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viernes, 2 de marzo de 2018

TIERRA DE BRUJAS


Tierra de brujas
María Ferreira
Viajes al pasado
Madrid, 2016
140 páginas

María Ferreira (1989) tiene un avispero en las tripas. Es ese avispero el que atrae a todas las sensaciones que una persona puede experimentar, para que sea ahí donde las padezca. También las buenas sensaciones, como la luz o la amistad. Pero en este relato de su paso por un hospital de Kenia consigue crearnos la sensación de que todo tiene que ver con el estómago, y en buena medida eso es cierto: el asco y el vómito que gestó el gran asco, el hambre y esa glotonería que se traduce con tanta frecuencia como hambre y que llamamos sexo, el miedo, todo lo que tenga que ver con los sinónimos de detestable, y otra vez el miedo. En buena medida, la afirmación de Javier Brandoli en el prólogo, donde comenta que María no posee otra ambición que no sea la de contar, se queda corta. María es una escritora que nos sorprende con un extraño lirismo. Pues de lirismo se trata, aunque lo que pretenda no sea la belleza o, tal vez en una afirmación más rotunda, lo que pretenda sea una belleza muy deformada. Porque lo más importante es que la gente no se limite a conocer lo que ella ha conocido, sino que lo viva aunque sea con menor octanaje de lo que supone estar allí, entre las putas y los drogadictos; entre la grasa de la muerte y la sangre del moribundo, mezclada con pus, con moscas.
Se hace extraña esta elección de María, que en realidad trata con los enfermos psiquiátricos del hospital, pero que aquí refleja las enfermedades del cuerpo y la lucha por no caer en la esquizofrenia. La Kenia que ella nos presenta es un lugar que solo cabe odiar con magnetismo. Porque una vez que se ha incrustado bajo la piel, ya no hay forma de separarse de ella. Es posible que a eso se le pueda llamar pasión. También a esa forma de narrar, sin atenerse a las convenciones sociales que llamamos conciencia. Aunque, por ponerle alguna pega, en ocasiones sobran ciertas palabras que pretenden hacer más potente la frase, porque lo que nos está narrando ya va sobrado de caballos de vapor. En ese sentido, ella también es consciente de la visión neocolonial que lleva pegada a la piel y de la que desearía deshacerse. Pero por mucho tiempo que uno de nosotros viva en ciertas regiones de África, siempre será un mzungu. María lo vive como una maldición. Existe una pequeña porción de cooperantes que participan de este sentimiento, que reconocen que el altruismo no es una bandera, que saben que están allí porque es allí donde se sienten vivos. Lamentablemente, no son la mayoría. Pero ese es otro tema, y María apunta a él en algún momento, pero tampoco quiere pisar todos los barros. Por ahora se limita a dar fe de ese país en el que los niños no tienen otro entretenimiento que matar arañas, en el que los conductores de los matatus, las furgonetas que ejercen de taxi, destrozan tu vehículo si lo aparcas en un sitio reservado. Con la crudeza es suficiente. El tema del altruismo, seguramente, no deba ser tratado con este lirismo tan lleno de avispas.


Fuente: Culturamas

lunes, 15 de enero de 2018

EL MACONDO AFRICANO

El Macondo africano
Javier Brandoli Manzano
Viajesalpasado
Madrid, 2015
238 páginas



