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lunes, 2 de junio de 2025

PEKÍN O LA CIUDAD QUE NO FUE

 

Pekín o la ciudad que no fue

Blas Piñero Martínez

La línea del horizonte

Madrid,

152 páginas

 



La fórmula más fácil a la que tiene acceso el hombre moderno para huir de la neurosis urbana es ver un documental de National Geographic. Ahí puede encontrar eso que echa tanto de menos, y que es el esplendor en la hierba. Pero en la ciudad uno puede darse de bruces con lo que de verdad importa, que tiene que ver con instantes de humanidad y belleza, como ese joven que ayuda a un ciego a cruzar la calle o ese músico que toca una pieza de Mozart con un violín milagrosamente afinado. La ciudad donde vivo es un monstruo de siete cabezas, cantaban los tipos de La orquesta Mondragón. Y Pekín parece ofrecernos las siete más grandes que uno puede encontrar.

Sin embargo, viajamos viendo no lo que vemos, sino lo que somos. Y ese espíritu está detrás de esta nueva obra del sinólogo Blas Piñero Martínez, que a la vez intenta resolver cuál es, entonces, la peculiaridad de la gran ciudad china en la que ha vivido varios años. Todo es conocido y, al mismo tiempo, todo es extraño. La sensación que va transmitiendo a lo largo de cada página, es que quien patea Pekín durante más de veinticuatro horas debe sentirse como un superviviente: todo es hostil y nada tiene por qué ser agresivo si uno sabe cómo desentenderse de los estímulos necios. Blas Piñero se vale de la enciclopedia para manejarse dentro de la ciudad, y para manejar las posibilidades que hay de explicar la ciudad. ¿Estará, realmente, en esa forma de conocimiento todo lo que necesitamos para entender Pekín? Ese impulso es suficiente para mantener la atención del lector y afrontar casi de una sentada este libro, porque estamos ante uno de los grandes paradigmas actuales: una ciudad que no termina de formarse.

«¿Cómo separa la representación (la saturación de las imágenes que se producen infinitamente a diario) de la realidad perdida? ¿Cómo recupera la realidad de lo que ha desaparecido bajo en nombre de Pekín?». Y así la búsqueda del viajero no terminará jamás, porque estamos frente a millones y millones de personas, y miles de años de historia que se acumulan y se derriban, para luego volver a acumularse.

El rimo del libro es, por momentos, tan apresurado como son los pasos de quienes habitan las calles de Pekín, es lugar que resulta tan contradictorio como la vida: nada es del todo bueno y nada es malo del todo. Pero nosotros no podemos dejar de escribir, o de leer para experimentar el viaje, cuando encontramos un sitio cuyo magnetismo debemos desentrañar, pues el invierno de Pekín «no es una experiencia placentera ni recomendable» y, sin embargo, bien puede ser la figuración del invierno que vendrá para todos. Leer Pekín o la ciudad que no fue tiene algo de ciencia ficción, pues nos habla de un camino lleno de escollos que nos lleva a un lugar que no cuajará nunca.

viernes, 5 de abril de 2024

EL SOL DE LORRAIN

 

El sol de Lorrain

Daniel Muñoz de Julián

La línea del horizonte

Madrid, 2024

106 páginas

 



Se cuenta que una de las excentricidades que protagonizaba Oscar Wilde, junto a un puñado de amigos, consistía en sentarse a ver la puesta de sol y, una vez que ésta terminara, levantarse a aplaudir mientras se desgañitaban gritando: ¡El autor! ¡El autor! Lo complicado tal vez sea definir cuándo finaliza una puesta de sol. O pensar que la noche es ambigüedad, porque es magia, con todo lo positivo que ello conlleva, pero también oscuridad, lo cual significa peligro. Lo que realmente nos agradaría es conquistar definitivamente ese momento tan bello, tan especial, para instalarlo permanentemente en nuestros minutos: vivir dentro de una puesta de sol constante no puede ser una prisión, sino una liberación, la obra de teatro magistral que todos deseamos estar saboreando. Pero al igual que no se puede ser sublime sin interrupción, no se puede sentirse uno sumergido sin interrupción en lo sublime y no terminar por generar dudas.

A partir de la obra del pintor del siglo XVII Claude Lorrain, que intentó que la puesta de sol fuera algo que no caducara jamás en su vida tiñendo con ella sus cuadros, Daniel Muñoz de Julián (Madrid, 1982) escribe un precioso ensayo que repasa todo lo que contiene o ha contenido la puesta de sol. Nos hablará sobre las teorías de los colores, sobre los significados del horizonte, sobre los efectos visuales, sobre realidades científicas —aunque tratadas con un respeto que nos permite seguir confiando en el arte—, sobre el paisaje y sobre la poesía. Nos remitirá a pintores como Turner y a escritores como Goethe. Y todo sin perder el eje alrededor del que gira el ensayo, que es la puesta de sol, la luz de la puesta de sol, que será otro de esos sueños que nos ayuden a mantenernos firmes y sin dejar de sonreír. El libro funciona sin pérdida de tiempo. No hay una sola frase que sobre y nos lleva por sus reflexiones a toda pastilla, hasta llegar a la conclusión de que nuestro pintor «no pintaba la realidad, sino el sueño de su luz».

