En cualquier caso, destroza la libertad del ideal del escritor y nos lo presenta como alguien más atado a servidumbres, como un esclavo más del sistema social. Lo más sorprendente de este libro es esa serie de planteamientos que fluyen por la cabeza del autor. Estaremos muy atentos a su trayectoria.

viernes, 13 de julio de 2018

IRSE


Irse
Esmeralda Berbel
Comba
Santander, 2018
185 páginas

El miedo a la soledad tal vez sea el factor común a los diarios. Más o menos escondido, más o menos expresado con más o menos intensidad, está latente, pues quien vive sabiendo que va a disfrutar siempre de la amistad, quien vive ocupado a través de los seres queridos, en raras ocasiones se propone escribir un diario. Diarios de seres felices son una rara avis. Irse no es una excepción y cuenta con la ventaja de la confesión por parte de Esmeralda Berbel (Badalona, 1961) de esas intenciones, de la escritura concebida aquí como terapia: “Tocar la dimensión de las dos partes, que la que escribe se encuentre con la que no escribe”, toma la iniciativa para expresarlo. Pero también lo enuncia a través de otros autores: “Como dice Clarice Lispector, ocurre que estoy cansada. Y así cierra el cuento”. En incluso algo de ello se puede reconocer en las escasas ocasiones en que nos refleja de una forma algo objetiva lo que está viviendo:
“¿Es ficción la poesía?, me pregunta una alumna.
“Sí.
“No lo creo, dice”.
¿Se puede resumir mejor la ambigua incertidumbre de la escritura como terapia? Si la poesía no sabemos si sirve para reflejar realidad o ficción, entonces nada que escribamos posee el don de la certeza. Todo es un reflejo de la incomodidad de vivir, expresado de forma más o menos lírica o más o menos narrativa. En Irse, que expresa el deseo profundo de hallar una vida mejor lejos de uno mismo, esa incomodidad participa tanto del deseo de un yo más consistente como del de unos otros que la anclen a una existencia grata. La gente no cesa de entrar y salir en este diario sobre “lo que quiero decir, lo que conozco y lo que descubro”. Sobre esos hermanos siameses que son los pensamientos y los sentimientos, hasta el punto de que en ocasiones parece escrito con la inteligencia de las entrañas. A ese efecto solemos llamarle sensibilidad. Berbel posee una buena dosis y sabe expresarla, sabe hablar de la tristeza del yo sin caer en el patetismo. Hay pérdidas sin el narcisismo del duelo.
Sobre todo si consideramos las versiones de la soledad como un formato más de las pérdidas que padecemos. Cansada de verse triste, Berbel se refugia en la literatura, en la escritura y en los libros de los otros. El diario, nada autocompasivo, habla sobre el desconsuelo y lo define de muchas maneras, porque no es posible generalizar, ni siquiera cuando el sujeto sobre el que trata el texto es uno mismo. Existe, eso sí, una serie de refugios: la hija, las amigas y la noche. Gracias a ellos podemos leer este diario sin sentir el peso del mundo encima. Hay un amante que llama X, cuya presencia es una ecuación y se queda, pues, en el mundo de las matemáticas. Pero será el ser una con las personas queridas, el estar cerca de ellas, lo que nos dicte que, al fin y al cabo, una vez asumido que no se puede ser feliz sin interrupción, haber vivido ha merecido la pena.

HOMBRES IMPRUDENTEMENTE POÉTICOS


Hombres imprudentemente poéticos
Víctor Hugo Mae
Traducción de Martín López Vega
Rata Books
Barcelona, 2018
262 páginas

Si uno no supiera que esta novela, o esta especie de estampas emocionales que construyen algo parecido a una hermosa novela, sucede en Japón, fácilmente se remitiría a África. Es cierto, como confiesa el propio autor en una acotación final que no es necesaria, que el sentido del suicidio, sus vínculos con el honor, es lo que hace de la muerte un ente diferente en Japón. Pero todo lo que hace referencia al momento en que pasamos a la otra vida y se sale de lo materialista, participa de lo mágico. Seguramente en Angola, de donde es originario Víctor Hugo Mae (1971), no exista esa poesía que rodea a la muerte, característica de Japón. Aunque dicha lírica solo atañe al suicida, no a los allegados, que sufren con igual dolor la pérdida en cualquier lugar del mundo. El consuelo es relativo, pero está ahí para que se sirva de él quien lo precise. Esa forma de pasar al otro lado de la tumba, es legendaria en Japón. En ese aspecto, también se une el país con África. La obra habla de un lugar rural, donde se crean sus propias leyes, su propia forma de convivencia, sus costumbres, sus odios singulares, como en las leyendas. Y de nuevo aparecerán término que se refieren a la magia.
En buena medida, Hugo Mae es un autor que nos recuerda a Mia Couto, con quien comparte idioma y continente. Hugo Mae es menos barroco, al menos en esta obra, que requiere depurar pues en Japón se impone la vida sencilla. Y al mismo tiempo sus inquietudes las traslada a otra parte del planeta, aunque los temas que trata sean igualmente universales. Pero esa distancia le permite una actuación literaria muy libre, musical, en la que se da vida a los mitos a la vez que a los personajes. Su capacidad para hacer de lo abstracto algo concreto es sorprendentemente grata. Cada individuo y cada grupo de individuos, unidos por la familia o por el oficio, unidos incluso por la enemistad, representan a su vez una idea. Por ejemplo, los mendigos son la forma física de la desesperación. Esta forma de referirse al mundo la traslada a los personajes, gente que cree conocer el alma, pero que en realidad están equivocados a la hora de interpretar tanto la propia como la de los demás.
Hugo Mae tiene presente que inventar el mundo o cambiarlo son términos indistintos. Eso es lo que sucede de manera involuntaria en los sueños, mientras dormimos. Las asociaciones o interpretaciones pueden ser evidentes o catastróficas. Pero en la obra de Hugo Mae pueden ser, además, parte de los trances por los que pasan los personajes. Ahí está la escena en la que uno de los protagonistas cae en una trampa y convive en la oscuridad con una ilusión que llega a obsesionarle tanto, que finalmente tomará cuerpo. Es entonces cuando podrá reconocer que no entiende nada, y eso no deja de ser una forma de sabiduría. Como la dedicación a actividades artísticas o artesanales, que practican los odiadores, a través de las cuales buscan algo que uno se atrevería a llamar iluminación a falta de otro término. Porque hechizo es demasiado medieval y el cuidado con el que escribe Hugo Mae es propio de un espíritu budista. Aunque, eso sí, de alguna manera seguimos reconociendo a África como el sustrato del que aprendió literatura Hugo Mae. Todo por la magia que contiene la belleza, hasta en los instantes en que somos más animales que hombres.