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lunes, 26 de marzo de 2018

CARPAS PARA LA WEHRMACHT


Carpas para la Wehrmacht
Ota Pavel
Traducción de Kepa Uharte
Sajalín
Barcelona, 2015
125 páginas


He aquí uno de esos libros que Borges no dudaría en calificar como un libro feliz. Carpas para la Wehrmacht no es un alarde literario, no es una congestión de fórmulas sintácticas ni nada por el estilo. Puede que ni siquiera sea un prodigio de la imaginación. Pero es un libro que contiene algo mucho más sagrado. Este libro de relatos es toda una liturgia de la memoria. Es un antidepresivo, un homenaje, una forma de festejar los pequeños acontecimientos. Porque es más importante una minúscula alegría a diario que una gran alegría cada tres meses. Es un libro fraternal. De hecho, Ota Pavel confesaba que cada vez que se sentaba a escribir, volvía a ser el niño protegido por su padre. Pues de su padre trata este hermoso libro de relatos. Un texto autobiográfico en el que el protagonista es un hombre con las debilidades y la ternura a flor de vida. Un padre que mientras pudo, demostró que se puede ser un superviviente con una sonrisa, un vendedor nato, hasta de los instrumentos más extravagantes; un comunista, porque considera que el comunismo es la forma política que más se adapta a la solidaridad, porque lo importante es la amistad por encima del dinero; un tipo con la bicicleta oxidada; y, sobre todo, un hombre libre, con toda la inocencia que ello implica. Y la inocencia es un valor literario.
La infancia, la época que relata Ota Pavel, es el tiempo de la creación del universo. Y Pavel se las arregla para que todos seamos él, el hermano pequeño de una familia mitad judía, mitad católica, porque ha convivido con ese padre que a todos nos hubiera gustado tener: “Mi padre entendía ya entonces que algún día yo podría ver los bulevares de París y los rascacielos de Nueva York, pero que nunca volvería a pasar semanas en una cabaña donde el horno huele a pan y se bate la mantequilla”. Una cosa es el conocimiento y otra la vida, parece decir. Y esta sensación adolece de verdad al saberla inscrita en la peor época de la parte de la humanidad que vive en Europa: se trata de una familia checa por la que atraviesa, como una flecha, la Segunda Guerra Mundial. Y en esa época el narrador dejará de ser un niño para pasar a ser lo otro, intentando no ceder a la hora de ser persona.
Los relatos siguen cierto orden cronológico. Comienza presentándose a ese padre idílico, justo y algo gamberro. Luego le conocemos como vendedor ambulante; como alguien que tiene un amor platónico; como quien sabe tratar con los artistas, pero a quienes los aristócratas nunca permitirán entrar en su reino, porque come el pollo con las manos. Más tarde conoceremos a las otras personas que le irán acompañando, otros adultos como el vagabundo o el cazador furtivo. Y al mismo tiempo no cesan de desfilar animales por las páginas, cada uno con su valor simbólico: corzos, carpas, conejos, perros, cerdos… Hasta que en el relato que da título al libro, se nos revela cómo el padre conoce el miedo, se siente intimidado. Pero eso no evita que ponga toda su alma en éxitos furtivos, como la venta de un nuevo modelo de tira atrapamoscas. Aunque es la masacre contra su gente la que le enseñará el desconsuelo, algo totalmente imprevisto en una persona tan llena de vida. De tal manera que, finalmente, opta, como nos gustaría poder elegir a cualquiera de nosotros, por el descanso frente a un mundo sin sentimientos: “Mis padres vendieron la cabaña y se compraron una pequeña casa en Radotín, con un manzano que florecía sobre el tejado. Fue su última parada aquí en la tierra, y fue una parada feliz”. Así comienza el último relato de un libro que deberíamos leer una y otra vez, cuando el cielo se nubla.