A partir de esta lectura, deberíamos comenzar a integrar en nuestro vocabulario común esta palabra: opacarofilia, que quiere decir pasión por los ocasos. «¿Qué hay en este fenómeno que puede conmover a Juan Ramón (Jiménez) y a Claude (Lorrain), pero también a la clase de gente que necesita un cartel para saber por dónde se pone el sol?». Más adelante, mediado el ensayo sobre la magia, nos remite a uno de los grandes para intentar explicarlo: «Para Monet, para cualquier pintor, el paisaje en realidad no existe como tal, sino que es tan inalcanzable como el horizonte, y eso, pintar lo inalcanzable (el mejor ejemplo de lo cual es el crepúsculo), puede acabar constituyendo el sentido de una vida». Ese sentido que también aparece en las mejores lecturas, en lecturas deliciosas, como la que supone embarcarse en descifrar este ensayo.

jueves, 9 de noviembre de 2023

HONG KONG BAJO LA LLUVIA

 

Hong Kong bajo la lluvia

Blas Piñero Martínez

La línea del horizonte

Madrid, 2023

230 páginas

 



Que la lluvia es un fenómeno que siempre ocurre en pasado es una idea que expresó Borges en uno de sus mejores poemas. La idea de enroscar la lluvia a la memoria sólo nos puede remitir a la melancolía. Pero el fenómeno muta cuando esa melancolía se refiere a un acto presente, como es el de caminar, el de estar caminando por unas calles que uno va conociendo. Uno está aprendiendo a la vez que siente que ese aprendizaje ya forma parte de su pasado, de los buenos sentimientos que le han construido, que le están construyendo. En Hong Kong la lluvia sucede, sobre todo, en los meses de julio y agosto. Eso nos recuerda Blas Piñero en este maravilloso retrato de la ciudad, uno de los mejores libros sobre los nervios de una gran urbe que hemos podido leer. En verano, bajo la lluvia, reconoce los lugares y nos va dando buena cuenta de sus impresiones y de sus conocimientos. Es el libro de un flâneur, pero también de un intelectual: «El paseo, además, nos devuelve, y esto es importantísimo en la vida urbana, la experiencia física de la ciudad en un mundo como el de hoy, digitalizado y deshumanizado (…). Y tal vez es la creación de la calle o la promenade junto al mar loque origina constantemente un espacio de humanidad en Hong Kong». Y así Piñero nos devuelve a uno de los grandes sentidos de pasear pensando, que es el humanismo.

Conocido por sus traducciones de Mo Yan o Can Xue, ahora Piñero se muestra como un autor abierto a la sorpresa, que no cesa de recordar que los beneficios de la sorpresa no suceden sin esfuerzo. Para dar testimonio, para ser testigo, uno ha de moverse. No se puede dar fe quedándose quieto. Y así no sólo se mueve en el espacio de la ciudad, sino también en la historia y la cultura. Lo que importa es ir concibiendo a qué se debe esta identidad propia de Hong Kong, que es tan difícil de definir, que no sabemos si ha conseguido consolidarse más allá de la intriga que provoca. En estas páginas se nos hablará de la herencia cultural, muy plural, de la urbe y sus habitantes, por se China y por haber sido colonia. Se estudiará, y mucho, el urbanismo y la arquitectura, que configuran el paisaje sobre el que habitamos y, por tanto, nuestro carácter. Se destilarán las leyendas como ideales y se pisará el territorio donde habita gente que debería ser corriente, que es corriente en sus estándares, pero sorprendente en los nuestros. Piñero se muestra como un observador que no se esconde, que participa, que intenta trepar a todas las ramas del árbol, y que termina por confesar que no puede ser sino subjetivo, que a pesar de tanta idea acumulada, sólo puede hablar de impresiones, de lluvia en verano: «Ahora que lo pienso, los hongkoneses crean espacios que luego los crean a ellos, y esto crea a su vez la sensación de estar viviendo lo que se ha vivido: el aprendizaje de la resistencia».

Tal vez sea la soledad del narrador lo que obliga a configurar el libro en fragmentos, que son tan atractivos que resulta imposible obviar ninguno. O talvez se deba a la propia configuración de la ciudad y al tiempo roto que se impone en la ciudad. La única forma de averiguarlo sería viajar a Hong Kong y relatar desde allí, y después de varios meses de estancia, la experiencia propia. El libro nos invita a ello, y eso es el mejor elogio que se le puede hacer a un libro de viajes.

miércoles, 12 de julio de 2023

JAPÓN, EL ARCHIPIÉLAGO DE LAS ESTACIONES

 

Japón, el archipiélago de las estaciones

José Antonio de Ory

La línea del horizonte

Madrid, 2023

377 páginas

 

 


El cielo no es un lugar, sino un estado del alma. Eso es lo que se nos garantiza desde hace años, y la garantía la firman filósofos, teólogos y todos los que pretenden llevar una vida espiritual. Pero el cielo queda demasiado lejos y lo que está a nuestro alcance, allí donde podemos llegar viajando, será lo que nos demuestre que los lugares son estados del alma. Como, por ejemplo, Japón. Hemos leído los maravillosos libros de Alex Kerr que así lo certifican. Y ahora nos llega esta obra, este viaje vertical o, para ser más exactos, estas conclusiones del viaje vertical que el diplomático José Antonio de Ory ha vivido durante cuatro años. Todo parte del encuentro con el otro, que en este caso no cesa de producirse: no hay forma de acompasar nuestro anhelo al de ellos por más tiempo que pasemos conviviendo, así pues, lo que debemos es describir para así, sin dirigir el pensamiento desde nuestros prejuicios, o dirigiéndolo lo menos posible, intentar llegar a alguna conclusión. O intentar que el lector llegue a conclusiones. La primera conclusión posible, y tal vez la única que vamos a garantizar, es el asombro que surge de las paradojas. ¿Cómo es posible que las formas de vida sean tan diferentes?

De Ory maneja muy bien la distancia para situarnos en la mirada del viajero que extrae las formas de otra cultura. No nos cabe duda de que en esta búsqueda de la empatía hay admiración, una admiración sin sobresaltos y que no cede ante las tentaciones de elogiar ni de ironizar. Sus impresiones, que son más representación que relato, tocan todas las disciplinas necesarias para aprender durante el viaje: la historia, la sociología, la psicología, la etnología. Pero cabe destacar que no es la observación directa su única fuente. Consciente de las limitaciones que uno tiene, por poseer sólo cinco sentidos y no disponer de siglos que le permitan profundizar, recurre a novelas y películas de las que extrae otras muestras de vida, de costumbres, de hábitos, de rutinas.