Si uno tuviera que establecer o sugerir la ciencia del viaje, como quien elabora una teología, el lugar más santo seguramente fuera África. Queda, a su lado, la Ruta de la Seda o la Antártida y las grandes cumbres; también los viajes al sur, sobre todo a los mares del sur. Pero seguramente África sería el lugar designado para poblarlo de santos y profetas, de dioses coléricos, como los del Antiguo Testamento, o de un panteón de apariciones que sumarían infinito. Los sucesos que cabe calificar como milagros estarían a la orden del día y el panteón que los ampara se poblaría de santos y brujos, de profetas, inquisidores y beatos. Y también de ateos. Porque en los casos en que la teología eleva altares tan idealizados, la existencia de los ateos es parte de la fiesta. Ayudan a dar sentido a la magia de la ciencia teológica.
El sueño de grandeza de casi cualquier viajero es recorrer África. A ser posible a pie, o en un vehículo cuyo efecto semejara al de recorrer la tensa piel del continente a pie. O también la otra alternativa, la que aprendimos de Isak Dinessen, la de establecerse en África para poder llorar de melancolía cuando el destino nos haya separado de ella. De ahí que casi cualquier línea que se escriba sobre África, al menos si el autor no es un hombre de este continente, esté contaminada de los tiernos posos de un salmo. Cualquier representación de un viaje a África es una forma de teología. Y viajar es necesario, aunque sea a través de la experiencia de los otros, porque así daremos sentido a estos minerales comunes que se unen para dar forma a nuestro cuerpo, ese envase que detentaremos durante apenas un breve lapso de tiempo. Y dar sentido al tiempo también es una de las condiciones indispensables para enraizar una teología.
Javier Brandoli Manzano reconoce todo esto a lo largo de su periplo por África y, sobre todo, de su estancia en una isla de la costa de Mozambique. De ahí que le resulte imposible no asociar su condición a la de los personajes de las mejores obras del realismo mágico. Lo cual justifica el atractivo título de El Macondo africano que lleva el libro en que recopila una selección de sus experiencias. Escrito con pasión y con extrañeza, amando sin descanso su memoria, Javier lucha contra la tendencia inviable de la mirada neocolonial. La memoria es todo para él. Y en esa memoria él reconoce que pudo inventarse, pero que sin esa playa africana no habría sido capaz de inventarse con dignidad. “Aquella mañana me parecía que el mar desteñía sal mientras flotaban mascarones de almendra en sus aguas”. La imagen nos invita a acompañarle en el viaje en que “cada mañana recogía mis restos y cada noche los volvía a esparcir”. Y lo hacía allí donde habitan seres “cuya historia contarán los alacranes a las nutrias y las nutrias a las cigüeñas de pico amarillo”. Un lugar al mismo tiempo rudo, donde “la madurez se alcanza cuando descubres que nadie vendrá a alimentarte”.
En el aliento del libro se reconoce también la derrota. O las derrotas. Porque existen mil variedades de derrota: la del compañero de trabajo en el hotel, la de la rata que vive en el zoo abandonado, la de la muerte al alcance de cada madrugada, incluso la de la amistad, la de las amistades. Posiblemente sea imposible elaborar una teología sin que en la amistad exista una derrota. Ese sentimiento, y no el del paternalismo mediático, es el que pretende transmitir Javier Brandoli en este libro, en este Macondo africano.



 Fuente: La línea del horizonte

domingo, 21 de mayo de 2017

Cuatro formas de romper suelas

Este es el artículo con la selección de libros del mes de mayo para Sal&Roca.Cuatro recomendaciones amigas para romper suelas. 


Este mes nos centramos en cuatro formas de viajar. Cada una de ellas reflejada por un autor español. Porque no todo se reduce a los testimonios de grandes expediciones, de grandes alturas, de inmensas rutas oceánicas. Porque no todo es competición, porque viajar por viajar, y a ser posible caminando, sigue conservando el valor de lo auténtico, la medida por la que nos debemos regir, que es la vida humana.



En la ciudad sumergida
José Carlos Llop
Alfaguara
Madrid, 2017
338 páginas
No es fácil encontrar a eso que se conoce como aventurero urbano. Ni siquiera podemos certificar que exista. Existe, eso sí, el paseante. En Francia y Alemania se les conoció como flaneurs, un término que no acaba de encajar en el caso de José Carlos Llop (Palma, 1956). Llop no es un hedonista recorriendo calles. Llop es un poeta. Y la primera ciudad que debe descubrir, esa que todos damos por supuesto que conocemos y de ahí que no nos adentremos en ella, es la ciudad en donde vive. En este caso, Palma de Mallorca. Con mucho lirismo, con una mirada que ve a través del asfalto y las paredes hacia el pasado, con una inteligencia que reconoce el sentido de cualquier gesto en las personas con las que se encuentra, Llop nos descubre que los lugares tienen su espíritu, y que el espíritu, dado que es humano, se lo regalan los que por allí pasaron. Palma es la ciudad que ve, pero también la que pudo ser. Un libro hermoso.
Sinopsis:
«A principios del siglo XXI, la ciudad donde nací dejó de ser la ciudad donde había nacido. La ciudad real se convirtió en la ciudad de la memoria y sus calles, en el eco de las calles donde yo había vivido. Sólo el eco -como los pasos en un escenario vacío-, y su recuerdo, un espejismo. Pensé en la ciudad distinta y en la literatura como en un testamento del tiempo. Y supe que debía escribir este libro.»
Escrita con el poder evocador y la belleza que definen la literatura del autor, esta obra es la crónica de una ciudad -Palma de Mallorca-, situada en la encrucijada entre Oriente y Occidente y con el mar como frontera inmóvil. Una emocionante elegía por un lugar que tal vez nunca más podrá volver a ser lo que fue en las brillantes décadas de los sesenta y los setenta, cuando artistas e intelectuales, aristócratas, testigos de la Segunda Guerra Mundial, hippies, espías, exiliados y soldados estadounidenses entrecruzaron sus vidas con los habitantes de la isla.



