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miércoles, 13 de mayo de 2026

AL LAGO

 

Al lago. Un viaje balcánico de guerra y paz

Kapka Kassabova

Traducción de Cristina Lizarbe

Armaenia

Madrid, 2026

445 páginas

 

 


Para descubrir de donde venimos, uno tiene que estar dispuesto a reconocer el castigo que sufrieron los demás. Este ejercicio de empatía requiere una disposición meticulosa, un viaje lento, como el que ejecuta Kapka Kassabova (Sofía, 1973) en este libro, para el cual viajó dos veces hasta las orillas de los lagos Ohrid y Prespa. Estamos hablando de una región balcánica, un lugar que se ha visto afectado por guerras, religiones, civilizaciones, idiomas, un lugar semejante al puente sobre el río Drina que inventó Ivo Andrić. Hablamos de mestizajes casi imposibles, de combinaciones irresolubles. Allí donde eso ha supuesto sufrimiento, Kassabova se empeña en encontrar lo único positivo que uno puede hallar en este planeta, que es la bondad. Destacarán las personas que va conociendo y su disposición, su apertura, su entrega a la creación de un relato en el que no existan rencores. Y eso que estamos hablando de lucha, lucha entre pueblos y lucha por el territorio. Kassabova llega a hablar de matrimonio y guerra entre el cristianismo y el islam y el judaísmo, entre Occidente y Oriente, entre la tendencia oriental a contener todas las corrientes y la occidental a unificar.

Lo que lleva a la autora hasta esa región es la necesidad de tener raíces, de encontrar raíces. La experiencia es sorprendente, porque los viajes requieren alas, y es imposible volar si uno tiene raíces. No se puede huir de la propia familia. Así pues, busca esa geografía que ha moldeado la historia, pero no solo la historia, pues también moldea el paisaje interior. En ese sentido, su experiencia es universal, pues lo local será inseparable de lo global. De hecho, uno se construye como se construye la identidad de los lugares, a partir de múltiples experiencias, de muchos contactos. La región que visita, que recorre trozos de Albania, Macedonia del norte y Grecia, se ha formado así, a partir de una extensa miscelánea de caracteres. Que sea complejo de entender no hace sino incrementar la necesidad de comprenderlo. Este será el motor del viaje y la expresión del viaje, que a nosotros nos resulta de lo más atractiva, pues vamos conociendo una región y unas gentes que de otra manera nos resultaría anónimas, casi increíbles. De hecho, las personas que va conociendo en el camino resultan tan especiales que cobra mucha relevancia las palabras de Rebecca West, que también recorrió estas regiones hace casi cien años, cuando habla de la discrepancia entre nuestras vidas y su contexto. Nuestras vidas son lo intangible, los afectos. El contexto en el que se mueven las de las personas que Kassabova conoce es de anhelo y de tristeza. Resulta duro vivir allí, pero ha resultado más duro, al parecer, en el pasado. El recorrido que hace por la zona de Albania así lo demuestra.

 Pero también se trata de encontrar trazos de la familia propia, de ir narrando algo acerca de ella, mientras hace una crónica que contiene periodismo y antropología. Todo ello a la orilla de masas de agua, y el agua es bendición, purifica y es la sustancia elegida para el bautismo, para significar que hemos nacido o hemos renacido. Como renace la región que nos presenta Kassabova a medida que profundizamos en esta lectura en la que «tus antepasados te deben una casa, y tú les debes tu alma». Somos lo que fuimos, somos el paso del tiempo y algunos lugares pertenecen a un tiempo diferente al nuestro. De ahí que la literatura de viajes sea también una forma de exploración, de descubrimiento. De ahí que sea tan importante encontrar quien sepa hacer buena literatura a partir de un viaje, como la que escribe Kaspa Kassabova.