Estamos ante una sociedad que parece aislada, que se ha hecho a sí misma a partir de unos principios que nos resultan extraños. La extrañeza, ya se sabe, es uno de los recursos que mejor manejados más atrapan al lector. Y aquí atrapan mucho, porque hay mucho que descubrir. A lo largo de la lectura, a medida que vamos adentrándonos en la sociedad tan ritualizada, en las normas tan ritualizadas, en los gestos rituales, nos iremos preguntando si no estamos ante un mundo paralelo al nuestro que conserva la adolescencia, o tal vez nos habla de un país distópico que vaticina demasiadas cosas, o nos preguntaremos qué hay de enfermedad y qué de salud en el planeta Japón. No es fácil de comprender, pero sí que podemos identificar que eso que solemos llamar belleza no está ausente, pero no por asaltarnos constantemente: en Japón puede que no haya tantas ocasiones de padecer el síndrome de Stendhal, pero será imposible eludir la impresión de que hay una búsqueda de la belleza, un deseo constante de una forma de vida poética, o al menos lírica. De Ory nos habla también de todos los rincones oscuros que esta sociedad de contrastes produce, porque ninguna forma social, nos viene a sugerir, posee del todo la razón.

Parece que la seguridad de lo esperado es uno de los fundamentos de la vida en Japón, de ahí el ritualizar tanto los gestos como el lenguaje. El libro es delicioso, bien equilibrado, a pesar de ser fundamentalmente informativo. Y nos lleva a cuestionarnos demasiadas cosas, como por ejemplo si no deberíamos arrojar sobre nosotros mismos esta misma mirada de asombro, y a continuación cuestionarnos todos esos valores que tenemos por absolutos.

Fuente: Zenda

martes, 28 de diciembre de 2021

OASIS PROHIBIDOS

 

Oasis prohibidos

Ella Maillart

Traducción de Manuel Serrat Crespo

La línea del horizonte

Madrid, 2021

316 páginas

 


En el prólogo de este magnífico libro Nicolas Bouvier abre el debate acerca de la escritura y la vida: 

“El atractivo frescor de la observación, un estilo extremadamente preciso, una filosofía del viaje, en definitiva, que permite al autor vivir una aventura sin querer gobernarla en exceso, sustituyen ventajosamente la «pretensión de hacer una obra literaria» y me confirman en mi idea de que con mucha frecuencia aprovecha más leer a los viajeros que escriben que a los escritores que viajan”. La duda surge al intentar definir qué es un viajero que escribe y qué es un escritor que viaja, cuando nos encontramos frente a un texto que refleja un viaje. No hay opción alguna a acceder a un registro de ADN que nos garantice que el autor es viajero por encima de escritor, ni escritor por encima de viajero. En lo que nos afecta como lectores, lo que recibimos es una impresión en la que nos gusta sumergirnos para compartir con el autor la experiencia, en mayor o menor grado. Separar la escritura del viaje, es decir, de la vida, es como separar la forma del fondo, que es algo que sólo se soluciona en los libros de texto y por la necesidad académica de gestionar un análisis. En realidad, si no se trata de lo mismo se trata de algo tan simbiótico que no es posible modificar uno sin que se vea afectado lo otro.

La línea del horizonte recupera este Oasis prohibidos, de Ella Maillart (Ginebra, 1903 – Chandolin, 1997), en el que se atraviesa China de este a oeste, para llegar a Sinkiang, cuina de una vieja cultura iraní, cruzar montañas para acceder a Cachemira, y todo de forma clandestina. Maillart y su compañero, el periodista Peter Fleming, atraviesan el Turquestán chino levantado en armas, un territorio fragmentado por el que combaten señores de la guerra, algunos al servicio de otros países. El recorrido se divide en dos etapas básicas: la primera en la que se atraviesa la China conocida, donde se impone el sabor de las curiosidades, de lo diferente; y una segunda en la que nos vemos inmersos en una Tartaria donde lo desconocido debería sobrecogernos, pero en su lugar nos dejaremos sorprender. Tanto en uno como otro lugar, Maillart demuestra la misma sensibilidad que conciencia europea, pues mientras el texto se desliza deliciosamente, reconocemos el lugar desde el que escribe, que se sabe civilizado: “En Kumbun la vida parece inmutable y transcurre como hace cien años”; “pero sobre todo, un retazo de Europa, materia aislante, nos acompañaba inevitablemente por el mero hecho de nuestra comunidad; no me hallaba a miles de kilómetros de todo lo que conocía, sumergida en un Asia en la que iba integrándome”. A continuación se lamenta de acarrear con ella esa conciencia, trasladando el lastre al planteamiento del viaje, en el convive con un británico: “Siendo dos no se aprende tan rápidamente la lengua, los indígenas no te adoptan, te sumerges menos en el ambiente”.

Ese ser dos nos regala uno de los niveles de lectura más personales de la obra escrita en 1935, que es la relación con Peter Fleming, que no deja de condicionar la mirada de la viajera. Hay unos vínculos de amor y odio bastante ingenuos, y bastante reconocibles, a los que no renuncia Maillart. Es más, parece fomentarlos para recordar a los lectores que somos seres paradójicos: que ella prefiera el esquí a la caza, al contrario que Fleming, les separa y les une, pues, al fin y al cabo, se trata de dos actividades al aire libre: “Unidos por la voluntad de tener éxito en nuestra empresa, nos entendemos a las mil maravillas. Pero, en definitiva, no contemplamos las cosas del mismo modo”.  En ese sentido, también nos gustaría ver recuperado Noticias de Tartaria, en que se lee la versión de este mismo viaje, la otra mirada, que nos presenta el británico.