Historias de salacot y fortasec
Enrique Vaquerizo
VAP
Madrid, 2017
320 páginas

Ahora sí, ahora nos vamos de viaje al continente que significa viaje por excelencia: África. Nombrar la palabra exploración y venirse a la mente el mapa de África es una reacción inmediata. Luego vendrán otros viajes, pero primero está África, el país de los dogones, los conflictos étnicos, el Sahel y la selva… Un inmenso territorio donde, más que en ningún otro sitio del mundo, y por más tiempo que uno pase allí, siempre será un extranjero. Para ser africano uno debe haber nacido en Camerún o Zambia. Enrique Vaquerizo no tuvo esa suerte. Pero sí se le permitió ese amor, ese noviazgo que refleja en este libro donde la historia tortuosa del continente se compagina con las sonrisas de los niños. Cualquiera de las dos, es sincera. Enrique Vaquerizo es uno de esos viajeros que vagan, cuyo destino se va perfilando sobre la marcha, contagiado por tal o cual tentación, iluminado por una leyenda o cautivado por una intriga. Vaquerizo consigue transmitir la sensación de que el tiempo en África no transcurre a la misma velocidad que en el resto del mundo. Y se convierte en explorador por ser la primera persona en compartir el fuego y el aire con una anciana o con los habitantes de un arrabal en el que nadie se atreve a entrar.
Sinopsis:
Historias de salacot y Fortasec es una crónica de descubrimiento, desengaño y amor hacia esa África que no suele aparecer en los documentales de sobremesa. Esa parte del continente vacía de animales y safaris, pero llena de caminos polvorientos, alertas de las embajadas, medicamentos para la malaria, enjambres de niños y, sobre todo, vivencias sorprendentes. A través de veintisiete postales repartidas por ocho países de África Occidental, el libro muestra la cotidianeidad del viaje por la región del Sahel, una experiencia más cercana al uso indiscriminado del Fortasec que a las idealizadas estampas africanas de Hemingway en salacot posando bajo las nieves del Kilimanjaro.
Así, subidos a furgonetas atestadas, motocicletas que se caen a pedazos y cayucos que apenas flotan, acompañaremos al autor en su trabajo como cooperante en una leprosería de Níger, en sus intentos por extender las redes sociales por el Sahel, en la visita a un anciano rey de líbido desatada en Camerún o en su encuentro con los últimos pigmeos del continente. Siempre bajo la persistente amenaza del terrorismo en la región y la dureza de la vida de sus habitantes. Este libro supone una incursión en ese género que son los libros sobre África a través de su región menos contada, la occidental. Sus páginas son un viaje rebosante de encuentros humanos e historias desconcertantes y, sobre todo, de mucho, mucho humor.