Fuente: Zenda

lunes, 15 de enero de 2024

HISTORIA DE UNA ISLA

 

Historia de una isla

Evgueni Vodolazkin

Traducción de Rafael Guzmán Tirado

Armaenia

Madrid, 2023

300 páginas

 



En un momento de esta novela, tan genuina como digna, varios personajes debaten acerca del significado de la historia como disciplina de estudio: Uno de ellos sostiene que es la descripción de la lucha entre el Bien y el Mal, añadiendo que puede considerarse como acontecimiento histórico toda victoria de una fuerza sobre la otra, ya que esas victorias determinan el estado espiritual de un pueblo. Sus rivales dialécticos consideran que esta hipótesis es un error, pues la historia refleja una cadena continua de causas y efectos, y que un acontecimiento histórico es aquel que cambia el curso de la historia. El primer personaje sostendrá, para sí, que estas cadenas se construyen solo a partir de eslabones que nos son conocidos, mientras que la mayor parte de los eslabones están ocultos. Es una gran manera de resumir la farsa de los estudios de historia, que no hablan sobre la gente, sobre los efectos de acontecimientos o de luchas en las personas, que son la mayoría de los pobladores del planeta y, por tanto, quienes deberían determinar en qué consiste la historia. Basta de teatro geopolítico, parece protestar Evgueni Vodolazkin (Kiev, 1964) en esta obra, La historia de una isla. Y para ello elabora una parodia de historia de un país que se inventa, próximo a Europa, pero lo bastante aislado por el mar como para que pueda regirse por leyes que no son las mismas que condicionaron el curso de los otros países del continente.

Este planteamiento permite al autor una libertad creativa que comenzamos a reconocer desde el primer apunte mágico, pues los sucesos no siempre van a tener la firmeza de la realidad tangible. Aunque no será ahí donde más lo percibamos, pues el plan narrativo que sigue supone la supervivencia de dos personajes a lo largo de 347 años. Esta pareja comenzará siendo la familia regente de la isla, pasará a vivir en el exilio y regresará a su lugar, pero ya para vivir una coda a su existencia. Sus voces se irán alternando con las de los cronistas que, estos sí, se van sucediendo en la redacción del libro de la isla, a medida que van falleciendo. Este libro, que se supone que es el que nosotros leemos, interrumpido por las aclaraciones o interpretaciones, o por comentarios complementarios, de los dos protagonistas, no está completo: comenzaremos sumergidos en una época medieval, de miedo a Dios, en la que la fantasía podría ser un acontecimiento que condiciona entonces, pero hoy sólo cabría interpretar como metáfora. Hay misterios, pero estos lo que hacen es incrementar el ambiente de aventura con el que se desarrolla el hilo narrativo, reflejando actos, sucesos, en los que el único motor de conflicto es la ambición. No se pretende profundizar en el alma humana individual, sino en lo que puede estar construyendo el alma de un pueblo. Asistiremos a guerras, epidemias, revoluciones, sobre todo tras el paréntesis de ciento cincuenta años que supone la desaparición de buena parte de la crónica. Pasaremos del medievo a un mundo en el que hay bombas y cine. Pasaremos de estar condicionados por la teología y el hombre pecador a una suerte de presidencias encadenadas, condicionadas por lo más significativo de cada regente o de cada momento: la apicultura, el petróleo, las revueltas, los minerales y el comercio, o las decisiones electorales.

La atmósfera del libro nos ubica en los límites de la cordura, tal vez porque el miedo es un factor desequilibrante y no hay personaje que no tenga los pies pisando ese charco. Vodolazkin ha querido meter todo el mundo y toda la historia de la región de Europa de la que él procede, Ucrania, en una novela, y para ello ha recurrido a reducir el espacio a una isla, porque cualquier otra escala más grande no sería una escala concebible para quien se mueve en la propia del ser humano. Y así nos ha regalado una de las novelas que debemos leer, porque su concepción queda fuera de lo que estamos habituados, y Vodolazkin sabe manejarse en esos espacios como si fuera él mismo el cronista real que asiste a la ficción.