Fuente: Culturamas


jueves, 30 de noviembre de 2017

AL FINAL DE LA FRONTERA

Al final de la frontera
Feliz norte, Quienes viven, El río sin descanso, La repetición


En uno de los volúmenes que componen la trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy (Providence, 1933), durante docenas y docenas de páginas nos sumergimos en un territorio sin aspecto. Eso es lo que define, en buena medida, los espacios que llamamos frontera. Al menos en la narrativa. Sobre la piel de una tierra no muy hospitalaria, no existe otra ley que no sea la coherencia con el relato que estamos construyendo. McCarhy nos hace vagar por un tipo de vida perdida, de otra época: ellos son jinetes que recorren desiertos a caballo; las habitaciones donde duermen, cuando tienen la suerte de dormir bajo techo, apenas se distinguen de los establos; los coyotes son el coro mitológico de la noche; si el perro que se acerca no te arranca media pierna de un mordisco, seguramente te contagie con un ejército de gérmenes; las herramientas de que disponen los protagonistas no pasan de ser sus manos y su instinto de supervivencia. Hay maldad y no hay nadie que dé registro de ella. Pero también la lealtad de dos hermanos o la de un tipo con una loba embarazada. Y así van transcurriendo las páginas, alejando nuestra realidad cada vez más de esa frontera. No solo sobre el posible mapa, también en el pasado. Hasta que os protagonistas, que guían un rebaño de caballos, cruzan una autopista.
Así pues, de repente nos damos cuenta de que la frontera es algo interior, una ficción, un juego. Pero un juego en el que se debe jugar bajo las reglas de la literatura de frontera. McCarthy ha sabido valerse de los arquetipos y de las ideas fundadas por maestros de la literatura y del cine. A nadie se le escapa la proximidad entre el escritor y Sam Peckinpah. Pero su trilogía, en la que destaca la obra intermedia, En la frontera (1994), tal vez su mejor novela, ya ha cumplido más de veinte años. Mucha agua ha pasado bajo los puentes, que como demostró Ivo Andric (Travnic, 1892 – Belgrado, 1975) en Un puente sobre el Drina son otra forma de frontera. La de McCarthy un territorio sin horizonte, la de Andric un cuello de botella para las culturas y la guerra. Queda, pues, por comprobar qué ha sucedido con la frontera como exploración narrativa, en una época en la que nada hay más anacrónico que las líneas que dividen los países en los mapas políticos.
En una época en la que las fronteras que atravesamos con más frecuencia no toman la estampa de un listón blanco y rojo en mitad de una carretera. La frontera más cruzada, a fecha de hoy, está en los aeropuertos. En esos quioscos donde un guardia revisa nuestro pasaporte sin alzar la cabeza, revisando los datos en la pantalla de un ordenador, Árpád Kun (Sopron, Hungría, 1965) ha conseguido hacer literatura con la anécdota del paso real de una persona que se embarca en Benín con dirección a Noruega. El protagonista de Feliz norte tiene treinta y ocho años cuando se propone dejar atrás la costa occidental de África, y en unas pocas horas plantarse en los fiordos y fundar allí su nueva vida. Pero en el momento clave de la novela se topa con el absurdo de la burocracia. Resulta que gracias a que su padre fue francés y su madre una mujer vietnamita, tiene derecho a la nacionalidad francesa. Eso le facilita el tránsito hacia Noruega, al no precisar de visado. Pero cuando está terminando los trámites de despedida, desvinculándose de su viejo país, un funcionario le detiene: si es francés, entonces ha vivido treinta y ocho años en Benín sin pagar el visado correspondiente. La respuesta de Aimé, que es como se llama el protagonista, exponiendo su partida de nacimiento, no es suficiente. Este hecho divide en dos esta novela que gracias a la gente de la editorial Tropo podemos disfrutar. Antes está nuestro viaje a Benín, narrado en primera persona y expuesto, en buena medida, como un relato costumbrista, y después la integración y la exposición de Aimé a un lugar y una gente tan sorprendente para sus premisas, que solo un ejercicio que va más allá de la empatía logrará no trastornarle. A eso que le salva suele llamarse amor.