Mabuhay. Bienvenidos a Filipinas
Ramon Vilaró
Península
Barcelona, 2017
268 páginas

Vilaró (Vic, 1945) es un veterano en esto de los viajes y en esto de escribir. Y se nota el oficio. Durante cuarenta años ha visitado Filipinas en infinidad de ocasiones: como corresponsal, como documentalista, como viajero. Al cabo de ese tiempo y de tomar notas, se ha dado cuenta que viajar a un país es viajar a sus gentes. Es cierto que a sus gentes, a su vez, les ha construido el país: la pobreza, el paisaje, los vínculos, la ética que surge de una forma natural, sin tratados ni enciclopedias. Esas son las Filipinas que lleva Vilaró dentro. Puede haberse entrevistado con políticos de alto rango, con escritores, con empresarios o con cualquier otro personaje destacado. Pero las señas de identidad siempre serán las de los humildes. Al contrario de lo que sucede en África, en estos países de Asia uno se sabe extranjero, pero los siente como un hogar.
Sinopsis:
Mabuhay, bienvenido. Es la expresión con que los filipinos reciben a quienes, como Ramon Vilaró, vienen de lejos. Pocos conocen mejor que este periodista y escritor el nuevo destino de moda del sudeste asiático, de cuyas sacudidas políticas ha sido a menudo testigo directo. Sobre todo de las más recordadas, como el final de la dictadura de Ferdinand Marcos y las revueltas que llevaron al poder a Cory Aquino.
Pese a ello este no es solo un recorrido por la historia reciente de Filipinas. Profundo conocedor del país, Vilaró suele buscar en sus viajes las huellas aún vivas de más de tres siglos de colonización española. En Baler resistieron los últimos de Filipinas y en el valle de Cagayán aún recuerdan las visitas de Jaime Gil de Biedma, empleado de la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Perviven los apellidos españoles —impuestos a la población— y, en Zamboanga del Sur, incluso algunos restos de chabacano.
Mansiones señoriales, ingenios azucareros, pequeños poblados en playas paradisíacas, iglesias siempre llenas, un vibrante patrimonio gastronómico y cultural… Mabuhay es sobre todo una invitación a emprender, felices, un viaje a un país tan próximo como lejano, tan desconocido como familiar, intensamente vivo, al que su atractivo turístico y la presidencia del polémico Rodrigo Duterte han vuelto a poner en el primer plano de la actualidad.




El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau
Toni Montesinos
Barcelona, 2017
526 páginas

Thoreau es una leyenda. Thoreau es un mito. Uno puede elegir entre la realidad de la vida de Thoreau o su mito. Walden, la cabaña minúscula en la que convivió con la naturaleza, a pelo, durante varios años, está situada a cuarenta, tal vez cincuenta, dependiendo de la nevada, minutos a pie de la ciudad donde vivía la familia de Thoreau. El mito es Walden. Quedarse con la posibilidad que estaba a su alcance de ir a diario a la ciudad para sentarse junto a un buen fuego, es matar el mito. Y por tanto matarnos a nosotros, que tan necesitados estamos de mitos. Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es ya casi eso que se conoce como un escritor profesional. Pero no escribe sobre cualquier cosa. Montesinos sabe que para conseguir un buen libro, uno debe escribir teniendo muy claro qué es lo que ama. En este caso el mito: los principios de Thoreau que son los que surgen de caminar, sencillamente caminar, por la naturaleza. Fáciles de reconocer. Complicados de transcribir. De ahí esta empresa que Montesinos resuelve con solvencia: una biografía emocional de Thoreau, que apenas se alejó de su lugar de nacimiento, pero que rompió suelas durante kilómetros y kilómetros de parajes hermosos, de bosques, de costas, de aquellos lugares que simbolizan la libertad.
Sinopsis:
Se asocia frecuentemente a Henry David Thoreau tanto con la desobediencia civil, en un contexto de lucha contra la esclavitud y la guerra en unos Estados Unidos que se estaban formando, como con la atracción que sintió por la vida de los indios. Pero lo cierto es que este observador de la naturaleza y el comportamiento humano abordó en su día todo lo que hoy es importante para nosotros. En Walden, pero también en el resto de sus libros, diarios y cartas, habló desde una perspectiva autobiográfica de la amistad, el amor, la economía, la educación, la política, la religión, la hipocresía social… Siempre asentándose en ideas firmes y practicando la austeridad, confiando en los sentidos y la intuición, con la voluntad de hacer de su presente algo que le trascendiera.
El triunfo de los principios es una biografía de Thoreau y a la vez un recorrido por sus reflexiones y experiencias, un cuestionamiento de nuestra vida actual desde la ocurrida a mediados del siglo xix en un pequeño pueblo de Massachusetts, Concord, donde también residieron Emerson, Hawthorne y L. M. Alcott. La inteligencia y belleza de sus escritos, en los que destaca el tono irónico o contundente sobre sus conciudadanos, su fe en la autoconfianza, en la bondad como la mejor inversión, en la eliminación de las necesidades autoimpuestas, nos sugerirán comprender, por decirlo con sus palabras, la esencia de la vida, y hacer del carpe diem, la sinceridad y la sencillez un faro de comportamiento y pensamiento cotidiano.