 

Fuente: Zenda

lunes, 27 de marzo de 2023

HUÉRFANOS DE DIOS

 

Huérfanos de Dios

Marc Biancarelli

Traducción de Antonio Roales

Armaenia

Madrid, 2023

226 páginas

 



Es Córcega y es a finales del siglo XIX, y ese apunte temporal es lo que ayuda a hacer creíble la novela, en la que se representa un lugar donde los sucesos son propios de la narrativa fronteriza, esa que tanto se ha reproducido mientras se creaba la mitología de los Westerns. De hecho, el primer referente que reconocemos en esta novela, Huérfanos de Dios, es la cinta clásica Valor de ley, que dirigió Henry Hathaway en 1969 y reelaboraron hace doce años los hermanos Coen. El parecido es innegable: una niña contrata a un viejo pistolero para vengar un acto violento: en el caso de la película será la muerte del padre y en el de este libro la salvajada de desollar media cara al hermano. Que sea marcar la cara lo que hace que el personaje protagonista de la obra se ponga en marcha, decida que eso sobrepasa sus límites morales después de una existencia en la que se ha exterminado la vida de tanta gente, nos remite a otra película clásica ambientada en los escenarios del Oeste americano: Sin perdón. Aquí, como en la cinta de Clint Eastwood, es un forajido y no un viejo agente tuerto la persona a quien recurre la niña. En este caso al tipo se le conoce como L’Infernu, el infierno, y también está al final de sus días de aventura, es consciente de que un último acto puede redimirle, o al menos redimirle a los ojos de quienes han aprendido a entender la vida como la ha entendido él: llena de violencia, como si la violencia fuera lo natural, tan necesaria como el aire que exigimos trece veces por minuto.

Uno espera encontrarse a un bandido con ese tono romántico que ha acompañado a los que se echaron al monte en la época retratada, como José Lizarrabengoa en Carmen o el mismo Curro Jiménez, pero no hay nada de sentimentalismo en la obra, nada de patetismo ni de sensibilidad sana. Se nos anuncia que la fuente de la que bebe Marc Biancarelli (Argelia, 1968) es Cormac McCarthy, con quien comulga sobre todo en la textura, en los momentos algo sangrientos que nos remiten, inevitablemente, a Meridiano de sangre. En McCarthy lo que sucede tiene lugar en un plano atemporal, que en algún momento descubrimos que es el actual, cuando los personajes que vagan atraviesan una autopista, por ejemplo, mientras que en la obra de Biancarelli necesitamos alejarnos en los años para comulgar con este itinerario que va recorriendo los paisajes corsos, a los que se tiñe de muchas sombras. Hasta que el autor decide que no puede dejar de explicarnos a este personaje, a este L’Infernu, y rompe la estructura lineal, cronológica, para llevarnos a hasta el pasado. Uno puede entretenerse en divagar acerca del alma humana, si le preguntan quién es, o puede sugerir a la persona con quien conversa que se siente, porque le va a contar su historia. Biancarelli elige esta amabilidad con el lector, y el lector la agradece, porque rompe con una monotonía de sangre y crimen.

Hemos mencionado Valor de ley, Sin perdón, Carmen y Meridiano de sangre, que son, tal vez, los referentes que más destacan. Aunque hay otro apunte que será parte fundamental del espíritu de la obra, que es el respeto, en este caso el respeto a la infancia. En el ambiente que crea Biancarelli difícilmente saldría intacta una adolescente. Sin embargo, se nos presenta como el último refugio, el lugar donde puede no anidar la fatalidad. No existe indicio que cuestione este principio moral en un mundo salvaje que leemos con el ritmo de un caballo a galope.

 Fuente: Zenda

jueves, 7 de abril de 2022

HIJOS DE HANSEN

 

Hijos de Hansen

Ognjen Spahić

Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek

Armaenia

Madrid, 2022

200 páginas

 



Para vivir hay que demostrar primero que uno no está muerto por dentro.

Sin embargo, las opciones que uno tiene para demostrarse a sí mismo que está muerto por fuera son demasiado largas en todos los sentidos: ocupan demasiado espacio y duran demasiado. Somos seres deformes a los que añadir la cualidad de deformados nos sustrae de la única cualidad que nos permite vivir con garantías de éxito: escuchar cantar a los pájaros. Una vez que nos vemos como tipos horribles, todo a nuestro alrededor sólo puede ser feo y tener muchas más posibilidades de verterse hacia el terror que de enderezarse. La flor sin regar se marchita, por mucho que aparezca el sol.