Sin embargo, la frontera de McCarthy o del Peckinpah de La balada de Cable Hogue, no está difunta. Para regresar a ella y volver a sentirnos en el viejo hogar, basta con trasladarla al norte. El desierto, todos lo sabemos, no es hostil, es asesino. Pero el norte se supone lleno de valles fértiles y montañas que perfilan paisajes de postal. Nada más lejos de la realidad, o de toda la realidad. El norte de esa América, recordémoslo, también es la fiebre del oro, también es Jack London. Lo asesino de ese norte es el frío, la lluvia incesante, las escasas garantías de salud. Y su extensión no es menor que la del desierto. Esa frontera también se merece su gran novela. Esa es la frontera de Quienes viven (Sabina editorial), la primera obra que publicó Annie Dillard (Pensilvania, 1945). Aquí están todos los condimentos de las grandes sagas, de Faulkner y García Márquez traducidos al realismo histórico. Desde la mujer que da a luz en el camino, tras cruzar un río, hasta el momento en que desaparece la población que fundaron en la frontera, muerta por la razón por la que mueren las aldeas, por la emigración a la gran ciudad, Dillard muestra que es de esos escritores que llevan de la mano al lector para mostrarles el mestizaje o lo clandestino. Hay violencia, por la pura necesidad animal de seguir comiendo, entre unas familias que no son dueñas de su destino. Pero quisieron serlo. Senadores, chinos, leñadores, indios, esclavos y niños pelirrojos pueblan esta obra que viene a rescatar a quienes anhelan las grandes novelas, en todas las dimensiones.
Gabrielle Roy (Manitoba, 1909 – Quebec, 1983) dedicó buena parte de su obra a saltarse esa gran frontera que nos muestra Dillard. Lo cual es otra forma de expresar la frontera: ¿Qué ocurre cuando saltamos desde nuestra colonia urbana, al sur, hasta el mundo de los inuit sin continuidad en el viaje? No hemos tenido tiempo de asumir el desplazamiento, cuando ya nos topamos con el desarraigo. Sabemos que, entre uno y otro lugar, como se ve reflejado en los relatos de El río sin descanso (Hoja de lata) hay una tierra de nadie. Otra de las características propias de la frontera. Pero la impresión que se impone, que Roy impone, es la del choque cultural o la de la persona que se desgarra al no reconocerse en ninguno de los dos mundos. Pero mientras tanto, en otra geografía sigue viva la otra frontera, la de Ivo Andric. Nada representa mejor esa partición, esa fragmentación y los rigores que impone, que la historia reciente de los Balcanes. Existe un escritor bosnio que lo tiene presente en cada línea de su creación. Ivica Djilkic (1977) vuelve a ese tema en La repetición (Sajalín). En apenas unos kilómetros, durante un recorrido que debería haber sido breve, el invierno, que no deja de ser una frontera entre el otoño y la primavera, pues es lo que todos deseamos que pase de largo lo más rápido posible, engulle a unos personajes con un manto tenebroso. Atrapados en un monasterio, en un enclave que hace poco, estaban convencidos, también era su patria, una editora de libros de texto y una mujer que se dedica a llevar flores a las tumbas de desconocidos, otro acto propio de la frontera, respiran las ausencias que provocaron las metralletas. Hay un silencio que es necesario para la supervivencia, aunque ese silencio obligue a ser hipócrita. Ha caído el comunismo y se refugian en un edificio religioso. Como si su vida se jugara sobre una pista de tenis en el que lo antiguo está en un lado, y en el otro también lo antiguo. ¿No es ese el resumen más preciso de lo que supone una frontera, al menos en este mundo en que la globalización a la baja parece haber ganado la guerra ideológica?