Mientras tanto, nos quedaremos en este regalo, en el que descubrimos que enunciar, enumerar, es una de las estrategias literarias de descripción más complejas y que mejores resultados transmite. En las secuencias que escribe Maillart asistimos a un mundo extraño y que merece mucho la pena conocer. Tanto como para lamentar no haber sido nosotros los compañeros de este viaje por un mundo que difícilmente podremos recuperar, pero que gracias a gente como ella podemos, eso sí, intentar comprender, que es el objetivo del viaje: hacernos mejores personas; “¿Cuántas veces había maldecido, en Europa, la ajetreada vida que me impedía pensar? Y ahora solo las preocupaciones de la vida material contaban para mí”.

 

lunes, 4 de enero de 2021

A PIE POR INGLATERRA

 

A pie por Inglaterra

William H. Hudson

Traducción de Pilar Rubio Remiro y Gustavu Muñoz Veiga

La línea del horizonte

Madrid, 2020

258 páginas

 


Leer, caminar, escribir, viajar, son verbos que se conjugan con todos los que atañen a la memoria: construir memoria, habitarla, relatar la memoria y relatarnos desde la memoria, estar en la memoria mientras nos mantenemos estables en el presente. De este cariz es el libro que tenemos entre manos, este A pie por Inglaterra que escribió William H. Hudson (Quilmes, Argentina, 1841 – Worthing, Inglaterra, 1922) hace más de cien años. Nuestra impresión, durante el tiempo que vivimos dentro de él, pues es un libro que invita a vivir, es la de viajar no solo geográficamente, sino también en forma de época. La nostalgia, o algo que se asemeja a la nostalgia pero que carece de ese punto de patología que podría conllevar, es por un tiempo no vivido, un tiempo anterior a nosotros, un tiempo en el que pisar la tierra era natural y muy sencillo. Las dimensiones se nos antojan mucho más humanas: Hudson se mueve a pie y, en ocasiones, en bicicleta, cuando considera que una distancia de unos pocos kilómetros es demasiado impedimento.

Frente al afán humilde de este observador, está nuestra concepción de un orbe demasiado grande: las distancias que se recorren en avión se nos antojan normales y el tiempo del que disponemos demasiado escaso, pues nos gustaría no dejar centímetro de la Tierra sin recorrer. Es, pues, el espíritu del autor lo que nos lleva de viaje, lo que nos transmite nostalgia: ojalá pudiéramos volver a ser tan respetuosos, tan tímidos, a carecer de este artificio que es otra forma de avaricia, el protagonismo de ser quien más banderas coloca sobre el mapa. Hudson nos ofrece el pasado como garantía de sensibilidad y sosiego: “el placer radica en la alegría de la búsqueda, en el sueño de capturar algo ilusorio, algo misterioso, y expresivamente bello”. Esa búsqueda que reconocemos atañe a un deseo universal, algo posible pero sometido a demasiado acoso, que se puede llamar el alivio. Hudson, ese hombre comprometido con las aves, busca algo de lo que nos vemos privados, pues se nos arrebata hasta como meta: la vida libre y plena, el descanso, el bálsamo de la naturaleza y del mundo rural. Tal vez a lo que más se asemeje este libro es a los cuadros de Constable, otro viajero de las sensaciones, alguien que no precisaba de larguísimos recorridos para saberse dueño de sus días y de sus noches.

El libro está narrado en primera persona del plural, pues a Hudson le acompaña alguien, cuyo nombre no desvela, pero al relatarnos los paseos de este modo ese alguien es el lector. No nos empuja dentro del libro, sino que nos invita a acompasar nuestros pasos a los suyos. Y resulta sencillo aceptar esta invitación, como resulta sencillo acompasar nuestros minutos a su prosa, pues Hudson es uno de los pocos escritores con la capacidad de escribir como se respira en tiempos de calma.

lunes, 2 de marzo de 2020

HABLADURÍAS DE MUJERES


Habladurías de mujeres
Lin Bai
Traducción de Blas Piñero
La línea del horizonte
Madrid, 2020
387 páginas