Ese sol que no parece estar presente en el microcosmos que recrea Ognjen Spahić (Montenegro, 1977) en esta novela, Hijos de Hansen, que se corresponde al ambiente cerradísimo de un sanatorio para leprosos. El sustrato sobre el que construye la historia es desgarrador: estamos en un país oscuro, la Rumanía de los últimos días de Ceaucescu, estamos en la última colonia para leprosos de Europa, estamos frente a una enfermedad que es terminal porque acaba con la humanidad de quien la porta y que está cerca de considerarse extinguida, estamos frente a una gente que no puede escribir ni siquiera un pie de página de su destino. En realidad, todo está servido para que aparezca la maldad, aunque las dimensiones y los criterios de la maldad no son los mismos que en nuestro mundo conocido.

La atmósfera es desasosegante y las iniciativas de los enfermos -uno se siente tentado a decir de los presos- sólo tienen dos sentidos: el deseo de salir de la prisión que es su cuerpo y el encierro que es la colonia, y cómo encontrar otro plan de fuga, este mucho más emocional, para desatascar el malestar que protege la jaula de las costillas. Hay que estar muy bien preparado sentimentalmente para abordar esta desesperación en la que destaca, eso sí, el sentido de admiración, propio de la amistad, que siente el narrador por otro de los enfermos, de origen norteamericano.

Se nos avisa de que al margen de esta lectura humana, en la que el encierro -físico y patológico- como contraposición a la libertad -de movimientos y belleza-, oculta una metáfora acerca del desmoronamiento de Europa del Este. No es tan sencillo identificarla desde este lugar y esta época. Sabemos que existió un oscurantismo y que ese ambiente impregna la novela, pero para conocer mejor los datos, debemos recurrir a la documentación y refrescarnos la memoria. Algo que supone un beneficio añadido a la novela. Al fin y al cabo, si una obra no es una intriga para poder crecer, o para volver a crecer, si se prefiere, no tiene demasiado sentido. El valor de este libro no sólo es lo que oculta dentro de las páginas, sino también a las preguntas que nos lleva.

domingo, 29 de agosto de 2021

SI LA ADELFA SOBREVIVE AL INVIERNO

 

Si la adelfa sobrevive al invierno

Stefan Popa

Traducción de Catalina Ginard Féron

Armaenia

Madrid, 2021

437 páginas

 


Un escritor puede inventarse una aldea, una región o una gran ciudad para narrar sus historias, para crear unas leyes ficticias que se gestan en su imaginación y consiguen ser coherentes en la del lector. Ahí está Macondo, Yoknapatwpha o la heroica ciudad que dormía la siesta. Pero existen los lugares y las gentes que en el otro relato, el de la realidad, han dejado de existir; es decir, existen las gentes ocultas, escondidas, remotas incluso en tiempos de Google Maps. Existen todavía, pues su posible caída en el olvido se anuncia temprana. Stefan Popa (Vleuten-DeMeern, 1989), un autor que conoce bien la zona de los Balcanes, se acerca a la zona donde confluyeron tantas culturas para hablarnos de los arrumanos. Se trata de un pueblo de pastores, una gente que se nos retrata como humilde y que convive con tantísimas otras personas de diverso origen. Al contario que en Macondo o Yoknapatawpha, el territorio donde habitan los arrumanos ha tenido una frontera demasiado permeable, ha sido presa de demasiadas codicias y ha sufrido cientos de conflictos, aunque muchos de ellos fueran de paso. Cuando uno lee acerca de los Balcanes, le resulta casi imposible obviar Un puente sobre el Drina, la obra de Ivo Andric que refleja las circunstancias de una región que siempre ha estado en las rutas de los conquistadores y las pretensiones de los imperios.

La historia de los Balcanes es semejante al ave Fénix, una historia de pueblos que se ven obligados a renacer, a reinventarse, a buscar su recodo en el que sobrevivir para poder crear una vida a partir de entonces. Este es el espíritu que sobrevuela en la novela: conseguir que exista lo que parecía desaparecido, recordar que a través del relato se recupera la identidad social, histórica y cultural, todo eso que, a veces sin que nos apetezca, contribuye a construirnos. Podríamos hablar de un relato cauterizante, si consideramos que el renacimiento del ave Fénix es también una cauterización. Consumidos casi hasta las cenizas, los arrumanos, que da la sensación de que los conflictos no les permitieron ser, se nos presentan vivos, pero con anuncio de muerte.