Fuente: FronteraD

domingo, 19 de noviembre de 2017

NADA QUE ESPERAR

Nada que esperar
Tom Kromer
Traducción de Ana Crespo
Sajalín
Barcelona, 2015
214 páginas
18,50 euros

La suciedad real



Una serie de escritores americanos, que llegó a crear escuela también fuera de ese microcosmos literario que es Estados Unidos, aunque sin cuajar con idénticas pústulas, inventaron esa corriente que hoy conocemos como realismo social. Desheredados y borrachos, los protagonistas iban dejando calzoncillos sucios de cualquier excrecencia que soltara el cuerpo, por el suelo, por las aceras y en los baños donde se masturbaban o se metían en la bañera para sajarse las venas de las muñecas. En lugar de un testamento, quedaba un reguero infinito de botellas de matarratas con las que habían intentado olvidar lo jodido que es cada minuto de la vida. El sexo se había reducido a follar. Y la prosa a una dicción que en bajo la batuta de la armonía debería sonar a asco. Pero esa corriente literaria tuvo un origen o varios orígenes, y el más celebrado fue la Gran Depresión. Leída a fecha de hoy desde nuestras butacas, antes de abrir la bolsa de palomitas y la lata de cerveza para disponernos a ver una película saturada de efectos especiales, la Gran Depresión es casi un decorado contra el que se han podido escenificar algunas obras maestras de la literatura. Basta con mencionar a Steinbeck para dar fe de ello.
Pero detrás de ese decorada existía mucha mierda civil sobre la que pisaban, se arrodillaban o llegaban a yacer para intentar conciliar algo de sueño, dándose de bruces con que es posible mantener los ojos cerrados varias horas sin obtener descanso, un montón de residuos humanos. Tom Kromer fue uno de ellos y en este libro imprescindible, Nada que esperar, viene a constatar que el realismo sucio es apenas una golosina infantil al confrontarlo con la sucia realidad. Hijo de inmigrantes, de trabajadores que bregaban para darle algún estudio universitario, la vida se torció de tal manera que a los veintitrés años tuvo que salir al ruedo de la miseria para vivir como vagabundo, como mendigo. Pasaba días enteros sin comer y pidiendo limosna, fue condenado a prisión por dormir en un edificio vacío durante una tormenta; recibió carcajadas como respuesta a sus demandas de empleo; viajaba en trenes de mercancía, aterido de frío, confiando en topar con mejor suerte en la siguiente ciudad; convivió con vagabundos en los que no había nada de filósofo. Y decidió ir escribiendo sobre ello con la misma jerga que utilizan los vagabundos. Nada que esperar no tiene otra aspiración literaria que no se la de presentar el reflejo de la basura humana, esa que escondemos debajo de la alfombra, en un espejo.
Los textos fueron escritos en librillos de papel de fumar, en los márgenes de los folletos religiosos, en cualquier cuartilla de papel. La narración consecuente, crudísima, es pura realidad, pura autobiografía, aunque dispuesta de manera que la atención del lector quede atrapada en la incertidumbre: qué estrépito será el que nos presente en el siguiente episodio. Porque en todos ellos, sucedan en los comedores religiosos o narren la picaresca vírica de algún otro vagabundo, caen de bruces sobre el lector de manera que no le quede más remedio que gritar: “¡Hostia puta!” Cualquiera de nosotros, de los que vivimos en un piso en el que podemos permitirnos la higiene de lavar el retrete con lejía al menos una vez por semana, sabemos que si chillamos esas dos palabras una sola vez, basta para que se anule la posibilidad de que nos canonicen. Para Tom Kromer la expresión se sucede segundo a segundo, una y otra vez. Con todo lo que ha puesto en estas páginas de denuncia social, Nada que esperar provoca en un porcentaje muy escaso la identificación con el sufrimiento de los sin techo. Pero ese escaso porcentaje es demoledor.