La intención confesa de describir el sufrimiento que une a los hombres con su mundo se antoja una empresa desmesurada. El sufrimiento, o los sufrimientos, recorre toda la historia de la literatura, la enhebra dando recorrido a los conflictos, que son la esencia de las tramas, si es que hay trama, pues existe, siempre, el conflicto en cuanto aparece un personaje -los de las soledades- o varios -los de la convivencia-. ¿Cómo saldrá Lin Bai (Beiliu, China, 1958) de esa intención, tan hermosa como terrible? Debemos confesar, desde ya, que esta novela, Habladurías de mujeres, cumple con creces su intención; y será una de las mejores lecturas que podemos afrontar a lo largo de este año. La propia Bai habla de una “Novela larga de registros anotados”, lo cual nos dará una pista acerca de la estructura y la composición final. A partir de confesiones de aldeanos, se desatan unas confesiones que van trazando un paisaje llenísimo de matices. Bai demuestra que en las mejores labores creativas observar e imaginar se igualan. La recreación de las voces, unidas en la de una narradora puramente oral, nos habla de una forma de nacer al mundo, del descubrimiento, de la eterna formación, o reformación, de la realidad, si es que la realidad es objetiva. Porque la realidad aparenta estar en la mirada y ser parte del sujeto, y, en este caso, del lector, que va observando e imaginando el mundo al que nos lleva la obra.
La mirada de la narradora está cargada de una inocencia necesaria. Sin ella no seríamos nada, no tendríamos curiosidad, no podríamos actuar de esponjas que absorben los que nos rodea y los actos de quienes circulan a nuestro alrededor, dándole forma al entorno. Se puede hablar de costumbrismo, aunque desde esta distancia, ese costumbrismo se asemeja a la fantasía: es un viaje en el que la atención no se despega del lugar y de la gente. Esa misma atención que, como la de nuestros minutos, cambia constantemente de centro de interés, en una reproducción de la forma en que trabaja nuestra mente que se aproxima tanto a algo que podríamos llamar verdad, que podría llegar a asustar. La obra parte de la primera persona, de colocarnos en la mirada y la sensibilidad del narrador, y al tiempo que nos proyectamos en una neurosis bien contenida, sujeta al exceso de estímulos, vamos conociendo otra neurosis, la coral, pues de alguna manera las docenas de personajes que circulan por la obra son un solo personaje. En ese sentido existe romanticismo, nos habla del hombre frente a algo que podría ser el vacío, pero la gente se empeña en rellenar, aunque sea con mitos, con supersticiones, con quimeras y con prejuicios.
En la memoria, la personal y la colectiva, está marcada a fuego el tema que atañe a la familia, que es la lealtad. Es evidente la referencia en cuanto se tratan asuntos de fidelidad y adulterio, pero también con la planificación impuesta por unas autoridades que marcan, con hachazos, tanto el número como el género, y hasta la frecuencia con que deben nacer los hijos. Atados a las normas, nos vemos, por una vez, llevados también a un realismo social, el que impone la escasez del dinero; es raro encontrar una novela en la que aparezca el problema de cómo conseguir el dinero, que no se le escapa a Lin Bai como ancla a la subsistencia, a la materia de la que estamos hechos. Con la sustancia del romanticismo, de la crónica, de la realidad, de la costumbre, del conflicto, nos vemos en el centro de una tribu, de gente que debe ser normal en su contexto, a la que le suceden constantemente situaciones, gente llena de condiciones, gente sujeta al suelo y con ganas de encontrar la certeza de que debe haber otra forma de vivir. La narración se sucede sin descanso, en un mundo que, como los fronterizos, crea sus propias leyes, al menos en lo que atañe a las relaciones personales, en un mundo en el que la vida vale muy poco, en un mundo en el que los mitos tienen que ver con lo cotidiano tanto como la observación tiene que ver con la imaginación.

lunes, 30 de diciembre de 2019

LA NATURALEZA DEL SILENCIO


La naturaleza del silencio
Suso Mourelo
La línea del horizonte
Madrid, 2019
216 páginas

“Si fuera capaz, querría escribir solo aire.”
La frase es la mejor declaración de intenciones que refleja el libro que tenemos entre manos. Se trata de un lamento contra la contradicción de escribir, con unas palabras que leídas en voz alta rompen el silencio, y mantenerse en observación, a la espera, ser en tanto que uno atiende y no que uno actúa. Ser en tanto que uno se ve afectado por lo que percibe, con todos los sentidos a la vez, con la mirada tan fina como la piel, con el olfato tan delicado como el oído. Suso Mourelo (Madrid, 1964) busca su “tiempo de intimidad y complicidad con el silencio” practicando aquello que empaña su temperamento y que conocemos como literatura: se sincera a través de las palabras. Ha viajado a cuatro aldeas en diferentes puntos de España -Pirineos, Cáceres, Jaén, León-, y en cada lugar ha escrito un dietario sentimental del que nos llegan las palabras, las expresiones, las sensaciones, destiladísimas. La condición del destino es que tuviera menos de cien habitantes y un bar, es decir, que en pocas semanas pudieras conocer a todos los habitantes, e intimar con ellos en el lugar de encuentro donde se ponen las conciencias sobre el tapete de la mesa.
El libro está escrito en pura escala humana, sin sobresaltos, sin superlativos, a pesar de toda la admiración que contiene. Mourelo vaga cuando es caminante, y también cuando ejerce la meditación. Y en ambas funciones nos deja con las preguntas a flor de labios, porque vivir no es encerrarse en respuestas, esas que solo son firmes cuando uno se ancla a los lugares comunes. De hecho, si uno rastrea las afinidades de este texto, se encontrará con grandes autores que han hilvanado su obra en ese terreno; por aquí respira Pessoa y se elogia a Thoreau, se sigue la senda de John Berger y se siente la inspiración de Tournier, se cita a Juan Gelman y, como no puede ser menos en el caso de Mourelo, que habita buena parte de sus días y sus noches en Japón, se refleja el mismo tipo de lirismo que aparece en las obras de Kawabata o en los poemas de Matsuo Basho. Tal vez engañe en entorno rural y queramos confundir este libro con la ruta que abrió Cela en su Viaje a la Alcarria, y que otros autores españoles han seguido. Pero Mourelo, a diferencia de ellos, es habitante, no visitante, o al menos ejerce todo su poder de fascinación en tratar de serlo. Se trata de alguien cuyo espíritu inquieto puede situarlo al borde de la neurosis, pues uno tiene la sensación, mientras lee sus emociones, de que está a punto de romperse emocionalmente. Pero se ancla a la literatura como el escalador a la cuerda que le salva del vacío.
Sus escapadas a la soledad son queridas, en todos los sentidos del término, pretenden sosiego, a pesar de los embates de un destino que no dominaremos, y se presentan como una resolución a la vehemencia, aunque, eso sí, una vehemencia con demasiada ternura como para cuestionarnos que se trate de alguna rara versión de la misma. Mourelo es un gran observador y un buen memorialista, de hecho, es un observador y un memorialista diletante. Y nos regala esa sensación que necesitamos en espacios urbanos, la que nos enseña que el tiempo no tiene por qué transcurrir tan deprisa. Hay algo crepuscular y algo de esperanza en estos tránsitos por las aldeas. Hay bastante lirismo, pero también una épica destinada a quienes peregrinan por estos paisajes, sobre todo a quienes han peregrinado allí para siempre. Oye a los demás y luego escucha su silencio, confiesa, y confiesa que para él eso es sentir, antes de recordarnos las enseñanzas del maestro: “Thoreau dejó escrito que Walden pretendía ser un texto medicinal, una ayuda para encontrar lo verdadero y la felicidad”. Gracias por esta nueva dosis, por volver a alterarnos la memoria.