viernes, 21 de abril de 2017

“Historias de salacot y fortasec”

Historias de salacot y fortasec

Enrique Vaquerizo Domínguez

Viajes al pasado
Madrid, 2017
320 páginas
"Se trata de un libro de viajes sobre uno de las zonas de África que menos viene a la cabeza cuando pensamos en el viaje romántico al continente negro. En ese pensamiento a todos nos vienen a la mente los safáris por Kenia o Tanzania, el crater del Ngorongoro o las nieves del Kilimanjaro. Al contrario, Enrique Vaquerizo viajó durante varios años por diferentes países de África occidental, donde vivió de primera mano la realidad de esa parte de África.
“No hay tierras extrañas. Es el viajero el único que es extraño.” La frase pertenece a Robert Louis Stevenson, pero la interpreta Enrique Vaquerizo mientras nos cuenta África. Y como el escritor escocés, también él se viste de Doctor Jekyll o de míster Hyde para describir el conflicto eterno de algunos pueblos o la serenidad de sus desiertos. Y nos habla de islas sin tesoros o de los tesoros escondidos en los acantilados del país de los dogones; de la fatalidad de un continente acostumbrado a desenfundar gobiernos en el Golfo de Guinea, a pastorear el futuro sobre los pastos sin pastos del Sahel o a cazar el pan de mañana en las selvas de Camerún.
He viajado en varias ocasiones a esta tierra, a este continente descarado, que se ama siempre por primera vez, que se consiente como a un niño. Basta una sonrisa abierta para disculpar el caos de sus ciudades, basta el sonido de los tambores para reconciliarse con su desorden, basta una playa de pescadores para olvidar el estruendo bélico de su Historia.
África no se explica, pero quien se entrega a ella acaba deslumbrado por el desastre, feliz de tropezar una y otra vez por los caminos de tierra hacia ninguna parte. Enrique Vaquerizo nos va describiendo de forma magistral la insensatez de vagar al pairo por un continente ya de por sí desnortado. Y al mismo tiempo, nos convence de seguirle en su camino, nos contagia de esas ganas de abrir la puerta de la próxima aldea.
El extraño empeñado en ser residente en un barrio precario de una ciudad desordenada de un país alejado de las grandes rutas turísticas
Una de las virtudes de este libro es que nos regala una doble experiencia. Por un lado, el autor se convierte en habitante, el extraño empeñado en ser residente en un barrio precario de una ciudad desordenada de un país alejado de las grandes rutas turísticas. En su relato entendemos el ritmo de esos pueblos, la relatividad del tiempo de los lugareños, que aseguran que “la prisa mata”. Nos invita Vaquerizo a sentarnos junto al dintel de su puerta, a rodearnos de niños sin padres o padres que son como sus niños. Conoceremos el continente en los fogones de la mujer africana, en la charla con los ancianos, así, poco a poco, hasta distinguir sus olores, sus historias imposibles y su ley sin leyes en los arrozales.
Esta es la parte de los detalles, del África sin leones, del Fortasec y las letrinas, pero también de las charlas junto a un fuego y la amistad forjada con el paso de los meses. Vemos pasar el mundo como lo ven los africanos. Acabamos conociendo a los aldeanos, nos encariñamos de ellos y nos reímos con situaciones surrealistas, porque el relato está cargado de una ironía exquisita. El autor ha desarrollado una gran habilidad para reírse de sí mismo, para recordarnos que él es el extranjero, él es el extraño.
Por otro lado, las páginas van a irse cargando de kilómetros y nos llevarán a algunos confines extraordinarios. El libro evita cualquier tentación que apunte a la épica, no hay presunción ni juicios dogmáticos y cualquier atisbo de tópico será vapuleado con una dosis justa de realidad. Tampoco encontraremos una sucesión de trucos de magia de un gran viajero, y sin embargo, Vaquerizo lo es. Es un gran viajero porque es sincero, porque es terco y porque es un adolescente con mochila. Pero también hay espacio para la reflexión, para una mirada más afilada para rescatar la Historia de algunos de los países más olvidados del planeta.