Fuente: Revista de letras


viernes, 1 de septiembre de 2017

CAMINOS NOCTURNOS, EL ESPÍRITU DE PRAGA

Caminos nocturnos
Gaito Gazdánov
Traducción de James y Marian Womack
Sajalín
Barcelona, 2010
293 páginas

El espíritu de Praga
Ivan Klíma
Traducción de Fernando de Castro y Dolors Udina
Acantilado
Barcelona, 2010
264 páginas

Volando bajo sobre el exilio


“Y el tiempo no tenía poder sobre estas cosas, o la forma en que permanecían en mí, y podrían haber sido las únicas cosas a las que pudiera agarrarme en un mundo que desaparecía y cambiaba constantemente, que crecía con el paso del tiempo, convirtiendo en desiertos sin fin ciudades y países enteros, así como un número imposible de personas a las que nunca volveré a ver”. Esta afirmación, que bien podría haber figurado en las tripas de un párrafo de Proust, pertenece al escritor ruso Gaito Gazdánov, un autor que en lugar de escoger el melancólico paso del tiempo como eje vertebrador de sus novelas, pese a partir de una memoria tan dolorida como la del autor de En busca del tiempo perdido, se decanta por una suerte de existencialismo al no concebir dentro de él únicamente el pasado; entre sus preocupaciones está el destino y las tragedias ridículas e incomprensibles que acompañarán en el futuro a las que figuran, en falso régimen autobiográfico, a las descritas en esta extraordinaria novela que se titula Caminos nocturnos.
Esta extraña novela está presidida por la frase de Rilke que enuncia uno de sus personajes: “Los sentimientos son lo único sobre lo que sabes algo”. Cabe preguntarse, entonces, ¿por qué escribir si uno no puede escribir sentimientos? La respuesta se encuentra en la dignidad de la vida. Gazdánov, que fue algo trotamundos en el exilio, repasa algunos de los episodios de su vida que más le marcaron y fabula con ellos. Para conseguir el efecto deseado, conocer los sentimientos y valorar si estos son suficientes para justificar toda una vida, crea un narrador atípico, un narrador al que cabría encumbrar junto a las voces de Mersault o del protagonista de La Nausea: se trata de un taxista nocturno que recorre las calles de París; un abstemio que sólo bebe leche en los locales donde se acumulan las aves nocturnas cargadas de bacterias o de alcohol; un chófer sin sentido de la orientación; un hombre muy culto en un mundo cargadísimo de la locura de ir improvisando la vida; alguien con un sentido ético muy pronunciado, grosero cuando es conveniente, al que le gusta rodearse de los miembros decadentes del club de la noche que conservan un sentido moral o ese sucedáneo de sentido moral que es carecer de malicia; un individuo obsesionado con las miradas y con la lectura de las miradas; alguien que es, en definitiva, un anarquista que pisa las aceras a la luz de las farolas. Durante buena parte de la lectura de la obra, esta voz tan bien construida lleva al lector a cuestionarse qué hace ahí un tipo como éste, rodeado de borrachos con los bolsillos agujereados y prostitutas que han recurrido demasiadas veces a los antibióticos. La respuesta cabe encontrarla en la indagación sobre la dignidad a la que somete todo aquello que, como eslabones de una cadena, va presenciando, una indagación a la que le ha empujado el exilio. Pues es su condición de exiliado, la que comparte con varios de los personajes de la obra, la que impera, la que le obliga a preguntarse qué pistas sobre el destino le da la memoria, la que le hace identificar el grado de espiritualidad de la gente con la que se cruza. Hasta que llega a la conclusión, visible casi desde la primera página, de que no entender nada, siendo espectador de la rutina de la noche en la ciudad, es una forma de sabiduría: “Al igual que en momentos de mi pasado, no podía contemplar más que durante cortos espacios de tiempo y desde fuera aquel ambiente en el que me veía obligado a existir, como si no fuera yo quien vivía todo aquello”.