domingo, 17 de noviembre de 2019

NO LE HAGAS PREGUNTAS A LA TRISTEZA

No le hagas preguntas a la tristeza
Jesús Aguado
La línea del horizonte
Madrid, 2019
191 páginas

Debo empezar confesando que este libro no es la labor de un erudito. No soy experto en tribus de la India ni entiendo ninguno de sus lenguajes. Si me apuran, me confundiría, estoy seguro, a la hora de situar geográficamente muchas de ellas. Son cientos —solo en el área que comprende los estados de Bihar, Bengala y Odisha se contabilizan casi cien grupos tribales distintos— y suman una población aproximada equivalente a la de España. Las más importantes, como la de los Santal o los Kondh, tienen cuatro y un millón de miembros, respectivamente, pero hay algunas en claro peligro de extinción de las que sobreviven apenas unos cientos de personas.
Mientras predominó la creencia de una protohistórica invasión aria de la India, se les bautizó como adivasis, que significa «primeros pobladores»; cuando más adelante varios historiadores indios pusieron en duda esa posibilidad, se les pasó a llamar vanvasis, «habitantes de los bosques». En el Mahabhárata, la gran epopeya de la India, se menciona, entre otros, a los kiratas, una tribu de cazadores que vivía en las montañas. Pero todo esto, en efecto, es solo historia, ya que su presente es cualquier cosa menos alentador, entre otras razones porque esos bosques o montañas o esa caza, que han constituido la base de su economía desde tiempos remotos, están desapareciendo por la voracidad insana de un modelo de civilización moderna que, lo confiese o no, les considera un estorbo. Como la mayoría no tienen escritura y además están siendo, o desplazados por las exigencias bulímicas de la industrialización y la superpoblación —presas gigantescas como las del Narmadá (contra las que tiene escritos rotundos, y publicados en nuestro país, Arundhati Roy), que les obligan a abandonar sus selvas para consumirse en los arrabales de las grandes ciudades—, o aculturadas a pasos de gigante, pues no se pueden defender ni casi protestar. En la misma India es difícil encontrar buena bibliografía sobre sus tribus —casi toda la disponible son estudios sociológicos y antropológicos basados en una metodología obsoleta, espectaculares libros de fotos que apenas «cuentan» nada o los viejos manuales o diarios de los misioneros, algunos ejemplares como los de Verrier Elwin pero la mayoría manipuladores hasta la náusea—, lo cual no deja de ser un síntoma de lo relegadas que están en la práctica. La constitución las protege en teoría, junto a las castas más desfavorecidas, asignándoles una cuota en las escuelas y universidades o los trabajos estatales, pero los hechos hablan más bien de desidia, indiferencia y abandono. Su legado cultural está solo preservándose a cuentagotas, más fruto del azar y del entusiasmo de algunos individuos particulares que gracias a una voluntad firme y organizada de los políticos o las instituciones. Lo de siempre.
Mi interés por las tribus de la India, y más en concreto por sus poemas y canciones, me lo despertó la lectura del libro de Sita Kant Mahapatra que se cita en la breve bibliografía orientativa que se incluye al final de esta introducción, The Awakened Wind. Desde entonces he buscado más material y alguno he encontrado, pero la mayoría está descatalogado, ausente de las bibliotecas —al menos las que yo he consultado— o es inexistente.

Estos poemas supongo que fuera de contexto
dicen otra cosa que alrededor de una hoguera, como
canción de trabajo, en la pedida de una novia, como
entretenimiento de un día de mercado, como sortilegio
contra los malos espíritus, como broma o acertijo para
pasar unas horas antes de acostarse. Muchos de sus gui-
ños y de sus símbolos se pierden si no eres de allí, aunque
eso también le pasa a un Lorca traducido, pongamos,
al bengalí o a un Eliot vertido al chino. Lo que queda,
sin embargo, es lo que podemos asimilar e incorporar a
nuestras células, a nuestra visión del mundo, a nuestro
ser y a nuestro estar: lo que queda es lo traducible a
nuestros modos de tratar con los misterios insondables y
con la realidad cotidiana. Muy poco, porque eso no nos
hace viajar al corazón de lo que ellos son, al centro de
sus poblados, y demasiado, porque apenas les atendamos
desatendiéndonos, un segundo después de concederles
la palabra y callarnos nosotros, nos encontraremos de
pronto en un lugar desconocido y lleno de preguntas
para las cuales ninguna de nuestras respuestas habituales
nos servirá.

lunes, 30 de septiembre de 2019

DIARIO AUSTRAL


Diario austral
Antonio Rivero Taravillo
La línea del horizonte
Madrid, 2019
148 páginas