Confía casi en cualquiera que le tiende la mano y se deja llevar arrastrándonos también a nosotros a los arrabales de la cultura africana
En esta parte del mundo el viajero es más viajero, porque se adentra en el laberinto, en un caos de etnias, ciudades abigarradas, islas perdidas y autobuses llenos. Enrique Vaquerizo está empeñado en salirse del camino, confía casi en cualquiera que le tiende la mano y se deja llevar arrastrándonos también a nosotros a los arrabales de la cultura africana. Donde la magia aguarda.
Ese es el contexto en el que se ha de desenvolver el protagonista, el que sueña con lucir su salacot y https://www.acheterviagrafr24.com/prix-viagra-pharmacie/ alcanzar un lugar donde perderse entre los parques naturales y ciudades desvencijadas. Quien alguna vez se ha adentrado en África sabrá que allí puede pasar cualquier cosa, que es un territorio de desproporciones. Más allá del perfil de las jirafas hay reyes mezclados con pescadores, tribus donde los hombres bailan para las mujeres o aldeas donde los adolescentes combaten como guerreros.
Sin embargo, Historias de salacot y Fortasec no habla sólo de un viaje. Habla del conflicto entre las ilusiones y la tiranía de algunas realidades. Nos hace recapacitar sobre las prioridades de dos mundos que se cruzan. Durante siglos, millones de nativos han emigrado con pateras o con grilletes a otros continentes porque África se les había acabado, porque la vida allí es sólo una posibilidad, porque el hambre suele viajar a la deriva, porque a veces ni a codazos se puede salir adelante. Mientras tanto, para muchos blancos, África es un comienzo cargado de buenas intenciones, es la aventura, la redención, el caminar sereno del elefante, el amor eterno a la sombra de los baobabs.
El lector irá pasando páginas sin perder la sonrisa, una sonrisa a veces indulgente, a veces sarcástica y a veces tierna
Son algunas de las contradicciones que aborda Vaquerizo en este libro. Y siempre lo hace con cariño, sin cuentas pendientes. El lector irá pasando páginas sin perder la sonrisa, una sonrisa a veces indulgente, a veces sarcástica y a veces tierna. Pero ésta es una historia sincera, porque no hay alardes que impidan entender la experiencia real; es auténtica porque no hay impostura de autenticidad y todo ello contado por alguien que ha recorrido en solitario, durante meses y en varias ocasiones, la parte más áspera de África. Y África me ha acabado impregnando. Confieso que al terminar el libro, me he sentido inquieto, he creído escuchar un lejano tam tam de tambores y hasta me he tenido que sacudir el polvo acumulado del camino.
Y si no alcanzáramos a atisbar los colores de África en la descripción del relato, es justo mencionar que además, el texto cuenta con la complicidad de XXX Vaquerizo, en padre del autor, un artista que ha conseguido ilustrar de forma amable, con pinceladas sencillas y elocuentes, algunas de las escenas más representativas del libro. Se cierra así el círculo de generaciones contando viajes circulares, comunión perfecta entre palabras y acuarelas.
La primera vez que leí un artículo de Enrique Vaquerizo, descubrí a un viajero pertinaz que relataba sus andanzas con gran intención literaria. Más adelante comprobé que esa frescura seguía instalada en nuevas historias que contaban sus pasos por diferentes continentes, en lugares recónditos, en los recodos de un mapamundi.
Hoy no sólo se le puede considerar un explorador, -que es lo máximo a lo que un alma inquieta puede aspirar en estos tiempos-. Además, se ha convertido en un escritor que amenaza con ocupar un puesto relevante en la literatura de viajes de nuestro país.
Daniel Landa. Prólogo del libro de Enrique Vaquerizo: Historias de Salacot y Fortasec. Editorial Viajesalpasado