Si no es él quien asiste a su propia vida, entonces, ¿de quién se trata? ¿Quién es la persona que asiste a las catacumbas de la condición humana desde el asiento del conductor de un taxi? Ese extrañamiento coloca a la obra, por momentos, al filo de un surrealismo existencial, pero retorciendo de tal forma los tópicos de la vida nocturna, que no pueden hacerse más creíbles a nuestros ojos. Así, la  realidad se muestra como lo que es, algo absurdo, por desgracia. Es ese ser otro, o sentirse otro, lo que le ayuda a colocarse del lado de los perdedores, a identificarse con las viejas prostitutas de segunda mano y no con los clientes que las visitan: “y sus miradas de extrañeza me parecían cubiertas por una pátina transparente e impenetrable, característica de las personas que no están acostumbradas a pensar”.
Debemos agradecer a la editorial Sajalín que haya encontrado, para nosotros, la que tal vez sea una de las mejores novelas publicadas este año.
Existen, sin embargo, otras formas de exilio. Si en Caminos nocturnos la fórmula a la que se recurre es la más tradicional, la del hombre alejado de su tierra, en los artículos de Ivan Klíma reunidos en El espíritu de Praga, este se rige por el complejo mecanismo del hombre que no reconoce su lugar, pese a permanecer el misma ubicación todo el tiempo. Y así tampoco es capaz de reconocer su tiempo. Permanecer exiliado en el propio hogar es una de las formas más difíciles de vivir. Y Klíma la sortea de la mejor manera posible, la misma que sirve para vencer a la cobardía: luchando por mantener la dignidad.
Poco importa que los textos hayan surgido de un paseo por Praga, de un recorrido por la ruta de la memoria, de una reflexión sobre el oficio de escribir o como combate contra una sociedad desalmada; poco importa que hablen de tradiciones, derechos humanos, libertades o multitud de preguntas y respuestas, pues en todos ellos se transmite el espíritu de un artista, de alguien que, finalmente, se dedica a construirse a sí mismo a través de su obra, explicarse, para lo cual se da a explicarse a los demás. De ahí, tal vez, ese tono de despedida permanente que mantiene la escritura de Klíma. Y también la conclusión a la que le lleva haber vivido, la importancia de conocerse, de respetarse, de ser capaz de perdonarse uno mismo lo que ha sido para poder perdonar incluso las peores maldiciones de la historia. Como las que a él le tocó vivir durante cincuenta años, los de la guerra, la postguerra y la atmósfera rancia generada por la invasión soviética y su posterior vida como país satélite del régimen llamado comunista.
La sensibilidad de Klíma queda patente en su preocupación por la deshumanización por la calidad de la vida, por la potencia de la felicidad que en algún sitio debe existir pero no es patente a su alrededor. Y sus miedos se trasmiten mediante la angustia vital de saberse hecho de tiempo, esa materia deleznable, como la calificó Borges. A todo lo cual responde con la fe que mantiene en la cultura y en la gente, con el compromiso del intelectual. Y, sobre todo, con una idea de respeto que parece traída desde lo más profundo de una religión asiática. Todo esto le permite indagar, porque el consuelo viene del conocimiento, de alcanzar a entender lo que ha pasado, de establecer un debate interior que, al igual que el narrador de Caminos nocturnos, certifica que el debate interior es una versión de la sabiduría, acaso la más consistente. Porque Klíma es un hombre sin absolutos, alguien para quien no aparenta haber criterios como “lo mejor” o “lo peor”.
En sus reflexiones, con frecuencia procede a identificar los avatares del alma individual con los del alma colectiva, al igual que hiciera, por ejemplo, un psicoanalista como Erich Fromm en El miedo a la libertad. Y es en estas ocasiones cuando su escritura cobra mayor interés, cuando la moral pasa a ser una voz interior compartida tan potente como la que nos impone uno u otro temperamento. De ahí que la inclinación que toma el mundo, la globalización que permitió liberar a su país de un supuesto yugo, no termine de convencerle dado que lo ve empujado en dirección a eso que llaman democracia, un tipo de régimen demasiado uniforme. Y también obligue a la gente a ceder al pensamiento único, un mal que no se despega del totalitarismo que barrió sus días y sus noches.
Este libro es una demostración de que en una columna de periódico cabe algo más que un juego de conceptos, algo más que el ingenio. Cabe sacar a la luz un trozo de vida.