El protagonista de la novela es un profesor al que el médico le vaticina seis meses de vida a causa de un tumor cerebral. Y a lo largo de su existencia se ha visto obligado a reinventarse varias veces, como tras la temprana muerte de su madre, la de su mujer y la, más temprana aún, muerte de su hija. Su anhelo de vivir es templado, como si asistiera al mundo a modo de espectador y no de protagonista: “Ya nada importaba. La muerte de su madre había liberado a Pitu, la muerte de su mujer lo había aislado, la muerte de su hija le permitía destruirse”. Se trataría de una obra costumbrista si estuviéramos familiarizados con las costumbres. Pero no lo estamos. Tal vez sí con la secuencia que se alterna al relato del presente, que es la del padre en plena guerra. ¿De qué guerra se trata? A la hora de la verdad, no importa, pues la idea es saber que la guerra fue parte del pasado de todos los arrumanos, y de todos los pueblos que les acompañan. El lugar del que nos habla Popa se antoja al margen del tiempo, como si estuviera congelado desde hace cien años. Pero, de repente, los protagonistas hablan de Netflix o de los Pokémon. Y nos damos cuenta de que bien podría tratarse de gente con la que conviviríamos si no les estuviéramos dando la espalda. Y es entonces cuando la novela consigue el efecto buscado, que es el de considerar que no todo se ha perdido, que cabe resurgir, que el hecho de que exista el relato ya está haciendo brotar sangre de las cenizas.

sábado, 13 de julio de 2019

DÓNDE VIVIR


Dónde vivir
Carole Zalberg
Traducción de Antonio Roales Ruiz
Armaenia
Madrid, 2019
135 páginas

William Faulkner llevó al extremo el relato a varias voces en Mientras agonizo: voces sucesivas que se complementan, que se superponen, incluso, que se corrigen y que dan pie a una impresión coral trabada, pero con intenciones clarísimas, pues la vida no es un relato cerrado, sin una sucesión de momentos que parecen no tener sentido. Y, sin embargo, somos capaces de seguirlo, de reconocerlo y de reconocernos en las voces que suman. Como también sucede en Último tragos, de Graham Swift. Pero tanto Faulkner como Swift se remiten a un periodo de tiempo corto, muy intenso, pero un paréntesis que tiene que ver con la muerte y el entierro. Carole Zalberg (1964) recoge la estrategia de voces sucesivas, pero la aplica a casi un siglo de existencia de un grupo de gente y, a mayores, integra la historia contemporánea de un pueblo, el israelí, con luces y sombras, con contradicciones y miedos.
La sensación que se imprime en cada capítulo es que el narrador se dirige al lector en un tono epistolar, sí, pero con toda la sinceridad por delante, como en un flujo de conciencia. El ejercicio literario, queda patente ya con lo expuesto, es de riesgo en el formato y la morfología. También en el tema, pues nos habla de la resiliencia del individuo y de la resiliencia de la tribu, dos tipos de supervivencia que no siempre coinciden, especialmente cuando hay causas de justicia de por medio.
“¿Pero cómo vamos a ser superficiales si todos nosotros procedemos de linajes diezmados? ¿Cuándo avanzamos con la casi vergonzosa conciencia de nuestra precariedad, mientras quieren que seamos invencibles, nunca más víctimas?”
Los personajes van evolucionando al tiempo que gira la historia del país: y con ellos evoluciona el concepto de tierra, de país, de nación y de patria. Aunque, tristemente, el concepto real, el que condiciona toda la cronología y la filología de la historia, incluida la historia de los personajes, es el de estado. Se va olvidando de lo humano y lo tribal para imponerse una idea frívola que sustituye a la de pueblo. Y los personajes, enamorados del kibutz y sufriente en la guerra, van perdiendo su cariño por el camino. Aunque se agarran a los clavos ardiendo, a los vínculos sociales y afectivos, ligados a la propia supervivencia, también a la supervivencia de una cultura que alguna de las voces se cuestiona: no debería sobrevivir una cultura a costa de vidas. Zalberg ha sido valiente en el planteamiento y las intenciones. Ahora solo queda confiar en que ese valor sea una semilla que prospere.

