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lunes, 11 de marzo de 2019

SIMBAD


Simbad
Gyula Krúdy
Traducción de Adan Kovacsics
La Fuga
Barcelona, 2019
158 páginas

El nombre puede ser un cepo, una forma de cazar a la espera, una trampa que muerde los tobillos. En una obra literaria, sustituye al rostro del protagonista, a la imagen con que le conocemos. El peso de llamarse Ulises, por ejemplo, se suma a la nobleza del nombre: uno parecería obligado a comportarse con respeto hacia quien lo llevó por primera vez. El caso de Simbad es una propuesta arriesgada, una invitación a la aventura en formato fantasía, al viaje inusitado, el de la mente por los vericuetos de lo imposible. Tal vez el auténtico heredero de Simbad en occidente haya sido Indiana Jones. Pero hay intentos anteriores, como este conjunto de relatos, que en realidad configuran una novela, que se reúnen por estilo, por temática y, sobre todo, por la presencia de la figura de Simbad, a quien conocemos de niño y vemos crecer.
Los primeros relatos configuran un Bildugsroman en el que asistimos a lo que será la esencia del nuevo Simbad: es más lo que se sugiere que lo que se narra. Las fábulas funcionan como un tiro, sin una trayectoria al margen, directas a la intención de mostrarnos una educación sentimental, una inquietud, que no obsesión, por las mujeres. En las obras de aventuras, al menos hasta la fecha en que está escrita esta obra, al hombre se le reservaba el viaje y la hazaña, a la mujer las aventuras de salón, los lances amorosos. El cuerpo de uno era dinámico, el de la otra estática. Gyula Krúdy (Nyíregyháza, 1878 – Budapest, 1933) otorga al varón el valor de la aventura sentimental sin filos, de los encuentros con pasión o con amor, o con intenciones de sumar una muesca más en el revólver de las conquistas, o con auténtico enamoramiento, más divino que humano. Simbad es quien actúa y quien padece. No siempre dueño del destino, que le lleva a vagas por las calles de Buda y de Pest, y por el Puente de las Cadenas, que aquí cobra un sentido metafórico, uniendo el mundo del sosiego con el de los amantes. Simbad no encuentra otra forma de equilibrio que cruzar de un lado a otro. Y es que el equilibrio está a mitad de camino entre la compensación y la descompensación. Krúdy decide que su héroe cruce de una a otra y nos regala estos cuentos, relatos con una ambientación costumbrista en los que no se desperdicia una sola frase en otra cosa que no sea en aras de la narración, sobre la búsqueda y, por tanto, sobre la soledad. Porque al final quien busca lo hace siempre solo, una imagen, como la de Simbad, este, no el clásico oriental, que a pesar de la incitación a la aventura conlleva un punto de tristeza. Tal vez debido a la imposibilidad de abandonar, como diría Pascal, su habitación.

jueves, 27 de diciembre de 2018

EVANGELIO ESQUIZOFRÉNICO


Evangelio esquizofrénico
Bohumil Hrabal
Traducción de Montse Tutusaus
La Fuga
Barcelona, 2018
203 páginas

Antes de Trenes rigurosamente vigilados, o durante, pues la escritura fue brotando como brotan los géiseres, antes de Una soledad demasiado ruidosa, un Bohumil Hrabal (Brno, 1914 – Praga, 1997) inquieto, muy inquieto, se planteaba en qué consiste escribir, en qué consiste la literatura. Escribía como lo hacen los autodidactas, esos tipos que tras mucho esfuerzo y mucho estudio descubren que al sur de Europa hay un mar que se llama Mediterráneo; esos tipos que a continuación descubren que el nombre no importa, mientras sea mar. De ahí la importancia de la recuperación de estos relatos, en los que Hrabal se sume en la búsqueda del mar literario y lo hace desde un extraño realismo, el mismo que comenzaba a dudar sobre la esencia del realismo literario. Importa el humor, en lugar de lo depresivo, y la escritura se puede permitir una libertad igual a la de la pintura surrealista. Recordemos: los pintores surrealistas parten del principio de que el cuadro no está previamente sobre el lienzo, el dibujo, los colores, los trazos, van brotando a medida que se mueve el pincel, movido por la mano, movida por un cerebro inactivo, automático. Esto permite, en literatura, unas asociaciones de ideas libérrimas. Y así van brotando estas piezas, con los conocimientos de la historia, de las costumbres y de la sintaxis y la lengua, escritas por un hombre en formación permanente.
En buena medida, se trata de una literatura contra los falsos pudores. No le produce escalofríos, a Hrabal, mezclar partes de la Biblia con el sexo y la realidad de un país en guerra o la posguerra; o, lo que es más literario y más claustrofóbico, de un territorio conquistado bajo las orugas de los tanques. Hrabal se muestra más como un poeta que como un narrador: no se trata de piezas redondas, cerradas, ni siquiera certifica un final en ellas. Son tramos de literatura en prosa, pero con el sentido que no perdió jamás el escritor checo, que es el de hablar de la gente que sabe que perderá la batalla, de los sin familia, de los sin tribu, de la soledad; de los incomprendidos porque no se atienen a la conciencia social, esa otra farsa que nos constriñe demasiado, que impone reglas que, supuestamente, necesitamos para la convivencia, pero que caen con frecuencia en los paradigmas: esto tiene que ser así, porque siempre ha sido así. Pero la mezcla del siempre y cuándo brotó, le lleva a Hrabal a hablar de un Jesús contemporáneo y de actualizar el mito de Caín. Además de traer a colación a uno de sus populares personajes, el tío Pepín, que se ha comparado con el soldado Svejk, de Jaroslav Hasek.
Confiesa, en la introducción a uno de los cuentos, que al no ser un escritor formado, académico, trabajo con imágenes a las que persigue con preguntas que se le despiertan por asociación. Su sinceridad no tiene límites, y es una muestra de labor que deberíamos imitar, en un tiempo en el que estamos tan cercados por muros de ladrillos puestos de canto, al borde derribarse sobre nuestras cabezas: “nunca me he considerado escritor, he aceptado cada una de las ofertas de las editoriales con gran extrañeza. Así que siempre me ha tocado buscar lo que se había quedado atado con un cordón por los armarios, porque yo nunca he tenido estudio”. La literatura, el relato, solo puede ser humilde, nos retrata Hrabal, o en caso contrario será una farsa.