 Fuente: Quimera

miércoles, 3 de mayo de 2017

Al final de la frontera. Una literatura

Fuente: FronteraD

En uno de los volúmenes que componen la Trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy (Providence, 1933), durante docenas y docenas de páginas nos sumergimos en un territorio sin aspecto. Eso es lo que define, en buena medida, los espacios que llamamos frontera. Al menos en la narrativa. Sobre la piel de una tierra no muy hospitalaria, no existe otra ley que no sea la coherencia con el relato que estamos construyendo. McCarthy nos hace vagar por un tipo de vida perdida, de otra época: ellos son jinetes que recorren desiertos a caballo; las habitaciones donde duermen, cuando tienen la suerte de dormir bajo techo, apenas se distinguen de los establos; los coyotes son el coro mitológico de la noche; si el perro que se acerca no te arranca media pierna de un mordisco seguramente te contagie con un ejército de gérmenes; las herramientas de que disponen los protagonistas no pasan de ser sus manos y su instinto de supervivencia. Hay maldad y no hay nadie que dé registro de ella. Pero también la lealtad de dos hermanos o la de un tipo con una loba embarazada. Y así van transcurriendo las páginas, alejando nuestra realidad cada vez más de esa frontera. No solo sobre el posible mapa, también en el pasado. Hasta que os protagonistas, que guían un rebaño de caballos, cruzan una autopista.


Así pues, de repente nos damos cuenta de que la frontera es algo interior, una ficción, un juego. Pero un juego en el que se debe jugar bajo las reglas de la literatura de frontera. McCarthy ha sabido valerse de los arquetipos y de las ideas fundadas por maestros de la literatura y del cine. A nadie se le escapa la proximidad entre el escritor y Sam Peckinpah. Pero su trilogía, en la que destaca la obra intermedia, En la frontera (1994), tal vez su mejor novela, ya ha cumplido más de veinte años. Mucha agua ha pasado bajo los puentes, que como demostró Ivo Andric (Travnik, 1892 – Belgrado, 1975) en Un puente sobre el Drina son otra forma de frontera. La de McCarthy un territorio sin horizonte, la de Andric un cuello de botella para las culturas y la guerra. Queda, pues, por comprobar qué ha sucedido con la frontera como exploración narrativa, en una época en la que nada hay más anacrónico que las líneas que dividen los países en los mapas políticos.

En una época en la que las fronteras que atravesamos con más frecuencia no toman la estampa de un listón blanco y rojo en mitad de una carretera. La frontera más cruzada, a fecha de hoy, está en los aeropuertos. En esos quioscos donde un guardia revisa nuestro pasaporte sin alzar la cabeza, revisando los datos en la pantalla de un ordenador, Árpád Kun (Sopron, Hungría, 1965) ha conseguido hacer literatura con la anécdota del paso real de una persona que se embarca en Benín con dirección a Noruega. El protagonista de Feliz norte tiene treinta y ocho años cuando se propone dejar atrás la costa occidental de África, y en unas pocas horas plantarse en los fiordos y fundar allí su nueva vida. Pero en el momento clave de la novela se topa con el absurdo de la burocracia. Resulta que, gracias a que su padre fue francés y su madre una mujer vietnamita, tiene derecho a la nacionalidad francesa. Eso le facilita el tránsito hacia Noruega, al no precisar de visado. Pero cuando está terminando los trámites de despedida, desvinculándose de su viejo país, un funcionario le detiene: si es francés, entonces ha vivido treinta y ocho años en Benín sin pagar el visado correspondiente. La respuesta de Aimé, que es como se llama el protagonista, exponiendo su partida de nacimiento, no es suficiente. Este hecho divide en dos esta novela que gracias a la gente de la editorial Tropo podemos disfrutar. Antes está nuestro viaje a Benín, narrado en primera persona y expuesto, en buena medida, como un relato costumbrista, y después la integración y la exposición de Aimé a un lugar y una gente tan sorprendente para sus premisas, que solo un ejercicio que va más allá de la empatía logrará no trastornarle. A eso que le salva suele llamarse amor.