martes, 8 de enero de 2019

LA VUELTA AL MUNDO DEL REY ZIBELINE


La vuelta al mundo del rey Zibeline
Jean-Christophe Rufin
Traducción de Javier Ignacio Gorrais
Armaenia
Madrid, 2018
370 páginas

La literatura perdió parte de su sentido cuando el cine se convirtió en un medio mejor para narrar historias. Sin embargo, sigue existiendo como fuente inagotable de lectura, pues lo propio de la literatura le es ajeno al séptimo arte. La poesía, por ejemplo, es un alma que pueden compartir, pero no reflejar de idéntica manera. Ni el pensamiento, ni cierta versión de la imaginación, que se refleja mejor con palabras, con demora o con versiones del conflicto más o menos explícita. Así y todo, existen unos pocos libros que nos reconcilian con la pureza narrativa y nos invitan a apagar el televisor. Este La vuelta al mundo del rey Zibeline es uno de ellos. Las fuentes de las que bebe son las propias del relato de aventuras. No es un atrevimiento colocarlo a la altura de Stevenson, de Dumas y, aunque parezca mentira, de Borges. El argentino es un claro ejemplo de cómo la literatura se separa del cine, pero sigue siendo narrativa. Al contrario que él, Jean-Christophe Rufin no nos intenta deslumbrar con adverbios y adjetivos; de hecho, apenas existe ninguno que nos sorprenda en las casi cuatrocientas páginas de la novela. Sin embargo, al igual que el Borges de Historia universal de la infamia, Rufin ha buscado un personaje de una potencia tal, que es inevitable dejar volar la imaginación y la prosa para narrar su leyenda.
August Benyovszky se presenta, junto a su amada, a Benjamin Franklin y a lo largo de varios días, a dos voces, relatan su vida. Desde una infancia bajo la influencia de un tutor filósofo francés, a la guerra entre Polonia y Rusia, su etapa de convicto en Kamchatka, de navegante por el Pacífico, el Índico, sus días en París y, finalmente, su coronación como rey de Madagascar. La historia es asombrosa y apenas dura cuarenta años. Rufin recrea un tanto un lenguaje que resuene a siglo XVIII o, al menos, a una cierta historia, a pasado, pues la narración parte de la boca de sus dos protagonistas. Cuando narra él, nos enredamos en batallas, viajes, exploración, aventuras varoniles. Cuando narra ella, la aventura no decrece, pero el primer plano lo ocupa el amor, el romance. Él refleja los movimientos físicos, ella los del alma. Las voces son mecánicamente iguales, invitando al lector tanto a continuar el libro, hasta terminarlo sin interrupción, como a poder apartarlo y retomar la lectura con idéntico espíritu al que recordaba, un espíritu bastante atractivo. En algún momento de la novela se habla de la preocupación por la objetividad y el prudente respeto de August Benyovszky por los temas que tocan a los sentimientos; las intervenciones de ella salvan este escollo, que no pretende nada más que ayudar al que escucha, pues el relato es muy oral, a conservar la calma y no perder la atención.
Como en toda novela de aventuras, los personajes se perfilan en pocas pinceladas, con un físico que denota la personalidad. Como en las buenas novelas de aventuras, los temas que navegan por todas las páginas tienen relación con el honor, con el conflicto entre el bien y el mal, y, sobre todo, con la libertad. Hay un infinito anhelo de libertad en esta historia y en el deseo de relatarla, que se transmite a la perfección al lector: uno lamenta, con rigor, vivir esta época en la que se le niega la posibilidad de la aventura, pues cualquier viaje que protagonicemos será una versión sofisticada del turismo comparado con el beneficio de las biografías de August Benyovszky y su mujer. Que Rufin se atreva a novelarlas, es un regalo del que no podemos prescindir. Basta esa idea que gesta de sí mismo, en la que reconoce que en él deben convivir dos caras: la brutalidad de su padre y la fuerza de sentimiento de su preceptor, que debería servirle de guía en las elecciones morales. Por suerte o desgracia, no todas las elecciones son morales y el pesar de la dureza no cesa de gobernarle, aunque su deseo fuera el de abandonarse a la dulzura. Así pues, al contrario que lo que ocupa el formato de la narrativa actual, y del cine y las series, se impone el conflicto, no la trama. Eso se define como sinceridad en literatura, en narrativa, en confesión, en la vida.