El escollo, a la hora de escribir un libro de viajes contemporáneo, es eludir el turismo. La alternativa es caer en un discurso neocolonial, a pesar de tantas buenas intenciones. Muerta la época de la exploración, que contenía en sí grandes dosis de colonizaciones, se desplegaron toda una suerte de formas de turismo más o menos sofisticadas, desde las grandes cumbres del Himalaya o de Alaska, hasta los puros mochileros sin un duro en el bolsillo que recorren la parte del planeta en la que se puede dormir en las estaciones de tren. Ante las dudas que a uno le genera esta imposibilidad de sentirse viajero, cabe preguntarse si el mejor viaje, el único viaje posible, catalogado como tal, no será el que se guarda en la memoria, el que regresa desde el pasado. Libre de toda condena y lleno de bienestar, ese viaje reflejará quiénes somos, quiénes hemos querido ser, quiénes nos hubiera gustado seguir siendo, quiénes nos atrevimos a ser cuando tuvimos la oportunidad de inventarnos. Quisimos ser un personaje, por encima de la carga de profundidad que marcan los impulsos emocionales dentro de la geografía en la que vivimos habitualmente, y lo conseguimos. En otras palabras: tuvimos la sensación de ser, por fin, libres.
Con esa envidia de uno mismo comienza Antonio Rivera Taravillo (Melilla, 1963) a redactar esta crónica de un viaje por Argentina. Fue turista no queriendo serlo, como demuestran las paradas de su itinerario: Buenos Aires, Iguazú, Salta, Usuahia, Calafate… Un recorrido que le lleva a pensar que se asomado al conjunto del país, cuando lo que ha visto es el conjunto turístico del país, aunque le pese no haber podido ver otros lugares que no sean los más hermosos. Al margen queda el desierto verde provocado por las extensiones criminales de soja transgénica, la cruel explotación de la industria minera en los Andes o villas miseria como la de Resistencia, además de ciudades y pueblos que jamás han visto el dinero del turista, y que ocupan la mayor parte de la extensión de un país de unas dimensiones inabarcables. Rivera Taravillo hace un enorme esfuerzo por transmitirnos en descripciones los parajes a los que se enfrenta, pues de un enfrentamiento se trata dado que los límites del lenguaje le impiden transmitir las emociones en todo su alcance. Pasea por Caminito, lee a Borges, asiste a espectáculos de tango, ve todo lo que le resulta posible ver, de hecho, es tan visual que apenas hay lugar para diálogos.
Y para hacernos llegar las impresiones de su viaje, recurre a una literatura en la que lo más importante es no cometer errores. No se equivoca ni en los destinos ni en los recursos, algo muy de agradecer en un tiempo en el que los esfuerzos para que se vea al escritor detrás del texto llevan, con frecuencia, a temas y prosas en las que los problemas de narcisismo, por exceso o por defecto, flotan en negro sobre blanco.

jueves, 18 de julio de 2019

EL ESPÍRITU DE ROMA


El espíritu de Roma
Vernon Lee
Traducción de Amparo Serrano de Haro
La línea del horizonte
Madrid, 2019
165 páginas

Todo va cambiando. Algunas cosas ya están muertas. Otras quisimos verlas como vivas en su momento, pero nunca lo estuvieron. Releer las anotaciones, como mirar las fotografías, supone una intención de querer regresar, una intención de estar de vuelta, un anhelo de vivir en el pasado. Seguramente, un consuelo, pues invitamos a los benditos sentimientos a retornar. Y, sin embargo, vemos sombras y las sombras pertenecen a un mundo artístico gótico, romántico y, en el caso de Vernon Lee (Boulogne Sur Mer, Francia, 1856 – San Gervasio Bresciano, Italia, 1935), prerrafaelita: “Nuestro ideal sería preservar en el futuro las cosas hermosas, ciertas flores de la tradición y el privilegio del pasado. Es un engaño. Sería como esperar mantener las hojas viejas en los árboles hasta el próximo verano. Pero después de que las hojas marchitas hayan caído y los árboles hayan quedado al descubierto, vendrán otras nuevas, no iguales, pero similares”.
Lee entiende Roma como una ciudad orgánica, un ser vivo, en movimiento, en transformación, con tantas estaciones como visitas hace a los parajes. Y nos los describe con un espíritu impresionista: asistimos a cómo le afectan las acuarelas, las pinceladas, los colores. No nos sumergimos con ella, pues la sensación que da es la de ir revelando con frescura, la de no intentar ser un intruso. Y para ello parece que no cabe otra opción que la de ser un voyeur: observar, ver, mirar. Así, la suma de cuadros se transforma en una enumeración, en una descripción por enumeración de un mundo perdido e inacabable. Tantas veces como Lee fuera a Roma, encontraría un nuevo dato que transformaría el espíritu de la ciudad. Como ella afirma, con poesía, los poetas construyen ciudades. Y lo hacen desde la escala humana en la que habitan: no hay planos a vista de pájaro, no hay otras dimensiones temporales que no sean las del presente: “Es una retórica espléndida de boca ancha; con significado, ciertamente, pero sin restricción a un mero significado”.
El volumen da una impresión de fragmentación, pero nos encontramos frente a una ciudad fragmentada, una ciudad sin consistencia de cuerpo único. Y Lee elige las emociones que tienen que ver con la soledad y la belleza, elige la reflexión y cierta tristeza sin depresión ni lugares comunes, “eligiendo finalmente situarse en una equidistante tierra de nadie que es, quizás, el único lugar en el que las personas extraordinarias pueden ser realmente fieles a sí mismas”, nos indica Amparo Serrano de Haro en el prólogo. También acierta a señalar cuál es la argamasa que da consistencia a estos apuntes: “El tema del eterno retorno, el triste e incierto fantasma de la inmortalidad, es, por cierto, uno de los motivos recurrentes”. Y para nosotros el de descubrir Roma y el de redescubrir el retorno. Todo un ejercicio de y contra la nostalgia.

viernes, 31 de mayo de 2019

Recomendaciones de CULTURAMAS para la feria del libro

Comienza la feria del libro de Madrid y desde esta sección queremos sugerir cuatro títulos que no deben perderse. Vamos allá:

BUCAREST

Polvo y sangre

Margo Rejmer

Traducción de Ernesto Rubio y Agata Orzeszek

LA CAJA BOOKS
En la gran tradición de los cronistas polacos
Entre polvo y sangre. Así acabó el Padre de la Nación, el Genio de los Cárpatos, el Hijo más Destacado de la Tierra Rumana: Nicolae Ceauşescu, fusilado por su pueblo en la Navidad de 1989. Bucarest es un viaje a la capital que sufrió el hambre, el frío y los horrores de aquel comunismo personalista. Un sistema marcado por el delirio megalómano, la paranoia del espionaje y la delación, y el miedo a un dictador que anheló tener sus propias hormigas, sus propios hormigueros y su propio prado hor­migonado donde las hormigas bailaran en su honor.
Con las armas del mejor periodismo y una escritura desbordante que combina el lirismo con la fuerza de los testimonios, la reportera polaca Margo Rejmer traza el retrato caleidoscópico de una ciudad de neones y cemento gris que conserva la huella del totalitarismo. Un lugar donde los ideales han sido reemplazados por la vida prosaica del capitalismo en crudo. Una urbe donde las esperanzas que sembró la revolución se han tornado desencanto y resignación. Como dicen los rumanos, «asta e»: es lo que hay.
Rejmer pasea fascinada entre hordas de perros callejeros –rastro espectral del periodo socialista– y rememora el mosaico de la Bucarest de entreguerras: judía, griega, rural, burguesa, gitana, seudoparisina y caóticamente balcánica. La autora se sumerge en las historias anónimas de la Rumanía poscomunista y, en la mejor tradición de la Nobel Svetlana Alexiévich, escucha de cerca a sus gentes. Como las mujeres que sufrieron la desconocida atrocidad de los abortos ilegales en masa: un trauma colectivo manchado con la sangre del dolor íntimo y cubierto por el polvo de una Historia que se quiere olvidar.

Roger Deakin

Diarios del agua

Traducción de Miguel Ros González
IMPEDIMENTA
En la gran tradición del Nature Writting británico
Un día de 1996, inspirado por «El nadador» de John Cheever, Roger Deakin emprendió el sueño de su vida: recorrer las islas británicas a nado. El libro que escribió se convertiría en un clásico de culto.
Como buen inglés, Roger Deakin adoraba el agua. Así que un día de 1996 se lanzó al foso de su casa en Suffolk y se propuso recorrer las islas británicas a nado. Playas, pozas, ríos, estanques y lidos. Acueductos, canales, cascadas y canteras inundadas. Deakin recorrió su país contemplando la vida desde la perspectiva de las ranas, y fue interceptado por guardacostas, confundido con un suicida e incluso estuvo a punto de ser engullido por un remolino en las Hébridas.
Una vibrante oda al inconformismo, a la imaginación y a la voluntad de actuar con libertad plena. Un viaje inolvidable y una audaz celebración de la atracción que el agua sigue ejerciendo en todos los seres vivos.

EVA EN LOS MUNDOS

RICARDO MARTINEZ LLORCA
LA LÍNEA DEL HORIZONTE
Un brillante desafío al conocimiento y la identidad
Aquí hay un libro escrito desde la admiración. Habla de ese territorio sutil donde conviven sueño y verdad, pues la realidad suele ser una suma de insinuaciones que deslumbran nuestra percepción en un juego de espejos. La observación abierta de esos destellos, su reflejo y escritura, habría sido territorio de varones de no ser por la presencia de algunas mujeres, brillantes todas, testigos de los ordenadores de última generación y de las perplejidades humanas.
En Eva en los mundos reunimos los perfiles de trece escritoras y cronistas, verdaderas maestras en el arte de esclarecer tiempos de tormentas. Pertenecen a cinco océanos y a momentos históricos diferentes. Sus vidas, y la lectura de sus obras, forman un mosaico que aquí se recompone con la misma pasión literaria con la que escuchamos sus voces. Evas que no ponen las cosas fáciles, porque sus biografías son océanos en los que rescatar peces de todos los colores. Esta recopilación de autoras nos permite ver a través de su mirada e imaginar sus sueños y verdades; mujeres hechas de palabras cuyo factor común tal vez sea el sentido de la justicia.
SVETLANA ALEKSIÉVICH, SOFÍA CASANOVA, CARMEN DE BURGOS, JOAN DIDION, HAYASHI FUMIKO, HELEN GARNER, MARTHA GELLHORN, LEILA GUERRIERO, JANET MALCOLM, EDNA O’BRIEN, ANNEMARIE SCHWARZENBACH, MARINA TSVETAIEVA, REBECCA WEST

Cuba

Viaje al fin de la revolución

Patricio Fernández

DEBATE
Un emocionante reencuentro con la realidad y las ilusiones
¿Cómo narrar el final de uno de los procesos políticos más relevantes ocurridos en Latinoamérica? ¿Qué registrar cuando se visita una isla donde se cede lentamente el paso a la modernización? Ambas preguntas remiten a una cuestión innegable: un capítulo en la historia contemporánea está terminando. Por esta razón, durante los últimos años, Patricio Fernández ha viajado a Cuba para relatar los hechos que han acontecido en la isla antes y después de que Fidel Castro dejara el poder en maos de su hermano Raúl.
Tomando el pulso de la vida cotidiana y describiendo sus pormenores, a la vez que recogiendo testimonios de personajes centrales y de cubanos tan anónimos como singulares, Cuba. Viaje al fin de la Revolución relata el histórico restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, las visitas del papa Francisco y de los Rolling Stones, la muerte de Fidel y el proceso de paz entre Colombia y las FARC mediado por la isla, entre otros hitos.
Este libro es, en suma, el retrato de una sociedad o, como señala su autor, “lo que ha quedado de ella: lo bueno, lo malo y lo inclasificable de uno de los proyectos sociales más ambiciosos de la historia humana, llevado a cabo en esta pequeña isla que hoy habita en compás de espera, aunque sin esperanza”.