Sin embargo, la frontera de McCarthy o del Peckinpah de La balada de Cable Hogue no está difunta. Para regresar a ella y volver a sentirnos en el viejo hogar, basta con trasladarla al norte. El desierto, todos lo sabemos, no es hostil, es asesino. Pero el norte se supone lleno de valles fértiles y montañas que perfilan paisajes de postal. Nada más lejos de la realidad, o de toda la realidad. El norte de esa América, recordémoslo, también es la fiebre del oro, también es Jack London. Lo asesino de ese norte es el frío, la lluvia incesante, las escasas garantías de salud. Y su extensión no es menor que la del desierto. Esa frontera también se merece su gran novela. Esa es la frontera de Quienes viven (Sabina editorial), la primera obra que publicó Annie Dillard (Pittsburgh, Pensilvania, 1945). Aquí están todos los condimentos de las grandes sagas, de Faulkner y García Márquez, traducidos al realismo histórico. Desde la mujer que da a luz en el camino, tras cruzar un río, hasta el momento en que desaparece la población que fundaron en la frontera, muerta por la razón por la que mueren las aldeas, por la emigración a la gran ciudad. Dillard muestra que es de esos escritores que llevan de la mano al lector para mostrarles el mestizaje o lo clandestino. Hay violencia, por la pura necesidad animal de seguir comiendo, entre unas familias que no son dueñas de su destino. Pero quisieron serlo. Senadores, chinos, leñadores, indios, esclavos y niños pelirrojos pueblan esta obra que viene a rescatar a quienes anhelan las grandes novelas, en todas las dimensiones.

Gabrielle Roy (Manitoba, 1909 – Quebec, 1983) dedicó buena parte de su obra a saltarse esa gran frontera que nos muestra Dillard. Lo cual es otra forma de expresar la frontera: ¿Qué ocurre cuando saltamos desde nuestra colonia urbana, al sur, hasta el mundo de los inuit sin continuidad en el viaje? No hemos tenido tiempo de asumir el desplazamiento, cuando ya nos topamos con el desarraigo. Sabemos que, entre uno y otro lugar, como se ve reflejado en los relatos de El río sin descanso (Hoja de lata) hay una tierra de nadie. Otra de las características propias de la frontera. Pero la impresión que se impone, que Roy impone, es la del choque cultural o la de la persona que se desgarra al no reconocerse en ninguno de los dos mundos.

Pero mientras tanto, en otra geografía sigue viva la otra frontera, la de Ivo Andric. Nada representa mejor esa partición, esa fragmentación y los rigores que impone, que la historia reciente de los Balcanes. Existe un escritor bosnio que lo tiene presente en cada línea de su creación. Ivica Djilkic (Tomislavgrad, 1977) vuelve a ese tema en La repetición (Sajalín). En apenas unos kilómetros, durante un recorrido que debería haber sido breve, el invierno, que no deja de ser una frontera entre el otoño y la primavera, pues es lo que todos deseamos que pase de largo lo más rápido posible, engulle a unos personajes con un manto tenebroso. Atrapados en un monasterio, en un enclave que hace poco, estaban convencidos, también era su patria, una editora de libros de texto y una mujer que se dedica a llevar flores a las tumbas de desconocidos, otro acto propio de la frontera, respiran las ausencias que provocaron las metralletas. Hay un silencio que es necesario para la supervivencia, aunque ese silencio obligue a ser hipócrita. Ha caído el comunismo y se refugian en un edificio religioso. Como si su vida se jugara sobre una pista de tenis en el que lo antiguo está en un lado, y en el otro también lo antiguo. ¿No es ese el resumen más preciso de lo que supone una frontera, al menos en este mundo en que la globalización a la baja parece haber ganado la guerra ideológica?